Sir james george frazer la rama dorada



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LOS FUEGOS CUARESMALES 689

y remonta en el aire describiendo una parábola de fuego antes de caer al suelo. Las ascuas carbonizadas de la "bruja" quemada y los discos son llevados a casa y plantados la misma noche en los linares, en la creencia de que mantendrán libres de bichos los campos de lino. En las montañas del Rhön, situadas en los limites de Hesse y Baviera, acostum­braban ir a la cima de una colina o altura el primer domingo de Cua­resma; niños y mozalbetes llevaban antorchas, escobas embreadas y pér­tigas envueltas en paja. Echaban a rodar cuesta abajo una rueda envuelta en combustibles, encendida, y la gente joven corría por las tierras de labor con sus antorchas y escobas ardiendo hasta que al final las tiraban en un montón y poniéndose alrededor, cantaban algún himno o canción popular. El objeto de correr por los campos blandiendo antorchas era "alejar al maligno sembrador". O bien se hacía en honor de la Virgen para que ella preservase los frutos de la tierra durante el año y los ben­dijese. En las aldeas cercanas de Hesse, entre el Rhön y la montaña Vogel, se piensa que por donde ruedan las encendidas ruedas, los cam­pos estarán libres de granizo y tormenta.

En Suiza también es o era costumbre encender fuego en los sitios elevados al anochecer del primer domingo de Cuaresma y este día es por ello conocido como "domingo de chispas". La costumbre se con­servó, por ejemplo, en todo el cantón de Lucerna. Los chicos marcha­ban de casa en casa pidiendo leña y paja, después apilaban el combus­tible sobre alguna colina prominente o montaña alta, alrededor de un palo que sostenía una figura de paja llamada "la bruja". Al llegar la noche prendían fuego a la pira y la gente moza bailaba rústicamente alrededor, restallando látigos unos y tañendo cencerros otros; cuando las llamas estaban suficientemente bajas saltaban por encima de ellas. Esto se llamaba "quemar la bruja". También en algunas partes del cantón se solía envolver ruedas viejas con paja. Cuanto más chisporroteasen y bri­llasen las hogueras en la obscuridad, más fructífero esperaban que fuera aquel año, y la altura a que saltasen junto al fuego o sobre él los bai­larines se pensaba que sería la altura a que creciera el lino En algunos distritos era el casado o casada más reciente la persona que debía encen­der la hoguera.

Creemos muy difícil separar de estas hogueras encendidas en el pri­mer domingo de Cuaresma las encendidas en la misma estación del año para quemar la efigie llamada "la muerte', como parte de la ceremonia "expulsión de la muerte". Hemos visto que en Spachendorf, en la Si­lesia austríaca, en la mañana del día de San Ruperto1 (¿Martes de Car­naval?) tienen dentro de una zanja hecha en las afueras del poblado un muñeco de paja vestido con una chaqueta y gorro de pieles, al que des­pués queman, y mientras está ardiendo, cada cual procura agarrar un fragmento para atarlo después a una rama del árbol más grande de su

1 La festividad de Sari Ruperto es celebrada por la Iglesia Católica el día 3 de marzo. El Martes de Carnaval precede inmediatamente a la iniciación de la Cuaresma. que es variable, y puede coincidir o no con el día de San Ruperto.

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huerto o enterrarlo en su campo, creyendo que esto hace crecer mejor las mieses. La ceremonia se llama "entierro de la muerte". Aun cuando el muñeco de paja no es designado como muerte, el significado de la costumbre es probablemente el mismo, pues el nombre muerte, como hemos tratado de demostrar, no expresa la intención originaría de la ceremonia. En Cobern, montañas Eifel, los mancebos hacen un mo­nigote de paja el martes de Carnaval. Ceremonialmente encausan a la efigie y la acusan de haber perpetrado todos los robos cometidos du­rante el año en la vecindad. Después de condenarla a muerte, llevan a la efigie por toda la aldea, le disparan tiros y la queman en una pira. Bailan alrededor de la pira ardiendo y la novia última que se casó debe brincar sobre la pira. En Oldenburgo, en la tarde del Martes de Carna­val, la gente acostumbraba a hacer manojos largos de paja, que después encendían y corrían con ellos blandiéndolos por los sembrados, gritando y cantando sones rústicos. Finalmente quemaban un monigote de paja en el campo. En el distrito de Düseldorf, el monigote que quemaban el Martes de Carnaval, lo hacían con una gavilla de mies sin trillar. El primer lunes después del equinoccio de primavera, los muchachos de Zurich acarreaban un bausán de paja en un carrito por las calles mien­tras que al mismo tiempo las muchachas llevaban un árbol mayo. Cuan­do tocaban a vísperas, quemaban el muñeco de paja. En el distrito de Aquisgrán, el Miércoles de Ceniza acostumbraban a que un hombre se metiera en un armazón de forraje de guisantes que llevaban a un lugar fijado de antemano; el hombre se deslizaba furtivamente de su armadura de forraje a la que entonces prendían fuego, pensando los arrapiezos que era al hombre a quien estaban quemando. En el Val di Ledro (Tirol) hacen una figura de paja y maleza el último día de Carnaval y después la queman; esta figura es llamada "la vieja" y la ceremonia "quemar a la vieja".

3. LOS FUEGOS PASCUALES

Otra ocasión en que se celebran estos festivales de fuego es la vís­pera de la Pascua Florida de Resurrección, el Sábado de Gloria, anterior al Domingo de Resurrección. En este día ha sido costumbre en los paí­ses católicos extinguir todas las luces en las iglesias.1 y después hacer un "fuego nuevo", unas veces con pedernal y eslabón de acero2 y otras con un cristal de aumento.3 En este fuego se enciende el gran cirio pascual o de Pascua, que después sirve para volver a encender todas las luces ex­tinguidas de la iglesia.4 En muchas partes de Alemania también encien­den una hoguera por medio del "fuego nuevo" en algún sitio abierto cercano a la iglesia: lo consagran y las gentes traen palos de roble, nogal

1 En España, esa ceremonia se llama de Tinieblas.



  1. Magia negra.

  2. Magia blanca.

  3. Y de todas las casas del pueblo.

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y haya, que carbonizan en las hogueras y después llevan a casa. Algunos de estos palos son quemados después en casa en el "fuego nuevo" y rezan para que Dios preserve la hacienda de incendio, rayos y pedrisco. Así reciben todas las casas "fuego nuevo". Algunos de estos palos soca­rrados se guardan todo el año y se ponen en el hogar durante las tor­mentas fuertes, para que la casa no sea fulminada por el rayo, o los insertan en el tejado con el mismo propósito. Otros los colocan en los sembrados, huertos y prados con una oración para que Dios los guar­de del añublo y el pedrisco. Estos campos medran más que los otros: la mies y las plantas que crecen en ellos no son derribadas por el granizo ni devoradas por los ratones, sabandijas y escarabajos; ninguna bruja las daña, y las espigas de grano están apretadas y llenas. Los palos carboni­zados se aplican también al arado. Las cenizas de la hoguera pascual se mezclan con las de las palmas consagradas del Domingo de Ramos y con la simiente al sembrar. Una figura de madera llamada Judas es algunas veces quemada en la hoguera consagrada, y aun cuando esta cos­tumbre se ha abolido, la hoguera misma en algunas localidades lleva el nombre de "la quema de Judas".1



El carácter esencialmente pagano del festival de fuego de Pascua se evidencia en el modo como lo celebran los labriegos y en las creen­cias supersticiosas que se asocian a él. En toda la Alemania del norte y del centro, desde Altmark y Anhalt en el este, pasando por Brunswick, Hánover, Oldenburgo, el distrito del Harz y Hesse, a Westfalia, las ho­gueras de Pascua todavía arden simultáneamente en las cimas. Hasta cuarenta hogueras pueden contarse algunas veces en un solo golpe de vista. Mucho antes de la Pascua, la gente joven ha estado afanada re­uniendo leña: cada labrador contribuye y van a engrosar la pila barriles viejos de alquitrán, envases de petróleo y demás combustibles. Los al­deas vecinas rivalizan unas con otras para ver cuál tendrá el mayor res­plandor. Los fuegos son siempre encendidos, año tras año, en el mismo cerro, que por esta razón toma muchas veces el nombre de montaña pascual. Es un bonito espectáculo ver desde alguna eminencia cómo se encienden las hogueras unas tras otras en las alturas cercanas. Tan lejos como alcance su resplandor, creen los campesinos que hasta allí será fruc­tífero el campo, y las casas que ilumina estarán seguras de conflagración y enfermedades. En Volkmarsen y otros lugares de Hesse acostumbra­ban a observar en qué dirección soplaba el viento a las llamas, y en­tonces sembraban el lino en aquella dirección, confiando en que crecería mucho. Los tizones recogidos de las hogueras preservan a las casas de ser destruidas por los rayos, y las cenizas aumentan la fertilidad de los campos, los protegen de ratones y, mezcladas con el agua de beber del ganado, hacen que los animales medren, asegurándolos además contra la peste. Cuando las llamas disminuyen, jóvenes y viejos saltan sobre las hogueras y algunas veces pasan los rebaños por entre las ascuas humean-

1 Una reminiscencia de "la quema de Judas" subsiste en México y sigue prac­ticándose cada año el Sábado de Gloria.

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tes. En algunos lugares encienden barriles de alquitrán o ruedas envuel­tas en paja, y los envían rodando cuesta abajo por el cerro. En otros sitios los muchachos encienden antorchas y manojos de paja en las ho­gueras y corren por allí, blandiéndolas.

En el distrito de Münster los fuegos de Pascua siempre son encen­didos en las mismas y determinadas alturas, que por esta razón son conocidas como montañas pascuales o de Pascua. Todo el vecindario se reúne junto a la hoguera. Los mozos y mozas, cantando himnos pas­cuales, dan vueltas y vueltas al fuego hasta que las llamas comienzan a extinguirse y entonces las mozas van saltando en línea, una tras otra, sostenida cada una por dos mozos que la tienen de las manos y corren junto a ella. En el crepúsculo, los muchachos con manojos de paja ardiendo corren por las tierras para hacerlas fértiles. En Delmenhorst, Oldenburgo, era costumbre cortar dos árboles, ponerlos derechos en el suelo uno al lado del otro y amontonar junto a cada uno doce barriles de alquitrán. Después apilaban arbustos junto a los árboles y al anoche­cer del Sábado de Gloria, después de corretear con varas de almendro encendidas, prendían fuego al conjunto. Al final de la ceremonia, los arrapiezos intentaban tiznarse unos a otros y tiznar las ropas de la gente formal. En Altmark se cree que desde tan lejos como se vea el resplan­dor de la hoguera pascual, la mies crecerá bien todo el año y no estallará ningún incendio. En Braunröde, Montañas del Harz, era costumbre abrasar ardillas en la hoguera de Pascua. En Altmark quemaban huesos en ella.

Cerca de Forchheim, en la Alta Franconia, acostumbraban quemar un muñeco de paja, que llamaban "el Judas", en el cementerio de la parroquia, el sábado de Pascua. Todo el vecindario contribuía con leña para la pira en que perecía y guardaban después los tizones para plantar­los en las tierras de labor el día Walpurgis (19 de mayo) y preservar así el trigo del añublo y del tizón. Hace cien años o más, la costumbre en Althenneberg, Alta Baviera, se celebraba como sigue. Después de medio­día del Sábado de Gloria, los jóvenes reunían madera y la amontonaban en un terreno de labranza; en el centro del montón erigían una enorme cruz de madera forrada toda ella de paja. Después de las oraciones reli­giosas de la tarde encendían sus faroles en el cirio consagrado de la iglesia (cirio pascual) y corrían con ellos a toda velocidad hasta la pira, esforzándose todos en ser el primero en llegar y prender fuego al mon­tón. A ninguna muchacha ni mujer se la permitía acercarse a la pira y sólo a distancia podían verla. Cuando las llamas empezaban a subir, todos los hombres y muchachos se regocijaban y gritaban: "Estamos quemando a Judas". El hombre que había llegado primero y la había encendido era premiado el Domingo de Resurrección por las mujeres, que le daban huevos de colores a la puerta de la iglesia. El objeto de la ceremonia era librarse del granizo. En otros pueblos de la Alta 'Ba­viera la ceremonia, que tenía lugar entre nueve y diez de la noche del Sábado de Resurrección, se llamaba "quemar al hombre de Pascua".

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En una altura cercana, a dos kilómetros de la aldea, los muchachos eri­gían una gran cruz envuelta en paja de modo que pareciese una figura humana con los brazos extendidos; éste era el hombre de Pascua. Nin­gún joven de menos de dieciocho años podía participar en la ceremonia. Uno de los mozos, colocado junto al hombre de Pascua, mantenía en su mano un cirio encendido y consagrado que había traído de la iglesia. Los demás se formaban en un gran círculo alrededor de la cruz, colocados a intervalos iguales uno de otro, A una señal dada, corrían tres veces en círculo y después, a una segunda señal, corrían derecho a la cruz y hacia el joven que estaba con el cirio encendido junto a ella; el que llegara primero tenía derecho a prender fuego al hombre de Pascua. Grande era la alegría mientras se estaba quemando. Cuando ya se había consumido entre las llamas, tres jóvenes escogidos entre los demás dibu­jaban cada uno un círculo en el suelo con un palo, tres veces alrededor de las ascuas. Después abandonaban todos el lugar. El Lunes de Pascua los aldeanos juntaban las cenizas y las desparramaban por las tierras de labor; asimismo en los campos hincaban las palmas benditas del Domin­go de Ramos y los tizones que habían quedado de los palos benditos el Viernes Santo, todo con el propósito de proteger sus heredades contra las granizadas. En algunas partes de Suabia, los fuegos de Pascua no se podían encender con hierro o acero y pedernal, sino sólo por la fric­ción de las maderas.

La costumbre de los fuegos de Pascua parece haber prevalecido en toda la Alemania central y occidental. La encontramos también en Holanda, donde encendían los fuegos en las mayores alturas y la gente bailaba a su alrededor y saltaba por entre las llamas o sobre las ascuas incandescentes. Aquí también, como solía pasar en Alemania, los mate­riales para las hogueras eran recogidos por los muchachos de puerta en puerta. En muchas partes de Suecia, la víspera de Pascua disparan sus armas de fuego en todas direcciones y encienden en todas las alturas y cerros grandes hogueras. Algunas gentes creen que todo esto se hace para mantener alejados al Troll y otros espíritus malignos, que en esta época son más activos.

4. Los fuegos de beltane

En las montañas centrales de Escocia se encendían antiguamente hogue­ras conocidas como fuegos de Beltane, con gran ceremonial, en el día 19 de mayo y tenían huellas claras y particularmente inequívocas de sacrificios humanos. La costumbre de encender estas hogueras duró en varios lugares hasta bien entrado el siglo XVIII y las descripciones de la ceremonia por escritores de esa época presentan un cuadro tan curioso e interesante de la antigua paganía sobreviviente en nuestro país que las reproduciremos con las palabras de sus autores. La descripción más completa es la que nos ha legado John Ramsay, señor de Ochtertyre,

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cerca de Crieff, el mecenas de Burns1 y amigo de Sir Walter Scott Dice: "Pero el más importante de los festivales druídicos es el de Bel-tane o día-mayo, que hasta hace poco se observaba en algunas partes de la serranía con extraordinarias ceremonias. . . Igual que el otro culto público de los druidas, la fiesta de Beltane creemos que se ejecutaba sobre collados y cerros. Ellos pensaban que era degradante para aquel cuyo templo es el universo suponer que morase en cualquier casa hecha con las manos. Por esta razón sus sacrificios eran ofrendados al aire libre, con frecuencia sobre las cimas de las colinas, donde se les ofrecía el panorama más grandioso de la naturaleza y donde estaban más cerca­nos a la sede del calor y el orden. Y según la tradición, así era la manera de celebrar este festival en las serranías, en los últimos cien años. Pero desde que declinó la superstición, se ha celebrado por los vecinos de cada aldehuela sobre alguna colina o lugar alto, a cuyo alrededor estaban pastando sus rebaños. Hacia allá se encaminaban las gentes mozas por la mañana y hacían una zanja en la cúspide, quedando formado un asiento de césped para la compañía. Y en el centro colocaban un rimero de leña o cualquier otro combustible que de antiguo encendían con tein-eigin o fuego nuevo de emergencia o auxilio. Aunque hacía muchos años que se contentaban ya con el fuego corriente, describiremos, sin embargo, el procedimiento, porque se verá más adelante que todavía recurrían al fuego tein-eigin en casos extraordinarios.

"La noche antes extinguían con sumo cuidado todos los fuegos de la comarca y a la mañana siguiente preparaban los materiales para incrementar el fuego sagrado. El método más primitivo creemos fue el que se usaba en las islas de Skye, Mull y Tiree. Se procuraban una tabla de roble bien seca en medio de la cual hacían un hueco. Se apli­caba una barrena de la misma madera con la punta encajada en el hueco. Pero en algunas partes de tierra firme, el mecanismo era diferente. Usa­ban un bastidor de madera verde y forma cuadrada en cuyo centro giraba el eje taladro. En algunos lugares, tres veces tres personas y en otro tres veces nueve se requerían para hacer dar vueltas de torno al taladro. Si alguno de ellos había sido culpable de homicidio, adulterio, robo u otros crímenes atroces, se creía que o no podrían hacer fuego o que carecería de su virtud acostumbrada. Tan pronto como empezaban a salir chispas por la violenta fricción giratoria, aplicaban una especie de agárico que crece en los abedules viejos y que es muy combustible. Este fuego tenía toda la apariencia de haber salido recientemente del cielo y eran múltiples las virtudes que se le atribuían. Lo estimaban como un preservativo contra la hechicería y como remedio soberano contra las enfermedades malignas, tanto de la especie humana como de los ganados, y por él se convertían en inocuos los venenos más violentos.

"Después de encender la hoguera con el tein-eigin, la reunión pre­paraba sus vituallas, y acabada la comida, se divertían bailando y can-



1 Robert Burns, renombrado poeta escocés del siglo xviii, autor, entre otros poe­mas, del titulado Cotter's Saturday Night.

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tando alrededor del fuego. Hacia el final del festejo, la persona que oficiaba de jefe del festín presentaba una gran torta o bollo horneado, con huevos festoneando el borde, y llamada am bonnach beal-tine, o sea el pastel de Beltane. Lo dividían en cierto número de trozos y lo distribuían solemnemente entre los reunidos. Había un trozo especial y al que le tocaba en suerte le daban el nombre de cailleach beal-tine o el carline de Beltane, palabra de gran oprobio. En cuanto lo sabían, parte de la reunión hacía muestras de quererlo tirar al fuego, pero la mayoría se interponía y le rescataban. En algunos lugares, le tendían en el suelo y hacían como que le descuartizaban. Después le apedreaban con cáscaras de huevo y él retenía el apelativo odioso durante el año entero. Mientras la fiesta estaba todavía en bocas de la gente, afectaban hablar del cailleach beal-tine como de un muerto".

En la parroquia de Callander, bellísimo distrito del Perthshire occi­dental, estaba en boga todavía hacia finales del siglo XVIII la costum­bre del Beltane. Ha sido descrita por el entonces ministro parroquial, como sigue: "En el primer día de mayo, que se llama día Beltan o Bal-tein, todos los jóvenes de una cabeza de partido o de una aldea se reúnen en el páramo, haciendo en el césped verde una zanja circular que deja una meseta redondeada de diámetro suficiente para que quepa toda la reunión. Encienden una hoguera y arreglan un refrigerio con huevos y leche hasta darla la consistencia de natillas. Amasan una torta de harina de avena, que tuestan sobre una piedra en las ascuas. Después comen las natillas, dividen la torta en tantas porciones iguales como sea posible en forma y tamaño para todas las personas de la reunión. Em­badurnan totalmente una de estas porciones con carbón, hasta ennegre­cerla del todo. Después ponen todos los trozos de la torta dentro de un gorro y uno a uno, con los ojos vendados va sacando su trozo; al que sostiene el gorro le corresponde el último trozo. Al que le toca la negra, queda de persona consagrada, que debe ser sacrificada a Baal, cuyo favor pretenden implorar para hacer el año productivo de sustento para hombres y animales. No hay duda de que esos inhumanos sacri­ficios se ofrendaban en este país, tanto como en el este, aunque ahora no llegan al acto del sacrificio y sólo obligan a la persona consagrada a brincar tres veces las llamas, con lo que la ceremonia de este festival termina".

Thomas Pennant, que viajó por el Perthshire en el año de 1769, nos dice que "en el 1o de mayo, los pastores de cada aldea tienen su Bel-tien, un sacrificio rural. Cortan un rectángulo en el suelo dejando el césped del centro y allí forman una hoguera con leña en la que preparan un gran cordial con huevos, mantequilla, harina de avena y leche, y además de los ingredientes del cordial o ponche, abundancia de cerveza y whisky; cada uno de la reunión debe contribuir con alguna cosa. Los ritos empie­zan desparramando un poco del cordial sobre el suelo, a modo de libación; después coge cada cual un bollo de avena sobre el que hay nueve pellas cuadradas, cada una dedicada a un ser especial de los que

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