Sivainvi philip K. Dick



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SIVAINVI

Philip K. Dick

Título original: Valis

Traducción: Rubén Masera

© 1981 by Philip K. Dick

© 1988 Ultramar Editores S.A.

Mallorca 49 - Barcelona

ISBN: 84-7386-511-1

Edición digital: Daniel Sierras

Revisiones: j3sanchez y Sadrac




A Russell Galen,

que me señaló el buen camino.

SIVAINVI (sigla de Sistema de Vasta Inteligencia Viva, nombre tomado de un film norteamericano): Perturbación del campo de la realidad por el que se crea un vórtice negentrópico autocontrolado y espontáneo que tiende progresivamente a subsumir e incorporar su medio para transformarlo en estructuras de información. Se caracteriza por contar con una cuasi conciencia, finalidad, inteligencia, desarrollo y coherencia armilar.



Gran Diccionario Soviético

Sexta edición, 1992

1
El quebrantamiento nervioso de Amacaballo Fat comenzó el día en que recibió el llamado telefónico de Gloria para preguntarle si tenía algunas píldoras de Nembutal. Él intentó averiguar para qué las quería y ella le explicó que tenía intención de matarse. Estaba llamando a todos los que conocía. Ya había recolectado cincuenta pero, para que no hubiera dudas sobre el resultado, necesitaba treinta o cuarenta más.

Inmediatamente Amacaballo Fat dedujo que esta era la forma en que ella estaba pidiendo ayuda. Desde hacía años Fat venía desarrollando la fantasía de que él era capaz de dispensar ayuda a la gente. En una oportunidad su psiquiatra le había dicho que para mejorar tendría que hacer dos cosas: abandonar la droga (cosa que no había hecho) y dejar de intentar ayudar a la gente (todavía trataba de hacerlo).

A decir verdad, no tenía píldoras de Nembutal. No tenía somníferos de ninguna especie. Nunca los consumía. Consumía estimulantes. De modo que dárselas a Gloria para que se matara estaba fuera de sus posibilidades. De cualquier manera, no lo habría hecho aun cuando le hubiera sido posible.

—Tengo diez —dijo. Porque si le hubiera dicho la verdad, ella habría colgado.

—Entonces iré a tu casa —dijo Gloria con una voz racional y serena, el mismo tono que había empleado para, pedirle las píldoras.

Él se dio cuenta entonces de que no estaba pidiendo ayuda. Se encontraba completamente loca. Si hubiera estado normal, se habría dado cuenta que le era necesario disimular su propósito, puesto que así lo convertiría en cómplice. Para que hubiera estado de acuerdo con ella tendría que desearle la muerte. No había motivo para que él —o para que cualquier otro— deseara semejante cosa. Gloria era una mujer gentil y civilizada, pero consumía ácido en abundancia. Era evidente que desde la última vez que tuvo noticias de ella, seis meses atrás, el ácido le había hecho estragos en la mente.

—¿Qué has estado haciendo?

—Estuve internada en el Hospital del Monte de Sión en San Francisco. Traté de suicidarme y mamá me hizo recluir. Me dieron de alta la semana pasada.

—¿Te has curado? —preguntó Fat.

—Sí —contestó ella.

Ese fue el momento en que Fat comenzó a enloquecer. No lo advirtió entonces, pero había sido arrastrado a un innenarrable juego psicológico. No había escapatoria. Gloria Knudson, además de haber hecho estragos en su propio cerebro, los hizo también en el de su amigo. Probablemente había hecho lo mismo con seis o siete personas más, todos amigos que la querían, en conversaciones telefónicas similares. Seguro que había aniquilado, además, a su madre y a su padre. Fat oyó en su voz racional el tono del nihilismo, el tañido del vacío. No estaba tratando con una persona; al otro extremo de la línea telefónica había un arco reflejo.

Lo que no sabía entonces es que a veces perder la cordura constituye una respuesta adecuada a la realidad. Oír que Gloria pedía racionalmente la muerte era padecer el contagio. Era una de esas trampas chinas para dedos: cuanto más intenta uno librarse, más estrechamente se ajusta la trampa.

—¿Dónde te encuentras ahora? —le preguntó.

—En Modesto. En casa de mis padres.

