Sir james george frazer la rama dorada



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1 Montaña de Etruria a 38 kilómetros al noreste de Roma.

LA SATURNALIA ROMANA 661

La semejanza entre la Saturnalia de la antigüedad y el carnaval de la Italia moderna ha sido con frecuencia subrayada, pero a la luz de los hechos que ahora nos llegan podemos preguntar con razón si esta seme­janza no se acerca a la identidad. Hemos visto que en Italia, España y Francia, esto es, en los países donde ha sido más profunda y duradera la influencia de Roma, un relevante personaje del carnaval es una efigie burlesca que personifica la estación festiva y que, después de una breve carrera de disipación y gloria, es públicamente fusilada, quemada o de cualquier otro modo destruida con la tristeza fingida o la genuina alegría del populacho. Si la visión que sugerimos del carnaval es acertada, este personaje grotesco no es otro que el sucesor directo del antiguo rey de la Saturnalia, el jefe de las francachelas, la palpitante personificación humana de Saturno, que cuando terminaba la orgía, sufría una muerte verdadera en supuesto carácter. El rey de la habichuela 1 de la noche duodécima - y el medioeval obispo de los locos,3 el abad de la sinrazón y el señor del desorden son figuras de la misma clase y quizá pueden haber tenido un origen parecido. Que esto último haya sido así o no, de ningún modo empece para que podamos deducir con grandes proba­bilidades de acierto la conclusión de que si el rey del bosque en Aricia vivió y murió como encarnación de una deidad forestal, de antiguo tuvo en Roma un paralelo en los hombres que año tras año morían caracteri­zados de rey Saturno, el dios de la semilla sembrada y de la germinante.

CAPITULO LIX

OCCISIÓN DEL DIOS EN MÉXICO

Ningún pueblo parece haber observado tan comúnmente y con tanta solemnidad la costumbre de sacrificar al representante humano de un dios como los aztecas del antiguo México. Conocemos bien el ritual de estos sacrificios tan notables por haberlos descrito perfectamente los es­pañoles que conquistaron México en el siglo xvi y cuya curiosidad fue naturalmente avivada por el descubrimiento en esta región tan distante de una religión bárbara y cruel que representaba muchos puntos curio­sos de analogía con la doctrina y el ritual de su propia Iglesia: "Cada año —dice el jesuíta Acosta— daban un esclavo a los sacerdotes para que nunca faltase la semejanza viva del ídolo, el cual luego que entraba en el oficio después de muy bien lavado, le vestían todas las ropas e insig­nias del ídolo, y poníanle su mismo nombre, y andaba todo el año tan honrado y reverenciado como el mismo ídolo. Traía consigo siempre doce hombres de guerra, porque no se huyese, y con esta guarda le deja­ban andar libremente por donde quería, y si acaso se huía, el principal

1 Rey del haba, del frijol, etc.

2 Día Doceno, Epifanía, Reyes Magos y su torta con el haba oculta.

3 El Obispillo que asiste a misa en el altar mayor, el día de San Nicolás de
Bari; el Obispo de los estudiantes en las universidades, etc.

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de la guardia entraba en su lugar para representar el ídolo, y después ser sacrificado. Tenía este indio el más honrado aposento del templo, donde comía y bebía, y adonde todos los principales le venían a servir y reve­renciar, trayéndole de comer con el aparato y orden que a los grandes. Y cuando salía por la ciudad, iba muy acompañado de señores y prin­cipales, y llevaban una flautilla en la mano, que de cuando en cuando tocaba, dando a entender que pasaba, y luego las mujeres salían con sus niños en los brazos y se los ponían delante, saludándole como a dios; lo mismo hacía la demás gente. De noche, le metían en una jaula de recias verguetas, porque no se fuese, hasta que llegando la fiesta, le sacrificaban, como queda arriba referido".1

Esta descripción general de la costumbre puede ilustrarse con ejem­plos particulares. Así, en el festival llamado Toxcatl, el mayor del año mexicano, sacrificaban anualmente a un joven en el carácter de Tezca-tlipoca, "dios de dioses", después de haber sido mantenido y adorado como aquella gran deidad en persona por un año entero. Según el anti­guo monje franciscano Sahagún, nuestra mejor autoridad en la religión azteca, el sacrificio del dios humano recaía en la Pascua o unos pocos días después, así que, si no estaba equivocado, debería corresponder en fecha y carácter a la fiesta cristiana de la muerte y resurrección del Re­dentor. Nos cuenta con mucha exactitud que el sacrificio tenía lugar en el primer día del quinto mes azteca, que, según él, empezaba el 23 o el 27 de abril.

En este festival el gran dios moría en la persona de un representan­te humano y volvía a la vida otra vez en la persona de otro que es­taba destinado a gozar del mortal honor de la divinidad durante un año y a perecer como sus predecesores al cabo de aquél. El hombre joven singularizado para esta alta dignidad era escogido con todo cuidado de entre los cautivos por su belleza corporal. Tenía que estar exento de toda clase de defectos corporales, ser delgado como una caña y derecho como una columna, ni demasiado alto ni demasiado bajo. Si con su regalada vida se ponía grueso, estaba obligado a adelgazar bebiendo agua salada. Y para que pudiera producirse en su encumbrado puesto con gracioso decoro y dignidad, le enseñaban con sumo cuidado a comportarse como un caballero de alto rango, a hablar correctamente y con elegancia, a tocar la flauta, fumar cigarros y aspirar el aroma de las flores con ele­gante aire. Estaba alojado honorablemente en el templo, servido por los nobles, que le rendían homenaje, le traían sus comidas y le cuidaban como a un príncipe. El propio rey se encargaba de que fuera ataviado brillantemente, "porque ya le consideraban como un dios". Pegaban plu­món de águila a su Cabeza e introducían en su cabellera, que descendía hasta la cintura, plumas blancas de gallo. Una guirnalda de flores pare­cidas a las del maíz ceñía sus sienes y otra guirnalda de las mismas flores pasaba sobre sus hombros y bajo sus axilas. Ornamentos de oro colgaban de su nariz, brazaletes dorados adornaban sus brazos, campanillas de

1 Acosta, op cit., pp. 407 s.

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oro tintineaban en sus piernas a cada paso que daba; pendientes de tur­quesas se' columpiaban en sus orejas, brazaletes de turquesas engalanaban sus muñecas y collares de Conchitas rodeaban su cuello y caían colgando sobre el pecho; llevaba un manto de malla y rodeaba su cintura una faja recamada. Cuando así exquisitamente alhajado paseaba por las calles, tocando su flauta, echando humo de su cigarro y aspirando el aroma de un ramillete, y se encontraba con la gente, ésta se arrojaba a tierra ante él y le rezaba entre suspiros y lágrimas, recogiendo el polvo y po­niéndoselo en la boca como señal de la más profunda sumisión y obe­diencia. Llegaban las mujeres con sus criaturas en brazos para presen­társelas saludándole como un dios, pues "él pasaba por nuestro Señor Dios; el pueblo le reconocía como el Señor". A todos los que así le adoraban en su paseo, él los saludaba con gravedad y cortesía. Por temor a que escapara, iba a todos lados acompañado por una guardia de ocho pajes con la librea real, cuatro de ellos con la corona de la cabeza afei­tada a semejanza de los esclavos de palacio y los otros cuatro con el pelo suelto cómo los guerreros, y si él se diera maña para escapar, el capitán de la guardia tenía que ocupar su puesto como representante del dios y morir en su lugar. Veinte días antes de su muerte, cambiaba de indu­mentaria y se le entregaban como novias cuatro damiselas delicadamente educadas y llevando el nombre de cuatro diosas —la diosa de las flores, la diosa del maíz tierno, la diosa "nuestra madre de las aguas" y la diosa de la sal— con las que se desposaba. Durante los últimos cinco días derramaban honores divinos en abundancia sobre la víctima predesti­nada. El rey permanecía en su palacio mientras la corte entera iba tras del dios humano. Banquetes y bailes solemnes se sucedían unos a otros en series regulares y en los sitios designados. El último día, el joven, acompañado de sus cuatro esposas y de sus pajes, embarcaba en una canoa cubierta con un dosel real que le transportaba, cruzando el lago, al sitio donde apenas emergía una loma de la superficie del agua. Se la llamaba la montaña de la despedida, porque aquí sus mujeres le daban su último adiós. Después, acompañado sólo por sus pajes, entraba en un templo pequeño y aislado al lado del camino. Como los demás tem­plos mexicanos en general, estaba construido en forma de pirámide y conforme ascendía por la escalinata, el joven rompía en cada escalón una de las flautas que había tocado en sus días de gloria. Al alcanzar la cúspide, los sacerdotes lo sujetaban y lo tendían de espaldas sobre un bloque de piedra, mientras uno de ellos le abría el pecho, introducía la mano en la herida y le arrancaba el corazón, que mostraba en sacrificio al Sol. El cuerpo del dios muerto no era, como los cadáveres de las víc­timas corrientes, echado a rodar pirámide abajo por la escalinata, sino que lo bajaban hasta el pie de ella y allí le cortaban la cabeza, que cla­vaban en una pica. Tal era el fin corriente del hombre que personificaba al dios supremo del panteón mexicano.

El honor de vivir una corta temporada con el carácter de un dios y morir de muerte violenta bajo la misma identidad, no estaba restrin-

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gido en México a los hombres; también a las mujeres se las permitía, o mejor se las obligaba a rezar, a gozar de la gloria y a compartir el destino como representantes de diosas. Así, en el gran festival de septiembre, que estaba precedido por un riguroso ayuno de siete días, santificaban a una esclava niña de doce o trece años, la más bonita que podían en­contrar, para que representase a la diosa del maíz, Chicomecóhuatl. La revestían con ornamentos de la diosa, ponían una mitra en su cabeza, y alrededor del cuello y en las manos mazorcas de maíz, y sujetas y ergui­das sobre la cabeza unas plumas verdes imitando una mazorca de maíz. Hacían esto, se nos dice, para significar que el maíz estaba casi maduro en la época del festival, mas a causa de ser todavía tierno, elegían a una muchacha todavía tierna que caracterizaba a la diosa del maíz. El día entero llevaban a la pobre criatura con todas sus galas y cabeceando sus grandes plumas verdes, de casa en casa, bailando alegremente para confor­tar al pueblo tras de la desanimación y privaciones del ayuno.

Al anochecer se reunía todo el pueblo en el templo, cuyos patios estaban iluminados por innumerables faroles y antorchas. Allí permane­cían sin dormir hasta que, a medianoche, mientras las trompetas, flautas y cuernos tocaban música solemne, traían unas andas o palanquín ador­nado con festones de mazorcas de maíz y chiles y lleno de semillas de todas clases. Los porteadores le colocaban a la puerta de la cámara en que estaba una imagen de madera de la diosa. Este recinto estaba ahora engalanado por fuera y por dentro con guirnaldas de mazorcas, chiles, calabazas, rosas y granos de toda clase, dándole un aspecto maravilloso; todo el suelo estaba espesamente cubierto con estas ofrendas frescas de los fíeles. Cuando cesaba la música, llegaba una procesión solemne de sa­cerdotes y dignatarios con flameantes luces e incensarios, conduciendo en medio a la muchacha que representaba a la diosa; después la hacían subir a las andas donde se mantenía erguida sobre el maíz, los pimientos y calabazas esparcidos en las andas, apoyadas sus manos en dos baran­dillas para no caer. Después los sacerdotes incensaban alrededor; volvía a sonar la música y un gran dignatario del templo subía hasta ella y, de repente, con una navaja de afeitar en la mano, cortaba hábilmente la gran pluma verde de su cabeza junto con el cabello al que estaba sujeta, afeitando de un solo golpe hasta la raíz. Entonces presentaba la pluma y el cabello a la imagen de madera de la diosa con gran solemnidad y complicado ceremonial, llorando y dándole gracias por los frutos de la tierra y las abundantes cosechas que había concedido al pueblo aquel año. Y al unísono con él, todo el pueblo congregado en los patios del templo lloraba y oraba también. Terminada esta ceremonia, la mucha­cha descendía de las andas y la escoltaban al lugar donde iba a pasar el resto de la noche. Pero la gente se quedaba velando toda la noche en los. patios iluminados por las antorchas, hasta que rompía el día.

Llegada la mañana y estando todavía llenos de gente los patios del templo, pues hubieran considerado un sacrilegio salir de su recinto, vol­vían otra vez los sacerdotes trayendo a la damisela adornada con los

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atavíos de la diosa, con la mitra en la cabeza y las mazorcas alrededor del cuello. Otra vez subía a las andas o palanquín, quedando de pie en él y sosteniéndose con las manos en las barandillas. Entonces los digna­tarios del templo tomaban a hombros las andas y, mientras otros balan­ceaban sus incensarios encendidos y otros más tocaban instrumentos o cantaban, la llevaban en procesión por el gran patio del templo al salón de Huitzilopochtli, regresando después a la cámara donde estaba erigida la imagen de madera de la diosa del maíz personificada por la muchacha. Allí la hacían descender de las andas y situarse sobre los montones de maíz y hortalizas que había desparramadas con profusión por el suelo de la cámara sagrada. Mientras estaba así erguida, los dignatarios y nobles llegaban uno tras otro en línea, llevando platillos con sangre seca y coagulada que ellos habían derramado de sus orejas como penitencia durante los siete días de ayuno. Uno tras otro se acuclillaban ante ella, equivalente de la genuflexión entre nosotros, y raspaban la costra de sangre del platillo para que cayera a sus pies, como ofrenda en devolu­ción de los beneficios que, como personificación de la diosa del maíz, les confiriera. Cuando los hombres habían ofrecido tan humildemente su sangre a la corporeización humana de la diosa, las mujeres, formando una larga hilera, hacían lo mismo, acurrucándose ante la muchacha y raspando su platillo de sangre. La ceremonia duraba mucho tiempo, pues grandes y pequeños, jóvenes y viejos, todos sin excepción tenían que pa­sar ante la deidad encarnada y hacer su ofrenda. Cuando al fin termi­naba esto, la gente volvía a sus casas con el corazón alegre a comer carne y viandas de toda clase, tan felices, se nos dice, como los buenos cris­tianos en la Pascua, cuando participan de carne y otros alimentos equi­valentes después de la larga abstinencia cuaresmal. Después de comer y beber hasta rebosar y descansar bien de la noche pasada en vela, volvían enteramente repuestos a presenciar el final del festival en el templo. Y el final era éste: estando ya reunida la gente, los sacerdotes incensa­ban solemnemente a la muchacha que personificaba a la diosa; después la tiraban de espaldas sobre el montón de maíz y demás granos, le corta­ban la cabeza, recogían la sangre borbotante en una artesa y asperjaban con la sangre la imagen de madera de la diosa, los muros de la cámara y las ofrendas de maíz, pimientos, calabazas y granos de diversas clases y hortalizas amontonadas en el suelo. Hecho esto, desollaban el cuerpo descabezado y uno de los sacerdotes se embutía dentro de la ensangren­tada piel de la víctima y, después, se vestía con todos los atavíos que la muchacha había llevado; le ponían la mitra en la cabeza, el collar de doradas mazorcas en el cuello, las mazorcas de plumas y oro en sus manos y, así ataviado, le exhibían al público, que bailaba al son de tambores, mientras él hacía de jefe de fila dando brincos y haciendo posturas a la cabeza de la procesión tan vivamente como podía, molestado y com­primido por la tirante y viscosa piel de la muchacha y de sus ropas, que debían ser muy pequeñas para un hombre adulto.

En esta costumbre, la identificación de la muchachita con la diosa

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del maíz parece ser completa. Las mazorcas doradas que llevaba al cuello, las mazorcas de artificio que tenía en sus manos, las plumas ver­des que portaba derechas en su pelo imitando (se nos dice así) una mazorca verde de maíz, todo la manifestaba como una personificación del espíritu del grano y sabemos también que elegían especialmente una muchacha tierna para representar el maíz tierno aún, puesto que en la fecha del festival todavía no estaba completamente maduro. Además, su identificación con el grano y con la diosa del grano estaba clara­mente proclamada haciéndola colocarse sobre el montón de maíz y reci­bir allí el homenaje y las ofrendas de sangre de todo el pueblo, que de este modo manifestaba su gratitud por los beneficios que en su carácter de divinidad se le atribuían. Más aún, la práctica de decapitarla sobre un montón de maíz, chiles, calabazas, granos y hortalizas y de asperjar con su sangre no sólo la imagen de la diosa del grano, sino también los montones de maíz, pimientos, calabazas y hortalizas, al parecer no puede haber tenido otro objeto que acelerar y fortalecer las cosechas de maíz y de los frutos de la tierra en general, infundiendo a sus repre­sentantes la sangre de la propia diosa del maíz. La analogía de este sacrificio mexicano, cuyo significado parece indiscutible, robustece, sin duda, la interpretación que hemos dado de otros sacrificios humanos ofrecidos a las cosechas. Si la muchacha mexicana con cuya sangre se salpicaba el maíz personificó verdaderamente a la diosa del maíz, llega a hacerse más que probable que la muchacha cuya sangre asperjaban de modo parecido los indios pawnis sobre las simientes de grano, personi­ficaba de igual manera a la mujer espíritu del grano, y lo mismo todos los demás seres humanos que otras razas sacrificaban para promover el desarrollo de las mieses.

Por último, el acto que epilogaba el drama sagrado, en el que el cuerpo de la muerta diosa del maíz era desollado y su piel puesta con todas las insignias sagradas sobre un hombre que bailaba ante el pueblo con tan horrendo atavío, creemos que se explica de modo satisfactorio por la hipótesis de tener como finalidad asegurar que la muerte divina sería inmediatamente seguida de la resurrección divina. Si esto fue así, podemos deducir con algún grado de probabilidad que la práctica de ma­tar al representante humano de una deidad se ha considerado general­mente y quizá siempre, sólo como un medio de perpetuar las energías divinas en la plenitud del vigor juvenil, no corrompidas por las debili­dades y flaquezas de la vejez, que habría sufrido la deidad si le hubieran consentido morir de muerte natural.

Estos ritos mexicanos bastan para probar que los sacrificios huma­nos de la clase que suponemos prevalecieron en Aricia fueron de hecho ofrecidos con regularidad por un pueblo cuyo nivel cultural probable­mente no era inferior, sino tal vez superior al que tenían las razas ita­lianas en el período primitivo al que ha de referirse el origen del sacer­docio ariciano. El testimonio positivo e indudable del predominio de esos sacrificios en una parte del mundo debe admitirse razonablemente

NO TOCAR LA TIERRA 667

para reforzar la probabilidad de su predominio en sitios donde la prueba es menos completa y fidedigna. Tomando en conjunto todos los hechos a que hemos pasado revista, creemos que demuestran que la costumbre de sacrificar personas que sus cultores consideran como divinas ha pre­valecido en muchas partes del mundo.

CAPITULO LX

ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

1. NO TOCAR LA TIERRA

Al empezar este libro se propusieron dos problemas a resolver; ¿por qué el sacerdote de Aricia tenía que matar a su antecesor? y ¿por qué antes de hacerlo tenía que arrancar la rama dorada? De estas dos cues­tiones, la primera acaba de ser resuelta. El sacerdote de Aricia, si esta­mos en lo cierto, era uno de aquellos reyes sagrados o divinidades hu­manas de cuya vida se creía depender estrechamente el bienestar de la sociedad y aun el curso de la naturaleza entera. No parece que los súbditos o adoradores de uno de estos potentados espirituales tuvieran una muy clara idea de la relación exacta que tenían con él; es probable que sus ideas fueran en este punto vagas e indecisas y nosotros erraríamos si intentásemos definir esa relación con precisión lógica. Todo lo que la gente sabe o, mejor dicho, imagina es que, de algún modo, ellos mis­mos, sus ganados y sus cosechas están misteriosamente ligados a su rey divino de modo que, según que él esté sano o enfermo, la sociedad ten­drá salud o enfermedades, los rebaños y ganados medrarán o enflaque­cerán con enfermedades y los campos producirán en abundancia o darán cosechas escasas. Lo peor que ellos pueden imaginar es la muerte natural de su gobernante, ya sucumba de vejez o por enfermedad, pues en opi­nión de sus devotos una muerte así vincula las consecuencias más desas­trosas para ellos y sus propiedades; las epidemias mortales barrerían hombres y bestias, la tierra se negaría a producir y, más aún, la estructura total de la naturaleza misma se disolvería. Para guardarse contra estas catástrofes es necesario matar al rey mientras esté todavía en pleno flo­recer de su hombría divina, para que su vida sagrada, transmitiéndose en plena fortaleza a su sucesor, pueda renovar su juventud y así, por sucesi­vas transmisiones en una serie perpetua de encarnaciones vigorosas, per­manezca eternamente nueva y joven en prenda de garantía de que hombres y animales puedan de igual manera renovar su juventud por una sucesión perpetua de generaciones y que las épocas de siembra y reco­lección, de verano e invierno y de lluvia y sol, no falten nunca. Éste es, si nuestra hipótesis es acertada, el porqué el sacerdote de Aricia, el rey del bosque en Nemi, tenía que perecer con regularidad por la espada de su sucesor.
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