Trauma, duelo y discapacidad



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TRAUMA, DUELO Y DISCAPACIDAD




Las discapacidades motoras y neurológicas constituyen para el sujeto experiencias de pérdidas de profunda implicancia subjetiva, a veces con características traumáticas, y cuya elaboración constituye un proceso doloroso y complejo.


  1. EL HECHO DISCAPACITANTE

Muchas son las causas que pueden provocar un violento y profundo giro en la vida de un sujeto. Un accidente automovilístico, una mala caída, una afección cerebrovascular, son solo algunas de las causas de secuelas discapacitantes motoras que pueden ocasionar parálisis funcionales de distintas magnitudes, muchas de ellas permanentes.


Cuando un hecho así irrumpe en la vida de una persona, adquiere en muchos casos características traumáticas, generando una profunda conmoción en la vida afectiva y social del sujeto y también de su familia.
Por otra parte, es necesario considerar el contexto en el que se desarrollan estas primeras fases de la enfermedad. Habitualmente la gravedad del suceso hace necesaria una internación en Unidades de Cuidados Intensivos (UCI), donde el paciente es sometido a una serie de prácticas quirúrgicas que en sí mismas ocasionan un fuerte impacto emocional.
Tanto el paciente, si está lúcido, como su familia, va tomando noticia del riesgo de vida que deben enfrentar. Para el sujeto el temor puede incrementarse hasta el pánico, con el peligro consecuente de una profunda desestructuración psíquica.
Al respecto el Dr.Carlos Del Boscoi lo describe así:
El ingreso al área crítica suele confrontar al paciente con un ambiente extraño e incomprensible. Frecuentemente un equipo asistencial muy dinámico y distante, manipula aparatos y tecnologías sofisticadas en un medio con luces y sonidos nuevos y desconcertantes. Es habitual que el nivel de lucidez esté deprimido y en ese escenario de “ciencia-ficción” el enfermo suele malinterpretar y distorsionar lo que está ocurriendo con él, generándose ansiedad, inquietud y agitación. La preocupación principal del equipo asistencial es el sostén fisiológico y vital por encima de necesidades emocionales, es frecuente que transcurra un período de tiempo significativo antes de establecerse una verdadera comunicación por encima de algunos formalismos. En UCI suele perderse la noción de tiempo, las luces están encendidas día y noche, los procedimientos se suceden a cualquier hora, las comidas regulares suelen ser eliminadas y las visitas de los familiares están muy restringidas.”
No resulta difícil imaginar que este estado de cosas poco ayuda al sujeto en su intento por recomponer su equilibrio psíquico. El paso a Terapia intermedia está signado en general por una mejora del estado clínico. Hasta entonces se sabe que se debate entre la vida y la muerte, y en ciertos casos la incertidumbre y el temor pueden dar paso al pánico.
Como ya hemos señalado en otro trabajoii, en este momento la preocupación esta puesta en el “daño”, es decir, en el diagnóstico, y recién con el posterior tratamiento de rehabilitación el centro de interés será el “pronóstico”; o, siguiendo con la clasificación propuesta por la OMS, en la discapacidad y la minusvalía.
El diagnóstico, entonces, “circunscribe la desgracia”iii, nombrándola de un modo técnico que supone la existencia de un saber médico al respecto, y con ello una esperanza de curación.
Podemos conjeturar que este momento constituye uno de los primeros pasos en el trabajo de ligazón, es decir, de la tramitación de lo traumático. A partir de aquí comenzará con distintas características el trabajo de duelo.
Cabe aclarar que desde el punto de vista psíquico un acontecimiento, por grave que sea, no se constituye por sí en traumático, sino en tanto el sujeto se ve imposibilitado de tramitarlo por las vías habituales, como son por ejemplo los mecanismos de defensa.
En este sentido algunos desarrollos teóricos conocidos en forma genérica como accidentología han intentado explicaciones causalistas, en donde todo accidente estaría “causado” por algún factor emocional previo.
Más allá de ciertos casos particulares –suicidios, acting out, etc.- la generalización que apunta a buscar en todo accidente una causa previa tiende a “encajar” los fenómenos clínicos en un saber cerrado en sí mismo, e incluso puede generar intervenciones que por lo menos podemos calificar de poco afortunadas.
Cito a modo de ejemplo el caso de un paciente de 26 años que conducía una camioneta por un camino de tierra poco transitado cuando se le cruzó inesperadamente un caballo al que atropelló. El animal se vino encima de la camioneta aplastando el techo y a su conductor provocando una seria lesión medular.
Luego de ser atendido en el hospital zonal fue trasladado a un prestigioso hospital de Buenos Aires en el que fue intervenido quirúrgicamente para fijar las vértebras fracturadas y evitar en lo posible una lesión completa de médula.

A pocas horas de salir de cirugía y recobrar el conocimiento, es decir, en menos de 48hs. de producido el accidente, de ser trasladado a más de 1000 Km de distancia y ser intervenido quirúrgicamente, el paciente es atendido en la sala de cuidados intensivos por un psicoterapeuta quien en la primer entrevista suelta su pregunta-intervención: ¿Ud. quiso suicidarse?


En nuestro caso suponer que porque tuvo un accidente hubo una intención de suicidio no es más que eso, una suposición. Evidentemente guiada por una teoría que determina una causa de ese accidente, lo cual hace que la escucha esté viciada desde el inicio. Aún así la pregunta, hecha por un terapeuta, tiene valor de intervención que, por lo que es posible discernir, sólo apunta a corroborar su marco teórico y en modo alguno a aliviar el dolor de un sujeto probablemente en estado traumático.
De igual modo no es posible establecer que ciertos hechos en la vida de un sujeto que nos parecen trágicos sean por ello determinantes de un trauma psíquico.
El psicoanálisis en cambio, permite entender que el valor de intencionalidad subjetiva inconsciente sólo es posible de ser establecido mediante una construcción a posteriori, y en modo alguno esto significa que en todos los casos haya habido efectivamente una intencionalidad o causa inconsciente.
Por el contrario, el azar, lo fortuito forma parte de un saber-no-todo (S) que el sujeto intentará recubrir mediante recursos diversos –argumentaciones religiosas, de autocastigo, etc.-. La pregunta recurrente en casos de este tipo ¿porqué a mí? da cuenta justamente de esta falta, a la que Lacan llamará encuentro con lo real, o dicho en otros términos, el encuentro con la castración.

Los diferentes factores que hemos mencionado como causantes de secuelas discapacitantes pueden afectar a personas de cualquier edad, con frecuencia sanos y activos donde la posibilidad de “quedar lisiados” no tiene cabida, les han resultado algo ajeno a lo que pueden esperar.


El impacto que les provoque, así como las consecuencias afectivas, sociales y aún económicas dependerá de su personalidad, de la fortaleza de los vínculos más significativos, de su situación económica, etc.
En muchos casos los mecanismos de defensa resultan efectivos en su función de preservar al Yo de la angustia provocada por un exceso de estímulos emocionales, ligados a un peligro real.
Con cierta frecuencia se observan mecanismos de negación, donde el sujeto no admite la realidad que está viviendo, preservándose de la angustia que le provoca. Otro mecanismo de defensa observable en estos casos es el de regresión, manifiesto como un retorno a formas de comportamiento infantiles, dependientes y demandantes, correspondientes a etapas del desarrollo anteriores.
En ocasiones se observa una forzada resignación, justificada en creencias religiosas o filosóficas que actúan en el sentido de los mecanismos de defensa.
En resumen, se trata de acontecimientos en la vida del sujeto que lo confrontan con la muerte, y demandan en consecuencia un gran esfuerzo psíquico, que en algunos casos llega a exceder las posibilidades del sujeto, adquiriendo entonces características de trauma psíquico.
El presente trabajo se propone entonces articular la concepción de trauma psíquico con la de duelo, desde la perspectiva clínica particular del tratamiento de discapacitados motores y neurológicos.


  1. ACERCA DEL TRAUMA PSÍQUICO

El concepto de lo traumático fue tomado inicialmente de la medicina, y, al menos en los trabajos de Freud, se mantuvo ligado en cierta forma a lo somático.


El concepto de trauma responde en Freud a una concepción económica en primer lugar, y tuvo un importante papel en sus primeras concepciones acerca de la etiología de la Histeria.
Mas tarde, al determinar la etiología de las neurosis estableció que el acontecimiento traumático por sí solo no era suficiente, sino que debía sumarsele una disposición por fijación de la libido.
Si bien la teoría traumática de las neurosis fué perdiendo protagonismo en la medida que se avanzaba en su complejidad, ha quedado un capítulo abierto en relación a las neurosis traumáticas (neurosis de accidente y sobre todo neurosis de guerra). Su interés al respecto se pondría nuevamente de manifiesto en “Mas allá del principio de placer”, y en “Inhibición, síntoma y angustia”.
Citaremos en primer lugar el primero de estos textos: “El cuadro de la neurosis traumática se aproxima al de la histeria por presentar en abundancia síntomas motores similares; pero lo sobrepasa, por lo regular, en sus muy acusados indicios de padecimiento subjetivo -que la asemejan a una hipocondría o una melancolía- , así como en la evidencia de un debilitamiento y una destrucción generales mucho mas vastos de las operaciones anímicas.”1
Quizá nos sea lícito hablar de escisión del yo, allí donde el sujeto no encuentra recursos para sostenerse ante el avasallamiento del hecho traumático. La angustia, tan característica en estos cuadros, habría sido entendida como reacción frente a la situación traumática2. Se trataría, en definitiva de angustia de castración.
Tomemos provisoriamente la definición de Trauma de Laplanche y Pontalís:
“Acontecimiento de la vida del sujeto caracterizado por su intensidad, la incapacidad del sujeto de responder a él adecuadamente y el trastorno y los efectos patógenos duraderos que provoca en la organización psíquica.

En términos económicos, el traumatismo se caracteriza por un aflujo de excitaciones excesivo, en relación con la tolerancia del sujeto y su capacidad de controlar y elaborar psíquicamente dichas excitaciones.”iv
Los estudios realizados acerca de las llamadas Neurosis Traumáticas, las Neurosis de Guerra, y más tarde las nuevas conceptualizaciones psicoanalíticas acerca de la angustia, fueron conformando el marco teórico necesario para comprender mejor el traumatismo psíquico.

Se denomina Neurosis Traumática a aquello en la que los síntomas aparecen consecutivamente a un choque emotivo (los aflujos de excitaciones excesivas de la definición de Trauma), generalmente ligado a una situación en la que el sujeto a sentido amenazada su vida.


Se caracteriza por un alto monto de ansiedad, que puede provocar gran agitación, estupor, confusión, etc. Tales reacciones del sujeto constituyen intentos por ligar los montos de excitación y descargarlos por abreacción. Este momento de fijación al trauma puede estar acompañado de un estado de inhibición relativamente general del sujeto.
Pueden observarse además estados de hiperexcitación maníaca, manifiestos por una gran actividad psicomotriz, verborragia, etc.
En otros casos se manifiestan estados regresivos vinculados, en mi opinión, a lo que Piera Aulagnier vdefine como esquemas de representación arcaicos. En este sentido es posible observar que en los estados traumáticos con componentes confusionales significativos un sujeto habla en su lengua materna, utilizando una estructura oral sencilla, lo cual resulta notorio cuando esta no coincide con la lengua de su uso comúnvi.
Si consideramos que en estos casos la función del Yo está momentáneamente suspendida por el estado de semiconciencia, es posible suponer que no se trataría de una regresión defensiva, sino estructural, que nos lleva a considerar el efecto desestructurante al punto en que la estructura misma de lenguaje se ve afectada, y de esta manera lo inconsciente...
El afecto que caracteriza al estado traumático es la angustia traumática, la cual surge como reacción ante un peligro, determinado por la ruptura de la barrera protectora que de ordinario protege al psiquismo de magnitudes de excitación que no pueden ser tramitadas, poniendo en marcha los distintos mecanismos de defensa.
Es la perturbación económica de grandes magnitudes la que constituye el núcleo del peligro en la angustia traumática.
A su vez, “el incremento de las magnitudes de estímulo en espera de ser tramitados, implica el peligro de desvalimiento psíquico...” “En la situación traumática, frente a la cual se está desvalido, coinciden el peligro externo y el interno, lo que Freud llama peligro realista y exigencia pulsional.”vii
Freud señala entonces que el desvalimiento motor encuentra su expresión en el desvalimiento psíquico, y el principio del placer queda momentáneamente abolido, impidiendo al sujeto reaccionar como lo haría habitualmente.
Se intentará entonces ligar psíquicamente los montos de estímulo que irrumpieron violentamente y conducirlos así a su tramitación. Tal tramitación constituye, como veremos más adelante, el trabajo de duelo.

  1. DEL TRAUMA AL DUELO

La experiencia clínica parece demostrar que entre el trauma y el duelo existe una cierta articulación, y hasta un cierto orden de continuidad en cuanto a la economía psíquica, que, expresados en una fórmula sencilla podemos definir como la tramitación de investiduras.


Si como hemos visto, el afecto que corresponde al trauma es la angustia traumática, podemos señalar que el correspondiente al duelo es el dolorviii .
El duelo es, en términos generales, la reacción frente a la pérdida, pérdida “de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.” ix
Equiparar pérdidas imaginariamente tan distintas no parece tarea sencilla. Es necesario un esfuerzo de abstracción para identificar el mecanismo común a la tramitación de todas ellas, lo cual no significa que el esfuerzo que implica sea el mismo.
Vamos a sintetizar en 4 fases el trabajo de duelo:


  1. El examen de realidad demuestra que el objeto amado se ha perdido.

  2. Pese a la resistencia natural a abandonar cualquier posición libidinal, se comienza a desasir la libido anudada a recuerdos, acontecimientos, acciones, en la que el objeto perdido era partícipe, en un lento trabajo “pieza por pieza”, como quien desarma un delicado mecanismo.

  3. El gran gasto de energía que implica este trabajo puede ocacionar un momentáneo desinterés por el mundo que le rodea, manifestándose apático y deprimido (lo que Freud denominaba un “angostamiento del Yo”)

  4. La libido que se va liberando de la investidura de objeto, vuelve al Yo, permitiéndole, por así decir, “recomponerse”.

En el caso de las secuelas discapacitantes las pérdidas son de variada índole, y por ello el proceso es sumamente complejo. No se trata simplemente de pérdidas de funciones corporales, sinó de perdidas que afectan la vida social, los ideales, los vínculos amorosos, etc.


Es por ello que el trabajo de duelo es paulatino, con marchas y contramarchas, y de algún modo permanece ligado a la vida del sujeto en forma relativamente permanente. No es posible establecer entonces un momento en el que el duelo haya sido consumado, sinó más bien etapas en que ello no le inhiba la realización de una vida relativamente normal.
Veamos más de cerca este proceso. Al hablar de duelo, se nos representa con mayor claridad la pérdida de personas amadas; sin embargo el término se ha ido extendiendo para aplicarlo a pérdidas de otro tenor, como las pérdidas evolutivas: la niñez, la adolescencia, etc.
Sabemos, por otra parte que el yo propio es tomado como objeto de amorx, investido de libido narcisistaxi; de manera que una pérdida en el propio yo corporal es pasible de ser elaborada en los términos generales del duelo.
Diferentes autores han establecido a su vez, que el Yo, en tanto Yo corporal, es producto de una identificación imaginaria, por la cual el sujeto asume una forma, o Gestaltxii
Esta forma por lo demás debería mas bien designarse como yo-ideal >, si quisiéramos hacerla entrar en un registro conocido, en el sentido de que será también el tronco de las identificaciones secundarias, cuyas funciones de normalización libidinal reconocemos bajo ese término.”xiii

La observación de Lacan en esta cita nos dá la dimención que puede adquirir la pérdida, pues lo que estamos considerando es una profunda alteración de la imagen en términos reales e ideales.


En su Seminario “Aún”, Lacan agregará: “ Lo importante es que todo eso encaja lo suficiente para que el cuerpo subsista, si no hay, como se dice, accidente interno o externo. Lo que quiere decir que el cuerpo es tomado como se presenta ser, como un cuerpo cerrado.”
¿Y cuando hay ese accidente? ,¿ que ocurre con lo que no encaja?, ¿una falla en ese cuerpo cerrado se reconstruye?

Al respecto quisiera remitirme a la distinción que realiza F. Doltó entre Esquema Corporal e Imagen Corporal xiv. Expresado en forma muy simple, mientras el esquema corporal se refiere al sentido somático del cuerpo, la Imagen corporal es propiamente la asumida por el sujeto en los términos de la identificación. La mayor o menor disrrupción entre una y otra constituye en algunos casos un idicador de trastorno psíquico, como es el caso de las anorexia y la bulimia (el verse, literalmente hablando, gorda siendo extremadamente delgada, por ejemplo).


