Sir james george frazer la rama dorada



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mujeres llevan incensarios; sueltan los perros, que corren en todas direc­ciones ladrando y gañendo. Tan pronto como las campanas de la iglesia empiezan a tañer, encienden los haces de teas, etc., que llevan sujetos en la extremidad de un palo y prenden fuego al incienso. Entonces todas las campanillas de las puertas de las casas, todas las campanas para anun­ciar la comida, calderos y sartenes, ladridos de perro, todo choca, golpea y hace ruido, y entre este estrépito se desgañitan cuanto pueden, vocean­do: "¡Huye bruja, huye de aquí o te irá mal!" Después corren siete veces alrededor de las casas, los corrales y el pueblo. Así las brujas son ahumadas, expulsadas de sus escondrijos y ahuyentadas. La costumbre de expulsar a las brujas la Noche de Walpurgis es todavía, o era hasta hace pocos años, observada en muchas partes de Baviera y entre los ale­manes de Bohemia. Así, en las montañas Bohmerwald, después de anochecer se reúnen todos los muchachos del pueblo en alguna altura, especialmente en las encrucijadas, y restallan látigos durante algún tiempo al unísono y con todas sus fuerzas. Esto ahuyenta a las brujas; tan lejos como se oigan los restallidos, estos maléficos seres ya no podrán hacer daño. En algunos lugares, mientras los muchachos están chasqueando sus látigos, los pastores soplan sus cuernos con sonidos tan prolongados que se oyen desde muy lejos en el silencio de la noche y son muy efica­ces para desterrar a las brujas.

Otra época embrujada es el período de doce días entre Navidad y la Epifanía (día de los Reyes Magos). En algunas partes de Silesia, la gente quema resina de pino todas las noches entre Navidad y Año Nuevo con objeto de que el humo acre espante a las brujas de las casas y granjas, y en las vísperas de Navidad (Noche Buena) y de Año Nuevo (Noche Vieja) disparan tiros en los campos y praderas, entre los arbustos y árboles, y envuelven en paja los árboles frutales para que los espíritus no hagan daño. La víspera de Año Nuevo, que es el día de San Sil­vestre, los mancebos bohemios, armados con escopetas, forman círculo y disparan al aire tres veces seguidas; esto se llama "disparar a las brujas" y se supone que las ahuyenta despavoridas. El último día del duodenario místico es la Epifanía o día doceno (noche) y se le ha elegido como la fecha más apropiada para la expulsión de los poderes del mal en varias partes de Europa. Así, en Brunnen, en las orillas del Lago de Lucerna, van los muchachos en procesión la Noche Duodécima, llevando antor­chas y haciendo gran estrépito con cuernos, cencerros, látigos y demás adminículos para ahuyentar del bosque dos espíritus femeniles, Strudeli y Strátteli; la gente piensa que si no hacen bastante ruido habrá poca fruta el año entrante. También en Labruguiére, cantón de Francia me­ridional, la víspera del día doceno, corre la muchedumbre por las calles, tañendo cencerros, chocando pucheros y calderos y produciendo un ruido discordante con otras cosas más. Entonces, al resplandor de las antorchas y de las llamas de las gavillas de leña que encienden, elevan una prodi-

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giosa alarma, un tumulto que desgarra los oídos, esperando ahuyentar así de la ciudad a todos los espíritus errabundos y endemoniados.

