Sir james george frazer la rama dorada



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En el ritual que acabamos de describir, el flagelamiento de la víc­tima con albarranas o escilas, ramas de cabrahigo o higuera silvestre y demás, no es de suponer se hiciera para agravar sus sufrimientos, pues cualquier palo hubiera sido bastante para pegarle; el verdadero significado de esta parte de la ceremonia ha sido explicado por W. Mannhardt. Señala éste que los antiguos atribuían a la cebolla albarrana un poder mágico de apartar las influencias malignas1 y por esta razón las colgaban en las puertas de las casas y usaban en los ritos purificatorios. Por eso, la costumbre arcadiana de azotar la imagen de Pan con escilas siempre que los cazadores volvían con las manos vacías debió significar no un castigo al dios, sino su purificación de las influencias dañinas que pu­dieran impedirle el ejercicio de sus funciones divinas como dios que provee de piezas de caza al cazador. De igual modo, el objeto de pegar en los órganos genitales a la víctima expiatoria humana con las albarranas,

1 El empirismo popular es venero científico casi siempre; antiguos y modernos usaban la corteza del agnus castus para curar fiebres y reumas, "malas influencias", y la cebolla albarrana o escila como eliminador de "malas influencias" en la sangre. La ciencia moderna la emplea como un diurético poderoso, eliminador de influencias malignas, y de la corteza del sauce extrajo el ácido salicílico que con sus derivados químicos son remedios heroicos para muchas influencias malignas. Los hechos son ciertos, pero la interpretación equivocada.

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debió ser para libertar sus energías reproductoras de cualquier freno 0 conjuro a que pudiese estar sujeta por obra maligna o demoníaca, y como la Targelia, donde anualmente se sacrificaba a una de estas víc­timas, era un anticipado festival de recolección celebrado en mayo, debe­mos reconocer en la víctima a un representante del dios progenitor y fertilizador de la vegetación. Mataban anualmente al representante del dios con el propósito, que ya hemos indicado, de mantener la vida divina en perpetuo vigor, no corrompida por las debilidades de la edad, y antes de matarle no dejaba de ser natural estimular su vigor reproduc­tor con el designio de que pudiera transmitirse en plena actividad a su sucesor, el nuevo dios o nueva corporeización del dios viejo, que sin duda se suponía que tomaba inmediatamente el puesto del muerto. Parecido razonamiento conducirá a un tratamiento parecido de la víctima expiatoria en ocasiones especiales, como sequías o" hambre. Si las cosechas no responden a las esperanzas del labrador, éste podrá atribuirlo a alguna quiebra en el vigor generador del dios, cuya función es producir los frutos de la tierra; podría pensarse que estaba bajo un conjuro o que se estaba haciendo viejo y débil. En consecuencia, se le mataba en la persona de su representante con todas las ceremonias que hemos descrito, para que, naciendo otra vez joven, pudiera infundir su propio vigor juvenil en las energías naturales estancadas. El mismo principio nos permite entender por qué Mamurius Veturius era apaleado con cayados; por qué el esclavo en la ceremonia de Queronea era pega­do con el agnus castus (árbol al que atribuían propiedades mágicas); por qué la efigie de la muerte en algunas partes de Europa es asaltada con piedras y palos, y por qué en Babilonia al criminal que representaba al dios se le flagelaba antes de crucificarlo. El propósito de azotamiento no era intensificar la agonía del individuo sacrificado, sino, al contrario, despojarle de las influencias malignas que se cree que le acosaban en el supremo momento.

Así, aunque supusimos que las víctimas humanas en la Targelia 1 re­presentaban los espíritus de la vegetación en general, ha sido bien adver­tido por W. R. Patón que esos pobres desgraciados eran caracterizados, según cree, como los espíritus de la higuera en particular. Señala que el proceso de la caprificación, pues así se llama, esto es, la fertilización artificial de las higueras cultivadas colgando ristras o ramas de higos silvestres o cabrahigos entre sus ramas, tiene lugar en Grecia y Asia Menor en el mes de junio, un mes después de la fecha de la Targelia, sugiere que colgar higos blancos y negros alrededor del cuello de las víctimas, una de las cuales representaba a los hombres y la otra a las mujeres, pudo haber sido una imitación directa del proceso de caprifi­cación, proyectado según el principio de la magia imitativa, para ayudar a la fertilización de las higueras. Y puesto que la caprificación es de hecho un matrimonio de la higuera macho con la higuera hembra,

1 Thargelo, artos, comida hecha de los primeros frutos o primicias, en el undécimo mes ático o Thargelion.

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supone Patón además que los amores de los árboles, dado el mismo principio de magia imitativa, fueron simulados por un matrimonio ficti­cio o quizá de hecho entre las dos victimas humanas, una de las cuales en ocasiones parece que era una mujer. De acuerdo con esta idea, la práctica de pegar a las víctimas humanas en sus genitales con ramas de cabrahigo y con cebollas albarranas era un hechiza para estimular los poderes generativos del hombre y la mujer, que en esa ocasión personi­ficaban a las higueras macho y hembra, respectivamente, y que por su unión matrimonial, verdadera o ficticia, se creía que ayudaban a los árboles para que dieran fruto.

La interpretación que hemos adoptado de la costumbre de flagelar con ciertas plantas a las víctimas expiatorias humanas está apoyada por muchas analogías. Así, entre los kai de la parte oriental de Nueva Guinea, cuando un hombre quiere que sus nuevas plantas de plátano fructifiquen con rapidez, las golpea con un palo cortado de una planta de plátano que ya ha dado fruto. Aquí es patente que la fecundidad se cree inhe­rente a una astilla cortada de un árbol fecundo, que la imparte por contacto a los plátanos jóvenes. De igual modo, en Nueva Caledonia, un hombre golpeará ligeramente sus plantas tarol con una ramita di­ciendo: "Pego a este taro para que crezca", y después plantará la rama en el suelo al final del campo. Entre los indios brasileños de la desem­bocadura del Amazonas, cuando alguno desea aumentar el tamaño de su órgano genital, lo golpea con el fruto de una planta acuática blanca llamada aninga, que crece profusamente en las orillas del río: el fruto no es comestible, recuerda al plátano e indudablemente es escogido a pro­pósito, en consideración a su forma. La ceremonia deberá efectuarse tres días antes o después de la luna nueva. En el condado de Bekes, en Hungría, fertilizan a las mujeres estériles pegándoles con un palo que haya servido primero para separar dos perros apareados. Aquí está bien claro que se supone una virtud fecundante adherida al palo, que después es transmitida por contacto a la mujer. Los toradjas de Célebes central creen que la planta Dracaena terminalis2 tiene un alma fuerte, pues cuando se la corta vuelve a crecer muy pronto. Por eso, cuando una persona está enferma, sus amigos, en ocasiones, le pegan en la coro­nilla de la cabeza con hojas de Dracaena, para robustecer su alma debili­tada con el alma fuerte de la planta.

Estas analogías comprueban, por consiguiente, la interpretación que, siguiendo a nuestros predecesores W. Mannhardt y W. R. Patón, hemos dado sobre la flagelación o apaleamiento infligido a las víctimas humanas en el festival griego de la Targelia. Este golpeamiento admi­nistrado a los órganos procreadores con plantas verdes y ramas recién

1 Colocassia sculenta-aroidea, de raíz comestible. Una variedad americana es


la conocida como "orejas de elefante" por el tamaño enorme de sus hojas.

2 Liliácea-Dracaena significa dragón hembra. De la misma familia es el Drago.
De un árbol drago de Canarias, destruido en 1868, se calculaba que tenia tanta edad
como las pirámides egipcias de la Cuarta Dinastía.

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cortadas se explica muy naturalmente como un encantamiento para acre­centar las energías reproductoras de los hombres o mujeres, ya comu­nicándoles la fertilidad de las plantas y ramas, ya librándolos de las influencias maléficas, y esta interpretación se confirma por la observación hecha de que las dos víctimas representan los dos sexos, una para los hombres en general y la otra para las mujeres. La estación del año en que se verificaba la ceremonia, es decir, la cosecha del grano, concuerda con la teoría de la significación agrícola del rito. Además, que se la proyectase sobre todo para fertilizar las higueras está verdaderamente indicado tanto por las ristras de higos blancos y negros que colgaban alrededor del cuello de las víctimas, como por los golpes que les daban en los órganos genitales con las ramas de un cabrahigo, pues este proceder recuerda estrechamente el que emplean de ordinario los antiguos y aun los modernos agricultores en los países griegos con el propósito, efectiva­mente, de fertilizar sus higueras. Cuando recordamos la parte importante que la fecundación artificial de la palma datilera parece haber tenido de antiguo no sólo en la economía agrícola, sino también en la reli­gión de Mesopotamia, no vemos razón para dudar de que la fecundación artificial de la higuera pudiera haber vindicado para si misma un lugar en el solemne ritual de la religión griega.

Si estas consideraciones son justas, debemos ciertamente deducir que mientras las víctimas humanas en la Targelia parecen haber figurado en los últimos tiempos clásicos como víctimas expiatorias públicas principal­mente y llevaban consigo los pecados, desgracias y penas de toda la gente, en una época anterior pueden haber sido miradas estas víctimas como corporeizaciones de la vegetación, quizá del grano, pero particular­mente de las higueras, y que el azotamiento que recibían y la muerte que les daban tenían como finalidad original vigorizar y rejuvenecer los poderes de la vegetación, que comenzaban a declinar y languidecer bajo el tórrido calor del verano griego.

Si la explicación que hemos dado acerca de la víctima expiatoria griega es exacta, salva una objeción que de otro modo se produciría con­tra el argumento principal de este libro. A la teoría de que al sacerdote de Aricia le mataban como representante del espíritu de las arboledas pudiera haberse objetado que tal costumbre no tenía analogía en la antigüedad clásica. Pero hemos dado razones suficientes para creer que el ser humano periódica y ocasionalmente muerto por los griegos asiáticos, era sistemáticamente- tratado como la corporeización de una divinidad de la vegetación. Es probable que las personas que los atenienses rete­nían para sacrificar fuesen tratadas también como divinas. Que fuesen proscritas de la sociedad, no empece: en la idea primitiva no se escogía a un hombre como intérprete o corporeización de un dios en conside­ración a sus eximias cualidades morales o a su rango social. El aflato divino descendía igual sobre el bueno, el malo, el alto y el bajo. Y así, si los civilizados griegos de Asia y de Atenas sacrificaban habitualmente personas a quienes consideraban como dioses encarnados, ¿no puede

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haber probabilidad intrínseca en la hipótesis de que en el amanecer de la historia se observaba una costumbre similar por los semibárbaros lati­nos en la floresta anciana?

Mas para remachar el argumento, es sin duda deseable probar que la costumbre de matar al representante humano de un dios se conocía y practicaba en la Italia antigua, no sólo en el bosque anciano, sino en otras partes. Esta prueba vamos a presentarla ahora.

3. la saturnalia romana

Hemos comprobado que muchos pueblos observaron un período anual de libertinaje en el que la ley y la moral, que de ordinario refrenaban las costumbres romanas, eran dadas de lado; cuando la totalidad de la población se entregaba a la alegría y al bullicio más extravagante y cuando las pasiones más tenebrosas encontraban satisfacción que nunca se permitía en el curso, más tranquilo y juicioso, de la vida ordinaria. Tales explosiones de las fuerzas reprimidas de la naturaleza humana, que con demasiada frecuencia degeneraban en las más salvajes orgías de sala­cidad y crimen, ocurrían muy comúnmente al finalizar el año, y estaban por lo común asociadas, como ya hemos tenido ocasión de señalar, con alguna de las temporadas agrícolas, especialmente con la siembra o la época de la recolección. De todas estas épocas de libertinaje, la mejor conocida y cuyo nombre es genérico en el lenguaje moderno es la Saturnalia. Este festival famoso recaía en diciembre, el último mes del calendario romano y el pueblo suponía que su objeto era conmemorar el feliz reinado de Saturno, dios de la siembra y de la agricultura, que vivió en la tierra hace mucho tiempo como un rey de Italia, benéfico y justo que atrajo a los toscos y diseminados montañeses a reunirse, enseñándoles a cultivar el suelo, dándoles leyes y reinando en paz. Su reinado fue la fabulosa Edad de Oro: la tierra producía abundantemente, ningún fragor de guerra o discordia perturbaba al mundo feliz; ningún maléfico afán de lucro emponzoñaba la sangre de los campesinos indus­triosos y contentos. La esclavitud y la propiedad privada eran descono­cidas totalmente; todos los hombres tenían todas las cosas en común. Al fin el buen dios, el rey afable, desapareció súbitamente; pero su memoria fue amada durante muchos años, se erigieron templos en su honor y muchas colinas y sitios altos de Italia llevan su nombre. Pero la brillante tradición de su reinado estaba cruzada por una sombra tene­brosa; se decía que sus altares habían estado teñidos con la sangre de víctimas humanas a quienes después una época más piadosa substituyó por efigies. De este obscuro aspecto de la religión del dios hay poca o ninguna huella en las descripciones de la Saturnalia que nos han dejado los escritores antiguos. Comilonas, borracheras y toda loca búsqueda de placer son los rasgos que en nuestra creencia señalaron especialmente este carnaval de la Antigüedad, que duraba siete días y se celebraba en

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las casas, calles y plazas públicas de la antigua Roma, desde el día 17 al 23 de diciembre.

Pero ningún rasgo del festival es más notable que la licencia con­cedida en esos días a los esclavos, y creemos que nada extrañó tanto a los antiguos mismos. La distinción entre las clases libres y las seniles estaba abolida temporalmente: el esclavo podía injuriar a su amo, em­borracharse como sus superiores, sentarse a la mesa con ellos y ni una sola palabra de reproche podía dirigírsele por una conducta que en cualquier otra época del año habría sido castigada con el apaleamiento, la prisión o la muerte. Y aún más: efectivamente los amos cambiaban su puesto con los esclavos y les servían en la mesa y mientras el siervo no hubiera terminado de comer y beber, no se limpiaba la mesa para poner la comida de su amo. A tan lejos llegaba esta inversión de rangos que cada familia con su servidumbre se convertía en esos días en una repú­blica burlesca en la que los altos puestos del Estado eran desempeñados por los esclavos, que daban sus órdenes y derribaban la ley como si ver­daderamente estuvieran investidos de todas las dignidades del Consulado, del Pretorio y de la Magistratura. Parecido al reflejo pálido del poder concedido así a los esclavos en la Saturnalia era el "reinado de burlas", para el cual los hombres libres echaban suertes en la misma época. La persona a quien tocaba la suerte gozaba el título de rey y expedía man­datos de carácter irónico y burlesco a sus súbditos temporales. A uno de éstos podía ordenarle que mezclase el vino, a otro beberlo, a otro que cantase, al otro bailar, al de más allá que pronunciase un discurso en su propio descrédito y al otro que diera la vuelta a la casa llevando a cuestas a una flautista.

Ahora bien, cuando recordamos que la libertad permitida en esta festiva estación a los esclavos se suponía que era una imitación del estado social en tiempos de Saturno y que en general la Saturnalia pasaba ni más ni menos que por una resurrección o restauración del reinado del feliz monarca, nos sentimos inclinados a suponer que el "rey de burlas" que presidía las francachelas pudo haber representado en sus principios al mismo Saturno. La hipótesis se confirma con justeza, si no queda establecida en firme, por un curioso e interesante relato de cómo fue celebrada la Saturnalia por los soldados romanos estacionados en el Danubio en el reinado de Maximiliano y Diocleciano. El relato se conserva en una narración del martirio de San Dasio, que fue des­empolvada de un manuscrito griego de la Biblioteca de París y publicada por el profesor Franz Cumont, de Gante. Dos descripciones breves del martirio están contenidas en manuscritos, en Milán y Berlín; uno de ellos había visto la luz en un humilde volumen impreso en Urbino el año 1727, pero su importancia para la historia de la religión romana, lo mismo antigua que moderna, parece haberse desestimado hasta que el profesor Cumont llamó la atención de los autores sobre las tres narra­ciones, publicándolas juntas hace algunos años. Según estas narraciones, que tienen todas las apariencias de la autenticidad, una de las cuales, la

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más extensa, está con probabilidad basada en documentos oficiales, los soldados romanos de Durostorum, en Baja Moesia, celebran la Saturnalia todos los años de la siguiente manera: Treinta días antes del festival elegían por suerte de entre ellos mismos a un hombre joven y guapo, al que vestían con atavíos reales recordando a Saturno. Así ataviado y acompañado por una multitud de soldados, se presentaba a las gentes con plena licencia para entregarse a sus pasiones y gustar de todos los placeres, por viles y repugnantes que fuesen. Pero si su reinado era ale­gre, también era corto y terminaba trágicamente, pues cuando se acaba­ban los treinta días y era llegado el festival de Saturno, se le degollaba ante el altar del dios que había personificado. El año 303 de nuestra era, la suerte cupo al soldado cristiano Dasio, que se negó a hacer el papel de dios pagano y ensuciar sus últimos días en el libertinaje. Las amenazas y razones de su oficial Basso no pudieron conmover su fir­meza y por ello fue degollado en Durostorum por el soldado Juan, el viernes 20 de noviembre, siendo el 24 día de la luna, a la hora cuarta, según recuerda con meticulosa exactitud el hagiógrafo cristiano.

Después de publicada esta narración por el profesor Cumont, su carácter histórico, que ha sido discutido o denegado, recibió una confir­mación rotunda por un interesante descubrimiento. En la cripta de la catedral que corona el promontorio de Ancona se conserva, entre otras antigüedades notables, un sarcófago de mármol blanco que lleva una inscripción griega en caracteres de la época de Justiniano y que dice lo siguiente: "Aquí yace el santo mártir Dasio, traído de Durostorum". El sarcófago fue trasladado a la cripta de la catedral en 1848, desde la iglesia de San Pelegrín, bajo cuyo altar mayor, según sabemos por una inscripción latina que se dejó en la obra de albañilería, reposan los huesos del santo, todavía juntos con los de otros dos. Cuánto tiempo hacía que el sarcófago fue depositado en la iglesia de San Pelegrín, nosotros no lo sabemos, pero se dice que estaba allí en el año 1650. Podemos suponer que las reliquias del santo fueron trasladadas para su seguridad a Ancona en algún momento de aquellos siglos tan agitados que siguie­ron a su martirio, cuando Moesia fue ocupada y asolada por las sucesivas hordas de invasores bárbaros. De todos modos, parece cierto por las prue­bas independientes y recíprocas de confirmación del martirologio y los monumentos, que Dasio no fue un santo mítico, sino un hombre verda­dero que sufrió la muerte por su fe, en Durostorum, durante uno de los primeros siglos de la era cristiana. Si se considera que la narración del desconocido hagiógrafo es cierta en su hecho principal registrado, a saber, el martirio de San Dasio, podemos razonablemente aceptar su testimonio también respecto al modo, manera y causa del martirio, principalmente porque su relato es preciso, circunstanciado y completamente libre del elemento milagroso. Deducimos, pues, que puede afirmarse que es fide­digno su relato de la celebración de la Saturnalia entre los soldados romanos.

Esta narración ilumina con nueva y espeluznante claridad el puesto

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del rey de la Saturnalia, el antiguo señor del desorden que presidía las francachelas invernales en la Roma contemporánea de Horacio y Tácito. Creemos probado que su ocupación no había sido siempre la de un sim­ple arlequín o bufón cuya única preocupación fuera que la francachela estuviera en su auge y la broma creciese y corriera tumultuosamente mientras el fuego ardía y crepitaba en la chimenea, mientras las calles hormigueaban de alegres gentes, y a través del aire claro y frío, allá lejos hacia el norte, Sorattel mostraba su corona de nieve. Cuando comparamos a este monarca cómico de la alegre y civilizada metrópoli con su torva contrafigura del tosco campamento del Danubio y cuando recordamos la larga teoría de figuras semejantes, ridículas pero trágicas, que en otros tiempos y en otros países, llevando corona de bufón y en­vueltos en mortajas regias, habían realizado sus picardihuelas por breves horas o días, para llegar luego a su término en muerte violenta, difícil­mente podemos dudar de que en el rey de la Saturnalia romana, según nos lo describen los escritores clásicos, sólo vemos una copia feble y emasculada de aquel original cuyos violentos rasgos han sido conservados afortunadamente por el innominado autor del Martirio de San Dasio, En otras palabras, el relato hagiográfico de la Saturnalia concuerda tan estre­chamente con los de ritos similares de otras partes, que no es posible que su autor conociera, que la precisión substancial de su descripción puede considerarse como establecida y, además, puesto que la costumbre de matar a un rey de burlas como representante de un dios no puede haberse desarrollado de la práctica de señalarle para presidir una franca­chela de día festivo, mientras que lo contrario muy bien puede haber acontecido, tenemos razones para suponer que, en época anterior y más bárbara, fue de práctica universal en la Italia antigua, en todas las partes donde el culto de Saturno prevaleció, escoger un hombre que hacía el papel y gozaba de todos los privilegios tradicionales de Saturno una tem­porada y después moría, por su propia mano o por la ajena, fuera a cu­chillo o en el fuego, o en el árbol cadalso, en su carácter de buen dios que da su vida por el mundo. En la propia Roma y en otras grandes ciudades, el crecimiento de la civilización probablemente había mitigado mucho esta costumbre cruel antes de la época de Augusto, transformán­dola en la ficción inocente que muestran en sus obras los pocos escritos clásicos que, de pasada, dan algún dato del festivo rey de la Saturnalia. Pero en los distritos alejados, la práctica, más antigua y severa pudo sobrevivir mucho más tiempo y si, después de la unificación de Italia, la usanza bárbara fue suprimida por el gobierno romano, el recuerdo de ella seria guardado por los campesinos y tendería de vez en cuando, -como entre nosotros mismos sucede todavía con las formas de superstición más bajas, a un recrudecimiento de la práctica, especialmente entre la ruda soldadesca de los confines del Imperio, sobre el que estaba empezando a aflojar su puño la en un tiempo mano de hierro romana.
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