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OJO EN EL CIELO

Philip K Dick

Título Original: Eye in the Sky


Traducción: M. Blanco


© 1960 by A. A. Wyn Inc.

© 1985 Ediciones Orbis S. A.

Corrientes 1437 - Buenos Aires

ISBN: 84-7634-263-2

Edición digital: Questor

Revisión: Sadrac

I
A las cuatro de la tarde del día 2 de octubre de 1959, el desviador de radiaciones protónicas del Bevatrón de Belmont traicionó a sus creadores. Los efectos de semejante infidelidad tuvieron un desarrollo inmediato. En cuanto se dejó de corregir adecuadamente su trayectoria y, en consecuencia, al quedar sin gobierno, el rayo de seis mil millones de voltios salió disparado hacia el techo de la cámara y en su centellante ascenso redujo a cenizas una plataforma de observación que dominaba el generador.

En aquel preciso momento, ocho personas se encontraban en la plataforma, un grupo de visitantes y su guía. Desposeídas inopinadamente de su estrado, las ocho personas cayeron al piso de la cámara del Bevatrón, donde, sumidas en el dolor de las lesiones y el susto del inesperado descenso a plomo, permanecieron hasta que se disipó el campo magnético y se neutralizó en gran parte la intensa radiación.

De las ocho víctimas, fue necesario hospitalizar a cuatro. Otras dos, cuyas quemaduras eran menos graves, quedaron sometidas a un período indefinido de observación. Las dos restantes fueron examinadas y asistidas, después de lo cual pasaron a sus domicilios. Los periódicos de San Francisco y Oakland informaron del suceso. Los abogados de las personas damnificadas prepararon sus demandas judiciales, iniciando los pleitos correspondientes. Varios funcionarios relacionados con el Bevatrón se desmoronaron encima de la chatarra, en compañía del «Sistema Rectificador Wilcox-Jones» y sus entusiastas inventores. Surgieron operarios y empezaron a reparar los daños materiales.

El lamentable acontecimiento duró apenas dos minutos. A las cuatro en punto comenzó a fallar el aparato rectificador y a las cuatro y dos, ocho personas se habían desplomado desde una altura de veinte metros y atravesado el haz de protones que brotaba del circular receptáculo interno del generador.

El guía, un joven negro, fue el primero en iniciar la caída y en estrellarse contra el piso de la cámara. El último que descendió fue un técnico, también joven, que trabajaba en las cercanas instalaciones de una fábrica de proyectiles teledirigidos. Cuando el grupo salió a la plataforma, el muchacho se separó de sus compañeros, regresó hacia el pasillo y se dispuso a sacar el tabaco.

Es muy probable que, de no haberse precipitado hacia adelante para sujetar a su esposa, no hubiera caído con los demás. Su último recuerdo lúcido consistía en eso: en que soltó el paquete de cigarrillos y alargó inútilmente la manga de la chaqueta de Marsha...


Durante toda la mañana, Hamilton estuvo sentado en los laboratorios de investigación de la planta de proyectiles, sin hacer otra cosa que afilar la punta de un montón de lapiceros y combatir su propia inquietud. En torno suyo, el equipo continuaba trabajando; la entidad seguía su marcha.

Marsha se presentó a las doce, radiante y preciosa, vestida de punta en blanco, tan encantadora como un cisne de los que embellecían el Golden Gate Park. Hamilton despertó al instante de su letargo meditabundo, le sacó de su estado de languidez el dulce aroma de aquella costosa criatura que había conseguido conquistar, una pertenencia a la que apreciaba más que a su conjunto de aparatos estereofónicos de alta fidelidad y más que a su colección de buen whisky.

—¿Qué ocurre? —preguntó Marsha, al tiempo que se inclinaba brevemente sobre el extremo de la superficie gris de la mesa metálica, unía sus dedos enguantados y agitaba con nerviosismo las esbeltas piernas—. Démonos prisa, hay que almorzar en un santiamén para poder acercarnos luego a ese sitio. Hoy es el día señalado para la puesta en funcionamiento, por primera vez, del desviador de marras, ese mecanismo que deseabas contemplar. ¿Lo habías olvidado? ¿Estás a punto?

—A punto para la cámara de gas —repuso Hamilton, con cierta aspereza—. Y la cámara de gas está preparada para recibirme.

Los ojos de Marsha se dilataron un poco; su gesto adoptó un aire serio, dramático.

—¿Pero qué pasa? ¿Más cuestiones secretas de esas de las que no puedes hablar? Cariño, no me dijiste que hoy iba a suceder algo importante. Mientras nos desayunábamos te manifestaste chistoso y juguetón como un cachorrillo.

—A la hora del desayuno no lo sabía. —Tras echar un vistazo a su reloj de pulsera, Hamilton se puso en pie, sin abandonar su expresión sombría—. Disfrutemos de un espléndido almuerzo; tal vez sea el último para mí. —Y añadió—: Y acaso sea también la de esta tarde la última excursión de mi vida.

Pero no llegaron a la rampa de salida de los Laboratorios de Mantenimiento de California, así que mucho menos al restaurante establecido carretera abajo, allende la zona vigilada de edificios e instalaciones. Un ordenanza uniformado les salió al paso y extendió la mano, en la que llevaba una hoja de papel blanco, bien dobladita.

—Esto es para usted, señor Hamilton. El coronel T. E. Edwards me encargó que se lo entregase.

Estremecido, Hamilton desdobló la cuartilla.

—Bueno —se dirigió a su esposa en tono apagado—, ya está. Siéntate en la antesala. Si dentro de una hora no he vuelto, regresa a casa y abre una lata de carne de cerdo con judías.

—Pero... —La muchacha esbozó un ademán de impotencia—. Te expresas de un modo tan... tan siniestro. ¿Sabes de qué se trata?

Hamilton lo sabía. Se inclinó hacia adelante y le dio un beso fugaz en los labios rojos, húmedos y más bien temblorosos. Luego se alejó por el pasillo con rápida zancada, en pos del ordenanza, rumbo a la serie de despachos del coronel Edwards, el puñado de salas de conferencias de alto nivel, donde los jefes de la compañía celebraban sus reuniones solemnes.

Mientras tomaba asiento, la densa y opaca presencia de hombres de negocios de mediana edad alentaba a su alrededor, en medio de una atmósfera saturada de humo de cigarrillos, desodorante y olor a negro betún para zapatos. Flotaba un constante murmullo sobre la alargada mesa de acero. En un extremo de ésta, se encontraba sentado el propio T. E., parapetado tras un montón regular de impresos, formularios e informes. De acuerdo con su categoría respectiva, cada uno de los funcionarios allí reunidos contaba con su trinchera protectora de papeles, su abierta carterita de documentos, su cenicero y su vaso de agua tibia. Frente al coronel Edwards se acomodaba la figura rechoncha y uniformada de Charley McFeyffe, capitán del servicio de seguridad, cuya misión consistía en husmear por los alrededores de la fábrica de proyectiles y protegerla de los agentes rusos.

—Ya lo tenemos aquí —murmuró el coronel T. E. Edwards, al tiempo que dirigía a Hamilton una mirada severa, por encima de la montura de sus gafas—. No vamos a entretenerle durante mucho rato, Jack. En la agenda de trabajo de la conferencia sólo hay un asunto que le concierna; por lo tanto, no es necesario que, una vez debatido, continúe usted aquí.

Hamilton no dijo nada. Tensos los nervios y tirante la expresión, se limitó a seguir sentado, a la espera de lo que se le iba a venir encima.

—Esta cuestión se refiere a su esposa —empezó Edwards, mientras se humedecía el grueso pulgar y pasaba las hojas de un informe—. Veamos, tengo entendido que desde que Sutherland presentó la dimisión, ha estado usted al frente de nuestros laboratorios investigadores. ¿Exacto?

Hamilton asintió. Encima de la mesa, sus manos habían perdido todo color, para transformarse en dos miembros rígidos y carentes de sangre. «Como si ya estuviese muerto», pensó Hamilton en plan derrotista. Como si ya le hubieran ahorcado, extrayéndole la vida, el aliento, la posible luminosidad de su interior. Sí, le habían colgado, como uno de los cerdos de Hormel, en la oscura santidad del matadero.

—Su esposa —prosiguió Edwards con voz retumbante, a la vez que sus moteadas muñecas subían y bajaban, pasando páginas— ha sido clasificada como un peligro para la seguridad de la fábrica. Aquí tengo el informe. —Señaló con un movimiento de cabeza al silencioso jefe de policía de la planta—. Me lo trajo McFeyffe. Y debo añadir que lo hizo de muy mala gana.

—Con la peor gana del mundo —subrayó McFeyffe, dirigiéndose a Hamilton.

Sus grises pupilas pedían perdón. El gesto torvo y pétreo de Hamilton se lo denegó, despreciando al capitán a base de indiferencia absoluta.

—Naturalmente —reanudó Edwards su tonante exposición—, está usted familiarizado con el sistema de seguridad establecido aquí. Constituimos una empresa particular, pero nuestro único cliente es el Gobierno. Nadie compra proyectiles, salvo el Tío Sam. De forma que tenemos que andarnos con cien ojos. Le presento el asunto con toda claridad imprescindible, al objeto de que pueda usted conducirlo según su propio criterio. En primer lugar, es cosa suya. Para nosotros, su importancia reside exclusivamente en el hecho de que usted ostenta el cargo de jefe de nuestros laboratorios de investigación. Lo malo es que ese detalle lo convierte también en asunto nuestro.

Miró a Hamilton como si pusiera los ojos en él por primera vez, pese a que lo había contratado personalmente en 1949, diez largos años antes, cuando Hamilton era una brillante promesa, un ingeniero electrónico inteligente y apasionado por su profesión, recién salido del I.T.M.

—¿Significa esto —preguntó Hamilton en tono ronco, sin apartar la vista de sus manos, que abría y cerraba espasmódicamente— que se prohíbe a Marsha entrar en la fábrica?

—No —respondió Edwards—. Significa que, hasta que se produzca un cambio en la situación, no se le permitirá a usted tener acceso al material clasificado.

—Pero eso representa... —Hamilton notó que se le quebraba la voz y que caía en la estancia un silencio de pasmo—. Eso comprende todo el material con el que trabajo.

Nadie pronunció una sola palabra. Los altos funcionarios de la compañía, reunidos en la sala, permanecieron inmóviles en sus asientos, resguardados tras sus carteras y montones de impresos. En un rincón, el acondicionador de aire emitía un zumbido rumoroso.

—¡Qué barbaridad! Se me condena sin preámbulos —articuló Hamilton de súbito, con voz clara y potente.

Unos cuantos formularios se agitaron a impulsos de la sorpresa. Edwards le disparó una mirada de soslayo que rezumaba curiosidad. Charley McFeyffe encendió un cigarro y, nerviosamente, se pasó la mano por la rala cabellera. Con un sencillo uniforme de color pardo, tenía todo el aspecto de un gordo agente asignado al servicio de vigilancia en carretera.

—Léale el pliego de cargos —dijo McFeyffe—. Concédale la oportunidad de defenderse, T. E. Al fin y al cabo, Hamilton tiene algunos derechos.

Durante unos momentos, el coronel Edwards forcejeó con el acervo de datos que componían el informe del cuerpo de seguridad. Luego, sombrío el rostro a causa de la irritación, empujó el expediente completo por encima de la mesa, hacia McFeyffe.

—Su departamento redactó todo eso —dijo, lavándose las manos en el asunto—. Comuníqueselo usted.

—¿Acaso pretenden leerlo aquí? —protestó Hamilton—. ¿Delante de treinta personas? ¿En presencia de todos los empleados de la firma?

—Todos han revisado la documentación —manifestó Edwards, no sin cierta amabilidad—. Hace cosa de un mes que está concluido y desde entonces no ha dejado de circular. Después de todo, muchacho, para la compañía es usted un hombre importante. No íbamos a tomarnos a la ligera una cuestión como ésta.

—En primer término —comenzó McFeyffe, que evidenciaba sentirse muy molesto—, tenemos ese negocio del F.B.I. Nos lo traspasaron.

—¿No lo pidieron ustedes? —preguntó Hamilton en tono agrio—. ¿O es que iba de un lado a otro, a través del país, sin más ni más?

McFeyffe se puso colorado.

—Bueno, se solicitó, claro. En calidad de encuesta rutinaria. Por Dios, Jack, hay un expediente acerca de mi propia persona... Incluso se lleva uno a nombre del presidente Nixon.

—No tiene por qué leerme toda esa escoria —a Hamilton le temblaba la voz—. Marsha se afilió al Partido Progresista allá por el año 1948, cuando estudiaba su primer curso universitario. Contribuyó con alguna que otra pequeña cantidad de dinero cuando inició sus colectas la Comisión Recaudadora de Fondos Pro Refugiados Hispanos. Se suscribió a In Fact Ya he oído todo eso en otras ocasiones.

—Léale los informes de última hora —aleccionó Edwards.

Avanzando meticulosamente por la complicada senda del expediente, McFeyffe llegó a los datos que estaban más al día.

—La señora Hamilton abandonó el Partido Progresista en 1950. In Fact dejó de publicarse. En 1952, asistió a varias asambleas de la «Artes, Ciencias y Profesiones de California», organización de vanguardia apoyada por individuos comunistoides. La señora Hamilton firmó la Propuesta de Paz de Estocolmo. Se incorporó a la Unión de Libertades Civiles, que no faltan quienes tildan de pro izquierdista.

—¿Qué significa eso de pro izquierdista? —inquirió Hamilton.

—Simpatizante con personas o grupos que simpatizan con el comunismo. —Laboriosamente, McFeyffe prosiguió—: El 8 de mayo de. 1953, la señora Hamilton escribió una carta al Chronicle de San Francisco, protestando por el hecho de que se impidiera la estancia en los Estados Unidos a Charlie Chaplin, un famoso compañero de viaje. Firmó la Apelación para salvar a los Rosenberg: traidores convictos. En 1954 pronunció un discurso en los locales de la Liga de Sufragistas Femeninas de Alameda, manifestándose favorable a la admisión de la China roja en las Naciones Unidas... Y la China roja es un país comunista. En 1955 se unió a la agencia abierta en Oakland por la Organización Internacional de Coexistencia o Muerte, que tiene ramificaciones en los países del otro lado del telón de acero. Y en 1956 entregó su contribución monetaria a la Sociedad para el Progreso del Elemento Humano de Color. —Citó la cifra—: Cuarenta y ocho dólares con cincuenta y cinco centavos.

Se produjo un instante de silencio.

—¿Ya esta? —interrogó Hamilton.

—Sí, lo más importante.

—¿Se menciona también en ese expediente —dijo Hamilton, esforzándose en mantener firma la voz— que Marsha está suscrita al Tribune de Chicago? ¿Se dice que en 1952 promovió activamente la candidatura de Adlai Stevenson? ¿Reflejan esos papeles que en 1953 entregó su óbolo a la campaña organizada por la Sociedad Protectora de Animales a favor de los perros y los gatos?

—No comprendo que importancia pueden tener esos detalles —terció Edwards, algo impaciente.

—¡Complementan el cuadro! Claro, Marsha se suscribió a In Fact... y también al New Yorker. Se dio de baja del Partido Progresista cuando lo hizo Wallace... se unió a los Jóvenes Demócratas. ¿Queda constancia de eso? Desde luego, sentía curiosidad acerca del comunismo, ¿la convierte eso en comunista? Todo lo que afirman ustedes es que Marsha lee periódicos del ala izquierda y que escucha a oradores de tendencias izquierdistas... Pero eso no demuestra que respalde al comunismo, que esté sometida a la disciplina del Partido, que abogue por el derrocamiento del Gobierno o que...

—Nadie asegura que su esposa sea comunista —le interrumpió McFeyffe—. Sólo decimos que se la ha incluido en la lista de personas susceptibles de constituir un peligro para la seguridad de la fábrica. Existe, no obstante, la posibilidad de que Marsha sea comunista.

—Santo Dios —articuló Hamilton—. ¿He de demostrar que no lo es? ¿Se trata de eso?

—Es una posibilidad latente —repitió Edwards—. Trate de mostrarse razonable, Jack; no se ponga nervioso, ni empiece a dar gritos. Tal vez Marsha sea roja; tal vez no. Pero tampoco es esa la cuestión. Lo que poseemos aquí es un conjunto de informes demostrativos de que su esposa se interesa por la política... por la política radical, claro. Y eso no es bueno.

—Marsha se interesa por todo. Es una persona inteligente y educada. Dispone de todo el día para enterarse de cosas. ¿Es que se la va a obligar a pasarse en casa las horas muertas... —Hamilton rebuscó en su mente las palabras apropiadas—, sin hacer otra cosa que no sea sacudir el mantel, lavar, planchar, zurcir y cocinar?

—Tenemos aquí un patrón de conducta —dijo McFeyffe—. Hay que reconocer que, en sí mismo y por separado, ninguno de estos datos resulta indicativo. Pero cuando uno forma con ellos un conjunto, cuando se saca el promedio estadístico... Entonces se observa que tal promedio estadístico es demasiado alto, Jack. Su esposa está complicada en un número excesivo de movimientos de tendencia izquierdista.

—Culpable por asociación. Es una muchacha de curiosidad despierta; se siente interesada por cuanto la rodea. ¿Basta eso para sacar la conclusión de que está de acuerdo con todo lo que esa gente dice?

—No podemos ver lo que hay dentro de su cabeza... y usted tampoco. Lo único factible es juzgar a tenor de sus actos: de los grupos con los que se reúne, las peticiones que firma, el dinero que aporta... Son las únicas pruebas de que disponemos y no nos queda más remedio que seguir basándonos en ello. Dice usted que su esposa asiste a esas asambleas, pero que no se identifica con las teorías que expresan los oradores. Bueno, supongamos que la policía irrumpe en un local donde se está desarrollando un espectáculo impúdico y detiene a las chicas y a la gerencia del establecimiento. No cabe duda de que el auditorio saldrá de la sala afirmando que el espectáculo no le gustaba lo más mínimo. —McFeyffe extendió las manos—. Pero, ¿estarían allí de no gustarles la representación o lo que fuere? Es posible que asistiesen una vez. Acaso inducidos por la curiosidad. Pero no un día y otro día, siempre que se anunciara el espectáculo.

»Su esposa lleva diez años desde que tenía dieciocho, relacionándose con grupos del ala izquierda. Ha tenido tiempo más que suficiente para formarse una opinión acerca del comunismo. Pero continúa mezclándose con esos asuntos; todavía se lanza a la palestra cada vez que un puñado de comunistoides organiza su manifestación de protesta para condenar algún linchamiento ocurrido en el Sur o para poner el grito en el cielo por lo alta que es la cantidad presupuestada con vistas a la adquisición de armas. Me parece que el hecho de que Marsha lea también el Tribune de Chicago no tiene más trascendencia que el hecho de que el hombre que va a una sala de espectáculos obscenos asista igualmente a la iglesia. Eso sólo demuestra que posee varias facetas, incluso, quizás, facetas contradictorias... pero subsiste el hecho de que una de esas facetas incluye el goce de lo infamante. No queda mancillado por asistir a las ceremonias religiosas; sin embargo, se anota debidamente el dato de que le gustan las representaciones obscenas y de que entra a presenciarlas.

»En un noventa y nueve por ciento, su esposa puede ser una norteamericana típica y media: puede que guise de maravilla, conduzca con cuidado, pague sus impuestos, entregue dinero a las asociaciones de caridad y prepare tartas para las rifas de la Iglesia. Pero el restante uno por ciento acaso esté ligado al Partido Comunista. Tal es la situación.

Al cabo de un momento, Hamilton reconoció de mala gana:

—Ha expuesto el caso muy bien.

—Creo en él. Conozco a Marsha y le conozco a usted desde que ingresó en la nómina de la empresa. Ambos me caen simpáticos... y Edwards alberga los mismos sentimientos que un servidor. Creo que todos opinan igual. Aunque no es esa la cuestión. Hasta que no dispongamos de telepatía y nos sea posible hurgar a distancia en el cerebro de las personas, no tenemos más alternativa que la de confiar en los datos estadísticos. No, no podemos demostrar que Marsha sea agente de una potencia extranjera. Y usted tampoco puede demostrar que no lo es. Sencillamente, no podemos permitirnos el lujo de actuar de otro modo. —Al tiempo que se frotaba la parte inferior del grueso labio, McFeyffe preguntó—: ¿Se le ha ocurrido alguna vez preguntarse si Marsha es comunista?

Una idea que jamás se le pasó por la cabeza. Mientras brotaba el sudor por todos los poros de su piel, Hamilton se mantuvo inmóvil y silencioso, con la vista clavada en la reluciente superficie de la mesa. Siempre había dado por supuesto que Marsha decía la verdad, que el comunismo sólo había despertado en ella instintos curiosos. Por primera vez, una sospecha desdichada y miserable nacía y se desarrollaba. Estadísticamente, era posible.

—Se lo preguntaré —dijo en voz alta.

—¿Lo hará? —repuso McFeyffe—. ¿Y qué va a responder Marsha?

—¡Que no es comunista, desde luego!

Edwards sacudió la cabeza.

—Eso no vale gran cosa, Jack. Si reflexiona un poco, estará de acuerdo conmigo.

Hamilton se puso en pie.

—Mi esposa se encuentra en la antesala. Pueden interrogarla... Se la convoca aquí y le formulan las preguntas que gusten.

—No voy a ponerme a discutir con usted —declaró Edwards—. Su esposa ha sido catalogada como un peligro para la seguridad de la factoría y, hasta que se demuestre lo contrario, queda usted suspendido del empleo. O aporta pruebas concluyentes, en el sentido de que Marsha Hamilton no es comunista, o se tendrá que desembarazar de ella. —El coronel se encogió de hombros—. Tiene usted una carrera por delante, muchacho. Se trata de la profesión de su vida.

McFeyffe se levantó y dio un rodeo en torno a la mesa. Se suspendía la sesión; la conferencia relativa al caso Hamilton se daba por terminada. Tras coger al técnico por un brazo, McFeyffe tiró de él insistentemente, hacia la puerta.

—Salgamos de aquí, lleguémonos a un sitio donde se pueda respirar. ¿Qué me dice de un trago? Los tres: Marsha, usted y yo. El whisky se pone agrio en el «Fondeadero». Me parece que podríamos hacerle los honores, antes de que se estropee.

II
—No me apetece ir a tomar ningún trago —declinó Marsha en tono enfático, destemplado y quebradizo. Pálido el semblante, decidida la expresión, se encaró con McFeyffe e hizo caso omiso de los funcionarios de la compañía, que atravesaron la antesala—. Precisamente ahora Jack y yo nos disponíamos a visitar el Bevatrón para ver cómo ponen en funcionamiento el nuevo equipo. Hace semanas que acariciamos este proyecto.

—Mi automóvil está en la zona de estacionamiento —ofreció McFeyffe—. Tendré sumo gusto de llevarles. —Añadió con cierta ironía—: Soy policía... no me pondrán pegas a la hora de entrar con ustedes.

Cuando el polvoriento «Plymouth» subía por la larga cuesta que llevaba a los edificios del Bevatrón, Marsha confesó:

—No sé si echarme a llorar a ponerme a reír. No puedo creerlo. ¿De veras se han tomado este asunto tan en serio?

—El coronel Edwards propuso a Jack que se desprendiera de usted como si fuese una chaqueta vieja —dijo McFeyffe.

Aturdida, temblorosa, Marsha se mantenía rígida en el asiento, con las manos apretadas sobre los guantes y el bolso.

—¿Serías capaz de hacerlo? —preguntó a su marido.

—No —repuso Hamilton—. Ni aunque fueras una alcohólica y pervertida, además de comunista.

—¿Lo ha oído? —se dirigió Marsha a McFeyffe.

—Sí.

—¿Y qué le parece?



—Opino que forman una pareja soberbia. Creo que, si Jack obrase de otro modo, demostraría ser un hijo de zorra. —McFeyffe concluyó—: Se lo diré así al coronel Edwards. Aunque ya se lo había advertido.

—Uno de vosotros dos —manifestó Hamilton, con la mirada puesta en su esposa— no debería estar aquí. Habría que arrojarlo por la portezuela. Lo echaré a cara o cruz, a ver a quién le toca.

Sobresaltada, Marsha alzó la cabeza y sus ojos castaños se posaron en Hamilton, mientras los dedos se hundían en los guantes.

—¿Es que no lo comprendes? —susurró—. Esto es algo terrible. Se trata de una conspiración contra ti y contra mí. Contra nosotros dos.

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