Sir james george frazer la rama dorada



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Así, vemos que el objeto de recluir a las mujeres durante la mens-

682 ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

truación es neutralizar las influencias peligrosas que se supone emanan de ellas en esos momentos. Que el peligro que se cree sea especialmente grande en la primera menstruación se deduce de las precauciones extra­ordinarias tomadas en el aislamiento de las jóvenes en esta crisis. Dos de estas precauciones han sido ya relatadas, las prohibiciones de tocar el suelo y de ver el sol. El efecto general de estas leyes es mantenerlas en suspensión, por decirlo así, entre el ciclo y la tierra. Ya sea envueltas en su hamaca y suspendidas lo más cerca posible del techo, como en Sudamérica, o elevadas sobre el suelo en una jaula obscura y estrecha como en Nueva Irlanda, puede considerárselas como apartadas del medio de hacer daño, puesto que, hallándose apartadas de la tierra y del sol, no pueden emponzoñar ninguna de esas grandes fuentes de vida con su mortífero contagio. En dos palabras: quedan convertidas en inocuas por estar "aisladas", hablando en términos de electricidad. Mas todas estas precauciones para aislar a las muchachas se toman tanto en consideración a su propia seguridad como por la seguridad de los demás, pues se piensa que ellas mismas sufrirían si fuesen negligentes con el régimen prescrito. Así, hemos visto cómo las jovencitas zulúes creen que se consumirían hasta convertirse en esqueletos si el sol brillase sobre ellas en su pubes­cencia, y los macusis imaginan que si alguna jovencita transgrediera las órdenes sufriría de erupciones en varias partes del cuerpo. Resumiendo, a la joven se la considera como si estuviese cargada de una poderosa energía que, de no sujetarse, puede destruirla a ella y destruir todo lo que se ponga en contacto con ella. Represar esta energía dentro de los limites necesarios a la seguridad de todos aquellos a quienes atañe es el fin que se proponen estos tabús.

La misma explicación es aplicable a la observancia de las mismas leyes por parte de reyes divinos y sacerdotes. La impureza, como la llaman, de las púberes y la santidad de los hombres sagrados no difieren materialmente una de otra en la mente primitiva. No son sino diferentes manifestaciones de la misma energía misteriosa que, como la energía general, no es en sí buena ni mala, sino que se hace benéfica o maléfica según su aplicación. En conformidad con esto, si tanto las púberes como los personajes divinos no pueden tocar el suelo ni ver el sol, la razón es, por un lado, el temor de perder su divinidad al contacto con tierra o ciclo, descargándose con violencia mortal en uno u otro, y por todo lado, la aprensión de que el ser divino así vaciado de su virtud etérea, pudiera por esto quedar incapacitado para la futura ejecución de sus funciones mágicas, de cuya apropiada descarga se cree que depende la seguridad de las gentes y aun del mundo. Así, las leyes en cuestión entran en la denominación de los tabús que ya examinamos al principio de este libro; su objeto es conservar la vida de la persona divina y, con ella, la de sus súbditos y adoradores. En ninguna parte se piensa que pueda estar su preciosa y aun más peligrosa vida tan segura y ser tan inocua como cuando no se halla ni en el ciclo ni en la tierra, sino suspendida entre los dos.

CAPITULO LXI

EL MITO DE BÁLDER

Una deidad cuya vida puede decirse en cierto sentido que no estaba ni en el cielo ni en la tierra, sino entre ambos, era el norso Bálder, el dios bello y bueno, el hijo del gran dios Odín y el más sabio, amable y amado de todos los inmortales. La historia de su muerte, tal como está relatada en prosa en la Edda más moderna, es como sigue. En cierta ocasión en que Bálder dormía, tuvo una pesadilla que le pareció presagiaba su muerte. De consiguiente, los dioses tuvieron consejo y resolvieron ase­gurarle contra todos los peligros. Así, la diosa Freya tomó al fuego y al agua, al hierro y todos los metales, piedras y tierra, a todos los árboles, enfermedades y venenos y a todos los animales de cuatro pies, aves y cosas que se arrastren, el juramento de que ellos no harían daño a Bálder. Hecho esto, se le consideró invulnerable y los dioses se divirtie­ron sentándole en medio mientras unos le disparaban,1 otros le tajaban y otros le apedreaban, mas hicieran lo que hicieran, nada podía herirle, por lo que se alegraron mucho todos. Solamente Loki el dañino estaba descontento, y disfrazado de vieja se presentó a Freya, la que le dijo que las armas de los dioses no podían herir a Bálder porque ella había hecho a todos jurar que no le dañarían. Entonces Loki preguntó: "¿To­das las cosas han jurado respetar a Bálder?" Ella respondió: "Al oriente del Walhalla crece una planta llamada muérdago; me pareció demasiado joven para jurar". Entonces Loki fue, arrancó el muérdago y lo llevó a la asamblea de los dioses. Allí encontró al dios ciego Hother, que estaba fuera del círculo, y Loki le preguntó: "¿Por qué no tiras contra Bálder?" Hother contestó: "Porque no veo dónde está y además no tengo arma". Entonces le dijo Loki: "Haz lo mismo que los demás y honra a Bálder como todos hacen. Yo te mostraré dónde está y tírale con esta ramita". Hother cogió el muérdago y lo arrojó contra Bálder bajo la dirección de Loki. El muérdago dio a Bálder y le atravesó de parte a parte, cayendo muerto. Y ésta fue la mayor desgracia que pudo recaer nunca sobre los dioses y los hombres. Los dioses se quedaron atónitos, mudos y después gritaron y lloraron amargamente. Luego cogieron el cadáver de Bálder y le llevaron a la orilla del mar. Allí estaba el barco de Bálder, llamado Ringhorn, el más enorme de todos los barcos. Los dioses desearon ponerle a flote y quemar en él el cadáver de Bálder, pero no podían botar el barco. Enviaron recado a una giganta llamada Hyrrockin, que llegó montada en un lobo y dio al barco tal empujón que el fuego incendió los rodillos y la tierra entera tembló. Entonces cogieron el cuerpo de Bálder y lo colocaron en la pira funeraria sobre el barco. Cuando Nanna, la mujer de Bálder, vio aquello, se consumió de pena su corazón "y murió. Así, fue colocada sobre la pira funeraria

1 Suponemos que flechas, jabalinas y aun rayos, pues que eran dioses.

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junto a su marido y a todo le prendieron fuego. También el caballo de Bálder, con todos sus paramentos y jaeces, fue quemado en la pira.

Que Bálder haya sido un personaje real o solamente mítico, el caso es que fue adorado en Noruega. En una de las casas del bellísimo fiord Sognc, que penetra muy adentro en las imponentes montañas noruegas con sus sombrías florestas y pinos y sus altísimas cascadas pulverizándose en rocío antes de llegar a las obscuras aguas del fiord, tendidas más abajo, tenía Bálder un gran santuario que se denominaba el Bosque de Bálder. Una empalizada encerraba el terreno consagrado y, dentro de él, un espacioso templo con las imágenes de muchos dioses, aunque ninguno de ellos era adorado con tanta devoción como Bálder. Tan grande era el respeto que los paganos tenían por aquel lugar que ningún hombre podía hacer daño allí a otra persona, ni robar su ganado, ni tener rela­ciones con mujeres. Eran mujeres las que cuidaban las imágenes de los dioses en el templo y las que mantenían el fuego para que no tuviesen frío; los ungían con aceite y los enjugaban y secaban después con telas.

Aparte de lo que pueda pensarse sobre un núcleo histórico envuelto en una cáscara mítica, en la leyenda de Bálder se muestra en los detalles de la fábula que pertenece a la clase de mitos dramatizados en un ritual, o, por decirlo de otro modo, que se han ejecutado como ceremonias mágicas con el designio de producir los efectos naturales que ellos des­criben en lenguaje figurado. Un mito nunca es tan gráfico y preciso en sus detalles como cuando, por decirlo así, es "el libro de las palabras" que se dicen y actúan por los ejecutantes del rito sagrado. Llegará a parecer probable que la historia norsa de Bálder sea un mito de esta clase si podemos probar que hay ceremonias rememorantes de los inci­dentes del cuento que han sido ejecutadas por los hombres norsos y por otros pueblos europeos. Ahora bien, los dos incidentes principales del cuento son el arrancamiento del muérdago y la muerte e incineración del dios. Quizá ambos puedan haber tenido sus contrafiguras o réplicas en ritos anuales observados, separada o conjuntamente, por los pueblos de varias partes de Europa. Estos ritos serán descritos y discutidos en los siguientes capítulos. Comenzaremos por los festivales anuales del fuego y después trataremos del arrancamiento del muérdago.

CAPITULO LXII LOS FESTIVALES ÍGNICOS EN EUROPA

1. de LOS FESTIVALES ÍGNICOS EN GENERAL

En toda Europa, desde tiempo inmemorial, los campesinos han acos­tumbrado encender hogueras en ciertos días del año y bailar a su alre­dedor o saltar sobre ellas. Las costumbres de esta clase pueden rastrearse por testimonio histórico hasta la Edad Media, y sus analogías con las costumbres parecidas practicadas en la Antigüedad, así como una fuerte

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evidencia interna, nos muestran que es preciso buscar su origen en una época muy anterior a la difusión del cristianismo. Claro que la prueba más temprana de su práctica en el norte de Europa proviene de los esfuerzos hechos por los sínodos cristianos en el siglo VIII para supri­mirlas como ritos paganos. No es infrecuente que en estos fuegos se quemen efigies o se finja quemar a una persona viva, y hay razones para creer que antiguamente se quemaban realmente personas en estas con­diciones. Un breve examen de tales costumbres pondrá de relieve las huellas de sacrificios humanos y servirá para aclarar su significado.

Las épocas del año en que por lo regular se encienden estas hogueras son primavera y verano, pero en algunos lugares las encienden también a final de otoño o durante el invierno, particularmente en la víspera de Todos los Santos (31 de octubre), Día de Navidad y víspera de la Epifanía (6 de enero, Reyes Magos). Por falta de espacio, no podemos describir todos estos festivales extensamente, pero algunos ejemplos nos servirán para ilustrar su carácter general. Empezaremos con los festivales de fuego en primavera, que usualmente recaen en el primer domingo de Cuaresma (Cuadragésima o Invocavit), víspera de Pascua Florida y "día mayo" (19 de mayo).

2. LOS FUEGOS CUARESMALES

La costumbre de encender fogatas el primer domingo de Cuaresma ha prevalecido en Bélgica, el norte de Francia y muchas partes de Alemania. Así, en las Ardenas belgas, una o dos semanas antes del "día del fuego grande", como lo llaman, va la chiquillería de granja en granja pidiendo combustible. En Grand Halleux, al que rehusa su petición, al día siguiente los chicos intentan tiznarle la cara con las cenizas del fuego extinguido. Cuando ha llegado el día, cortan matas, especialmente enebros y retamas, y al anochecer se iluminan todos los collados con grandes hogueras. Se dice que deben verse siete hogueras para que la aldea esté libre de incendios. Si acontece que el río Mosa está muy helado en esa época, encienden también hogueras sobre el hielo. En Grand Halleux clavan un palo largo que llaman makral o "la bruja" en medio de la pila de leña y lo enciende el casado más reciente del pueblo. En las vecindades de Morlanwelz queman un muñeco de paja. La gente moza y los niños bailan y cantan alrededor de las hogueras y brincan sobre las ascuas para asegurar buenas cosechas o un matrimonio feliz en el año, o como medio de preservarse de cólicos. El mismo domingo, en Brabante, hasta principios del siglo XIX, solían ir por los campos las mujeres y los hombres vestidos todos con femeniles atavíos y con antor­chas encendidas, y bailaban y cantaban coplas cómicas alusivas que, como ellos decían, eran para echar al "malvado sembrador",1 que se menciona en el evangelio de ese día. En Páturages, en la provincia de

1 "Mas durmiendo los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo y se fue". "...Y el enemigo que la sembró es el diablo..." (Mat., 13:25 y 39.)

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Hainaut, hasta el año 1840, se observaba la costumbre bajo el nombre de Escouvion o Scouvion. Todos los años, en el primer domingo de Cuaresma, al que llamaban el día del Escouvion pequeño, la gente joven y los niños corrían con antorchas encendidas por huertos y pomares. Mientras corrían, gritaban con toda la fuerza de sus gargantas:

Llevar manzanas, llevar peras y cerezas todas negras a Escouvion.

A estas palabras, todos los porteadores de antorchas voltejeaban su leño encendido y lo lanzaban por entre las ramas de los manzanos, de los perales y de los cerezos. Al próximo domingo le llamaban el día de Escouvion grande y volvían a las mismas carreras por entre, los árboles y pomares con las antorchas encendidas, por la tarde hasta el anochecer.

En el departamento francés de Ardennes todo el pueblo acostum­braba a bailar y cantar alrededor de las hogueras encendidas en el pri­mer domingo de Cuaresma. También aquí era la persona que se había casado más recientemente en el pueblo, nombre o mujer, la que prendía fuego a la pila. Todavía dura esta costumbre en el distrito. Solían que­mar gatos en la hoguera o asarlos vivos sosteniéndolos sobre las llamas, y mientras se estaban abrasando los pastores metían sus rebaños a través del humo y las llamas como un medio seguro de guardarlos de enferme­dades y brujerías. En algunas aldeas se creía que cuanto más vivamente bailasen alrededor del fuego mejores cosechas tendrían aquel año.

En la provincia francesa del Franco-Condado, al oeste de las mon­tañas del Jura, el primer domingo de Cuaresma es conocido como el domingo de los tizones (Brandons),1 a causa de los fuegos que acos­tumbran encender en ese día. El sábado o el domingo, los mozos del pueblo se enganchan a una carreta que arrastran por las calles, parando a las puertas de las casas donde hay mozas y pidiendo gavillas de leña. Cuando ya han reunido bastantes, acarrean el combustible a un sitio en las afueras del pueblo, lo apilan y le prenden fuego. Toda la gente de la parroquia viene a ver el fuego. En algunos pueblos, cuando las cam­panas han tocado el Ángelus, dan la señal para la costumbre gritando: "¡Al fuego, al fuego!" Mozas, mozos y arrapiezos bailan alrededor de la hoguera y cuando las llamas se extinguen, rivalizan unos y otros sal­tando sobre las brasas incandescentes. La persona que salte sin socarrar ni chamuscar sus vestidos, se casará en el año. La gente joven también lleva hachones encendidos por las calles o los campos, y cuando pasan por donde hay árboles frutales gritan: "¡Más frutas que hojas!" Hasta hace pocos años, en Laviron, departamento de Doubs, las parejas jóvenes recién casadas en el año eran las encargadas de las hogueras. En el cen-



1 Brandons deriva del antiguo alto alemán brant, tizón del radical nórdico brandr, espada. En español tenemos blandir y blandón. También existe el mismo parentesco ideológico de tizón, tea y Tizona, la espada del Cid; coincidencia que resurge en ha­chón y haz y en hoz y fuego.

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tro de la pila de leña plantaban una pértiga con una figura de gallo hecho de madera sujeto en la punta. Después había carreras a pie y el vencedor recibía como premio el gallo.

En la Auvernia siempre encienden hogueras al anochecer del pri­mer domingo de Cuaresma. En cada pueblo, en cada villorrio y aun en cada barrio y hasta en las aisladas casas de campo, hay su hoguera o figo, como la llaman, la que arde cuando empiezan a caer las sombras de la noche. Las hogueras pueden verse lo mismo en los llanos que en las alturas; la gente baila y canta a su alrededor y saltan por entre las llamas. Después proceden a la ceremonia de las Grannasmias. Un granno-mio es una antorcha de paja atada a la punta de un palo. Cuando la pira está medio consumida, los circunstantes encienden las antorchas en las llamas mortecinas y las llevan a los pomares, campos y huertos próximos, a dondequiera que haya árboles frutales. Mientras marchan van cantando hasta desgañitarse: "Mi amigo granno, mi padre granno, mi madre granno". Después pasan las antorchas encendidas por entre las ramas de cada árbol, cantando:

Brando, brandounci tsaque brantso, in plan panei!

o sea: "El tizón arde, cada rama un cesto lleno". En algunas aldeas la gente también cruza los campos sembrados y esparce las cenizas de las antorchas sobre el terreno; también ponen algo de ellas en los nidos de las aves, para que las gallinas pongan huevos en abundancia durante el año. Cuando han terminado todas estas ceremonias, se van todos a comer a sus casas: los platos especiales de la cena son frituras y bollos de sartén. Aquí, la aplicación del fuego a los árboles frutales, a los sem­brados y nidos del gallinero, es evidentemente un hechizo para asegurar la fertilidad, y el granno a quien dirigen sus invocaciones y que presta su nombre a las antorchas, posiblemente, como el Dr. Pommerol sugiere, no es otro que el antiguo dios céltico Grannus, que los romanos identi­ficaron con Apolo y cuyo culto está atestiguado por las inscripciones encontradas no sólo en Francia, sino también en Escocia y en el Danubio. La costumbre de llevar hachones de paja encendidos (brandons) por entre los huertos y sembrados para fertilizarlos el primer domingo de Cuaresma, creemos que ha sido corriente en Francia, ya sea acom­pañada o no de la práctica de las hogueras. Así, en la provincia de Picardía, "el primer domingo de Cuaresma la gente llevaba antorchas, por los campos, exorcizando al ratón campesino, a la cizaña y al añublo. Creían que era muy bueno para las huertas y que hacía que las cebollas crecieran más gruesas. Los arrapiezos corrían por los campos sembrados para hacer la tierra más fértil". En Verges, aldea entre el Jura y el Combe d'Ain, en esta estación del año, encendían antorchas en la cima de un monte y sus portadores iban por el pueblo de casa en casa, de­mandando guisantes tostados y obligando a todas las parejas casadas aquel año a bailar. En Berry, distrito del centro de Francia, parece ser que

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no encienden hogueras en el día, sino cuando el sol se pone, y entonces toda la población de las aldeas, armada de flameantes antorchas de paja, se dispersan por la campiña recorriendo los sembrados, viñas y huertos! Vistas desde lejos, la multitud de luces en movimiento y centelleantes en la obscuridad semejan fuegos fatuos que se persiguieran unos a otros por las mesetas, a lo largo de las colinas y valles abajo. Mientras los hombres flamean por entre las ramas de los árboles frutales sus antor­chas, las mujeres y los niños atan fajas de paja de trigo alrededor de los troncos de los árboles. El efecto de la ceremonia se supone que es evitar las varias plagas que tienen tan fácilmente los frutos de la tierra, y las fajas de paja atadas alrededor de los troncos de los árboles se cree que les hacen más fructíferos.

En Alemania, Austria y Suiza tienen en la misma época costumbres parecidas. Vemos que en las montañas Eifel, en la Prusia Renana, el primer domingo de Cuaresma la gente joven tenía la costumbre de re­coger paja y ramaje de todas las casas y de llevarlo a una altura, en donde lo apilaban alrededor de un haya alta y delgada a la que ataban un madero cruzado. Al conjunto le llamaban "la choza" o "el castillo". Los muchachos le prendían fuego y desfilaban alrededor del "castillo" ardiendo con la cabeza descubierta, llevando cada cual un hacha ardien­do y rezando en voz fuerte. Algunas veces quemaban en la "choza" un monigote de paja. El pueblo observaba qué dirección tomaba el humo; si se extendía hacia los sembrados era señal de que la cosecha sería abun­dante. El mismo día, en algunos sitios de Eifel, hacían una gran rueda de paja que arrastraban tres caballos hasta la cúspide de la colina.'Ha­cia ella marchaban los muchachos del pueblo al anochecido, prendían fuego al artificio y lo enviaban rodando ladera abajo. En Oberstattfcld la rueda la tenía que suministrar el casado más reciente en el año. Por Echternach, en Luxemburgo, a esta ceremonia la denominan la "quema de la bruja". En Voralberg, en el Tirol, el primer domingo de Cuares­ma rodean un abeto esbelto con una pila de paja y leña. En el ex­tremo del árbol sujetan una figura humana Ihmada "la bruja", hecha con ropa vieja y rellena de pólvora. Por la noche prenden fuego al con­junto y mozos y mozas bailan a su alrededor, blandiendo antorchas y cantando coplas en las que se distinguen las palabras "el grano en el harnero y el arado en tierra". En Suabia, el primer domingo de Cua­resma, fabrican una figura con ropas sujeta a un palo, que denominan la "bruja", "la esposa vieja" o "la abuela del invierno", y la planean en medio de una pila de leña a la que prenden fuego; mientras la bruja arde, los muchachos tiran al aire discos ardiendo. Estos discos son de madera delgada, de unos diez centímetros de diámetro, ribeteados de modo que imiten los rayos del sol o de las estrellas; tienen un agujero en me­dio que sirve para encajarlos en el extremo de una vara. Antes de tirar el disco le prenden fuego en la hoguera y después blandiéndolo hacia atrás y adelante le comunican un ímpetu que se aumenta pegando fuerte con la vara contra una tabla inclinada. El disco ardiendo sale despedido

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