Sir james george frazer la rama dorada



Descargar 10,97 Mb.
Página97/123
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño10,97 Mb.
1   ...   93   94   95   96   97   98   99   100   ...   123


RECLUSIÓN DE JÓVENES PUBESCENTES 675

un peine o pieza de hueso a propósito para ello. También le está prohi­bido rascarse el cuerpo y se cree que cada rascadura la dejaría una cica­triz. Hasta ocho meses después de alcanzar su madurez no podría comer ningún alimento fresco, particularmente salmón; además tiene que co­mer a solas y usar taza y plato especiales.

En la tribu Tsetsaut de la Columbia Británica, la joven que llega a la pubertad lleva un sombrero grande de piel que le cubre la cara y la oculta del sol. Se cree que si expusiera la cara al sol o hacia el cielo, llovería. El sombrero la protege también del fuego, que ao debe refle­jarse en su piel; se protegerá las manos con mitones. En la boca llevará el diente de algún animal para evitar las caries de sus propios dientes. Durante todo un año, no puede ver sangre sin tener la cara ennegrecida, pues en otro caso quedará ciega. Por un período de dos años llevará el sombrero y vivirá en una choza a solas aunque se le permite ver a la gente. Al cabo de los dos años, un hombre la despojará del sombrero y lo tirará lejos. En la tribu Bilqula o Bella Cola de la Columbia Britá­nica, cuando alcanza su pubertad una muchacha, debe permanecer en el sotechado que la sirve de dormitorio y donde tendrá un fogón individual. No se la permitirá descender a la parte principal de la casa ni sentarse ante el hogar con la familia. Por cuatro días está obligada a permanecer inmóvil en posición sedente. Ayunará durante el día pero la permiten un poco de alimento y bebida a la madrugada. Después de este retiro de cuatro días, puede salir de su cuarto, pero sólo pasando por una abertura hecha en el suelo, pues la casa está sobre estacas, y todavía no puede entrar en el cuarto principal. Cuando sale de la casa lleva un sombrero grande que protege su cara de los rayos del sol. Se cree que si el sol tocase su cara, enfermaría de los ojos. Puede recolectar bayas campestres en las lomas, pero no acercarse al río o al mar durante un año. Si comiera salmón fresco perdería el sentido o su boca se con­vertiría en un pico largo.

Entre los indios tlingit (thlinkeet) o indios kolosh de Alaska, cuando una joven mostraba signos de mujer se la confinaba en una choza pequeña o jaula completamente cerrada, salvo un pequeño agujero para el aire. En esta obscura e inmunda morada tenía que permanecer un año, sin fuego, ejercicio ni compañía. Sólo su madre y una pequeña esclava la proveían su manutención. La comida se la ponían en el ven­tanillo y tenía que beber sorbiendo por medio del hueso de un ala de águila de cabeza blanca. El tiempo de reclusión fue después reducido en algunos sitios a seis meses, tres y aun menos. Tenía que llevar una especie de capota con alas muy grandes para que su mirada no pudiera contaminar el cielo; se la creía indigna de tomar el sol e imaginaban que su mirada destruiría la suerte de un cazador, pescador o jugador, convir­tiendo las cosas en piedras y otras maldades. Al final de su confina­miento, quemaban sus ropas usadas, le ponían otras nuevas y daban una fiesta, en la que por debajo de su labio inferior y paralelamente a la boca, le hacían un corte e insertaban un trozo de madera o concha para

676 ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

mantener la herida abierta. Entre los koniags, pueblo esquimal de Alaska, una muchacha en pubertad era colocada en una cabaña pequeña en la que tenía que permanecer en posición cuadrúpeda seis meses; des­pués alargaban un poco la choza para permitirle desencorvar la espalda pero en esta postura tenía que permanecer seis meses más. Durante todo ese tiempo era considerada como un ser impuro con el que nadie podía tener relación.-

Cuando los síntomas del primer catamenio aparecían en una mu­chacha de la tribu, los indios guaraníes del sur del Brasil, en las fronteras paraguayas, cosían su hamaca con ella dentro, de modo que sólo quedase una pequeña abertura para respirar. En esta condición, envuelta y amor­tajada como un cadáver, la tenían por dos o tres días, tanto tiempo como durasen los síntomas, durante el cual tenía que observar el ayuno más completo. Terminado esto, la entregaban a una matrona, que le cortaba el pelo y le ordenaba abstenerse de comer carne de ninguna clase hasta que su cabello hubiera crecido lo bastante para ocultar sus orejas. En circunstancias similares, los chiriguanos del sudeste de Bolivia alzaban hasta el techo a la jovencita dentro de su hamaca y allí la tenían un mes; en el segundo mes era bajada a medio camino del techo y en el tercero, unas viejas armadas de palos entraban en la choza y corrían pegando estacazos sobre todo lo que encontraban, diciendo que estaban cazando a la serpiente que había mordido a la jovencita.

Para los matacos o mataguayos, tribu india del Gran Chaco, la niña pubescente tiene que permanecer en reclusión por algún tiempo. Se tiende en un rincón de la cabaña, cubierta de ramaje u otras cosas, sin mirar ni hablar con nadie, y durante ese tiempo no puede comer carne ni pescado. Mientras tanto, un hombre toca un tambor frente a la casa. Entre los yuracares, tribu india de Bolivia oriental, cuando una joven percibe los signos de la pubertad su padre construye una choza pe­queña de hojas de palma cerca de la casa. En esta choza encierra a su hija de modo que no pueda ver la luz y allí permanece cuatro días en ayuno riguroso.

Entre los macusis de la Guayana Británica, cuando una joven mues­tra los primeros signos de pubertad es colgada dentro de una hamaca en el sitio más alto de la cabaña. Los primeros días no abandonará la hamaca de día; pero puede bajar de noche, encender una lumbre y pasar la noche junto al fuego, pues de no hacerlo podría llenársele de gra­nos la garganta, el cuello y otras partes del cuerpo. Mientras los síntomas se hallen en su punto álgido, ayunará rigurosamente. Cuando han dis­minuido, bajará de su hamaca y tomará como habitación un pequeño compartimento hecho para ello en el ángulo más obscuro de la cabaña. Por la mañana cocinará su comida pero deberá hacerlo en una lumbre separada y en una vajilla personal. Después de unos diez días llega el hechicero y desvirtúa el hechizo farfullando conjuros y balitando sobre ella y sobre todos los objetos valiosos que con ella han estado en contacto; los cacharros y vasijas que usó para beber y comer los rompe y entierra

RECLUSIÓN DE JÓVENES PUBESCENTES 677

los fragmentos. Después de su primer baño, la muchacha debe dejarse apalear por su madre con varas sin emitir un grito. Al final del segundo período menstrual la apalea su madre por segunda y última vez. Ahora está "pura" y puede mezclarse con la gente. Otros pueblos de Guayana, después de tener a la joven en su hamaca en lo alto de la choza durante un mes, la someten a las mordeduras, muy dolorosas, de unas hormigas grandes. En ocasiones, además de ser mordida por las hormigas, la sufriente tiene que ayunar día y noche mientras permanezca izada dentro de la hamaca, así que cuando por fin la bajan está hecha un esqueleto.

Cuando una doncella hindú alcanza la madurez sexual, queda en­cerrada cuatro días en una habitación obscura y tiene prohibido ver el sol. Se la considera impura y nadie puede tocarla. Su dieta está restrin­gida a arroz cocido, leche, azúcar, requesón y tamarindo sin sal. En la mañana del quinto día va a un estanque vecino acompañada por cinco mujeres casadas "cuyos maridos vivan". Untada de agua de cúrcuma, se bañan todas después y vuelven a casa, tirando la esterilla del lecho y otras cosas que hubiere en el cuarto. Los brahmanes rarhi de Bengala obligan a la muchacha en pubertad a vivir sola y no la permiten ver la cara de ningún hombre. Permanece tres días encerrada en un cuarto obscuro y sujeta a ciertas penitencias. Se le prohibe comer carne, pescado y golosinas; debe sustentarse de arroz y mantequilla fundida. Entre los tiyanos de Malabar hay la creencia de que una joven es impura durante cuatro días desde el comienzo de su primer menstruo; este tiempo tendrá que pasarlo en la parte norte de la casa, donde duerme sobre una esterilla de yerbas de una clase especial, en un cuarto adornado con guirnaldas de hojas tiernas de cocotero. Otra joven estará en su compañía y dormirá con ella, pero no puede tocar a ninguna otra persona, árbol o planta. Además, no debe ver el cielo y ¡ay de ella si llega a ver un cuervo o un gato! Su dieta debe ser estrictamente vegetariana, sin sal, tamarindos o chiles. Estará armada contra los malos espíritus con un cuchillo que colocan sobre el petate o sobre su persona.

En Camboya, una joven al llegar su pubertad debe quedar en la cama y bajo un mosquitero donde estará por cien días. Usualmente, sin embargo, se consideran bastantes cuatro, cinco, diez o veinte días y aun así, en un clima caluroso y bajo las mallas tupidas de las cortinas, es bastante penoso. Según otro relato, de una doncella camboyana en puber­tad se dice que "entra en la sombra". Durante su retiro, el que según el rango y posición de la familia puede durar desde unos pocos días a varios años, tiene que cumplir con un gran número de preceptos tales como no ser vista por un hombre extraño, no comer carne o pescado y otros parecidos. No debe salir ni a la pagoda. Pero este estado de reclu­sión es suspendido durante los eclipses; en esos momentos sale fuera y hace sus oraciones al monstruo que se supone causa los eclipses cogiendo los cuerpos celestes entre sus dientes. Este permiso para romper su regla de confinamiento y salir durante un eclipse muestra cuan literalmente se

678 ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

interpreta el entredicho que prohibe a las doncellas mirar al sol cuando llegan a la madurez sexual.

Hay que suponer que una superstición tan extensamente difundida como ésta, ha dejado huellas en las leyendas y cuentos populares. Y así ha sucedido. La antigua leyenda griega de Danae, que fue encerrada por su padre en una cámara subterránea o en una torre de bronce, pero que fue embarazada por Zeus, que llegó a ella en forma de lluvia de oro, quizá pertenece a esta clase de cuentos. Tiene su contrafigura en la leyenda que los kirguicios de Siberia cuentan de sus antepasados. Un kan tenía una hermosa hija encerrada en una casa obscura de hierro para que ningún hombre pudiera verla. Una anciana la cuidaba y cuando la niña llegó a ser mujer preguntó a la anciana: "¿Dónde vas con tan­ta frecuencia?" "Niña mía, dijo la vieja dama, allá fuera hay un mundo brillante y en ese mundo brillante viven tu padre y tu madre y también toda clase de gentes. Allí es donde voy". La doncella la dijo: "Madre buena, yo no lo diré a nadie, pero enséñame ese mundo brillante". De este modo, la mujer anciana sacó a la muchacha de la casa de hierro y cuando ella vio el mundo brillante se tambaleó y perdió el conocimiento; el ojo de Dios cayó sobre ella, dejándola embarazada. Su padre, encole­rizado, la puso en un arcón de oro y la envió flotando sobre la anchura del mar (el oro encantado puede flotar en el país de las hadas). La lluvia de oro de la fábula griega y el ojo de Dios de la leyenda kirguicia probablemente representan los rayos del sol y el sol mismo. La idea de que las mujeres pueden ser fecundadas por el sol no es infrecuente en las leyendas y hay huellas de esta idea en las costumbres nupciales.



4. causas de la reclusión de las jóvenes pubescentes

El motivo de las restricciones con tanta frecuencia impuestas a las jóvenes al llegar a la pubertad es el temor profundamente inculcado que por la sangre menstrual abrigan casi todos los pueblos primitivos. La temen en todo tiempo, pero especialmente en su primera aparición; por eso las restricciones que oprimen a las mujeres en su primera menstrua­ción suelen ser más rígidas que las que han de cumplir en cualquier subsecuente recurrencia de ese manar misterioso. Se han citado algunos ejemplos del miedo y de las costumbre? en él basadas en la primera parte de esta obra, pero como el terror, pues no es nada menos, que el fenó­meno periódicamente produce en la mente del salvaje ha influido tan profundamente en su vida y en sus instituciones, conviene ilustrar esta cuestión con algunos ejemplos más.

Así, en la tribu australiana de la Bahía de la Reunión hay o había una "superstición que obliga a la mujer a separarse del campamento durante el tiempo de su indisposición mensual, y siempre que una joven o un muchacho se aproxime deberá advertírsele y éste hará inmediata­mente un rodeo para evitarla. Si es negligente en esto, se expone a ser regañada y a veces apaleada fuertemente por su marido o pariente más

CAUSAS DE RECLUSIÓN DE LAS JÓVENES 679

cercano, pues a los muchachos se les ha dicho desde su infancia que si ven la sangre pronto se quedarán canosos y su vigor decaerá prematura­mente". Los dieri de la Australia central creen que si una mujer en esas épocas comiera pescado o se bañara en el río, todos los peces morirían y el río quedaría seco. Los arunta de la misma región prohiben a las mujeres menstruantes recolectar los bulbos del irriakura, que constituye un artículo importante para la dieta de los hombres y aun de las mujeres. Creen que si alguna mujer desobedece este precepto, la provisión de bulbos decaerá.

En algunas tribus australianas la reclusión de las mujeres menstruan­tes era aún más rígida y estaba sancionada con penalidades más severas que una regañina o una paliza. Así "hay una regulación respecto a los acampados en la tribu Wakelbura que prohibe a las mujeres entrar en los campamentos por el mismo sendero que los hombres. Cualquier vio­lación de esta ley en un campamento grande se castigaría con la muerte. La razón de esta prohibición es el miedo que tienen al período menstrual de las mujeres. Durante ese periodo la mujer es alejada del campamento medio kilómetro o más. Una mujer en ese estado se ata alrededor de la cintura ramaje del árbol de su tótem y está constantemente vigilada y guardada, pues se piensa que si algún hombre fuera tan desgraciado que viera a una mujer así moriría. Si la mujer se dejase ver de un hombre, es probable que fuera condenada a muerte. Cuando la mujer ya se ha repuesto, se pinta de rojo y blanco, cubre su cabeza con plumas y vuelve al campamento".

En Muralug, una de las islas del Estrecho de Torres, la mujer mens-truante no comerá nada de lo que vive en el mar, pues los nativos creen que fracasarían sus pescas. En Cálela, al oeste de Nueva Guinea, las mujeres en sus períodos menstruantes no pueden entrar en una vega de tabaco, pues las plantas del tabaco serían atacadas de enfermedades. Los minangkabauer de Sumatra están convencidos de que una mujer en estado impuro que pase cerca de un arrozal echará a perder la cosecha.

Los bosquimanos de África del Sur piensan que si los mira una joven cuando debiera estar en estricto aislamiento, los hombres queda­rían paralizados en la posición en que estaban, con lo que tuvieran en las manos, y serían transformados en árboles que hablan. Las tribus ganaderas del África del Sur sostienen que sus rebaños morirían si bebie­ran la leche de una mujer menstruante y temen el mismo desastre si cayera al suelo una gota de sangre y los bueyes pasaran por encima. Para prevenir tamaña calamidad, las mujeres en general, no sólo las menstruantes, tienen prohibido entrar en los cercados del ganado y más aún, no pueden usar los senderos ordinarios de entrada al pueblo o los que van de una choza a otra. Están obligadas a practicar senderos a espaldas de las chozas para evitar el terreno del centro de la aldea, donde está el ganado estacionado o descansando. Estos senderos de mujeres pueden verse en todos los pueblos de cafres. Entre los baganda, de modo semejante, no podía beber leche ninguna mujer menstruante ni

680 ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

estar en contacto con ninguna vasija que la contuviera; no debía tocar nada de lo perteneciente a su marido, ni sentarse en su esterilla, ni arreglarle la comida. Tocar alguna cosa de éstas durante el período, se consideraba equivalente a desearle la muerte o a realizar maniobras de brujería para su destrucción. Si manejase alguna cosa suya, seguramente caería enfermo; si tocase sus armas, seguramente moriría en el primer combate que tuviera. Además, los bagandas no consentían que una mujer menstruante se acercara a un pozo; temían que si alguna lo hiciera el pozo se secaría e incluso que ella misma enfermaría y moriría a me­nos de confesar su falta y de que el curandero hiciera una expiación por ella. Entre los akikuyos del África Oriental Británica, si se cons­truye una cabaña y la esposa tiene el período el mismo día que se enciende por primera vez el hogar, hay que destruir la cabaña al día siguiente; de ningún modo dormirá la segunda noche en la cabaña, pues la maldición caería sobre la mujer y la cabaña.

Según el Talmud, si alguna mujer al principio de su período pasa entre dos hombres, uno de ellos morirá. Los campesinos del Líbano creen que las mujeres menstruantes son la causa de muchas desgracias, que su sombra marchita las flores, seca los árboles y hasta paraliza el movimiento de las serpientes; si alguna de ellas montase a caballo, el animal podría morir o al menos quedaría inservible por largo tiempo.

Los guaykiríes del Orinoco creen que cuando una mujer está con sus reglas, morirá todo lo que pise y si un hombre pisa sus huellas se le hincharán las piernas instantáneamente. Entre los indios bribi de Costa Rica, una mujer casada sólo usa hojas de plátanos como platos durante la regla y los tira en un sitio apartado al terminar de usarlos, pues si una vaca las encontrara y comiera, el animal se extenuaría y mo­riría. También bebe exclusivamente de una vasija especial, porque cual­quier persona que beba después en la misma vasija infaliblemente se debilitará hasta perecer.

En la mayoría de las tribus de indios norteamericanos había la costumbre de que las mujeres menstruantes se retiraran del campamento o pueblo para pasar el periodo de su impureza en chozas o abrigos para su uso. Allí vivían apartadas, comiendo y durmiendo solas, calentándose en hogueras propias y absteniéndose estrictamente de toda comunica­ción con los nombres, que a su vez las eludían como si estuvieran apes­tadas.

Así, por ejemplo, los indios créele y las tribus afines de Estados Unidos obligaban a las mujeres menstruantes a vivir en chozas especiales bastante alejadas del poblado, donde tenían que quedar aisladas a riesgo de una sorpresa del enemigo. Se consideraba "impureza horrenda y peligrosa" acercarse a las mujeres en ese estado y ese peligro alcanzaba hasta a sus enemigos, que si mataban a estas mujeres tenían que purifi­carse con ciertas yerbas y raíces sagradas. Los indios stseelis de la Co-lumbia Británica creían que si una mujer menstruante pasaba por encima de un haz de flechas, las inutilizaría y aun podrían ocasionar la muerte

CAUSAS DE RECLUSIÓN DE LAS JÓVENES 681

de su dueño y, también, que si pasaba por delante de un cazador ar­mado de fusil, la bala se desviaría siempre. Entre los chipewas y otros indios del territorio de la Bahía de Hudson, las mujeres menstruantes son excluidas del campamento y tienen que vivir en chozas de ramaje; llevan caperuzas grandes que les ocultan por completo cabeza y pecho, No pueden tocar los enseres ni ningún objeto de uso masculino, pues "suponen que su contacto los macula y su posterior uso acarrearía des­gracia o calamidad", como enfermedades o muerte. Han de beber con un hueso de cisne. Tampoco pueden andar por los senderos ni cruzar rastros de animales. "No se las permite caminar sobre el hielo de los ríos y lagos ni acercarse a donde los hombres estén cazando castores ni donde haya tendida una red para pescar, por miedo de alejar la pesca. En este período no pueden comer la cabeza de ningún animal ni pisar o cruzar huellas recientes de pisadas o de un trinco que transporte una cabeza de ciervo, alce, castor y otros muchos animales. Se considera muy grave el incumplimiento de esta costumbre, pues creen firmemente que ocasionarían fracasos posteriores al cazador". También los lapones prohiben a las mujeres menstruantes pisar la parte de la playa donde los pescadores suelen depositar su pesca, y los esquimales del Estrecho de Bering creen que los cazadores que se acerquen a una mujer mens-truante no cazarán nada. Por igual razón, los indios carrier no permiten que ninguna mujer menstruante pise cruzando huellas de animales; si es necesario, se la pasan en brazos. Creen que si vadea un arroyo o un lago, morirán los peces.

En las naciones civilizadas de Europa, las supersticiones que se acu­mulan alrededor de este aspecto misterioso de la naturaleza femenina no son menos extravagantes que las existentes entre los salvajes. En la enciclopedia más antigua que poseemos —la Historia natural, de Pli-nio—, la lista de los peligros que pueden provenir de la menstruación es más larga que la de los propios bárbaros. Según Plinio, el tacto de una mujer menstruante convertía el vino en vinagre, atizonaba los granos, mataba los semilleros, plagaba las huertas de parásitos, hacía caer prema­turamente los frutos de los árboles, nublaba los espejos, embotaba las navajas, oxidaba el hierro y el latón (especialmente en luna menguante), mataba las abejas o al menos las alejaba de sus colmenares, hacía abortar las yeguas, y así sucesivamente. De modo análogo, en varios sitios de Europa todavía se cree que si una mujer con su regla entra en una bodega, la cerveza se acedará; si toca cerveza, vino, vinagre o leche, se estropearán; si hace conservas, se pudrirán; si monta en yegua, ésta abortará; si toca capullos de flores, se secarán; si trepa por un cerezo, se secará. En Brunswick la gente cree que si una mujer menstruante asiste a la matanza de un cerdo, la carne se pudrirá. En la isla griega de Calymnos, una mujer durante el período no puede ir al pozo a sacar agua, ni cruzar una corriente de agua, ni entrar en el mar. Su presencia en una lancha dicen que levanta una tormenta.
1   ...   93   94   95   96   97   98   99   100   ...   123


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal