Sobre la resistencia



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SUPLEMENTO  A  “SOBRE  LA  RESISTENCIA”

NOAM  CHOMSKY


Tras la publicación de “Sobre la resistencia” en la New York Review of Books, se recibió cierto número de cartas muy interesantes que referían a varias de las cuestiones planteadas en este artículo. Dos de ellas fueron publicadas, acompañadas de comentarios míos, en el número correspondiente al 1 de febrero de 1968. La primera de ellas, de un profesor de college a quien llamaré simplemente Mr. Y, apuntaba “un giro de opinión nada espectacular pero firme” entre la gente de clase media, la mayoría de las personas conservadoras o apolíticas, que “deciden que la guerra simplemente no vale lo que cuesta”. Mr, Y opina que estas personas pueden convencerse no de que la guerra es mala, sino que de que es “una maldita tontería” y sugiere que “el esfuerzo paciente por atraerse a estos millones de personas que consideran la guerra en términos pragmáticos más que en términos morales puede ser más importante” que las diversas formas de resistencia, las cuales; pese a que tal vez ponen de manifiesto una “conciencia pura”, no pueden “contribuir realmente a poner fin a la guerra”. La segunda carta es de un antiguo miembro de “La Resistencia”, ahora oculto y obviamente no identificado, que firma simplemente William X. Según su análisis de la situación, “la guerra finalizará cuando la clase media lo desee”, y “lo que motivará que la clase media desee acabar la guerra será la conjunción  de la resistencia vietnamita más el elevado coste en esfuerzo para la clase media y la obstrucción en nuestro país”. De ello se sigue, por tanto, “ que las actividades antibélicas más eficaces son las que crean más trastornos, las más costosas, las que minan más las autoridad del gobierno en el interior y en su política de guerra”: las rebeliones de los ghettos (“los elementos de la clase media blanca opuestos a la guerra deben trabajar para proteger a los participantes en ellas”), las manifestaciones como las del Pentágono y los centros de reclutamiento de Nueva York y Oakland, y otras que pongan en cuestión la autoridad del gobierno y que, consiguientemente, “escalen el coste de la guerra” para él. Se opone, por tanto, al acto individual de “confrontación”, y describe la “noción de las alternativas - servicio militar, cárcel o exilio-” esbozada en mi artículo como “demasiado limitada, restringida por la falta de experiencia y por la falta de comprensión plena de lo que hay que hacer”. “Tenemos una tarea que cumplir, o simplemente debemos vivir nuestra vida, y no pretender hacer su tarea más fácil o nuestras vidas más miserables”. Aconseja “seguir el principio de quien la hace la paga. Eso es lo que saben los negros, que cantan y bailan al mismo tiempo”.


 
 Mis propias observaciones publicadas junto a estas cartas no pretendían ser una “respuesta”, sino simplemente una tercera reacción, algo diferente, a las mismas cuestiones. He añadido algunos párrafos para su publicación aquí.

Mr. Y y William X están de acuerdo en que las actitudes de la clase media serán decisivas para determinar la salida de la guerra americana en Vietnam, y en que estas actitudes sean decisivas para modeladas no por consideraciones morales, sino por consideraciones pragmáticas, por consideraciones de coste. Pero llegan a conclusiones diametralmente opuestas en lo que respecta a la elección de la táctica adecuada: Mr. Y concluye que “las actividades antibélicas más eficaces son las que crean más trastornos”. Considerando la situación desde una perspectiva más bien parecida, me encuentro a pesar de todo llevado a conclusiones también diferentes. Difícilmente puede sorprender. Nadie puede valorar la efectividad de las diversas tácticas con precisión. Por otra parte, ninguna de las orientaciones que se abren ante nosotros nos da muchas esperanzas de impedir la tragedia de Vietnam adquiera dimensiones todavía más aterradoras. Desgraciadamente, estamos discutiendo sobre tácticas de efectividad limitada y de consecuencias parcialmente imprevisibles.

