Tribunal Europeo de Derechos Humanos



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Tribunal Europeo de Derechos Humanos
TEDH (Sección 4ª) Caso Pretty contra Reino Unido. Sentencia de 29 abril 2002
TEDH\2002\23


DERECHO A LA VIDA: Alcance: no comprende cuestiones relativas a la calidad de vida ni un derecho a la autodeterminación: no es posible deducir el aspecto negativo o derecho a morir, ni de la mano de un tercero ni con ayuda de una autoridad pública: suicidio asistido: el eventual reconocimiento de la conformidad del mismo con el Convenio no sirve de argumento para la tesis contraria: su prohibición no vulnera el derecho a la vida reconocido por el Convenio: violación inexistente.

PROHIBICION DE LA TORTURA: Significado jurídico: interpretación del art. 3 en armonía con el art. 2 del Convenio: la prohibición del recurso a la fuerza o de cualquier otro comportamiento susceptible de provocar el fallecimiento de un ser humano, no confiere al individuo el derecho a exigir del Estado que permita o facilite su muerte: el cumplimiento de la obligación positiva invocada no impone al Estado aceptar el compromiso de no perseguir al marido de la demandante por ayudar a su esposa a suicidarse, ni de crear un marco legal para cualquier otra forma de suicidio asistido: violación inexistente.

DERECHO AL RESPETO DE LA VIDA PRIVADA Y FAMILIAR: Injerencias de los poderes públicos: prohibición general del suicidio asistido: régimen de aplicación y apreciación por parte de la justicia que permite tener en cuenta en cada caso concreto tanto el interés público en instruir diligencias como las exigencias justas y adecuadas de la retribución y la disuasión: no resulta desproporcionado el rechazo a aceptar por anticipado el compromiso de no procesar al marido de la demandante por ayudar a su esposa a suicidarse, dada la gravedad del acto para el que se reclama la inmunidad: injerencia justificada y «necesaria en una sociedad democrática»: violación inexistente.

PROHIBICION DE LA DISCRIMINACION: Discriminaciones específicas: personas físicamente capaces de suicidarse y las que no lo son: existencia de justificación objetiva y razonable para la no distinción jurídica: la inclusión de una excepción para las personas capaces de suicidarse debilitaría la legislación protectora de la vida y aumentaría el riesgo de abusos: violación inexistente.
Jurisdicción:Protección Europea de Derechos Humanos

Demanda 2346/2000


Demanda de ciudadana británica contra el Reino Unido presentada ante la Comisión el21-12-2001, por el rechazo por parte de las autoridades británicas de conceder a su marido inmunidad de diligencias por ayudarle a suicidarse y por la prohibición de la ayuda al suicidio establecida en el derecho británico. Violación de los arts. 2, 3, 8, 9 y 14 del Convenio: inexistencia: desestimación de la demanda .
En el asunto Pretty contra Reino Unido,

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (Sección Cuarta) constituido en una Sala compuesta por los siguientes Jueces señores M. Pellonpää, Presidente , Sir Nicolas Bratza, J. Makarczyk, M. Fischbach, J. Casdevall, S. Pavlovschi, señora E. Palm, así como por el señor M. O., Secretario de Sección ,

Tras haber deliberado en privado los días 19 de marzo y 25 de abril de 2002,

Dicta la siguiente



SENTENCIA

PROCEDIMIENTO

1

El asunto tiene su origen en una demanda (núm. 2346/2002) dirigida contra el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, que la señora Diane P. («la demandante»), ciudadana británica, presentó ante la Comisión Europea de Derechos Humanos («la Comisión»), en virtud del artículo 34 del Convenio ( RCL 1999, 1190, 1572) , el 21 de diciembre de 2001.



2

La demandante, a la que se había concedido el beneficio de justicia gratuita, estaba representada ante el Tribunal por la señora Ch., abogada colegiada en Londres. El Gobierno británico («el Gobierno») estaba representado por su agente, el señor W. del Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth.

3

La señora P., que se encuentra paralizada y padece una enfermedad degenerativa incurable, alega en su demanda que el rechazo por parte del «Director of Public Prosecutions» a conceder a su marido una inmunidad de diligencias si la ayudaba a suicidarse y que la prohibición de la ayuda al suicidio establecido por el derecho británico vulneran en su opinión los derechos garantizados por los artículos 2, 3, 8, 9 y 14 del Convenio.



4

Conforme al artículo 52.1 del Reglamento se asignó el caso a la Sección Cuarta del Tribunal. La Sala constituida en Sección, conforme al artículo 26.1 del Reglamento del Tribunal, examinaría el caso (artículo 27.1 del Convenio).

5

La demandante y el Gobierno presentaron alegaciones sobre la admisibilidad y el fondo del asunto [artículo 54.3b) del Reglamento]. El Tribunal, por otro lado, recibió las alegaciones de la «Voluntary Euthanasia Society» y de la Conferencia episcopal católica de Inglaterra y del País de Gales, a los que el Presidente había autorizado a intervenir en el procedimiento escrito (artículos 36.2 del Convenio y 61.3 del Reglamento). La demandante respondió a dichas alegaciones (artículo 61.5 del Reglamento).



6

Los debates de desarrollaron en público en el Palacio de Derechos Humanos de Estrasburgo, el 19 de marzo de 2002 (artículo 59.2 del Reglamento).

Comparecieron:

por el Gobierno: el señor C. W., agente , los señores J. C., D. P., A. B. y la señora R. C., abogados ;

por la demandante: el señor P. H., Q. C.; la señora F. M., el señor A. G., abogados; la señora D. P., demandante y el señor B. P., marido de la demandante .

El Tribunal escuchó los alegatos de los señores C. y H.



HECHOS

I

CIRCUNSTANCIAS DEL CASO

7

La demandante tiene 43 años de edad. Casada desde hace veinticinco años, vive con su esposo, su hija y su nieta. Padece una esclerosis lateral amiotrófica («ELA»), enfermedad neurodegenerativa progresiva que afecta a las neuronas motrices del interior del sistema nervioso central y que provoca una alteración gradual de las células que hacen funcionar a los músculos voluntarios del cuerpo. Su evolución conduce a un grave debilitamiento de los brazos y de las piernas así como de los músculos implicados en el control de la respiración. La muerte sobreviene generalmente por problemas de insuficiencia respiratoria y de neumonía debidos a la debilidad de los músculos respiratorios y de aquellos que controlan la voz y la deglución. Ningún tratamiento puede detener la evolución de la enfermedad.



8

El estado de la demandante se ha deteriorado rápidamente desde que se le diagnosticó la ELA en noviembre de 1999. La enfermedad se encuentra actualmente en un estado avanzado. La señora P. está casi paralizada desde el cuello hasta los pies, no puede prácticamente expresarse de forma comprensible y se le alimenta por medio de una sonda. Su esperanza de vida es muy limitada y se cuenta en meses, o incluso semanas. Su intelecto y su capacidad para tomar decisiones están intactos. La fase final de la enfermedad es extremadamente penosa y lleva consigo una pérdida de dignidad. La señora P. tiene miedo y se lamenta del sufrimiento y de la indignidad que va a tener que soportar si se deja que la enfermedad se desarrolle, y desea por tanto vivamente poder decidir cuándo y cómo morir y escapar así a dicho sufrimiento y a la indignidad.

9

El suicidio no se considera un delito en derecho inglés, pero la demandante está impedida por su enfermedad para llevar a cabo dicho acto sin ayuda. Ahora bien, ayudar a alguien a suicidarse cae bajo el peso de la Ley Penal (artículo 2.1 de la Ley de 1961 sobre el suicidio).



10

Con el fin de permitir a su clienta suicidarse con la ayuda de su marido, el solicitor de la demandante, mediante una carta fechada el 27 de julio de 2001 y escrita en nombre de la señora P., solicitaba al «Director of Public Prosecutions» («DPP») que se comprometiera a no instruir diligencias en contra del marido de la demandante si este último, accediendo a los deseos de su esposa, la ayudara a suicidarse.

11

En una carta de 8 de agosto de 2001, el DPP rechazó aceptar dicho compromiso. Se expresó concretamente de la siguiente forma:



«Los DPP –y los fiscales– sucesivos siempre han explicado que no conceden, por muy excepcionales que sean las circunstancias, una inmunidad que absuelva, requiera o afirme autorizar o permitir la comisión futura de un delito penal. [...]».

12

El 20 de agosto de 2001, la demandante solicitó el examen judicial de la decisión del DPP y que fuesen pronunciadas:



•una providencia anulando la decisión del DPP;

•una declaración señalando que esta decisión era ilegal o que el DPP no actuaría ilícitamente aceptando el compromiso solicitado;

•una providencia ordenando al DPP a aceptar el compromiso en cuestión o, en su defecto,

•una declaración en cuyos términos el artículo 2 de la Ley de 1961 sobre el suicidio era incompatible con los artículos 2, 3, 8, 9 y 14 del Convenio ( RCL 1999, 1190, 1572) .

