Sir james george frazer la rama dorada



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Mas todavía nos queda preguntar: ¿qué era la rama dorada? y ¿por qué cada candidato al sacerdocio anciano tenía que arrancarla antes de poder matar al sacerdote? Estas cuestiones son las que ahora trataremos de responder.

Conviene empezar mencionando dos de las leyes o tabús que, como ya hemos visto, regulan la vida de los reyes o sacerdotes divinos. La primera de estas leyes hacia las que llamamos la atención del lector es !a de que el personaje divino no puede tocar el suelo con sus pies. Esta regla fue observada por el pontífice máximo de los zapotecas en México; profanaría su santidad si tocaba el suelo con sus pies. Moctezuma, em­perador de México, nunca ponía los pies en el suelo; siempre era transportado a hombros de los nobles y si saltaba al suelo en cualquier parte, tendían una tapicería magnífica para que anduviese sobre ella. Para el Mikado japonés, tocar el suelo con los pies era una degradación bochornosa; tan verdad es esto, que en el siglo XVI era suficiente para despojarle de su rango. Fuera de su palacio, era llevado a hombros de sus servidores y dentro de él andaba sobre esterillas exquisitamente traba­jadas. El rey y la reina de Tahití no podían tocar el suelo en ninguna parte salvo en sus propiedades hereditarias, pues el terreno sobre el que caminasen se convertía en sagrado. Cuando viajaban de un lado a otro eran llevados a hombros de hombres sagrados; siempre marchaban acom­pañados por varias parejas de estos ayudantes santificados y cuando era necesario cambiar de porteadores, el rey y la reina saltaban a los del relevo sin consentir tocar el suelo con los pies. Era un mal presagio que el rey de Dosuma tocase el suelo, y por ello tenía que verificar una ceremonia expiatoria. Dentro de su palacio, el rey de Persia andaba sobre alfombras que nadie podía pisar; fuera de palacio no se le veía nunca más que en carroza o a caballo. En tiempos antiguos, el rey de Siam no ponía jamás los pies en tierra, sino que era trasladado de un sitio a otro en un trono de oro. Antiguamente, ni los reyes de Uganda ni sus madres ni las reinas podían caminar a pie fuera de los espaciosos recintos en que vivían. Siempre que salían eran llevados a hombros de miembros del clan del búfalo, varios de los cuales acompañaban a estos personajes reales en sus jornadas para turnar la carga. El rey se sentaba a horcajadas sobre el cuello del porteador con una pierna sobre cada hombro y los pies sobarcados. Cuando uno de estos porteadores se can­saba echaba al rey sobre los hombros de otro hombre cuidando de que los pies regios no tocasen el suelo. Por este procedimiento caminaban a grandes pasos y largas distancias al día cuando el rey estaba de jornada. Los porteadores tenían su choza dentro del recinto real para poder estar dispuestos en el momento en que se les requiriera. Entre los dakuba, o mejor bushongo, nación de la región meridional del Congo, hasta hace pocos años las personas de sangre real tenían prohibido tocar el suelo; debían sentarse sobre una piel, sobre una silla o sobre la espalda de un esclavo puesto "a cuatro patas" con los pies puestos sobre los pies de otro. Cuando estas personas regias viajaban eran trasladadas a hombros

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pero el rey viajaba en andas. Entre los ibo, pueblo cerca de Awka en la Nigeria meridional, el sacerdote de la tierra tiene que observar muchos tabús; por ejemplo, no puede ver un cadáver y si encuentra alguno en su camino tiene que taparse los ojos con sus muñequeras. Debe abste­nerse de muchos alimentos tales como huevos, aves de toda clase, car­nero, perro, antílope y otros más. No puede llevar ni tocar una máscara y ningún enmascarado puede entrar en su casa. Si un perro entra en su casa le mata y le arroja fuera. Como sacerdote de la tierra no puede sentarse sobre la tierra desnuda, ni comer nada que haya caído al suelo, ni se le puede arrojar tierra. Según un antiguo ritual brahmánico, en su ascensión al trono un rey debería pisar sobre una piel de tigre y un plato de oro, debía calzar zapatos de piel de jabalí y mientras viviera no debía pisar el suelo con los pies desnudos.

Mas, junto a las personas que son permanentemente sagradas o ta-buadas, a quienes, por consiguiente, les está permanentemente prohibido tocar el suelo con los pies, hay otras que gozan del carácter de santidad o tabú solamente en ciertas ocasiones y a las cuales, de acuerdo con esto, la prohibición en cuestión sólo se aplica en épocas determinadas, durante las que exhalan el olor de santidad. Así, entre los kayanos o bahuas del Borneo central, mientras la sacerdotisa está ocupada en la ejecución de ciertos ritos no puede andar sobre el suelo y colocan unas tablas para que camine sobre ellas. También los guerreros en su "sen­dero de la guerra", están rodeados, por decirlo así, de una atmósfera de tabús; por esto, algunos indios de Norteamérica no podían sentarse en el suelo desnudo mientras estuvieran en su expedición guerrera. En Laos, la caza del elefante ha engendrado muchos tabús; uno de ellos es que el jefe de los cazadores no puede tocar tierra con el pie. Según esto, cuando salta de su elefante, los otros cazadores extienden una alfombra de hojas para que camine sobre ella.



Aparentemente la santidad, virtud mágica, tabú o cualquier otro apelativo que pudiéramos dar a esta misteriosa cualidad que se supone impregna a las personas sagradas o tabuadas, la concibe el filósofo primi­tivo como una substancia o fluido físico de la que están cargadas, igual que una "botella de Leyden" lo está de electricidad; y exactamente como la electricidad de la botella puede descargarse por contacto con un buen conductor, así la santidad o virtud mágica del hombre puede descargarse y disiparse por contacto con la tierra, la que en esta teoría sirve como un buen conductor para el fluido mágico. Por esta razón, con objeto de preservar la carga de este desgaste despilfarrador, el personaje sagrado o tabuado deberá ser cuidadoso y prevenido, no tocando el suelo; en len­guaje de electricidad, debe estar "aislado" o se vaciará de la preciosa substancia o fluido de que, como una redoma, está lleno hasta el borde. Y ciertamente que en muchos casos se recomienda el aislamiento de la persona tabuada no sólo como precaución para su propia seguri­dad, sino por la seguridad de las demás personas, puesto que la virtud de la santidad o tabú es, por decirlo así, un explosivo poderoso que al cho-

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que más ligero puede estallar y en interés de la seguridad general es necesario tenerle estrechamente sujeto, temiendo que si se le suelta, de­tonará, atizonará y destruirá todo lo que se ponga en contacto con él

2. NO VER EL SOL



La segunda regla que hay que señalar es que el sol no debe ilumi­nar directamente a la persona divina. Esta regla fue observada tanto por el Mikado como por el pontífice de los zapotecas. Este último "era considerado como un dios a quien la tierra no era digna de sostener ni el sol de alumbrar". Los japoneses no permitían que el Mikado expu­siera su sagrada persona al aire libre y se pensaba que el sol no era merecedor de iluminar su cabeza. Los indios de Nueva Granada, en la América del Sur, "guardaban encerrados desde niños a los que llegarían a ser sus gobernantes o caudillos, fueran hombres o mujeres, durante varios años, algunos hasta siete años, y esto era tan rígido que no podían ver el sol, pues si llegaban a verlo perdían su derecho al caudillaje, y sólo comían ciertos alimentos señalados, y los que eran sus guardianes, en ciertas épocas del año entraban en su retiro y los azotaban violenta­mente". Así, por ejemplo, el heredero del trono de Bogotá, que no era hijo del rey sino de la hermana del rey, estaba sujeto a un riguroso adiestramiento desde su infancia; vivía en completo retiro en un templo donde no podía ver el sol, comer con sal, ni hablar con una mujer. Estaba rodeado de guardianes que observaban su conducta y anotaban todos sus actos; si infringía una sola regla, desobedeciéndola, era consi­derado infame y perdía todos sus derechos al trono. Así también, el heredero del reino de Sogamoso, antes de heredar la corona, tenía que guardar abstinencias por siete años seguidos en el templo, sumergido en la obscuridad y sin permitírsele ver el sol ni aun la luz. El príncipe que llegaba a ser Inca del Perú tenía que abstenerse durante un mes de ver la luz.

3. reclusión de las jóvenes pubescentes

Es muy interesante que las dos reglas anteriores, no tocar el suelo y no ver el sol, sean observadas, separada o conjuntamente, por las mu­chachas púberes en muchas partes del mundo. Así, entre los negros de Lonngo las muchachas en su pubescer son confinadas en chozas aparta­das y no pueden tocar el suelo con ninguna parte de su cuerpo que esté desnuda. Entre los zulúes y tribus afines del África del Sur, cuando se muestran los primeros signos de pubertad, "la muchacha que camina, recoge leña o trabaja en el campo, correrá al río para ocultarse entre las cañas durante el día a fin de no ser vista por los hombres. Cubrirá su cabeza cuidadosamente con su manta para que no la dé el sol y se convierta en un marchito esqueleto, como resultaría de exponerse a sus rayos. Después de obscurecer, retornará a casa y se recluirá en una choza

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por algún tiempo". En la tribu Awa-nkonde, del término septentrional del lago Nyassa, es regla que después de la primera menstruación una muchacha debe quedar apartada con algunas de sus compañeras en una casa cerrada y obscura. El suelo se cubre de hojas de plátano secas y ningún fuego podrá alumbrar la casa, a la que llaman "la casa de las Awasungu" o sea "de las doncellas que no tienen corazón".

En Nueva Irlanda, las muchachas son confinadas durante cuatro o cinco años en pequeñas jaulas que tienen en la obscuridad y no las per­miten poner los pies en el suelo. La costumbre ha sido descrita así por un testigo presencial: "Oí de un maestro acerca de la costumbre extraña relacionada con algunas de las jóvenes de aquí, así que he pedido al jefe que me llevase a la casa donde están. La casa era de unos ocho metros de larga y situada dentro de un cercado de cañas y bambúes, teniendo atravesado en la entrada y colgando un haz de yerba para indicar que era absolutamente 'tabú'. Dentro de la casa había tres es­tructuras cónicas de dos metros y medio de altas y de unos cuatro de diámetro en el suelo, y a poco más de un metro de altura iban dismi­nuyendo progresivamente. Estas jaulas estaban hechas de las anchas hojas del árbol pándanos,1 cosidas tan juntas que nada de luz y poco o ningún aire podía entrar. En uno de los lados de estas jaulas había una abertura ocluida por una doble puerta de hojas trenzadas de coco­tero y de pándanos. A cerca de un metro de tierra tenían una plata­forma de bambúes que formaba el suelo de la jaula. En cada una de estas estructuras me dijeron que estaba confinada una jovencita, y que había de permanecer allí por lo menos cuatro o cinco años sin permi­tírsela salir fuera de la casa. Difícilmente podía creer el cuento cuando lo oí; la cosa en conjunto me pareció demasiado horrible para ser ver­dad. Hablé al jefe diciéndole que deseaba ver el interior de las jaulas y ver también a las muchachas para poder regalarlas algunos abalorios. Me contestó que era 'tabú', prohibido para cualquier hombre, salvo para sus propias familias, el verlas. Yo supuse que la promesa de los abalorios actuó como un aliciente y él se marchó a buscar a una anciana, que era la encargada y la única que tenía permiso para abrir las puertas. Mientras esperábamos, pudimos oír a las muchachas hablando al jefe en tono quejumbroso, como si objetasen algo o expresasen su temor. Llegó al fin la vieja y desde luego que no me pareció un guardián o carcelero demasiado amable ni pareció gustarle la petición del jefe para permitir­nos ver a las jóvenes, pues nos miró con cierto recelo. Sin embargo, abrió las puertas cuando el jefe la ordenó que lo hiciera; entonces las mucha­chas nos atisbaron y cuando les dije que lo hicieran, sacaron sus ma­nos para tomar los abalorios. A propósito me senté un poco distante y sólo tendí las cuentecillas porque deseaba atraerlas fuera para poder ins­peccionar el interior de las gayolas. Este deseo mío dio origen a otra difi­cultad, pues a aquellas jóvenes no las era permitido poner los pies en

1 Familia de las Pandanáceas, especie Dandanus tectorius. Tienen sus hojas unas fibras textiles muy resistentes.

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el suelo mientras estuvieran encerradas en aquel lugar. Sin embargo como ellas deseaban coger las cuentecillas, la anciana salió a reunir al­gunas piezas de madera y bambú, las colocó en el suelo, y después fue hacia una de las muchachas y la ayudó a bajar, llevándole de la mano cuando ella andaba de un trozo de madera al otro, hasta llegar lo bas­tante cerca para coger los abalorios que tenía para ella. Entonces fui a mirar el interior de la gayola de donde había salido, pero apenas si pude meter dentro la cabeza, pues la atmósfera era muy cálida y sofocante. Estaba limpia y no contenía más que unos pocos entrenudos de bambú cortados, para contener agua. Sólo había espacio para que la muchacha estuviera sentada o echada en posición encogida sobre la plataforma de bambúes, y cuando las puertas estuvieran cerradas debía estar muy cerca de la completa obscuridad. A las muchachas no se les permite salir más que una vez al día para bañarse en un barreño o tazón grande colocado cerca de cada jaula. Dicen que sudan profusamente. Están metidas en aquellas gayolas asfixiantes desde muy jóvenes y allí tienen que permane­cer hasta que sean púberes, sacándolas entonces y dando una gran fiesta matrimonial para ellas. Una de las jovencitas tenía catorce o quince años y el jefe me dijo que llevaba allí cinco años, pero que pronto sería sa­cada. Las otras dos eran de ocho o diez años de edad y tenían que quedar allí varios años más".

En Kabadi, distrito de Nueva Guinea, "las hijas de los jefes, cuan­do están próximas a cumplir los doce o trece años de edad, son guar­dadas puertas adentro durante dos o tres años, no permitiéndolas bajo ningún pretexto descender de la casa y ésta está tan cerrada que el sol no puede penetrar". Entre los yabin y bukaua, dos tribus vecinas y em­parentadas de la costa norte de Nueva Guinea, una muchacha en su pubertad es recluida por cinco o seis semanas en un sitio interior de la casa; como no puede sentarse en el suelo por temor de que su impu­reza lo maculase, coloca un tronco de madera sobre el que se acuclilla. Tampoco puede tocar el suelo con los pies y, por eso, se los envuelve en esterillas si tiene que dejar la casa por unos momentos, y anda sobre dos medias cáscaras de coco que sujeta a los pies por medio de bejucos, como si fueran zuecos. Entre los danom de Borneo, las niñas de ocho a diez años son subidas a un cuartito o celda de la casa, quedando ais­ladas de toda relación con el mundo por un largo tiempo. La celda, como el resto de la casa, está elevada sobre el suelo por unos pilotes e iluminada por un solo ventanuco abierto hacia un sitio solitario, y de tal modo que la niña esté casi totalmente a obscuras. No puede dejar el cuartito con ningún pretexto ni aún para las necesidades más apre­miantes. Nadie de su familia puede verla mientras permanece en su cubículo y sólo una esclava está destinada a su servicio. Durante su con­finamiento solitario, que con frecuencia dura siete años, la muchacha se ocupa en tejer esterillas o en cualquier otro trabajo manual. Su cuer­po, por la prolongada falta de ejercicio, se desarrolla poco y cuando llega a la pubertad y sale del confinamiento su tez es pálida como la cera.

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Ahora la muestran el sol, la tierra, el río, las flores y los árboles como si acabara de nacer. Entonces se hace una gran fiesta, matan un esclavo y la muchacha se embadurna con la sangre. En Ceram, las muchachas púberes se aislaban en una choza oscura. En Yap, una de las islas Caro­linas, si una muchacha se ve sorprendida por su primera menstruación en un camino público, no puede sentarse en el suelo, sino que debe pedir una cáscara de coco para ponérsela debajo. Durante varios días la habilitan, para vivir aislada de la casa de sus padres, una pequeña choza y después está obligada durante cien días a dormir en una de las casas especiales que se destinan al uso de las mujeres menstruantes.

En la isla de Mabuiag, en el Estrecho de Torres, cuando en una niña aparecen los signos de la pubertad, hacen en un rincón de la casa un círculo de ramaje. Allí, adornada con tahalíes, brazaletes y aros bajo las rodillas y tobilleras, llevando una corona en la cabeza y ornamentos de conchas en las orejas, en el pecho y en la espalda, se acuclilla en el centro del círculo de ramaje, que está apilado tan alto que sólo se la ve la cabeza. En este estado de reclusión debe quedar durante tres meses. En todo ese tiempo no le debe dar el sol y sólo por la noche la permi­ten deslizarse fuera de la choza, mientras renuevan el seto, No puede comer por sí misma ni tocar alimento alguno, dándole de comer una o dos ancianas, sus tías maternas, que están especialmente encargadas de su vigilancia. Una de estas mujeres cocina los alimentos para ella en un fuego especial en la selva. La muchacha tiene prohibido comer tor­tuga o huevos de tortuga durante la estación en que las tortugas están criando, pero no así alimentos vegetales. Ningún hombre, ni aun su propio padre, puede entrar en la choza mientras dura su reclusión, pues si la llega a ver en esta temporada, es seguro que tendrá mala suerte en la pesca y probablemente se le romperá la canoa la primera vez que salga con ella. Cumplidos los tres meses, sus acompañantes la bajan a un arroyo cercano, sosteniéndose sobre los hombros de ellos de modo que no toque con los pies el suelo, mientras las demás mujeres de la tribu, formando un círculo a su alrededor, la escoltan hasta la orilla del agua. Llegadas a la orilla, la despojan de todos sus ornamentos y los portea­dores se meten con ella dentro del agua, donde la inmergen, y todas las demás mujeres se reúnen palmeteando el agua para salpicar a la mu­chacha y a sus porteadores. Cuando salen del agua, una de las asistentes hace un haz con yerba para que la muchacha se acuclille encima. La otra se va corriendo al arrecife, coge un cangrejo pequeño, le arranca las dos pinzas o bocas y vuelve presurosa con ellas al arroyo. Aquí han encendido mientras una fogata, en la que asan las patas del cangrejo, que las asistentes dan de comer a la joven; después la adornan nueva­mente y todas las mujeres juntas vuelven a la aldea en fila india lle­vando a la joven en el centro de la fila agarradas las muñecas por sus dos asistentas. Los maridos de las tías las reciben y conducen a la casa de uno de ellos, donde todos comen, y permiten ya comer a la muchacha del modo usual. Sigue a la comida un baile en que ella tiene la parte

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principal, bailando entre los dos mandos de sus tías, que estuvieron encargadas de ella durante su encierro.

Entre los yaraikama, tribu de la península de Cabo York, en Queens-land del Norte, se dice que una joven púber tiene que vivir sola un mes o seis semanas; ningún hombre puede verla, pero sí una mujer. Se gua­rece en una choza o refugio especialmente hecho para ella y sobre cuyo suelo permanece tendida de espaldas. No debe ver el sol y a su puesta cerrará los ojos hasta que se haya ocultado; en otro caso se piensa que su nariz enfermaría. Durante su confinamiento no podrá comer nada que viva en agua salada, o una serpiente la matará. Una anciana la sirve y la provee de raíces, ñames y agua. En algunas tribus austra­lianas suelen enterrar a las jóvenes en esos períodos más o menos profun­damente en el suelo, quizá con objeto de ocultarlas a la luz solar.

Entre los indios de California, de una muchacha en su primera menstruación "se pensaba que estaba poseída de un grado particular de poder sobrenatural y éste no se consideraba siempre como enteramente corruptor o malévolo. Con frecuencia, sin embargo, había un fuerte sentimiento de poderío maligno inherente a su condición. Uno de los preceptos más rigurosos que debía observar era el de que no podía mirar a su alrededor; tenía que llevar la cabeza agachada y le estaba prohibido ver el mundo y el sol. En algunas tribus las cubrían con una manta. Muchas de las costumbres relacionadas con esto recuerdan muy vigoro­samente las de la costa norte del Pacífico, tales como la prohibición a la muchacha de rascarse y tocarse la cabeza con las manos, proveyéndola de un instrumento especial para ello. Algunas veces, comían si otra per­sona las alimentaba y si no, tenían que ayunar".



Entre los indios chinuk, que habitaban en la costa del Estado de Washington, cuando la hija de un jefe alcanzaba su pubertad, la ocul­taban de la vista de las gentes por cinco días; no podía mirar a nadie, ni al ciclo, ni coger bayas. Se creía que si llegaba a mirar al cielo, el tiempo sería malo, que si cogía bayas llovería y que cuando colgase su paño de corteza de cedro sobre un abeto, el árbol se secaría en seguida. Tenía que salir de casa por una puerta especial y bañarse en un arrovo lejos de la aldea. Ayunaba muchos días y en otros muchos no podía comer alimentos frescos.

Entre los indios aht o nutka de la isla de Vancouver, cuando las muchachas llegan a la pubertad son colocadas en una especie de galería de la casa "y rodeadas completamente con esterillas de modo que no puedan ver el sol ni fuego alguno. Allí permanecen varios días, y les dan agua, pero no alimento. Cuanto más tiempo permanece una joven en este retiro, más grande es el honor para sus padres; pero es desgraciada toda su vida si llega a saberse que ha visto fuego o el sol durante su ordalía de .iniciación". Sobre las pantallas tras de las que se oculta, pin­tan representaciones del mítico Pájaro del Trueno. Durante su reclusión no puede moverse ni tumbarse; tiene que permanecer en cuclillas. No se tocará el pelo con las manos, pero se le permite rascarse la cabeza con

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