Sospecho que Mr. Y y Mr. X exageran la importancia política de la opinión de la clase media. Incluso aunque el 65% o el 99% del pueblo americano estuviera convencido de que “la guerra es una maldita tontería”, seguiría planteando el problema de convertir este convencimiento en una acción políticamente eficaz. Parece dudoso que el sistema político dé esta posibilidad de una manera realista. Quienes creen que una “victoria” americana en Vietnam sería una tragedia política y moral se enfrentan, por consiguiente, con dos clases de problemas tácticos: en primer lugar, cómo conseguir que “ la opinión pragmática de la clase media” se oponga a la guerra; en segundo lugar, cómo dar una expresión política eficaz a la oposición existente. No estoy convencido de que ninguno de los dos corresponsales sea enteramente realista al enjuiciar estas cuestiones.

Examinemos primero la cuestión del disentimiento. No es necesario tratar de convencer a nadie de que sus impuestos están aumentando. De que el hijo de su vecino ha sido muerto y de que a él nada de eso puede gustarle. Me parece que el disentimiento debe preocuparse más bien de los problemas políticos y morales. No hay duda de que el gobierno norteamericano domina los recursos necesarios para acabar la guerra la guerra por aniquilación, y Mr. Y descuida el hecho de que quienes pueden aceptar perfectamente este modo de ponerle fin. Supongamos, por ejemplo, que los militares decidieran que el empleo de armas nucleares tácticas proporcionaría el medio más barato para desarraigar la estructura política y administrativa del FNL en el delta del Mekong (con la inevitable declaración solemne de la Freedom House ensalzando esta utilización de medios limitados para mostrar que la violencia no compensa). El objetivo del disentimiento es movilizar a la opinión contra el empleo de la fuerza americana para imponer una solución política en Vietnam - desde la horrible medida en que se emplea hoy, a la todavía más bárbara medida de mañana, o en cualquier medida - independientemente de su coste. Éste es el problema crucial que debe afrontar el disentimiento respecto a Vietnam que están a punto de estallar en todo el Tercer Mundo. Contrariamente a Mr. Y, por tanto, creo que el disentimiento debería estar encaminado a convencer al pueblo americano de que la guerra es mala, y a explicar por qué este empleo de la fuerza o cualquier otro parecido es malo.

Consideremos seguidamente el supuesto de que la oposición a la guerra aumentará a medida que crezcan los costes de esta última. De ello se sigue que deberíamos tratar de aumentar estos costes. La resistencia, realizada adecuadamente, puede servir para aumentar el coste doméstico de la agresión norteamericana, y, consiguientemente, puede contribuir a modelar las actitudes de las “clases medias pragmáticas” de que habla Mr. Y sin duda está equivocado al suponer que quienes participan en la resistencia lo hacen para preservar su pureza moral. La carta de Mr. X es un cabal testimonio del hecho de que la resistencia puede ser emprendida, y creo que lo es muy generalmente, como un acto político. Cabe afirmar que está mal orientada, pero no que es apolítica. Naturalmente, el resistente puede escoger su táctica de modo que eleve al máximo la posibilidad de que la oposición creciente asuma una forma civilizada - en el caso de Vietnam, la retirada y no la aniquilación - y puede acompañar su resistencia con el tipo de disentimiento que crea que elevará el nivel general de consciencia política y moral. Me parece que éstas son las conclusiones que se pueden extraer del análisis de la situación propuesto por Mr. Y.

Me parece que la resistencia al reclutamiento reúne estas condiciones. El principio está claro y carece de ambigüedad. La negativa de un individuo a llevar a cabo los actos criminales de su gobierno dispone la escena, de la manera más eficaz, para el intento de demostrar la naturaleza criminal de estos actos. Además, la resistencia es “costosa”, tanto para el gobierno como para las “clases medias pragmáticas”. Permítaseme concretar la cuestión. La resistencia al reclutamiento es, por el momento, muy fuerte entre los estudiantes de las mejores universidades. El mes pasado, por ejemplo, 320 estudiantes de Derecho y varios centenares de estudiantes de Yale firmaron declaraciones de “No queremos ir”. El gobierno pronto se vio obligado a tomar una decisión sobre el reclutamiento de los estudiantes de doctorado. Si la resistencia continúa aumentando, la decisión será costosa, sin que importe cómo se consiga. Resulta políticamente difícil dar a los estudiantes una exención general, por razones obvias. Por otra parte, si la resistencia se desarrolla, un intento de reclutar a los estudiantes colocaría al gobierno en la situación de tolerar una violación abierta a la ley o de llevar a cabo actos represivos serios contra los hijos de la élite social y económica. Uno de los costes de la guerra es el desprecio hacia el gobierno, por su violencia y su mendacidad, sentido por muchos jóvenes. El castigo a los resistentes ampliaría esta desafección, y podría orientarla en nuevas direcciones. La implicación de los adultos en apoyo a los resistentes aumenta los costes todavía más. Si miramos más allá de Vietnam, los costes pueden ser mayores aún, no solamente debido a las imprevisibles consecuencias de una represión realmente a gran escala contra aquellos de quienes se espera que dirijan la sociedad en los años venideros, sino también a causa del “peligro” inherente al hecho de que un ciudadano se atreva a preguntarse si debe obedecer mecánicamente, con lo cual plantea la cuestión del ámbito de la acción política significativa.

Existen varias maneras en las que se puede esperar influir sobre las decisiones tomadas por el gobierno. Una de ellas consiste en tratar de influir sobre la opción que será ofrecida por los dos principales partidos políticos y ejercitar esta opción en la jornada electoral. Otro enfoque de la cuestión, muy diferente, consiste en tratar de modificar las condiciones objetivas que todo funcionario elegido ha de tener en cuenta cuando determina una línea de acción. No deseo llegar hasta la cuestión general de la legitimidad de estas alternativas, sino más bien hacer dos puntualizaciones. Primero, que quienes se ven implicados en el primer procedimiento considerarán naturalmente la acción política de la última especie - la resistencia al reclutamiento, por ejemplo - como un peligro, cuyo coste deberán tratar de reducir. En segundo lugar, para ser realista, en este momento el sistema parlamentario casi no ofrece posibilidad alguna para una acción de importancia sobre cuestiones como la de Vietnam. Naturalmente, no se puede estar completamente seguro de ello. A pesar de todo, también podemos enfrentarnos con la abrumadora probabilidad de que la elección de noviembre haya de tener lugar entre unas políticas casi imposibles de distinguir. La candidatura del senador McCarthy puede ser importante como esfuerzo educativo (difícilmente se la puede considerar en esfuerzo político) si McCarthy pudiera suscitar cuestiones serias y liberarse de los estrechos límites de lo que hoy pasa en nuestro país por discusión política. Resulta notable que en esta democracia ni una sola figura pública, ningún sector de la masa media, propugne la posición que, según la reciente encuesta internacional del Instituto Gallup, adopta la abrumadora mayoría de la gente en buena parte del “mundo libre”: que los Estados Unidos deben retirarse de Vietnam. Las cuestiones básicas no son discutidas entre la masa media y no son planteadas en las urnas. He aquí unas realidades que debemos afrontar al determinar el modo de acción política adecuado.

Para resumir: la resistencia al reclutamiento puede hacer uso de la naturaleza desigualitaria de la sociedad americana como técnica para aumentar el coste de la agresión norteamericana, y amenazar así valores que son importantes para quienes se hallan en situación de tomar decisiones. (Quien comparte estos valores debe preguntarse entonces cómo benefician a nuestras víctimas, y qué  precio se debe pagar para asegurarlos frente a todo riesgo. Resulta difícil estimar lo que pueden pesar estos valores puestos en la balanza, pero creo que Mr. Y no está justificado al pretender que el objetivo de la resistencia solamente puede ser salvaguardar la pureza de la propia conciencia.)

Naturalmente, la resistencia puede tener efectos contrarios: puede conducir a la “oposición pragmática” a exigir una victoria dura y brutal. Sin embargo, el peligro me parece escaso. No hay razón por la cual un acto conforme a principios, obviamente valeroso y altamente moral haya de tener esta consecuencia. Creo que más bien conducirá a otros a pensar en su propia complicidad, en su trabajo, en que pagan sus impuestos de guerra, en su defensa de la paz doméstica que permite operar libremente a quienes hacen la guerra. Además, es importante tener presente que todo acto político implica un peligro potencial de esta índole. Por ejemplo, no es difícil que el presidente Johnson reaccione ante una amenaza en las urnas con una fuerte escalada, siguiendo la teoría (probablemente correcta) de que esto le proporcionaría al menos un apoyo a corto plazo. No veo razón alguna para pensar que la resistencia no violenta haya de tener esta consecuencia más fácilmente que la política electoral. Todo lo contrario.

Pese a estar de acuerdo con Mr. X en que la resistencia puede ser un acto político eficaz, creo que su análisis está equivocado en tres aspectos. En primer lugar, creo que valora mal las consecuencias que las acciones que crean trastornos pueden tener sobre la clase media, a la que desea llevar la oposición. En segundo lugar, creo que está considerando la noción de “coste” en un sentido demasiado limitado. Y en tercer lugar, creo que infravalora la fuerza que tiene el gobierno. En lo que respecta a la primera cuestión, deja de tener en cuenta la gran facilidad con que las acciones que originan trastornos pueden aumentar la exigencia de ganar la guerra mediante el terror puro y acaso, también, con una violenta represión interior. En lo relativo a los costes, solamente tiene en cuenta el “esfuerzo y el dinero”. Pero sospecho que éstos son costes despreciables cuando consideramos las clases de acciones que originan trastornos que puedan realizar las clases medias blancas, tanto estudiantes como adultos. El millón de dólares gastado por el gobierno el 21 de octubre es para él una suma sin importancia, pero en cambio las sumas sustancialmente importantes gastadas para organizar la manifestación no carecen de para nada de importancia para el “movimiento por la paz”. De ahí que si el criterio fuera el coste en este sentido, la manifestación tendría que haber sido considerada como un revés serio. En general, creo que los costes de importancia que puede aumentar la resistencia de los estudiantes y de la clase media son los costes más abstractos discutidos anteriormente. No es posible calcularlos en dólares y en centavos, pero no por eso son menos reales.

En lo que respecta a las fuerzas del gobierno, creo que pueden controlar fácilmente cualquier manifestación activa previsible desde ahora. Como observaba recientemente Hans Morgenthau, ha habido un cambio cualitativo en el equilibrio de fuerzas entre un gobierno y una plebe unida, y esta disparidad no puede menos que aumentar. Un informa del pasado mes de junio del Instituto de Análisis de la Defensa (IDA) proponía un montón de sabrosas ideas nuevas para el “control de multitudes” (polvos picantes, “ampollas pegajosas para pegar juntos a los agitadores”, agentes químicos, “fibras pegajosas, bandas o adhesivos de difusión mecánica, susceptibles de frenar el movimiento de la multitud al atar a las personas entre sí o al enredarse en cualquiera de ellas”, generadores de espuma que susciten “angustia psicológica por la pérdida de contacto con el entorno”, dardos tranquilizantes, etc.) (Noticia de la Associated Press del 11 de noviembre de 1967, que da una interesante predicción del futuro y un útil atisbo de la mejor investigación universitaria.) Barrunto que hablar de actos originadores de trastornos es una fantasía.

