Sir james george frazer la rama dorada



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llevaba un nombre que significaba "echar el diablo a navegar". Al ano­checer se reunían todos los del poblado, trayendo las mujeres cestas con ceniza y manojos de hojas "expulsa-demonios". Estas hojas se distri­buían entre todos, jóvenes y viejos. Cuando todo estaba listo, un grupo de hombres robustos, acompañados de una guardia de exorcistas, llevaban uno de los flotadores al mar, por el lado derecho del cementerio del pueblo, y lo ponían a flote en el agua. En cuanto volvían, otro grupo de hombres porteaba el otro flotador a la playa fletándole de igual modo, mas por la izquierda del cementerio. Las canoas cargadas de demonios eran largadas, las mujeres arrojaban ceniza desde la orilla y toda la multitud gritaba: "¡Huid, demonios, huid y no volváis nunca!" Siendo el viento y marea favorables, las canoas se alejaban navegando rápidas y aquella noche todo el pueblo lo festejaba con gran alegría porque los diablos habían partido en dirección a Chowra. Una expulsión de diablos parecida se practicaba todos los años en otras aldeas nicoba-resas, pero sus celebraciones tenían lugar en distintas épocas y diferentes lugares.



Entre muchas de las tribus aborígenes de la China se celebra un gran festival el tercer mes de cada año. Se tiene a modo de una fiesta general fundada en la creencia de las gentes de ser una completa aniqui­lación de los males de los doce meses pasados. La destrucción se supone efectuada del modo siguiente. Llenan un gran jarrón de loza con pólvo­ra, piedras y trozos de hierro, lo entierran y tienden una línea de pólvora en comunicación con el jarrón, a la que prenden fuego; estallan el jarrón y su contenido. Las piedras y trozos de hierro representan los males y desastres del pasado año y la dispersión por la explosión creen que aleja los males y desastres. El festival va acompañado de gran borrachera y orgía.

En el viejo Calabar, costa de Guinea, los demonios y espíritus son o eran públicamente expulsados cada dos años. Entre los espíritus así ahuyentados de sus guaridas están las almas de toda la gente que había muerto desde la última lustración de la ciudad. Como unas tres semanas o un mes antes de la expulsión, que según un relato se celebraba en noviembre, empezaban a labrar, en madera o labor de cestería, toscas efigies que representaban hombres y animales como cocodrilos, leopardos, elefantes, bueyes y aves, y colgadas con tiras de tela adornadas con chucherías, las ponían ante la puerta de cada casa. Hacia las tres de la madrugada del día señalado para la ceremonia, toda la población se echaba a la calle y procedían, con un ensordecedor tumulto y en un es­tado de salvaje sobreexcitación a echar todos los diablos y espíritus escondidos sobre las efigies, con el objeto de desterrarlos con ellas de las residencias de los humanos. Para conseguir esto, grupos de gente deam­bulaban por las calles golpeando las puertas, disparando armas de fuego, batiendo tambores, soplando cuernos, tañendo campanillas, entrechocando pucheros y peroles, gritando y voceando a más y mejor, en suma, ha-

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ciendo todo el estruendo posible. El alboroto duraba hasta el amane­cer en que gradualmente iba extinguiéndose hasta cesar con la salida del sol. Durante ese tiempo, las casas habían sido barridas completa­mente y se suponía que los atemorizados espíritus habían penetrado atropelladamente en las efigies o en sus flotantes ropajes. También po­nían en las figuras de cestería las barreduras de las casas y las cenizas de las lumbres del día anterior. Después, las imágenes repletas de demo­nios eran arrebatadas, llevadas con presteza en procesión tumultuosa al ribazo del río y tiradas al agua entre redobles de tambor. La bajamar las llevaría mar adelante y así el pueblo quedaría barrido de espíritus y diablos por otros dos años.

