Ética del cuidado, derechos económicos y sociales, y autonomía personal



Descargar 265,25 Kb.
Página1/5
Fecha de conversión04.10.2017
Tamaño265,25 Kb.
  1   2   3   4   5
Universidad de Palermo

Facultad de Derecho


Tesis de Maestría:

“Ética del cuidado, derechos económicos y sociales, y autonomía personal”

Tutor: Marcelo Alegre

Alumna: Romina Faerman

Año 2009

ÉTICA DEL CUIDADO, DERECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES, Y AUTONOMÍA PERSONAL.
1. INTRODUCCIÓN.

Los derechos económicos y sociales están reconocidos en diversos instrumentos internacionales. En Argentina, se encuentran garantizados en la Constitución Nacional y en numerosos tratados internacionales de derechos humanos que, además, cuentan con jerarquía constitucional.

El presente trabajo tiene como objeto analizar los fundamentos éticos de los derechos humanos, en particular, los derechos económicos y sociales.

Según Carlos Nino, tres principios constituyen la base de una concepción liberal de la sociedad, de cuya combinación se deriva un conjunto plausible de derechos individuales básicos. Estos son: el principio de autonomía de la persona, de inviolabilidad y de dignidad.1 En el caso particular de los derechos económicos y sociales, se estudiará si, además, subyacen principios más relacionados con la ética del cuidado.2

Para ello, en la primera parte del trabajo se evaluará en qué consiste la ética del cuidado, se analizarán algunas de las críticas que se han formulado a esta teoría y se intentará delimitar su posible ámbito de aplicación.

En este apartado también se examinará la relación entre la ética del cuidado y el lenguaje de los derechos, sus posibles contradicciones y acercamientos.

Para concluir con la primera parte del trabajo, se estudiará la relación particular entre la ética del cuidado y los derechos económicos y sociales, y la posibilidad de tomar esta visión ética como uno de sus fundamentos. En este caso, será necesario delimitar qué se entiende por “derechos económicos y sociales” y analizar algunas de las discusiones al respecto.3

En este sentido, es preciso mencionar que el único aspecto de los derechos económicos y sociales que se pretende evaluar es el que implica brindar a las personas acceso a ciertos bienes básicos tales como educación, vivienda, alimentación, entre otros.

De este modo, se analizará la justificación de la imposición de medidas tendientes a que el Estado solvente las necesidades básicas de las personas que no pueden satisfacerlas por sus propios medios. Quedan fuera del marco de la presente discusión observaciones tales como que los derechos económicos y sociales implican la imposición de un modelo de salud o de educación.4

La segunda parte de este trabajo será destinada a evaluar si los derechos económicos y sociales, fundados -no exclusivamente- en la ética del cuidado, implican una vulneración a la autonomía personal.

En este sentido, será necesario analizar algunas de las diversas concepciones de la autonomía para delimitar la relación entre ésta y los derechos en cuestión.

Finalmente, en la última parte del presente estudio se arribará a las conclusiones que surgen a partir de los diversos puntos analizados.


2. ÉTICA DEL CUIDADO Y DERECHOS ECONOMICOS Y SOCIALES.

La ética del cuidado, tal como se analizará en este apartado, ha sido fuertemente cuestionada desde distintas ramas de la filosofía, incluso desde distintas teorías feministas.

Sin perjuicio de ello, a partir de las observaciones de Carol Gilligan, es posible cuestionar todo el sistema de valores que se denomina como ética de la justicia, y, particularmente, criticar fuertemente al derecho y, por consiguiente, a las instituciones que éste contiene.

Como se verá a continuación, no es éste el camino que se pretende seguir. La idea es intentar compatibilizar valores relacionados con la ética del cuidado y el lenguaje de los derechos.

En esta tarea es probable que corra el riesgo de apartarme de lo tradicionalmente se entiende por “ética del cuidado”. Por ello es necesario aclarar que este trabajo no pretende ser una defensa de la ética del cuidado sino más bien explorar esta propuesta a los fines de evaluar si es posible extraer valores que, como complementarios de los de la ética de la justicia, sirvan a los fines de justificar los derechos en cuestión.
2. 1. Gilligan y la ética del cuidado.

Carol Gilligan5 realizó un estudio crítico de la teoría de desarrollo del pensamiento moral efectuada por Lawrence Kohlberg. Su objeción fundamental es que toma a la voz masculina como norma, y considera que el modo de razonar de las mujeres es inferior y responde a una deficiencia en el desarrollo femenino. Advierte que no se incluyeron mujeres en la investigación por lo que efectuó un estudio sobre el razonamiento moral de las mujeres.

En este análisis muestra que las voces de las mujeres son diferentes, y desarrolla la ética del cuidado, como una teoría alternativa de la ética de la justicia.

Aclara Gilligan que la voz distinta no se caracteriza por el sexo sino por el tema. Sostiene que “Su asociación con las mujeres es una observación empírica, y seguiré su desarrollo básicamente en las voces de las mujeres. Pero esta asociación no es absoluta; y los contrastes entre las voces masculinas y femeninas se presentan aquí para poner de relieve una distinción entre dos modos de pensamiento y para enfocar un problema de interpretación, más que para representar una generalización acerca de uno u otro sexo”.6

En este estudio, Gilligan cita las observaciones efectuadas por Nancy Chodorow sobre el desarrollo de las mujeres en tanto considera que la reproducción humana genera diferencias que caracterizan la personalidad y los papeles masculinos y femeninos, y atribuye estas diferencias no a cuestiones de anatomía sino al hecho de que las mujeres, universalmente, son responsables en gran parte del cuidado de los recién nacidos.7

Como resultado de ello, afirma que en cualquier sociedad la personalidad femenina llega a definirse en relación y conexión con otras personas más de lo que suele hacerlo la personalidad masculina. Ello porque para ambos sexos los cuidados durante los primeros años de la vida típicamente corren por cuenta de la mujer, por lo que la dinámica interpersonal de formación de identidad de los sexos es distinta para niños y niñas. Sostiene Gilligan que la formación de las niñas ocurre en el marco de una relación ya que las madres tienden a experimentar a sus hijas como más semejantes a ellas, como una continuación de sí mismas. De esta manera, las niñas se perciben como similares a sus madres, fundiendo así la experiencia del apego con el proceso de formación de la identidad. Las madres experimentan con sus hijos como opuestos masculinos, y los niños, al definirse como varones, separan a sus madres de sí mismos, cortando así su amor primario y su sentido de nexo empático.8

Concluye Gilligan que para los niños y hombres, la separación y la individualización están críticamente ligadas a la identidad sexual, ya que la separación de la madre es esencial para el desarrollo de la virilidad. Para las niñas y mujeres, las cuestiones de la feminidad o de la identidad femenina no dependen de lograr la separación de la madre ni el progreso de la individualización. Dado que la virilidad es definida por medio de la separación, mientras que la femeneidad es definida por el apego, la identidad sexual varonil se ve amenazada por la intimidad, mientras que la identidad del sexo femenino se ve amenazada por la separación.9

A partir de diversas entrevistas realizadas a mujeres referidas a cuestiones morales, afirma que el razonamiento moral de las mujeres es diferente. Para ellas, el problema moral surge de responsabilidades en conflicto y no de derechos competitivos. Para la resolución de los problemas morales, las mujeres utilizan un modo de pensar contextual y narrativo, en lugar de formal y abstracto.10

Según Gilligan, esta concepción moral preocupada por la actividad de cuidado, centra el desarrollo moral en torno al entendimiento de la responsabilidad y las relaciones, así como la concepción de moralidad como imparcialidad une el desarrollo moral al entendimiento de las reglas. 11

Ambas morales son disímiles. La moral de derechos, a diferencia de la moral de la responsabilidad, hace hincapié en la separación y no en la conexión, en su consideración del individuo y no en la relación como fundamental. Sobre un caso en particular, manifiesta que “Mientras que los sujetos de Kohlberg se preocupan por las personas que invaden los derechos de los demás, esta mujer se preocupa por la posibilidad de omisión, de no ayudar a otros cuando podríamos ayudarlos”.12

Como ya se mencionó, la forma de razonar de las mujeres es contextual, lo que permite el entendimiento de la causa y las consecuencias que despierta esa compasión y tolerancia. Además, este modo de razonamiento, al dar sustancia a las vidas de las personas hipotéticas, hace posible considerar la injusticia social que sus problemas morales puedan reflejar e imaginar el sufrimiento individual que su aparición puede significar, o su resolución engendrar. 13

Como resultado de sus observaciones, Gilligan afirma que “El imperativo moral que surge repetidas veces en las entrevistas con mujeres es un mandamiento de atención y cuidado, una responsabilidad de discernir y aliviar las dificultades auténticas y reconciliables de este mundo. Para los hombres, el imperativo moral parece, antes bien, un mandamiento de respetar los derechos de los demás y, así, de proteger de toda intrusión los derechos a la vida y la autorrealización.”14


2.2. Análisis de algunas de las críticas.

Esta teoría de Gilligan ha sido criticada, especialmente desde otras ramas del feminismo. Entre las críticas más fuertes, podemos encontrar la que le imputa volver a un esencialismo del que la teoría feminista pretende salir, en razón de que hace hincapié en el pensamiento moral de “las mujeres”. También se sostiene que estos valores no son homogéneos ni uniformes. Por otra parte, se cuestiona que no tiene en cuenta que los valores expresados por las mujeres son generados en sociedades patriarcales, es decir, son fruto de la opresión.

Si bien estas críticas parecen contradictorias, dado que si los valores son construidos socialmente por el rol al que son relegadas las mujeres, entonces no hay un esencialismo de género, lo cierto es que ambas cuestiones son atendibles.

Empezando por la segunda crítica, es necesario advertir que esta posición implica que si se hubiera relegado a otro grupo social a las mismas condiciones, terminarían adhiriendo a los mismos valores. Esto ocurriría respecto de cualquier otro grupo desaventajado.

De hecho, parece que esta probabilidad se refleja en la realidad de muchos grupos excluidos. Al respecto, Joan C. Tronto, en un texto crítico a la ética del cuidado, advierte que las perspectivas sobre la moralidad de miembros de los grupos minoritarios en los Estados Unidos suelen ser caracterizadas por una ética del cuidado y no una ética de la justicia.15

El hecho de que se trate de valores construidos por grupos desaventajados socialmente o víctimas de la opresión no necesariamente implica que sean valores que deban ser rechazados. Tampoco deberían serlo por tratarse de valores propios de las mujeres. Independientemente de su origen, podrían ser importantes aportes a las teorías éticas y, en particular, a los fundamentos de los derechos.

Es por esta razón que en el presente trabajo no se dará relevancia a la posible crítica basada en el esencialismo de género. No se pretende sostener que el modo de razonar de las mujeres es distinto, superior o inferior al de los varones, este punto no es relevante en este estudio.

El análisis que se pretende efectuar prescinde de consideraciones respecto del origen de los valores que surgen de la ética del cuidado porque lo relevante es si estos valores pueden sustentar teorías éticas diversas –y quizás complementarias- de las tradicionales, y cuál puede ser su función en la justificación de los derechos.

Para esta tarea, es necesario analizar otro tipo de críticas que se formulan a la ética del cuidado, más relacionados con preguntas tales como si esta ética puede establecer principios y, en su caso, cuál es el alcance de estos. Para este análisis, tomaré como base las objeciones enunciadas por George Sher.16

Este autor destaca que Gilligan elabora su teoría con las siguientes bases: la moral de las mujeres es concreta y contextual; no está basada en principios; no es impersonal; se funda en pensamientos de cuidado más que en conciencia del deber; y está estructurada sobre la base de la responsabilidad más que sobre los derechos.17 Esta caracterización de la teoría de Gilligan es fundamental para entender las críticas que el autor propone.

Uno de los fundamentos de los que parte Sher para criticar, en general, la teoría de Gilligan, es que divide el modo de razonar de las mujeres y de los varones. En este sentido, en muchos de sus comentarios se pueden advertir referencias a la falta de datos o información relevante para determinar que, por ejemplo, los varones no pueden razonar de manera contextual como lo hacen las mujeres, o que no está probado que todas las mujeres razonan de este modo.

No me detendré a analizar estas objeciones porque, como ya se mencionó, este trabajo no pretende comparar el modo de razonar de las mujeres y de los varones, ni evaluar si los descubrimientos de Gilligan responden a la totalidad del grupo “mujeres”. Por el contrario, ambas cuestiones son explícitamente descartadas del presente estudio.

Respecto de la oposición entre la abstracción y la aplicación al contexto, el problema principal que señala Sher es que esta teoría no dice qué cuestiones son relevantes. Advierte que muchas teorías morales atienden al contexto por lo que esta característica de la ética del cuidado no es cuestionable por sí misma. En realidad, el problema consiste en determinar qué aspectos del contexto son pertinentes para una decisión moral. 18

La cuestión, entonces, consiste en determinar si las decisiones morales se deben tomar atendiendo únicamente al contexto o si deben estar basadas en un contexto más general, esto es, fundadas en principios morales.19 En este sentido, las decisiones morales basadas en principios muestran que las razones que existen para que una persona X haga Y, dan similares deberes por iguales razones para otra persona Y, o la misma persona X en otro momento determinado.

Según Sher, los estudios de Gilligan pueden reflejar que las decisiones de las mujeres no están a menudo respaldadas por principios universales. Siendo así, estos resultados pueden parecer un punto de partida hacia una nueva mirada sobre la constitución de las razones morales.20

Afirma el autor que las mujeres, además, representan los dilemas morales como problemas de balance de las necesidades de los individuos específicos (quienes en algún momento, pero no siempre, se incluyen a sí mismas).21

Estas características que el autor atribuye a la ética del cuidado son centrales en las críticas que formula a la teoría de Gilligan. Según esta visión, al carecer de principios, esta teoría no puede establecer pautas morales de actuación, y mucho menos respecto de las personas con las que no tenemos directamente relaciones personales.

Según Sher, una teoría moral como ésta podría significar una alternativa interesante, pero así descripta, es susceptible de numerosas críticas.

En primer lugar, sostiene Sher que dado el carácter único e irrepetible de la naturaleza de las relaciones personales, los deberes que imponen deben ser aplicados sólo a estas personas. Aún personas que se encuentren en situaciones similares pueden no estar sujetas a iguales deberes porque las características de las relaciones personales pueden ser diversas.22

Este autor advierte que el problema se presenta porque en muchos casos los deberes de las relaciones personales son incompatibles con los deberes que surgen a partir de ciertos principios impersonales. Ante esta situación, si existe una hegemonía de la moral de los principios, entonces la teoría de Gilligan no proporciona una alternativa.23

La cuestión central, para Sher, es de justificación. Sostiene que tanto las teorías deontológicas como las consecuencialistas pretenden justificar sus principios a partir de perspectivas abstractas y generales.24

Se pregunta al respecto si la impersonalidad de los enfoques de justificación tradicionales excluye la justificación de principios que cuenten con exigencias basadas en relaciones personales. Para contestar esta cuestión, toma como ejemplo el contrato hipotético de Rawls, sosteniendo que las personas podrían acordar principios que prescriban el cumplimiento de los deberes que surjan de las relaciones personales. Esta parcialidad, según el autor, debe ser tomada de manera imparcial, es decir, lo relevante sería si los principios que permiten u obligan esta parcialidad o atención a las relaciones personales, lo hacen de manera imparcial, es decir, respecto de todas las personas a las que se aplican. No hay ninguna razón obvia para que tales principios no puedan ser elegidos por los contratantes incluso ignorando las particularidades de sus vidas.25

Sher se pregunta si se pueden elegir principios que ajusten deberes y obligaciones a las demandas basadas en las relaciones personales. Entiende que esto último sólo es plausible si las demandas de las relaciones personales son de por sí suficientemente convincentes como para justificar la descripción de las exigencias morales. La cuestión es entonces qué deberían elegir los contratantes si asumen que las demandas de las relaciones personales son así de concluyentes.26

En estos términos, sostiene el autor que los contratantes pueden tener buenas razones para elegir principios que confluyan lo menos posible con las demandas de las relaciones personales, teniendo en cuenta que estas demandas pueden ser vistas como exigencias morales. Para ello, como mínimo estas demandas tendrían que ser tan urgentes que las personas no puedan vulnerarlas sin al mismo tiempo violar sus integridades.

Estas demandas entendidas como exigencias morales dictarían respuestas que no serían simplemente opcionales. Se trataría de respuestas adecuadas cuyo incumplimiento tendría que ser motivo de queja.27

Cómo las relaciones personales podrían generar tales demandas es, según Sher, lo difícil de explicar. Pero si las relaciones personales pueden hacerlo, entonces la satisfacción de esas demandas, cuando surgen, deben ellas mismas ser calificadas como adecuadas independientemente de las meras preferencias personales.28

Las críticas de Sher hasta aquí mencionadas respecto de la ética del cuidado permiten delinear algunos puntos sobre los cuales pretende basarse este trabajo.

Dos cuestiones, hasta aquí, son importantes. La primera se refiera a la posibilidad de afirmar que la ética del cuidado puede establecer principios, y la segunda se relaciona con el ámbito al cual estos principios se deben aplicar.

La crítica de Sher parte de la base de que la ética del cuidado es una teoría moral que carece de principios. Sin embargo, ésta es la descripción que él mismo hace de la teoría de Gilligan, aunque reconoce que se trata de una posible lectura de su obra, la que también puede ser entendida como una teoría basada en principios, aunque no redactados en términos tales como la equidad y la justicia.29

Creo, a diferencia de lo sostenido por Sher, que lo interesante de los estudios de Gilligan es entenderlos como sustentos de una teoría moral basada en principios diferentes a los tradicionales. Si esto es posible, las críticas –aunque razonables- no son aplicables a la teoría de Gilligan entendida de este modo.

Para ello, creo que es importante tener presente la distinción que Nino presenta respecto de la moral auotorrefente y la interpersonal. Las cuestiones morales que aquí importan –basadas en la ética del cuidado o en la ética de la justicia, o en ambas- no alcanzan a las decisiones personales que no tienen efectos frente a terceros. La segunda aclaración, relacionada en algún sentido con la primera, es que estos principios deberían contribuir a sustentar una teoría social y política. Esta tarea, tratará de guiar el modo de relacionar el problema de la erradicación pobreza y los derechos económicos y sociales, y el rol del Estado en esta tarea.

En este sentido, los principios como la autonomía personal, la dignidad y la inviolabilidad de las personas permiten sustentar derechos básicos de las personas. El Estado entonces organiza instituciones sociales a los fines de proteger estos derechos, como la Justicia entendida como una herramienta a la cual recurrir cuando se los vulnera. También dicta leyes que regulan y garantizan los derechos en juego.

Del mismo modo, los principios que pudieran surgir de la ética del cuidado podrían ocuparse de las necesidades básicas de quienes no pueden satisfacerlas por sí mismos. En igual sentido el Estado debería crear instituciones destinadas a este fin, esto es, normas, medidas o políticas públicas que contribuyan a mejorar la situación de los más desaventajados. La Justicia debería también atender estos reclamos.

Ahora bien, asumiendo que es posible establecer ciertos principios en el marco de una teoría basada en la ética del cuidado, es necesario ocuparse del segundo problema mencionado.

Al respecto, la ética del cuidado puede establecer pautas impersonales en el sentido de que cualquier persona que se encuentre en una situación determinada tiene el deber de actuar de un modo particular. Por ejemplo, la forma en que debe actuar X respecto de Y, siendo que X es familiar directo de Y, es igual al modo de actuar de cualquier persona que esté en la misma relación.

Esta forma de entender el problema permite afirmar que aún cuando las pautas se refieran a relaciones personales, pueden hacerlo de manera impersonal, o en algún sentido, universal respecto de todas las personas que se encuentren en iguales circunstancias.

Sin embargo, la teoría de Gilligan puede ser leída de manera tal que establezca el modo de actuar de las personas no sólo en las relaciones personales sino en aquellas situaciones en las que las relaciones no tienen este carácter.

Visto de este modo, el problema no está dado por la posible contradicción entre los deberes que surgen a partir de ciertos principios impersonales y los referidos a las relaciones personales. El conflicto de valores, si es que existe, se encuentra dentro del ámbito de la moral que actúa respecto de cualquier persona en cualquier situación. En cuanto a la justificación, los principios de la ética del cuidado requerirán una de tipo imparcial como cualquier otra moral.

En esta lectura, lo importante es saber si la ética del cuidado puede establecer principios morales que se apliquen a todo tipo de relaciones.

La posibilidad de esta interpretación no parece extraña a la teoría de Gilligan. El propio Sher aclara, a pie de página, que si Gilligan sostiene que las relaciones personales son importantes porque proporcionan una suerte de conocimiento que puede guiar y uniformar nuestras relaciones con los extraños, algunas de sus objeciones no le son aplicables.30

De este modo, se puede sostener que aunque ciertos valores pueden ser advertidos en relaciones personales de manera más evidente, esto no niega la posibilidad de tomar este modelo para fundar una teoría moral que se sustente en la responsabilidad y atención de los otros, entendiendo a los “otros” de una manera impersonal.

