Teología para universitarios



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ESTA ES NUESTRA FE

Teología para universitarios



Luis González-Carvajal

Índice



1. El pecado original

¿Un fatal error gastronómico?

En busca del origen del mal

El hombre moral en la sociedad inmoral

El corazón de piedra

Un paraíso que pudo haber sido y no fue

El pecado no tiene la última palabra

2. De Dios se supo a raíz de un conflicto laboral

El Éxodo: Una epopeya que nunca existió

«Libertad de» y «Libertad para»

El segundo Éxodo

El tercer Éxodo

3. La ejecución de Jesús de Nazaret

No es posible escribir una biografía de Jesús

¿Qué decir de los milagros?

Un hombre libre

En las manos de Dios

El silencio de Dios

La confianza a pesar de todo

4. Dios rehabilitó al ajusticiado

¿Qué ocurrió realmente?
El significado
Amenazado de resurrección

5. ¡Era el Hijo de Dios!

Concilio de Calcedonia: Los años no pasan en balde


El misterio íntimo de Jesús
Jesús es un hombre
Jesús es el Hijo de Dios

6. El precio de la redención

Una explicación sombría de la redención


Dios no es un sádico despiadado
No hace falta aplacar a Dios
Lo importante es enderezar al hombre
Es el amor, y no el sufrimiento, quien redime
¿Tiene sentido todavía la mortificación?

7. Oye, Dios, ¿por qué sufrimos?

No es Dios quien produce el sufrimiento


Planteando el problema
No maltratar el misterio
El sufrimiento, un compañero inevitable
El recurso al milagro
Dios no es «todopoderoso» todavía
Líbranos, Señor, de los males pasados

8. Ahora nos queda su Espíritu

Antiguo Testamento: El Espíritu Santo con cuentagotas


Cristo, Señor del Espíritu
Quiero ver el rostro de Dios
Más interior que lo más íntimo mío
Pentecostés es la democratización de la encarnación
Espíritu y liberación

9. Cuando Dios trabaja, el hombre suda

El Dios de los hombres impotentes


Dios es Padre, pero no paternalista
Dios es la fuerza de mi fuerza
El hombre es la providencia de Dios

10. En Cristo adivinamos las posibilidades del hombre

Imagen de Dios


Cuerpo y alma
Apertura al otro
Apertura a Dios
Ecce Homo

11. La fe, ¿conocimiento o sensación de Dios?

Sé de quién me he fiado


De la fe a las creencias
Crisis de fe
La fe del carbonero

12. ¿Quién es un cristiano?

¿Una moral más exigente?


¿Cristianos «malgré lui»?
La lección de teología de un marxista
Lo específico cristiano

13. Hablar con Dios

Cuando los niños rezan


Orar no es nunca negociar con Dios
Oración y vida
Oración y alabanza

14. El cristiano en el mundo

La historia tiene una meta


El mundo está preñado de Reino de Dios
No hay dos historias
Los signos de los tiempos

15. Un cristiano solo no es cristiano: La Iglesia

La Iglesia y el Reino de Dios


El retorno de los revolucionarios a la vida cotidiana
La Iglesia, una comunidad de hermanos
La Iglesia, «casta meretriz»

16. Encontrar a Dios en la vida

A Dios no le gustan los espacios cerrados


La vida hecha liturgia
Un templo de piedras vivas

Un sacerdocio «diferente»


Los sacramentos del cristiano

17. Sacramentos para hacer visible el encuentro con Dios

La vida está llena de sacramentos


Los siete sacramentos
Estructura interna de los sacramentos

Los sacramentos, la magia y el seguimiento de Cristo


La necesidad de los sacramentos

18. El cristiano nace dos veces

Los recién nacidos de Dios


Los dolores del segundo nacimiento
Manos vacías, aunque abiertas
Bautismo y libertad
Bautismo e Iglesia
El bautismo de los niños

19. Una moral sin leyes

Ayer, la casuística


Hoy, la moral de actitudes

El pecado no es tanto una transgresión como una traición


La conciencia es juez de última instancia

Una teología moral que ilumine las situaciones de pecado


Ama y haz lo que quieras
;Feliz culpa!

20. El retorno del que fracasé

La crisis del Sacramento de la Penitencia


Historia del Sacramento del Perdón
El segundo bautismo
El perdón se hace visible
El precio del perdón
El encuentro reconciliador
La confesión frecuente
La fiesta de la reconciliación

21. La eucaristía anticipa un mundo diferente

La cena pascual


La eucaristía hace presente la salvación que «ya» ha llegado
La presencia real de Cristo
La eucaristía recuerda que la plenitud de la salvación “to­ davía no” ha llegado
Importancia política de la eucaristía

22. La «otra» vida

¿Vida después de la vida?

El juicio, una fiesta casi segura

El cielo: Patria de la identidad

La suerte de estar en el purgatorio

«Existe el infierno, pero está vacío»



23. El verdadero rostro de María

La anunciación

Concepción virginal

María y las esperanzas de Israel

María, modelo del discipulado cristiano

María y las mujeres

María y los pobres

Theotokos

Concepción Inmaculada

Asunción



3

La ejecución

de Jesús de Nazaret
Hemos visto en el capítulo anterior cómo los continuos fracasos del pueblo judío mostraron claramente que sólo Dios podía abrir de nuevo una historia bloqueada. Pues bien. Dios lo hará enviándonos a su Hijo y llenándonos de su Espíritu.
Por desgracia, sabemos muy pocos detalles de la vida de Jesús de Nazaret. Los testimonios no cristianos sobre él son escasísimos. Por ejemplo, Flavio Josefo, un historiador judío de aquella época, se limita a mencionarle de pasada en un libro que escribió hacia el año 93 ó 94:
«Anán reunió el sanedrín e hizo comparecer a Santiago, hermano de Jesús llamado el Cristo, y con él hizo comparecer a varios otros. Los acusó de ser infractores de la ley y los condenó a ser apedreados»1.
En el mismo libro hay un párrafo mucho más expresivo, pero todo hace suponer que se trata de una interpolación hecha por algún cristiano:
«Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, si es lícito llamarlo hombre, porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y muchos gentiles. Era el Cristo. Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, porque se les apareció al tercer día resucitado; lo profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él. Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos»2
Hacia el año 116 ó 117 Tácito emite este juicio bien poco amistoso:
«Cristo había sido ejecutado en el reinado de Tiberio por el procurador Poncio Pilato; la execrable superstición, momentáneamente reprimida, irrumpía de nuevo no sólo en Judea, origen del mal, sino también por la Ciudad (de Roma), lugar en el que de todas partes confluyen y donde se celebran toda clase de atrocidades y vergüenzas»3.
Y, si exceptuamos las fuentes cristianas, no hay más tes­timonios de aquella época sobre Jesús. Semejante escasez —aun siendo conscientes de que entonces se escribía mucho menos que hoy y además se han perdido todas las crónicas de la época imperial excepto las de Tácito y Suetonio— nos hace pensar que la grandeza de Jesús no fue una grandeza capaz de ser apreciada con los criterios de «este mundo».
Cuando escribe Pablo que Dios ha escogido lo que al mundo le parecía débil y necio para avergonzar a los listos (1 Cor 1, 27-28), da la impresión de que podría aplicarse no sólo a los primeros cristianos, sino también al mismo Cristo que pasó tan desapercibido para los historiadores de la época.

No es posible escribir una biografía de Jesús
El hecho es que, si queremos saber detalles concretos de la vida de Jesús, no tenemos más remedio que recurrir a las fuentes cristianas —los Evangelios y los demás escritos del Nuevo Testamento, por ejemplo—, pero en éstos topamos con el problema que ya hemos encontrado en los capítulos anteriores: La historia aparece tratada con excesivas libertades.
En la novela de Nikos Kazantzakis que sirvió de base a «La última tentación de Cristo», la polémica película de Martin Scorsese, se ve continuamente a Mateo con una libreta en ha mano para tomar nota exacta de cuanto va ocurriendo y poder escribir un evangelio lleno de exactitud histórica. Incluso se le aparece un ángel para dictarle al oído los detalles de la infancia de Jesús que él no tuvo ocasión de conocer personalmente4.
Pues bien, las cosas no fueron así en absoluto. Los após­toles reconocieron en Jesús al Hijo de Dios únicamente a partir de su resurrección, pero, convencidos de que lo era ya desde el nacimiento, quisieron contarnos su vida de forma que nosotros no tardáramos tanto como ellos en descubrirlo. Recordemos que el talante midráshico no vacila en dejar correr la fantasía para servir mejor a la teología que a la historia.
Y ahora es muy difícil separar en cada caso los hechos y palabras que realmente son históricos del ropaje midráshico con que han llegado hasta nosotros. Seleccionar los «ipsissima verba et facta Iesu» (las mismísimas palabras y obras de Jesús) es una auténtica cruz para los exegetas, a pesar de que el Nuevo Tes­tamento, traducido a mil quinientas lenguas, es, sin duda. eh libro más y mejor analizado de toda la historia de la literatura.
Hoy existe la convicción generalizada de que es imposible escribir una biografía detallada de Jesús.
Por no saber, ni siquiera sabemos exactamente cuándo na­ció. Probablemente fue el año 6 ó 7 a.C. Desde luego, «en tiempos del rey Herodes» (Mt 2, 1) y, por tanto, antes del año 4 a.C., fecha en que falleció Herodes 1. De modo que por error de Dionisio el Exiguo —abad de un monasterio romano al que se encomendó en el siglo VI hacer los cálculos para implantar el calendario cristiano— nos encontramos con la pa­radoja de que Cristo nació «antes de Cristo».
Tampoco consta que naciera el 25 de diciembre. En esa fecha celebraba el mundo romano la fiesta del dios Sol, y al cristianizarse el Imperio se empezó a conmemorar en su lugar el nacimiento de Jesús, simplemente porque alguna fecha había que elegir y, al fin y al cabo, «Cristo es nuestro nuevo sol»5

Cabe incluso la posibilidad de que Jesús no naciera en Belén, sino en Nazaret; pero siendo este lugar irrelevante desde el punto de vista teológico (cfr. Jn 1, 46), Lucas adelantó unos años el censo de Augusto —que realmente debió ser el año 6 d.C.— para que pudiera nacer en Belén (2, 1-7), donde «debía» nacer: «Tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti ha de salir aquel que ha de dominar en Israel» (Miq 5, 1; cfr. Mt 2, 4-6).



¿Qué decir de los milagros?
Tampoco es fácil determinar con exactitud cómo fueron los milagros de Jesús.
Desde luego, parece indudable que en él se dieron acciones singulares que sus enemigos atribuyeron a «causas diabólicas» (Mc 3, 22) y sus discípulos al poder de Dios. De hecho, el Talmud (siglo IV) dice de Jesús que «practicó la hechicería y sedujo a Israel»6, y San Justino se queja de que los judíos «tuvieron el atrevimiento de decir que era un mago y seductor del pueblo»7.
Los evangelios narran con detalle más de treinta milagros realizados por Jesús (tres resurrecciones, ocho milagros sobre ha naturaleza —como la tempestad calmada o la transformación del agua en vino— y veintitrés curaciones). Además hablan de forma genérica de «otras muchas» curaciones.
Pero resulta difícil determinar cómo transcurrieron los he­chos porque en has narraciones evangélicas observamos el mis­mo proceso de amplificaciones sucesivas a partir de un sobrio relato inicial que ya vimos en las plagas de Egipto: Se pasa de un enfermo (Mc 10, 46; 5, 2) a dos (Mt 20, 30; 8, 28); de cuatro mil alimentados (Mc 8,9) a cinco mil (Mc 6, 44); de siete canastas sobrantes (Mc 8, 8) a doce (Mc 6, 43)...
Sí está a nuestro alcance, en cambio, interpretar correc­tamente el significado de los milagros. El mejor camino para ello es comparar los milagros evangélicos con otras colecciones de «milagros». Disponemos de varias, porque en aquel tiempo los magos gozaban de general credibilidad (el hecho de que todo un naturalista como Plinio afirme con absoluta seriedad que cierta planta judía no florecía los sábados puede hacernos intuir hasta dónde llegaba la credulidad de los contemporáneos de Jesús).
Los contrastes hablan por sí solos. En las colecciones de milagros ajenas al Evangelio es fácil encontrar:
1. Milagros curiosos, teatrales y jocosos, como el descrito en la tercera inscripción del templo dedicado a Esculapio en Epidauro: Istmonike pidió quedar embarazada, y se he cumplió el deseo. Como al cabo de tres años no había dado todavía a luz, volvió al santuario y Esculapio he explicó que ella sólo había pedido un embarazo, no un parto.
2. Milagros lucrativos. En la cuarta inscripción de dicho templo consta cómo el mismo Esculapio fijó los honorarios que debía percibir por complacer a sus «clientes».
3. Milagros punitivos, normalmente por desconfiar o no pagar diligentemente los honorarios 9
4. Y hasta milagros para alcanzar fines inmorales o amores ilegítimos, como los que podemos encontrar en los Diálogos de Luciano de Samosata
Pues bien, resulta obvio que los Evangelios nos trasladan a un paisaje diferente; tanto es así que ni siquiera suelen emplear la palabra thauma («milagro»). Juan habla casi siempre de se­meia («signos», «señales») y, de hecho, Jesús se queja de que los hombres valoren habitualmente sus milagros por la utilidad que les reportan, sin llegar a captar su significado último: «Vo­sotros me buscáis no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis hartado» (Jn 6, 26).
Puesto que Jesús pretende comunicar un mensaje a través de sus milagros, procede a una cuidadosa selección de los mis­mos. Rechaza como tentación satánica los que no pasarían de ser una simple exhibición personal (Mt 4, 1-11; Lc 11, 29); y a Herodes, que esperaba asistir a una demostración de su poder, ni siquiera le dirige la palabra (Lc 23, 8-9).
Sus milagros son, por el contrario, para vencer los diversos males que afligen al hombre (enfermedad, hambre, muerte...); son —para decirlo de una vez— signos que manifiestan la pre­sencia del Reino de Dios. Por eso, cuando le preguntan los discípulos del Bautista si él es el Mesías que había de venir o tienen que seguir esperando a otro, responde: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los sordos oyen; los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva» (Mt 11, 4-5).
Precisamente porque sus milagros hacen presente el Reino de Dios y éste es un don gratuito de Dios, Jesús jamás pide una recompensa por sus curaciones y desea que sus discípulos obren de la misma manera: «Gratis lo recibísteis, dadlo gratis» (Mt 10, 8).
De ha misma forma, puesto que el Reino de Dios es salvación para la humanidad, sus milagros tampoco tienen nunca el carácter de castigo o venganza, y cuando los discípulos hablan de pedir que baje fuego del cielo sobre un pueblo que no le había querido recibir, les reprendió: «No sabéis de qué Espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos» (Le 9, 55).
Así, pues, la aparición de un mundo nuevo explica los milagros de Jesús: Son anticipos de la victoria definitiva del bien sobre el pecado, la enfermedad y la misma muerte. Si Juan los llamaba semeia («signos»), Marcos los llama dvnamis («fuer­za») del Reino.
Un hombre libre
Esa fue la gran noticia que trajo Jesús a la humanidad: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1, 14-15).

Él nunca explicó apodícticamente qué era el Reino de Dios. Lo mostró con su vida y con sus obras: Una nueva forma de existencia en la que cualquier hombre será hermano para otro hombre porque todos reconocerán a Dios como Padre: donde habrán desaparecido las enfermedades y hasta ¡a muerte habrá sido vencida.., en resumen: La salvación.

Al dar un valor absoluto al Reino, Jesús relativizó todo lo demás. Debido a eso se caracterizó por una insobornable li­bertad:

Se mantuvo libre frente al dinero y lo inculcó así a los suyos:


«No andéis preocupados por vuestra vida, qué co­meréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis... Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las ali­menta... Buscad primero el Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6, 25-33).
Se mantuvo libre frente a la ambición de honores y poder:
«Dándose cuenta de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo» (Jn 6, 15).
Se mantuvo libre frente a los poderosos, a los que no parecía temer en absoluto:
«Le dijeron: Herodes quiere matarte (...) y él les dijo: Id a decir a ese zorro...» (Lc 13, 3 1-32).
Se mantuvo libre frente a los lazos familiares exclusivistas:
«¿Quién es mi madre y mis hermanos? (...) Todo aquel que cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3, 33-35).
Se mantuvo libre frente a cualquier grupo político o re­ligioso:
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos.,.!» (Mt 23, 13-32).

«Había tapado la boca a los saduceos...» (Mt 22, 34).


Se mantuvo libre frente a la ley:
«Habéis oído que se dijo... pues yo os digo...» (Mt 5, 21 y ss).

«Quedaron asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los es­cribas» (Mc 1, 22).


Se mantuvo libre frente a los ritos religiosos.’
«El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27).

Y es que la libertad de Cristo era la del que nada tiene que perder:

«No hay nada que dé tanta libertad de palabra, nada que tanto ánimo infunda en los peligros, nada que haga a los hombres tan fuertes como el no poseer nada, el no llevar nada pegado a sí mismo. De suerte que quien quiera tener gran fuerza, abrace la pobreza, desprecie la vida presente, piense que la muerte no es nada. Ese podrá hacer más bien a la Iglesia que todos los opulentos y poderosos; más que los mismos que imperan sobre todo»”.
En las manos de Dios
Cristo también experimentó, naturalmente, el drama de todo hombre libre: Sentirse solo a pesar de estar rodeado de gente.
Sus mismos discípulos no le acababan de entender:
«No habían comprendido (...) sino que su mente estaba embotada» (Mc 6, 52).

«¿Con que también vosotros estáis sin inteligencia?» (Mc 7, 17-18).


Llegó a sentirse solo incluso entre quienes le seguían:
«Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre» (Jn 2, 24-25).
Sus mismos familiares llegaron a creer que estaba loco:
«Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: Está fuera de sí» (Mc 3, 21).
Sin embargo, todo lo que sintió de incomunicabilidad ante los hombres lo sintió también de relación personal e íntima con Dios, El nombre que usaba para referirse a Dios era el vocablo arameo Abbá, «papá». El hablaba con Dios como un niño con su padre, lleno de confianza y seguro, pero, al mismo tiempo, respetuoso y pronto a obedecer.
El silencio de Dios
Su tiempo le pasó la factura. Pretender implantar el Reino de Dios era una amenaza contra el viejo mundo y el estilo de vida de sus habitantes:
«Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se en­frenta a nuestro modo de obrar (...) es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de todas (...) Se aparta de nuestros ca­minos como de impurezas (,..) condenémosle a una muer­te afrentosa» (Sab 2, 12-20).
Ocurrió algo curioso: Grupos cuya enemistad parecía irre­conciliable se unieron frente a Jesús: los fariseos porque rompía todos sus esquemas (cfr. Lc 15, 2), el Procurador romano porque defendía el pan de sus hijos (cfr. Mt 27, 24), los sacerdotes «porque le tenían miedo» (Mc 11, 18)... En definitiva, que todos se confabularon contra el inocente:
«Antes de que perezca la nación entera, es preferible que uno muera por el pueblo» (Jn 11, 50).
Su condena no fue un error. Murió como un delincuente:

«Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir» (Jn 19, 7). En un mundo como el nuestro no hay lugar para los profetas. ¡Incluso Barrabás fue preferido a Jesús (cfr. Mt 27, 20-22)! Ese bandido trastornaba menos la vida cotidiana y los negocios de la gente que Jesús.


La muerte de Jesús fue el precio de su libertad. No tenía nada de diplomático ni era «hombre de equilibrio». Pilato se extrañó de que no buscase ninguna cobertura, esperaba cierta­mente que Jesús apelase a su clemencia, Habría sido una ocasión excelente para mostrar su poder (los ricos saben perdonar mu­chas ofensas a quienes les van a pedir dinero o recomendación). Todo indica que una petición suficientemente humilde habría bastado para satisfacer la vanidad del representante romano:
«¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?» (Jn 19, 10).
Jesús fue víctima consciente y deliberada de su radicalismo. En esta tierra sólo se salva quien acepta negociar.
Entre los suyos cundió el desánimo: «La muerte del pastor dispersó a las ovejas» (Mt 16, 31). Y no es para menos: «La mort est nécessairement une contre-révolution», se leía en mayo de 1968 en un mural de París.
Y Jesús tuvo que afrontar solo la muerte porque todos le abandonaron. Llegó a mendigar consuelo en Getsemaní cuando fue por tres veces en busca de sus discípulos y los encontró dormidos (Mt 26, 36-46).

Era costumbre ofrecer al condenado, antes de la crucifi­xión, un brebaje de vino muy aromatizado para adormecerlo y atenuar sus sufrimientos. Jesús se negó a beberlo (Mt 27, 34). Quiso apurar el cáliz hasta las heces. En su final se hizo presente todo lo que hace de la muerte algo aterrador: el sufrimiento corporal (los crucificados morían después de largo tiempo de agotamiento y dolor: tres horas en el caso de Jesús), la tremenda injusticia con que se le condenó, la burla de los enemigos, el fracaso de la obra de su vida, la traición de los amigos... Y, sin embargo, lo peor no fue nada de eso.


En el Antiguo Testamento existía una convicción muy arrai­gada que podría expresarse así: No temas, cuando uno es fiel. Dios acude a salvarle y no le oculta su rostro. Todo el libro de Daniel es una exposición de este principio (una vez más: con el estilo que corresponde a una cultura narrativa): a los tres muchachos judíos que se niegan a comer alimentos prohibidos los engorda Dios milagrosamente (1, 3-15), el fuego no toca a Azarías y sus compañeros que fueron arrojados al horno por no postrarse ante la estatua de Nabucodonosor (3, 46-50), Daniel sale vivo del foso de los leones al que le habían arrojado por no rezar a Darío (6, 1-25), Susana es librada de las falsas acu­saciones contra su honra (13), etc., etc,
Tanto Jesús como sus verdugos compartían el principio de que Dios salva siempre al inocente. Por eso llega la prueba de fuego cuando se mofan de él diciendo:
«Sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz» (Mt 27, 40).

«Ha puesto su confianza en Dios: Que le salve ahora, si es que de verdad le quiere, ya que dijo: Soy Hijo de Dios» (Mt 27, 43).


Pero Dios guardaba silencio. Un silencio atroz que parece dar la razón a quienes le habían condenado,
Ese es el momento más duro de la muerte de Cristo. Se pone a prueba lo que había sido su único apoyo en vida: La conciencia de Hijo frente a su Abbá, Y en la desesperación se le escapa un grito terrible:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34).
Aquí está lo específico de la muerte de Cristo: No en morir como un profeta, que es una muerte gloriosa, sino en morir como Hijo abandonado. Al Bautista le mató Herodes, y esto permitía leer su muerte como un martirio. A Jesús le matan los representantes de Dios (los sacerdotes), y con ellos todos, mien­tras Dios calla.
En general los artistas cristianos han representado a Jesús en la cruz con expresión de paz y serena dignidad. Sin duda se acercó mucho más a la realidad Hans Holbein cuando pintó el cadáver de un hombre lacerado por los golpes, hinchado, con unos verdugones tremendos, sanguinolentos y entumecidos; los ojos grandes, abiertos, dilatados, con las pupilas sesgadas y brillando con destellos vidriosos, que le daban cierta expresión de estulticia...
Un personaje de Dostoyevsky decía: «¡Ese cuadro! ¡Ese cuadro puede hacerle perder la fe a más de una persona!». Y, de hecho, los apóstoles fueron los primeros en ver que su fe se tambaleaba.
La confianza a pesar de todo
Sin embargo, Jesús se sobrepuso y murió diciendo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46)

Realmente, ya estaba implícita esa manifestación de con­fianza en la queja anterior («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») puesto que se trata de la primera frase del salmo 22, y para la espiritualidad judía citar el comienzo de un salmo equivale a citar el salmo entero. Ese salmo expresa la convicción de que Dios está cerca incluso en aquellos momentos en que resulta muy difícil experimentar su presencia (léanse los versos 25-30).

Y así murió el Hijo de Dios. ¡Qué contraste con las muertes de Moisés, Buda, Confucio...! Todos ellos murieron en edad avanzada, coronados de éxitos a pesar de los desengaños, ro­deados de sus discípulos y seguidores. En el Calvario apren­demos que quien quiera creer en el Dios de Jesús quizás no deba esperar el destino de Daniel o de Susana, sino el de Jesús.

La cruz de Cristo coloca al cristiano, paradójicamente, en una situación muy parecida a la del ateo: Ninguno de los dos puede vivir esperando soluciones mágicas de Dios.


........................
1. JOSEFO, Flavio, Antigüedades de los judíos, lib. 20. cap. 9. n. 1 (Ed. Che, Tarrasa, t. 3, 1988, p. 342).

2. JOSEFO. Flavio, Ibidem, lib. 18, cap. 3, n. 3 (ed. cit. p. 233).

3. TACITO. Publio Cornelio, Anales, lib. 15, n. 44 (Gredos, Madrid, 1980, t. 3, pp. 244-245).

4. Cfr. KAZANTZAKIS, Nikos. La última tentación. Debate. Madrid, 1988, p. 439.

5. AMBROSIO DE MILAN, Sermón 6 (PL 17, 614).

6. TALMUD BABILONICO, Tratado Sanhedrín, 43 a.

7. JUSTINO, Diálogo con Tr(fón, 69, 7 (RUIZ BUENO, Daniel, Padres apologistas griegos, BAC, Madrid, 1954, p. 429).

8. Cfr. HERZOG, R., Die Wunderheílun gen von Epidauros, Leipzig, 1931.

9. Es de notar que en el Antiguo Testamento sí que aparecen milagros punitivos. Recordemos cómo Eliseo maldijo a Unos niños pequeños que se burlaban de su calva y salieron del bosque Unos osos que devoraron a cuarenta y dos niños (2 Re 2, 23-24). Lo mismo ocurre en los evangelios apócrifos (es decir, evangelios que la Iglesia nunca reconoció como inspirados). Por ejemplo, el evangelio del Pseudo­Tomás (14, 3) presenta un Niño Jesús convertido en peligro público: con sus maldiciones quita la vida a un muchacho que chocó contra él, al maestro que le pegó en la cabeza.., hasta el extremo de que San José tiene que pedir a María que «no le deje salir de casa para evitar que todos los que he contrarían queden muertos» (SANTOS OTERO, Aurelio, Los evangelios apócrifos, BAC. Madrid, 2. ed., 1963, p. 298).

10. LUCIANO DE SAMOSATA, Philopseudes, 14 (Obras de Luciano de Samosata, t. 2, Gredos, Madrid, 1988, pp. 206-207).

11. JUAN CRISOSTOMO, Homilía II sobre Priscila y Aquila. 4 (PG 51, 203).

12. DOSTOYEVSKI, Fiodor M., El idiota (Obras completas. t. 2, Aguilar, Madrid, 9. ed., 1973, p. 666).

4

DIOS REHABILITÓ AL AJUSTICIADO
"Muerto el perro se acabó la rabia", debieron pensar a la vez los fariseos, los sacerdotes y los romanos en aquel primer viernes santo de la historia.

Sin embargo, algo ocurrió en seguida que revolucionó todo. Como dirá Festo, por culpa de "un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que vive" (Hech 25, 19).

Es sabido que para Aristóteles "fue la admiración lo que inicialmente empujó a los hombres a filosofar''1. También la teología cristiana, y la Iglesia misma, tuvieron su origen en el asombro de los discípulos al encontrar vivo al que creían muerto. El asombro de la filosofía palidece ante el asombro de la teología.
¿Qué ocurrió realmente?

En el oratorio de Rodion Stschedrin "Lenin en el corazón del pueblo", el guardia rojo, junto al lecho de muerte de Lenin, canta: "¡No, no, no; no puede ser! ¡Lenin vive, vive, vive!" Es decir, Lenin vive porque su causa sigue adelante y su recuerdo no se ha apagado.

¿Qué diremos de Cristo? ¿Simplemente que está vivo porque después de dos mil años tiene el honor de "cubrir" dos veces en un solo año la portada de "Time"?; ¿porque tras la presuntuosa afirmación del beatle John Lennon en 1966 de que "Los Beatles son más populares que Jesucristo", se disolvió el famoso conjunto y, cinco años después, uno de sus antiguos componentes, George Harrison, cantaba "My sweet Lord, I really want to know you" (Mi dulce Señor, necesito realmente conocerte)? ¿Recordamos a Cristo como a Sócrates, Confucio, Buda, etcétera: Los "hombres normativos" de los que habla Karl Jaspers?

De ninguna manera: Se trata de mucho más. La causa de Lenin podía seguir adelante sin su protagonista, pero no pasa lo mismo con la causa de Jesucristo. La doctrina y la vida de Jesús de Nazaret no pueden separarse. Por eso en la polémica Bergmann-Bultmann decía el primero: "Jesús no ha 'resucitado' como Goethe" 2.

Debemos afirmar rotundamente que Jesús no vive porque su causa sigue adelante, sino que sigue adelante su causa porque vive.

Sin embargo, a la vez, debemos aclarar que no vive igual que nosotros. Recientemente fueron descubiertos en los alrededores de Jerusalén los huesos de un crucificado -uno de tantos como hubo- de casi dos mil años de antigüedad 3. No faltó quien se preguntase: ¿Y si fueran los restos de Jesucristo? ¿Qué pasaría entonces con la fe en la resurrección?

