Su relación con cuadros psicosomáticos



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II. MUJER, ENFERMEDAD Y VIOLENCIA EN MEDICINA

Su relación con cuadros psicosomáticos.

por Eva Giberti

Dedico este trabajo a los médicos y a las mujeres médicas que cuidaron, respetuosamente, nuestros cuerpos y nuestras vidas. Y que mantienen su decisión a lo largo de los siglos.

E.G.


La sexualidad de la mujer ocupa en papel preponderante en el discurso médico: el útero es el personaje privilegiado de esta preocupación.

A lo largo de la historia de la medicina se han otorgado múltiples sentidos a dicha víscera (también a los ovarios, cuyo descubrimiento fue posterior); muchos de esos sentidos responden a mitos, creencias e ideologías instituidas con pretensión de cientificidad. De este modo el útero fue considerado fuente y motor de todos los trastornos de salud de las mujeres. Aún hoy encontramos prácticas y afirmaciones que responden a prejuicios infiltrados en el pensamiento médico; gran parte de ellos asociados a la “inferioridad” de la mujer.

No obstante, a lo largo de este trabajo veremos surgir, como fuegos de artificio (que, aunque perecederos, se mantuvieron incandescentes en la memoria del género), la presencia de mujeres que ejerciendo el arte de curar, ya fuese como sanadoras o médicas, desmentían las afirmaciones de inferioridad y señalaban los esfuerzote un sector del género decidido a oponerse a la subordinación.

Este trabajo no pretende aportar teoría acerca de “lo psicosomático”. Tan sólo formularé preguntas, cuya finalidad es llamar la atención acerca de la ausencia de tales preguntas en los estudios tradicionales.

Utilizaré el método descriptivo (histórico) – interpretativo. Tomaré algunos de los supuestos básicos del psicoanálisis y el objeto de estudio sería: “el útero de la mujer como soporte de lo que se consideró la identidad femenina; su articulación con el diagnóstico de cuadro psicosomático tal como actualmente se utiliza en la clínica (médica y psicológica)”.

Brevísima miscelánea histórica*

Los papiros egipcios de Kahun y Ebers (1900 a. de CJ, considerados los documentos más antiguos sobre conocimientos médicos, enfatizaban acerca de la mala posición de la matriz como responsable de múltiples alteraciones de la salud femenina: dolores musculares y de dientes, irritabilidad y negativa a levantarse de la cama. En el interior del cuerpo de la mujer habría un ser maligno responsable de las migraciones del útero (corrimientos en el interior del cuerpo) que produciría toda clase de enfermedades1.

Pero como la medicina egipcia abarca un extenso período de tiempo es difícil contemplarla como un proceso homogéneo. En alguna época las mujeres participaban en el ejercicio médico; así por ejemplo en “la escuela de medicina de Sais en que las ‘Madres Divinas’, especie de sacerdotisas, impartían enseñanza fundamentalmente sobre problemas ginecológicos a estudiantes de sexo femenino”2.

En Grecia el corpus hipocrático también enfatizaban las patologías uterinas; recomendaba el matrimonio temprano como regulador de la uteridad y la sexualidad. Las jovencitas, en caso de no ser prontamente desvirgadas, podrían sufrir visiones, delirios y angustias debido a que la sangre no encontraría rápidamente su salida.

Aretaus, que data de los años 100 decía: “el útero se parece muchos un animal. Se mueve hacia diversas partes del cuerpo, a veces llega hacia arriba, hasta la garganta, después hacia los lados causando opresión en los pulmones, el corazón el diafragma, el hígado y los intestinos”. Platón y Aristóteles retoman la tradición hipocrática centrando en el útero migrador todos los males posibles e incorporan la famosa geografía corporal de dos almas. Una alojado a lo alto, en el pecho, la del coraje militar y la otra, asentada en el vientre el lugar del deseo y la concupiscencia. Como las mujeres se definen por la matriz, su alma correspondía al mundo de lo bajo y lo concupiscente3.