13

El 17 de octubre de 2001, el «Divisional Court» rechazó la demanda considerando que el DPP no tenía el poder de aceptar el compromiso de no instruir diligencias y que el artículo 2 de la Ley de 1961 sobre el suicidio no era incompatible con el Convenio.



14

La demandante recurrió en casación ante la Cámara de los Lores. Esta rechazó el recurso el 29 de noviembre de 2001, confirmando la decisión del «Divisional Court». Lord Bingham of Cornhill, que pronunció la decisión principal en el asunto «The Queen on the Aplication of Mrs. Diane P. (Apellant) contra Director of Public Prosecutions (Respondent) and Secretary of State for the Home Department (Interested Party)», se expresó de la siguiente forma:

«1. Ninguna persona de sensibilidad normal puede permanecer indiferente ante la suerte horrorosa que espera a la señora Diane P., la demandante. Esta padece una esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad degenerativa progresiva de la que no tiene posibilidad de sanar. Le queda poco tiempo de vida, y debe enfrentarse a la perspectiva de una enfermedad humillante y penosa. Conserva todas sus facultades mentales y desearía tomar las medidas que le parecen necesarias para tener un fin apacible, en el momento escogido por ella. Ahora bien, su invalidez física es tal que le es imposible, sin ayuda, poner fin a su propia vida. Con el apoyo de su familia, desea asegurarse la ayuda de su marido a este respecto. Este está dispuesto a prestar su ayuda, pero sólo si obtiene garantías de no ser procesado en virtud del artículo 2.1 de la Ley de 1961 sobre el suicidio, por haber ayudado a su esposa a suicidarse. El DPP no admitió la solicitud de aceptar el compromiso de, en virtud del artículo 2.4 de la Ley, no instruir diligencias contra el señor P. en virtud del artículo 2.1 de la Ley si el interesado ayudaba a su esposa a suicidarse. El “Queen's Bench Divisional Court”, al que la señora P. sometió una demanda de control jurisdiccional de dicho rechazo, confirmó la decisión del DPP y rehusó dictar las medidas solicitadas. La señora P. reivindica el derecho a ser ayudada por su marido para suicidarse y alega que el artículo 2 de la Ley de 1961, si prohíbe a su marido prestarle su ayuda a este respecto e impide al DPP aceptar el compromiso de no instruir diligencias en tal caso, es incompatible con el Convenio Europeo de Derechos Humanos. La pretensión de la señora P. depende del Convenio, vigente en nuestro país por la Ley de 1998 sobre Derechos Humanos. En nombre de su clienta, el abogado de la interesada admitió que la “common law” de Inglaterra no dejaba ninguna posibilidad de éxito a la solicitud formulada.

2. La Comisión de recursos, investida de las funciones judiciales de la Cámara, tiene como misión resolver las cuestiones de derecho que le son sometidas correctamente, como en el caso presente. La Comisión no es un órgano legislativo. Tampoco está habilitado ni cualificado para actuar como árbitro moral o ético. Es importante señalar la naturaleza y los límites de su función, en vista de que las cuestiones de gran alcance planteadas por el presente recurso son objeto de una profunda preocupación, totalmente justificada en numerosas personas. Las cuestiones de si los enfermos en fase terminal o en otra deben tener la facultad de solicitar ayuda para suicidarse y, en caso afirmativo, en qué condiciones y con qué garantías, tienen una importancia social, ética y religiosa considerable, y existen a ese respecto convicciones y concepciones muy divergentes y a menudo muy marcadas. Los documentos presentados ante la comisión (con su autorización) exponen algunas de estas concepciones; otras muchas fueron expresadas en los medios de comunicación, en las revistas especializadas y demás. La tarea de la comisión no es en este caso la de sopesar, evaluar o reflejar estas convicciones o concepciones, o dar efecto a las suyas propias, sino establecer y aplicar el derecho del país tal y como se interpreta en la actualidad.

Artículo 2 del Convenio

3. El artículo 2 del Convenio dice lo siguiente: [...]

Dicho artículo debe ser relacionado con los artículos 1 y 2 del Sexto Protocolo ( RCL 1999, 1190, 1572) , que forman parte de los derechos convencionales protegidos por la Ley de 1998 [ver artículo 1.1c) de ésta] y que abolieron la pena de muerte en tiempo de paz.

4. El abogado de la señora P. alega que el artículo 2 protege no la vida misma, sino el derecho a la vida. Esta cláusula trata de proteger a los individuos contra terceros (el Estado y las autoridades públicas), pero reconoce que corresponde al individuo escoger vivir o no y protegería así el derecho a la autodeterminación de cada uno en relación a las cuestiones de vida y de muerte. De esta forma, una persona puede rechazar un tratamiento médico que salve su vida o la prolongue y puede por tanto elegir suicidarse. El artículo 2 reconoce este derecho del individuo. Aunque la mayor parte de las personas desean vivir, algunas desean morir, y la disposición en cuestión protegería cada uno de estos derechos. El derecho a morir no es la antítesis del derecho a la vida, sino su corolario, y el Estado tiene la obligación positiva de proteger ambos.

5. El Ministro formuló en contra de este argumento algunas objeciones imparables, que por otro lado el “Divisional Court” admitió. Procede partir del texto del artículo. Éste tiene por objeto reflejar el carácter sagrado que, especialmente en opinión de los occidentales, se atribuye a la vida. El artículo 2 protege el derecho a la vida y prohibe matar intencionadamente, salvo en circunstancias estrictamente definidas. Un artículo cuyo fin es ése no puede interpretarse que confiera un derecho a morir o a obtener la ayuda de otro para poner fin a su propia vida. En la tesis desarrollada por él en nombre de la señora P., el señor Havers Q. C. se esforzó en limitar su argumento al suicidio asistido, admitiendo que el derecho reivindicado no llega a cubrir el homicidio voluntario consentido (a menudo calificado en este contexto de “eutanasia voluntaria”, pero considerado en derecho inglés como un homicidio). El derecho reivindicado es suficiente para cubrir el asunto de la señora P., y se comprende que el abogado de la interesada no desee ir más allá. Pero nada en el plano de la lógica justifica que se trace dicha línea de demarcación. Si el artículo 2 confiere un derecho a la autodeterminación con respecto a la vida y la muerte y si una persona está tan impedida que se ve en la imposibilidad de llevar a cabo cualquier acto que provoque su propia muerte, de ello se deduce necesariamente, en buena lógica, que esta persona tiene derecho a ser matada por un tercero sin ayuda alguna por su parte y que el Estado viola el Convenio si se inmiscuye en el ejercicio de este derecho. Sin embargo no es posible deducir dicho derecho de un artículo cuyo objeto es el descrito más arriba.

6. Es cierto que se ha interpretado que algunos derechos garantizados por el Convenio confieren derechos a no hacer lo que constituye la antítesis de los que el derecho explícitamente reconoce autorizar a hacer. El artículo 11, por ejemplo, confiere un derecho a no adherirse a una asociación ( Young, James y Webster contra Reino Unido, 1981 [ TEDH 1981, 3] , 4 EHRR 38), el artículo 9 conlleva un derecho a no ser sometido a ninguna obligación de expresar pensamientos, de cambiar de opinión o de divulgar convicciones (“Clayton and Tomlinson, The Law of Human Rights”, 2000, pg. 974, ap. 14.49), y me inclinaría a admitir que el artículo 12 confiere el derecho a no casarse (pero ver Clayton and Tomlinson, “ibidem”, pg. 913, ap. 13.76). No se puede sin embargo afirmar (para tomar algunos ejemplos evidentes) que los artículos 3, 4, 5 y 6 confieran un derecho implícito a hacer o experimentar lo opuesto de lo que garantizan dichos artículos. Cualesquiera que sean las ventajas que contenga en opinión de numerosas personas la eutanasia voluntaria, el suicidio, el suicidio médico médicamente asistido y el suicidio asistido sin intervención médica, estas ventajas no resultan de la protección de un artículo que ha sido concebido para proteger el carácter sagrado de la vida.

7. No se encuentra en la jurisprudencia del Convenio ningún precedente que apoye el argumento de la señora P. Si se encuentra algún precedente aplicable, éstos van en contra de la tesis defendida por la interesada. En el asunto Osman contra Reino Unido ( TEDH 1998, 103) (1998) 29 EHRR 245, los demandantes reprochaban al Reino Unido no haber protegido el derecho a la vida del segundo demandante y de su padre fallecido. El Tribunal se expresó de la siguiente forma:

“115. El Tribunal señala que la primera frase del artículo 2.1 obliga al Estado no solamente a abstenerse de provocar la muerte de manera voluntaria e ilícita sino también a tomar las medidas necesarias para proteger la vida de las personas que dependen de su Jurisdicción. Nadie discute que la obligación del Estado a este respecto vaya más allá del deber primordial de asegurar el derecho a la vida estableciendo una legislación penal concreta disuadiendo cometer ataques contra la persona y apoyándose en el mecanismo de aplicación concebido para prevenir, reprimir y sancionar las violaciones. También los comparecientes aceptan que el artículo 2 del Convenio pueda, en ciertas circunstancias bien definidas, cargar a las autoridades con la obligación positiva de tomar medidas preventivas de orden práctico para proteger al individuo cuya vida está amenazada por actuaciones criminales ajenas. Las partes no están de acuerdo sobre el alcance de esta obligación.

116. En opinión del Tribunal, y sin perder de vista las dificultades para la policía de ejercer sus funciones en las sociedades contemporáneas, ni lo imprevisto del comportamiento humano ni las elecciones operativas a efectuar en términos de prioridades y recursos, hay que interpretar esta obligación de forma que no imponga a las autoridades una carga insoportable o excesiva. Por lo tanto, cualquier presunta amenaza contra la vida no obliga a las autoridades, en virtud del Convenio, a tomar medidas concretas para prevenir su realización. Otra consideración pertinente es la necesidad de asegurar que la policía ejerza su poder de dominar y prevenir la criminalidad respetando plenamente las vías legales y otras garantías que limitan legítimamente el alcance de sus actos de investigación criminal y de entrega de delincuentes a la justicia, incluidas las garantías que figuran en los artículos 5 y 8 del Convenio”.

El contexto del asunto Osman es muy distinto. Ni el segundo demandante ni su padre habían tenido el menor deseo de morir. Pero la interpretación del artículo 2 dada en la época por el Tribunal es perfectamente compatible con la mía propia.

8. Los asuntos X. contra Alemania (1984) 7 EHRR 152 y Keenan contra Reino Unido ( demanda núm. 27229/1995; 3 abril 2001 [ TEDH 2001, 242] , sin publicar) fueron asimismo resueltos dentro de un contexto fáctico muy diferente del que caracteriza al caso presente. Cuando se encontraba encarcelado, X. se puso en huelga de hambre y fue alimentado por la fuerza por las autoridades penitenciarias. Se quejaba de haber sufrido un trato contrario al artículo 3 del Convenio, temática que será examinada a continuación. Su queja fue rechazada por la Comisión, que se expresó concretamente de la siguiente forma (pag. 153-154):

“La Comisión considera que el hecho de alimentar a la fuerza a una persona comporta ciertos aspectos degradantes que, en algunas circunstancias, pueden ser considerados prohibidos por el artículo 3 del Convenio. En opinión de la Comisión, las Altas Partes Contratantes están sin embargo obligadas a asegurar a cada uno el derecho a la vida, tal y como lo consagra el artículo 2. Dicha obligación requiere en algunas circunstancias medidas positivas por parte de las Partes Contratantes, y especialmente actos concretos para salvar la vida de una persona en peligro de muerte cuando ésta permanece detenida por las autoridades. Cuando, como en este caso, una persona detenida sigue una huelga de hambre, ello puede inevitablemente conducir a un conflicto, que el propio Convenio no resuelve, entre el derecho a la integridad física del individuo y la obligación que el artículo 2 del Convenio hace pesar sobre las Altas Partes Contratantes. La Comisión recuerda la solución que el derecho alemán aporta a dicho conflicto: está permitido alimentar a la fuerza a un detenido si éste, debido a una huelga de hambre, corre el riesgo de sufrir daños permanentes, y la alimentación forzada es incluso obligatoria si existe un riesgo manifiesto para la vida del interesado. La apreciación de las condiciones previamente citadas está reservada al médico competente, pero la decisión de alimentar a una persona contra su voluntad sólo puede ejecutarse tras la obtención de una autorización judicial [...] La Comisión considera que las autoridades no han hecho en este caso sino actuar de la mejor forma en interés del demandante al escoger entre respetar la voluntad del interesado de no aceptar absolutamente ningún alimento y correr así el riesgo de verle sufrir daños duraderos o incluso morir, o reaccionar tratando de asegurar su supervivencia sabiendo que dicha reacción podía atentar contra su dignidad humana”.

En el asunto Keenan, un joven detenido se había suicidado y su madre reprochaba a las autoridades penitenciarias el no haber protegido su vida. En su sentencia rechazando la queja formulada a este respecto, el Tribunal se expresó de la siguiente forma (pg. 29, ap. 90).

“En cuanto a los detenidos, el Tribunal ya tuvo la ocasión de señalar que las personas detenidas preventivamente son frágiles y que las autoridades tienen el deber de protegerlas. Corresponde al Estado facilitar una explicación sobre el origen de las lesiones sobrevenidas durante la detención preventiva, siendo esta explicación particularmente estricta cuando la persona ha fallecido [...]. Se puede señalar que la necesidad de un examen está reconocida en derecho inglés y galés, en cuyos términos tiene lugar automáticamente una investigación cuando una persona muere en prisión, y los Tribunales internos imponen a las autoridades penitenciarias un deber de vigilancia con respecto a las personas detenidas en su establecimiento”.

Los dos asuntos previamente citados pueden diferenciarse del presente, habiendo tenido lugar el comportamiento enjuiciado en cada uno de ellos cuando la víctima se encontraba bajo la custodia del Estado, al que correspondía por lo tanto especialmente velar por el bienestar de la víctima. Se puede admitir fácilmente que la obligación para el Estado de proteger la vida de una víctima potencial se encuentra reforzada cuando esta última está bajo su custodia. Los dos asuntos precitados difieren en esta medida del presente caso ya que la señora P. no se encuentra bajo la custodia del Estado. De esta forma, la obligación positiva del Estado de proteger la vida de la señora P. es menor que la debatida en dichos casos. Sería dar un paso muy importante y, en mi opinión, totalmente inadmisible, el pasar de la aceptación de dicha proposición a la aceptación de la afirmación según la cual pesa sobre el Estado la obligación de reconocer a la señora P. el derecho a ser ayudada para suicidarse.

9. En el ámbito que abarca el Convenio, la autoridad de las decisiones internas está necesariamente limitada. Ahora bien, como ya hemos señalado, la señora P. basa su causa en el Convenio. Sin embargo es interesante señalar que su argumento es incompatible con dos principios profundamente arraigados en derecho inglés. El primero reside en la distinción entre la interrupción de la vida mediante un acto personal y la interrupción de la vida por medio de la intervención o con la ayuda de un tercero. En primer caso está admitido actualmente, desde que el suicidio dejara de constituir un delito en 1961. El segundo continúa estando perseguido. La distinción fue claramente expuesta por el “Lord Justice” Hoffman en el asunto Airedale NHS Trust contra Bland (1993) AC 789, pg. 831:

“Nadie opina en este caso que se deba administrar a Anthony B. una inyección mortal. La preocupación se refiere a la distinción entre cesar de alimentar a una persona y, por ejemplo, dejar de tratar una infección por medio de antibióticos. ¿Existe tal distinción? Para comprender el sentimiento intuitivo que puede experimentarse sobre esta cuestión, hay que comenzar por determinar la razón por la cual la mayor parte de nosotros nos horrorizaríamos si el interesado recibiera una inyección mortal. Este sentimiento está vinculado, pienso, a nuestro concepto según el cual el carácter sagrado de la vida implica su inviolabilidad por parte de otro. Salvo excepciones como la legítima defensa, la vida humana es inviolable, incluso si la persona en cuestión consiente en su violación. Es la razón por la cual, aunque el suicidio no sea penalmente reprensible, la ayuda al suicidio si lo es. De ello resulta que, incluso aunque pensamos que Anthony B. hubiera dado su aprobación, no tenemos el derecho a poner fin a su vida mediante una inyección mortal”.

La segunda distinción es la que existe entre el hecho de poner fin a un tratamiento que salva la vida o la prolonga, por un lado, y el hecho de realizar un acto carente de justificación médica terapéutica o paliativa sino destinado únicamente a poner fin a la vida, por otro. Es esta distinción la que basaba la “ratio decidendi” de las decisiones dictadas en el asunto Bland. El Tribunal de Apelación la formuló de manera sucinta en su decisión J. (A. Minor) (Wardship: Medical Treatment) (1991) Fam 33, en la que Lord Donaldson of Lymington MR declaró (pg. 46):

“Lo que los médicos y los Tribunales deben resolver, es la cuestión de si, en interés del niño enfermo, se debe tomar una decisión concreta en cuanto al tratamiento médico que, incidentalmente, va a hacer la muerte más o menos probable. No se trata de una cuestión de semántica. Es una cuestión fundamental. En el otro extremo del espectro de la edad, la utilización de medicamentos para reducir el dolor está normalmente justificada, incluso aunque tenga como resultado acelerar el momento de la muerte. Lo que no puede justificarse nunca es el recurrir a medicamentos o a intervenciones quirúrgicas con el fin esencial de producir dicho efecto”.