No son desconocidas en Europa parecidas expulsiones anuales de demonios corporeizados. Al anochecer del domingo de Pascua de Resu­rrección, los gitanos de la Europa meridional ponen una especie de va­sija de madera parecida a una sombrerera sobre dos piezas de madera cruzadas. Dentro colocan yerbas simples junto con una serpiente muerta y seca o un lagarto, que cada persona de las presentes tocará antes con sus dedos. La vasija es envuelta en lana roja y blanca y llevada por el gitano más viejo de tienda en tienda del campamento, arrojándola final­mente al río u otra corriente de agua, no sin que antes haya escupido sobre ella cada uno de los miembros de la banda y la hechicera haya pronunciando algunos conjuros sobre ellos. Creen los gitanos que ejecu­tando esta ceremonia disipan todas las enfermedades que de otro modo les hubieran afligido en el curso del año, y que si alguien encuentra la vasija y la abre por curiosidad será visitado por todas las enfermedades de las que los gitanos lograron escapar.

La víctima expiatoria por medio de la cual todos los males acumu­lados de un año entero son expulsados públicamente es algunas veces un animal. Por ejemplo, entre los garos de Asam, "al lado de los sacrifi­cios por casos individuales de dolencias, tienen otra ceremonia que cum­ple una vez al año toda la gente de la aldea conjuntamente y que se emprende como salvaguardia de sus componentes contra los peligros de la selva y de las dolencias y desgracias durante los doce meses venideros. La principal de estas ceremonias es la Asongtara. Puede verse cerca de los arrabales de los grandes poblados un gran número de piedras hun­didas en el suelo sin orden ni sistema aparente. Son conocidas con el nombre de asong y sobre ellas se ofrece el sacrificio que la asongtata demanda. Se sacrifica una cabra, y un mes después se considera nece­sario sacrificar un langur (Entellus, mono) o una rata de los bambúes. El animal escogido es conducido por dos hombres uno a cada lado, con una cuerda enrollada al cuello y llevado de casa en casa. Le introducen en ellas por tumo y los aldeanos, reunidos mientras tanto, golpean las paredes desde fuera para amedrentar a los espíritus y hacer salir a los que residieran dentro. Dada la vuelta a la aldea de esta manera, el mono o rata es llevado a las afueras del pueblo y le matan de un golpe de

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dao, que lo despachurra; después le crucifican sobre bambúes clavados en el suelo. Rodeando al animal crucificado, ponen una estacada de bambúes largos y aguzados, con los que forman a modo de caballos de Frisa a su alrededor. Esto recuerda los tiempos en que tales defensas rodeaban sobre la berma a las aldeas por todos lados para defenderlas de enemigos humanos; ahora son un símbolo para guardarse de enfer­medades y del peligro mortal de los animales de la selva. Se requiere para el propósito que el Jangur sea cazado algunos días antes, pero si es imposible capturar uno, ocupa su lugar un mono corriente: un gibón no puede usarse. Aquí el mono o rata crucificada es la víctima expia­toria pública, la que por sus sufrimientos vicarios y su muerte exime al pueblo de todas sus dolencias y desgracias durante el año siguiente.

También los bhotiyas de Juhar, en el Himalaya occidental, cogen un perro en un día del año, le emborrachan con alcohol y bang o cá­ñamo y le alimentan con dulces, le llevan por el pueblo y le dejan per­derse. Después le cazan y matan a palos y pedradas y creen que hecho esto, ninguna enfermedad o desgracia visitará la aldea durante el año. En algunas partes de Breadalbane antiguamente era costumbre del día de Año Nuevo llevar un perro a la puerta, darle un trozo de pan y echarle diciendo: "¡Largo de aquí, so perro! Cualquier muerte de personas o pérdida de ganado que acontezca en esta casa hasta fin de año caerá sobre vuestra cabeza". En la celebración del día de expiación, el 10 del séptimo mes, el gran sacerdote de los judíos extendía sus manos sobre la cabeza de una cabra, confesaba sobre ella todas las iniquidades de los hijos de Israel y transfiriendo así los pecados de las gentes al animal, la enviaba a perderse en el desierto.

