Trullion: alastor 2262 Jack Vance



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1. Ir a visitar amigos: eufemismo que se emplea para referirse a la acampada libre de los amantes drogados con cauch.

2. La ley trill establece que los contratos de venta de tierras son provisionales durante un período de un año, para proteger a ambas partes.

3. Las carretas trevanyis son voluminosas barcas equipadas con ruedas, capaces de ir por tierra o por mar.

4. Zanzamar: ciudad situada en el extremo más oriental del cabo Amanecer.

5. Urush: término despectivo trevanyi para denominar a los trills.

6. Spag: estado de celo. Spageen: individuo que se halla en tal condición.

7. Forlostwenna: palabra de la jerga trevanyi que designa una urgente necesidad de marcharse, más perentoria que el normal instinto de viajar.

5
Avness era el nombre de la pálida hora inmediatamente anterior al crepúsculo, un período triste y silencioso en que todos los colores del mundo parecían borrarse y el paisaje no revelaba otras dimensiones que las sugeridas por niveles de bruma en retroceso cada vez más pálida. Avness, al igual que la aurora, era un lapso de tiempo que no sentaba bien al temperamento trill: los trills no eran proclives a las ensoñaciones melancólicas.

Glinnes encontró la casa vacía al regresar; tanto Glay como Marucha se habían ido. Glinnes se sumió en un estado de tristeza. Salió a la terraza y miró hacia las tiendas de los Drosset, casi dispuesto a llamarles para celebrar una fiesta de despedida.... y más particularmente a Duissane. una criatura fascinante sin duda alguna, aun a pesar de su mal genio. Glinnes intentó imaginarla de buen humor... Duissane se animaría enseguida... Una idea absurda. Vang Drosset le arrancaría el corazón a la menor sospecha.

Glinnes volvió a entrar en casa y se sirvió un poco de vino. Abrió la despensa y examinó su magro contenido. ¡Cuan diferente de la generosa abundancia de los viejos tiempos! Escuchó el gorgoteo y el siseo de una proa que cortaba el agua. Salió a la terraza y observó la barca que se aproximaba. No transportaba a Marucha, como esperaba, sino a un hombre delgado, de brazos largos, hombros estrechos y codos afilados, ataviado con un traje de terciopelo marrón oscuro y azul, cortado a la moda preterida por los aristócratas. El cabello castaño le caía casi hasta los hombros. Su rostro era apacible y noble, y se insinuaba cierta picardía en los ojos y en la curva de su boca. Glinnes reconoció a Janno Akadie el consejero, a quien recordaba como voluble, chistoso, en ocasiones mordaz e incluso malicioso, y que jamás perdía la oportunidad de hacer un epigrama, una alusión o un comentario profundo que impresionaban a todo el mundo pero irritaban a Jut Hulden.

Glinnes bajó al muelle y, cogiendo el cabo de remolque, amarró la barca al bolardo. Akadie saltó con agilidad a tierra y saludó efusivamente a Glinnes.

—Me enteré de que estabas en casa y no he descansado hasta verte. ¡Es un placer tenerte de nuevo entre nosotros!

Glinnes respondió a los cumplidos cortésmente y Akadie cabeceó con más cordialidad que nunca.

—Me temo que se han producido cambios desde que te fuiste.... y tal vez algunos no sean de tu gusto.

—Aún no he tenido tiempo de formarme una opinión.

Glinnes habló con cautela, pero Akadie no le prestó atención y dirigió la mirada hacia la casa en penumbras.

—¿Tu querida madre no está en casa?

—No sé dónde está, pero entre a beber una o dos jarras de vino.

Akadie accedió con un gesto. Juntos subieron hacia la casa desde el muelle. Akadie echó una ojeada al bosque de Rabendary. La hoguera de los Drosset parecía una chispa oscilante de color naranja.

—Por lo que veo, los trevanyis siguen ahí.

—Se van mañana.

Akadie asintió, aprobándolo.