Dentro de los términos aceptados como no patológicos, es común que entre una y otra exista cierta falta de coincidencia dada por la trama de significaciones inconcientes del sujeto. En ello reconocemos además, la operación del yo-ideal (moi), como tronco identificatorio.
Las alteraciones radicales en el esquema corporal, producto de las secuelas discapacitantes a las que hemos hecho referencia, confrontan al sujeto con la difícil tarea de recomponer una imagen corporal que pueda ser asumida por el sujeto, es decir, investida libidinalmente, amada.
El examen de realidad que se establece como primer paso del duelo, implica una constatación de las pérdidas, que en cualquier caso es una constatación subjetiva, es decir, bajo el lente de la trama de significaciones conscientes e inconscientes.
Pongamos un ejemplo sencillo: no tendrá la misma significación la pérdida de funcionalidad en un brazo para un abogado que para un pianista. Mientras que para el primero la discapacidad demandará una readaptación funcional, pero no un impedimento absoluto, para el segundo significará el abandono de su profesión o al menos una resignación mucho mayor. A este valor relativo se refiere el término “minusvalía”.
Se comprenderá que el costo afectivo será radicalmente distinto, pues además de una fuente laboral se están poniendo en juego las aspiraciones ideales, los proyectos de esa persona, y en definitiva la imagen de sí.
Entre los casos que hemos mencionado como origen de una discapacidad hemos considerado aquellos que afectan en distitno grado ciertas funciones cerebrales superiores –como los accidentes cerebro vasculares-, ocacionando alteraciones del lenguaje (afasias) a nivel de la expresión y aún de la comprensión. En estos casos a la alteración física se suma una alteración neurológica , que resta recursos al sujeto para su recuperación, a la vez que agrega un nuevo estado de cosas en cuanto a las pérdidas.
Con frecuencia, el sujeto adoptará de buen grado cualquier opción que relativice esas pérdidas, aliviando de este modo el peso de la resignación que debe enfrentar. Así por ejemplo, la confianza extrema en el avance tecnológico de la medicina alimentará esperenzas de curas cuasimilagrosas, o también el recurrir a prácticas esotéricas.
En cualquier caso, la discapacidad constituye una trama de pérdidas que se presentifica hasta en el acto mas simple y cotidiano, como el aseo, la alimentación o el vestirse, lo cual vueve particular el desasimiento de la libido, dado que se trata nada menos que de libido narcisista.
Si consideramos que el mismo exámen de realidad va confrontando al sujeto con la dimención subjetiva de las pérdidas, y que estas afectan en modo a veces radical la vida del sujeto, y no sólo una moción libidinal de objeto, creo justificable denominar duelo traumático, o bien, duelo melancólico a aquel donde el mismo trabajo de duelo implica montos de energía psíquica tan elevados que pueden ocacionar un trastorno psíquico como el de las llamadas Neurosis Traumáticas, aunque en nuestro caso conforme más bien un estadío de un trabajo de duelo particularmente complejo y doloroso.
Intentaré justificar tal denominación. En su trabajo “Duelo y Melancolía”, freud establece los siguientes aspectos como característicos de la Melancolía:
1) desazón profundamente dolida.

2) cancelación del interés por el mundo exterior.

3) pérdida de la capacidad de amar.

4) inhibición de toda productividad.

5) rebaja del sentimiento de sí (autorreproches, autodenigraciones, expectativa de castigo)
Y luego agrega “... el duelo muestra los mismos razgos, excepto uno; falta en él la perturbación del sentimiento de sí. Pero en todo lo demás es lo mismo”
En los casos que estamos considerando, la obsevación clínica permite suponer que se ha producido una identificación con el yo ideal, es decir, a la persona amada y perdida.
Podemos considerar este hecho como una perturbación del sentimiento de sí, al menos en el sentido en que la libido parece haberse fijado a un componente del yo, tomando en este caso la parte por el todo.
Aún así dicha perurbación no demuestra tener el carácter perurbador que caracteriza a la melancolía, y en terminos generales puede considerarse un estadío del duelo, en la línea que va del trauma al duelo.
El abordaje terapéutico deberá apuntar entonces a vaciar de significación los componentes ideales de tal fijación a fin de permitir que la libido retome su destino de objeto.
Decía en un principio que las discapacidades motoras y neurológicas constituyen para el sujeto experiencias de pérdidas. Intentaremos releer esta afirmación desde la persepectica propuesta.
Comencemos por distiguir lo que podemos denominar la pérdida, de las pérdidas. Remitimos la perdida, en singular, a esta falta que constituye la castración y que es constitutiva de la estructura psíquica de las neurosis y las perversiones.
Siguiendo este razonamiento la emergencia de la angustia traumática podría ser la expresión subjetiva de la confrontación con esta falta, ante la cual el sujeto se encuentra desvalido.
En estos estados la lógica que prima es la del todo o nada, y en estos términos el sujeto es nada. La relación es al ser, como en el primer tiempo del complejo de Edipo.
El pasaje del ser al tener implicaría entonces un pasaje de la pérdida a las pérdidas, lo cual señala ya una forma de tramitación, es decir de duelo.
Aparecerán entonces nuevos significantes que articulen el discurso: lisisado, peralítico, cuadripléjico, etc., que en cierta forma van recubriendo el agujero de la castración, lo van significando.
De el “todo o nada”, a las “partes”, es posible recosntruir una identidad, a veces con cierto costo:
Una paciente joven había sufrido un accidente cerebrovascular, quedándole como secuela un brazo paralizado. Era, en su decir, el brazo muerto. Pero además del brazo inmovilizado parcialmente, también tenía dificultades en una pierna y una afasia que le dificultava expresarse y realizar razonamientos de cierta complejidad. Su falta sin embargo estaba circunscripta a su brazo muerto, el que había sido escindido, inhabilitado en su función, motrizmente escasa pero de algún modo útil.
Se produce así una ruptura de la identificación con el cuerpo, identificación especular como ya hemos dicho.
Aún cuando describimos procesos y ejemplicamos con algunos casos, es importante considerar a cada caso como único, particular en su forma de tramitación.
El abordaje integral de los equipos interdisciplinarios de Rehabilitación puede facilitar enormemente este proceso, ofreciendo al sujeto una suerte de soporte, tanto funcional como afectivo, que estructura desde el afuera lo que el sujeto no puede –al comienzo- por sí, a la vez que colabora con él en la asunción de una posición activa y progresivamente autónoma.

Lic. Horacio Navarre

Publicado en Revista “El Cisne” N° 93. Buenos Aires, Mayo 1998.




1 Freud, S. “Mas allá del principio del placer” Amorrortu. O.C. tomo XVIII, pag. 12.

2 Freud, S. “Inhibición, síntoma y angustia”

i Del Bosco, Carlos “La relación médico-paciente en las unidades de cuidados intensivos”

ii Perez, G., Scholand, C., Navarre, H. “Proceso de internación para tratamiento de rehabilitación”. Inédito.

iii Op. Cit.

iv Laplanche, J y Pontalis, J. “Diccionario de Psicoanálisis” Ed. Paidós.

v Auglanier, Piera. “La violencia de la Interpretación”

vi Juan Gaviria es autor de un libro en el que relata su experiencia a partir de un accidente que lo dejara parapléjico. Luego de haber estado en coma, relata que aún en estado de seminconciencia comenzó a comunicarse con sus familiares en inglés, lengua que practicaba con su madre y abuela de muy pequeño, y que luego dejó de hablar.

vii Delgado, O. “Apuntes para una concepción del tauma en la obra de Sigmund Freud”, en “La transferencia en la clínica psicoanalítica” de Delgado, O. Y Goldemberg, M. Lugar Editorial.

viii Inhibición, sintoma y angustia (1926) XI. “Addenda” Pto. C: Angustia, dolor y duelo”

“El dolor es, por tanto, la genuina reacción frente a la pérdida del objeto; la angustia lo es frente al peligro que esta pérdida conlleva, y en ulterior desplazamiento, al peligro de la pérdida misma del objeto.



“A raiz del dolor corporal se genera una investidura elevada, que ha de llamarse narcisista, del lugar doliente del cuerpo; esa investidura aumenta cada vez más y ejerce sobre el yo un efecto de vaciamiento, por así decir.”

ix Freud, S. “Duelo y Melancolía”. Ed. Amorrortu, Tomo ...., pag. 124

x Freud, S. (Psic. de las Masas, Tomo XVIII, pag.106) “... discernimos que el objeto (de amor) es tratado como el yo propio, y por tanto en el enamoramiento afluye al objeto una medida mayor de libido narcisista.

xi Freud, S. (Introd. del narcisismo, Tomo XIV, pag 74) “... es un supuesto necesario que no esté presente desde el comienzo en el individuo una unidad comparable al yo; el yo tiene que ser desarrollado”

xii Al respecto de las connotaciones que este proceso adquiere en las personas con discapacidad física puede remitirse a mi artículo publicado en Revista el Cisne Nro. 87, de Noviembre de 1997.

xiii Lacan, J. “El estadío del espejo como formador...”, en ESCRITOS 1.

xiv Doltó, Francoise “La imagen inconsciente del cuerpo”. Ed. Paidós





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