Trullion: alastor 2262 Jack Vance



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Los jugadores arrojan a los depósitos a sus contendientes bloqueándoles o utilizando la bufa, pero no pueden emplear sus manos para empujar, estirar, agarrar o atajar.

El capitán de cada equipo porta el «hange» (una bombilla colocada sobre un pedestal de noventa centímetros). Cuando la luz se enciende, el capitán no puede atacar ni ser atacado. Cuando se aleja un metro y ochenta centímetros del hange o cuando lo levanta para cambiar de posición, la luz se apaga; entonces puede atacar y ser atacado. Un capitán muy fuerte casi puede prescindir de su hange; un capitán menos hábil se coloca en una confluencia clave, que en adelante es capaz de proteger gracias a que la zona del hange encendido se convierte en inexpugnable.

La sheirl permanece erguida sobre su plataforma, en el extremo del campo, flanqueada por los depósitos base. Lleva un vestido blanco con una anilla de oro en la parte delantera. Los jugadores enemigos luchan por aferrar esta anilla de oro; un simple tirón desnuda a la sheirl. El capitán puede recobrar la dignidad de la sheirl pagando un rescate de quinientos, mil, dos mil ozols o más, de acuerdo con el trato previamente estipulado.

8
Por la mañana. Marucha todavía no había vuelto a casa. Glinnes supuso que había pasado la noche con un amante. Glinnes se alegró de que no estuviera; habría analizado cada aspecto del incidente, y no estaba de humor para ello.

Glinnes yacía sobre el sofá; le dolían todos los huesos y sudaba de odio hacia los Drosset. Se tambaleó hasta el cuarto de baño y examinó su cara púrpura. Encontró en el armario un ungüento para aliviar el dolor; se lo aplicó y cojeó de nuevo hacia el sofá.

Durmió durante toda la mañana. A mediodía sonó el timbre del teléfono. Glinnes atravesó la habitación a duras penas y habló por el micrófono, sin mostrar el rostro a la pantalla.

—¿Quién llama?

—Soy Marucha —dijo la clara voz de su madre—. Glinnes..., ¿estás ahí?

—Sí, estoy aquí.

—Bien, muéstrate. No soporto hablar con alguien a quien no veo.

Glinnes buscó torpemente el mando de visión.

—Parece que los botones están hundidos. ¿Me ves?

—No, no te veo. Bueno, da igual. Glinnes, he tomado una decisión. Hace mucho tiempo que Akadie desea que viva en su casa, y como ahora has vuelto y no tardarás en encontrar una mujer, he decidido aceptar su oferta.

Glinnes apenas pudo reprimir una exclamación de pena. ¡Cómo habría rugido de ira su padre!

—Te deseo que seas muy feliz, madre, y presenta mis respetos a Akadie.

Marucha escrutó la pantalla.

—Glinnes, tu voz suena extraña. ¿Estás bien?

—Sí..., un poco ronco. Cuando te hayas instalado, iré a visitaros.

—Muy bien. Glinnes. Cuídate y no seas severo con los Drosset, por favor. Si quieren quedarse en Rabendary, ¿qué tiene de malo?

—Tendré en cuenta tu consejo, madre.

—Adiós, Glinnes.

La pantalla se apagó.

Glinnes exhaló un profundo suspiro. El dolor que laceraba sus costillas le hizo gemir. ¿Estaría rota alguna? Exploró con los dedos apretando las zonas más blandas, pero no llegó a ninguna conclusión.

Sacó un cuenco de gachas a la terraza y comió con tristeza. Los Drosset. por supuesto, se habían marchado, dejando un montón de basura esparcida, una pila de follaje seco y un deprimente retrete de ramas y hojas que señalaba el emplazamiento de su campamento. Habían obtenido tres mil cuatrocientos ozols gracias a su labor nocturna, así como el placer de castigar a quien les expulsaba. Los Drosset se sentirían hoy muy complacidos.

Glinnes fue al teléfono y llamó a Egon Rimbold, el médico de Saurkash. Le explicó algunas de sus dificultades y Rimbold accedió a visitarle.

Glinnes salió cojeando a la terraza y se acomodó en una silla de cuerda. El paisaje era plácido, como siempre. Una neblina de color perla ocultaba las distancias. Ambal parecía una isla flotante salida de un cuento. Su mente vagó... Marucha, que no disimulaba su desdén hacia los ritos de la aristocracia, había llegado a ser una princesa del hussade, arriesgándose a la enorme humillación (¿o acaso gloria?) de ser desnudada en público, en la confianza de que tal vez así contraería matrimonio con un aristócrata. Se había conformado con el señor de Rabendary, Jut Hulden. En el fondo de su mente tal vez estaba latente la imagen de la mansión de Ambal, donde Jut no quería vivir de ninguna manera... Para recuperar la isla Ambal tenía dos posibilidades: pagar doce mil ozols a Casavage y anular el contrato o demostrar la muerte de Shira, con lo que la transacción devenía ilegal. Era difícil conseguir doce mil ozols, y un hombre arrastrado a la mesa de los merlings dejaba pocas huellas... Glinnes dobló la espalda para recorrer el sendero con la mirada. Allí, los Drosset le habían esperado tras un seto.

Allí, le habían golpeado. Allí, se veían las marcas que había dejado en la hierba. No muy lejos se extendía la plácida superficie del estrecho de Farwan.

Egon Rimbold llegó en su lancha motora negra.

—En lugar de volver de la guerra —comentó—, parece que le hayan sacado de una.

Glinnes le contó lo que había ocurrido.

—Me golpearon y robaron.

Rimbold miró al otro lado del prado.

—Veo que los Drosset se han marchado.

—Pero no me olvido de ellos.

—Bien, veamos lo que puedo hacer por usted.

Rimbold trabajó con efectividad, empleó los avanzados productos farmacéuticos de Alastor y vendas adhesivas. Glinnes empezó a sentirse un hombre relativamente sano.