—La chica es atractiva, aunque aciaga.... agobiada por la carga del destino. Me pregunto para quién lleva el mensaje.

Glinnes enarcó las cejas; no había relacionado a Duissane con algo tan espantoso, y la observación de Akadie le hizo estremecer de pies a cabeza.

—Tal como ha dicho, parece una persona extraordinaria.

Akadie se acomodó en una silla de cuerda de la terraza. Glinnes sacó vino, queso y nueces, y contemplaron durante un rato los colores macilentos del ocaso de Trullion.

—Supongo que has venido de permiso.

—No. He dejado la Maza. Parece que ahora soy el señor de Rabendary..., a menos que Shira vuelva, lo cual nadie considera probable.

—Dos meses es ciertamente mala señal —dijo Akadie en tono sentencioso.

—¿Cuál es su opinión sobre lo sucedido?

Akadie bebió vino.

—A pesar de mi reputación, no sé más que tú.

—Así de golpe, la situación me parece incomprensible. ¿Por qué Glay vendió Ambal? No lo comprendo. No me ha dado explicaciones ni devuelto el dinero para que pueda anular el contrato. Jamás esperé encontrar una situación tan problemática. ¿Cuál es su opinión sobre todo esto?

Akadie posó delicadamente su jarra sobre la mesa.

—¿La consulta es profesional? En este caso malgastarías el dinero, pues, para ser sincero, no veo solución a tus dificultades.

Glinnes exhaló un suspiro de paciencia. Ya estamos otra vez: el Akadie al que nunca supo cómo tratar.

—Si me puede ser de utilidad, le pagaré —dijo, y tuvo la satisfacción de ver cómo Akadie se humedecía los labios.

Akadie ordenó sus pensamientos.

—Ummm. Como es lógico, no te cobraré por una charla ocasional. Debo serte de utilidad, como has indicado. A veces, la distinción entre trato social y ayuda profesional es ínfima. Sugiero que basemos esta conversación sobre una u otra posibilidad.

—Puede llamarla una consulta, puesto que el asunto se ha fijado en esos términos.

—Muy bien. ¿Sobre qué deseas consultarme?

—Sobre la situación general. Quiero dedicarme a los negocios, pero me muevo a tientas. Primero de todo, la isla Ambal, que Glay no tenía derecho a vender.

—Ningún problema. Devuelve el dinero y anula el contrato.

—Glay no me dará el dinero, y no tengo doce mil ozols.

—Una situación difícil —corroboró Akadie —. Shira, por supuesto, se negó a vender. El trato sólo se llevó a cabo después de su desaparición.

—Ummm. ¿Qué insinúa?

—Nada en absoluto. Te proporciono datos para que extraigas las deducciones que quieras.

—¿Quién es Lute Casagave?

—No lo sé. Superficialmente, parece un caballero de gustos sencillos, que manifiesta un interés de aficionado por la genealogía local. Está compilando una sinopsis de la nobleza local; al menos, eso me ha dicho. Sus motivos podrían deberse a pura erudición, no hace falta decirlo. ¿Intenta presentar una demanda sobre alguno de los títulos locales? Si es así, no tardarán en producirse acontecimientos interesantes... Ummm. ¿Qué más sé sobre el misterioso Lute Casagave? Afirma ser un bole de Ellent, o sea, Alastor 485, como sabrás. Tengo mis dudas.

—¿Porqué?

—Como sabes, soy un hombre observador. Después de una frugal colación en su mansión, consulté mis datos. Descubrí con extrañeza que la gran mayoría de los boles son zurdos, pero Casagave es diestro. La mayoría de los boles son muy religiosos, y su lugar de condenación es el Océano Negro, en el Polo Sur de Ellent; criaturas submarinas albergan las almas de los condenados. En Ellent, comer alimentos marinos significa introducir en el propio seno un nido de influencias maléficas. Ningún bole come pescado. Sin embargo, Lute Casagave ingirió plácidamente un guisado de araña marina y, a continuación, un excelente pez pato a la parilla, con tanta satisfacción como yo. ¿Es Lute Casagave un bole? —Akadie extendió las manos—. No lo sé.

—¿Porqué asumiría una falsa identidad? Amenos que...

—Exacto. La explicación puede ser de lo más normal. Quizá sea un bole emancipado. Un exceso de sutileza es un error tan grosero como la ingenuidad.

—Sin duda. Bien, dejemos esto a un lado. En cualquier caso, no puedo devolverle su dinero porque Glay no me lo dará. ¿Sabe el paradero del dinero?

—En efecto. —Akadie dirigió una mirada de soslayo a Glinnes —. Debo señalar que se trata de una información de clase A, por lo que calcularé los honorarios en consonancia.

—Muy bien. Si parece exorbitante, calcúlela de nuevo. ¿Dónde está el dinero?

—Glay se lo dio a un hombre llamado Junius Farfan, que vive en Welgen.

Glinnes miró con el ceño fruncido al otro lado del ancho de Ambal.

—He oído ese nombre antes.

—Muy probable. Es secretario de los fanschers locales.

—¿Sí? ¿Y por qué le dio Glay el dinero? ¿También es un fanscher?

—Si no lo es, le falta poco. Por el momento, no ha adoptado sus hábitos ni su idiosincrasia.

Glinnes tuvo una súbita inspiración.

—¿Los extraños ropajes grises? ¿El cabello rapado?

—Esos son los símbolos públicos. El movimiento ha provocado una reacción airada, y no sin razón. Los preceptos de la fanscherada contradicen directamente las actitudes convencionales, y deben ser considerados antisociales.

—Esto no significa nada para mí —gruñó Glinnes—. No he oído hablar de la fanscherada hasta hoy.

—El nombre deriva del antiguo glottish —Akadie habló con su tono más didáctico—. Fah es una celebración coribántica de la gloria. La tesis no parece ser otra cosa que una insípida perogrullada: la vida es un bien tan precioso que ha de ser empleada para lograr toda clase de ventajas. ¿Quién podría oponerse a este argumento? Los fanscher engendran hostilidad cuando intentan poner en práctica la idea. Consideran que cada persona debe proponerse metas exaltadas, y alcanzarlas si le es posible. Si fracasa, lo hace con honor y obtiene satisfacción de su lucha; ha empleado bien su vida. Si sale victoriosa... —Akadie hizo un gesto irónico—. ¿Quién sale victorioso en esta vida? La muerte. Si bien..., la fanscherada es. en principio, un ideal glorioso.

Glinnes emitió un sonido escéptico.

—¿Cinco trillones de habitantes de Alastor luchando y porfiando? No habría paz para nadie.

Akadie asintió con una sonrisa.

—Has de comprender esto: la fanscherada no es una política para cinco trillones. La fanscherada es un único grito de desesperación salvaje, la soledad de un único hombre perdido en una infinidad de infinitos. Mediante la fanscherada, ese único hombre desafía y rechaza el anonimato insistiendo en su magnificencia personal. —Akadie hizo una pausa, y después una mueca de ironía—. Se podría decir entre paréntesis, que el único fanscher realizado es el Conáctico.

El consejero bebió su vino.

El sol se había puesto. En lo alto flotaba una capa de cirros verde escarchado: hacia el sur y el norte se veían hilillos y haces rosas, violetas y amarillo limón. Los dos hombres permanecieron sentados en silencio durante un rato.

—De modo que... eso es la fanscherada —habló Akadie en voz baja—. Pocos fanschers comprenden su nuevo credo: al fin y al cabo, la mayoría son niños agobiados por la pereza, los excesos eróticos, la irresponsabilidad y la apariencia desaliñada de sus padres. Deploran el cauch, el vino, las bacanales, todo aquello que se consume en pro de una experiencia inmediata y vivida. Su principal intención tal vez sea establecer una imagen nueva y distinta de ellos mismos. Cultivan una apariencia neutra basada en la teoría de que una persona debe ser conocida por su conducta, no por los símbolos que elige exhibir.

—¡Un grupo de descontentos imberbes y gritones! —gruñó Glinnes—. ¿De dónde sacan la insolencia para desafiar a tantas personas mayores y más sabias que ellos?

—¡Ay! —suspiró Akadie—. No hay nada nuevo bajo el sol.

Glinnes sirvió más vino en las jarras.

—Todo esto parece insensato, innecesario e inútil. ¿Qué desea la gente de la vida? Los trills contamos con todo lo que es bueno, comida, música, diversiones. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Hay otra cosa por la que valga la pena vivir? Los fanschers son gárgolas clamando al sol.

—Ante esta perspectiva, su ideología es absurda. De todos modos... —Akadie se encogió de hombros—. Su punto de vista posee una cierta grandeza. Descontentos..., pero ¿por qué? Para extraer sentido del sinsentido arcaico, para sacudir el sigilo de la voluntad humana acerca del caos elemental, para afirmar la brillantez cegadora de una sola alma viva entre cinco trillones de fláccidos corpúsculos grisáceos. Sí, es valiente y audaz.

—Habla como un fanscher —le espetó Glinnes.

Akadie meneó la cabeza.

—Hay peores actitudes, pero no me confundas. La fanscherada es un juego para jóvenes. Yo ya soy demasiado viejo.

—¿Qué opinan del hussade?

—Lo consideran una actividad engañosa, que aparta a la gente del verdadero color y textura de la vida.

Glinnes agitó la cabeza, asombrado.

—¡Y pensar que la chica trevanyi me llamó fanscher!

—Una noción singular — comentó Akadie.

Glinnes dirigió a Akadie una aguda mirada, pero sólo vio una expresión de límpida inocencia.

—¿Cómo empezó la fanscherada? No recuerdo su eclosión.

—Hacía mucho tiempo que la materia prima estaba al alcance de la mano, en mi opinión. No se requería más que una pizca de ideología.

—¿Y quién es el ideólogo de la fanscherada?

—Junius Partan. Vive en Welgen.

—¡Y Junius Farfan tiene mi dinero!

Akadie se puso en pie.

—Oigo una barca. Por fin llega Marucha.

Bajó al muelle, seguido de Glinnes. La barca, tras su mostacho de agua blanca, se deslizó a lo largo del estrecho de Ilfish. superó el extremo del ancho de Ambal y arribó al muelle. Glinnes tomó el cabo que le echó Glay y amarró la barca al bolardo. Marucha subió al muelle con desenvoltura. Glinnes contempló su atavío con estupefacción: traje ajustado de lino blanco, botas negras altas hasta el tobillo y sombrero negro acampanado que. al ocultar el cabello, acentuaba su parecido con Glay.

Akadie se adelantó.

—Lamento no haberte encontrado. De todas formas, Glinnes y yo hemos sostenido una agradable conversación, centrada en el tema de la fanscherada.

—¡Qué bien! —dijo Marucha—. ¿Le has convencido?

—No lo creo —respondió Akadie, sonriente — . La semilla ha de reposar antes de germinar.

Glay, de pie a un lado, parecía más sardónico que nunca.

—Te he traído ciertos artículos —continuó Akadie mientras tendía a Marucha un frasco diminuto—. Esto contiene sensibilizadores. Sitúan la mente en un estado altamente receptivo, y contribuyen a la adquisición de conocimientos. No tomes más de una cápsula o padecerás hiperestesia. —Entregó a Marucha unos cuantos libros— . También te he traído un manual de lógica matemática, un debate sobre minicrónicos y un tratado sobre cosmología básica. Todos son importantes para tu programa.

—Estupendo —dijo Marucha con cierta rigidez — . Me pregunto cuánto me gustaría darte.1

—Unos quince ozols serían más que suficientes —replicó Akadie—, aunque no hay prisa, por supuesto. Ahora, yo también debo irme. No tardará en anochecer.