“Lord Justice” Balcombe y “Lord Justice” Taylor formularon observaciones análogas en las páginas 51 y 53 de la sentencia. Aunque las distinciones expuestas anteriormente no vinculan de modo alguno al TEDH, nada hace suponer que sean incompatibles con la jurisprudencia de los órganos del Convenio. No basta con que la señora P. demuestre que el Reino Unido no actuaría vulnerando el Convenio si autorizara la ayuda al suicidio, hay que ir más lejos y establecer que el Reino Unido viola el Convenio no autorizando el suicidio asistido, o que violaría dicho texto si no lo autorizara. Esta tesis es en mi opinión insostenible, como por lo demás consideró con razón el “Divisional Court”.

Artículo 3 del Convenio

10. El artículo 3 del Convenio dice lo siguiente: [...]

Este artículo es uno de aquellos que los Estados contratantes tienen prohibido derogar, incluso en caso de guerra o de otro peligro público que amenace la vida de la nación (ver artículo 15). Por comodidad, utilizaré la expresión “tratos proscritos” para designar los “tratos inhumanos o degradantes” en el sentido del Convenio.

11. En resumen, el argumento desarrollado en nombre de la señora P. puede descomponerse de la siguiente forma:

1) Pesa sobre los Estados miembros la obligación absoluta e incondicional de no infligir tratos proscritos y de tomar medidas positivas para evitar que los individuos sean sometidos a dichos tratos: A. contra Reino Unido ( TEDH 1998, 55) (1998) 27 EHRR 611; Z. contra Reino Unido ( TEDH 2001, 332) (2001) 2 FLR 612, pg. 631, ap. 73.

2) los sufrimientos debidos a la evolución de una enfermedad pueden ser considerados tratos proscritos si el Estado está en condiciones de atenuarlos y no lo hace: D. contra Reino Unido ( TEDH 1997, 29) (1997) 24 EHRR 423, pg. 446-449, ap. 46-54.

3) Negando a la señora P. la posibilidad de poner fin a sus sufrimientos, el Reino Unido (a través del DPP) someterá a la interesada a un trato proscrito. El Estado puede evitar a la señora P. la pena que va a experimentar ya que, si el DPP se comprometiera a no iniciar diligencias, el señor P. ayudaría a su esposa a suicidarse, ahorrando a la interesada muchos sufrimientos.

4) Desde el momento en que, como consideró el “Divisional Court”, el Convenio permite al Reino Unido abstenerse de prohibir el suicidio asistido, el DPP puede aceptar el compromiso solicitado sin violar las obligaciones que el Convenio impone al Reino Unido.

5) Si el DPP no puede aceptar el compromiso solicitado, el artículo 2 de la Ley de 1961 es incompatible con el Convenio.

12. Se ha señalado en nombre del Ministro que el artículo 3 del Convenio está excluido del proceso, pero que aunque esté en juego alguno de los derechos protegidos por este artículo, éstos de todas formas no conllevan el derecho a morir. En apoyo del primero de estos argumentos se alegó que en este caso no había violación de la prohibición enunciada en la disposición en cuestión. La prohibición negativa consagrada por ésta es absoluta e incondicional, pero las obligaciones positivas que de ella derivan no son absolutas: ver las Sentencias Osman previamente citada y Rees contra Reino Unido ( TEDH 1986, 11) (1986) 9 EHRR 56. Desde luego los Estados pueden ser obligados a proteger la vida y la salud de una persona detenida preventivamente (caso en el asunto Keenan previamente citado) y a velar para que nadie sufre tratos proscritos a manos de otros particulares que no sean agentes del Estado (caso del asunto A. contra Reino Unido previamente citado), y les está prohibido adoptar con respecto a un individuo medidas directas que lleven consigo inevitablemente los tratos proscritos hacia el interesado (D. contra Reino Unido, 1997, 24 EHRR 423), pero ninguna de estas obligaciones puede ser invocada por la señora P. en este caso. En apoyo del segundo argumento se señaló que, lejos de afirmar que el Estado tiene la obligación de proporcionar cuidados médicos con el fin de mejorar su estado y prolongar su vida, la señora P. pretende que sobre el Estado pesa una obligación legal de ratificar un medio lícito de poner fin a su vida. Nada en el texto del Convenio ni en la jurisprudencia de los órganos creados por él hace pensar que dicha obligación se desprenda del artículo 3. La decisión relativa a la cuestión de hasta dónde debe llegar el Estado en el cumplimiento de su obligación positiva de proteger a los individuos contra los tratos prohibidos corresponde a los Estados miembros, que deben tener en cuenta al pronunciarse el conjunto de intereses y consideraciones pertinentes; dicha decisión, después de todo susceptible de control, debe ser respetada. El Reino Unido examinó estas cuestiones en profundidad y decidió mantener el “status quo”.

13. El artículo 3 consagra uno de los valores fundamentales de las sociedades democráticas, y la prohibición de los tratos proscritos es absoluta: D. contra Reino Unido (1997) 24 EHRR 423, pg. 447, ap. 47. El artículo 3 es, según mi concepto, complementario con respecto al artículo 2. De igual forma que el artículo 2 obliga a los Estados a respetar y preservar la vida de los individuos que dependan de su Jurisdicción, el artículo les obliga a respetar la integridad física y humana de los individuos en cuestión. En mi opinión, nada en el artículo 3 aboga a favor de un derecho para el individuo a escoger entre vivir y no vivir. El artículo 3 no tiene este campo de aplicación; de hecho, como se desprende claramente del asunto X. contra Alemania previamente citado, un Estado puede llegado el caso infligir legítimamente, con el fin de asegurar el cumplimiento del artículo 2, tratos normalmente constitutivos de una violación del artículo 3. Asimismo, la prohibición absoluta e incondicional para un Estado miembro de infligir tratos proscritos requiere que no se dé al término “tratos” un sentido ilimitado o extravagante. No se puede alegar, en mi opinión, de forma razonable que el DPP o cualquier otro agente del Reino Unido inflija un trato proscrito a la señor P., cuyo sufrimiento es el resultado de su cruel enfermedad.

14. El precedente más útil a la señora P. es la Sentencia D. contra Reino Unido (1977) 24 EHRR 423, que trataba de la expulsión a Saint Kitts de un hombre en fase terminal de sida. La queja fundada en el Convenio se basaba en la ejecución de la decisión de expulsión teniendo en cuenta el estado de salud del demandante, la ausencia de estructuras que permitieran dispensarle un tratamiento, cuidados o un sostén adecuados en Saint Kitts y la interrupción en el Reino Unido de un régimen que le habría garantizado un tratamiento y medicamentos sofisticados en un entorno compasivo. El Tribunal consideró que la ejecución de la decisión de expulsar al demandante a Saint Kitts se consideraba, en vista de las circunstancias del caso, un trato inhumano contrario al artículo 3. En dicho asunto, el Reino Unido pensaba tomar medidas directas contra el demandante que hubieran tenido inevitablemente como resultado incrementar sus sufrimientos y abreviar su vida. La expulsión proyectada podía legítimamente ser considerada un “trato”. Se podría encontrar una analogía con dicho asunto en el presente caso si un agente público hubiese prohibido que se el suministraran a la señora P. medicamentos analgésicos o paliativos. Ahora bien, en este caso se alega que el trato proscrito reside en el rechazo del DPP a conceder por anticipado una inmunidad penal al señor P. en el caso en que cometiera un delito concreto. Ningún procedimiento legítimo de interpretación puede llevar a concluir que dicho rechazo dependa de la interpretación negativa planteada por el artículo 3.

15. Si se admite que el artículo 3 puede aplicarse a un caso como el presente y por otro lado que en vista de los hechos de éste no se puede alegar de manera defendible que hubo violación de la prohibición negativa enunciada por el artículo 3, se plantea la cuestión de si el Reino Unido (por medio del DPP) ignoró su obligación positiva de tomar medidas con el fin de impedir que los individuos sean sometidos a tratos proscritos. En este contexto, la obligación que pesa sobre el Estado no es absoluta ni incondicional. Es lo que se desprende del pasaje citado en el apartado 7 “supra” de la Sentencia Osman contra Reino Unido dictada por el TEDH. El mismo principio fue reconocido por el Tribunal en su Sentencia Rees contra Reino Unido (1986) 9 EHRR 56, cuyo apartado 37 dice lo siguiente:

“37. Tal y como señaló el Tribunal en su Sentencia Abdulaziz, Cabales y Balkandali ( TEDH 1985, 8) , la noción de ‘respeto’ carece de claridad, sobre todo cuando se trata de obligaciones positivas; sus exigencias varían mucho de un caso a otro debido a la diversidad de las prácticas seguidas y de las condiciones existentes en los Estados contratantes.

La observación es válida en este caso. Por su legislación, su jurisprudencia o su práctica administrativa, numerosos Estados conceden a los transexuales la facultad de cambiar su estado civil para adaptarlo a su identidad nuevamente adquirida. La subordinan no obstante a condiciones más o menos estrictas y mantienen ciertas reservas expresas (por ejemplo en cuanto a las obligaciones anteriores). Los demás Estados no ofrecen –o no todavía– dicha facultad. Se puede por tanto decir, por el momento, que apenas hay unanimidad de opiniones en la materia y que, en conjunto, el derecho parece atravesar una fase de transición. Por lo tanto, se trata de un ámbito en el que los Estados contratantes gozan de un amplio margen de apreciación.

Para determinar si existe una obligación positiva, hay que tener en cuenta –deseo que subyace en todo el Convenio– el equilibrio justo a mantener entre el interés general y los intereses del individuo. En la búsqueda de dicho equilibrio, los objetivos enumerados en el apartado 2 del artículo 8 pueden jugar cierto papel, aunque dicha disposición hable únicamente de las ‘injerencias’ en el ejercicio del derecho protegido por el primer párrafo y trata por tanto las obligaciones negativas que de ello derivan”.

El asunto Rees afectaba al artículo 8 y trataba de una cuestión muy distinta de la planteada en este caso, pero las observaciones formuladas por el Tribunal en la época tenían un alcance más genérico. Es evidente que si se prohibe de manera absoluta a los Estados infligir tratos proscritos a los individuos que dependan de su Jurisdicción, las medidas útiles o necesarias para el cumplimiento de una obligación positiva deben ser apreciadas caso por caso, pudiendo variar de un Estado a otro, dependiendo de las opiniones y convicciones de las personas y son menos susceptibles de un orden internacional. Por los motivos abundantemente expuestos en los apartados 27 y 28 “infra”, no se puede decir, en mi opinión, que pese sobre el Reino Unido una obligación positiva de velar por que una persona mentalmente sana afectada de una enfermedad en fase terminal y que desee poner fin a sus días pero no esté capacitada para hacerlo, tenga la facultad de solicitar ayuda de otra persona sin que esta última se exponga a ser perseguida en justicia.

Artículo 8 del Convenio

16. El artículo 8 del Convenio dispone: [...]

17. El abogado de la señora P. alega que esta disposición confiere un derecho a la autodeterminación y remite a los asuntos X. e Y. contra Países Bajos ( TEDH 1985, 4) (1985) 8 EHRR 235, Rodríguez contra Fiscal de Canadá (1994) 2 LRC 136, y A. (Niños) (Siameses: Separación quirúrgica) (2001) Fam 147. Este derecho englobaría un derecho a escoger cuándo y cómo morir, de forma que se evite el sufrimiento y la indignidad. El artículo 2.1 de la Ley de 1961 atentaría contra dicho derecho a la autodeterminación; correspondería por tanto al Reino Unido demostrar que la injerencia enjuiciada satisface los criterios de legalidad, necesidad de respuesta a una necesidad social imperiosa y de proporcionalidad, que derivan del Convenio: ver R. contra A (núm. 2) (2001) 2 WLR 1546, Johansen contra Noruega ( TEDH 1996, 31) (1996) 23 EHRR 33, y R. (P) contra Secretario de Estado de Interior (2001) 1 WLR 2002. Cuando la injerencia enjuiciada afecta a un aspecto íntimo de la vida privada de un individuo, debe estar basada en motivos particularmente serios: Smith y Grady contra Reino Unido ( TEDH 1999, 37) (1999) 29 EHRR 493, pg. 530, ap. 89. En este caso se trata de que el Tribunal declare si se puede no considerar desproporcionado el rechazo del DPP a aceptar el compromiso solicitado y, en el caso del ministro, si el ataque al derecho a la autodeterminación de la señora P. es proporcional al fin legítimo perseguido, sea éste cual fuere, mediante la prohibición del suicidio asistido. El abogado de la señora P. hace hincapié en algunos rasgos característicos del asunto de su clienta: el hecho de que ésta esté en plenas facultades mentales, la perspectiva horrorosa que tiene por delante, el hecho de que estuviera dispuesta a suicidarse si tuviera la posibilidad, la inminencia de su muerte, el hecho de que su suicidio asistido no causara daño a nadie más y el hecho de que un desarrollo favorable a su demanda carecería de implicaciones de gran alcance. Alega que la prohibición general planteada en el artículo 2.1 de la Ley de 1961, que se aplica sin tener en cuenta los casos concretos, es totalmente desproporcionada e injustificada a la vista de los elementos invocados. Remite a los asuntos R. contra Reino Unido (1983) 33 DR 270 y Sanles contra España (2001) EHRLR 348.

18. El Ministro, por su parte, se preguntó si estaban en juego los derechos garantizados a la señora P. por el artículo 8, y su respuesta es negativa. En su opinión, el derecho a la vida privada consagrado por el artículo 8 hace referencia a la manera en que una persona lleva su vida y no a la manera en que pone fin a ella. Cualquier tentativa de fundar un derecho a morir en el artículo 8 se enfrentaría exactamente con la misma objeción que la tentativa basada en el artículo 2, a saber que el derecho alegado implicaría la extinción del propio beneficio que se supone ofrece: el artículo 8 protege la integridad física, moral y psicológica del individuo, lo que cubre los derechos del individuo sobre su propio cuerpo, pero nada hace pensar que el artículo 8 confiera un derecho a decidir cuándo y cómo morir. El Ministro señala asimismo que en caso necesario el artículo 2.1 de la Ley de 1961 y su aplicación actual podrían perfectamente estar justificados en cuanto al fondo. Hace referencia al margen de apreciación concedido a los Estados contratantes, a la atención concedida a estas cuestiones en el Reino Unido y al amplio consenso que existe en el seno de la comunidad de los Estados parte en el Convenio. Haciendo referencia al asunto Laskey, Jaggard y Brown contra Reino Unido ( TEDH 1997, 10) (1997) 24 EHRR 39, en el que la acusación de actos consentidos que habían causado lesiones fue considerada legítima, señala que la justificación de la acusación por actos consentidos que causan la muerte o el suicidio asistido debe ser aún mayor.

19. La discusión más detallada y erudita que conozco de las cuestiones de que se trata en este caso figura en las decisiones dictadas por el Tribunal Supremo de Canadá en el asunto Rodríguez contra Fiscal de Canadá (1994) 2 LRC 136. La demandante en ese caso padecía una enfermedad que jurídicamente no puede diferenciarse de la que sufre actualmente la señora P. La interesada estaba igualmente impedida y deseaba obtener una providencia autorizando a un médico competente a colocarle un dispositivo técnico mediante el cual ella podría, con su propia mano pero con esta ayuda del médico, poner fin a sus días en el momento de su elección. El suicidio no es considerado un delito en Canadá, pero el artículo 241 b) del Código Penal está redactado en términos comparables a los del artículo 2.1 de la Ley de 1961. La demandante fundaba su solicitud en la Carta canadiense de Derecho y Libertades, que incluye en concreto los siguientes artículos, aplicables para la causa:

“1) La Carta canadiense de derechos y libertades garantiza los derechos y libertades que se enuncian en ella. No podrán ser restringidos sino mediante una norma de derecho, dentro de límites razonables y cuya justificación pueda ser demostrada en el marco de una sociedad libre y democrática.

7) Toda persona tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad; no puede atentarse contra este derecho sino es conforme a los principios de justicia fundamental.

12) Toda persona tiene derecho a la protección contra todos los tratos o penas crueles o inusitados.

15.1) La Ley no hace acepción de persona y se aplica a todos por igual, y todos tienen derecho a la misma protección y al mismo beneficio de la Ley, independientemente de cualquier discriminación, concretamente de las discriminaciones basadas en la raza, el origen nacional o étnico, el color, la religión, el sexo, la edad o las deficiencias mentales o físicas”.

El Juez de primera instancia rechazó la solicitud de la señora R. Los motivos de su sentencia se encuentran resumidos como sigue en la página 144 de la Sentencia del Tribunal Supremo de Canadá:

“[...] es la enfermedad que padece la señora R., y no el Estado o el sistema judicial, la que le impide determinar a voluntad el momento y las circunstancias de su muerte”.

Concluyendo con la no violación del artículo 12 de la Carta, dicho Magistrado se expresó de la siguiente forma:

“(i)nterpretar el artículo 7 de forma que se incluya en él el derecho garantizado por la Constitución de quitarse la vida en nombre de la libertad a elegir es, en mi opinión, incompatible con el derecho a la vida, la libertad y la seguridad de la persona”.

Consideró asimismo que el artículo 241 no discriminaba a las personas impedidas físicamente.

20. El Tribunal de Apelación de la Colombia británica consideró por mayoría (pg. 148) que si la aplicación del artículo 241 privaba a la señora R. del derecho a la seguridad de su persona que le garantiza el artículo 7 de la Carta, no contravenía los principios de justicia fundamental. El Juez McEachern declaró (página 146) que cuando el Estado impone prohibiciones que tienen como resultado prolongar el sufrimiento físico y psicológico de una persona, viola “prima facie” el artículo 7, y que una disposición que impone un período indefinido de sufrimiento físico y psicológico inútil para la persona que de todos modos va a morir, no puede ser conforme a ningún principio de justicia fundamental.

21. En el seno del Tribunal Supremo, las opiniones estuvieron nuevamente divididas. La decisión de la mayoría fue dictada por el Juez Sopinka, a cuya opinión se adherían los jueces La Forest, Gonthier, Iacobucci y Major. El Juez Sopinka se expresó de la siguiente forma (página 175):

“A título preliminar, rechazo la pretensión de que las dificultades de la demandante resultan no de una acción gubernamental sino de las deficiencias físicas causadas por la enfermedad incurable que padece. Es evidente que la prohibición prevista en el artículo 241 b) contribuirá al sufrimiento de la demandante si se le impide administrar su muerte en las circunstancias que ella teme van a sobrevenir”.

El Juez Sopinka añadió (página 175):

“Está mejor fundamentado, en mi opinión, el argumento según el cual la seguridad de la persona, por su propia naturaleza, no puede incluir el derecho a realizar un gesto que ponga fin a la vida de alguien, ya que la seguridad de la persona se interesa intrínsecamente en el bienestar de la persona viva”.

Proseguía (páginas 177-178):

“No hay por tanto ninguna duda de que la noción de seguridad de la persona comprende la autonomía personal, al menos en lo que concierne al derecho a escoger con respecto a su propia persona, al control sobre su propia integridad física y mental, y a la dignidad humana fundamental, por lo menos a la ausencia de prohibiciones penales que constituyan un obstáculo a ello. La prohibición prevista en el artículo 241 b) tiene como resultado privar a la demandante de la asistencia necesaria para suicidarse en el momento en que ya no pueda hacerlo sola. [...] En mi opinión, estas consideraciones permiten concluir que la prohibición prevista en el artículo 241 b) priva a la demandante de su autonomía personal y le causa un dolor físico y una tensión psicológica tales que vulnera la seguridad de su persona. Se cuestiona por tanto el derecho de la demandante a la seguridad (considerado en el contexto del derecho a la vida y a la libertad) y se hace necesario determinar si ha sido privada de él de conformidad con los principios de justicia fundamental”.

Y el Juez Sopinka concluyó (página 189):

“Teniendo en cuenta los temores expresados con respecto a los abusos y a la gran dificultad en elaborar las garantías que permiten prevenirlos, no se puede afirmar que la prohibición general de la ayuda al suicidio es arbitraria o injusta, o que no refleja los valores fundamentales transportados a nuestra sociedad”.

A propósito del artículo 1 de la Carta canadiense, el Juez Sopinka declaró (páginas 192-193):

“Como he tratado de demostrar en mi análisis del artículo 7, esta protección encuentra su fundamento en un consenso importante, en los países occidentales, en los organismos médicos y en nuestra propia Comisión de reforma del derecho, sobre la opinión de que el mejor medio de proteger eficazmente la vida y las personas vulnerables de la sociedad es prohibir, sin excepción, la ayuda al suicidio. Los intentos por matizar este enfoque no han dado resultados satisfactorios y tienden a apoyar la teoría del ‘dedo en la llaga’. La formulación de garantías destinadas a prevenir los abusos tampoco ha dado resultados satisfactorios ni ha conseguido disipar el temor de que la flexibilidad de una norma clara establecida por la Ley debilitaría la protección de la vida y llevaría al uso abusivo de las excepciones”.

El Juez Sopinka rechazó las quejas basadas por la demandante en los artículos 12 y 15 de la Carta.

22. El Juez Lamer expresó una opinión disidente favorable a la demandante, pero debido a un discriminación fundada únicamente en el artículo 15. El Juez McLachlin (a cuya opinión se adhiere el Juez L'Heureux-Dubé) concluyó con la violación no del artículo 15, sino del artículo 7. Analizó el asunto planteando la cuestión de forma que el Estado puede, en virtud del artículo 7 de la Carta, limitar el derecho de una persona a tomar decisiones relativas a su propio cuerpo (página 194). Se expresó de esta forma (página 195):

“En este caso, el Parlamento puso en vigor un régimen legislativo que no prohibe el suicidio, pero que penaliza la ayuda al suicidio. Este régimen tiene como resultado el negar a algunas personas el derecho a poner fin a su vida por el solo motivo de que son físicamente incapaces. Por ello, Sue R. se ve privada del derecho a la seguridad de su persona (el derecho a tomar decisiones relativas a su propio cuerpo y que sólo afectan a su propio cuerpo) de una forma que vulnera los principios de justicia fundamental y que, por consiguiente, viola el artículo 7 de la Carta. [...] El poder de decidir de forma autónoma lo que mejor conviene a su propio cuerpo es un atributo de la persona y de la dignidad del ser humano”.

Declaró (página 197):

“[...] es contrario a los principios de justicia fundamental el no permitir a Sue R. lo que se permite a los demás, por la simple razón de que es posible que otras personas, en un momento dado, sufran, no lo que ella solicita, sino el acto de dar muerte sin verdadero consentimiento”.

El Juez Cory expresó asimismo una opinión disidente, a la que se adherían los jueces Lamer y McLachlin.

23. Es evidente que todos los jueces del Tribunal Supremo de Canadá salvo uno estaban dispuestos a reconocer que el artículo 7 de la Carta canadiense confería un derecho a la autonomía personal que se extiende a las decisiones relativas a la vida y la muerte. Se comprende que la señora P. conceda un peso particular a la decisión del Juez McLachlin, que suscribían otros dos miembros del Tribunal Supremo. Pero una mayoría del Alto Tribunal consideró que el derecho en cuestión era criticado severamente, en las circunstancias del caso, por los principios de justicia fundamental. Asimismo, las decisiones en cuestión no presentaban una analogía estricta con ninguna de las cláusulas del Convenio europeo. En dicho texto, el derecho a la libertad y a la seguridad de la persona sólo figura en el artículo 5.1, que no es invocado ni puede serlo en este caso. El artículo 8 no incluye ninguna referencia a la libertad ni a la seguridad personal. Trata de la protección de la vida privada, incluida la integridad física y psicológica (X. e Y. contra Países Bajos previamente citada). Pero el artículo 8 está redactado en términos tendentes a la protección de la autonomía personal durante el período en el que los individuos viven su vida, y nada hace pensar que el artículo en cuestión tenga relación con la elección de morir.

24. La tesis de la señora P. no encuentra ningún apoyo en la jurisprudencia de Estrasburgo. En el asunto R. contra Reino Unido (1983) 33 DR 270, el demandante había sido condenado y se le impuso una pena por ayuda al suicidio y confabulación delictiva a este respecto. El interesado alegaba que la condena y la pena impuestas en virtud del artículo 2 de la Ley de 1961 constituían una violación de su derecho al respeto de su vida privada en el sentido del artículo 8 y la vulneración de su derecho a la libertad de expresión en el sentido del artículo 10. En el apartado 13 de su decisión, la Comisión se expresó de esta forma:

“La Comisión no considera que la actividad por la que el interesado ha sido condenado, a saber ayuda al suicidio, puede decirse que depende de la vida privada, tal y como ha sido elaborada esta noción. Desde luego se puede considerar que dicha actividad afecta directamente a la vida privada del candidato al suicidio, pero no se deduce de ello que estén en juego los derechos del demandante a la vida privada. La Comisión considera por el contrario que los actos de asistencia, consejo o ayuda al suicidio están excluidos de la noción de vida privada ya que atentan contra el interés general de la protección de la vida, que se traduce en las disposiciones penales de la Ley de 1961”.

Esta opinión de la Comisión, expresada de forma algo circunspecta, ofrece cierto apoyo a la señora P., pero en lo relativo a la queja basada en el artículo 10 del Convenio, la Comisión proseguía (apartado 17 de su decisión, pg. 272):

“La Comisión considera que, en las circunstancias del caso, hubo injerencia en el ejercicio del derecho del demandante a comunicar informaciones. Debe sin embargo tener en cuenta a este respecto el interés legítimo del Estado en tomar medidas que protejan de todo comportamiento criminal la vida de los ciudadanos, en concreto de aquellos que son particularmente vulnerables debido a su edad o su dolencia. Reconoce el derecho del Estado en virtud del Convenio a prevenirse contra los inevitables abusos criminales que se producirían en ausencia de una legislación que castigara la ayuda al suicidio. El hecho de que en este caso el demandante y su asociado parezcan haber tenido buena intención no cambia en nada, en opinión de la Comisión, ante la justificación del interés general”.

Esta conclusión no puede conciliarse con la afirmación según la cual la prohibición al suicidio asistido es incompatible con el Convenio.

25. El asunto Sanles contra España (2001) EHRLR 348 tenía origen en una situación de hecho análoga a la del presente caso, salvo que la víctima de la enfermedad había muerto y el asunto no desembocó finalmente en una decisión sobre el fondo. La demandante era la cuñada de la víctima, y el Tribunal consideró que ella no era víctima por lo que no estaba directamente afectada por las violaciones alegadas. Es interesante señalar que la interesada basaba sus quejas en los artículos 2, 3, 5, 9 y 14 del Convenio pero no, parece ser, en el artículo 8.

26. Por mi parte, considero fundamentado el argumento según el cual los derechos garantizados a la señora P. por el artículo 8 están excluidos del caso. En el caso, sin embargo, en el que esta conclusión fuese errónea y la prohibición del suicidio asistido establecida por el artículo 2 de la Ley de 1961 vulnerara el derecho garantizado a la interesada por el artículo 8 del Convenio, se impone determinar si el Ministro demuestra que esta vulneración se justifica en virtud de los términos del artículo 8.2. Para estudiar esta cuestión, me inclino a adoptar el criterio presentado por el abogado de la señora P. y que se encuentra claramente enunciado en las decisiones previamente citadas.

27. Después de que el suicidio dejara de ser delito en 1961, la cuestión de si el suicidio asistido debía también ser despenalizado fue examinada en más de una ocasión. La Comisión de reforma del derecho penal hacía constar, en su decimocuarto informe (1980, Comnd 7844), diversas opiniones entre sus miembros, distinguidos juristas, y reconocía la necesidad de diferenciar el caso en que una persona ayudara a suicidarse a otra que hubiera formulado el deseo bien establecido de poner fin a sus días de aquél, más odioso, en el que una persona hubiera persuadido a otra de quitarse la vida, pero la mayoría de sus miembros opinaba que la ayuda al suicidio debía seguir siendo delito (páginas 60-61, ap. 135).

28. Tras la decisión dictada en el asunto Airedale NHS Trust contra Bland (1993) AC 789, un comité restringido competente en materia de ética médica de la Cámara de los Lores, que había sido constituido sobre bases más amplias obtuvo numerosas pruebas y publicó un informe (HL 21-1 1994, pg. 11, ap. 26). En él establecía una distinción entre el suicidio asistido y el suicidio médicamente asistido, pero su conclusión carecía de ambigüedad (página 54, ap. 262):

“En lo relativo al suicidio asistido, no percibimos motivo alguno para recomendar una modificación de la legislación. No descubrimos ninguna circunstancia en la que el suicidio asistido debería ser autorizado ni tampoco percibimos ningún motivo para distinguir a este respecto entre el acto de un médico y el acto realizado por otra persona”.

En su respuesta (mayo 1994, Cm 2553), el Gobierno admitió la recomendación del comité en estos términos:

“Suscribimos esta recomendación. Como declaró el Gobierno ante la comisión, la despenalización de la tentativa de suicidio en 1961 estuvo acompañada de una reafirmación sin equívocos de la prohibición de los actos tendentes a poner fin a la vida de los demás, El Gobierno no percibe ningún elemento que justifique que se autorice el suicidio asistido. Semejante cambio de rumbo abriría una puerta al abuso y pondría en peligro la vida de los débiles y de los vulnerables”.

Se encuentra un enfoque análogo en la Recomendación 1418 (1999) del Consejo de Europa sobre la protección de los derechos humanos y de la dignidad de los enfermos incurables y de los moribundos. Dicha recomendación incluye el pasaje siguiente (páginas 2-4):

“9. La Asamblea recomienda que el Comité de Ministros inste a los Estados miembros del Consejo de Europa a respetar y proteger la dignidad de los enfermos terminales o moribundos en todos los aspectos:

[...]


c) Manteniendo la prohibición absoluta a poner fin a la vida intencionadamente de los enfermos terminales o las personas moribundas:

i. Visto que el derecho a la vida, especialmente en relación con los enfermos terminales o las personas moribundas, está garantizado por los Estados miembros, de acuerdo con el artículo 2 de la Convención Europea de Derechos Humanos, según la cual ‘nadie será privado de su vida intencionadamente...’;

ii. Visto que el deseo de morir expresado por un enfermo terminal o moribundo no puede constituir la base jurídica de su muerte a manos de un tercero.

iii. Visto que el deseo de morir de un enfermo terminal o una persona moribunda no puede, por sí mismo, constituir una justificación legal para acciones dirigidas a poner fin a su vida”.

Aunque se demostrara que la respuesta del Reino Unido a este problema del suicidio asistido es única, ello tampoco dañaría la validez jurídica del artículo 2.1 de la Ley de 1961, pero de todos modos parece que dicha respuesta se inscribe en un consenso internacional muy amplio. El suicidio asistido y el homicidio voluntario consentido son ilegales en el conjunto de Estados parte en el Convenio salvo en los Países Bajos, aunque el Código Penal holandés y la Ley holandesa de 2001 sobre los procedimientos de control de la interrupción de la vida previa petición y sobre el suicidio asistido estuviesen vigentes en nuestro país, el señor P. no escaparía a su responsabilidad penal en virtud del artículo 294 del Código Penal holandés si ayudara a la señora P. a poner fin a sus días como él desea.

29. El abogado de la señora P., en nombre de su clienta, desmiente el cuestionamiento general del artículo 2.1 de la Ley de 1961 y trata de limitar su queja a los hechos concretos de la causa: la de una persona adulta en plena posesión de sus facultades intelectuales que sabe lo que quiere, que no sufre ninguna presión y ha tomado su decisión con perfecto conocimiento de causa y de manera deliberada. Alega que, cualquiera que sea la necesidad de ofrecer una protección jurídica a las personas vulnerables, nada justifica el rechazo general a admitir un acto de humanidad en el caso de alguien que, como la señora P., no es en absoluto vulnerable. Por muy seductora que sea esta tesis, se enfrenta a dos ideas antiguamente formuladas por el doctor Johnson y cuya validez persiste. En primer lugar, “las leyes no están hechas para casos particulares, sino para los hombres en general”. En segundo lugar, “permitir que una Ley sea modificada a discreción, es dejar sin Ley a la comunidad. Es retirar su orientación a esta prudencia pública que remedia las deficiencias de la comprensión privada” (Boswell, Life of Johnson, Oxford Standard Authors , 3ª edición, 1970, pg. 735, 496). Tal y como admitió la Comisión en la decisión R. contra Reino Unido citada en el apartado 24 “supra”, corresponde a los Estados miembros el apreciar el riesgo de abusos y las probables consecuencias de los abusos eventualmente cometidos que implicaría la flexibilidad de la prohibición del suicidio asistido. Pero este riesgo no puede descartarse a la ligera. La Comisión de reforma del derecho penal reconoció la estrechez de la línea de demarcación entre la provocación (“counselling and procuring”), por un lado, y la complicidad (“aiding and abetting”), por otro (informe pg. 61, ap. 135). El comité restringido de la Cámara de los Lores consideró que había que evitar todo lo que pudiera alentar al suicidio (informe, pg. 48, ap. 239):

“Todos tememos que las personas vulnerables –las de edad avanzada, solas, enfermas o desamparadas– se sientan obligadas, por efecto de las presiones, reales o imaginarias, a solicitar una muerte prematura. Admitimos que, en su mayor parte, las solicitudes resultantes de dichas presiones o de enfermedades depresivas curables serían identificadas como tales por los médicos y tratadas de forma adecuada. Sin embargo, creemos que el mensaje que la sociedad envía a las personas vulnerables y a las desfavorecidas no debe, ni siquiera indirectamente, alentarles a solicitar la muerte, sino que debe asegurarles nuestra presencia y nuestro apoyo en la vida”.

No es difícil imaginar que una persona anciana pueda optar, incluso en ausencia de toda presión, por un final prematuro si existe esa posibilidad, y ello no debido a un deseo de morir o a una aceptación de la muerte, sino debido a un deseo de dejar de ser una carga para los demás.

30. Si el artículo 2.1 atenta contra alguno de los derechos garantizados a la señora P. por el Convenio, concluyo, consciente de la pesada carga que pesa sobre un Estado miembro que trata de justificar dicho atentado, que el Ministro ha hecho constar motivos suficientes para justificar el derecho existente y la aplicación que de él se hace actualmente. Ello no quiere decir que ningún otro derecho ni ninguna otra aplicación del derecho sea compatible con el Convenio. Ello significa simplemente que los regímenes legislativo y práctico actuales no vulneran el Convenio.

Artículo 9 del Convenio

31. No es necesario reproducir el texto del artículo 9 del Convenio, alrededor del cual no ha tratado mucho esta discusión. La disposición en cuestión protege la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, así como la libertad para toda persona de manifestar su religión o su convicción por medio del culto, la enseñanza, las prácticas y la observancia de los ritos. Se puede admitir que la señora P. cree sinceramente en el mérito del suicidio asistido. Ella es libre de tener y de expresar esta convicción. Pero su convicción no puede fundamentar una exigencia en cuyos términos su marido deba ser absuelto de las consecuencias de un comportamiento que, aún en armonía con su convicción, está proscrito por el derecho penal. Y si la interesada logra establecer la existencia de un ataque a su derecho, la justificación proporcionada por el Estado en relación al artículo 8 hará siempre fracasar su pretensión.

Artículo 14 del Convenio

32. El artículo 14 del Convenio dice lo siguiente: [...]

La señora P. alega que el artículo 2.1 de la Ley de 1961 es discriminatorio para con aquellos que, como ella, son incapaces, debido a su invalidez, de poner fin a sus días sin ayuda. Invoca la Sentencia dictada por el TEDH en el asunto Thlimmenos contra Grecia ( TEDH 2000, 122) (2000) 31 EHRR 411, en la que el Tribunal declaró (pg. 424, ap. 44)

“El Tribunal, hasta el momento, ha dictaminado la violación del derecho garantizado por el artículo 14 de no sufrir discriminación en el disfrute de los derechos reconocidos por el Convenio cuando los Estados tratan de manera diferente sin justificación objetiva y razonable a las personas que se encuentran en situaciones análogas. Sin embargo, considera que no es la única faceta de la prohibición de cualquier discriminación enunciada por el artículo 14. El derecho a disfrutar de los derechos garantizados por el Convenio sin ser sometido a discriminación es igualmente transgredido cuando, sin justificación objetiva y razonable, los Estados no tratan de manera diferente a personas en situaciones sensiblemente diferentes”.

33. El TEDH ha juzgado en varias ocasiones que el artículo 14 no es autónomo sino que produce sus efectos en relación con los derechos garantizados por el Convenio. Se puede citar así el pasaje siguiente de la Sentencia Van Raalte contra Países Bajos ( TEDH 1997, 11) (1997) 24 EHRR 503, pg. 516, ap. 33:

“Según la jurisprudencia constante del Tribunal, el artículo 14 del Convenio completa las demás cláusulas normativas del Convenio y de sus Protocolos. No tiene existencia independiente, ya que es válido únicamente para ‘el goce de los derechos y las libertades’ que éstas garantizan. Sin duda puede entrar en juego incluso aunque no se hayan vulnerado sus exigencias, en cuya medida, posee un alcance autónomo, pero no puede aplicarse si los hechos del litigio no caen bajo el imperio de al menos una de dichas cláusulas”.

Ver asimismo la Sentencia Botta contra Italia ( TEDH 1998, 60) (1998) EHRR 241, pg. 259, ap. 39.

34. Si, como he concluido, ninguno de los artículos sobre los que se basa la señora P. confiere a la interesada el derecho que ella reivindica, el artículo 14 no le será de ninguna ayuda aunque logre establecer que, en su aplicación, el artículo 2.1 es discriminatorio. Por este motivo, cualquier queja basada en dicho artículo está condenada al fracaso.

35. Si, contrariamente a lo que pienso, se cuestionan los derechos garantizados a la señora P. por uno u otro artículos invocados, hay que determinar si el artículo 2 de la Ley de 1961 es discriminatorio. La señora P. alega que dicho texto es discriminatorio debido a que impide a los discapacitados, pero no a las personas válidas, ejercer su derecho a suicidarse. Este argumento se basa, en mi opinión, en un malentendido. La Ley no confiere un derecho a suicidarse. Considerado un delito, el suicidio siempre tuvo un carácter anormal, ya que se trataba del único delito por el cual ningún acusado podía ser juzgado. La penalización del suicidio tenía principalmente como resultado el castigar a aquellos que atentaban sin éxito contra su vida y a sus cómplices. El propio suicidio (y con él la tentativa de suicidio) fue despenalizado debido a que el reconocimiento del carácter delictivo en “common law” del acto no era disuasivo, deshonraba injustificadamente a los miembros inocentes de la familia del que se había suicidado, y llevaba al resultado abyecto de que los pacientes que se restablecían en el hospital de una tentativa fallida de suicidio eran perseguidos de hecho por su fracaso. Pero aunque la Ley de 1961 anuló la norma legal que erigía en delito el hecho de que una persona tratara de suicidarse, no confirió el derecho a hacerlo. Y si ése fuese su objeto, no habría ninguna justificación para la represión por medio de una pena de reclusión que puede ser muy larga de aquellos que provocan el ejercicio o la tentativa de ejercicio por parte de otro de dicho derecho o que son cómplices de ello. La filosofía de la Ley sigue siendo con firmeza opuesta al suicidio, como atestigua el artículo 2.1 de la Ley.

36. De todos modos, el derecho penal no puede ser criticado por discriminatorio ya que se aplica a todos. Aunque en algunos casos las leyes penales admiten excepciones basadas en la juventud, la filosofía general del derecho penal es que las disposiciones de penalización deben aplicarse a todos y que el contexto individual debe tenerse en cuenta o bien en el estadio en el que se trata de determinar si conviene o no perseguir judicialmente, o, en caso de condena, cuando se trata de fijar la pena. El derecho penal no distingue normalmente entre las víctimas consentidoras y las demás (Laskey Jaggard y Brown contra Reino Unido [1997] 24 EHRR 39). Las disposiciones que penalizan la ebriedad, el abuso de las drogas o el robo no exoneran a los alcohólicos, los toxicómanos, los pobres o los hambrientos. El “homicidio por compasión” (“mercy killing”), como se le llama a menudo, constituye en derecho un asesinato. Si el derecho penal tratara de proscribir el comportamiento de aquellos que ayudan a personas vulnerables a suicidarse, pero exonerara a los que ayudan a personas no vulnerables a quitarse la vida, no podría ser administrado de forma equitativa y provocando el respeto.

37. Por estos motivos, que suscriben en lo esencial aquellos expuestos por el “Divisional Court”, y de acuerdo con mis nobles y doctos amigos Lord Steyn y Lord Hope of Craighead, considero que la señora P. no puede establecer ninguna violación con respecto a ella de un derecho garantizado por el Convenio.

La queja dirigida contra el DPP

38. Esta conclusión vuelve estrictamente superfluo el examen del argumento principal desarrollado por el DPP para oponerse a la queja formulada en su contra, el cual consistía en decir que él no tenía el poder de aceptar el compromiso solicitado por la señora P.

39. Por mi parte, no estoy seguro de que el DPP no pudiera, como se alegó en su nombre, hacer previa petición una declaración pública relativa a su política en materia de diligencias fuera del Código de los Fiscales del Estado (“Code for Crown Prosecutors”), que el artículo 10 de la Ley de 1985 sobre diligencias judiciales (“Prosecution of Offences Act”) le obliga a promulgar. Evidentemente, dicho trámite exigiría un dictamen estricto y una extrema circunspección y sólo podría intervenir, en virtud del artículo 3 de la Ley de 1985, bajo el control del Fiscal General. “Lord Avocate” tuvo que hacer dicha declaración en Escocia, y no creo que el DPP no tenga un poder similar. Sin embargo no hay que explorar o resolver esta cuestión ya que, habilitado o no para formular la declaración, el DPP no está obligado a ello, y de todos modos lo que se le solicitó en este caso no era una declaración relativa a la política en materia de diligencias, sino la concesión por anticipado de una inmunidad de diligencias. Y esto, estoy completamente seguro de ello, el DPP no puede concederlo. El poder de rechazar o suspender leyes o su ejecución sin el aprobación del Parlamento fue denegada a la Corona y a sus servidores por medio del “Bill of Rights” de 1688. Incluso aunque contrariamente a lo que pienso, el DPP hubiese tenido el poder de aceptar el compromiso solicitado, hubiera errado en este caso admitiendo la solicitud. Si no tenía ningún motivo para dudar de las afirmaciones formuladas en nombre de la señora P., tampoco tenía ningún medio de verificarlas. No se le comunicó absolutamente nada acerca de los medios contemplados para poner fin a la vida de la señora P. No se propuso ningún control médico. Existía el riesgo manifiesto de que el estado de la interesada empeorara hasta un punto en que ella misma ya no podría hacer nada para quitarse la vida. Si el DPP se hubiese aventurado a prometer que un delito aún no cometido no iba a dar lugar a diligencia alguna, hubiese desnaturalizado seriamente su obligación y abusado de su poder. Nada más que por esto, la queja dirigida contra él debe ser rechazada.

40. Yo rechazaría el recurso».

15

Los demás jueces suscribieron las conclusiones del Lord Bingham of Cornhill. En lo relativo al artículo 8 del Convenio, Lord Hope declaró:



«100. [...] El respeto de la “vida privada” de una persona, única parte del artículo 8 aplicable al caso, se refiere a la forma en que vive una persona. La manera en que ésta escoge pasar los últimos instantes de su existencia forma parte del acto de vivir, y tiene derecho a solicitar que también ello sea respetado. A este respecto, la señora P. tiene derecho a la autonomía. En este sentido, su vida privada está en juego, incluso, enfrentándose a una enfermedad en fase terminal, tiende a escoger la muerte antes que la vida. Pero es distinto extraer de estos términos una obligación positiva de dar efecto a su deseo de morir mediante un suicidio asistido. Pienso que ello sería ampliar en exceso el sentido de las palabras».

II

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