También puede ser una persona humana la víctima expiatoria sobre la que recaen periódicamente los pecados del pueblo. En Onitsha, so­bre el Níger, para limpiar de pecados el país, acostumbraban a sacri­ficar anualmente dos seres humanos, víctimas que eran compradas por subscripción pública. Todas las personas que durante el año anterior habían cometido grandes faltas, como incendio, robo, adulterio, hechi­cería y otras parecidas, se esperaba que contribuyeran con 28 ngugas, algo más de dos libras esterlinas. El dinero así recogido se llevaba al interior del país y se gastaba en la compra de dos personas enclenques "para ser ofrecidas como sacrificio por todos los crímenes abominables, una por la tierra y la otra por el río". Un hombre de un pueblo vecino era contratado para matarles. El 27 de febrero de 1858, el Rev. J. C. Taylor presenció el sacrificio de una de esas víctimas. La sufriente era una mujer de unos 19 a 20 años de edad. Fue arrastrada viva por el suelo con la cara hacia abajo desde la casa del rey hasta el río, una distancia de más de tres kilómetros y la multitud la seguía vociferando: "¡Iniquidad! ¡Iniquidad!" La intención era "que se llevara las iniqui­dades del país. El cuerpo fue arrastrado sin piedad como si el peso de todas las iniquidades fuese así alejado". Dicen que todavía practican

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costumbres parecidas, en secreto, todos los años muchas tribus del delta del Níger a despecho de la vigilancia del gobierno británico. Entre los negros yorubas del África Occidental, "la víctima humana escogida para el sacrificio, que puede ser una persona libre o esclava, de parientes ricos y nobles o de nacimiento humilde, después de ser escogida y marcada para el propósito, se la llama un Oluwo. Se la alimenta, cuida y provee bien de todo lo que pueda desear durante su período de confinamiento; cuando llega el momento del sacrificio y ofrenda, la conducen en pro­cesión por las calles del pueblo o ciudad del soberano, al cual se sacri­fica por el bien del gobierno y de todas las familias e individuos de su reino y para que pueda cargar con los pecados, culpas, desgracias y muer­tes de todos sin excepción. Le arrojan mucha ceniza en la cabeza y le pintan la cara con tiza para ocultar su identidad, mientras el público se abalanza desde sus casas para tenderle sus manos, transfiriéndole así sus pecados, penas y muerte". Cuando la procesión termina, la llevan a un santuario del interior y la degüellan. Sus últimas palabras o gemi­dos agónicos son la señal de una explosión de alegría entre las gentes congregadas fuera, que creen que el sacrificio ha sido aceptado y la có­lera divina apaciguada.



En Siam era costumbre en un día especial del año escoger a una mujer destrozada por el vicio y llevarla sobre unas parihuelas por todas las calles acompañada del estruendo de tambores y oboes. La muche­dumbre la insultaba y le tiraba pellas de barro; después de conducirla así por toda la ciudad, la tiraban a un estercolero o sobre un zarzal por fuera del terraplén de la muralla, prohibiéndola para siempre que vol­viera a entrar. Creían que la mujer atraía sobre sí todas las influencias malignas del aire y de los espíritus diabólicos. Los batakos de Sumatra ofrecen un caballo alazán o un búfalo como sacrificio público para puri­ficar el país y obtener el favor de los dioses. Antes se decía que ataban un hombre a la misma estaca que el búfalo y cuando mataban al ani­mal el hombre era expulsado de allí; nadie podía recibirle, hablarle ni darle de comer. Indudablemente se suponía que con su persona alejaba los pecados y desgracias del pueblo.

Otras veces la víctima expiatoria es un animal divino. Los indios de Malabar comparten con los hindúes su adoración por la vaca; matarla y comerla "es para ellos un crimen tan horrible como el homicidio o el asesinato". Mas, a pesar de esto, "los brahmanes transfieren los pecados de las gentes a una o más vacas, que son echadas con los pecados que han cargado los animales a un sitio que señalan los brahmanes". Cuando los egipcios antiguos sacrificaban un toro, invocaban sobre su cabeza todos los males, que de otro modo caerían sobre ellos y sobre la tierra de Egipto, y después vendían la cabeza a los griegos o la tiraban al río. Ahora bien, no puede decirse que en épocas conocidas por nosotros, los egipcios adorasen toros, pues creemos que corrientemente los mataban y comían. Pero un buen número de circunstancias nos llevan a la con-

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clusión de que originalmente todo el ganado, tanto toros como vacas eran tenidos como sagrados por los egipcios, pues no solamente eran estimadas como santas las vacas y no las sacrificaban nunca, sino que tampoco los toros podían ser sacrificados, a menos de que tuvieran cier­tas señales naturales; un sacerdote examinaba todos los toros antes de que fuesen inmolados; si alguno tenía las señales apropiadas, el sacerdote ponía su sello en el animal como señal de poder sacrificarle y sí un hombre sacrificaba un toro no sellado, el culpable era condenado a muerte. Además, el culto de los toros negros Apis y Mnevis, especial­mente del primero, jugaron una parte principal en la religión egipcia; todos los toros que morían de muerte natural eran cuidadosamente ente­rrados en los suburbios de las ciudades, y sus huesos, reunidos de todos los lugares de Egipto, se enterraban en un solo lugar. Y en el sacrificio de un toro en los grandes ritos de Isis todos los adoradores se golpeaban el pecho y se lamentaban. En conjunto, pues, estamos en el derecho de suponer que los toros fueron originalmente estimados, al igual que las vacas, como sagrados por los egipcios y que el toro sacrificado y sobre cuya cabeza recaían las desgracias del pueblo fue en un tiempo una divina víctima expiatoria. No creemos improbable que el cordero anual­mente muerto por los madis del África central sea una víctima expiato­ria divina, y bajo la misma hipótesis podemos explicar en parte el sacri­ficio zuñí de la tortuga.

Finalmente, la víctima expiatoria puede ser un hombre divino. Así, los gondos de la India adoran en noviembre a Ghansyam Deo, protector de las cosechas, y en el festival se dice que el dios mismo desciende so­bre la cabeza de uno de sus adoradores, que súbitamente es atacado por una especie de convulsiones y, después de bambolearse, se abalanza hacia la selva, donde creen que si quedase abandonado a sí mismo moriría loco. Sin embargo, le traen otra vez, y no recobra el sentido en uno o dos días. La gente piensa que un hombre es así señalado como víctima ex­piatoria por los pecados de los demás. En el templo de la Luna, los albaneses del Cáucaso oriental1 mantenían unos cuantos esclavos sagra­dos, de los que muchos estaban inspirados y profetizaban; cuando uno de estos hombres mostraba síntomas mayores que los corrientes de inspi­ración o de locura y vagabundeaba solitario arriba y abajo por los bosques como un gondo en la selva, el gran sacerdote le ataba con una cadena sagrada y le mantenía regaladamente un año; al final de ese plazo le ungían y le sacaban para sacrificarle. Un hombre cuya operación era matar aquellas víctimas humanas y al que la práctica había dado gran destreza, avanzaba de entre la multitud y atravesaba con una lanza sa­grada a la víctima por el costado, partiéndole el corazón. Del modo como cayera muerto se deducían presagios para el bienestar y la salud de todos. Después llevaban el cuerpo a un lugar por donde todo el pue­blo pasaba poniendo el pie por encima de él como c.eremonia purifica-

1 La actual Georgia se llamó Iberia y el actual Azerbaijan y parte de Armenia se llamó Albania. El autor se refiere a esta Albania y a sus habitantes.

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dora. Esta última circunstancia indica claramente que los pecados del pueblo se transferían a la víctima exactamente como el sacerdote judío transfería los pecados del pueblo, mediante la imposición de manos sobre la cabeza del animal, y como se creía que el hombre estaba poseído por el espíritu divino, tenemos aquí un ejemplo indudable de hombre-dios muerto para redimir los pecados y desgracias de la gente.