Con todo, Akadie remoloneó mientras Marucha contaba quince ozols y los depositaba en su mano.

—Buenas noches, amigo mío.

Glay y ella se dirigieron hacia la casa.

—¿Qué cantidad tendré el placer de obligarle a aceptar por mi consulta? — preguntó Glinnes.

—Ah, es verdad. Déjame que piense. Veinte ozols sería una generosidad excesiva, siempre que mis observaciones te hayan servido de ayuda.

Glinnes pagó mientras pensaba que Akadie fijaba un precio bastante elevado a cambio de su experiencia. Akadie partió estrecho de Farwan arriba en dirección al río Saur. y desde allí por el ancho de Tethryn y el estrecho de Vernice hasta su excéntrica y antigua mansión en la isla Sarpassante.

Las luces brillaban en el interior de la casa de la isla Rabendary. Glinnes subió despacio hacia la terraza, donde Glay le contemplaba de pie.

—He descubierto lo que hiciste con el dinero —dijo Glinnes—. Has regalado la isla Ambal por una completa estupidez.

—Ya hemos discutido bastante la situación. Abandonaré tu casa por la mañana. Marucha quiere que me quede, pero creo que me sentiré más a gusto en otra parte.

—Haces una jugada sucia y sales corriendo, ¿eh?

Los hermanos se miraron unos segundos. Después. Glinnes dio media vuelta y entró en la casa.

Marucha estaba sentada, leyendo los manuales que Akadie le había traído. Glinnes abrió la boca, para cerrarla a continuación e ir a sentarse a la terraza para meditar. En el interior, Glay y Marucha conversaban en voz baja.


1. La pregunta «¿Cuánto le debo?» se considera grosera en Trullion, donde la generosidad espontánea constituye la forma de vida.

6
Por la mañana. Glay reunió sus pertenencias y Glinnes le acompañó a Saurkash. No intercambiaron ni una palabra durante el viaje.

—No estaré muy lejos, al menos durante un tiempo —dijo Glay, después de descender de la barca al muelle de Saurkash—. Tal vez acampe en los Comunes. Akadie sabrá dónde encontrarme en caso de que se me necesite. Intenta ser amable con Marucha. Su vida ha sido desdichada, y si ahora quiere jugar a recuperar su juventud, ¿qué tiene de malo?

— Devuelve esos doce mil ozols y tal vez te haga caso —replicó Glinnes —. Por ahora, sólo espero de ti estupideces.

—Peor para ti —dijo Glay, y siguió andando por el muelle.

Glinnes le vio marchar. Después, en lugar de volver a Rabendary, se dirigió por el oeste a Welgen.

Tras surcar en menos de una hora las plácidas vías fluviales, llegó al ancho de Blacklyn. El gran río Karbashe desembocaba por el norte, y el mar se hallaba a unos dos kilómetros hacia el sur.

Glinnes amarró la barca al muelle público, casi a la sombra del estadio de hussade, una estructura de postes de mena verde grisácea unidos mediante barras y abrazaderas de hierro negro. Reparó en un gran letrero de color crema, impreso en letras rojas y azules:
EL CLUB DE HUSSADE DEL ANCHO DE FLEHARISH

está formando un equipo

para competir en el torneo.

Los aspirantes que reúnan los requisitos

requeridos hagan el favor

de dirigirse a Jeral Estang, Secretario,

o el honorable patrocinador

Thammas, lord Gensifer.


Glinnes leyó el letrero por segunda vez, preguntándose de dónde sacaría lord Gensifer los talentos necesarios para formar un equipo de la calidad exigida para participar en un torneo. Diez años antes, una docena de equipos habían jugado en los Marjales: los Frenéticos Demonios de Welgen, los Invencibles del Club de Hussade de Altramar, los Gialospans2 de Voulash de la Gran Isla Vole, los Magnéticos de Gaspar, los Serpientes de Saurkash (el equipo desorganizado y espontáneo en el que habían jugado Jut, Shira y él), los Gorgets del Club de Hussade de Loressamy y varios otros de diversa calidad y jugadores siempre distintos. La competición había sido despiadada; los mejores jugadores fueron muy solicitados, engatusados y sometidos a cientos de tentaciones. Glinnes no dudaba de que la situación seguía siendo la misma.

Glinnes se alejó del estadio, pero un nuevo pensamiento no cesaba de acuciarle. Un equipo de hussade pobre perdía dinero y, a menos que recibiera una subvención, se hundía. Un equipo mediocre podía ganar o perder, dependiendo de la calidad superior o inferior de sus contrincantes. Sin embargo, un equipo de éxito y agresivo solía conseguir ganancias sustanciales a lo largo de un año que, al dividirlas, tal vez representaran doce mil ozols por hombre.

Glinnes caminó pensativamente hacia la plaza central. Los edificios parecían algo más deteriorados por las condiciones climáticas, las ramas del calepsis que se alzaba frente a la taberna Aude de Lys se veían más pobladas y exuberantes, y Glinnes observó, muy a su pesar, la abundancia de uniformes fanscher y de vestimentas influidas por el mismo estilo. Glinnes se burló de aquella moda con una mueca. En el centro de la plaza, como antes, se alzaba el prutanshyr, una plataforma de doce metros de lado, con un puente transversal de grúa corrediza encima, y una plataforma auxiliar o estrado a un lado para los músicos que proporcionaban un contrapunto a los ritos del castigo.

En los diez años transcurridos habían surgido dos nuevas estructuras. La más notable era una posada reciente, El noble San Gambrino, elevada gracias a vigas de mena sobre la cervecería al aire libre, a nivel del suelo, donde cuatro músicos trevanyis tocaban para los clientes que habían elegido tomar un refresco a horas tan tempranas.

Era el día del mercado. Los vendedores ambulantes habían colocado sus carretas alrededor de la periferia de la plaza; todos eran de la raza wrye, un pueblo tan distinto y particular como los trevanyis. Trills de Welgen y de la campiña adyacente paseaban con parsimonia frente a los puestos, examinaban y manoseaban, regateaban y, en ocasiones, compraban. Los campesinos se distinguían por su indumentaria: el inevitable paray, aderezado con cualquier cosa que dictara el capricho, la conveniencia, el antojo o el impulso estético (retazos de esto, trocitos de aquello, bufandas llamativas, chalecos bordados, camisas adornadas con diseños extravagantes, sartas de cuentas, collares, brazaletes tintineantes, cintas para la cabeza, escarapelas). Los residentes en la ciudad vestían ropas menos chillonas, y Glinnes observó una notable proporción de trajes fanscher. de buena tela gris, bien cortados y acompañados de botas negras relucientes altas hasta el tobillo. Algunos se calaban con gorras cúbicas de fieltro negro firmemente encasquetadas sobre la cabeza. Un cierto número de los que exhibían tal indumentaria era gente mayor, consciente de su elegancia. Está claro, reflexionó Glinnes, que no todos van a ser fanschers.

Un hombre delgado de largos brazos, vestido de gris oscuro, se acercó a Glinnes, quien le miró sorprendido, despectivo y divertido a la vez.

—¿Usted también? ¿Será posible?

Akadie no mostró la menor señal de turbación.

—¿Por qué no? ¿Qué hay de malo en seguir una moda? Me divierte fingir que vuelvo a ser joven.

—¿Y al mismo tiempo disfrazarse de fanscher?

—Repito: ¿por qué no? —Akadie se encogió de hombros—. Tal vez se idealizan en demasía; tal vez critican con excesivo encono la superstición y sensualidad del resto de nosotros. En cualquier caso —hizo un gesto de indiferencia—, soy como me ves.

Glinnes meneó la cabeza para indicar su desaprobación.

—De repente, estos fanschers controlan la cordura del mundo, y sus padres, que les dieron a luz. se convierten en personajes ineptos y sórdidos.

—Las modas van y vienen —rió Akadie—. Mitigan el tedio de la rutina. ¿Qué hay de malo en disfrutarlas? —Antes de que Glinnes pudiera responder. Akadie cambió de tema—. Esperaba encontrarte aquí. Andas buscando a Junius Farfan, sin duda, y da la casualidad de que puedo enseñarte quién es. Mira más allá de ese horripilante instrumento, al salón que se halla bajo El noble san Gambrino. A la izquierda, protegido por las sombras más espesas, está sentado un fanscher escribiendo en un libro mayor. Ese hombre es Junius Farfan.

—Iré a hablar con él.

—Buena suerte.

Glinnes cruzó la plaza, entró en la cervecería al aire libre y se acercó a la mesa que Akadie había indicado.

—¿Es usted Junius Farfan?

El hombre levantó la vista. Glinnes vio un rostro de facciones regulares, aunque algo macilento y cerebral. El traje gris colgaba con austera elegancia sobre su cuerpo enjuto, que parecía todo nervios, huesos y fibras. Un casco de tela negra sujetaba su cabello y prestaba cierto dramatismo a la cuadrada frente pálida y a los tristes ojos grises. Su edad no debía sobrepasar a la de Glinnes.

—Soy Junius Farfan.

—Me llamó Glinnes Hulden. Glay Hulden es mi hermano. Hace poco le entregó una cantidad considerable, alrededor de doce mil ozols.

—Cierto —asintió Farfan.

—Le traigo malas noticias. Glay consiguió ese dinero de forma ilegal. Vendió una propiedad que no era de él. sino mía. Para ser sincero, debo recuperar ese dinero.

Farfan no pareció ni sorprendido ni directamente aludido. Señaló con un gesto una silla.

—Siéntese. ¿Quiere tomar un refresco?

Glinnes se sentó y aceptó una jarra de cerveza.

—Gracias. ¿Dónde está el dinero?

Farfan le inspeccionó desapasionadamente.

—No esperará que lleve encima una bolsa conteniendo doce mil ozols.

—Se equivoca. Necesito el dinero para reclamar la propiedad.

Farfan esbozó una sonrisa de educada disculpa.

—Sus esperanzas no se podrán cumplir, puesto que no estoy en condiciones de devolverle el dinero.

Glinnes posó la jarra sobre la mesa con brusquedad.

—¿Por qué no?

—El dinero ha sido invertido; hemos encargado la maquinaria necesaria para equipar una fábrica. Tenemos la intención de fabricar los productos que, por el momento, se importan de Trullion.

Glinnes habló con voz ronca a causa de la furia.

—Pues será mejor que consiga nuevos fondos para sus propósitos y me pague los doce mil ozols.

Farfan asintió con gravedad.

—Si el dinero era en verdad de usted, reconozco la deuda sin ambages y recomendaré que le sea devuelta esa cantidad junto con los intereses correspondientes en cuanto nuestra empresa rinda los primeros beneficios.

—¿Y cuándo será eso?

—No lo sé. Confiamos en adquirir un terreno, sea por préstamo, donación o embargo. —Farfan sonrió, y su rostro adquirió de súbito un aspecto juvenil —. A continuación deberemos construir una planta, adquirir materias primas, aprender las técnicas adecuadas, producir y vender nuestros artículos, pagar los primeros cargamentos de materias primas, comprar nuevos cargamentos y suministros, y así sucesivamente.

—Todo eso llevará un período considerable de tiempo.

Junius Farfan frunció el ceño.

— Fijemos un plazo de cinco años. Si para entonces se siente con ánimos de renovar su petición, discutiremos el tema de nuevo. Espero que para nuestra mutua satisfacción. Como individuo, simpatizo con su compromiso. Como secretario de una organización que necesita desesperadamente capital, me siento muy complacido de emplear su dinero. Considero que nuestra necesidad es más urgente que la suya. —Cerró el libro y se levantó—. Buenos días, señor Hulden.



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