La medicina griega es incorporada por los romanos, quienes aceptan la presencia de mujeres médicas. Sorano de Efeso escribió un libro de obstetricia dedicado a las estudiantes donde además se discute la diferencia de sexos en cuanto a la forma de enfermarse: “se muestra partidario, en contraposición con los hipocráticos de la tesis que sostiene que las mujeres tienen una forma característica de enfermar y deben ser tratadas por mujeres”4.

El ejercicio de la medicina quedaba a cargo de mujeres pertenecientes a las clases altas y podías practicarlas dentro de sus familias tal como lo mencionó el libro de Scriboniu Largus.

Por su parte, Galeno (131 -201 d.C.) habrá de reproducir los esquemas platónicos y aristotélicos: los hombres serán secos y calientes y las mujeres frías y húmedas. Frialdad que reitera su interioridad respecto del varón; será un ser incompleto ya que, por falta de calor, sus genitales no han podido descender de allí la mutilación que señala Aristóteles en su tratado del origen de los animales (Libro IV, Galeno); fue la máxima autoridad en tiempos romanos y a sus enseñanzas habrá de remitirse toda la Edad Media.

La teoría de los úteros migratorios y el déficit que ello implicaba - relacionada con la idea de desorden aportado por la mujer – constituía una clave para la “comprensión” de la fisiología femenina, que de ese modo era considerada socialmente inferior debido a su naturaleza; el discurso médico testimoniaba dicha “ inferioridad social” aportando su palabra “ científica” al respecto.

A su vez, las religiones no dudaban respecto de esta fisiología; el levítico establece que la mujer menstruante mantiene su impureza durante siete días y quien la toque compartiría dicha impureza. Mahoma entiende que la menstruación es un mal; por eso será preciso mantener lejos a las menstruantes hasta que vuelvan a hacer puras.

En la Alta y Baja Edad Media, discursos médicos y cristianismos se oxigenaron recíprocamente. La religión sostendrá que las mujeres no tienen alma por lo cual serán fácilmente habitadas por el demonio. Resultará imprescindible cuidar su pudor hecho que adquiere relevancia en los partos: sólo podrán ser atendidos por comadronas. Los hombres no podrían presenciarlos ni aún siendo médicos., las escuelas de medicina de Papua, Montpellier y París no mencionaban la obstetricia “ya que era un terreno interdicto por la religión, las buenas costumbres y el respeto humano”5. esto determina que algunos de los descubrimientos de la escuela médica de Alexandría bajo el reinado de los Ptolomeo se relegaran al olvido; así por ejemplo la maniobra destinada a aliviar un parto con presentación “de nalga” frente a esos problemas y siendo aún desconocidas las técnicas obstétricas se apelaba a descuartizar al bebé en el interior del útero utilizando agujas de crochet, práctica ejercida tanto por médicos cuanto por parteras y que se llevaba a cabo sin anestesia, puesto que esta no había sido inventada. Las matronas y senadoras carecían de autorización para asistir a clases de perfeccionamiento en las universidades, vedadas a las mujeres, aunque en algunos lugares de Europa se les permitía participar de ciertos cursos. Fue famoso el caso de Jacoba Pelicier, procesada en 1322 por ejercicio ilegal de la medicina. Juzgada en París donde había seguido “cursos especiales”, las principales acusaciones que se le formularon durante el juicio fueron:

Curaba a sus pacientes de dolencias internas y heridas o abscesos externos. Visitaba asiduamente a sus enfermos, examinabas la orina tal como hacen los médicos, les tomaba el pulso y palpaba todas las partes del cuerpo”.



Sus testigos afirmaron haber sido curados cuando los médicos habían fracasado. Estos argumentos fueron utilizados en su contra puesto que no se la acusaba de incompetencia sino de haber tenido la osadía de curar siendo mujer. Esta política no coincidía con la de las escuelas de medicina del Cairo (tampoco con los de Toledo y Córdoba), donde existían clases para las mujeres “centradas en cuidados obstétricos, ginecológicos y de la primera infancia”6. “Las senadoras eran las que se ocupaban de los niños del Haren, a lo que los médicos no tenían acceso”.