En el Tibet, la ceremonia de la víctima expiatoria presenta algunos rasgos notables. El año tibetano principia con la luna nueva, que apa­rece hacia el 15 de febrero. Durante 23 días después, el gobierno de Lassa, la capital, es cedido por los gobernantes ordinarios y entregado en manos del monje del monasterio de Debang que ofrezca más alta suma por el privilegio. El postor que triunfa es llamado el Jalno y anun­cia su ascensión al poder, personalmente, yendo por las calles de Lassa con un bastón de plata en la mano. Los monjes de todos los monasterios y templos cercanos acuden y se reúnen para tributarle el debido home­naje. El Jalno ejerce su autoridad de la manera más arbitraria en su propio beneficio, pues todas las multas que impone son para él. El beneficio que consigue es de cerca de diez veces la cantidad del precio de compra del oficio. Sus hombres van por las calles con el designio de descubrir cualquier acto por parte de los habitantes en el que pueda en­contrarse falta. Todas las casas tienen que pagar una contribución en esta época y la más ligera falta es castigada con multas de un rigor inhu­mano. Esta severidad del Jalno aleja a todas las clases trabajadoras de la ciudad hasta que pasan los 23 días. Pero si el seglar sale, el clérigo entra. Todos los monasterios budistas del país, en muchas millas a la redonda, abren sus puertas y vomitan sus moradores. Todos los caminos que, con­ducen a Lassa desde las montañas vecinas están llenos de monjes que se apresuran hacia la capital, unos a pie, otros a caballo, algunos montados en asnos o en mugidores bueyes, llevando sus libros de oraciones y sus utensilios culinarios. Es tal la multitud de ellos, que las calles y plazas de la ciudad quedan obstruidas con sus catervas y enrojecidas con tanta capa roja. El desorden y la confusión son indescriptibles. Bandadas de hombres santos atraviesan las calles cantando oraciones o lanzando gritos salvajes; se juntan, se empujan, disputan, pelean; narices ensangrentadas, ojos ennegrecidos y cabezas rotas por nada. A lo largo del día, desde antes del amanecer hasta después de llegar las tinieblas, estos monjes revestidos de rojo tienen servicio religioso en la atmósfera cargada de incienso del gran templo Machidranath, la catedral de Lassa, y hacia allí se aglomeran tres veces al día para recibir su limosna de té, sopa y dinero. La catedral es un inmenso edificio situado en el centro de la ciudad y rodeado de bazares y tiendas. Los ídolos están ricamente incrus­tados de oro y piedras preciosas.



Veinticuatro días después de haber cesado el Jalno en su autoridad, la asume otra vez y por diez días obra de la misma manera arbitraria que antes. El primero de los diez días se reúnen otra vez los sacerdotes en la catedral, rezan a los dioses para que libre de enfermedades y otros

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males a las gentes "y como una ofrenda de paz, inmolan a un hombre Éste no es muerto en el sitio, pero la ceremonia que aguanta resulta con frecuencia mortal. Arrojan grano sobre su cabeza y le pintan la cara mitad blanca y mitad negra". Así, grotescamente disfrazado y llevando una chaqueta de piel al brazo, le llaman el "rey de los años", se sienta diariamente en la plaza del mercado donde toma lo que le cuadre, sa­cudiendo un rabo de yak negro sobre la gente para transferir sobre sí mismo la mala suerte de los demás. El día décimo, todas las tropas de Lassa marchan hacia el gran templo y se forman en línea ante él. El rey de los años es sacado del templo y recibe pequeños obsequios de la multi­tud reunida. Él ridiculiza entonces al Jalno, diciéndole: "Lo que per­cibimos a través de los sentidos no es ilusión. Todo lo que enseñas es mentira", y cosas semejantes. El Jalno, que representa por ese tiempo al gran Lama, discute estas proposiciones heréticas; la disputa se acalora y al final convienen decidir la cuestión por el resultado del cubilete de los dados, ofreciendo el Jalno cambiar su puesto con la víctima expia­toria si el resultado le fuese adverso. Si el rey de los años venciera se pronosticarían muchos males; pero si el Jalno vence hay gran regocijo, pues prueba que su adversario ha sido aceptado por los dioses como víc­tima para llevarse todos los pecados del pueblo de Lassa. La fortuna, sin embargo, siempre favorece al Jalno, que saca siempre seises con éxito invariable, mientras que su adversario solamente saca unos. Esto no es tan extraordinario como parece a primera vista, pues los dados del Jalno sólo tienen seises y los de su adversario sólo unos. Cuando ve el dedo de la providencia señalándole tan claramente, el rey de los años se aterra y huye montada en un caballo blanco, con un perro blanco, un ave blanca, sal y otras cosas parecidas de que el gobierno le provee. Su cara está todavía pintada mitad blanca y mitad negra y todavía lleva su cha­queta de cuero. Todo el populacho le persigue gritando y chillando y le hacen descargas de armas de fuego sin bala. Así es expulsado de la ciudad y detenido durante siete días en la gran cámara de horrores del monasterio Samyas, rodeado de imágenes monstruosas y terribles de de­monios y pieles de grandes serpientes y bestias feroces. Después se mar­cha e interna por las montañas de Chetang, donde permanece, fuera de la ley, durante varios meses o un año, en una guarida o cueva. Si muere antes del término, el pueblo piensa que es buen presagio; pero si sobre­vive, puede volver a Lassa y hacer de víctima expiatoria al siguiente año.
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