No he dicho nada sobre las rebeliones de los ghettos. Pueden influir sobre la guerra de una u otra manera, pero no son acciones emprendidas con la finalidad de conseguir la retirada americana y creo que deben ser consideradas en un contexto completamente distinto.


 
Aunque hoy el contexto es todavía muy diferente, todavía hay grandes esperanzas de que la resistencia contra la guerra de Vietnam y las corrientes imperialistas más profundas, de las cuales esta última no es más que una manifestación, puedan contribuir a la lucha contra la opresión interior. No hay duda de que una de las cosas que hacen presión sobre el gobierno para poner fin a la guerra es el temor de que las tropas sean necesarias para ocupar las ciudades norteamericanas e imponer el status quo en nuestra propia casa. La especie de mentalidad de “guerra limitada” subyacente al estudio del IDA que se acaba de mencionar queda revelada todavía más explícitamente por Homer Bigart en el New York Times del 22 de marzo de 1968, en un largo reportaje titulado “El Ejército ayuda a la Policía a contener a los ‘hip’ en los desórdenes”. Citaré algunos párrafos para que se pueda percibir su sabor:

Ayer se reunieron en una loma llena de pinos unos 60 policías de la ciudad y del Estado y oficiales de la Guardia Nacional para observar la prueba de unos “agentes no letales” que pueden ser empleados este verano para dispersar algaradas multitudinarias en las ciudades de la nación. ... Mientras cantaban los petirrojos, fueron servidos café y pastas y la banda tocó The Stars and Stripes Forever, cuando la sexta promoción del Curso de Orientación sobre Desobediencia Civil descendió de un autobús del Ejército para iniciar un curso de veinte horas de duración sobre la anatomía de una algarada... [en la] ... escuela de control de desórdenes del Ejército, una institución concebida apresuradamente hace unos meses para difundir las oscuras enseñanzas obtenidas de las algaradas de Detroit y Newark...

El reportaje prosigue con la descripción de los nuevos tipos de gas lacrimógeno, “más devastadores”, de que se dispone ahora, y las maneras en que se pueden emplear granadas y helicópteros para controlar a “las turbas”. UN foto adjunta muestra una “batalla simulada entre manifestantes militantes de los derechos civiles y la Guardia Nacional”. Los manifestantes llevan una pancarta que dice: “We Shall Overcome” [Venceremos] y los soldados, fuertemente armados con máscaras antigás y bayoneta calada, muestran cómo se puede refutar este slogan. La descripción continúa como sigue:

El choque se representa en un falso escenario del estilo de Hollywood de una comunidad llamada Villalgarada... “Baby”, un encendido militante..., se dirige a la multitud, denunciando la brutalidad de la policía. La turba da muestras de denunciar la guerra. Una pancarta reza “We Shall Overcome”. El “alcalde” recibe una lluvia de adoquines y piedras cuando intenta calmar a la multitud. Pero entonces llega la Guardia Nacional. Empleando gases lacrimógenos, bayonetas, un vehículo blindado de transporte de personal, y la táctica clásica contra manifestantes, las tropas dominan la situación. “Baby” es capturado y encerrado en un coche blindado.

El auditorio, presumiblemente, da un suspiro de alivio, bebiendo el café y comiendo las pastas a los sones de The Stars and Stripes Forever cuando la escena de la pantalla de desvanece, afianzando en el convencimiento de que quienes denuncian la guerra, la miseria y el racismo no prevalecerán; y todo esto es una razonable previsión de lo que puede depararnos el futuro.

No estoy de acuerdo con Mr. X en su crítica de la táctica de escalar la confrontación, propuesta, en cierta ocasión, por el grupo escasamente organizado que se llamaba “La Resistencia”. Las confrontaciones vendrán con bastante facilidad. La verdadera tarea, para el presente, consiste en organizar tan ampliamente como sea posible una base de apoyo para la resistencia; una proliferación de grupos de apoyo a la resistencia local vinculados entre sí por una red nacional, con la participación de resistentes blancos y negros, con el apoyo de adultos de la clase media dentro y fuera de la universidad, con importante ayuda financiera y el compromiso personal de gentes que crean que la resistencia puede convertirse en algo políticamente eficaz, que crean que tienen la responsabilidad moral de proporcionar una ayuda concreta a quienes se niegan a servir en el Vietnam, que deseen aumentar el coste político de la represión permaneciendo junto a los jóvenes, los cuales inevitablemente padecerán las consecuencias más duras. Pensando más a largo plazo, puede ser que los avances más significativos hacia una reforma de la sociedad americana resulten ser los esfuerzos de unas cuantas personas muy valerosas y calladas que se dediquen a organizar a la comunidad, empleando frecuentemente el reclutamiento y sus injusticias como punto de penetración en las comunidades que proporcionan la base de masas a la represión norteamericana, y tratando de crear tanto una consciencia como una estructura organizativa para la resistencia por parte de quienes llevan la carga más pesada pero que, por el momento, son víctimas pasivas de una ideología coactiva indiscutida. La organización nacional RESISTIR está intentando crear la trama de gran variedad de actividades como éstas, empleando como punto de partida el Llamamiento a la resistencia a la autoridad ilegítima (gran parte del cual apareció en forma de publicidad en la New York Review of Books del 12 de octubre de 1967). Pese a todas las matizaciones necesarias, creo que el compromiso en este esfuerzo es la forma más eficaz de acción política contra esta guerra y contra las guerras futuras que se le ofrece hoy al ciudadano preocupado.

Aquellos de nosotros que no están expuestos al ataque directo y que gozan de relativa libertad para optar por determinado tipo de acción tienen una responsabilidad para con las víctimas del poder americano a la que debemos enfrentarnos decidida y seriamente. Al examinar cualquier táctica de protesta o de resistencia, debemos preguntarnos cuáles serán sus consecuencias probables para el pueblo de Vietnam, de Guatemala o de Harlem, y que efecto producirá sobre la edificación de un movimiento contra la guerra y la opresión, de un movimiento que contribuya a crear una sociedad en la que se pueda vivir sin temor y sin sentirse avergonzado. Tenemos que buscar los medios de persuadir a un gran número de norteamericanos para que se comprometan en esta tarea, y tenemos que ingeniar modos de convertir este compromiso en una acción eficaz. Este objetivo puede parecer muy remoto, casi una fantasía, pero para las personas serias se trata de la única estrategia en que se puede pensar. La persuasión debe hacerse tanto con acciones como con palabras, debe implicar la construcción de instituciones y de formas sociales, aunque sea a nivel microscópico, que venzan el espíritu de competencia y la búsqueda individualista del interés personal, los cuales han mostrado ser un mecanismo de control social tan eficaz como el de un Estado totalitario. Pero el objetivo debe ser idear y construir alternativas a la ideología y a las instituciones sociales actuales, que sean más valiosas por razones intelectuales y morales y que puedan atare hacia ellas a masas de norteamericanos que consideren que satisfacen más sus necesidades humanas, incluyendo la necesidad humana de mostrar compasión, de animar y de ayudar a quienes tratan de salir de la miseria y de la degradación que nuestra sociedad ha contribuido a crear.

Sería una locura criminal dejar de actuar cuando hay posibilidades de avanzar hacia estos objetivos, o actuar de un modo que los alejara todavía más que hoy. No es fácil encontrar la manera de navegar entre estos peligros. No hay duda de que en el pasado reciente el error ha estado en el bando de la precaución y la inacción, del temor y de la ceguera moral. Pero se debe tener bien presente, a medida que aumenta la tensión, que el error opuesto no es menos serio. Es muy fácil idear tácticas que contribuyan a consolidar las fuerzas latentes de un potencial fascismo americano. Por mencionar solamente un ejemplo obvio, el ataque verbal y físico a la policía, por mucha provocación que haya para ello, solamente puede tener este resultado. Una táctica que puede parecer “radical” y, en un sentido limitado, justificada por la magnitud de la infamia y el mal que parece atacar. Pero no es así.

En realidad, carece de sentido hablar - como hacen muchos - de tácticas y de acciones a las que se atribuye el calificativo de “radicales”, “liberales”, “conservadoras” o “reaccionarias”. Una acción no puede ser colocada por sí misma en una dimensión política plena. Puede tener éxito o no en la consecución de un fin susceptible de ser descrito en términos políticos. Pero es útil recordar que la misma táctica que un hombre puede proponer con una elevada consciencia y con un profundo compromiso para un cambio social radical también puede ser propugnada por un confidente de la policía bien situado, que intente destruir un movimiento así y aumentar el apoyo popular para las fuerzas de la represión. Considérese por ejemplo el incendio del Reichstag, por volver a una época menos alejada de lo que uno quisiera. O considérese la acción de un refugiado judío polaco de diecisiete años, hace precisamente treinta años, Herschel Grynzpan, que asesinó a un funcionario alemán en Paría en noviembre de 1938. Es difícil condenar este acto de desesperación, que desencadenó violentos pogroms por toda Alemania y contribuyó a atrincherar más profundamente el régimen de terror nazi; pero las víctimas del terror nazi no le darían las gracias a Herschel Grynzpan. 0No debemos abandonar a las víctimas del poder americano, ni jugar con su suerte. No debemos permitir que se imponga la misma represión a nuevas víctimas indefensas, ni que se desencadene contra ellas el mismo ciego furor. Actos que pueden parecer plenamente justificados en sí mismos, cuando se los considera en un sentido limitado, pueden ser muy equivocados examinados a la luz de sus consecuencias probables. Y si se deja de tener en cuenta a quienes pueden verse afectados por ello, si se deja de actuar con fuerza y decisión cuando puede hacerse de un modo constructivo, ello no es menos irreflexivo o indefendible. He aquí unas observaciones generales, acaso de no mucha ayuda cuando nos enfrentamos con la cuestión concreta de qué hacer. Sin embargo, sigo creyendo que líneas de orientación como éstas deben formar la trama de esas decisiones.

Una observación final. La guerra de Vietnam es el ejemplo más obsceno de un fenómeno aterrador de la historia contemporánea: el intento de nuestro país de imponer su particular concepción del orden y de la estabilidad en buena parte del mundo. Medido según cualquier patrón objetivo, los Estados Unidos se han convertido en la potencia más agresiva de la tierra, en la mayor amenaza a la paz, a la autodeterminación nacional y a la cooperación internacional. Al mismo tiempo, gozamos de un grado elevado de libertad interna. Podemos hablar, escribir, organizar. Los resistentes pueden ser castigados severamente, pero no serán enviados a campos de trabajo esclavizado o a las cámaras de gas. Dados estos hechos, la resistencia es factible incluso para quienes no son héroes por naturaleza, y es una obligación, creo, para quienes temen las consecuencias y aborrecen la realidad del intento de imponer la hegemonía norteamericana. Ahora la resistencia no puede mermar de manera importante el caudal de fuerza humana que hace posible el empleo del poder americano para la represión global, ni puede tampoco, en este momento, dificultar de manera importante la investigación, la producción y los abastecimientos sobre los que se basa este poder. Pero puede contribuir en notable medida a elevar los costes internos de ese intento y a eliminar la apatía y la pasividad que le permiten tener éxito. Tiene, consiguientemente, un significado potencial que se extiende más allá de Vietnam. Puede contribuir a salvar a otros pequeños países del destino de Vietnam y, en realidad, a salvar al mundo de una catástrofe indescriptible.





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