Semejante pregunta denota un error grosero en la concepción que muchos cristianos tienen de la resurrección de Cristo. Piensan que consistió en la revivificación de su cadáver. Sin embargo, debemos afirmar con claridad que hay una diferencia fundamental entre la resurrección de Jesús y la de Lázaro (/Jn/11/01-44), aunque designemos a ambas con el mismo término.

Lázaro volvió a la vida de antes; simplemente se le concedió una prórroga para morir. Jesús, en cambio, "ya no muere" (Rom 6, 9) porque no volvió a esta vida, sino que "entró en su gloria" (Lc 24, 26). Mientras a Lázaro hay que soltarle las vendas para que pueda moverse (Jn 11, 44), como a cualquier ser humano, el Resucitado se presenta en medio de sus discípulos sin abrir las puertas (Jn 20, 19 y 26). Y es que el cuerpo de Cristo resucitado no es como el cuerpo físico que tenía antes de morir. San Pablo dedica casi una veintena de versículos (1 Cor 15, 35-53) a explicar la diferencia entre los cuerpos físicos y los cuerpos resucitados, tras lo cual uno tiene la impresión de no haberse enterado de nada. Y es que la resurrección carece de analogías. Desde luego, no ha sido el Nuevo Testamento quien ha proporcionado a tantos pintores los datos para representar a Jesús en el momento de salir glorioso de la tumba.

Afirman los evangelistas que nadie presenció la resurrección en si misma 4. Es lógico: Si no hubo testigos de tal acontecimiento es sencillamente porque no podía haberlos. Los cuerpos gloriosos no impresionan la retina. La palabra ófthe, que aparece en textos decisivos (1 Cor 15, 5 y ss.; Lc 24, 34; Hech 9, 17; 13, 31; 16, 9...) se emplea en los LXX 5 para expresar la rnanifestación de Dios o de seres celestes normalmente inaccesibles a los ojos. Santo Tomás de Aquino afirma que los apóstoles vieron a Cristo tras la resurrección "oculata fide" 6: No con los ojos del cuerpo, sino con los "ojos de la fe".

Por eso el Nuevo Testamento resalta expresamente que sólo hubo apariciones a creyentes: Se aparece "no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano" (Hech 10, 41), es decir, a los que creían en él, como los apóstoles, o a los destinados a creer, como Pablo. Si Pilato o Tácito hubieran estado en el lugar en que Jesús se apareció a sus apóstoles, no habrían visto nada. Hacía falta fe.

En este sentido afirmamos que la resurrección de Cristo es un hecho real, realísimo, pero no es un acontecimiento histórico porque nadie lo presenció ni podía presenciarlo. La resurrección de Cristo, afortunada o desafortunadamente, no puede ser probada ni desmentida por la historia. En un artículo cuyo título ya es significativo: "Seguridad pascual sin garantías", escribe el exegeta E. Schweizer: "Existen garantías sobre la consistencia de un puente que se acaba de construir, sobre la exactitud de una operación matemática, (. .) Pero para aquello que constituye el meollo de lo humano nunca hay garantías: no existen garantías para la belleza de un cuadro, para la fuerza arrebatadora de una sonata, para el amor auténtico de una mujer" 7.

Lo más que podríamos decir es que la resurrección de Cristo es un acontecimiento metahistórico porque, sin ser histórico, toca a la historia en cuanto contribuye a modificar los acontecimientos de este mundo y ha sido percibido en sus efectos.

Pero haríamos mejor en decir que es un acontecimiento escatológico. (La escatología se refiere al final. La resurrección de Cristo es final no en sentido cronológico, por ser lo último, sino en sentido cualitativo, por ser algo en sí mismo insuperable y, por tanto, definitivo.)

Nos gustaría poder imaginar cómo fue todo. ¡Desgraciadamente no es posible en absoluto! No sería una vida completamente distinta si pudiéramos representarla con conceptos e imágenes tomados de la vida actual. Con esa dificultad toparon los apóstoles al querer expresar la vivencia que tuvieron y que era inexpresable. Les fallaba el lenguaje y tenían que corregirse a sí mismos constantemente: afirman que el cuerpo resucitado era como antes (Jn 20, 20) y a la vez que no era igual (Jn 20, 15; 20, 19; Lc 24, 16...). Ni siquiera saben qué palabra utilizar: Descubren que "resurrección" es insuficiente y por eso coexiste en el Nuevo Testamento otro lenguaje que habla más bien de exaltación (Flp 2, 9; Hech 2, 36; 5, 30 y ss.; 1 Tim 3, 16; Heb 1, 3; etc.).

La tumba-vacía (Jn 20, 1-10) habría que inscribirla en este contexto de inadecuación del lenguaje. ¿Dijeron los apóstoles que Jesús había resucitado porque encontraron la tumba vacía, o afirmaron que la tumba estaba vacía para expresar que Jesús había resucitado?

Realmente, si la resurrección de Cristo es como la nuestra, y nosotros no dejaremos de resucitar porque nuestros cuerpos queden en la tumba, ningún problema habría en que eso mismo haya ocurrido con el de Jesús. Repitamos una vez más que la resurrección no es volver a esta vida terrena, sino, a través de la puerta de la muerte, pasar a la vida eterna, entrar en una nueva dimensión.


El significado

El primer significado de la resurrección salta a la vista: Dios rehabilitó al ajusticiado.

La muerte de Jesús en la cruz le había convertido a los ojos de todos en alguien maldito (Gál 3. 13). Ahora Dios corrige la sentencia de sus representantes, y éste es el contenido nuclear de la predicación apostólica:
"Vosotros le matasteis clavándole en la cruz (...) Dios le resucitó" (Hech 2, 23-24).
El mensaje de la resurrección revela algo completamente inesperado. A pesar de las apariencias, este Crucificado tenía razón: Era Hijo de Dios y ya no hay quien detenga el avance del Reino.

Ahora, y sólo ahora, entendemos las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12) y el Sermón de la Montaña entero (Mt 5-7): No fue un iluso; al resucitar se convirtió en el "bienaventurado"; es decir, en alguien que se había aventurado bien. A partir de ese momento su amor y su lucha por el Reino se hicieron contagiosos: "El amor de Cristo nos apremia" (2 Cor 5, 14).

La resurrección de Cristo permite dar respuesta a la pregunta para la que ningún humanismo tiene respuesta: ¿Qué sentido tiene perder la vida por los semejantes? O. simplemente: ¿Para qué vivir, si nos morimos?

Unamuno, en un libro cuyo mismo título ya dice mucho, gritaba, rnás que escribía:


"No quiero morirme, no, no, no quiero ni puedo quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que soy y me siento ser ahora y aquí" 8.
Y, rebelde, citaba repetidamente a Sénancour:
"Si nos está reservada la nada, vivamos de modo que esto sea una injusticia." 9
Marx ha prometido para el futuro una sociedad comunista donde habrá sido superada la alienación. Pero, ¿y todos los que morirán sin llegar a verla? ¿Por qué la humanidad de hoy debe ser sacrificada a la que mañana cantará? Además, ¿qué decir del que muere de cáncer, y su muerte -a diferencia del que muere en las barricadas- ni siquiera prepara el canto de mañana? Por otra parte, la futura humanidad feliz no dejará de oír a la muerte cuando diga: "Et in Arcadia ego", o sea, "Yo, la muerte, también estoy en Arcadia". La muerte vendrá a ser el Convidado de Piedra en la sociedad sin conflictos de Marx.

Marx se ve obligado a guardar silencio. Sabido es que, según él, "el hombre no se propone más que aquellos problemas que puede resolver" 10. Y el filósofo marxista Ernst Bloch intenta resolver el problema con la famosa tesis de la extraterritorialidad, que no hace otra cosa que renovar el famoso sofisma de Epicuro: La muerte no tiene por qué preocupar al hombre, pues mientras éste sea, ella no será, y cuando ella sea, aquél no será 11. Pero es un asunto de mucha envergadura para pretender solucionarlo con una frase ingeniosa. ¿Quién me impedirá parafrasear a Bloch y decir: Nada me debe importar la futura sociedad sin clases, porque cuando ella sea, yo no seré; y mientras yo sea, ella no será?

Camus es más coherente que Bloch cuando escribe: "La muerte exalta la injusticia. Ella es el abuso supremo" 12.

Así queda perfectamente reflejado el drama de cualquier humanismo-ateo: Sin resurrección no hay ninguna artropología aceptable para la dignidad de la persona humana. San Pablo lo vio claramente: "Si Cristo no resucitó... isomos los más desgraciados de los hombres! (1 Cor 15, 19).

En cambio, con la resurrección de Cristo todo cambia: Con ella llega la justicia a un mundo en que muertos y vivos piden justicia a gritos; porque El no resucitó por un privilegio irrepetible, sino "como primicias de los que durmieron" (I Cor 15, 20). Cuando nosotros resucitemos, la cosecha estará completa.

Ahora podemos, como Jesús de Nazaret, vivir sin miedo a morir y morir sin perder la vida. Cuando el hombre se analiza en profundidad, descubre que "la raíz de toda obra buena es la esperanza de la resurrección" 13.


Amenazado de resurrección

He aquí el testimonio de un periodista guatemalteco amenazado de muerte:

"Dicen que estoy 'amenazado de muerte'. Tal vez. Sea ello lo que fuere, estoy tranquilo, porque si me matan, no me quitarán la vida. Me la llevaré conmigo, colgando sobre mi hombro como un morral de pastor.

A quien se mata se le puede quitar todo previamente, tal como se usa hoy, dicen: los dedos de las manos, la lengua, la cabeza. Se le puede quemar el cuerpo con cigarrillos, se le puede aserrar, partir, destrozar, hacer picadillo. Todo se le puede hacer, y quienes me lean se conmoverán profundamente con razón.

Yo no me conmuevo gran cosa, porque desde niño Alguien sopló a mis oídos una verdad inconmovible que es, al mismo tiempo, una invitación a la eternidad: 'No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden quitar la vida.'

La vida, la verdadera vida, se ha fortalecido en mí cuando, a través de Pierre Teilhard de Chardin, aprendí a leer el Evangelio: el proceso de la resurrección comienza con la primera arruga que nos sale en la cara; con la primera mancha de vejez que aparece en nuestras manos; con la primera cana que sorprendemos en nuestra cabeza un día cualquiera peinándonos; con el primer suspiro de nostalgia por un mundo que se deslíe y se aleja, de pronto, frente a nuestros ojos...

Así empieza la resurrección. Así empieza no eso tan incierto que algunos llaman 'la otra vida', pero que en realidad no es la 'otra vida', sino la vida 'otra'. . .

Dicen que estoy amenazado de muerte. De muerte corporal a la que amó Francisco. ¿Quién no está 'amenazado de rnuerte? Lo estamos todos, desde que nacemos. Porque nacer es un poco sepultarse también.

Amenazado de muerte. ¿Y qué? Si así fuere, los perdono anticipadamente. Que mi Cruz sea una perfecta geometrfa de amor, desde la que pueda seguir amando, hablando, escribiendo y haciendo sonreír, de vez en cuando, a todos mis hermanos, los hombres.

Que estoy amenazado de muerte. Hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor. . .

Estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos 'amenazados' de resurrección. Porque además del Camino y de la Verdad, él es la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basurero del Mundo..." 14

....................


1 ARISTÓTELES. Metafísica. Iib. 1, cap 2; en Obras, Aguilar. Madrid, 2ª ed., 1977, p. 912.

2 Der Spiegel (11 de abril de 1966) 93.

3 I resti dell'uomo crocifisso, scoperti a Giv ' at ha-Mivtar: La Civiltà Cattolica 3 (1971) 492-498.

4 RS/APOCRIFOS: Es el evangelio apócrifo de Pedro (siglo II) el que hizo un re]ato fantástico de la resurrección: "Vieron los cielos abiertos y dos varones que bajaban de allí teniendo un gran resplandor y acercándose al sepulcro. Y la piedra aquella que habían echado sobre la puerta. rodando por su propio impulso. se retiró a un lado, con lo que el sepulcro quedó abierto y ambos jóvenes entraron. Al verlo, pues, aquellos soldados, despertaron al centurión y a los ancianos, pues también éstos se encontraban allí haciendo la guardia. Y, estando ellos explicando lo que acababan de ver, advierten de nuevo tres hombres saliendo del sepulcro, dos de los cuales servían de apoyo a un tercero, y una cruz que iba en pos de ellos..." (36-39* en SANTOS OTERO, Los evangelios apócrifos, BAC Madrid, 2ª ed., 1963, pp. 389-390).

5 BIBLIA-LXX: Traducción de la Biblia hebrea (Antiguo Testamento) al griego realizada entre los años 250 y 150 a. C. Se llama así porque según una leyenda transmitida por la epístola de Aristeas, fue realizada por 72 judíos (seis de cada tribu) en 72 días

6 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, 3, q. 55. a. 2;

7 Sonntagsblatt (14 de abril de 1968).

8 MIGUEL DE UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida; Obras completas, Escélicer, t. 7, Madrid, 1966, p 136.

9 MIGUEL DE UNAMUNO, o.c., pp. 135, 262, 264...

10 KARL MARX, Contribución a la crítica de la economía política, Alberto Corazón, Madrid, 2." ed., 1978, p. 43.

11 ERNST BLOCH, El principio esperanza, t. 3, Aguilar, Madrid, 1980, p. 287.

12 ALBERT CAMUS, El mito de Sísifo: Obras completas, Aguilar, México, 3ª ed., 1973, t. 2, p. 189.

13 SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis 18, 1; PG 33, 1017.

14 JOSÉ CALDERÓN SALAZAR, Amenazado de resurrección: Actualidad Pastoral (Buenos Aires, mayo 1978).



5

¡ERA EL HIJO DE DIOS!
A partir de la resurrección de Jesús, para los discípulos se hizo evidente que "no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hech 4, 12). Empezaron a llamarle "el Salvador": No había otro. Y esto da que pensar.

Es verdad que Jesús de Nazaret anunció un Dios que se preocupa de los más desvalidos, ofreció un futuro que llamó Reino de Dios y dio la vida por él. Pero apenas veinticinco años después, el emperador romano Nerón condenó a muerte a Séneca por recordarle insistentemente que debía proceder con mayor justicia y misericordia. ¿Por qué decimos que "Jesús nos salva" y no que "Séneca nos salva"?

Más claro todavía: Si habíamos concluido la reflexión sobre el pecado original convencidos de que el hombre, abandonado a sus propias fuerzas, no puede salvarse, y ahora decimos que Jesús nos salva, es imposible eludir este interrogante: ¿Qué relación guarda Jesús de Nazaret con Dios?

En definitiva, estamos frente a la pregunta que Jesús lanzó a los suyos: "¿Quién dicen los hombres que soy yo?" (Mc 8, 27); pregunta que la humanidad lleva siglos respondiendo.

Algunos de sus contemporáneos fueron viendo que era más que Abraham (Jn 8, 53), más que Moisés (Mt 5), más que Jonás (Lc 11, 32), más que David (Mt 22, 45), más que Salomón (Mt 12, 42), más que Jacob (Jn 4, 12), más incluso que el templo mismo (Mt 12, 6)...

Después de la resurrección, la comunidad cristiana manifestó su entusiasmo asignándole multitud de títulos. El Nuevo Testamento ha recogido más de cincuenta: Hijo del Hombre, Señor, Mesías, Cristo, Hijo de David, Siervo de Dios, Salvador, Hijo de Dios, Palabra de Dios... E incluso empezaron a preocuparse por la realidad intradivina de Cristo: Flp 2, 6; Heb 1, 3; Jn 1, 1...

Había nacido la cristología, es decir, el intento de explicar el misterio de Jesús.
Concilio de Calcedonia: Los años no pasan en balde
Una vez concluido el Nuevo Testamento, el proceso de profundización cristológica siguió adelante. La difusión del cristianismo en el ámbito de la cultura helenista exigía expresar la originalidad de Jesús de Nazaret en las categorías de la filosofía griega. Y se intentó. El pueblo entero participaba en los debates teológicos con auténtica pasión. Así refleja san Gregorio de Niza (334-394) las charlas cotidianas de su tiempo:

"Preguntas por el precio del pan y te responden que 'el Padre es mayor que el Hijo y el Hijo está subordinado al Padre'. Preguntas si e] baño está preparado y te responden: 'El Hijo fue creado de la nada'." 1

Tras no pocas vicisitudes, el Concilio de Calcedonia (año 451) concluyó con la conocida fórmula de que en Cristo hay "dos physis (naturalezas), sin confusión, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de physis por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada physis su propiedad y concurriendo en una sola prosopon (persona) y en una sola hypostasis (sustancia)"2.

A partir de ese momento se detuvo el proceso de reflexión cristológica como si se hubiera tocado techo. En vez de seguir el pueblo de Dios, como hasta entonces, reelaborando constantemente su comprensión de Jesús, se fosilizó la fórmula de Calcedonia, que se ha venido repitiendo hasta hoy, traducida literalmente a las lenguas modernas, como si esa fuera la mejor forma de conservar la verdad.

Por desgracia, ocurre justamente lo contrario. Esa fórmula ha perdido hoy gran parte del valor que tuvo en el siglo V, y esto por las siguientes razones:
1. El lenguaje es siempre insuficiente.

Ni por una palabra ni por un conjunto de ellas puedo captar totalmente la realidad. Siempre queda una diferencia entre lo que quiero decir y lo que digo, porque hay una fundamental inadecuación e insuficiencia del lenguaje. Y si esto ocurre al hablar de las cosas humanas, mucho más al pretender referirnos a Dios. Suponer que la fórmula de Calcedonia, o cualquier otra por buena que sea, expresa inequívocamente el Misterio es una ingenuidad, como ya dijo bellamente Agustín:


"Si lo que se quiere decir lo comprendiste, no es Dios; lo que tú has podido abarcar es cosa bien ajena a Dios (...) Si lo comprendes no es él, y si es él, no lo comprendes." 3
2. Las expresiones sólo son traducibles de manera imperfecta.

Muy bien lo expresa el dicho italiano "traduttore, traditore" (traductor, traidor), y no, naturalmente, por mala fe del traductor, sino porque las experiencias vitales de cada pueblo que han dado lugar a su lengua son diferentes, y por eso nunca significan lo mismo un término de un idioma y el que suele emplearse para traducirlo a otro.

Por ejemplo, un caucasiano, cuya relación fundamental de ternura se establece con su propia hermana y, en cambio, a su mujer no la visita nada más que en secreto, sin atreverse jamás a aparecer con ella en público 4, no podrá nunca entender lo que significa para un occidental el término "esposa". La traducción de este concepto entre ambas lenguas, más que difícil, es imposible. El idioma tiene tal poder configurante que Heidegger pudo decir con razón que su filosofía no podía ser originalmente formulada nada más que en lengua alemana.

Ya lo hacía notar Ben Sira en el prólogo que escribió en griego para el libro del Eclesiástico:


"No tienen la misma fuerza las cosas expresadas originalmente en hebreo que cuando se traducen a otra lengua. Cosa que no sucede sólo en esto, sino que también la misma Ley, los Profetas, y los otros libros presentan no pequeña diferencia respecto de lo que dice el original" (vv. 21-26).
Lo que significaban expresiones como physis, hypostasis, etc., para los griegos del siglo v es sencillamente irrecuperable para nosotros. Vivimos otra experiencia cultural.
3. Las palabras van cambiando de sentido.

Con el correr de los siglos, una lengua viva puede llegar a cambiar tanto el significado de sus palabras y proposiciones que acaben significando cosas totalmente diferentes a las originales.

Y así se da el caso curioso de que el Papa san Dionisio condenó en el año 260 a los que afirmaban tres hypostasis en Dios 5, y posteriormente la Iglesia acabó afirmando precisamente eso. La razón es que en poco más de cien años hypostasis dejó de ser sinónimo de physis y empezó a serlo de prosopon.

Como consecuencia de que la teología actual ha tomado conciencia clara del problema, en vez de repetir rutinariamente la fórmula de Calcedonia, se está esforzando por hallar nuevas formulaciones capaces de decir al hombre contemporáneo lo que aquel Concilio dijo al hombre del siglo V. Igual que pasó entonces, la búsqueda no está exenta de pasos en falso y de llamadas de atención por parte del Magisterio de la Iglesia. Aquí sólo podremos desbrozar el camino.


Jesús es un hombre
Desde luego, intentaremos no perder de vista una intuición fundamental que exigió al Concilio de Calcedonia afirmar simultáneamente la humanidad y la divinidad de Jesús:
- Si Jesús no fuera Dios, sino sólo un hombre (aunque fuera el mejor de todos), no podría salvar. San Clemente Romano, allá por el año 150, decía: "Si colocamos a Jesucristo por debajo de Dios, no podemos esperar mucho de él." 6.
Por eso es obvio que no podemos compartir opiniones como la que sigue:
"Creemos que Jesús ha logrado hacer vibrar la parte más preciosa de los hombres. Eso es todo. Por lo demás, poco nos importa creer que Jesús es verdaderamente el hijo de Dios, que ha resucitado, etcétera. Esto cae, podríamos decir, en el terreno de los lujos metafísicos." 7.
- En segundo lugar, si Jesús fuera Dios, pero no hombre, la capacidad de salvar existiría, pero no habría llegado a nosotros.
La dificultad fue siempre cómo afirmar simultáneamente lo divino y lo humano en Jesús, porque existía el miedo de que a más divinidad, menos humanidad (y viceversa). Esa fue la piedra de tropiezo de las constantes herejías cristológicas, que alternativamente caían en un extremo o en el otro como cuando oscila un péndulo: los judeocristianos negaron la divinidad y los docetas la humanidad; Arrio disminuyó la divinidad y Apolinar la humanidad, etc., etc.

Aristóteles cuenta que unos visitantes quedaron tan sumamente decepcionados al ver a Heráclito calentándose junto al fuego que ya no quisieron saber nada más de él. Les parecía que calentarse era indecente en un filósofo. Algo parecido ha ocurrido con Jesús de Nazaret. El Evangelio más antiguo -el de Marcos- hablaba con toda naturalidad del hombre Jesús (lloraba, se sintió solo, se creyó abandonado por su Padre en el Calvario...), pero debieron causar tal malestar en los creyentes semejantes "debilidades" que los escritos posteriores fueron silenciándolas para que pareciera "más divino".

El proceso no se detuvo ni mucho menos en los escritos del Nuevo Testamento. San Clemente de Alejandría llegó a negar en Cristo... ¡incluso una verdadera digestión y evacuación de la comida!

Fácilmente se ve que así acabamos reduciendo la humanidad de Cristo a una especie de gabán que Dios se pone encima para pasearse "de incógnito" por la tierra pareciendo un hombre; pero, naturalmente, de hombre sólo tendría la apariencia 8.

Hoy ese problema debería estar resuelto. Las críticas de los humanismos recientes nos han hecho comprender que Dios no puede anular al hombre, sino todo lo contrario 9.

Dejemos claro, pues, que Jesús fue un hombre, sin miedo de que así no podamos afirmar después su divinidad, porque, como dice Boff, "sólo Dios puede ser tan humano" 10.


Jesús es el Hijo de Dios
Y ahora asomémonos "con temor y temblor" al misterio profundo que se manifestó en ese hombre.

Parece claro que Jesús tenía conciencia de su intimidad con Dios:


- En el Antiguo Testamento se atribuyen ciertos milagros a los profetas, pero siempre los hacen "en nombre de Yahveh". En cambio, Jesús los hace en su propio nombre: "A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa" (Mc 2, 11); "Joven, a ti te digo, levántate...'' (Lc 7, 14).

- Junto a (e incluso "en lugar de") la palabra de Dios pone la suya propia: "Habéis oído que se dijo (por Dios) a los antepasados... pues yo os digo..." (Mt 5, 21 y ss.).

- Se arroga el derecho de decir a una persona concreta: "Tus pecados te son perdonados", lo que escandaliza a muchos: "Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?" (Mc 2, 7).

- Hace valer unas pretensiones que sólo Dios puede tener respecto de los hombres: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí" (Mt 10, 37), "el que pierda su vida por mí, la encontrará" (Mt 10, 39).


Tras la resurrección, los discípulos se empezaron a relacionar con él como podrían hacerlo con Dios:
- Igual que Jesús se había dirigido al Padre en el momento de la crucifixión, Esteban se dirige a Jesús cuando le están quitando la vida: "Señor Jesús, recibe mi espíritu (...) Señor, no les tengas en cuenta este pecado" (Hech 7, 59-60).

- Los cristianos serán conocidos como "los que invocan a Jesús" (Hech 9, 14 y 21), lo cual es significativo porque el Antiguo Testamento promete la salvación a los que invocan el nombre de Dios.

- En nombre de Jesús -y no en nombre de Dios como los profetas del Antiguo Testamento- Pedro cura al tullido de la Puerta Hermosa (Hech 3, 6).
Pero, a pesar de todo eso, evitaron llamarle "Dios". Casi siempre utilizaron expresiones menos directas: "Hijo de Dios" (Mc 1, 1) "Palabra de Dios" (Jn 1, 1), "Imagen de Dios" (2 Cor 4, 4; Col 1, 15)... Y en las seis únicas ocasiones en que le llaman Dios se cuidan muy bien de no hacerlo como lo hacen con el Padre: El Padre es siempre ho Theos ("el" Dios), y Jesús es Theos, sin artículo.

Podríamos traducir todo eso diciendo que Jesús es aquel ser que resulta cuando Dios se autoexpresa (encarna) de manera definitiva e insuperable; cuando Dios se aliena para poder ser visible ante el hombre y empieza a ser otro sin dejar de ser él mismo.

Ya desde san Agustín suele decirse así: Jesucristo es el sacramento de Dios 11. Anticipemos que sacramento es un signo visible de algo invisible y que además hace realmente presente aquello que significa. Pues bien, Jesús es la "Imagen de Dios invisible" (/Col/01/15) y le hace realmente presente, tanto que "en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo" (2 Cor 5, 19). Cuando Jesús habla, perdona o alienta, es Dios quien habla, perdona o alienta. Por eso puede decir a Felipe: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14, 9).

La afirmación "Jesús es sacramento de Dios" ha circulado frecuentemente entre nosotros en una versión taquigráfica: "Jesús es Dios". Indudablemente, se trata de una expresión correcta, pero, transmitida de unos a otros como una "píldora catequética" de la que no importa ignorar su contexto, puede producir malentendidos.

La Iglesia ha trazado una frontera, que no debemos` traspasar, al condenar el monofisismo, para el cual lo humano de Jesús se disolvería en lo divino como una gota de vinagre en el océano y quedaría exclusivamente la naturaleza divina 12. Ni que decir tiene que un Jesús monofisita sería tan mitológico como aquellos dioses que, según el canto XX de La Ilíada, bajan a Troya para comer, cantar y, si se tercia, llegar a las manos.

Lo lamentable es que hay cristianos que se creen paladines de la ortodoxia y entienden en sentido monofisita la frase "Jesús es Dios", porque identifican sin más el sujeto y el predicado. Eso se puede hacer cuando decimos "el Padre es Dios" (o "el Hijo es Dios", o "el Espíritu Santo es Dios"), pero no cuando decimos "Jesús -el Hijo encarnado- es Dios", por más que gramaticalmente parezcan iguales las cuatro frases. Como dice el P. Rahner: "No todo el que se escandaliza de la frase 'Jesús es Dios' tiene que ser por ello heterodoxo. Si ya la fe es un misterio, no la gravemos encima con tergiversaciones mitológicas." 18.

....................
1 SAN GREGORIO DE NIZA. Rede über die Göttlichkeit des sohnes, cit. por AFRED LAPPLE, Jesús de Nazaret, Paulinas, Madrid; 2ª ed, 1973, p. 88.

2 Dz 302 (148)

3 SAN AGUSTíN, Sermón 52, 16: PL 38, 360; en Obras de san Agustín, BAC, Madrid, t. 8, 1950, P. 65.

4 Cfr. CLAUDE LÉVI-STRAUSS, Antropología estructural, Eudeba, Buenos Aires, 6ª ed. 1976. pp. 40-41.

5 Dz 112 (48).

6 SAN CLEMENTE ROMANO. Segunda carta a los corintios, 1, 1-2; en Padres Apostólicos. BAC, Madrid, 2ª ed. 1967, p. 357.

7 CLAUDE POULAIN y CLAUDE WAGNON, Et vous, qui dites-vous que je suis?: La Lettre 102 (1967) 19.

8 Esa es la postura del docetismo, herejía de los primeros siglos del cristianismo cuyo nombre viene del griego doqeo (="parecer").

9 Cfr. más adelante el capítulo titulado "Cuando Dios trabaja, el hombre suda".

10 LEONARDO BOFF, Jesucristo el Liberador. Ensayo de cristología crítica para nuestro tiempo, Sal Terrae, Santander, 1980, p. 189.

11 SAN AGUSTIN, Carta 187, 34, PL 33, 845, en Obras de san Agustin, BAC, t. 11, Madrid, 1953, pp. 730-733.

12 Monofisismo viene del griego mono-physis ( = una naturaleza).

13 KARL RAHNER Curso fundamental sobre la fe, Herder, Barcelona, 1979, pp. 340-341.


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