En Salerno, en el Siglo XI, se crea un escuela de medicina en la que aparecen mujeres médicas, algunas de ellas profesoras: la más famosa fue Trotula, autora de dos libros, sobre clínica general uno y sobre tratamiento sobre el recién nacido el otro. Sara ST. Pilles, en 1326, dirigió una escuela de medicina; pero en el siglo XIV encontramos documento de excomunión de varias mujeres por ejercer la medicina sin licencia y en 1591, en Inglaterra, Agnes Simpson, fue quemada en la Hoguera por haber intentado aliviar los dolores de partes con opio y laudano.

La historia de las matronas y senadoras de aquella época muestra contracciones que reclaman un abordaje histórico que excede este trabajo, de cualquier modo todos los testimonios sobre partos, evidencian un alto riesgo para la madre y el niño, además de sufrimientos indescriptibles. No es frecuente que los historiadores hablen de “partos felices” o sin problemas*.

Las brujas: tesis para su rescate.

Fueron muchas las mujeres que durante el Medioevo actuaron como sanadoras o referentes de salud. Pero cuando en el Siglo XIII empezó a afianzarse la medicina como ciencia laica y ello determinó la oposición de las corporaciones médicas les adjudicaba la posesión de recetas mágicas y poderes demoníacos. Debido a su “lascivia” podrían temer comercio carnal con el Maligno y ¡vaya una a saber qué secretos lograría sonsacarle!... Acusadas de brujería, su desaparición constituyó un sexocidio sustentado por la alianza entre la Iglesia, las corporaciones médicas y el poder del señor de turno.

Desde la Antropología, Harris7 advierte: “Se supone que la principal ocupación de los cazadores de brujas era exterminarlas; pero en realidad hicieron un esfuerzo extraordinario para aumentar el aprovisionamiento de ellas y difundir la creencia de que eran reales y peligrosas. No tenemos que preguntarnos por qué los inquisidores estaban obsesionados por destruir la brujería, sino más bien por qué estaban tan obsesionados por crearla”. Dice Harris: el resultado principal del sistema de caza de brujas, además de los cuerpos carbonizados, consistió en que los pobres llegaran a creer que eran víctimas de brujas y diablos en lugar de príncipes y papa.

¿Aumentó el precio del pan, se elevaron los impuestos, disminuyeron los salarios, escaseaban los puestos de trabajo? Obras de las brujas”.



Se trataba de desplazar los resultados de las crisis de la sociedad medieval tardía desde la Iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios con forma humana. Preocupadas por las actividades fantásticas de estos demonios, las masas depauperizadas y alienadas atribuyeron sus males al Diablo en lugar de verlos en la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda inculpación sino que se convirtieron en elementos indispensables.

¿Quiénes fueron los chivos expiatorios?, se pregunta Harris. Sobre 1258 ejecuciones por brujería en el suroeste de Alemania, entre 1562 y 1684, el 82 por siento de las brujas eran mujeres. Viejas indefensas sanadoras y aquellas a las que se acusaba de tener relacione sexuales con el Diablo en fantásticos aquelarres*.

Sería ingenuo ignorar el peso que la sexualidad de las mujeres tuvo en este período de la historia: la lectura de las torturas que padecían exhibe el sadismo desatado sobre sus genitales; así como cada interrogatorio acerca de su intimidad sexual8.

G. Henningsen tiene otra visión del tema9 a través de la cual intenta demostrar que las confesiones de las brujas (y brujos) describiendo su participación en aquelarres y delitos no sólo existieron sino que no siempre fueron sonsacadas bajo tortura física: se obtenían, a menudo, a partir de lo que el califica como lavado de cerebro, debido al encarcelamiento y aislamiento al que eran sometidos los detenidos durante meses. Lo cual determinaba que no sólo inventasen sino que a veces se autogestionasen como para afirmar lo que afirmaban. Henningsen reproduce dichas declaraciones a lo largo de extensas páginas, cuyos contenidos son asombrosos para nuestra mentalidad. Su investigación se refiere al proceso de Logroño, uno de los más copiosos conocidos hasta el momento, y desarrollando en el País Vasco a partir de 1610. Su distinción entre brujería y brujomanía lo lleva a sostener que esta última es una forma explosiva del impulso de persecución provocado por el sincretismo entre las creencias populares y las ideas que sobre la brujería han elaborado algunos intelectuales: “ el daño existió en el momento en el que predicador desde el púlpito y el juez en el tribunal intentaron aplicar sus conceptos abstractos” convalidando creencias populares concretas: Henningsen lleva su análisis hasta el siglo XX mostrando el efecto de brujería cuando se discrimina a los disidentes o a “uno” que no nos gusta, ejemplificando con la Alemania nazi. De sus estadísticas puede extraerse una confirmación del sexocidio, a demás de la existencia de niños brujos que – sin participación de sus madres – narraban de qué modo eran conocidos a los aquelarres por el Demonio; la credibilidad que se les prestaba exige la evaluación de estas creencias por parte de comunidades enteras.

Este autor, cuestionador de otros investigadores del tema, incorpora materiales nuevos y obliga a reflexionar acerca del status de las mujeres en aquellos tiempos, particularmente sobre su capacidad para adjudicarse poderes malignos, no solamente bajo la Inquisición, sino cuando actuaban en la cotidianidad, como habitantes de pequeños pueblos o campesinas. “La bruja o el brujo es la encarnación de la inmoralidad y de todo aquello que va en contra de los ideales de la sociedad; por lo tanto cada individuo se esforzará por comportarse de modo tal que a nadie se le ocurra tomarlo por brujo”, concluye Henningsen. Este es el punto a partir del cual es preciso empezar a pensar el modo de “producción de maldades” a cargo de las mujeres en aquellos tiempos. “Convenciéndonos de que dicho individuo no es un ser humano como los otros, sino un brujo, se suspende inmediatamente el código moral que prohíbe maltratar a un semejante y ya no hay límite para los malos tratos de los que podemos hacerlo objeto”. ¿Por qué las mujeres fueron catalogadas como representantes del Mal como si éste pudiese, realmente, encarnarse en alguien?... ¿Qué sucedió para que ellas mismas ocupasen esos lugares tal como lo describen los historiadores?...

La imagen de la mujer asociada con las prácticas médicas habría de adquirir otra dimensión en América Latina. Para no extenderme en el racconto de esta historia, me limito a citar el trabajo de S. Montecinos y A. Conejeros, del Centro de Estudios de la Mujer en Chile, dedicado al saber tradicional de las mujeres mapuches en la curación de enfermedades comunes10, y que no excluye su posible relación con la brujería:

Este desplazamiento del rol chamánico (del masculino-machos cuyas características principales era el travestismo y la pederastia- al femenino) adquiere relevancia en tanto surgimiento de lo femenino, de la mujer como depositaria del arte de curar y supone implicaciones en la vida social. En primer lugar la asunción de un ‘poder’, la manipulación de lo sobrenatural por parte de algunas mujeres; luego es la especialización de un saber sobre la terapéutica por medio de la herbolaria. Por otro lado en un hecho que conforma la constitución del sujeto femenino dentro de la cultura y propone una identidad, ya que ella será siempre sospechosa (por su vínculo con los ‘secretos de las hierbas y las plantas’) de brujería”.



Estas autoras desean que la memoria y la práctica de las mujeres mapuches restituyan el valor de un conocimiento adquirido a los largo de siglos. Su interés, en tanto investigadoras, es dar a luz una diferencia, mostrar un modo de asir la enfermedad y sus terapias y el papel que las mujeres tienen en ello.

Renacimiento, Iluminismo (siglos XV al SVIII): dos momentos en la historia de nuestra sangre.

Durante el renacimiento se mantiene una visión de la mujer que por una parte la muestra como inferior y maldita y, por otra, como cortesana seductora. Heredera de las cortes de amor y de los poemas de los trovadores medievales, su estado oscila entre un extremo de idealización y otro de descrédito. Atravesando los límites entre ambas épocas, Ambrosio Paré escribe sobre la menstruación en el siglo XVI:

Las reglas provienen de una superfluidez de los humores fríos y húmedos que las mujeres no pueden absorber a causa de su falta de calor. Si los hombres no tienen reglas es porque, en tiempos normales, su virtud natural, cálida y fuerte, digiere esa superfluidez”11.



Esas superfluideces son peligrosísimas y deben ser evacuadas o digeridas: es sangre corrompida, formada por residuos melancólicos, generadora de enfermedades, en especial de la lepra. De allí el peligro que se hace correr a un niño si se lo engendra durante las reglas…

El texto añade muy poco al o que ya había escrito en el siglo XIV Henri de Mondeville: “Esa sangre es la muerte, la podredumbre amenazante y cuando después de la concepción queda encerrada en los miembros del feto engendra la lepra, la rubéola y la viruela”. Tal cual, en su Tratado de Cirugía. O sea, la madre sería la responsable de esas enfermedades en el hijo..

Si nos retrotraemos al siglo I a. C., Plinio el Viejo escribía en su Historia natural:

Cuando la mujer es ese estado (menstruando= se aproxima, los vinos nuevos se agrían, los granos que toca se vuelven estériles, las plantas de los jardines se secan y los frutos de loa árboles bajo los cuales ella se sientan, caen. (…) el bronce y el hierro se convierten en presa de la herrumbre y adquieren un olor repelente. Los perros tranquilos (que han comido) se vuelven rabiosos y su mordedura fatal”.



(Las bastardillas me pertenecen)

Estas apreciaciones que inspiraron las prácticas médicas son omitidas en las informaciones que de un modo u otro podemos obtener las mujeres evitando así la crítica social que por lo menos en la actualidad podríamos ensayar. El silencio intelectual e institucional acerca de estos datos constituye un síntoma social y forma parte de una política destinada a mantener la subordinación de género a través de la ignorancia silenciando la historia de los abusos sobrellevados y padecidos. Es una desinformación que invisibiliza la violencia.

Continuando con los aportes de Servert, en 1650, Harvey descubre que el embrión se desarrolla en un huevo y que la mujer produce un óvulo (célula) que será fecundado por el esperma del varón (en 1677, Hom y Leeuwenhoek, descubre el espermatozoide). De este modo se evidencia la responsabilidad de ambos sexos en la fecundación. Entonces la tarea materna conceptualizada como función se convierte en objeto de veneración y cuidado a través de la atención médica. Ello parece imprescindible no solo por lo misterioso de su matriz sino porque no consta que se halla desprendido de sus cualidades demoníacas. Se privilegia la debilidad de la mujer en razón de sus partos y enfrentamos entonces una nueva ideologización del discurso médico, que fomentará la ecuación que nos acompaña hasta hoy día: mujer igual útero igual madre12.

Foucault se refiere al siglo XVII señalando la represión sexual sobre la mujer asociada a la valoración de sus posibilidades como reproductora. Es una represión que formara parte del naciente orden burgués, que considera incompatibles sexo (maternidad) y trabajo. Generalizando podríamos decir que en el siglo XVIII aquellas conductas que se diferenciara de la maternidad colocaba a l mujer en situación de riesgo. Sin embargo en esa época se inicia una serie de juicios por o contra mujeres y ganados por ellas en lo que habría de ser un relámpago anticipatorio de la lucha por sus derechos.

Isabelle Vissière* describe varios de ellos, de los cuales seleccionó el de Mme. Blanchard, ocurrido en Rouen, 177213. desde fines del siglo XVIII se instaló en ciertos lugares de Europa, la costumbre de recurrir a los médicos cirujanos para acompañar los partos. Eran los tiempos de la Enciclopedia y parecía “más racional” hacerlo de este modo, a pesar el pudor de las mujeres. En ese entonces había dos estilos de partera: las matronas, que trabajaban especialmente en áreas rurales, no tenían diploma alguno y eran miradas con sospechas por la Iglesia, que les adjudicaba poderes ocultos; y las sages-femmes, algo así como obstétricas diplomadas, que solo podían trabajar bajo la dirección del médico. Rouen el caso Blanchard fue un intento de la corporación médica para desacreditar a estas mujeres y un movimiento masculino para frenar su participación en la vida profesional extra hogareña. Cierto día, Mme. Blanchard, es llamada de urgencia por una parturienta con hemorragias intensas y un embarazo de siete meses. Ocupada profesionalmente en ese momento, solicita se acuda al Dr. Drouet, a quien ella había iniciado en la obstetricia. Este médico, entiende que aún no era el tiempo del parto, se retira sin ocuparse de la hemorragia. Momentos después llega la partera, quien permanece con la paciente siete horas hasta yugular la hemorragia. Pocas horas más tarde se inicia el trabajo de parto: una presentación posterior, de modo tal que el bebé mostraba un pie, según reza el documento histórico, Mme. Blanchard manda a llamar al médico y mientras comienza a trabajar y advirtiendo la gravedad de la màdre y la debilidad del bebé, que, según había podido ver, era una niña. No osaba terminar el parto porque la colocación de la criatura era riesgosa y un mal movimiento podía fracturarle el cuello. Por fin logra sacarla hasta los omóplatos pero esperaba el momento que pudiera rotarla para extraerla. Aparece en ese instante el Dr. Drouet, insulta a la partera por haberse atrevido a proceder y le prohíbe seguir trabajando. Mme. Blanchard, le solicita un cuarto de hora más para poder hacer el movimiento de rotación. El se niega, tira su abrigo por el suelo y continúa insultando a Mme. Blanchard, de modo tal que la familia de la parturienta le solicita que seda el lugar al doctor ella le advierte: “Doctor, dejando de lado los insultos, le hago notar que el bebé tiene la boca apoyada sobre el hueso pubis de la madre, del lado de la cadera derecha. Tenga cuidado porque se le pueden entre las manos la paciente o el bebé”. El médico no hizo caso y decidió transportar y colocar en otra posición a la mujer sobre la cama moviéndola con el bebé colgando y a medio salir; una vez acomodada de esa forma, lo que determinó que la mujer se desmayase, continuó la tarea. Empezó por bajar los brazos del bebé que todavía estaban dentro de la madre manteniendo la abertura vaginal de modo que hubiese permitido el pasaje de la cabecita. Los descendió y pretendió sacar el bebé de un solo golpe. Pero, al haber bajado los brazos de la criatura, el pasaje vaginal disminuyó y se entrecerró. La maniobra del médico desprendió la cabeza del bebé del cuerpo, solo se mantuvo unida al tronco por una larga piel de dos dedos de ancho. Frente a esta incompetente maniobra, el doctor Drouet, hizo mover a la mujer sobre la cama volviéndola a su posición inicial, sin conseguir sacar la cabeza de la criatura. Llegó entonces u alumno de Drouet, cirujano, que había sido llamado por él y a quien le correspondía hacerse cargo del final de este parto: obtener la cabeza entera del bebé que permanecía en el interior de la madre.

Mme. Blanchard es citada frente la justicia por denuncia de la corporación médica de Rouen; acusada de llevar adelante prácticas para la que no estaba preparada, se le hace responsable de lo ocurrido y se la utilizan como excusa para afirmar, en un largo alegato, que las obstétricas no son aptas para atender los partos y que esta debe ser tarea exclusivamente a cargo del médico. El juicio donde figuran los alegatos de los defensores y la defensa a cargo de la misma Mme. Blanchard, es uno de los documento más esclarecedores que pueda leerse para atender cual era la política de la corporación médica respecto de las mujeres que practicaban la obstetricia. Por fin, siete años después finaliza el juicio, ganado Mme. Blanchard, cuyos antecedentes profesionales y personales constituyeron el soporte fundamental de su triunfo. Pero previamente perdió prestigio, clientela y dinero hasta quedar absolutamente desposeída. El parlamento de Rouen descargó a Mme. Blanchard de la causa iniciada contra ella, condenó al colegio de médicos cirujanos a pagar mil libras de intereses por los daños que la obstétrica sufriera, ordenó la supresión de los términos injuriosos y los datos calumniosos insertos en el texto de denuncias y autorizó la impresión y distribución de 50 afiches con la sentencia, cuyo gastos corrieron a cargo de los cirujanos.

Durante el iluminismo, existió cierta conciencia respecto de la situación de la mujer, lo cual, sin moficarla, producía sentencias de esta índole. He utilizado este espacio para narrar los avatares de Mme. Blanchard porque estoy convencida de que las mujeres debemos conocer nuestra historia y sus protagonistas.

Mujeres pobres-mujeres ricas.

Hasta aquí he mantenido la ficción de hablar de hombres y mujeres sin mencionar su pertenencia a clases o grupos económicos. Tomaré de Bárbara Ehrenreish y de Deidre English14algunos de los párrafos de su obra, esclarecedores al respecto. Las autoras utilizan un material descriptivo sobre la situación en los estados unidos entre 1865 y 1920. “El estilo de vida y los problemas de salud de las mujeres de clase alta diferían sustancialmente de las de clase baja, quienes padecían trabajo agotador debido al proceso de industrialización, las tareas domésticas y la crianza de los hijos. Las mujeres de clase alta que no trabajaban fuera de sus casas contaban con servidumbre que se ocupaba de la crianza de los niños y las tareas domésticas: ambas eran realizadas por mujeres de clases populares que, por lo tanto, no podían estar enfermas. Sin embargo, si esas mujeres eran inmigrantes, los observadores de la época las describían como ‘sucias y posiblemente contagiosas’”. N se desmayaban ni tenían padecimientos uterinos pero “eran portadoras de gérmenes del tifus, cólera y venéreas”. La distinción era clara: las mujeres de clase alta eran “enfermas” /trastornos nerviosos y uterinos) y las de clase baja eran “portadoras de enfermedades”.

El “delicado” sistema nerviosote las mujeres de clase alta reclamaba permanente atención médica, lo mismo que su útero, y cualquier sobresalto las llevaba a guardar cama. Eran el adorno de una sociedad que se industrializaba al precio de la salud de otros: las mujeres y los niños de las clases populares trabajaban a destajo a cambio de sueldos de hambre y eran atendidos en hospitales miserables cuando precisaban cuidados médicos. En España, la Concepción Arenal (1861) promovió una famosa denuncia al respecto.

Para las clases altas se creó el culto a la invalidez femenina, pero tanto ellas cuanto las mujeres de clases populares se enfrentaban con un riesgo que el hombre no compartía: partos y embarazos. (Recordemos la explosión demográfica que acompañó a la Revolución Industrial).

Las mujeres denlas clases bajas estaban suficientemente agotadas y exhaustas como para remitirse a los beneficios de la llamada fragilidad femenina. Podían perder su empleo si faltaban al trabajo y no tenían días especiales para atención de posparto. El problema de las sirvientas era grave: podían contagiar a sus patronas. Estos eran aportes de la “ciencia” médica que no sólo carecía de asidero sino que cumplían una misión discriminatoria sexista contra la mujer en primer término y en relación con la pertenencia a grupos sociales, porque sin la presencia de sirvientas, las mujeres de las clases acomodadas no hubieses podido explotar una fragilidad que la conducía a vivir reposando.

Investigadoras e investigadores de nuestro país han hecho aportes significativos en el mismo sentido. En su trabajo acerca de sectores populares en Buenos Aires, F, Jelin y M. del C. Feijóo afirman de modo contundente:

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