—Supongo que informó del asalto a la policía —dijo Rimbold mientras guardaba el instrumental.

—A decir verdad —parpadeó Glinnes—, no se me ha pasado por la cabeza.

—Sería mejor que lo hiciera. Los Drosset son unos alborotadores. La chica es tan mala como los demás.

—Me ocuparé de ella al igual que de los otros. No sé cómo o cuándo, pero no escapará ninguno.

Rimbold hizo un gesto que indicaba moderación, o como mínimo precaución, y se marchó.

Glinnes se volvió a examinar en el espejo y experimentó una sombría satisfacción al comprobar la mejoría de su aspecto. Regresó a la terraza, se acomodó precariamente en una silla y pensó en la mejor manera de vengarse de los Drosset. Las amenazas proporcionaban una satisfacción momentánea, pero bien pensado no servían para nada útil.

Glinnes se sentía inquieto. Cojeó de un lado a otro de la propiedad, disgustado por el estado de descuido y abandono. Rabendary constituía una vergüenza, aun juzgándolo con el criterio de los trills. Glinnes se irritó de nuevo con Glay y Marucha. ¿Es que no sentían ni una pizca de cariño por la vieja casa? Daba igual; él pondría las cosas en su sitio, y Rabendary sería como la recordaba de su niñez.

Aquel día estaba demasiado débil para trabajar. Como no tenía nada mejor que hacer, subió a la barca y siguió el estrecho de Farwan hasta el río Saur, y después dobló la punta de Rabendary en dirección a la isla Gilweg y la vieja casa de sus amigos los Gilweg. Consagró el resto del día a ese júbilo tan típico de los trills que los fanschers consideraban inútil, desordenado y disoluto. Glinnes se emborrachó un poco. Interpretó canciones antiguas al son de concertinas y guitarras. Flirteó con las hijas de los Gilweg y se hizo tan agradable que éstos accedieron a visitar Rabendary al día siguiente para ayudarle a despejar el campamento de los Drosset.

Se sacó a colación el tema del hussade. Glinnes mencionó a lord Gensifer y a los Gorgonas de Fleharish.

—De momento, el equipo se reduce a una lista de nombres importantes. Aun así, podría ser que todos ficharan. Cosas más raras se han visto. Lord Gensifer quiere que juegue de delantero, y me siento inclinado a probarlo, aunque sólo sea por el dinero.

—Bah —dijo Carbo Gilweg—. Lord Gensifer no distingue el negro del blanco en lo que se refiere al hussade. ¿De dónde sacará los ozols? Todo el mundo sabe que vive al día.

—¡Ni hablar! —dijo Glinnes—. Cené con él, y puedo asegurar que no se priva de nada.

—Tal vez, pero poner en marcha un equipo importante es otra cuestión. Necesitará uniformes, cascos, una tesorería respetable... Cinco mil ozols o más. Dudo que pueda dar sustancia a la idea. ¿Quién será el capitán?

—Me parece que no lo especificó —dijo Glinnes. tras reflexionar un momento.

—Es un punto capital. Si ficha a un capitán importante, atraerá a jugadores más escépticos que tú.

—¡No creas que soy tan ingenuo! Sólo demostré un discreto interés.

—Sería mejor que te vinieras con nuestros queridos Tanchinaros de Saurkash —declaró Ao Gilweg.

—De hecho, podríamos utilizar un buen par de delanteros —dijo Garbo—. Nuestra defensa, sin ser presuntuoso, es tan buena como cualquier otra, pero no conseguimos que nuestros hombres superen el foso. ¡Únete a los Tanchinaros! ¡Arrasaremos la prefectura de Jolany!

—¿A cuánto ascienden vuestros fondos?

—No es probable que sobrepasemos los mil ozols —admitió Garbo—. Ganamos un partido y perdemos el siguiente. Francamente, nuestra calidad es irregular. El viejo Neronavy no es el capitán más inspirado; nunca se aparta ni un centímetro de su hange, y sólo sabe hacer tres jugadas. Yo podría retrasarme, pero no serviría de mucho.

—Me has convencido para que fiche por los Gorgonas —dijo Glinnes—. Recuerdo al Neronavy de hace diez años. Preferiría tener como capitán a Akadie.

—Apatía, indiferencia. El equipo necesita un poco de estímulo —dijo Ao Gilweg.

—Hace dos años que no conquistamos una sheirl hermosa —dijo Garbo—. Jenlis Wade..., insípida como un cavuto muerto. Cuando perdió el vestido, sólo pareció sorprendida. Barsilla Cloforeth..., demasiado alta y ansiosa. Cuando la desnudaron, nadie se molestó en mirar. Barsilla se largó, disgustada.

—Aquí tenemos unas bonitas sheirls. —Ao Gilweg señaló con el pulgar a sus hijas Rolanda y Berinda—. Sólo que prefieren jugar a otras cosas con los chicos. Ahora ya no están cualificadas.

El día dejó paso al avness, el avness al crepúsculo, el crepúsculo a la oscuridad, y convencieron a Glinnes para que se quedara a pasar la noche.

Por la mañana, Glinnes volvió a Rabendary y empezó a limpiar la zona donde se había instalado el campamento de los Drosset. Una circunstancia peculiar le hizo detenerse. Habían practicado un hoyo de sesenta centímetros de profundidad en el punto donde estaba situada la hoguera. El agujero se encontraba vacío. A Glinnes no se le ocurrió ninguna explicación para el hoyo, en el centro exacto de la antigua hoguera.

Los Gilweg se presentaron a mediodía, y dos horas más tarde había desaparecido todo vestigio del paso de los Drosset.

Entretanto, las mujeres Gilweg prepararon la mejor comida posible desdeñando la despensa de Marucha, que consideraron austera. De entrada, Marucha nunca les había caído bien; se daba demasiados aires.

Los Gilweg se enteraron con todo detalle de los problemas de Glinnes. Le ofrecieron su simpatía y opiniones contradictorias. Ao Gilweg, el cabeza de familia, había hablado con Lute Casagave en varias ocasiones.

—Un tipo astuto, versado en ardides. No está en la isla Ambal por motivos de salud.

—Es como todos los habitantes de otros planetas —declaró su esposa Clara—. He conocido a muchos, todos agitados, nerviosos, melindrosos y fastidiosos. Ninguno de ellos sabe llevar una vida normal.

—No sé si Casagave es tímido o ciego —dijo Carbo—. Pasas por delante de su barca y ni siquiera levanta la cabeza.

—Se hace pasar por un gran noble —dijo Clara en tono de rechazo—. Es demasiado superior para tratar con gente corriente como nosotros. Jamás hemos probado ni una gota de su vino, tenlo por seguro.

—¿Has visto a su criado? —preguntó Currance, la hermana de Clara—. ¡Menuda visión! Creo que es mitad simio de Polgonia, o algo así. Os juro que nunca pondrá el pie en mi casa.

—Cierto —declaró Clara—. Tiene aspecto de malvado. Y no olvidéis esto: Dios los cría y ellos se juntan. ¡Lute Casagave es sin duda tan malo como su criado!

Ao Gilweg movió las manos en señal de protesta.

—Vamos, vamos, un poco de calma. No se ha probado nada contra esos hombres; ni siquiera han sido acusados.

—¡Se apropió de la isla Ambal! ¿No es suficiente?

—Tal vez le engañaron; ¿quién sabe? Podría ser un hombre justo e inocente.

—¡Un hombre justo e inocente renunciaría a su ocupación ilegal!

—¡Exacto! ¡Quizá Lute Casagave sea esa clase de nombre! —Ao se volvió hacia Glinnes—. ¿Has hablado del asunto con el propio Lute Casagave? Me parece que no.

Glinnes dirigió una mirada escéptica a la isla Ambal.

—Imagino que podría hablar con él, pero existe una realidad incuestionable: hasta un nombre justo querría que le devolvieran sus doce mil ozols, de los que no dispongo por el momento.

—Que se las arregle con Glay, que cobró el dinero —dijo Carbo—. Tenía que haberse asegurado de sus derechos antes de cerrar el trato.

—Es una circunstancia extraña, muy extraña... A menos que supiera a ciencia cierta que Shira había muerto, lo que conduce a una serie de macabras especulaciones.

—¡Bah! —exclamó Ao Gilweg—. Coge al toro por los cuernos. Ve a hablar con ese hombre. Dile que abandone tu propiedad y que vaya a pedirle el dinero a Glay, el hombre que lo cobró.

—¡Por los Quince Demonios, tienes razón! —dijo Glinnes—. Es claro y rotundo... No tiene nada sobre qué sustentarse. Se lo expondré con toda crudeza mañana.

—¡Acuérdate de Shira! —dijo Carbo Gilweg—. Tal vez sea un hombre sin escrúpulos.

—Será mejor que lleves un arma —aconsejó Ao Gilweg—. No existe mejor espoleador de la humildad que un desintegrador de ocho cañones.

—En este momento carezco de armas —respondió Glinnes—. Esos infames trevanyis entraron a saco en mis pertenencias. En cualquier caso, no creo que necesite armas. Si Casagave, como espero, es un hombre razonable, llegaremos sin demora a un acuerdo.

Entre el muelle de Rabendary y la isla Ambal media tan sólo una distancia de cien metros de aguas serenas, un viaje que Glinnes había efectuado incontables veces. Nunca le había parecido tan largo.

No se advertía el menor signo de actividad en la isla Ambal. Sólo la lancha motora de Casagave indicaba su presencia. Glinnes amarró la barca y saltó al muelle con toda la agilidad que sus costillas doloridas le permitían. Tal como exigía la etiqueta, tocó el timbre antes de subir por el sendero.

La mansión Ambal se parecía mucho a la mansión Gensifer: una alta estructura blanca de extravagante complejidad. De cada muro se proyectaban miradores hacia afuera; el techo, cuatro cúpulas de vidrio blanco opaco, con un chapitel central dorado, descansaba sobre pilastras acanaladas. No salía humo de la chimenea, ni se oía ningún sonido en el interior. Glinnes pulsó el timbre de la puerta.

Pasó un minuto. Hubo cierto movimiento tras un mirador; después se abrió la puerta y Lute Casagave se asomó. Era un hombre mucho más viejo que Glinnes, de piernas delgadas y cargado de espaldas, vestido con un traje holgado de gabardina gris, como los usados en otros planetas. El cabello blanco enmarcaba un rostro cetrino, en el que destacaban la larga nariz descarnada, las mejillas caídas y demacradas, y ojos como esquirlas de piedra fría. El rostro de Casagave indicaba una inteligencia firme y despierta, pero no parecía el de un hombre capaz de contribuir con doce mil ozols a la causa de la justicia abstracta.

Casagave no saludó ni preguntó, sino que miró en silencio hacia el frente, esperando a que Glinnes explicara los motivos de su presencia.

—Temo que le traigo malas noticias, Lute Casagave —dijo Glinnes educadamente.

—Haga el favor de dirigirse a mí como lord Ambal.

Glinnes abrió desmesuradamente la boca.

—¿Lord Ambal?

—Así es como prefiero ser conocido.

Glinnes sacudió la cabeza en señal de duda.

—Todo eso está muy bien, y es posible que su sangre sea la más noble de Trullion. Sin embargo usted no puede ser lord Ambal porque la isla Ambal no le pertenece. Esas son las malas noticias a las que me refería.

—¿Quién es usted?

—Soy Glinnes Hulden, señor de Rabendary y propietario de la isla Ambal. Usted entregó dinero a mi hermano Glay a cambio de la propiedad que se negó a conservar. Esta situación es muy desagradable. No pienso exigirle un alquiler por el tiempo que he permanecido aquí, pero me temo que deberá cambiar de residencia.

Casagave frunció las cejas y entornó los ojos.

—No diga tonterías. Soy lord Ambal, descendiente directo de aquel lord Ambal que dispuso ilegalmente de la propiedad ancestral. La transacción original fue invalidada; el título de los Hulden nunca sirvió de nada. Dé gracias por los doce mil ozols; no estaba obligado a pagarle nada.

—¡Alto ahí! —gritó Hulden—. Mi bisabuelo efectuó la compra. Fue protocolizada con el registrador de la propiedad de Welgen y no puede ser invalidada.

—No estoy seguro. ¿Usted es Glinnes Hulden? Esto no significa nada para mí. Compré la propiedad a Shira Hulden, y su hermano Glay actuó de intermediario.

—Shira ha muerto. La venta fue fraudulenta. Le sugiero que exija a Glay la devolución de su dinero.

—¿Shira ha muerto? ¿Cómo lo sabe?

—Ha muerto, probablemente asesinato y arrastrado al fondo del mar por los merlings.

—¿Probablemente? Probablemente carece de valor legal. Mi contrato es legítimo, a menos que pueda probar lo contrario, o a menos que usted muera, en cuyo caso el asunto es discutible.

—No tengo la menor intención de morir.

—¿Y quién la tiene? Nos sobreviene a todos queramos o no.

—¿Me está amenazando?

Casagave emitió una risita seca.

—Ha entrado ilegalmente en la isla Ambal; tiene diez segundos para salir.

—Se equivoca. —La voz de Glinnes tembló de rabia—. Le concedo tres días, y sólo tres días, para abandonar mi propiedad.

—¿Y después? —preguntó Casagave con sorna.

—No se preocupe de lo que sucederá después. Salga de la isla Ambal o lo averiguará.

Casagave dio un silbido estridente. Se oyeron unos pasos pesados. Detrás de Glinnes apareció un hombre que sobrepasaba los dos metros y que pesaba tal vez unos ciento cincuenta kilos. Su piel era de color teca; el cabello negro se amoldaba a su cabeza como si fuera pelaje. Casagave apuntó su pulgar hacia el muelle.

—O a la barca o al agua.

Glinnes, todavía dolorido por la paliza anterior, no se atrevió a correr el riesgo. Giró sobre sus talones y bajó a grandes zancadas por el sendero. ¿Lord Ambal? ¡Qué parodia! Eso explicaba las investigaciones de Casagave.

La barca de Glinnes surcó las aguas. Rodeó lentamente la isla Ambal; nunca le había parecido tan hermosa. ¿Qué pasaría si Casagave ignoraba el ultimátum de tres días.... como era seguro? Glinnes meneó la cabeza, entristecido. Actuar por la fuerza le enfrentaría a la policía..., a menos que pudiera demostrar la muerte de Shira.

9
Akadie vivía en una peculiar y vieja mansión situada en una punta de tierra conocida como el Diente de Rorquin, suspendida sobre el ancho de Clinkhammer, varios kilómetros al noroeste de Rabendary. El Diente de Rorquin era un saliente de piedra negra curtido por la intemperie, quizá la chimenea de un antiguo volcán, cubierto ahora de jardo, capullos de fuego y pomanderos enanos. Detrás se erguía un bosquecillo de sentinellos. La mansión de Akadie, capricho de un lord hacía mucho tiempo olvidado, alzaba cinco torres hacia el cielo, todas de altura y estilo arquitectónico diferentes. Una tenía techo de pizarra, otra de tejas, una tercera de cristal verde, la cuarta de plomo y la última de spandex, un material artificial. Todas contenían en su parte superior un estudio provisto de accesorios especiales y panorámicas diferentes, con el fin de adaptarse a los diversos estados anímicos de Akadie, éste reconocía y disfrutaba de sus excentricidades, y transformaba la inconsistencia en una virtud.

A primera hora de la mañana, cuando la neblina todavía remolineaba, Glinnes condujo su barca por el estrecho de Farwan hacia el Saur, se desvió hacia el oeste por el angosto estrecho de Vernice, donde crecían en profusión las malas hierbas, y desembocó en el ancho de Clinkhammer. Sobre las tranquilas aguas oscilaba el reflejo doble de la mansión con sus cinco torres.

Akadie acababa de levantarse. Tenía el cabello revuelto y apenas podía abrir los ojos. Sin embargo, saludó a Glinnes con cordialidad.

—Haz el favor de no exponer tus problemas hasta después del desayuno; el mundo todavía se ve confuso.

—He venido a ver a Marucha —dijo Glinnes—. No necesito sus servicios.

—En tal caso, di lo que quieras.

Marucha, que siempre madrugaba, parecía tensa y malhumorada, y saludó a Glinnes sin efusividad. Sirvió a Akadie un desayuno compuesto de fruta, té y bollos, y vertió té en la taza de Glinnes.

—¡Ay! —exclamó Akadie—. Comienza el día, y una vez más aceptaré que existe un mundo más allá de los confines de esta habitación. —Bebió el té—. ¿Cómo van tus asuntos?

—Todo lo bien que cabía esperar. Mis problemas no han desaparecido con un simple chasquido de los dedos.

—A veces —observó Akadie—, las personas se crean ellas mismas los problemas.

—Es absolutamente cierto en mi caso. Me esfuerzo por recobrar mi propiedad y proteger lo que queda, y al actuar así estimulo a mis enemigos.

Marucha, que trabajaba en la cocina, demostraba un total desinterés por la conversación.

—El principal culpable es Glay, por supuesto —prosiguió Glinnes—. Sembró la discordia y después se marchó sin solucionar nada. Como Hulden y como hermano, no se le puede disculpar.

Marucha no pudo contener su lengua por más tiempo.

—Dudo que le preocupe ser o no un Hulden. En cuanto a la relación entre hermanos, la interacción es mutua. Te recuerdo que no le estás ayudando mucho en su trabajo.

—Es demasiado oneroso —replicó Glinnes—. Glay puede permitirse regalos de doce mil ozols porque el dinero nunca le perteneció. Yo sólo ahorré tres mil cuatrocientos ozols, que los compinches de Glay, los Drosset, me robaron. Ahora no tengo nada.

—Te queda la isla Rabendary. Vale mucho.

—Al menos reconoces la muerte de Shira.

Akadie levantó la mano.

—¡Basta ya! Vamos a tomar el té en la torre que mira al sur. Sube por la escalera, pero ten cuidado, los peldaños son estrechos.

Ascendieron a la torre más baja y espaciosa, que permitía admirar toda la perspectiva del ancho de Clinkhammer. Akadie había colgado de las paredes de madera oscura antiguos gonfalones; en una esquina había reunida una excéntrica colección de vasijas de barro rojo. Akadie puso sobre la mesa de mimbre la tetera y las tazas e indicó con un gesto a Glinnes que acercara una vieja silla de mimbre con el respaldo en forma de abanico.

—Cuando instalé a Marucha en casa no esperaba como complemento una serie de disputas familiares.

—Quizá esta mañana me siento de mal humor —admitió Glinnes—. Los Drosset me asaltaron aprovechando la oscuridad, me dieron una paliza y se llevaron todo mi dinero. Por eso no puedo dormir por las noches. Mis entrañas arden, hierven y se retuercen de rabia.

—Exasperado, como mínimo. ¿Has pensado en tomar medidas preventivas?

—¡No he pensado en nada! Nada parece sensato, podría matar a uno o dos Drosset y acabar en el prutanshyr, pero así tampoco recuperaría mi dinero. Podría echar una droga en su vino y registrar el campamento mientras duermen, pero carezco de drogas y aunque tuviera, ¿cómo podría estar seguro de que todos beberían vino?

—Es más fácil planear estos actos que llevarlos a cabo —dijo Akadie—, pero permíteme que te haga una sugerencia. ¿Conoces el claro de Xian?

—Nunca he visitado ese lugar. Tengo entendido que es el cementerio de los trevanyis.

—Es mucho más que eso. El Pájaro de la Muerte vuela desde el valle de Xian, y el hombre agonizante oye su canto. Los fantasmas trevanyis caminan a la sombra de los grandes ombriles, que sólo crecen en ese lugar de Merlank. Ahora escucha con atención. Si localizaras la cripta de los Drosset y te apoderases de una urna funeraria, Vang Drosset sacrificaría la castidad de su hija por recuperarla.

—No me interesa.... o casi no me interesa la castidad de su hija. Sólo quiero mi dinero. Su idea es excelente.

Akadie hizo un gesto de menosprecio.

—Eres muy amable, pero la propuesta es tan inepta y alucinante como cualquier otra. Las dificultades son insuperables. Por ejemplo, ¿cómo podrías descubrir el emplazamiento de la cripta, sino por boca del propio Vang Drosset? Si te apreciara lo bastante como para confiarte este secreto fundamental de su existencia, ¿por qué te negaría tu dinero y los favores de su hija? Imaginemos, pese a todo, que persuades a Vang Drosset de que te revele su secreto y vas al valle de Xian. ¿Cómo te librarías de las Tres Brujas, por no mencionar a los fantasmas?

—No lo sé.

Los dos hombres permanecieron sentados en silencio, bebiendo té.

—¿Ya has conocido a Lute Casagave? —preguntó Akadie al cabo de un momento.

—Sí. Se niega a abandonar la isla Ambal.

—Era de esperar. Como mínimo, exigiría la devolución de sus doce mil ozols.

—Afirma ser lord Ambal.

Akadie se irguió en su silla. Sus ojos reflejaban el veloz fluir de sus pensamientos. La idea le resultaba verdaderamente fascinante. Sacudió la cabeza con cierto pesar y se reclinó en la silla.

—Improbable, muy improbable, e irrelevante, en cualquier caso.

Me temo que deberás resignarte a la pérdida de la isla Ambal.

—¡No puedo resignarme a perderlo todo! —gritó con pasión Glinnes—. Un partido de hussade, la isla Ambal: todo es lo mismo. Nunca me rendiré. ¡He de recobrar lo que es mío!

Akadie levantó la mano.

—Cálmate. Me lo pensaré en mis ratos de ocio, y algo se me ocurrirá. Los honorarios son quince ozols.

—¡Quince ozols! —clamó Glinnes—. ¿Por qué? Lo único que ha hecho es decirme que me calmara.

Akadie hizo un gesto afable.

—Te he dado ese consejo negativo, que a menudo es tan valioso como un programa positivo. Por ejemplo, supón que me preguntaras: «¿Cómo puedo ir de aquí a Welgen de un solo salto?». Me limitaría a pronunciar una palabra, «imposible», y te ahorraría una gran cantidad de ejercicio inútil, lo que justificaría unos honorarios de veinte o treinta ozols.

—En lo referente al tema de que hablábamos —sonrió con tristeza Glinnes——, no me ha ahorrado ningún ejercicio inútil. No me ha dicho nada que no supiera ya. Considere este encuentro una visita social.

Akadie se encogió de hombros.

—No tiene la menor importancia.

Los dos hombres regresaron a la planta baja, donde Marucha estaba leyendo una revista publicada en Port Maheul. Actividades interesantes de la élite.

—Adiós, madre —dijo Glinnes—. Gracias por el té.

Marucha levantó la mirada de la revista.

—Eres más que bienvenido, por supuesto —dijo, y se puso a leer de nuevo.

Mientras Glinnes regresaba por el ancho de Clinkhammer, se preguntó por qué Marucha no le quería, aunque en el fondo de su corazón sabía muy bien la respuesta. Marucha no le tenía aversión; tenía aversión a Jut y a su «grosero comportamiento», sus parrandas, francachelas, la franca disposición amorosa y su falta general de elegancia. En pocas palabras, consideraba a su marido un patán. Glinnes, aunque más cortés y moderado que su padre, le recordaba a Jut. Jamás existiría auténtico cariño entre ellos. Bien, pensó Glinnes. Tampoco le gustaba especialmente Marucha...

Glinnes internó la barca en el estrecho de Zeur, que conducía por el noreste a los Comunes de la Prefectura. Llevado por un impulso, aminoró la velocidad y volvió a la orilla. Avanzó entre las cañas, amarró la barca al trono de un casamón y subió por la orilla hasta un punto desde el que pudo examinar la isla.

A trescientos metros de distancia, junto a un bosquecillo de candeleras negros, los Drosset habían plantado sus tres tiendas, los mismos rectángulos de colores naranja, marrón sucio y negro que habían ofendido la vista de Glinnes en Rabendary. Vang Drosset estaba sentado en un banco, inclinado sobre una fruta que parecía un melón, o tal vez un cazaldo. Tingo, que llevaba un pañuelo de color lavanda atado a la cabeza, se hallaba en cuclillas junto al fuego, pelando patatas y echándolas en el caldero. No divisó a sus hijos. Ashmor, Harving y Duissane.

Glinnes les espió durante cinco minutos. Vang Drosset terminó el cazaldo y tiró la cáscara al fuego. Después, con las manos apoyadas en las rodillas, se volvió para hablar con Tingo, que proseguía sus tareas.

Glinnes bajó por la orilla hacia la barca y volvió a casa a toda velocidad.

Regresó una hora después. Glay había adoptado la indumentaria trevanyi cuando viajó con ellos. Glinnes la llevaba ahora, así como el turbante trevanyi. Un cavuto joven estaba tirado en el suelo de la barca, con la cabeza cubierta y las patas atadas. La barca también contenía tres cajas vacías, varias ollas de hierro de buena calidad y una pala.

Glinnes amarró la barca en el lugar de antes. Subió por la orilla y observó el campamento de los Drosset con unos prismáticos.

El caldero hervía sobre el fuego. Tingo no estaba a la vista. Vang Drosset continuaba sentado en el barco, esculpiendo un nudo dako. Glinnes le observó con suma atención. ¿Estaría utilizando Vang Drosset su cuchillo? Astillas y virutas saltaban del dako sin el menor esfuerzo, y Vang Drosset examinaba el cuchillo de vez en cuando con satisfacción.

Glinnes subió el cavuto desde la barca, le quitó la caperuza y mantuvo sujeto al animal por una pierna, para que pudiera internarse unos metros en el campamento.

Glinnes se resguardó tras un matorral; ocultaba la parte inferior del rostro con el cabo suelto del turbante.

Vang Drosset esculpía el dako. Hizo una pausa, estiró los brazos y advirtió la presencia del cavuto. Lo contempló un momento y después, levantándose, escrutó todo el campamento. No había nadie a la vista. Limpió el cuchillo y lo introdujo en su bota. Tingo Drosset asomó la cabeza por la puerta de la tienda. Vang Drosset cruzó unas palabras con ella. Salió y miró con expresión dudosa al cavuto. Vang Drosset avanzó por el terreno, caminando con aire furtivo. Se detuvo a diez metros del cavuto, como si lo viera por primera vez. Reparó en la cuerda atada a la pata y la siguió hasta el casamón. Dio cuatro silenciosos pasos hacia adelante y estiró el cuello. Vio la barca y se quedó inmóvil, mientras sus ojos realizaban un inventario del contenido. Una pala, varios cacharros útiles. ¿Qué habría dentro de aquellas cajas? Se humedeció los labios y miró rápidamente a ambos lados. Extraño. Tal vez obra de un niño. De todos modos, ¿por qué no echar un vistazo a las cajas? No cuesta nada mirar.

Vang Drosset bajó con cautela por la orilla y jamás supo qué le golpeó. Glinnes, con la furia palpitando en sus venas, saltó hacia adelante y casi le rompió la cabeza con dos tremendos golpes sobre las orejas.

Vang Drosset cayó al suelo. Glinnes hundió su cabeza en el barro, le ató las manos a la espalda e inmovilizó sus rodillas y tobillos con una cuerda que había llevado a propósito. Después le amordazó y vendó los ojos.

Vang Drosset emitió unos gemidos ahogados.

Extrajo el cuchillo de su propiedad que Vang Drosset guardaba en la bota. Era fantástico recuperar aquella hoja acerada. Registró la ropa de Vang Drosset, que cortó con el cuchillo para facilitar el examen. La bolsa de Vang sólo contenía veinte ozols, que Glinnes se quedó. Le sacó las botas y abrió las suelas. No encontró nada y tiró las botas lejos.

Vang Drosset no llevaba más dinero encima. Glinnes, disgustado, le dio un puntapié en las costillas. Dirigió la mirada hacia el campamento y vio a Tingo Drosset caminando hacia el retrete. Glinnes se cargó el cavuto al hombro, ocultó su rostro y avanzó hacia el campamento. Llegó a la tienda marrón justo cuando Tingo Drosset entraba en el retrete. Examinó la tienda. Vacía. Se dirigió a la tienda naranja. Vacía. Entró. Tingo Drosset habló a su espalda.

—Parece un espléndido animal, pero no lo entres ahí. ¿Qué te pasa? Mátalo junto al agua.

Glinnes puso el animal en el suelo y esperó. Tingo Drosset, protestando por el extraño comportamiento de su marido, entró en la tienda.

Glinnes tiró el turbante por encima de su cabeza y la arrojó a tierra. Tingo Drosset se quejó y maldijo la inesperada reacción de su marido.

—Una palabra más —rugió Glinnes—, y te rebano el pescuezo de oreja a oreja. Estate quieta si sabes lo que te conviene.

—¡Vang, Vang! —chilló Tingo.

Glinnes le introdujo el cabo del turbante en la boca.

Tingo era corpulenta y fuerte, y a Glinnes le llevó considerables esfuerzos atarla, vendarle los ojos y amordazarla. Le dolía la mano de un mordisco. A Tingo Drosset le dolía la cabeza de un espantoso puñetazo. No era probable que Tingo portara encima el dinero de la familia, pero cosas más raras se habían visto. Glinnes registró con todo cuidado sus ropas mientras ella gruñía y gemía, se debatía y agitaba, horriblemente ultrajada, aguardando lo peor.