Como él vivía en el Condado de Marin, ella se encontraba a varias horas de automóvil. No se emprendía semejante viaje por nada. Esta era otra prueba de locura: tres horas de viaje de ida y tres de vuelta por diez píldoras de Nembutal. ¿Por qué sencillamente no estrellar el automóvil? Gloria ni siquiera cometía su acto irracional racionalmente. Gracias, Tim Leary, pensó Fat. Tú y tu promoción del júbilo de expandir la conciencia por medio de la droga. No sabía que en la línea se encontraba su propia vida. Esto sucedía en 1971. En 1972 se encontraría en Vancouver, al Norte, en la Columbia Británica, luego de intentar suicidarse, solo, pobre y asustado en una ciudad extranjera. Por el momento se le ahorraba ese conocimiento. Todo lo que quería era persuadir a Gloria de que fuera al Condado de Marin para poder ayudarla. Uno de los mayores actos de la clemencia de Dios es que nos tiene en perpetua ignorancia de nuestro destino. En 1976 (fracasado el intento de suicidio de Vancouver), totalmente enloquecido de dolor, Amacaballo Fat se cortaría la muñeca, tomaría cuarenta y nueve tabletas de digital de alta gradación y se encerraría en un garaje con el motor del automóvil en marcha; también entonces fracasaría. Bien, el cuerpo tiene poderes que la mente desconoce. Sin embargo, la mente de Gloria tenía total control de su cuerpo; estaba racionalmente loca.

Casi toda locura puede identificarse con lo extravagante y lo teatral. Uno se pone una sartén en la cabeza, una toalla en torno de la cintura, se pinta la cara de púrpura y sale a la calle. Gloria estaba tan serena como siempre; se mostraba cortés y civilizada. Si hubiera vivido en la antigua Roma o en el Japón, habría pasado inadvertida. Su capacidad de conducir probablemente permanecía inalterada. Se detendría ante las luces rojas y no excedería los límites de velocidad... en viaje a casa de Fat para buscar las diez píldoras de Nembutal.

Yo soy Amacaballo Fat y estoy escribiendo esto en tercera persona con el fin de ganar la tan necesitada objetividad. No amaba a Gloria Knudson, pero me gustaba. En Berkeley ella y su marido habían ofrecido fiestas elegantes y siempre nos invitaban a mi mujer y a mí. Gloria se pasaba horas preparando bocadillos y servía diversas clases de vino; se vestía cuidadosamente y lucía adorable can su rizado y corto pelo color arena.

De cualquier manera, Amacaballo Fat no tenía Nembutal que darle, y una semana más tarde, Gloria se arrojó desde una ventana del décimo piso del Edificio Synanon en Oakland: California, y se hizo pedazos contra el pavimento del Bulevar MacArthur; y Amacaballo Fat siguió el insidioso y prolongado proceso de decadencia al encuentro de la desdicha y la enfermedad, la especie de caos que, según los astrofísicos, es el destino que aguarda al universo entero. Fat se había adelantado a su tiempo, se había adelantado al universo mismo. Terminó por olvidar el acontecimiento que había iniciado su proceso de declinación en dirección a la entropía; Dios, piadosamente, nos mantiene en ignorancia del pasado además de ocultarnos el futuro. Durante dos meses, luego de enterarse del suicidio de Gloria, lloró, miró televisión y consumió drogas con mayor abundancia todavía; también su cerebro se extraviaba, pero él no lo sabía. La clemencia de Dios es infinita.

En realidad, un año antes la locura había arrebatado a Fat su propia esposa. Era como una epidemia. Nadie sabía en qué medida aquello era consecuencia de la droga. Por ese tiempo en los Estados Unidos —de 1960 a 1970— y en ese lugar, la zona de la Bahía del Norte de California, todo se había ido a la mierda. Lamento decirlo, pero es la verdad. Los términos delicados y las teorías sofisticadas no pueden ocultar el hecho. Las autoridades se volvieron tan psicóticas como aquellos a los que perseguían. Querían eliminar a todas las personas que no fueran clones del establishment. Estaban ganadas por el odio. Fat había visto policías que lo miraban con la ferocidad de un lobo. El día que trasladaron de la cárcel del Condado de Marin a Angela Davis, la marxista negra, las autoridades desmantelaron todo el centro cívico. Fue con el fin de frustrar a los radicales que hubieran intentado crear dificultades. Se paralizaron los ascensores; la señalización de las puertas contenía información falsa; el fiscal del distrito judicial se escondió. Fat vio todo eso. Había ido al centro cívico para devolver un libro a la biblioteca. Al pasar por el arco electrónico de entrada al centro cívico, dos polis desgarraron el libro y unos papeles que Fat llevaba consigo. Quedó perplejo. Todo ese día lo dejó perplejo. En la cafetería un poli armado miraba comer a la gente. Fat volvió a casa en taxi, con miedo de su propio automóvil y preguntándose si no estaría chiflado. Lo estaba, pero también lo estaban todos los demás.

Soy, de profesión, escritor de ciencia-ficción. La fantasía es mi empresa. Mi vida es una fantasía. No obstante, Gloria Knudson yace en una caja en Modesto, California. En mi álbum de fotografías hay una foto de las coronas del funeral. En colores, de modo que se puede apreciar la belleza de las coronas. En último término hay aparcado un VW. Se me ve entrando furtivamente en él en mitad del servicio. Me es imposible seguir aguantando.

Después del servicio junto a la tumba, el ex marido de Gloria, Bob, yo y algún amigo lloroso suyo y de ella tuvimos un tardío almuerzo en un restaurante elegante de Modesto, no lejos del cementerio. La camarera nos hizo sentar en la parte trasera porque los tres parecíamos hippies, a pesar de llevar traje y corbata. No nos importó un comino. No recuerdo de qué hablamos. La noche anterior Bob y yo —quiero decir Bob y Amacaballo Fat— fuimos a Oakland a ver el film Patton. Algo antes de que tuviera lugar el servicio de inhumación Fat conoció a los padres de Gloria. Al igual que su hija fallecida, lo trataron con suma amabilidad. Varios amigos de Gloria estaban de pie, en el trillado cuarto de estar estilo rancho de California, recordando a la persona que allí los reunía. Por supuesto, la señora Knudson se había maquillado con exceso; las mujeres siempre se maquillan demasiado cuando alguien muere. Fat acarició a Presidente Mao, el gato de la muchacha fallecida. Recordó los pocos días que Gloria había pasado con él en su casa en ocasión del inútil viaje en busca del Nembutal inexistente. Recibió la revelación de la mentira con aplomo casi con neutralidad. Cuando uno va a morir no se cuida de menudencias.

—Me las tomé —le había dicho Fat, acumulando mentira sobre mentira.

Decidieron ir a la playa, la gran playa oceánica de la Península de Point Reyes. En el VW de Gloria, con Gloria al volante (ni por un momento pensó que impulsivamente podía ocurrírsele acabar con él ella y el automóvil) y, una hora más tarde, estaban sentados juntos en la arena fumando marihuana.

Lo que Fat quería saber sobre todo era por qué intentaba matarse. Gloria llevaba jeans desteñidos por múltiples lavados y una camiseta sin mangas en cuya parte delantera estaba el malicioso rostro de Mick Jagger. El contacto con la arena era agradable y se quitó los zapatos. Fat observó que tenía las uñas pintadas de rosa y los pies perfectamente cuidados. Pensó para sí que moría como había vivido.

—Ellos me robaron mi cuenta bancaria —dijo Gloria.

Al cabo de un momento, él se dio cuenta por el tono mesurado y la lucidez con que enunciaba los detalles, que «ellos» no existían. Gloria desplegó un panorama de locura total e inexorable, una elaboración lapidaria. Había completado todos los detalles con herramientas tan precisas como las de un dentista. En su narración no quedaba el menor hueco. No pudo encontrar ningún error, excepto, claro está, la premisa según la cual todo el mundo la odiaba y trataba de atraparla; ella era inútil en cualquier sentido. Mientras hablaba, comenzó a desaparecer. El la miró partir. Era asombroso. Gloria, en su mesurado estilo, iba agotando su existencia palabra por palabra. Era racionalidad al servicio de... Bueno, pensó él, a servicio del no ser. Su mente se había convertido en un inmenso y hábil borrador. Todo lo que quedaba ahora realmente de ella era la cáscara; lo que equivale a decir, el cadáver deshabitado.

Aquel día en la playa se dio cuenta de que ya estaba muerta.

Después de haber fumado toda la marihuana, se echaron a andar y comentaron las algas y la altura de las olas. En lo alto graznaban las gaviotas navegando como veleros. Unas pocas personas estaban sentadas o caminaban por la arena aquí y allí, pero la playa, en lo fundamental, estaba desierta. Los letreros anunciaban corrientes de fondo. Fat, ni aunque en ello le hubiera ido la vida, era incapaz de imaginar por qué Gloria simplemente no se internaba mar adentro. Era sencillo: no le entraba en la cabeza. Ella sólo podía pensar en el Nembutal que le hacía falta todavía o que imaginaba que le hacía falta.

—De los álbumes de los Dead el que prefiero es Workingman's Dead —dijo Gloria a cierta altura—. Pero no tendrían que abogar por el consumo de cocaína. Hay muchos niños que escuchan rock.

—No es que estén abogando por él. La canción sólo es sobre alguien que la toma. Y que, entre paréntesis, le provoca la muerte; hace que su tren se estrelle.

—Pero esa es la razón por la que me inicié en la droga —dijo Gloria.

—¿A causa de los Grateful Dead?

—Por causa —dijo Gloria— de que todos querían que lo hiciera. Estoy cansada de hacer lo que los demás quieren que haga.

—No te mates —dijo Fat—. Ven a vivir conmigo. Estoy solo. Realmente me gustas. Inténtalo por un tiempo al menos. Junto con mis amigos trasladaremos tus cosas. Tenemos mucho por hacer, ir a distintos lugares, como hoy a la playa. ¿No se está bien aquí?

Gloria no contestó nada.

—Realmente, me haría sentir muy mal —dijo Fat—. Si te eliminaras me sentiría mal el resto de mi vida.

De ese modo, como lo advirtió más adelante, no le ofreció ni un solo motivo que la estimulara a seguir viviendo. Seguir viviendo se convertiría en un favor a los demás. No habría podido dar un motivo peor aunque lo hubiera buscado durante años. Habría sido mejor atropellarla al dar marcha atrás al VW. Esta es la razón por la que las líneas de emergencia a disposición de los suicidas no están a cargo de papanatas; Fat lo aprendió más tarde en Vancouver, cuando, él mismo un suicida, llamó al Centro de Crisis de la Columbia Británica y recibió los consejos de un especialista. No había la menor relación entre esto y lo que le dijo a Gloria en la playa aquel día.

Deteniéndose para quitarse una piedrecilla adherida al pie, Gloria dijo:

—Hoy me gustaría pasar la noche en tu casa.

Al oír esto, Fat tuvo una visión involuntaria de sexo.

—Se llega lejos —dijo, pues así hablaba en aquellos días. La contracultura poseía todo un libro de frases que lindaban con la total carencia de significado. Fat solía enhebrar juntas un buen racimo de ellas. Así lo hizo en aquella ocasión; engañado por su propia carnalidad, se convenció de que le había salvado la vida a su amiga. Su juicio, cuyo valor de cualquier manera no era excesivo, descendió a un nuevo nadir de agudeza. La existencia de una buena persona puesta en la balanza, puesta en una balanza que Fat sostenía, y todo lo que se le ocurría era la perspectiva de apuntarse un tanto.

—Eso sí que es total —parloteó mientras andaban—. Inaudito.

Transcurrieron unos cuantos días, ella estaba muerta. Esa noche la pasaron juntos durmiendo totalmente vestidos; no hicieron el amor; a la tarde siguiente Gloria se fue, en apariencia a buscar sus cosas, que habían quedado en casa de los padres en Modesto. Nunca más volvió a verla. Durante varios días esperó que apareciera y luego, una noche el teléfono sonó y era Bob, el ex marido.

—¿Dónde te encuentras en este momento? —le preguntó Bob.

La pregunta lo dejó perplejo; se encontraba en su casa; donde estaba el teléfono, en la cocina. La voz de Bob era serena.

—Estoy aquí —dijo Fat.

—Gloria se mató hoy —dijo Bob.


Tengo una fotografía de Gloria con Presidente Mao en brazos; está de rodillas, se sonríe y sus ojos brillan. Presidente Mao está tratando de librarse. A la izquierda se ve parte de un árbol de Navidad. En el dorso la señora Knudson escribió con letra esmerada.
Cómo le hicimos que sintiera gratitud por nuestro amor.
Nunca llegué a darme cuenta si la señora Knudson escribió esas palabras antes o después de la muerte de Gloria. Los Knudson enviaron la fotografía por correo a Amacaballo Fat un mes después del funeral. Fat había escrito solicitando una fotografía de ella. Antes se la había pedido a Bob, que le replicó en tono salvaje:

—¿Para qué quieres una foto de Gloria?

Y Fat no pudo responder.

Cuando Fat me convenció de que empezara a escribir esto, me preguntó por qué Bob Langley se habría enojado tanto por su pedido. No lo sé. No me importa. Quizá Bob supiera que Gloria y Fat habían pasado una noche juntos y estuviera celoso. Fat solía decir que Bob Langley era un esquizoide; sostenía que el mismo Bob se lo había dicho. El pensamiento de los esquizoides no acompaña a los sentimientos adecuados; padecen lo que se llamó la «disecación de sentimientos». No tendría inconveniente en confesarlo. Por otra parte, Bob se había inclinado después de terminar el servicio de inhumación y colocó una rosa sobre la tumba de Gloria. Ese había sido el momento en que Fat se había retirado furtivamente al encuentro del VW. ¿Cuál de las reacciones resulta más adecuada? ¿Fat que llora a solas en el automóvil aparcado o el ex marido inclinado con la rosa sin decir nada, ni manifestar nada aunque haciendo algo? Fat no contribuyó al funeral con nada, salvo con un ramo de flores que compró durante el curso del viaje a Modesto. Se las había dado a la señora Knudson, quien dijo que eran adorables. Bob las había escogido cuidadosamente.

Después del funeral, en el elegante restaurante donde la camarera los había puesto fuera del alcance de la vista, Fat le preguntó a Bob qué había estado haciendo Gloria en Synanon, puesto que supuestamente había ido a recoger sus pertenencias para volver al Condado de Marin e instalarse en su casa... según él lo había creído.

—Carmina la convenció de que fuera a Synanon —dijo Bob. Ese era el nombre de la señora Knudson—. Por su adicción a la droga.

Timothy, el amigo que Fat no conocía, dijo:

—Por cierto, no fue mucha la ayuda que le dieron.

No bien Gloria había entrado por la puerta principal del Synanon, le aplicaron el siguiente tratamiento: mientras esperaba sentada que la entrevistaran, alguien pasó al lado de ella y le dijo intencionadamente que fea era. La persona que se le acercó luego se ocupó de informarle que su pelo parecía un colchón para ratas. Gloria siempre había sido susceptible con su cabello rizado. La habría gustado que fuera largo como todos los demás cabellos de la tierra. El efecto de lo que le hubiera dicho el tercer miembro del Synanon habría sido algo discutible, ya que por entonces Gloria había subido ya al décimo piso.

—¿Esos son los métodos del Synanon? —preguntó Fat.

Bob le explicó:

—Es una técnica para quebrantar la personalidad. Una terapia fascista que hace que la persona se vuelva por entero al exterior y sea dependiente del grupo. Luego pueden erigir una nueva personalidad que no dependa de la droga.

—¿No se dieron cuenta de que era una suicida? —preguntó Timothy.

—Claro que sí —dijo Bob—. Ella les había telefoneado y había hablado con ellos; sabían su nombre y por qué se encontraba allí.

—¿Hablaste con ellos después de su muerte? —preguntó Fat.

Bob explicó:

—Los llamé y pedí hablar con alguien que ocupara una posición directiva y le dije que habían matado a mi mujer; el tío me dijo que me hiciera presente y les enseñara cómo manejar a un suicida. Estaba tan aterrado que me dio lástima.

Guando lo oyó decir eso, Fat llegó a la conclusión de que Bob tampoco estaba muy bien de la cabeza. Sentía lástima por Synanon. Estaba tronado. Todos estaban tronados, incluida Carmina Knudson. En California del Norte no quedaba ni una persona cuerda. Era tiempo de largarse a otro lugar. Permaneció sentado comiendo la ensalada y preguntándose dónde ir. Fuera del país. A Canada, como los que protestaban contra el reclutamiento. El personalmente conocía a diez tíos que habían cruzado subrepticiamente al Canada para no ir a combatir a Vietnam. Probablemente en Vancouver se topara con media docena de personas conocidas. Vancouver se consideraba una de las ciudades más bellas del mundo. Como San Francisco, era un puerto importante. Podía comenzar la vida de nuevo y olvidar el pasado.

Mientras estaba allí sentado jugueteando con la ensalada, se le ocurrió que cuando telefoneó, Bob no había dicho «Gloria se mató», sino «Gloria se mató hoy», como si hubiera sido inevitable que se matara un día u otro. Quizás esta suposición era lo que había provocado el hecho. A Gloria se le había concedido un tiempo determinado como si hubiera estado rindiendo un examen de matemáticas. ¿Quién era en realidad el loco? ¿Gloria, él (probablemente él), el ex marido o todos ellos juntos, toda la zona de la Bahía, no loco en el sentido amplio del término, sino en su estricto sentido técnico? Permítase decir que uno de los primeros síntomas de la psicosis consiste en que la persona sienta que quizá se esté volviendo psicótica. Es otra trampa china. No se puede pensar en la cura sin llegar a formar parte de ella. Por pensar en la locura Amacaballo Fat iba cayendo gradualmente en ella.

Ojalá hubiera podido ayudarlo.

2
Aunque no había nada que pudiera hacer para ayudar a Amacaballo Fat, éste escapó a la muerte. Lo primero que se hizo presente para su salvación asumió la forma de un escolar de dieciocho años que era su vecina y lo segundo fue Dios. De los dos, la muchacha fue la que obtuvo mejores resultados.

No estoy seguro que Dios haya hecho en realidad nada por él; a decir verdad, en cierto sentido, Dios fue causa de que enfermara todavía más. Este era un tema en el que Fat y yo no podíamos ponernos de acuerdo. Fat tenía la certeza de que Dios lo había curado por completo. Eso no es posible. En algún lugar del I Ching se dice: «Siempre enfermo, pero nunca muere». Eso le va muy bien a mi amigo.

Estefanía entró en la vida de Fat como traficante de droga. Después de la muerte de Gloria consumía droga con tanta abundancia que debía obtenerla de cualquier fuente que le fuera accesible. Comprar droga a los escolares no es una medida aconsejable. No tiene nada que ver con la droga misma, sino con la ley y la moralidad. Una vez que se empieza a comprar droga a los chicos se es un hombre marcado. Estoy seguro de que la causa es evidente. Pero lo que yo sabía —y las autoridades no— es lo siguiente: Amacaballo Fat no se interesaba realmente por la droga que Estefanía vendía. Ella traficaba hachís y yerba, pero jamás estimulantes. No los aprobaba. Jamás vendía psicodélicos por fuerte que fuera la presión que se ejerciera sobre ella. De vez en cuando vendía cocaína. Nadie era capaz de comprender sus razonamientos, pero no cabía duda de que se trataba de algún tipo de razonamiento. En el sentido normal del término, Estefanía jamás pensaba. Pero llegaba a adoptar decisiones y una vez que las adoptaba no había nada que la pudiera apartar de ellas. A Fat le gustaba esa muchacha.

En eso residía el quid de la cuestión; le gustaba ella y no la droga, pero debía comprarle para mantener una relación, lo cual significaba que tenía que consumir hachís. Para Estefanía el hachís era el principio y el fin de la vida... de la vida que merece vivirse, es claro.

Si Dios ocupa un mero segundo lugar, por lo menos no cometía algo ilegal, como Estefanía. Fat estaba convencido de que ella terminaría en la cárcel; suponía que en cualquier momento la meterían presa. Y los amigos de Fat suponían que el que sería arrestado en cualquier momento era él. Nos preocupaba eso y su lento hundimiento en la depresión, la psicosis y el aislamiento. Fat se preocupaba por Estefanía. Estefanía se preocupaba por el precio del hachís. Más aún, se preocupaba por el precio de la cocaína. Era concebible que en medio de la noche se sentara bruscamente en la cama y exclamara: «¡El gramo de cocaína ha subido a cien dólares!» Le preocupaba el precio de la droga como a la mujer normal le preocupa el precio del café.




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