CAPÍTULO LVII

VÍCTIMAS EXPIATORIAS PUBLICAS

1. LA EXPULSIÓN DE DIABLOS CORPOREIZADOS

Acabamos de ocuparnos de la clase que hemos denominado expulsión general de demonios inmediata o directa. En esta clase los demonios son invisibles, por lo menos a la vista profana, y el modo de librarse de ellos consiste las más de las veces en pegar al aire y levantar un tumulto que pueda intimidar a los espíritus perversos y ponerlos en fuga. Nos queda por ilustrar con ejemplos la segunda clase de expulsiones, en las que las influencias malignas están corporeizadas en alguna forma visi­ble o al menos supuestas, gravitando sobre un medio material que actúa como vehículo que les aparta de las gentes de la aldea o de la ciudad. Los pomos de California celebran cada siete años una expulsión cié demonios, en la que éstos están representados por hombres disfrazados. "Veinte o treinta hombres abigarradamente ataviados y pintados atroz­mente, con vasijas de brea en la cabeza, marchan secretamente a las montañas vecinas. Personifican a los demonios. Un heraldo se sube a lo alto de la casa de reunión y lanza un discurso a la multitud. A una señal convenida dada al anochecer, llegaban los enmascarados de las montañas con las vasijas de brea ardiendo sobre sus cabezas y con todos los accesorios terroríficos de ropaje, gestos y ruidos que la mentalidad salvaje puede idear para representar demonios. Las atemorizadas mujeres y los niños huyen desaladamente y los hombres los amontonan dentro de un círculo, desde el cual, con el principio de "atacar con fuego al diablo", blanden ramas encendidas, aúllan, dan alaridos y baladros y chocan frenéticamente con los merodeadores endiablados sedientos de sangre, creando así un espectáculo terrible y produciendo un miedo espantoso en los centenares de mujeres allí apiñadas que chillan, desfa­llecen y están pendientes de las vicisitudes de sus valerosos defensores. Finalmente, los diablos consiguen entrar en la casa de reunión y los hombres más valientes entran para parlamentar con ellos. Como conclu­sión de la farsa, los hombres se encorajinan de nuevo, los demonios son expulsados de la casa de reunión y en una prodigiosa y movida pelea y lucha de farsa, son perseguidos hasta las montañas". En primavera, tan pronto como los sauces cubren de hojas sus ramas, los indios mandan celebraban en la orilla del río su gran festival anual, uno de cuyos rasgos distintivos era la expulsión del demonio. Un hombre pintado de negro para representar al demonio entraba en la aldea desde la pradera, corrien­do y asustando a las mujeres, y después hacía la parte del búfalo macho

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en la danza del búfalo, tendiente a asegurar una abundante provisión de búfalos durante el año entrante; por último era acorralado y expulsado del pueblo, persiguiéndole las mujeres con silbidos e insultos, pegándole palos y tirándole pellas de lodo.

Algunas de las tribus nativas del Queensland Central (Australia), creen en un ser pernicioso llamado Molonga que ronda invisible y mataría a los hombres y violaría a las mujeres si no se hicieran ciertas ceremonias que duran cinco noches consecutivas y consisten en danzas en las que sólo participan los hombres, fantásticamente pintados y ador­nados. La quinta noche, el propio Molonga, personificado por uno de ellos ataviado con plumas y ocre rojo y llevando una gran lanza con plumas en la punta, aparece bruscamente saliendo de la obscuridad hacia los espectadores y haciendo como que los atraviesa con la lanza. Grande es la excitación y mayores los gritos y chillidos, pero, después de otro ataque fingido, el demonio desaparece en la obscuridad. En la última noche del año purgan de demonios el palacio de los reyes de Camboya. Hombres pintados como diablos son perseguidos por los elefantes en los patios de palacio. Cuando han sido expulsados, rodean el palacio con una cuerda de algodón, consagrada, cuyo objeto es mantenerlos alejados. En Munzerabad, distrito de Mysore, en la India meridional, cuando aparece el cólera o la viruela en una parroquia, los habitantes reunidos conjuran al demonio de la enfermedad para que entre en una imagen de madera que conducen por lo general de noche a la aldea más próxima. Los habitantes de esta otra aldea, de modo semejante, pasan la imagen a sus vecinos, y así el demonio es traspasado de un pueblo a otro hasta que llega a la orilla de un río, al que finalmente es arrojado.

Sin embargo, es frecuente que los demonios expulsados no estén representados por entero sino sobrentendida su presencia invisible en el vehículo material y visible que les transporta lejos. Será conveniente dis­tinguir otra vez entre las expulsiones ocasionales y las periódicas. Comen­zaremos por las primeras.

2. expulsión ocasional de demonios en un vehículo material

El vehículo que conduce a un demonio puede ser de varias clases. Una clase corriente es un pequeño barco o bote. Así, en el distrito sur de la isla Ceram, cuando una aldea entera está padeciendo alguna enfer­medad, construyen un barquito que llenan de arroz, tabaco, huevos y demás, con la contribución de todo el pueblo. En el barquito izan una vela. Cuando todo está preparado, un nombre con vozarrón estentóreo exclama: "¡Oh! Todas vosotras, enfermedades, tú viruelas, tú calentu­ras, sarampión, etc., que nos habéis visitado tanto tiempo y extenuado tan penosamente, pero que ahora cesáis de ser una plaga para nosotros: hemos hecho este barco para vosotras y le hemos provisto con basti­mentos suficientes para el viaje. No careceréis de comida, ni de hoja

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de betel, ni de nuez de areca, ni de tabaco. Marchaos y navegad con viento fresco para alejaros de nosotros. No volváis por aquí nunca, sino idos a un país lejano. Permitid que todas las marcas y vientos os lleven veloces hacia allá y trasladaos de modo que el tiempo que viene podamos vivir sanos y buenos, y que nosotros no veamos levantarse el sol sobre vosotras nunca más". Entonces diez o doce hombres llevan el barco a la orilla y lo dejan derivar con la brisa de tierra, quedando convencidos de que están libres de la enfermedad para siempre o al menos hasta la próxima vez. Si la enfermedad les vuelve a atacar, están seguros de que no es la misma enfermedad, sino otra diferente, la que a su debido tiempo despedirán de igual manera. Cuando el barco cargado de demo­nios se pierde de vista, los porteadores vuelven a la aldea y entonces uno de ellos grita: "Las enfermedades ya se han ido, se han desvanecido, han sido expulsadas y embarcadas". Entonces las gentes salen apresu­radamente de sus casas pasándose la noticia unos a otros con gran alegría, batiendo los gongos y tocando instrumentos.

A parecidas ceremonias recurren con frecuencia en otras islas de las Indias Orientales. Así, en Timor-laut, a fin de engañar a los demonios causantes de las enfermedades, sueltan un pequeño prao, aprovisionado para un largo viaje y llevando una figura humana, para que se lo lleven las olas y el viento. Al tiempo de botarlo al agua, la gente grita: "Oh enfermedad, vete de aquí y no vuelvas. ¿Qué haces en este pobre país?" Tres días después de la ceremonia del lanzamiento, matan un puerco y parte de la carne es ofrendada a Dudilaa, que vive en el Sol. Uno de los hombres más ancianos dice: "Antiguo Señor, os imploro que sanéis a mis nietos, hijos, mujeres y hombres todos, para que puedan comer puerco y arroz y beber vino de palma. Yo mantendré mi promesa. Coma su parte y ponga sana a toda la gente del pueblo". Si el prao em­barranca en algún lugar habitado, la enfermedad aparecerá allí. Por eso, un prao encallado excita mucho la alarma entre la población ribereña e inmediatamente lo queman, porque los demonios huyen del fuego. En la isla de Buru, el prao que aleja a los demonios de la enfermedad es de unos seis metros de largo, aparejado con velas, remos, ancla y demás y bien abastecido de provisiones. Durante un día y una noche, el pueblo bate gongos y tambores y corren para asustar a los demonios. A la mañana siguiente, diez membrudos mozos pegan a la gente con ramas que previamente han sido sumergidas en agua de un artesón de barro. Tan pronto como lo hacen, corren a la playa, ponen las ramas a bordo del prao, desatracan otro prao con gran diligencia y con él remolcan la embarcación cargada de enfermedades al mar abierto; allí sueltan el remolque y uno de los tripulantes grita: "Abuelo Viruela, vete por ahí, vete voluntariamente, vete a visitar otro país; te hemos dado comida para el viaje y no tenemos más que darte". Cuando vuelven y atracan, toda la gente se baña junta en el mar. En esta ceremonia, la razón para gol­pear a la gente con las ramas es evidentemente limpiarlos de los "demo-

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nios-enfermedades" que suponen que así se transfieren a las ramas, y de ahí la prisa en depositar las ramas en el prao y en remolcarle hasta alta jnar. También en los distritos del interior de Ceram, cuando aparece la viruela o cualquier otra enfermedad, el sacerdote golpea todas las casas con ramas sagradas, que después son arrojadas al río para que vayan a parar al mar, exactamente como los votiakos rusos, que arrojan al río los palos usados para expulsar a los demonios del pueblo, a fin de que la corriente arrastre la funesta carga y se la lleve. El plan de poner muñe­cos en la barca representando a personas enfermas, con el designio de embaír a los demonios tras ellos, no es raro. Por ejemplo, la mayoría de las tribus paganas de la costa de Borneo tratan de alejar las enferme­dades epidémicas del modo siguiente. Tallan toscamente una o más figuras humanas del meollo de la palmera sagú y las colocan sobre una balsa, un bote o un prao malayo completamente aparejado, junto con arroz y otros alimentos. La embarcación es decorada con flores de la palma de areca, cintas y cuerdas hechas de sus hojas; así adornada, la pe­queña embarcación es puesta a flote para que vaya a la deriva al mar con la marea menguante, llevándose consigo las enfermedades, tal como la gente cree o desea.

Muchas veces el vehículo que se lleva a los demonios o males reu­nidos de una comunidad entera es un animal o víctima expiatoria. En las provincias centrales del Indostán, cuando el cólera invade un pueblo, todos se retiran a sus casas después de la puesta del sol. Los sacerdotes pasean entonces por las calles, recogiendo del techo de cada choza una paja que queman junto con una ofrenda de arroz, manteca líquida y cúrcuma en una capilla al oriente del poblado. En la misma dirección del humo, alejan pollitos de gallina embarrados de bermellón y creen que la enfermedad se alejará con ellos. Si no ocurre así, ensayan con cabras y al fin de todo con cerdos. Cuando el cólera aumenta su violencia entre los bhars, mallans y kurmis de la India, cogen una cabra o un búfalo, que en todo caso debe ser hembra y del color más obscuro posible, y atándole a la espalda una tela amarilla conteniendo algún grano, clavos de especia y almagre rojo, la sacan de la aldea. El animal es conducido más allá de la línea fronteriza y no se le permite volver. En ocasiones, marcan al búfalo con un pigmento rojo y lo guían a la aldea próxima, en donde él introduce la plaga.



Entre los dinkas, pueblo que se dedica al pastoreo por la región del Nilo Blanco, cada familia posee una vaca sagrada. Cuando el país está amenazado por la guerra, el hambre o cualquier otra calamidad pública, los jefes del pueblo requieren a una familia particular para que les entre­gue su vaca sagrada a fin de que sirva como víctima expiatoria. El animal es conducido por mujeres a la margen del río y pasado a la otra orilla, donde queda abandonado en el desierto y servirá de presa a las fieras. Después las mujeres vuelven en silencio y sin mirar hacia atrás; creen que si alguna echa una ojeada hacia atrás, la ceremonia no

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producirá efecto. En el año de 1857, cuando los indias aymara de Boli-via y Perú estaban padeciendo una epidemia, cargaron un llama negro con las ropas de la gente apestada, regaron con aguardiente las ropas y obligaron al animal a internarse en las montañas, esperando que la llama se llevaría la peste.

En ocasiones la víctima propiciatoria es una persona humana. Por ejemplo, de vez en cuando acostumbraban los dioses advertir al rey de Uganda que sus enemigos, los bunyoros, estaban haciendo magia contra él y su pueblo para hacerles morir de alguna enfermedad. Para evitar tal catástrofe, el rey enviaba unas víctimas propiciatorias a la frontera de Bunyoro, país del enemigo. Las víctimas propiciatorias consistían en un hombre y un muchacho o una mujer con su hijo, escogidos por alguna marca o defecto corporal que los dioses señalaban para que las víctimas pudieran ser reconocidas. Con las víctimas humanas enviaban una vaca, una cabra, una gallina y un perro, con una fuerte escolta hasta el país indicado por los dioses. Allí rompían las extremidades a las víctimas y las dejaban abandonadas para que murieran lentamente en el país ene­migo, por quedar demasiado mutiladas para arrastrarse y volver a Uganda. La enfermedad o peste había sido transferida así, según creían, a las víctimas, que la transmitían, transportándola con sus personas al país de donde primero salió.

Algunas de las tribus aborígenes de China, como protección contra la peste, eligen un hombre de gran fuerza muscular para que haga la parte de víctima propiciatoria. Después de embadurnarse la cara con pintura, ejecuta muchas cabriolas grotescas con la idea de instigar a todas las influencias nocivas y pestilenciales a que le ataquen sólo a él. Está ayudado por un sacerdote; finalmente la víctima propiciatoria, en­carnizadamente perseguida por hombres y mujeres que golpean gongos y tantanes, es expulsada con mucha diligencia de la ciudad o pueblo. En el Punjab, una cura para la comalia de los ganados es alquilar a un hombre de la casta chamar, ponerle de espaldas al pueblo, marcarle con una hoz calentada al rojo y dejarle marchar a la selva, llevando la enfermedad con él. No debe mirar hacia atrás.

3. expulsión periódica de demonios en un vehículo material

La expulsión mediata de los demonios por medio de una víctima ex­piatoria u otro vehículo material, como la expulsión directa de ellos en forma invisible, tiende a convertirse en periódica y por igual razón. Así, cada año, generalmente en marzo, los indígenas de Leti, Moa y Lakor, islas del archipiélago índico, echan todas sus enfermedades al mar. Hacen un prao de dos metros de eslora, lo aparejan con velas, remos, timón y demás útiles y todas las familias depositan en la embar­cación arroz, frutas, una gallina, dos huevos, insectos destructores de los campos y demás. Después lo dejan a la deriva hacia el mar diciendo:

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"Largo de aquí toda clase de dolencias, vayanse a otras islas, a otros países, extiéndanse en los lugares que caen hacia el Oriente, donde el sol se levanta". Los biajas de Borneo envían anualmente al mar una bar-quita cargada con todos los pecados y desgracias del pueblo. Los tripu­lantes de cualquier barco que encuentren en alta mar la barquita fatídica sufrirán todas las desgracias acumuladas en ella. Igual costumbre tienen anualmente los dusuns del distrito Tuaran de Borneo Británico. La ceremonia es la más importante del año. Se proponen con ella traer buena suerte al pueblo durante el año que comienza, expulsando solem­nemente a todos los malos espíritus que puedan haberse reunido dentro y fuera de las casas en los doce meses pasados. La tarea de derrotar y expulsar a los demonios recae en su mayor parte sobre las mujeres. Ves­tidas con sus mejores ornamentos, van en procesión por la aldea; una de ellas transporta un cochinillo de cría en una cesta, a hombros, y todas llevan varitas con las que pegarán al cerdito en el momento oportuno; sus gruñidos ayudan a atraer a los espíritus erráticos. Las mujeres bailan y cantan en cada casa, sonando castañuelas o címbalos de bronce o cas­cabeleando pequeñas campanitas o cascabeles de latón con ambas manos. Cuando el acto se ha llevado a cabo en todas las casas del pueblo, la procesión desfila hacia el río y todos los espíritus malignos que las actuantes expulsaron de las casas las siguen hasta el borde del agua. Allí hay una balsa hecha con rapidez y atracada en la orilla: contiene ofrendas de comida, ropas, pucheros para cocinar y espadas. La cubierta está llena de figuras de hombres y mujeres, animales y aves, todo hecho con hojas de palmera sagú. Ahora los espíritus perversos embarcan en la balsa, y cuando todos están a bordo, las mujeres impulsan la balsa y dejan que se vaya flotando río abajo, llevándose los demonios en ella. Pudiera la balsa embarrancar cerca de la aldea, pero entonces la botan con la mayor celeridad posible por temor de que los pasajeros invisibles aprovecharan la oportunidad para desembarcar y volver a la aldea. Finalmente, el suplicio del cerdito, cuyos gruñidos sirven para atraer a los demonios desde sus escondrijos, termina; le matan y arrojan los restos al río.

Todos los años, al comienzo de la estación seca, los isleños de Nicobar acarrean un modelo de barco por los poblados. Ahuyentan a los demonios de las chozas y estos demonios se embarcan en el modelo que, al final del recorrido, es botado al agua, izada la vela y el viento se encarga de alejarle en el mar. La ceremonia ha sido descrita por un catequista que la presenció en Car Nicobar en julio de 1897. Durante tres días estuvo la gente atareada preparando dos grandes flotadores de forma parecida a canoas, aparejados con velas y cargados de unas hojas especiales que tienen la valiosa propiedad de expulsar a los demonios. Mientras la gente moza estaba así afanada, los exorcistas y personas ma­yores se sentaban en una casa cantando por turno, pero frecuentemente salían, caminaban hasta la playa armados con varas y prohibían solem­nemente al demonio entrar en el pueblo. El cuarto día de la solemnidad
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