Glinnes examinó la tienda negra, a continuación un rincón de la tienda naranja en el que Duissane había alineado unas cuantas baratijas y recuerdos, y por fin la tienda marrón. No encontró dinero, pero tampoco lo esperaba; los trevanyis tenían la costumbre de enterrar sus objetos de valor.

Glinnes se sentó en el banco de Vang Drosset. ¿Dónde enterraría el dinero Vang Drosset? El lugar debería estar cerca y lo indicaría alguna señal, un poste, una roca, un matorral, un árbol. Tendría que estar a la vista. Vang Drosset preferiría que el escondite se hallara bajo su vigilancia. Glinnes paseó la mirada en derredor. Frente a él colgaba el caldero sobre el fuego, y a un lado había una tosca mesa con un par de bancos para sentarse. A sólo unos pasos, la tierra se veía chamuscada por el fuego de otra hoguera. Parecía un lugar más conveniente que aquel donde ahora colgaba el caldero. Los peculiares hábitos de los trevanyis carecían de explicación, pensó Glinnes. En el campamento de Rabendary... El pensamiento se desvaneció mientras Glinnes recordaba el campamento de la isla Rabendary, donde, en el punto donde habían emplazado la hoguera, la tierra aparecía cavada recientemente.

Glinnes asintió. Eso era. Se levantó y caminó hacia el fuego. Apartó el trípode y el caldero, y con ayuda de una vieja azada con el mango roto, tiró las brasas a un lado. La tierra calcinada cedió con facilidad. A quince centímetros de profundidad, la azada tropezó con una plancha de hierro negro. Glinnes levantó el hierro y descubrió una capa de arcilla seca, que también quitó. La cavidad ocultaba un pote de cerámica.

Glinnes sacó el pote. Contenía un fajo de billetes rojos y negros de cien ozols. Glinnes asintió, complacido, y lo guardó todo en el bolsillo.

El cavuto, que estaba pastando, había defecado. Glinnes introdujo las deyecciones en el pote, lo devolvió a la cavidad y volvió a colocarlo todo en su sitio, tal como antes, incluso el fuego que ardía bajo el caldero. Una inspección ocasional no revelaría la menor alteración.

Echándose al hombro el cavuto, Glinnes cruzó el campamento en dirección hacia donde había dejado la barca. Vang Drosset había luchado por liberarse, pero lo único que consiguió fue rodar por la pendiente y caer en el barro, junto al borde del agua. Glinnes sonrió, divertido, y se abstuvo de patear la forma retorcida, considerando que llevaba en el bolsillo toda la fortuna de Vang Drosset. Ató el cavuto en la popa de la barca y zarpó. Glinnes condujo la barca por entre las cañas hasta una raíz torcida, amarró la boza y se izó desde la raíz hasta las ramas. Escrutó por una abertura entre el follaje el campamento de los Drosset, que parecía tranquilo.

Glinnes se acomodó y contó el dinero. En la primera bolsa encontró tres mil cuatrocientos diez ozols. Glinnes rió por lo bajo, satisfecho.

Sacó la cinta de la segunda bolsa, que contenía una faltriquera de oro y mil cuatrocientos ozols. Glinnes no les prestó atención, y se concentró en la faltriquera. Un estremecimiento recorrió su espina dorsal. Recordaba muy bien el objeto: había pertenecido a su padre. Vio los ideogramas que representaban el nombre de Jut Hulden, y debajo los de Shira Hulden.

Había dos posibilidades: o bien los Drosset habían rodado a Shira en vida o le habían robado ya muerto. ¡Y éstos eran los bondadosos camaradas de su hermano Glay! Glinnes escupió en la tierra.

Se sentó sobre la rama; su cerebro bullía de excitación y horrorizada repugnancia. Shira estaba muerto. De lo contrario, los Drosset nunca habrían podido arrebatarle el dinero. Estaba convencido.

Se sentó a observar y esperar. Su euforia se disipó, y también su horror; le embargó un estado de pasividad. Pasó una hora y parte de otra. Desde el muelle del estrecho de Ilwish llegaron tres personas: Ashmor, Harving y Duissane. Ashmor y Harving fueron directamente a la tienda naranja. Duissane se quedó inmóvil, como si escuchara algún sonido producido por Tingo. Se precipitó en el interior de la tienda marrón, y en seguida asomó la cabeza para llamar a sus hermanos. Desapareció de nuevo en la tienda. Ashmor y Harving se reunieron con ella. Cinco minutos después salieron poco a poco, discutiendo acaloradamente. Tingo, al parecer poco afectada por su experiencia, apareció también. Señaló al otro lado del campamento. Ashmor y Harving corrieron hacia el punto indicado y no tardaron en encontrar y liberar a Vang Drosset. Los tres volvieron al campamento; los hijos hablaban y gesticulaban. Vang Drosset renqueaba sobre sus pies descalzos y apretaba contra su cuerpo sus vestidos desgarrados. Al llegar al campamento, lo examinó todo, en especial la hoguera. Daba la impresión de continuar intacta.

Entró en la tienda marrón. Los hijos siguieron discutiendo con Tingo, que protestaba presa de histeria, señalando al otro lado del campamento. Vang Drosset salió de la tienda marrón, vestido de nuevo. Avanzó hacia Tingo y la abofeteó; la mujer retrocedió entre imprecaciones de rabia. Vang fue otra vez hacia ella; Tingo aferró una gruesa rama, sin dar muestras de flaqueza. Vang Drosset se alejó con semblante malhumorado. Examinó la hoguera más cerca, agachó la cabeza y observó cenizas y brasas en el lugar al que Glinnes había desplazado el fuego. Lanzó un ronco grito que Glinnes oyó desde su rama. Tiró el trípode a un lado, pateó el fuego y con sus dedos desnudos levantó la placa de hierro, rompió la capa de arcilla y después el pote de cerámica. Miró en su interior. Levantó los ojos hacia Ashmor y Harving, que aguardaban expectantes.

Vang Drosset alzó las manos en un gesto de enorme desesperación. Arrojó el pote a tierra, pateó los fragmentos, pateó el fuego y envió los tizones por los aires. Levantó sus brazos nervudos y profirió maldiciones a los cuatro puntos cardinales.

Es hora de partir, pensó Glinnes. Bajó del árbol, saltó a la barca y volvió hacia la isla Rabendary. Un día muy satisfactorio. La indumentaria trevanyi había ocultado su identidad. Tal vez los Drosset sospecharan, pero no tendrían la certeza. En ese momento, todos los trevanyis de la región se habían convertido en sospechosos, y los Drosset no dormirían mucho esa noche, intentando dilucidar quién había sido el culpable.

Glinnes se preparó algo de comer y se lo tomó en la terraza. La tarde dio paso al auness. ese melancólico y mortecino momento del día en que el cielo y las distancias lejanas quedan bañados por el color de la leche diluida en agua.

El timbre del teléfono provocó una repentina interrupción. Glinnes entró para encontrarse frente al rostro de Thammas, lord Gensifer, que le miraba desde la pantalla. Glinnes tocó el botón de visión.

—Buenas tardes, lord Gensifer.

—¡Buenas tardes tengas, Glinnes Hulden! ¿Estás preparado para jugar al hussade? No me refiero a este preciso instante, por supuesto.

Glinnes respondió con otra cautelosa pregunta.

—¿Debo entender que sus planes han madurado?

—Sí. Los Gorgonas de Fleharish están organizados y dispuestos para empezar a entrenarse. He apuntado tu nombre como atacante derecho.

—¿Quién es el atacante izquierdo?

Lord Gensifer consultó su lista.

—Un joven muy prometedor que se llama Savat. Los dos formaréis un brillante combinado.

—¿Sabat? No he oído hablar nunca de él. ¿Quiénes son los laterales?

—Lucho y Helsing.

—Umm. Ninguno de estos nombres me es familiar. ¿Son los jugadores con los que contaba inicialmente?

—Lucho, desde luego. En cuanto a los otros.... bien, esta lista siempre fue provisional, a fin de rectificarla si se podía conseguir algo mejor. Como bien sabes. Glinnes, los jugadores veteranos son muy inflexibles. Nos irá mejor con gente predispuesta y ansiosa de aprender. ¡Entusiasmo, afición, dedicación! ¡Estas son las cualidades que forjan a los ganadores!

—Entiendo. ¿A quién más ha fichado?

—Iskelatz y Wilmer Guff son los libres... ¿Qué te parece? No hay mejores libres en toda la prefectura. Los defensas... Ramos es de primera, y Pylan no le va a la zaga. Sinforetta y «Porrazo» Candolf no son muy ágiles, pero sí robustos; nadie les echará a un lado. Yo jugaré de capitán y...

—¿Eh? ¿Qué significa esto? ¿He oído bien?

Lord Gensifer frunció el ceño.

—Yo jugaré de capitán —dijo con voz serena—. Y éste es más o menos el equipo, exceptuando los suplentes.

Glinnes permaneció en silencio unos momentos.

—¿Y el fondo?

—El fondo será de tres mil ozols —respondió lord Gensifer con modestia—. Durante los primeros partidos nos jugaremos unos prudentes mil quinientos ozols, hasta que el equipo cuaje.

—Entiendo. ¿Cuándo y dónde se entrenarán?

—En el campo de Saurkash, mañana por la mañana. ¿Doy por hecho, entonces, que jugarás con los Gorgonas?

—Mañana bajaré, desde luego, y veré cómo van las cosas, pero permítame que le sea honesto, lord Gensifer. El capitán es el hombre más importante del equipo. Dudo que usted tenga experiencia.

Lord Gensifer compuso una expresión altanera.

—He llevado a cabo un estudio completo del juego. He leído tres veces las Tácticas del hussade de Kalenshenko, he llegado a dominar el Manual corriente del hussade y he examinado a fondo las teorías más recientes, como el Principio de Contracorriente, el Sistema de la Pirámide Doble, la Supermuralla...

—Todo eso es posible que sea cierto, lord Gensifer. Mucha gente puede teorizar sobre el juego, pero lo que cuenta en definitiva son los reflejos, y a menos que haya jugado mucho...

—Si te esfuerzas al máximo —replicó lord Gensifer con rigidez—, los demás también lo harán. ¿Algo más? Al cuarto toque de gong, pues.

La pantalla se apagó.

Glinnes. decepcionado, rezongó. Había estado en un tris de decirle a lord Gensifer que jugara de capitán, delantero, libre, defensa y sheirl a la vez. ¡Lord Gensifer de capitán!

Al menos, como compensación a la paliza, había recuperado el dinero. Casi cinco mil ozols: una cantidad sustancial, que debía esconder en un lugar seguro.

Glinnes guardó el dinero en un pote de cerámica igual al que los Drosset habían utilizado. Lo enterró en el patio de atrás.

Una hora más tarde, una barca surgió del estrecho de Ilfish y atravesó el ancho de Ambal. Dentro iban sentados Vang Drosset y sus dos hijos. Cuando pasaron junto al muelle de Rabendary, Vang Drosset se irguió y examinó la barca de los Hulden con mirada atenta. Glinnes había retirado todos los artículos con los que había tentado a Vang Drosset; la barca no se distinguía en nada de cientos de otras. Glinnes estaba sentado en la terraza, con los pies apoyados en la barandilla. Vang Drosset y sus hijos le miraron desde la barca, con la sospecha aleteando en sus ojos. Glinnes devolvió la mirada, impasible.

La barca de los Drosset continuó su ruta por el estrecho de Farwan. Los hombres murmuraron entre sí y volvieron a mirar a Glinnes. «Ahí van los que mataron a mi hermano», pensó Glinnes.

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