Teoría y Filosofía Política, la tradición clásica y las nuevas fronteras Atilio Boron


Una encrucijada de diferentes: la ciudadanía feminista



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3. Una encrucijada de diferentes: la ciudadanía feminista
Procuraré, en este apartado, trabajar sobre la cuestión de la ciudadanía de las mujeres teniendo en cuenta, por una parte, los dilemas de la ciudadanización de los diferentes, pero también las formas desiguales bajo las cuales se realiza la incorporación de las mujeres como sujetos de derecho en las democracias actuales en función de la peculiaridad de las historias nacionales y de las marcas que esas historias han impreso sobre el colectivo de mujeres.
Se trata por una parte de tener en cuenta que, si el problema de la ciudadanía ha devenido una cuestión internacional -internacionalización de derechos, internacionalización de mercados, sensibilidad ante las diferencias-, como bien dice Rosi Braidotti, “Antes de devenir ciudadanas del mundo, deberíamos, tal vez, aclarar nuestros modos de pertenencia, compromiso e implicación en nuestras culturas nacionales”22. Se trata también de interrogar acerca de la articulación entre teoría y política, acerca de los límites legítimos entre economía y política, entre consideraciones descriptivas y normativas en un campo de reflexión que está tensado por la pretensión de interpretar el mundo para transformarlo bajo condiciones en las cuales el vínculo entre teoría y política se ha inestabilizado.
Si bien existen un conjunto de problemas políticos que nos afectan a todas las mujeres, la forma bajo la cual nos afectan y las maneras de teorizarlos implican desde mi punto de vista una especial atención a las determinaciones que la historia ha impreso sobre la forma de plantearlos: es neurálgica la consideración de la conexión entre formas de la política y perspectiva teórica.
Por una parte, la cuestión de la ciudadanía para las mujeres se instala en la Argentina con el retorno de la democracia. Las condiciones bajo las cuales los temas ligados a la ciudadanía mujeril ingresan como una problemática específica en la agenda política están cruzadas por un haz de tensiones contrapuestas. El país volvía de la noche del terror envuelto en aires de pesadilla, una pesadilla que no ha cesado de atormentarnos desde entonces. El terrorismo de estado y la fuerte reconversión económica producida por la dictadura dejaron marcas duraderas sobre lo que metafóricamente, y tal vez no tanto, podríamos llamar el cuerpo social.
En pocas palabras, ¿a qué obedece la preocupación por la ciudadanía de los diferentes en un país en el cual las desigualdades no han dejado de crecer ? ¿Por qué la insistencia, tal vez un poco machacona, en la especificidad y diferencialidad de la ciudadanía de las mujeres, en una encrucijada en la que el asunto de la diferencia puede ligarse a una problemática absorbible para el capitalismo? ¿Qué hace de la cuestión de la ciudadanía un punto relevante para las políticas feministas?

Si 1976 marca un hito en la historia nacional, 1983 constituye también el comienzo de un período peculiar. La cuestión democrática, la preocupación tanto en el campo político como teórico por resolver asuntos estrictamente procedimentales ligados al funcionamiento de la democracia era, y es aún, mal que nos pese, un asunto urgente. La baja cultura institucional, una historia de golpes militares como forma de alternancia del poder político, un aparato represivo intacto, una tradición política autoritaria, constituyeron la herencia del nuevo gobierno democrático. A ello se suma la centralidad adquirida por el asunto del derecho en una sociedad en la cual todos los derechos habían sido sistemáticamente violados.


