Tema VII. Los valores y la moralidad excursus histórico sobre la noción de valor



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TEMA VII. LOS VALORES Y LA MORALIDAD
1. Excursus histórico sobre la noción de valor

Bien podemos decir que el término "valor" ha conocido hoy tal implantación que llega a reemplazar con frecuencia en el lenguaje usual a lo que clásicamente se designaba como bueno. Cuando se quiere dar a entender la alta estima que nos merece alguna cualidad, algún producto o alguna institución, lo más frecuente es denominarlos "valiosos". Lo que induce a confusión es que el valor se atribuye tanto a las obras estéticas (naturales o artísticas) como a los precios de mercado, las propiedades naturales ("vale poco la salud de alguien") y técnicas ("esta pieza es de más valor que aquélla") o las virtudes morales ("el valor de la justicia, de la pureza..."). Presenta cierto paralelo, en este sentido, con el bien, cuya significación analógica ya tuvimos ocasión de mostrar. La diferencia más significativa entre ambos proviene, sin embargo, de que la cualidad objetiva valiosa sólo se hace presente para la correlativa valoración subjetiva, mientras que la bondad de una acción o de un existente entendemos que reside intrínsecamente en su portador, como una per-fección suya, aun cuando no llegara a ser reconocida en un acto subjetivo. Es una diferencia que viene subrayada por el hecho de que donde se extendió primeramente la noción de valor fue en Economía (aun antes de su adopción por la Economía marginalista austríaca de principios del siglo XX), en que no se da fuera de las tasaciones económicas.

También en los inicios semánticos del vocablo se advierte su correlación con el acto de valorar. El término latino correspondiente al griego axion es "dignitas". Uno y otro designan lo que es estimado o considerado por sí mismo, no como derivado de algo otro. Se empezó por atribuir a los axiomas (en latín "dignitates"), en tanto que verdades que "merecen" ser reconocidas inmediatamente como evidentes, tales como que "dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí" o que "el todo es mayor que la parte", en oposición a las verdades mediatas o deducidas y a los postulados, que, si bien primeros en el orden de la fundamentación, no son de suyo evidentes (la voz griega correspondiente aithmata viene de aitew, solicitar o pedir; el postulado es lo que para su aceptación requiere nuestro asentimiento). Traslaticiamente, la "dignidad humana" significará el valor interno e insustituible que le corresponde a cada hombre en razón de su ser, no por ciertos rendimientos que prestara ni por otros fines distintos de él mismo, aun cuando haya que esperar a la filosofía estoica y sobre todo al Cristianismo para que se abra paso su concepto.

El valor de la dignidad humana también se puede exponer mediante la noción de fin en sí. Por contraposición a fin en el sentido de objetivo o meta, que sólo es tal en la medida en que alguien se lo propone, el fin en sí lo es por su propia condición, respaldando en parte la legitimidad de los fines variables pretendidos y evitando, por tanto, la arbitrariedad en éstos. Este sentido del valor como dignidad (Würde) del ser racional que es fin de suyo (Zweck an sich) aparece frecuentemente aludido en la Etica kantiana y es la base de su tercera formulación del imperativo categórico: "Actúa de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona del otro, no como un mero medio, sino siempre y al mismo tiempo como fin". Así entendida, la dignidad se muestra como un principio negativo que no se debe traspasar, exigiendo respeto, más bien que como un principio positivo o motor para acciones particulares debidas.


2. Los valores: su caracterización, propiedades y clasificación

Según la Axiología contemporánea, que parte de Brentano, los valores se hacen presentes como datos irreductibles en las vivencias intencionales correspondientes. Siempre se trata de cualidades objetivas, cuya consistencia propia no se confunde con la del sujeto que las capta ni tampoco es una mera expresión de sus estados de ánimos o disposiciones psíquicas. En este sentido, la crítica fenomenológica del psicologismo ético corre paralela a la que hiciera Husserl del psicologismo lógico, encontrándose la primera tanto en las husserlianas Lecciones sobre Etica y Teoría del valor como en El Formalismo en Etica y la Etica material de los valores de Scheler. Hay valor, por ejemplo, en la obra musical, en el poema, en el paisaje, en el conocimiento de la verdad, en un acto de perdón, en un cuadro pictórico... Los valores vienen dados en ciertos actos caracterizados, como son el gozar, el apreciar, el admirar, el venerar o el estimar, pero no como producido por ellos, sino, a la inversa, como motivándolos. Los valores no son, en efecto, una capacidad de origen desconocido para dar satisfacción a impulsos orgánicos o psíquicos, sino que presuponen el conocimiento de las cualidades correspondientes. Se diferencia, por tanto, la importancia meramente subjetiva que radica en el agua en tanto que calma la sed o en el descanso después de un trabajo, dependientes de las necesidades del organismo, del valor genuino o lo objetivamente importante (Hildebrand). En tanto que exigen ser respetados en su naturaleza propia para ser captados, la objetividad de los valores equivale a su trascendencia respecto del sujeto.

También lingüísticamente se expresan en su inmediatez de diferente modo los valores que los estados subjetivos: mientras estos últimos los expresamos con interjecciones, los valores como cualidades objetivas son designados mediante adjetivos, adherentes a algún sustantivo en el que asentar su objetividad.

Una característica de los distintos ámbitos de valor es la heterogeneidad, patente en el hecho de que, como cualidades autónomas e irreductibles, los inferiores no se integran o subsumen en los superiores, como ocurriría si se tratara de cantidades homogéneas, ni las distintas familias de valor derivan unas de otras. Es una especificidad que no sólo alcanza a los distintos órdenes axiológicos en general (utilitarios, hedónicos, vitales, estéticos, cognoscitivos, éticos, ascéticos), sino que también se da entre los tipos de valores adscritos a un mismo dominio axiológico. Por ejemplo, dentro de lo estético son distintas especies inferiores no jerarquizadas entre sí lo cómico, lo gracioso o lo divertido; o bien son especies superiores en el mismo ámbito estético tampoco jerarquizadas lo grandioso, lo sublime o lo cautivador. Así se explica que resulte molesto establecer comparaciones entre valores, unas veces porque pertenecen a un rango similar, como en los ejemplos acabados de consignar, y siempre porque, aun cuando posean diferencias jerárquicas, son cualitativamente irreductibles. Más adelante habremos de emprender, no obstante, algún intento de clasificación.

Otra característica de los valores es la bipolaridad axiológica, que secciona a su conjunto en positivos y negativos. Esta oposición no es la de contradictoriedad que hay entre una cualidad y su negación o privación, sino que es la que existe entre cualidades contrarias, tales como la belleza y la fealdad, lo bueno y lo malo o lo agradable y lo desagradable. Aun cuando para ciertas cualidades no se encuentren con propiedad contrarios ni lingüisticos ni reales (como cuando se trata de lo cómico, lo delicioso o lo repugnante), sigue siendo patente que ellas son también o positivas o negativas.

Uno de los interrogantes que plantean los valores es el que se refiere a su modo de aprehensión. Pese a las diferencias entre los axiólogos, se admite comúnmente que su captación (lo que respecto de los valores morales llamamos la "voz de la conciencia") no se expresa enteramente en una simple y neutral enunciación, sin que ello vaya en menoscabo de la autenticidad en la aprehensión. Ya Kant hace intervenir el sentimiento de respeto oriundo de la razón como inseparable de la conciencia del deber. Para Scheler los valores en general no son meras significaciones ideales, sino que se ofrecen en una captación emocional intuitiva sin representación mediadora (la representación se refiere sólo al portador del valor). Así lo prueban, por ejemplo, la aprehensión inmediata del valor de la amistad, que perdura cuando se ha olvidado la ocasión que la despertó, o la percepción de lo agradable de un día de sol o de la belleza de una composición sinfónica, que se dan como independientes de la representación de sus soportes.

También A. Pfänder diferenció entre los correlatos de las disposiciones interiores (Gesinnungen), que corresponderían a las cualidades valiosas, y las representaciones y juicios del entendimiento con el mismo objeto: así, la sola mención de que un comportamiento es valioso no equivale a dirigirse a él con estima, ni tenerlo por malo en un juicio es igual a una actitud de rechazo, por más que haya conexión esencial entre ambos géneros de actos.

Pero es Hildebrand quien ha graduado las distintas formas de presentarse los valores hasta la plenitud de su donación. Tales son 1) el conocimiento cierto pero intuitivamente vacío, 2) el ser-afectado y 3) la unión con el valor en la respuesta que se le profiere. El primero se limita a la identificación de un valor a partir del llamamiento que proviene de él, sin que se haga patente con su contenido cualitativo. Pensemos en el reconocimiento que hacemos en justicia de una obra literaria maestra sin por ello adherirnos a su significado ni a las intenciones de su autor. Cuando se trata del valor moral puedo, paralelamente, limitarme a aplicar a él la conciencia del deber, que ejerce como un cierto sustituto —suficiente a los efectos del comportamiento requerido— del discernimiento intuitivo pleno del valor interpelante, en su intensidad y riqueza. Por ejemplo, vivir la fidelidad al otro cónyuge en cumplimiento de un deber al que me sé obligado en abstracto no es todavía responder adecuadamente al valor de ser fiel, en su significado y contenido concreto.

En el ser-afectado por el valor éste es dado afectivamente en su irreductibilidad específica. Precisamente cuando la respuesta de valor ha venido precedida por esta segunda presentación, la unión con la cualidad valiosa —tercer estadio de presentación del valor— que resulta de ella es la máxima. Así, la conmoción previa ante un valor da lugar a una respuesta a él más intensa que la simple estima, pues esta última, aun siendo también una forma de responder a lo valioso, no connota el haber sido afectado el sujeto por su término. Y tercero: la unión entre la respuesta y el valor al que se responde se revela en la correspondencia o proporción entre la palabra interior y la naturaleza del valor. Así, por ejemplo, mientras la admiración es la respuesta proporcionada a una proeza moral, la gratitud es motivada por el valor de la donación de la que hemos sido receptores o la veneración es la respuesta que se da a las grandes virtudes acreditadas por alguien. En un sentido amplio, diferente del específicamente moral que se examinará más adelante, las respuestas de valor comportan un débito, en cuanto que la respuesta es la conveniente o debida a un valor específico.

El respeto es ciertamente la actitud mínima de compromiso ante los valores de suyo. Sólo afecta al sujeto periféricamente, ya que no toman parte en él los centros íntimos de la personalidad ni se prolonga en una decisión determinada ni siquiera trae consigo una toma de posición cualificada; todo lo más, es incompatible con ciertas acciones que significan la lesión de los valores objeto de respeto. En rigor, equivale a un reconocimiento, hecho desde la distancia, del valor interno de su término.

Por contraposición al respeto, las otras respuestas de valor están provistas de una cualificación propia, en relación con el tipo de valor que las motiva. En ellas se pronuncia la persona desde su integralidad, de modo que a través de ellas se da a conocer en su interioridad. Si ya en las decisiones toma parte el cuerpo (al decidirnos decimos que "nos incorporamos"), más acusadamente que en las decisiones participa la corporeidad como medio expresivo en el despliegue de las respuestas de valor. No es, por tanto, una relación externa y convencional la que media entre el estado anímico y su expresión corpórea, sino una coordinación anterior a cualquier control e incluso a su objetivación previa.

Las respuestas afectivas son voluntarias en un sentido amplio. Si bien no son propiamente imperadas por un querer-hacer, sino significativamente engendradas, presuponen el querer natural o tendencial, pudiendo a su vez la voluntad posteriormente aprobarlas o desaprobarlas. La respuesta de valor no convalidada posteriormente por la voluntad coincidiría con la debida, pero en todo caso le falta la voluntad sancionadora, única capaz de conferirle su plenitud. De otro género son, en cambio, las respuestas a una satisfacción meramente subjetiva (como la ambición, la codicia o el deseo de venganza), de las que está ausente la motivación por un contenido objetivo moralmente relevante.

Scheler enumeró una serie de propiedades de algún modo aplicables a los distintos dominios de valor y que le sirvieron de criterios con los que emprender su clasificación. Las examinaremos primero, y luego veremos los complementos que a nuestro juicio requieren para poder efectuarse la ordenación de los valores.

Estas propiedades, poseídas en medida variable por los distintos ámbitos valiosos, son: a) la mayor o menor duración, que va desde aquellos que son esencialmente fugaces, como un agrado más o menos pasajero, hasta el acto de conocimiento de la verdad o de amor a la persona, en sí mismos eternos; b) la indivisibilidad permite reconocer los valores que son superiores, como la belleza o la bondad, frente a los más bajos y externos, tales como lo agradable al gusto, que se presenta en vivencias localizadas y extensas, en este caso las papilas gustativas; c) la desigual profundidad en la satisfacción hace que distingamos, asimismo, entre el agrado, el contento, el gozo, la alegría, la felicidad y la bienaventuranza, vivencias todas ellas positivas, pero situadas progresivamente a un nivel más hondo; d) el carácter relativo o absoluto de los valores, según que sólo existan para un ser provisto de organización corpórea, como el agrado sensible o la salud, o bien se den en un sentir puro, como ocurre con los valores espirituales absolutos; e) por último, los valores superiores son el fundamento o sustentáculo de los situados a nivel inferior: así, los valores de la vida fundamentan los de lo agradable, los valores en sí en general son la base de los utilitarios y los valores espirituales serían el apoyo de los biológicos, en la medida en que éstos sólo comparecen porque hay un ser personal dotado de espíritu y capaz por ello de aprehender la vida como valiosa.



Se preentan dos categorías dentro de lo valioso, a las que podemos denominar con Hans Reiner y Hildebrand lo importante en sí mismo y lo importante para nosotros, según que el valor convenga intrínsecamente a su sustrato (lo bello, lo bueno, lo verdadero...) o requiera la mediación de algún sujeto que lo percibe (lo agradable sensible, lo relativo a las necesidades orgánicas...).

Una nueva subdivisión dentro de lo importante en sí mismo es la que distingue aquellos valores que son realizables por el sujeto partiendo de la toma de posición debida ("tú debes ser y serás por mi mediación") de los que no implican una toma de posición, por ser sólo receptivos. Los primeros son los valores morales y los ascéticos o religiosos (ciertamente, sólo realizables los segundos en su plenitud contando con la gracia de Dios), y los segundos son los estéticos y cognoscitivos. Y como los estéticos pueden ser convertidos en objeto de conocimiento, al mostrarse como verdaderos, los valores cognoscitivos son más comprensivos que los estéticos, excediéndoles en alcance. En cuanto a la peculiaridad de los valores morales dentro del primer grupo, será lo que nos ocupe en el próximo epígrafe.


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