Esta manera impersonal de tomar a los otros se refiere, como surge con claridad de lo hasta aquí expuesto, al ámbito o alcance de las relaciones. Sin perjuicio de ello, la aclaración es necesaria porque, siguiendo la distinción realiza por Seyla Benhabib, el modo más adecuado de tomar a los otros, es como otro “concreto” y no como otro “generalizado”.31

La ética del cuidado, a su vez, da razones para tomar en cuenta al otro “concreto” en lugar del “otro generalizado”, por su particular atención al contexto y a las relaciones. Este modo de entender al otro respecto del cual debemos atención y cuidado respeta su situación en el contexto determinado en que se encuentra, y, a su vez, no contradice la idea de sostener que la ética del cuidado está basada en principios. En este sentido, el principio general que podría aplicarse es el del respeto, atención y cuidado del otro entendido como una persona que se encuentra en un contexto y en un ámbito de relaciones determinado. La atención al contexto, entonces, funciona como un principio general y abstracto.32

Por lo hasta expuesto es posible afirmar que la ética del cuidado puede ser leída como una teoría moral que establece principios para todas las relaciones humanas.

Beatriz Kohen delimita las particularidades de la ética del cuidado que sirven de base para establecer cuáles podrían ser estos principios. Estas características son: subjetividad, cuidado, responsabilidad, comunidad, atención, respuesta activa al otro, interdependencia, evitación del daño, y satisfacción de las necesidades de todos. La fuerza motriz es la cooperación, y las aptitudes son la empatía y la capacidad para entablar y sostener relaciones humanas para el cuidado. Los fines morales son la evitación del daño y el mantenimiento de las relaciones. El modo de razonamiento moral es el pensamiento concreto y contextual y la capacidad para pensar en términos de relaciones. El mundo social es visto como una red comunitaria en la que los sujetos son interdependientes, encarnados y situados.33

Esta misma autora advierte que la ética de la justicia se caracteriza por valores como la objetividad, autonomía, independencia, no interferencia, justicia, razón, individualidad, libertad e igualdad. La fuerza motriz es la competencia y las aptitudes son la razón, conciencia y aplicación de derechos y normas. Los fines morales son la justicia y el mantenimiento de las reglas, y el modo de razonamiento moral el pensamiento abstracto, formal y objetivo y la capacidad de pensar en términos de jerarquía de derechos. En este caso, el mundo social es considerado desde la perspectiva de los individuos separados, autónomos, desencarnados, no situados.34

Delineadas las características de la ética del cuidado, y sobre la base de éstas, es posible advertir principios diferentes a los sustentados por la ética de justicia. Esto es, tal como advierte Kohen, partir de una visión del mundo como una red comunitaria y entender a los sujetos como interdependientes, encarnados y situados. La ética se basa en el entendimiento de la responsabilidad y las relaciones, la atención, cuidado y respuesta a las necesidades del otro. La atención al contexto es esencial para esta teoría.

Tomar a la ética del cuidado como una teoría moral en estos términos no implica excluir los principios que surgen de la ética de la justicia. Por el contrario, la ética del cuidado puede completar a la de la justicia, dado que se trata de teorías morales no incompatibles. Claro está que muchos casos concretos los principios pueden entran en conflicto, pero esto no surge únicamente del hecho de unir ambas concepciones morales, dado que ocurre en el ámbito propio de cualquiera de estas –u otras- teorías éticas.

En este sentido, es importante señalar que la propia Gilligan sostiene que la ética de la justicia y la ética del cuidado son complementarias. Es más, afirma que ambas cuestiones están conectadas. En este sentido asevera que “Mientras que una ética de la justicia procede de la premisa de igualdad –que todos deben ser tratados igualmente- una ética del cuidado se apoya en la premisa de la no violencia, que no se debe dañar a nadie. En la representación de la madurez, ambas perspectivas convergen en la constatación de que así como la desigualdad afecta adversamente a ambas partes en una relación desigual, así también la violencia es destructiva para todos los participantes. Este diálogo entre imparcialidad y cuidado no sólo nos ofrece un mejor entendimiento de las relaciones entre los sexos, sino que también hace surgir un retrato más complejo de las relaciones adultas, laborales y familiares.”35

En igual sentido, Benhabib sostiene que alcanzamos un sentido coherente de la propia identidad cuando integramos con éxito autonomía y solidaridad, cuando mezclamos adecuadamente justicia y cuidado.36


  1   2   3   4   5


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal