Trullion: alastor 2262 Jack Vance



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Lord Gensifer, ataviado con un uniforme marrón y negro, estaba de pie sobre un banco y se dirigía a los jugadores.

—¡Éste es un día importante para todos nosotros y para la historia del hussade en la Prefectura de Jolany! Hoy empezamos a moldear el equipo más eficiente, diestro y despiadado que jamás arrasó los campos de hussade de Merlank. Algunos de vosotros ya sois expertos y gozáis de cierta reputación; otros sois todavía desconocidos...

Glinnes, pasando revista a los quince hombres que le rodeaban, concluyó que la proporción entre estas dos clases era del orden de uno a ocho.

—... pero a fuerza de dedicación, disciplina y arrojo (aquí lord Gensifer empleó la palabra kercha'an, esfuerzo que conduce a proezas sobrehumanas de fuerza y voluntad), derrumbaremos todos los obstáculos. ¡Dejaremos al descubierto las nalgas de todas las vírgenes que hay de aquí a Port Jaime! Nos llevaremos a casa el botín en cubos, seremos ricos y famosos, todos y cada uno...

»Pero primero la fatiga y el sudor de la preparación. He estudiado con suma diligencia la teoría del hussade; conozco a Kalenshenko palabra por palabra. Todo el mundo está de acuerdo: supera la fuerza de tu enemigo y tendrás la anilla de oro al alcance de tu mano. Esto significa que hemos de saltar y columpiarnos más que los mejores delanteros; hemos de enviar al depósito a los defensas más inflexibles, hemos de dejar en ridículo a los estrategas más habilidosos de Trullion...

»Ahora, a trabajar. Quiero que los delanteros atraviesen en todas direcciones los depósitos, bufando1 de tres maneras distintas en cada puesto. ¡Estableced un ritmo, delanteros! Los libres seguirían los ejercicios habituales, así como los defensas. ¡Hemos de dominar los fundamentos básicos! Me gustaría pensar que en lugar de dos libres y cuatro defensas, tenemos seis ágiles y poderosos libres en todos los puestos retrasados, capaces en cualquier momento de embestir al pistón. —Lord Gensifer aludía a la táctica seguida por un equipo fuerte ante otro más débil, consistente en empujarle campo arriba—. ¡Todos a trabajar! ¡Entrenémonos como hombres inspirados!

Y comenzó el entrenamiento. Lord Gensifer corría de un lado a otro, alabando, criticando, castigando, estimulando a su equipo con estridentes ki—yik—yik—yiks.

Veinte minutos después. Glinnes había juzgado la calidad del equipo. El lateral izquierdo Lucho y el libre derecho Wilmer Guff pertenecían al equipo hipotético que lord Gensifer había propuesto a Glinnes, y ambos eran excelentes jugadores, diestros, seguros, agresivos. El libre izquierdo Iskelatz también parecía un jugador competente, aunque de carácter independiente, casi arrogante. A Iskelatz le desagradaban claramente los entrenamientos extenuantes, y prefería reservar sus fuerzas para el juego en sí, lo que exasperó de inmediato a lord Gensifer. El atacante izquierdo Savat y el lateral derecho Helsing eran hombres jóvenes, despiertos y activos, si bien algo novatos, y cuando se entrenaron con las bufas Glinnes no cesaba de amagar sus golpes, lo cual les hacía perder el equilibrio. Los defensas Ramos, Pylan y Sinforetta eran, respectivamente, lentos, ineptos y con unos kilos de más. Sólo el defensa medio izquierdo «Porrazo» Candolf combinaba la suficiente masa, fuerza, inteligencia y habilidad para ser calificado de excelente atleta. Un dicho del hussade afirmaba que una pobre delantera podía derrotar a una pobre defensa, pero una buena defensa detenía a una buena delantera. Un equipo vivía gracias a sus delanteros y moría gracias a sus defensas, como apuntillaba otro aforismo del juego. Glinnes presintió que se avecinaba una serie de largas tardes hasta que lord Gensifer fuera capaz de fortalecer la retaguardia.

Los Gorgonas, en su presente fase, contaban con una excelente línea frontal, un buen centro y una retaguardia débil. La capacidad de lord Gensifer como capitán era difícil de calibrar. El capitán ideal, como el libre ideal, podía jugar en cualquier posición del campo, aunque algunos capitanes, como el viejo Neronavy de los Tanchinaros, jamás abandonaba la protección de sus hanges.

Glinnes se reservó el juicio acerca de lord Gensifer. Parecía bastante fuerte y veloz, aunque con algunos kilos de más y lento al columpiarse...

Lord Gensifer lanzó uno de sus ki—yik—yik—yiks.

—¡Esos delanteros, más brío, a ver si meneamos esos pies! ¿Sois un cuarteto de osos? Glinnes. ¿es necesario que acaricies tan delicadamente a Savat con tu bufa? ¡Si no es capaz de atajarte, hazle una buena demostración! ¡Defensas, a ver esas cabriolas! ¡Las rodillas dobladas, como animales rabiosos! Recordad, cada vez que aferren esa anilla de oro nos costará dinero... Mejor... Repasemos algunas jugadas. Primero, las series Chorro Central del sistema Launton...

El equipo se entrenó durante dos horas en un ambiente de franca camaradería, y después paró para comer en La Tenca Mágica. Después de comer, lord Gensifer representó mediante diagramas un grupo de formaciones que había concebido, variaciones sobre las difíciles Secuencias Diagonales.

—Si somos capaces de dominar estas configuraciones, empujaremos irresistiblemente tanto a laterales como a libres. Cuando se vengan abajo, zambulliremos a los de la izquierda o a los de la derecha.

—Todo eso está muy bien —indicó Lucho—, pero dése cuenta que deja los pasillos laterales desprotegidos, y nada puede impedir un contraataque por nuestros pasillos exteriores.

—En ese caso, los libres tendrán que columpiarse a un lado —dijo lord Gensifer con el ceño fruncido—. El ritmo sincronizado de los movimientos es esencial.

El equipo asistió con cierta languidez a los despliegues de su capitán porque había llegado la parte calurosa del día y todos estaban cansados tras los esfuerzos de la mañana. Lord Gensifer, por fin, entre exasperado y desconsolado, despidió al equipo.

—Mañana, a la misma hora, pero venid con la idea de trabajar a destajo. Lo de hoy ha sido un recreo. Sólo conozco una manera de poner un equipo en juego, y se llama entrenamiento.

Los Gorgonas se entrenaron durante tres semanas, con resultados desiguales. Algunos jugadores se aburrían; otros gruñían y murmuraban ante el acoso de lord Gensifer. Glinnes consideraba que el repertorio de jugadas propuesto por su capitán era demasiado complicado y arriesgado. Tenía la sensación de que la zaga era demasiado débil para permitir un ataque efectivo. Los libres se veían obligados a proteger a los defensas, y los delanteros se quedaban con un radio de acción limitado. Los roces se cobraron una pérdida. El libre izquierdo Iskelatz, que era competente pero demasiado informal para complacer a lord Gensifer, abandonó el equipo, al igual que el lateral derecho Helsing, en quien Glinnes adivinaba posibilidades de llegar a ser excelente. Fueron reemplazados por hombres más débiles. Lord Gensifer desechó a Pylan y Sinforetta, los dos defensas más lentos, y fichó a un par sólo un poco mejores, los cuales, según informó Carbo Gilweg a Glinnes, habían sido incapaces de ganarse un puesto en los Tanchinaros de Saurkash.

Lord Gensifer agasajó al equipo en su mansión y les presentó a la sheirl de los Gorgonas, Zuranie Delcargo, natural del pueblo Aguasturbias, así llamado por la proximidad de unos manantiales de sulfuro. Zuranie era de una belleza discreta, más bien delgada y tímida hasta el punto de no pronunciar palabra. Su personalidad intrigó a Glinnes. ¿Qué fuerza o ambición podía impulsar a una chica semejante al riesgo de ser desnudada en público? Cuando le hablaban, sacudía la cabeza a un lado para que su largo pelo rubio le ocultara la cara, y sólo dijo tres palabras en el curso de la velada. No mostró ni una pizca de sashei, ese donaire garboso y vehemente que anima a un equipo a trascender sus limitaciones teóricas.

Lord Gensifer aprovechó la ocasión para anunciar el calendario de los próximos partidos. El primero se celebraría dos semanas después en el estadio de Saurkash, y les enfrentaría a los Alcatraces de Voulash.

Al cabo de un par de días, Zuranie fue a presenciar el entrenamiento. Había llovido por la mañana y soplaba un viento frío del sur. Los jugadores estaban melancólicos e irritables. Lord Gensifer corría arriba y abajo del campo como un gran insecto bamboleante, protestando, halagando y gritando ki—yik—yik—yik sin el menor resultado. Protegida del viento junto al cobertizo del masajista, Zuranie contemplaba las lentas maniobras con abatimiento, presagiando lo peor. Por fin. hizo un tímido gesto en dirección a lord Gensifer. Este corrió campo a través.

—¿Sí, sheirl?

—No me llame sheirl —replicó la joven con voz petulante — . No entiendo por qué se me ocurrió que deseaba hacer esto. ¡De veras! No soportaría ser el blanco de todas las miradas. Creo que me moriría. No se enfade, lord Gensifer, por favor, pero la verdad es que no puedo.

Lord Gensifer alzó los ojos hacia las veloces nubes grises que se deslizaban a baja altura.

—¡Mi querida Zuranie! ¡Claro que estarás con nosotros! Jugaremos con los Alcatraces de Voulash dentro de dos días. ¡Alcanzarás la fama y la gloria!

—No quiero ser una sheirl famosa —dijo Zuranie con un gesto de impotencia—. No quiero que me quiten toda la ropa...

—Eso sólo le sucede a la sheirl del equipo que pierde —señaló lord Gensifer—. ¿Crees que los Alcatraces pueden vencernos, sabiendo que Tyran Lucho, Glinnes Hulden, yo y «Porrazo» Candolf formamos parte del equipo? ¡Les barreremos como polvo, les arrojaremos tantas veces a los depósitos que se creerán peces!

Zuranie sólo se sintió tranquilizada en parte. Exhaló un trémulo suspiro y no habló más. Lord Gensifer, comprendiendo por fin que carecía de sentido prolongar el entrenamiento, ordenó interrumpirlo.

—Mañana, a la misma hora —dijo al equipo—. Hemos de aplicar más energía a nuestro movimiento lateral, especialmente en la zaga. ¡Defensas, tenéis que batir el campo! Esto es hussade, no una reunión social para vosotros y vuestros animales domésticos. Mañana, al sonar la cuarta campanada.

Los Alcatraces de Voulash era un equipo joven que carecía de toda reputación. Los jugadores parecían mozalbetes. El capitán era Denzel Warhound, un joven larguirucho casi albino con los ojos sagaces y astutos de una criatura mítica. La sheirl era una muchacha de cara redonda, proporciones voluminosas y espesa cabellera oscura rizada. En el desfile por el campo previo al partido se condujo con un entusiasmo exuberante, pavoneándose, brincando y agitando los brazos; los Alcatraces corrían a su lado, apenas incapaces de contener su nerviosa actividad. En contraste, los Gorgonas parecían majestuosos y austeros, y su sheirl Zuranie, un espectro endeble y asténico. Su evidente desespero provocó en lord Gensifer una exasperación que no se atrevió a expresar por temor a desmoralizarla por completo.

—Bravo, muchacha, eres una chica muy valiente —declaró, como si consolara a un animal enfermo — . Todo irá bien. ¡Ya verás como tengo razón!

Sin embargo, las aprensiones de Zuranie no desaparecieron.

Los Gorgonas llevaban por primera vez su uniforme marrón y negro. Los cascos eran especialmente impresionantes, hechos de un metaloide rosa mate. Florecillas negras cubrían la parte de las mejillas, y sobresalían púas negras de la parte superior. Las rendijas para los ojos simulaban las pupilas de grandes ojos fijos. Las narices se hendían para convertirse en fauces de felpa negra, de las que colgaban lenguas rojas. Algunos miembros del equipo pensaban que el atavío era extravagante, a otros les disgustaban las lenguas oscilantes y la mayoría se mostraban apáticos. Los Alcatraces llevaban un uniforme de color pardo con casco naranja, cuyo único adorno era una cresta de plumas verdes. Comparando a los fogosos Alcatraces con los espléndidos pero lentos Gorgonas.

Glinnes se sintió impulsado a discutir las tácticas con lord Gensifer.

—Haga el favor de fijarse en los Alcatraces. Son como kevales fríos, llenos de vigor y necedad. He visto antes equipos parecidos, y es de esperar que su juego sea agresivo, incluso temerario. Nuestra tarea es conseguir que se derroten ellos mismos. Hemos de intentar neutralizar a sus delanteros para que nuestros defensas y libres puedan rebasarlos. Si empleamos nuestra fuerza, tenemos una oportunidad de derrotarles.

Lord Gensifer enarcó las cejas, disgustado.

—¿Una oportunidad de derrotarles? ¿Qué tontería es ésta? ¡Les barreremos del campo al igual que un perro ahuyenta a los pollos! Ni siquiera deberíamos jugar contra ellos, pero nos hace falta practicar.

—De todas formas, aconsejo que juguemos con prudencia. Procuremos que cometan errores, o capitalizarán los nuestros.

—Bah, Glinnes. Me parece que ya eres mayorcito.

—Hasta el punto de que no juego por diversión. Quiero ganar dinero... Nueve mil ozols, para ser exactos, y quiero ganar el dinero.

—¿Te crees que sólo tú tienes necesidades? —preguntó lord Gensifer con voz airada—. ¿Cómo piensas que financié la tesorería, compré los uniformes y pagué los gastos del equipo? Me he quedado sin blanca.

—Muy bien. Usted necesita dinero; yo necesito dinero. Así que juguemos como mejor sepamos.

—¡Ganaremos, no temas! —declaró el capitán del equipo fanfarrón y animoso de nuevo—. ¿Crees que soy un aprendiz? Conozco el juego de arriba a abajo. Y basta de quejas. Eres tan timorato como Zuranie. Observa qué multitud... Unas diez mil personas. Eso engrosará los ozols del botín.2

—Si ganamos —indicó Glinnes con aire sombrío.

Se fijó en un hombre sentado solo en un palco, en la primera fila de la élite. Lute Casagave, con prismáticos y una cámara. No era extraño verle con aquellos aparatos, por cuanto muchos fanáticos del deporte grababan el momento en que desnudaban a la sheirl con música e imágenes. Existían notables colecciones de dichas escenas. Sin embargo, a Glinnes le sorprendió el gran interés de Lute Casagave por el hussade. No parecía la clase de hombre aficionado a tales frivolidades.

El arbitro se dirigió al micrófono. La música se fue apagando, y la multitud enmudeció.

—¡Espectadores de Saurkash y de la Prefectura de Jolany! ¡Se celebra hoy el encuentro entre los valientes Alcatraces de Voulash, con su sheirl Baroba Eeliee, y los indomables Gorgonas de Thammas, lord Gensifer, con su encantadora sheirl Zuranie Delcargo! Los equipos aseguran la inviolable dignidad de su sheirl con todo su valor y dos caudales de mil quinientos ozols. ¡Que los ganadores disfruten de su gloria y los perdedores se enorgullezcan de su fortaleza y de la trágica pureza de su sheirl! ¡Capitanes, acercaos!

Lord Gensifer y Denzel Warhound avanzaron. La moneda dio a los Gorgonas el primer movimiento, la luz verde señalaría vía libre para los Gorgonas y la luz roja indicaría la de los Alcatraces.

—Las faltas serán señaladas con rigor —declaró el arbitro — . No habrá patadas ni estirones, ni intercambios verbales. No toleraré que se aferren las bufas. Hay que golpear con limpieza. El equipo que esté a la defensiva no debe intentar distraer con ningún tipo de sonido. Tengo experiencia en estos asuntos, como también los observadores; no descuidaremos la vigilancia. El jugador que caiga en el depósito contrario ha de estrechar la mano de su rescatador; no bastará con un gesto vago. ¿Alguna pregunta? Muy bien, caballeros. Disponed vuestras fuerzas y que la gloria de vuestras sheirls os impela a realizar nobles hazañas! ¡La luz verde para los Gorgonas, la luz roja para los Alcatraces!

Los equipos se colocaron en sus posiciones. La orquesta trevanyi tocó música tradicional y los capitanes condujeron a las sheirls a sus pedestales respectivos.

La música se paró. Los capitanes se dirigieron hacia sus hanges y llegó el electrizante momento previo al primer destello de luz. Los espectadores guardaron silencio. Los jugadores se pusieron tensos. Las sheirls se erguían ansiosas y palpitantes, cada una deseando con todo su corazón que la detestada virgen del otro extremo del campo fuera desnudada y humillada.

¡El gong! Las señales luminosas destellaron en verde. El capitán de los Gorgonas tenía veinte segundos para ordenar las jugadas, en tanto que los Alcatraces debían actuar o reaccionar en silencio. Lord Gensifer desplegó la primera fase del Ataque a Chorro: delanteros y laterales avanzaron formando una cuña hacia el punto medio, mientras los libres cubrían las vías laterales. Lord Gensifer había prescindido claramente del consejo de Glinnes. Este maldijo por lo bajo, avanzó sin encontrar oposición y saltó el foso, al igual que el delantero izquierdo Savat. Los alcatraces delanteros, que se habían echado a un lado, salvaron el foso para atacar a Sarkado, el libre izquierdo de los Gorgonas. Glinnes se enfrentó al libre izquierdo de los Alcatraces; ambos amagaron golpes con las bufas y se empujaron. El jugador de los Alcatraces retrocedió. El instinto de Glinnes le indicó el momento exacto en el que debía volverse para hacer frente al ímpetu del libre derecho de los Alcatraces. Glinnes le golpeó de plano en el cuello mientras recuperaba el equilibrio y lo arrojó al depósito. Cayó al agua con un chapoteo muy satisfactorio.

Otro chapoteo: un defensa de los Alcatraces había arrojado al depósito a Chust, el lateral derecho.

—¡Ki—yik—yik—yik! —gritó con voz estridente lord Gensifer—. ¡Trece a treinta! ¡Adelante, Glinnes! ¡Lucho, atención a ese libre! ¡Yik—ki—yik!

La luz verde cambió a roja. Denzel Warhound gritó instrucciones y llevó su hange hacia el foso. Los defensas medios se precipitaron hacia adelante; dos de ellos eligieron como blanco a Glinnes, quien les plantó cara, les hostigó y rechazó hasta confundirles. Glinnes se columpió hasta el camino 3, que no presentaba obstáculos para llegar al pedestal, pero los defensas se recobraron. Uno corrió a bloquear la entrada del camino 3. En el ínterin, los defensas medios se columpiaron en persecución de Glinnes. Tiró al depósito a uno, y Savat hizo lo propio con el otro. Ambos se volvieron para precipitarse hacia el pedestal de los Alcatraces; sólo quedaban dos defensas para detenerles. La luz cambió a verde. Lord Gensifer aulló órdenes desesperadas. ¡Un gong! Glinnes miró hacia atrás y vio a un alcatraz que alcanzaba el pedestal y aferraba la anilla de oro de Zuranie. El juego se interrumpió. Lord Gensifer pagó a regañadientes el rescate a Denzel Warhound.

Los equipos regresaron a sus respectivos territorios.

—¡Triunfo: ésa es la palabra! —clamó lord Gensifer, irritado — . Estamos perdiendo por culpa de nuestros propios errores. No nos llegan a la suela del zapato; nos ganan por chiripa.

Glinnes se abstuvo de recordar la vieja máxima: No existe chiripa en el hussade.

—Anticipémonos a ellos posición por posición; no permitamos que retrocedan hacia los defensas.

Los Alcatraces habían llegado al pedestal gracias a una simple finta y giro que dejó fuera de juego al inepto Ramos.

Lord Gensifer no hizo caso de Glinnes.

—El Ataque a Chorro otra vez, y esta vez lo haremos bien. Libres, vigilad los pasillos laterales; laterales, volad hacia el centro a continuación de los atacantes. ¡No dejaremos que esos papanatas nos tiren al depósito de nuevo!

Los equipos se desplegaron. Sonó el gong y la luz verde cedió la ofensiva a los Gorgonas.

—¡Trece a treinta, ki—yik! —gritó lord Gensifer—. ¡Hacedles retroceder hasta el foso!

Los delanteros alcatraces se apartaron de nuevo para permitir que Glinnes y Savat cruzaran el foso. Esta vez, sin embargo, se columpiaron detrás de Glinnes y, para su gran disgusto, le hicieron perder el equilibrio. Podría haberse enderezado, pero el libre que se columpiaba en el trapecio le lanzó al depósito.

Lo que más detestaba Glinnes era ser arrojado al depósito; sin contar la sensación de frío y humedad, hería su autoestima. Chapoteó bajo los caminos, afligido, y se colgó de la barandilla hasta alcanzar la línea de fondo de los Gorgonas. Emergió en el momento preciso para enfrentarse a un lateral alcatraz que estaba a punto de llegar al pedestal. Glinnes, enfurecido por el remojón, lo aturdió con fintas y empellones hasta arrojarle de cabeza al depósito.

La luz verde seguía encendida.

—Cuarenta y cinco a doce —gritó lord Gensifer.

Glinnes gruñó. La jugada más complicada de lord Gensifer, la Granada o doble diagonal. No había otra elección que obedecer; haría lo que pudiera. Los delanteros llegaron juntos al foso, y al no encontrar oposición en el puente central, saltaron en direcciones diferentes, seguidos por los libres. La única y débil esperanza de triunfo, pensó Glinnes, consistía en precipitarse hacia la sheirl de los Alcatraces antes de que los sorprendidos oponentes pudieran llegar a Zuranie. Los defensas alcatraces corrieron a bloquear el extremo del camino. Dos libres, un gorgona y un alcatraz, cayeron al depósito. Lord Gensifer ordenó a dos defensas que salvaran el foso, justo cuando la luz viraba a rojo.

Denzel Warhound se erguía junto a su hange, inexpugnable, sonriendo con total compostura. Gritó sus instrucciones. Los dos defensas gorgonas fueron interceptados y lanzados al depósito. Glinnes, Savat y los laterales, conscientes del desastre, retrocedieron a toda prisa para salvaguardar el pedestal. Glinnes pisó la línea de fondo a tiempo de arrancar a un delantero alcatraz del pedestal y tirarle al depósito. Lucho hizo lo mismo con el restante, pero casi todo el equipo de los Alcatraces invadía ya toda la zona. Los defensas sumergidos salieron del agua, mojados y coléricos, y gracias a la furia y su mayor potencia hicieron retroceder a los Alcatraces.

Luz verde.

—¡Cuarenta y cinco a doce! —voceó lord Gensifer—. ¡Ya les tenemos, chicos! El camino está despejado. ¡Adelante!

Glinnes, furioso por la orden, desobedeció y corrió hacia atrás, seguido por los demás delanteros. Los enclenques pero ágiles defensas alcatraces les persiguieron hasta alcanzarles... Un gong. Por algún milagro de precisión y agilidad (aunque más probablemente por la clara ineptitud de alguien, pensó Glinnes), un libre alcatraz había ganado el pedestal y asía la anilla de oro que colgaba de la cintura de Zuranie.

Lord Gensifer, con dedos temblorosos, pagó otro rescate. Su voz estaba ronca de emoción.

—No sois capaces. ¡No ganaremos si erráis como sonámbulos! Hemos de adaptarnos al juego de esos tipos. ¡Son apenas unos muchachos! Esta vez jugaremos bien. Doble diagonal de nuevo, y que todo el mundo cumpla su misión.

Los gongs, la luz verde, los animosos ki—yik de lord Gensifer y los Gorgonas se desplegaron en la doble diagonal de su capitán.

Un gong doble que indicaba una falta. El propio lord Gensifer había aferrado la bufa de un libre alcatraz, y por tanto tuvo que dirigirse hacia el depósito de castigo, al fondo del campo de los Gorgonas, donde se sumergió, absolutamente furioso. Glinnes, el delantero derecho, tomó el relevo como capitán.

Sonó el gong, y la luz seguía verde. Glinnes no necesitó gritar indicaciones. Señaló a derecha e izquierda; laterales y delanteros avanzaron hacia el toso. La luz cambió a rojo. Los Alcatraces, enardecidos por sus dos tantos, hicieron una finta hacia la izquierda y enviaron dos delanteros hacia el otro lado, al camino lateral derecho mientras un libre saltaba el foso. El libre y un delantero cayeron al depósito; el otro delantero retrocedió, y Denzel Warhound ordenó replegar el ataque hasta que los hombres sumergidos se reintegrasen al juego. Luz verde. Lord Gensifer, desde el depósito de castigo, indicó con gestos desesperados que le rescataran. Glinnes, deliberadamente, miró en dirección contraria. Envió a los libres a los caminos laterales y se unió a los dos defensas medios para avanzar. Luz roja. Los Alcatraces fueron en masa hacia la izquierda, pero evitaron cruzar el foso. El hábil Denzel Warhound prefirió esperar la oportunidad de sorprender a los Gorgonas desequilibrados.

Luz verde. Glinnes ordenó a los delanteros que atravesaran el foso y condujo a los defensas medios hasta el puente central, un empleo lento de masa y presión sobre un equipo más débil, pero también más rápido. Dos laterales gorgonas y dos delanteros alcatraces fueron arrojados a los depósitos. Los Gorgonas habían establecido un sólido frente en el campo de los Alcatraces, mientras lord Gensifer no cesaba de reclamar frenéticamente que le rescataran. Los Gorgonas presionaron poco a poco en los caminos, utilizando su fuerza y experiencia para avanzar, y cercaron a los Alcatraces en su propia área. Uno tras otro, tres alcatraces cayeron al depósito, y después dos más. Entonces, sonó el gong, Tyran Lucho había ganado el pedestal y tenía la anilla en la mano. Lord Gensifer, sombrío y con expresión desaprobadora, se izó del depósito de castigo y recibió el rescate del capitán alcatraz.

Los equipos volvieron a desplegarse en sus campos.

—¡Imprudente, una táctica muy imprudente! —declaró lord Gensifer, irritado por su larga permanencia en el depósito de castigo—. Cuando un equipo pierde por dos tantos, los defensas nunca deben atravesar el foso con tanta rapidez... Es una de las máximas principales de Kalenshenko.

—Cogimos su anilla —dijo Lucho, el hombre más franco del equipo—. Eso es lo que importa.

—A pesar de todo —dijo lord Gensifer con voz acerada—, continuaremos practicando un juego básico y racional. Ahora es su turno: utilizaremos la Finta Número 4.

Lucho no estaba dispuesto a callar.

—Será más sencillo cruzar en masa el foso. No necesitamos estratagemas, fintas o tácticas de distracción, sino simple juego elemental.

—Esto es hussade —declaró lord Gensifer—. no una guerra de bandas. Les vamos a enseñar unas tácticas que les marearán.

Los Alcatraces cargaron hacia el foso con arrojo imprudente. Denzel Warhound tenía la clara intención de anticiparse a la anterior táctica de los Gorgonas. Éstos saltaron el foso, mientras Denzel Warhound plantaba su hange en el puente central, del que sólo podía ser desalojado por lord Gensifer. El lateral derecho Cherst envió al depósito al libre alcatraz, pero no tardó en correr la misma suerte. Glinnes se vio obligado a proteger el camino lateral derecho.

Luz verde.

—¡Cuarenta y cinco a doce! —gritó lord Gensifer—. ¡Ahora sí, chicos! ¡Enseñadles lo que es clase!

—Creo que les vamos a enseñar otra cosa —dijo Glinnes a Wilmer Guff—. Zuranie, en especial.

—Él es el capitán.

—Pues.... adelante.

Denzel Warhound debió de adivinar su juego con exactitud. Sus delanteros regresaron para atrapar a Glinnes, a quien un libre lanzó de nuevo al depósito desde un trapecio. Lucho corrió idéntica suerte en el lado opuesto. Ambos se apresuraron a ganar la barandilla, justo a tiempo para escuchar que la orquesta trevanyi iniciaba los sones de la Oda a la belleza jubilosa.

—Ya está —dijo Glinnes.

Salieron del agua y vieron a Denzel Warhound sobre el pedestal, con la mano en la anilla de oro. Zuranie miraba al cielo con expresión aturdida.

—¿Dónde está vuestro dinero? Quinientos ozols salvarán a vuestra sheirl. Quinientos ozols por su honor... ¿Tanto vale?

—Lo pagaría —comentó Glinnes a Wilmer Guff—, pero sería como tirar el dinero. Lord Gensifer me haría correr arriba y abajo de su doble diagonal hasta que me ahogara.

La música aumentó de volumen, majestuosas cadencias que erizaban los pelos de la nuca y dejaban la garganta seca. Un leve sonido se elevó de la multitud, un susurro exaltado. El rostro de Zuranie estaba petrificado en una máscara blanquecina... Resultaba imposible adivinar sus emociones. Cesó la música. Un gong apenas inaudible sonó, una, dos, tres veces, y el capitán tiró de la anilla. El vestido de Zuranie se desprendió: sus carnes encogidas quedaron expuestas.

En el extremo opuesto del campo, la sheirl Baroba Felice bailó una jiga improvisada y se lanzó a los brazos de los Alcatraces, que abandonaron el campo.

Lord Gensifer llevó en silencio una capa de terciopelo negro para cubrir a Zuranie; los Gorgonas también salieron al campo.

Ya en los vestuarios, el capitán del equipo tuvo el valor de romper el silencio...

— Bien, chicos, no ha sido nuestro día— eso está claro. Los Alcatraces forman un equipo mucho mejor de lo que esperábamos; nos han superado en velocidad. Ahora, iremos todos a mi mansión. No lo llamaremos una celebración de la victoria, pero cataremos algunos buenos vinos de Sokal...

Lord Gensifer recobró la compostura en su mansión. Circuló afablemente entre sus amigos de la aristocracia que habían visitado el estadio para ser testigos de su último capricho. Las chanzas se sucedían alrededor de las repletas mesas, bajo el brillo de los candelabros antiguos y junto a la magnífica colección de gonfalones de la estrella Rol.

—¡Nunca había sospechado que eras tan veloz, Thammas, hasta que fuiste a desnudar a esa sheirl rellenita de los Alcatraces!

—¡Ja, ja! ¡Sí, soy muy rápido en lo que concierne a las damas!

—Sabíamos hace mucho tiempo que Thammas era un gran deportista, pero ¿por qué, oh, por qué consiguieron su único tanto los Gorgonas mientras él estaba tirado en el depósito?

—Descansando, Jonás, sólo descansando. ¿Para qué trabajar si puedes estar sentado en una buena agua fría?

—Buen equipo, Thammas, buen equipo. Esos chicos son dignos de ti. Mantenles en forma.

—Oh, lo haré, señor, lo haré, no tema.

Los Gorgonas se hallaban algo apartados o apoyados en los delicados muebles de jado, bebiendo vinos que jamás habían catado y respondiendo con monosílabos a las preguntas formuladas por los amigos de lord Gensifer. Este, por fin, se acercó y les habló, esta vez en tono cordial.

—Bien, pues.... nada de recriminaciones, nada de reproches. Sólo dejaré patente lo que es obvio: veo necesaria una mejora, y por las estrellas que la conseguiremos. —Lord Gensifer alzó en este punto los brazos hacia el techo, con el gesto de un Zeus ultrajado—. De los delanteros obtendré más brío y arranque. De los libres, bufadas decisivas y reacciones más rápidas. ¿Os dolían hoy los pies, libres? Al menos, lo parecía. De los defensas, más ferocidad, más seriedad. Cuando el enemigo se enfrente a nuestros defensas, quiero que sólo piensen en volver a casa y en mamá. ¿Alguna observación?

Glinnes miró al cielo y sorbió pensativamente el vino verde pálido de Sokal.

—Nuestros próximos contrincantes son los Tanchinaros —prosiguió lord Gensifer—. El partido se celebrará dentro de dos semanas en el estadio de Saurkash. Estoy seguro de que el resultado será muy diferente. Les he observado: son lentos como la abuela coja de Dido. Nos bastará un simple paseo para llegar al pedestal. Cogeremos su dinero, desnudaremos a su sheirl y desapareceremos en un abrir y cerrar de ojos como galeses.

—Hablando de dinero —dijo Candolf. arrastrando las palabras—, ¿a cuánto ascienden nuestros fondos después del fracaso de hoy, y quién es nuestra sheirl?

—El fondo ascenderá a unos dos mil ozols —dijo lord Gensifer con frialdad—. La sheirl será alguna de las numerosas criaturas deliciosas que ansían compartir nuestra ascensión.

—Los Tanchinaros son lentos en el ataque —indicó Lucho —, pero con defensas como Gilweg, Etzing, Barreu y Shamoran, los delanteros podrían jugar en sillas de ruedas.

Lord Gensifer desechó el comentario con un gesto.

—Un buen equipo juega a su aire y obliga al enemigo a reaccionar. Los defensas tanchinaros, al fin y al cabo, son de carne y hueso. Les arrojaremos tantas veces a los depósitos que se creerán tanchinaros3 de verdad.

—¡Brindemos por ello! —gritó Chaim, lord Shadrak—. ¡Por los once tanchinaros remojados y las nalgas al aire de su sheirl!

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