Temas de schoenstatt 9 La autoeducación como un imperativo



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TEMAS DE SCHOENSTATT 9

La autoeducación como un imperativo.


  1. Queremos introducirnos en la tarea de autoeducarnos de acuerdo a los fines y a los métodos de Schoenstatt. Primeramente hablaremos de la necesidad e importancia de la autoeducación. La autoeducación es un imperativo que se deduce a partir de nuestra condición humana y, particularmente, a partir de la etapa de la vida en que nos encontramos.




  1. Autoeducarnos significa, como la misma palabra ya lo indica, hacerse uno mismo cargo de la formación de la propia personalidad, tomar en las propias manos las riendas que dirigen nuestra vida, acabando con ese dejarse llevar por la corriente, tan característico del hombre actual.

En otras palabras, dejamos de ser niños, tenemos conciencia de nosotros mismos: somos responsables de nuestro destino.




  1. ¿Por qué es necesario autoeducarse?

Lo propio del hombre, lo que lo distingue de los minerales, las plantas y los animales, es que debe asumir la tarea de construirse a sí mismo. “El hombre –dice Ortega- es historia por hacer”. Una planta nace y a partir de ese momento, de acuerdo a una necesidad intrínseca, se desarrolla, crece y da fruto en una sola dirección. Igual cosa sucede con los animales. El hombre, en cambio, nace como un ser en germen, tiene la posibilidad de desarrollarse como hombre si es que asume en un determinado momento la tarea de construir su propia personalidad.


El mismo autor, Ortega y Gassett, nos lo explica:
“Mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse. No sólo es problemático y contingente que le pase esto o lo otro como a los demás animales, sino que al hombre le pasa a veces nada menos que no ser hombre. Y esto es verdad no sólo en abstracto y en género, sino que vale referido a nuestra individualidad. Cada uno de nosotros está siempre en peligro de no ser el sí mismo único e intransferible que es. La mayor parte de los hombres traicionan de continuo a ese sí mismo que está esperando ser”. (El hombre y la gente, pág. 45).


  1. La planta y el animal tienen el problema de su existencia ya resuelta. Sólo basta que los factores exteriores sean favorables para que se desarrollen y alcance su meta. Tanto la planta como el animal están determinados por las cosas y regidos por el instinto.

El hombre nace también, como ser en potencia, pero su existencia no está resuelta. Cuando es niño está condicionado esencialmente a sus padres, quienes deben ayudarle a crecer a valerse por sí mismo.


La etapa de la adolescencia marca en el niño el término de un período y el inicio de otra etapa fundamental. El niño deja de ser niño, comienza a descubrirse en su originalidad y autonomía se siente distinto e, instintivamente, tiende a rebelarse contra lazos que pudiesen coartar su libertad: siente que ha llegado la hora de decidir él mismo su vida.
Esta etapa dolorosa y difícil de la adolescencia, tan llena de conflictos interiores y con el medio ambiente, encuentra en el período de la juventud una cierta clarificación y encauzamiento más definitivo. En la adolescencia predomina lo que podríamos llamar “la revolución del Yo”. La etapa de la juventud tiene como meta y sentido la “conquista del Yo”, para desembocar en la etapa de la edad adulta, en “la posición del Yo” o “realización plena de sí mismo”.


  1. La diferencia esencial entre el animal y el hombre, es que éste es un ser libre. Más allá de las fuerzas instintivas que se encuentran en su ser y del condicionamiento exterior de su existencia, está el hecho de su libertad y libertad significa la posibilidad y la responsabilidad de autorealizarse.




  1. Quien no se hace cargo responsablemente de su existencia y no enfrenta la tarea de construir su destino, abdica de lo más propio de su ser, se reduce a la condición de planta o de animal irracional: se animaliza, se despersonaliza, se deshumaniza. Desgraciadamente este fenómeno es mucho más común de lo que pensamos.




  1. Nuestras potencialidades requieren y esperan el uso de nuestra capacidad de “autoconstrucción”: somos un germen, una posibilidad. Que ese germen y esas posibilidades se conviertan en realidad depende de nosotros.

Más urgente se hace aún esta tarea si consideramos los incontables factores que amenazan nuestra autoformación. No basta darse con tranquilidad a la tarea de la autoformación. La autoeducación entraña una lucha, requiere la aplicación de todas nuestras fuerzas, el uso íntegro de la libertad. También la aplicación de la libertad como capacidad de decidir ante diversas posibilidades. Un proverbio hindú dice: “Dondequiera que el hombre pone la planta de su pie, pisa cien senderos”. Si se decide ingresar a la universidad y se logra, con ello aún no está resulto todo el problema, en ese mismo momento se abre un abanico de posibilidades. Si se quiere ser médico, por ejemplo, está abierta la pregunta qué tipo de médico, qué finalidad se va a dar a la carrera, con qué profundidad se va a estudiar, etc. Por eso, decimos que el hombre no sólo es un ser en germen y amenazado, sino también, agregamos: es un ser polivalente. Con ello indicamos que las posibilidades de su desarrollo son múltiples, puede llegar a ser un criminal, como puede llegar a ser un santo. Todo dependerá de la ruta que tome, de la fidelidad en la ardua tarea de la autoformación.


La autoeducación como imperativo para el cristiano actual.


  1. Para ser cristiano no basta el hecho de haber sido bautizado. Al igual que la vida natural, la vida sobrenatural es un germen que tiene que desarrollarse, lo cual no sucede sin nuestra cooperación. Como dice San Agustín, uno de los padres de la Iglesia: “El Dios que te creó sin ti, no quiere salvarte sin ti”. La realización plena de nuestro ser cristiano no se realiza sin un serio trabajo de autoeducación.




  1. Todos conocemos y sentimos las dificultades por las cuales atraviesa la Iglesia en nuestro tiempo. Un cierto tipo de cristianismo tradicional y de costumbres ha hecho crisis. Ya desapareció el ambiente de “cristiandad” donde se conservaban formas y ritos cristianos y se conservaba una cierta mentalidad cristiana, a los cuales muchas veces se adhería, por desgracia, por costumbre social más que por fe.




  1. Pero, no sólo esto, el cristianismo ha sido cuestionado a fondo. Se ha querido demostrar “científicamente” que ya pasó su hora. La fe, se afirma, estaba bien para el hombre que aún no había obtenido el dominio de la técnica y de la ciencia; ahora no tenemos para que recurrir a “fuerzas” extraterrenas. El hombre y no Dios es el dueño del mundo, de la naturaleza y del futuro. Dios, la religión es el “opio del pueblo”, el mito que nos aliena e impide avanzar.




  1. Otros dicen que afirmar la existencia o no existencia de Dios está más allá de nuestras posibilidades. Por eso, para qué complicarse la vida tratando de escudriñar lo que está más allá. Existen suficientes misterios y tareas en el más acá, como para preocuparse con un problema que no podemos aclarar con la razón. Para qué, agregan otros, complicarnos la vida con una moral impuesta que nos amarra y quita la libertad.




  1. Este es el ambiente en el cual nos movemos. La Iglesia ya está pasada de moda, la religión no es “científica”. Por eso, quien pretende ser cristiano en nuestra época, si es que quiere serlo de verdad, tiene una ardua tarea por delante.

La mentalidad reinante no lo comprenderá, incluso, lo va a rechazar, porque resulta incómodo alguien que se guía por principios, que quiere ser consecuente con el mandamiento del amor al prójimo y está dispuesto a nadar contra la corriente.


El cristiano de hoy tiene que afirmarse en un ambiente adverso, práctico y, en gran parte también, doctrinalmente ateo. Debe ser capaz de defender su fe y ser consecuente con ella. Ya no bastan los cristianos de costumbre, sólo permanece firme el cristiano de convicción.


  1. En otras palabras, necesitamos hombres de una auténtica personalidad cristiana. Y esto lo logramos en la medida que cada miembro del Pueblo de Dios toma en serio la educación de su fe, que con responsabilidad asume conscientemente su papel y se exige a sí mismo consecuencia en la vida práctica. En el pasado se era “llevado” por el ambiente cristiano, el no cristiano era el extraño. Ahora sucede todo lo contrario. Con el tipo de cristianismo anterior no seremos capaces de afirmarnos en medio de la sociedad actual, y, menos aún, de dar un mensaje positivo y de ejercer una influencia vivificadora.




  1. Por eso, Schoenstatt nos llama a la conquista de una personalidad cristiana adulta, capaz de convencer por la vida y de ser levadura en la masa; Schoenstatt pone en nuestras manos la tarea de educarnos como personalidades auténticamente cristianas cooperando activamente con la gracia que Dios nos da.


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