La cuestión del derecho merece un breve excurso. Si bien el orden de los derechos ha sido interpretado muchas veces como simple mascarada del orden burgués, la experiencia de la desaparición de personas, la fragilidad de los mecanismos procedimentales de la democracia, la fragmentación de la legalidad en una sociedad en la cual la arbitrariedad en el ejercicio del poder y la imposición de una lógica particularista en el manejo de los asuntos públicos, bastan para hacer necesaria su consideración como un punto relevante en el debate. En ese sentido, el asunto de la ciudadanía en términos de “derecho a tener derechos” es un problema político prioritario.
La controversia en torno a los derechos remite a una doble cuestión. Por una parte, al grado de abstracción y formalización necesario como para considerar a un sujeto como sujeto de derechos, y por la otra a la abstracción como condición de la inscripción en el orden de la ley. Las homologías que pueden trazarse entre las metáforas de Rousseau y las de Freud no obedecen a la casualidad. Ambos relatos, como por otra parte lo ha señalado Carole Pateman, narran la historia de la sustitución del derecho parternalista por el derecho fraternal propio de las sociedades modernas23. El ingreso a la sociedad humana, tantas veces metaforizada como un cuerpo, se constituye a partir de la renuncia al cuerpo real. Sólo como sujeto de derecho un sujeto es existente para el cuerpo social, y sus actos sancionados con la fuerza de la ley que instaura lo permitido y lo prohibido. Ello a la vez faculta para la realización de una inmensa gama de acciones. Quien no entre en el orden de la ley está por fuera del orden humano. Dios o bestia, su lugar es el del extranjero. En la Argentina del subversivo apátrida, pura carne innominada, excluido hasta tal punto de la sociedad humana que la condena incluyó la negativa a los rituales del duelo que sella, con una ceremonia de adiós, la muerte humana.
Si las mujeres hemos sido consideradas durante tanto tiempo como extranjeras de la política, es precisamente en razón de esa diferencia que hace de la bipolaridad naturaleza-cultura un punto recurrente cuando de las políticas de las mujeres y su ciudadanización se trata.
Venimos a demandar como derecho aquello que es inherente al cuerpo real, a la inmediatez de la naturaleza, al borde entre naturaleza y cultura, donde se juega qué son la vida humana, el sexo, la sucesión de las generaciones.

Y bien, la cuestión de los derechos ciudadanos de las mujeres en la Argentina se inscribe en ese complejo marco de problemas. En primer lugar, la cuestión de los derechos ha cobrado relevancia a partir de la coyuntura internacional, dado que existen nuevas regulaciones a las relaciones entre los individuos que proceden de organismos internacionales. Por otra parte, bajo las actuales condiciones políticas, la cuestión de la institucionalidad, el derecho, la legalidad, constituyen instancias universalizadoras indispensables en una sociedad amenazada no sólo por la exclusión social, sino también por la conversión de los sujetos en súbditos más que en ciudadanos. Finalmente, se trata de la conquista de derechos que consideren la sexuación de los sujetos como inherente a su condición ciudadana. Si la ciudadanía se construye sobre uno solo de los cuerpos sexuados de la humanidad, excluirá irremediablemente a las mujeres. La conquista de derechos con relación al propio cuerpo, o para decirlo brevemente, el derecho ciudadano a decidir sobre sí, constituye un punto estratégico en relación a la conmoción del orden patriarcal.


Aún hay otras razones para ello, y específicamente en lo que a las feministas y al movimiento de mujeres en la Argentina se refiere. Si por una parte la cuestión de la ciudadanía está investida de significado estrictamente político, por cuanto se trata de una estrategia ante el amenazante retorno de formas de ejercicio del poder que consideran a los sujetos en tanto súbditos, por la otra la tendencia a restringir la noción de ciudadanía a su dimensión exclusivamente política (un buen antídoto sin lugar a dudas contra la “inflación normativa del concepto”) corre el riesgo, bajo protestas de realismo, de predicar una definitiva subordinación de la política a la economía. Para Danilo Zolo, por ejemplo, los derechos lo son sólo del individuo, y “la ciudadanía produce desigualdad y libertad del mismo modo que el mercado genera desigualdad y riqueza”24. La ciudadanía, en ese caso, obedece a las reglas del mercado. Por decirlo irónicamente, será ciudadano/a, pues, quien disponga de suficientes recursos como para no necesitar derechos.
La aceptación plena de las premisas liberales e individualistas en relación a la ciudadanía conducen, mal que le pese a Zolo, a predicar, sin saberlo y probablemente sin desearlo, un retorno a la barbarie. Efectivamente, una de las tensiones de la ciudadanía es precisamente la de requerir de un mínimo de inserción con vistas al goce de derechos. De allí la importancia de tener en cuenta la tensión, y no la mutua exclusión, entre economía y política.
La consideración puramente política de los derechos deriva en su configuración como privilegios. En la Argentina, por ejemplo, la adquisición de derechos generizados se produjo bajo el signo del triunfo político y económico del neoliberalismo. El desfondamiento de las condiciones materiales de acceso efectivo a la ciudadanía priva a algunas incluso del derecho a tener derechos. El dilema entre la excepción y la regla retorna como un viejo asunto para la teoría y las prácticas políticas feministas en un país donde las desigualdades sociales se han profundizado. Si por una parte, entonces, la conquista de derechos civiles para las mujeres (a diferencia de lo que sucede en el caso del feminismo norteamericano) constituye un objetivo político de las feministas, es también claro que con ello no basta. Derechos civiles sin políticas públicas, derechos civiles sin garantía de un mínimo de inserción, son en realidad privilegios para pocas.
Por otra parte, sin el derecho muchas mujeres abortan, y algunas, las beneficiadas por el mercado que dispensa riqueza y pobreza, como dice Zolo, no mueren, no al menos de abortos mal practicados, pero sus actos constituyen no sólo privilegio, sino el objeto de secretos. No secretos de aquellos que protegen la intimidad, sino de esos inconfesables de los que ha estado poblado por siglos el mundo de las mujeres. Inscribir nuestros derechos en el orden de la ley es un objetivo para una política feminista.
Si he de decirlo seriamente, es verdad que desde el advenimiento de la democracia se ha producido un proceso de ciudadanización para ciertas mujeres. Pero las ciudadanizadas no son sino aquellas que en razón de su condición previa podían no sólo portar esos derechos, sino también reclamarlos. Para las otras, las excluidas por el mercado, están las cada vez más fragmentarias políticas sociales en el marco de una situación de creciente corporativización tanto de la economía como de la política. La intensificación de las extracción de excedentes, la expulsión de miles de personas del mercado de trabajo, la conversión del estado en “estado predatorio”, que ya no garantiza la ciudadanización de los sujetos sino que es condición para el saqueo del excedente societario, hace necesaria una consideración simultánea de lo que Marshal llamaba las tres dimensiones de la ciudadanía: derechos civiles, sociales y políticos.
El dilema es pues aceptar que la lucha por la ciudadanización de los diferentes, en este caso las diferentes, nosotras, las mujeres, se inscribe en condiciones que no elegimos. Luchamos por una ciudadanía que tal vez no se diseñó para nosotras y que muy probablemente no nos contemple plenamente. Pero la alternativa es aceptar el grado de renuncia y abstracción que esto implica, o realizar una política de subjetividades desgarradas, marcada por el anhelo, esta vez sí esencialista de hallar en el retorno a la esencia perdida de la feminidad el refugio ante la inclemencia del capitalismo. Si, como dice Françoise Collin, quien tiene el poder puede deconstruirlo, quien jamás lo tuvo tiene por objetivo político conquistarlo. La cuestión de la ciudadanía de las mujeres ha de aceptar grados altos de abstracción y ha de considerar también no sólo las tensiones de la diferencias, sino las mucho más duras antinomias de la desigualdad.
Probablemente mi posición implique una elección tal vez demasiado fuerte en favor de la igualdad, pero parto de la convicción de que es preciso actuar a partir de los medios de los que se disponga para comenzar a modificar la situación de las mujeres. Ello, obviamente, no sin recaudos. La diferencia sexual es y no es política, lo cual nos conduce inevitablemente a estar presentes para obtener resultados que dejan siempre un exceso, un plus sin cubrir, un resultado que, como dice María Luisa Boccia, hace perfectamente visible la excentricidad y la no-inscripción en el orden político de nuestra propia subjetividad.
La cuestión de la ciudadanización de las mujeres plantea sin lugar a dudas un problema para el que no hay una respuesta teórica definitiva. Sólo tanteos conceptuales provisorios, apenas bosquejados en función de la emergencia de nuevas determinaciones y contradicciones en el territorio incierto que limita la subjetividad individual y la constitución de un sujeto político que ya no será uno. Por una parte, se inscribe indudablemente en el estallido de diferencias y reclamos específicos no reducibles a la unidad de “un sujeto”. Por la otra, no puede dejar de atender a los procesos generales, a los aspectos más abstractos y, por utilizar una expresión tal vez muy pasada de moda, estructurales, de la inserción mínima de los sujetos en la sociedad.
Si es indudable que la cuestión de las diferencias ha cobrado visibilidad y relevancia, lo es menos que estas demandas puedan alcanzar un grado de formulación política suficiente como para adquirir fuerza e instalarse en el espacio público articulándose a los conflictos que hoy se juegan en el campo social y económico, es decir, al viejo conflicto de clases, que no por innombrable ha dejado de existir. La desarticulación de las demandas del campo del conflicto social, la apelación a identidades comunitarias o a diferencias culturales o sexuales, la fragmentariedad de los reclamos, muchas veces concluyen en la aceptación, como non plus ultra, de la enunciabilidad de una palabra diferente en un clima de impotencia política. c

Notas
1 Jean Paul Fitoussi, Pierre Rosanvallon , La nueva era de las desigualdades, Bs. As., Manantial, 1997.
2 Fitoussi y Rosanvallon. indican que este tiempo está marcado por dos procesos heredados de la modernidad, por una parte la tendencia a la internacionalización de la economía, por la otra un creciente proceso de individualización de los destinos con su ambigua carga de inseguridad y potencial emancipatorio. La tensión produce un oscurecimiento en la legibilidad de lo social . Las viejas categorías de lectura se muestran impotentes a la hora de descifrar una sociedad que ha perdido homogeneidad
3 Walter Benjamin, “Tesis de filosofía de la historia”, en Para una crítica de la violencia, México, Premia, 1982, p. 108 s.
4 Cfr. Karl Marx, “Sobre la cuestión judía”, en La sagrada familia y otros escritos filosóficos de la primera época, México, Grijalbo, 1958, p. 36 s.
5 No trato de indicar que tal fuera la posición de Thompson. Tanto éste como Raymond Williams procuraban escapar a la reducción de la ideología y los productos culturales a la condición de meros reflejos de la base. Sin embargo las tendencias más recientes en los llamados estudios culturales tienden a olvidar este origen, como dice David Morley “... O’ Connor señala que uno de los rasgos definitorios de la apropiación de los estudios culturales británicos en los Estados Unidos (y su difusión por las academias periféricas, cabría agregar) consistió en perder el sentido del arraigo de los procesos de comunicación en la reproducción social y en la política”, en David Morley, Televisión, audiencias y estudios culturales, Bs. As. , Amorrortu, 1996, p. 17
6 Jean Paul Sartre, “Prefacio”, en Franz Fanon, Los condenados de la tierra, Bs. As., FCE, 1974, p. 8 s.
7 Rossana Rossanda, Las otras, Barcelona, Gedisa, 1982, p. 39
8 El estado de la cuestión presentado por Will Kymlicka y Wayne Norman, “El retorno del ciudadano. Un revisión de la producción reciente en teoría de la ciudadanía”, Agora, Nº 7, invierno de 1997 proporciona un mapeo de las cuestiones del debate actual. Se señalan en el texto algunos de los temas fundamentales, como la crítica de la nueva derecha a la llamada concepción pasiva de la ciudadanía, el desplazamiento de las preocupaciones de los liberales desde los asuntos procedimentales a la necesidad de las virtudes cívicas, y las demandas específicas de las llamadas minorías.
9 Fitoussi y Rosanvallon, Ibídem, p. 119.
10 Toni Negri, Fin de Siglo, Barcelona, Paidós, 1989, p. 21
11 Los filósofos suelen decir en artículos periodísticos, de forma manifiesta, cosas que sonarían excesivamente brutales en el mundo académico. Richard Rorty, en un artículo publicado en Clarín, en agosto de 1996 , titulado “La filosofía y los peligros del siglo XXI” dice : “El problema es que las desigualdades actuales en los niveles de vida no se puede reconciliar con una política socio - económica genuinamente internacionalista ... quienes toman las decisiones económicas.... sostienen que los trabajadores en las democracias industrializadas deben ajustarse los cinturones para ser competitivos con los trabajadores en Singapur o Taiwán... Santurronamente se proclaman interesados en justicia a nivel global. Pero hablar así de justicia suena como una excusa para traicionar a sus compatriotas...”. Con su agudo sentido práctico y un realismo político si se quiere excesivo, dice aquello que Rawls jamás aceptaría : la democracia sólo es practicable en el occidente rico, y así no sólo es, sino debe ser. Las desigualdades son necesarias ... fuera de las fronteras de Estados Unidos, y tal vez también dentro, dado que los pobres, los chicanos, los chinos y los negros no pueden asumir las responsabilidades exigibles a un ciudadano. Si por una parte el pragmatismo de Rorty recuerda sanamente los límites de la razón, por la otra tal vez implica una confianza excesiva en el efecto de mostración del “sueño americano”, producto del esfuerzo y el mérito, para generar los consensos y compromisos de corto plazo en los que consiste, desde su posición, toda política.
12 Giacomo Marramao “ Dialéctica de la forma y ciencia de la política”, en Teoría marxista de la política , México, Cuadernos De Pasado Y Presente, 1981 p. 26
13 Alejandra Ciriza , El Rodaballo, Año 3 nº5, verano de 1996-97.
14 Michael Walzer, “La crítica comunitarista al liberalismo”, Agora Nº 4.verano de 1996. P. 53.
15 Carlos Thiebaut, Vindicación del ciudadano, Barcelona, Paidós, 1998, p. 31.
16 Will Kymlicka y Wayne Norman, Ibídem, p. 10
17 Joelle Affichard y otros , Pluralismo y equidad. La justicia social en las democracias, Bs. Aires, Nueva Visión, 1995, p. 15.

18 Hacen referencia a la dicotomía contractualistas / comunitaristas Walzer y Wolin, lo cual no es de extrañar por cuanto responden a términos aceptados en el campo intelectual anglosajón, pero también Carlos Thiebaut y Joelle Affichard, aun cuando estos últimos deban aclarar de manera más o menos expresa que la distinción cobra , para la tradición continental europea otros sentidos. En mi caso el uso es... simplemente tentativo y si se quiere vigilante. Me temo que, cuando se recurre, y con no poca la frecuencia, a la peculiar interpretación norteamericana de una serie de debates en el campo de la filosofía y la teoría política o feminista se olvida que las formas de lectura se inscriben en campos de problemática. Si es verdad que las categorías teóricas no tienen marcas nacionales, también lo es que cuando de conceptualizar se trata se han de tener en cuenta las determinaciones impuestas por la clase de interrogantes a los que se buscaba responder, y las condiciones bajo las cuales esos interrogantes cobran relevancia a partir de selecciones que no son sólo teóricas. Suponer que la teoría responde sólo al impulso de responder las preguntas de otra o la propia teoría no es sino una versión más de aquella famosa tesis según la cual las ideas vienen de otras ideas, y no de las condiciones prácticas y políticas, de los límites y presiones que el campo del poder estatuye para lo formulable bajo la forma de discurso teórico en el campo intelectual.


19 Sheldon Wolin, “Democracia, diferencia y re - conocimiento”, en La política, Nº1, primer se-mestre de 1996, p. 154.
20 Chantal Mouffe (comp. ) Desconstrucción y pragmatismo, Bs. As., Paidós, 1998
21 Atilio A. Boron, “El Manifiesto Comunista, hoy: lo que queda, lo que falta, lo que ya no sirve”, mimeo
22 Rosi Braidotti, “Théorie des études féministes: quelques expériences contemporaines en Europe”, Les cahiers du grif, Nº 40, Automne, 1990.
23 Pateman ilustra la diferencia entre el patriarcado clásico y el moderno a través del análisis de la polémica entre Robert Filmer y John Locke . Mientras para Filmer el poder político deriva del poder procreativo del padre, Locke escinde familia y política. En el primer caso la familia, y la autoridad ejercida por el padre y esposo proporcionaba la metáfora para explicar la forma de ejercicio del poder político, en el segundo la familia es un espacio separado, discontinuo respecto del mundo de la política. A diferencia de la autoridad paternal, la autoridad política es convencional, y se crea a través del contrato. Cfr. Carole Pateman, El contrato sexual, Barcelona, Anthropos, 1995, Capítulo 4.
24 Danilo Zolo, “La ciudadanía en una era poscomunista”, en Agora, Nº 7, invierno de 1997, p. 111.
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