Sir james george frazer la rama dorada



Descargar 10,97 Mb.
Página93/123
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño10,97 Mb.
1   ...   89   90   91   92   93   94   95   96   ...   123

Esta ceremonia tan rara todavía se observa en la aislada capital del budismo, la Roma asiática, y es interesante porque muestra en una es­tratificación religiosa claramente marcada una serie de redentores divinos redimidos a sí mismos, sacrificios vicarios reparados vicariamente, dioses pasando por un proceso de fosilización, que, mientras retienen los pri­vilegios, se han descargado de los padecimientos y castigos de la divini­dad. En el Jalno, sin duda, podemos ver sin esfuerzo un sucesor de aquellos reyes temporeros, de aquellos dioses mortales que compraban al precio de sus vidas un arriendo corto de poderío y gloria. Que es el

EXPULSIÓN DE DEMONIOS EN VEHÍCULO material 647

substituto temporal del gran Lama, no cabe duda; que está o estaba sujeto a tener que hacer de víctima expiatoria para la gente, está muy cerca de la certeza por su ofrecimiento a cambiar el puesto con la ver­dadera víctima expiatoria, el rey de los años, si el arbitrio del cubilete de dados le fuese adverso. Es verdad que las condiciones bajo las cuales se ofrece el azar han reducido la oferta a una fórmula ociosa, pero estas formas no son simples hongos que nacen y se desarrollan en una sola noche. Si ahora son formalidades muertas, cáscaras vacías exentas de significación, podemos estar seguros de que en algún tiempo tuvieron vida y significado; si en el día de hoy son callejones sin salida que a ningún sitio conducen, podemos estar ciertos de que en tiempos ante­riores fueron senderos que llevaban a algún lugar, aunque no fuera más que a la muerte. Que esta manera era el término al que de antiguo llegaba la víctima expiatoria tibetana después de su breve período de li­cencia en la plaza del mercado, es una conjetura que tiene mucho en su favor. La analogía lo sugiere y todo lo confirma: los disparos con pólvora sola, la afirmación de que la ceremonia resulta mortal con fre­cuencia, la creencia en que su muerte es un presagio feliz. No debe extrañarnos entonces que el Jalno, después de pagar tan costosamente el hacer de divinidad por diputación unas semanas escasas, prefiera mo­rir en su diputado también mejor que en propia persona, llegado el plazo de hacerlo. El penoso pero necesario deber recayó en consecuen­cia sobre algún pobre diablo, sobre algún infeliz paria social para quien el mundo era duro y estaba pronto al convenio de perder la vida en el término de unos días si sólo durante ese tiempo podía gozar de sus caprichos. Hay que observar que, mientras el tiempo asignado para el diputado directo u original, el Jalno, era medido por semanas, el asig­nado al diputado del diputado era solamente de días, diez según una autoridad en la materia, siete según otra. Cuerda tan corta indudable­mente se pensaba que era bastante maniota para una oveja negra o enfermiza; tan poca arena en el reloj y cayendo tan de prisa, era sufi­ciente para quien había desaprovechado tantos años preciosos. Por eso, en el bufón que se enmascara ahora con su abigarrada máscara en la plaza del mercado y barre la mala suerte con el rabo negro de un yak, podemos ver justamente al substituto de un substituto, al vicario de un vicario, al delegado sobre cuyas espaldas era puesta la pesada carga ali­viada de espaldas más nobles. Pero las huellas, si no nos equivocamos, no terminan en el Jalno; nos llevan directamente hacia atrás, al mismo papa de Lassa, al Gran Lama, de quien el Jalno sólo es el vicario tempo­rero. La analogía de muchas costumbres en muchos países señala la con­clusión de que si esta humana divinidad se humilla y resigna su poder espiritual durante cierto tiempo en las manos de un substituto, es o, mejor, había sido su única razón la de que el substituto muriese en lugar suyo. Así, a través de la niebla de los siglos, no esclarecida por la lám­para de la historia, la figura trágica del papa del budismo, vicario de Dios en la tierra de Asia, se recorta triste y sombría, como el hombre-dios.

648 VÍCTIMAS EXPIATORIAS PUBLICAS

que quita los pesares de las gentes, el buen pastor que entrega su vida por el rebaño.

4. sobre las víctimas expiatorias en general

Del precedente análisis de la costumbre de expulsar públicamente las maldades acumuladas en una aldea, ciudad o país, se desprenden algu­nas observaciones generales.

En primer lugar, no cabe duda de que las que hemos denominado expulsiones mediatas o inmediatas del mal son idénticas en su propósito; en otras palabras, que el mal sea concebido como invisible o como corporeizado en una forma material, es una circunstancia enteramente subordinada al objeto principal de la ceremonia, que es, simplemente, efectuar un limpieza completa de todos los males que han estado infes­tando a un pueblo. Si todavía quedase algún cabo suelto para conectar las dos clases de expulsiones, lo elimina la práctica de echar lejos a los males en unas angarillas o en una lancha, pues aquí tenemos, por un lado, que los males son invisibles e intangibles y, por otro, que es visible y tangible el vehículo que se los lleva. Y una víctima expiatoria no es más que uno de estos vehículos.

En segundo lugar, cuando recurre periódicamente a una limpieza general de males, el intervalo entre las celebraciones de la ceremonia es por lo general de un año y la época del año en que la ceremonia se efec­tuaba solía coincidir con alguna estación de cambio bien marcada, tales como el principio o el final del invierno en la zona ártica y templada y el comienzo o el término de la estación de las lluvias en la zona tro­pical. El aumento de mortalidad que tales cambios climáticos producen, especialmente entre los desnutridos, poco vestidos y peor alojados salvajes, lo achaca el hombre primitivo a la obra de los demonios, los que por consiguiente, deben ser expulsados. Por esto, en las regiones tropicales de Nueva Bretaña y Perú, los demonios son o eran echados al comienzo de la época de las lluvias; por esto, en las lúgubres costas de la tierra de Baffin son expulsados en las proximidades del amargo invierno ártico. Cuando una tribu se dedica al cultivo del suelo, el momento para la expulsión general de los demonios naturalmente coincide con una de las grandes épocas del año agrícola, como siembra o recolección, pues como estas mismas épocas naturalmente coinciden con los cambios de las esta­ciones, no puede decirse que la transición de la vida de las tribus cazado­ras o de las dedicadas al pastoreo, a la agricultura, envuelva alteración alguna, en el tiempo de celebración de su gran rito anual. Algunos de los pueblos agrícolas de la India y del Kuch hindú, como hemos visto, tienen su limpieza general de demonios en la recolección y otros en la siembra. Pero cualquiera que sea la estación del año que se adopte, la expulsión general de los demonios marca corrientemente el principio del nuevo año, pues antes de empezar un año nuevo la gente está deseosa de librarse de las inquietudes que la han acosado en el anterior. Por

VICTIMAS EXPIATORIAS EN GENERAL 649

eso en muchas sociedades humanas el comienzo de un año nuevo se inaugura con un solemne y público exilamiento de los espíritus malignos.

En tercer lugar, se observa que esta expulsión pública y perió­dica de los demonios va por lo común precedida o seguida de un período de libertinaje general, durante el cual se abandonan las restricciones sociales y todos los delitos, salvo los más graves, pueden cometerse im­punemente. En la Guinea y en Tonquín el período de relajamiento social que precede a la expulsión pública de los demonios y la suspensión del gobierno ordinario en Lassa, previa a la expulsión de la víctima expia­toria, es quizá una reliquia de un período similar de libertinaje universal. Entre los hos del Indostán, el período libertino sigue a la expulsión del demonio. Entre los iroqueses es difícil precisar si precedió o siguió a la expulsión de los males. En cualquier caso, la relajación extraordinaria de todas las reglas ordinarias de conducta en esas ocasiones es indudable que se explica por la limpieza general de males que la precede o sigue. Por un lado, cuando una eliminación del mal y absolución de todos los pecados es una perspectiva próxima, los hombres se animan a dar rienda suelta a sus pasiones, confiando en que la ceremonia en puertas barrerá la cuenta que ellos están contrayendo tan aprisa. Por otro lado, cuando la ceremonia ya se ha verificado, la mente de los hombres, libertada del opresivo sentimiento, bajo el que corrientemente trabajan, de una atmós­fera saturada de demonios, les hace sobrepasar, en la primera reacción de alegría, los límites corrientes impuestos por la costumbre y la morali­dad. Cuando tiene lugar la ceremonia en tiempos de recolección, la exaltación del sentimiento que les excita es estimulada además por el estado de bienestar físico, producto de una fácil y abundante alimen­tación.

En cuarto y último lugar, debe ser especialmente señalado el empleo de un hombre divino o de un animal como víctima expiatoria; verda­deramente aquí nos concierne de un modo directo la costumbre de expulsar los males sólo y en tanto que a esos males se les crea transferidos a un dios, a quien después se mata. Debe sospecharse que la costumbre de emplear un hombre divino o un animal como víctima expiatoria pública está mucho más extensamente difundida de lo deducible de los ejemplos citados. Porque, como ya hemos indicado, la costumbre de matar a un dios data de un período tan primario de la historia humana que, en épocas posteriores, aun cuando la costumbre siga practicándose, se presta a una interpretación equivocada; el carácter divino del animal o del hombre se olvida y llega a considerársele meramente como una víctima cualquiera. Tal puede ser el caso especialmente cuando es un hombre divino el que se mata, pues cuando una nación llega a civilizarse, pero sin renunciar a la sacrificios humanos al mismo tiempo, por lo menos selecciona como víctimas sólo a los desventurados que estaban condenados a morir de cualquier otra manera. De este modo, puede llegar a confundirse la muerte de un dios con la ejecución de un criminal.



Si preguntamos por qué debe escogerse un dios agonizante para

650 VÍCTIMAS EXPIATORIAS PÚBLICAS

recoger y llevarse los pecados y tristezas del pueblo, puede pensarse que en la práctica de emplear a la divinidad como víctima expiatoria tenemos una combinación de dos costumbres que fueron en un tiempo distintas e independientes. Por una parte, hemos visto que ha sido costumbre matar al dios humano o animal con el fin de salvar su vida divina de la debilitación por la marcha de los años y, por otra, también hemos visto que ha sido costumbre tener una expulsión general de maldades y peca­dos una vez al año. Ahora bien, si aconteciese que los hombres combi­nasen esas dos costumbres, el resultado sería el empleo de un dios agonizante como víctima expiatoria. Originalmente era muerto no para llevarse los pecados, sino para salvar su vida divina de la caducidad de la vejez, mas puesto que de todos modos tenían que matarle, la gente pudo pensar que podía también aprovechar la oportunidad para poner sobre él la carga de sus dolencias y pecados con el designio de que se los llevase al mundo desconocido de ultratumba.

El uso de la divinidad como víctima expiatoria nos aclara la ambi­güedad que, como sabemos, aparece pendiente sobre la costumbre europea de la "expulsión de la muerte". Hay fundamentos para creer que en esta ceremonia la así llamada Muerte, fue originariamente el espíritu de la vegetación, que cada año mataban en primavera con la idea de que volviera otra vez a la vida, pero con todo el vigor de la juven­tud. Mas, como ya hemos apuntado antes, hay ciertos rasgos en la ceremonia que no son explicables sobre esta hipótesis sola; tales son las muestras de gozo con que la efigie de la muerte es sacada del pueblo para ser enterrada o quemada y el miedo o aversión que manifiestan sus porteadores. Pero estos rasgos se hacen inteligibles si suponemos que la muerte no era tan sólo el dios agonizante de la vegetación, sino también una víctima expiatoria pública sobre la que recaían todos los males que habían afligido al pueblo durante el año anterior. La alegría en tal ocasión es natural y apropiada, y si el dios agonizante parece ser objeto de miedo y aversión, no se debe propiamente a él mismo, sino a los pecados y desgracias con que él ha cargado, lo que proviene meramente de la dificultad de distinguir o al menos de señalar la distinción entre el cargador y la carga; cuando la carga es de carácter funesto, su portador será temido y rehuido tanto como si él mismo estuviera animado por esas peligrosas propiedades, cuando acontece que sólo es su vehículo. Simi-larmente, hemos visto que los barcos cargados de dolencias y pecados son temidos y esquivados por las gentes de las Indias Orientales. Tam­bién la idea de que en estas costumbres populares la muerte es una víctima expiatoria, tanto como un representante del espíritu divino de la vegetación, se deduce de la circunstancia de que su expulsión se celebra siempre en primavera y principalmente por los pueblos eslavos, pues el año eslavo comienza en primavera, y así, en uno de sus aspectos, la ceremonia de "expulsar a la muerte" puede ser un ejemplo de la muy extendida costumbre de expulsar los males acumulados durante el año viejo, antes de entrar en el nuevo.

CAPÍTULO LVIII



VICTIMAS EXPIATORIAS HUMANAS EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA

1. LA VÍCTIMA EXPIATORIA HUMANA EN LA ROMA ANTIGUA

Ahora estamos en condiciones de fijarnos en el uso de la víctima expia­toria en la antigüedad clásica. Todos los años, el día 14 de marzo, era llevado en procesión por las calles de Roma un hombre cubierto de pieles al que pegaban con cayados blancos y largos para terminar echán­dole de la ciudad. Le llamaban Mamurius Veturius, o sea "el viejo Marte" y como la ceremonia tenía lugar un día antes de la primera luna llena del antiguo año romano (que comenzaba el primero de marzo), el hombre vestido de pieles representaba el Marte del año anterior que echaban al principio del Año Nuevo, pues Marte no era en su origen un dios de la guerra, sino de la vegetación; era a Marte a quien el la­brador romano oraba por la prosperidad de sus mieses y sus viñas, sus árboles frutales y sus talleres; era a Marte a quien el colegio sacerdotal de los hermanos Arvales, cuya ocupación era sacrificar para el crecimien­to de las cosechas, dirigía sus peticiones casi exclusivamente; era a Marte, como ya vimos, a quien se sacrificaba un caballo en el mes de octubre para asegurar una abundante recolección. Además, era a Marte, bajo su título de "Marte de los Bosques" (Mars silvanus), a quien los agricul­tores ofrecían sacrificios por la prosperidad de sus ganados. Ya hemos visto también que a los ganados se les supone corrientemente estar bajo el patronato especial de los dioses arbóreos. Aún más, la consagración del vernal mes de marzo a Marte creemos que le señala como la deidad de la vegetación germinante. Así, la costumbre romana de expulsar al viejo Marte al comienzo del año nuevo, en primavera, es idéntica a la costumbre eslava de "expulsar a la muerte", si es acertada la idea que tenemos de la costumbre posterior. La semejanza de las costumbres romana y eslava ha sido ya señalada por autores que parecen, sin embar­go, haber tomado a Mamurius Veturius y las correspondientes figuras de las ceremonias eslavas como representantes del año viejo, mejor aún que del antiguo dios de la vegetación. Es posible que las ceremonias de esta clase puedan haber llegado a interpretarse así en épocas posterio­res, aun por los pueblos que las practicaban, pues la personificación de un período de tiempo es una idea demasiado abstracta para ser primitiva.

Sin embargo, tanto en la costumbre romana como en la eslava el representante del dios aparece tratado no solamente como una deidad de la vegetación, sino también como una víctima expiatoria. Su expulsión lo implica, pues no hay razón para que el dios de la vegetación, como tal, sea expulsado de la ciudad. Pero sería de otro modo si también fuese una víctima expiatoria; entonces, se hace necesario alejarle más

651

652 VÍCTIMAS HUMANAS EN GRECIA Y ROMA

allá de los límites de la ciudad para que lleve consigo a otros países la carga lamentable. Y, de hecho, Mamurius Veturius aparece echado al país de los óseos, los enemigos de Roma.

2. la VÍCTIMA EXPIATORIA HUMANA EN LA GRECIA ANTIGUA

Los griegos de la Antigüedad también estaban familiarizados con el uso de víctimas propiciatorias humanas. En la ciudad nativa de Plutarco, Queronea, se ejecutaba una ceremonia de esta clase por el magistrado jefe en el Pritaneo y por cada agricultor en su casa. Se llamaba la "expulsión del hambre". Pegaban a un esclavo con los cayados de agnus castus l y lo expulsaban diciéndole: "¡Afuera con el hambre y adentro la riqueza y la salud!" Cuando Plutarco tuvo el puesto de magistrado jefe de su ciudad nativa, hizo esta ceremonia en el Pritaneo y él re­cuerda la discusión a que después dio lugar la costumbre.

Pero en la civilizada Grecia la costumbre de la expiación victimaría tomó tintes más sombríos que el rito inocente que el amable y piadoso Plutarco presidió. Siempre que Marsella, una de las más famosas y brillantes colonias griegas, era asolada por una plaga, un hombre de la clase más pobre se ofrecía como víctima expiatoria y durante un año era mantenido a expensas públicas y alimentado con selectos y puros alimentos. Al expirar el año le ponían vestiduras sagradas decoradas con ramas sagradas y le conducían por toda la ciudad mientras se ele­vaban preces para que todos los males del pueblo recayesen sobre su cabeza. Después era expulsado de la ciudad o muerto a pedradas fuera de las murallas. Corrientemente mantenían los atenienses a expensas públicas unos cuantos seres degradados e inútiles, y cuando alguna cala­midad como epidemia o hambre caía sobre la ciudad, sacrificaban a dos de estos proscritos como víctimas expiatorias. Una de estas víctimas era sacrificada para los hombres y la otra para las mujeres. La primera llevaba rodeando su cuello una ristra de higos negros y la segunda, de higos blancos. En ocasiones creemos que mataban a una mujer en favor de las mujeres. Eran conducidos por toda la ciudad y después sacrifi­cados seguramente por lapidamiento fuera de la misma. Mas estos sacri­ficios no estaban limitados a las ocasiones extraordinarias de calamidades públicas; parece que todos los años, en el festival de la Targelia, en mayo, eran conducidas dos víctimas, una para los hombres y otra para las mujeres, fuera de la ciudad, donde las lapidaban hasta morir. Li ciudad de Abdera, en Tracia, era purificada públicamente una vez al año y uno de sus vecinos, elegido al efecto, era muerto a pedradas como víctima expiatoria o sacrificio vicariante por la vida de todos los demás; seis días antes de la ejecución le dejaban incomunicado "con objeto de que sólo él llevase los pecados de todo el pueblo".

1 Es el sauce (Vitex Agnus Castus) o mimbrera. Su nombre deriva de agnos, mimbrero.

LA VÍCTIMA EXPIATORIA HUMANA EN GRECIA 653

Desde el Salto de los Amantes, blanco escarpada en la punta más meridional de la isla, los leucadianos acostumbraban a lanzar anualmente un criminal al mar, como víctima expiatoria; para frenar su caída, le ataban aves vivas y plumas, y una flotilla de lanchas le aguardaba abajo para recogerle y llevarle más allá de la frontera; es probable que estas precauciones humanitarias fuesen una mitigación de alguna costumbre anterior de tirar al mar una víctima expiatoria. La ceremonia leucadiana tenía lugar al mismo tiempo que un sacrificio a Apolo, cuyo santuario estaba ubicado en aquel lugar. En otras partes se acostumbraba tirar al mar todos los años un hombre joven, con la oración: "Seas tú nuestras heces". Se suponía que esta ceremonia libertaba a las gentes de los males de que estaban acosados, y, según otra interpretación distinta, les redimía de pagar la deuda que tenían contraída con el dios del mar. Los griegos del Asia Menor, en el siglo VI antes de nuestra era, prac­ticaban la costumbre de la expiación con víctimas humanas del siguiente modo. Cuando una ciudad sufría de peste, hambre u otras calamidades públicas, elegían una persona deforme o repugnante para que asumiese sobre sí todos los males que afligían a sus vecinos. La llevaban a un lugar apropiado, donde ponían en sus manos higos secos, un pan de cebada y queso para que lo comiera. Después le pegaban siete veces en los órganos genitales con cebolla albarrana, ramas de cabrahigo y de otros arbustos y árboles silvestres, mientras las flautas tocaban una tona­dilla especial y, finalmente, la quemaban en una pira hecha con ramas de árboles del bosque, arrojando sus cenizas al mar. Costumbre semejante parece que se celebraba anualmente por los griegos asiáticos en el festival de la cosecha o Targelia.
1   ...   89   90   91   92   93   94   95   96   ...   123


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal