Sir james george frazer la rama dorada



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Los negros de Guinea destierran anualmente al diablo de todas sus ciudades con gran ceremonia y en un momento señalado al efecto. En Axim, en la Costa de Oro, esta expulsión anual es precedida por una fiesta que dura ocho días, durante los cuales se les permite conducirse con gran alegría, regocijo, brincos, bailoteos, cantos "y una absoluta li­bertad de sátira, con lo que el escándalo sube a tan alto grado que pue­den proclamar impunemente todas las faltas, villanías y fraudes tanto de sus superiores como de sus inferiores, sin el menor castigo ni la mas pequeña interrupción". Al octavo día persiguen al diablo con lúgubres alaridos, corriendo tras él y arrojándole una lluvia de palos, piedras y todo lo que tengan a mano. Cuando por fin le han arrojado lejos de la ciudad, regresan. De este modo es expulsado el diablo en más de cien ciudades al mismo tiempo, y para asegurar que no pueda volver a- las casas, las mujeres lavan y friegan todas sus vasijas de barro y madera, "para librarlas de toda impureza y del demonio".

En Cabo Castillo, Costa de Oro, la ceremonia fue presenciada el 9 de octubre de 1844 por un viajero inglés que la describe como sigue: "Anoche tuvo lugar la costumbre anual de expulsar de la ciudad al es­píritu malo Abonsam. Tan pronto como el cañonazo del fuerte señaló las ocho de la noche, la gente comenzó a disparar los mosquetes en sus casas, sacando todos los enseres fuera de las puertas, golpeando los rin­cones de las habitaciones con estacas, etc., y gritando tan fuerte como podían para amedrentar a Abonsam. Después de echarle de las casas, según ellos imaginan, salieron a las calles donde tiraron en todas direc­ciones antorchas encendidas, gritando, aullando, golpeando palos unos con otros, repiqueteando sobre cacerolas viejas, etc., haciendo el ruido más horrible para echar al diablo de la ciudad al mar. Esta costumbre va precedida de cuatro semanas de un silencio de muerte; no se permite disparar un tiro, ni batir un tambor, ni discusiones entre las personas. Durante esas semanas, si dos indígenas tuvieran un altercado en la ciu-

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dad serían inmediatamente detenidos y llevados ante el rey, que les multaría fuertemente. Si un perro o cerdo, oveja o cabra, se encuentra suelto en la calle, cualquiera puede matarlo o llevárselo, sin que se per­mita a su dueño reclamar compensación alguna. Este silencio tiene por objeto embaucar a Abonsam. que, confiándose, puede ser cogido de sorpresa y aterrorizado, haciéndole huir de la ciudad. Si alguna persona muere durante el silencio, no se permite a la familia que lo lamente hasta que hayan transcurrido las cuatro semanas".

Algunas veces la fecha de la expulsión anual de los demonios se fija en relación con las épocas agrícolas. Así. entre los hos del Togo, en el África Occidental, la expulsión tiene lugar anualmente antes de que el pueblo pruebe los nuevos ñames. Los jefes convocan a los sacer­dotes y magos y les dicen que el pueblo va a comer los ñames frescos y está contento, por lo que ellos deben purificar la ciudad y expulsar los demonios. En consecuencia, los espíritus malignos, las brujas y todos los males que infestan a la gente son conjurados para que se metan en unos manojos de hojas y bejucos atados a palos que sacan de la ciudad. y plantan en tierra en los distintos caminos fuera de ella. Durante la noche siguiente, no puede encenderse ningún fuego ni comerse nada. Al día siguiente, las mujeres limpian sus hogares y casas y depositan las barreduras en rotas bandejas de madera. Entonces la gente reza, dicien­do: "Vosotras todas, enfermedades que plagáis nuestros cuerpos: hemos venido hoy para echaros". En seguida corren tan ligeros como pueden con las bandejas en dirección al monte Adaklu, golpeándose en la boca y gritando: "¡Fuera hoy, fuera hoy! ¡El que mata a alguien, fuera hoy! ¡Vosotros, espíritus perversos, fuera hoy! ¡Y todo lo que causa nuestras preocupaciones, fuera hoy! Anlo y Adaklu son los sitios a donde han de marcharse todos los males". Cuando han llegado a un árbol especial del monte Adaklu, lo tiran todo y se vuelven a casa.

En Kiriwina, al sudeste de Nueva Guinea, cuando se habían reco­lectado los nuevos ñames, el pueblo lo festejaba y bailaba muchos días, y sobre un tablado levantado al efecto, dejaban a la vista una gran colección de artículos como brazaletes, monedas del país y cosas parecidas. Cuando terminaban las fiestas, todas las gentes del pueblo se reunían y juntas expulsaban a los espíritus de la aldea gritando, pegando con palos en los pilotes de las casas y volcando todo lo que en su opinión podía servir para esconder debajo a un espíritu astuto. La explicación que la gente dio a un misionero fue que ellos habían hospedado y festejado a los espíritus y les habían provisto de riquezas, por lo que ya era tiempo de que se marcharan. ¿No han visto ellos los bailes y oído las canciones, no se han saciado con las almas de los ñames y se han apropiado de las almas de las monedas y de todas las otras magníficas cosas ex­puestas en el tablado? ¿Qué más pueden desear los espíritus? Así que deben marcharse.



Entre los hos del nordeste de la India, el gran festival del año es el

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"hogar de la cosecha" que tienen en enero, cuando los graneros están llenos de semillas y las gentes, para usar su propia expresión, repletas de diabluras. "Tienen la rara idea de que, en este período, hombres y mujeres están sobrecargados de tendencias viciosas y que es absoluta­mente necesario, para la seguridad personal, descargar su presión, permi­tiendo por algún tiempo que desfoguen sus pasiones". Las ceremonias principian sacrificando al dios de la aldea tres aves: un gallo y dos ga­llinas; una de éstas deberá ser negra. Junto con ellas ofrecen flores del árbol palas (Burea frondosa), pan hecho con harina de arroz y semillas de sésamo. Estas ofrendas son presentadas por el sacerdote del pueblo, que reza para que en el año que empieza ellos y sus hijos estén preser­vados de toda desgracia o enfermedad y tengan lluvias oportunas y bue­nas cosechas. También se dicen oraciones en algunos lugares por las almas de los difuntos. Suponen que un maligno espíritu infesta el lugar y, para librarse de él, hombres, mujeres y niños van en procesión alrede­dor y por todas partes del pueblo empuñando palos como si ojeasen una pieza de caza, cantando un son salvaje y gritando estentóreamente hasta estar seguros de que el maligno espíritu ha huido. Después se dan un festín y beben cerveza de arroz hasta caer en el estado propio para el libertinaje subsiguiente. El festival "se convierte ahora en una saturna-lia, en la que los sirvientes olvidan sus deberes para con sus amos, los niños su respeto a los padres, los hombres su respeto a las mujeres y las mujeres toda idea de pudor, delicadeza y dulzura; se convierten en desenfrenadas bacantes". Por lo general, los hos son tranquilos y reser­vados en sus maneras, decentes y correctos con las mujeres, pero du­rante el festival "su naturaleza parece sufrir un cambio temporal; hijos e hijas ultrajan a sus padres con lenguaje grosero y los padres a su prole; hombres y mujeres vienen a ser en su mayor parte como animales en la entrega a sus tendencias amorosas". Los mundaris, afines de raza y vecinos de los hos, tienen un festival muy semejante. "El parecido a una saturnalia es casi completo, ya que en este festival los mozos de labor son festejados por su amos y se les permite extrema libertad en el ha­blar cuando se dirigen a ellos. Éste es el festival de la recolección ca­sera, la terminación de un año de afanes y un ligero alivio en ellos antes de comenzar otra vez".

Entre algunas tribus del Kuch indostánico, como entre los hos, la expulsión de los demonios tiene lugar después de la recolección. Cuando ha sido recogida la última cosecha de otoño, se piensa que es necesario expulsar de los graneros a los espíritus malignos. Comen una especie de gachas y el cabeza de familia coge el mosquete y dispara contra el piso. Después sale a la calle y se dedica a cargar y disparar hasta que el cuerno de la pólvora está exhausto, mientras todos sus vecinos están del mismo modo atareados. El día siguiente se gasta en regocijos. En Chitral este festival se llama "echar al diablo". Por el contrario, los khondos de la India expulsan los diablos en tiempo de sementera y no en el de reco-

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lección. En ese tiempo, dan culto a Pitteri Pennu, el dios del aumento y la ganancia en todas sus formas. El primer día del festival construyen un carromato con un cesto sobre unos palos atados sobre discos de bam­búes a modo de ruedas. El sacerdote conduce este carro, primero, a la casa del jefe hereditario de la tribu, a quien se da la prioridad en todas las ceremonias relacionadas con la agricultura. Allí recibe un poco de cada clase de semillas y algunas plumas; después, lleva el carro por todas las casas del pueblo, cada una de las cuales contribuye con las mismas cosas y, por último, va con el carro a un campo fuera del pueblo, acom­pañado por todos los hombres jóvenes, que se azotan unos a otros y golpean el aire violentamente con varas muy largas. Las semillas así acarreadas se llaman la parte "de los espíritus malignos destructores de la semilla", a quienes "se cree han salido con el carro y cuando éste y su contenido son abandonados a ellos, ya no tienen excusa alguna para ingerirse el resto del grano".

Los habitantes de Bali, isla al este de Java, tienen expulsiones pe­riódicas de diablos en gran escala. Generalmente el momento escogido para la expulsión es el día de la "luna obscura", en el noveno mes. Cuando llevan mucho tiempo sin molestar a los demonios, se dice que el país está "caliente", y el sacerdote decide ordenar su expulsión por la fuerza, temiendo que todo Bali llegue a hacerse inhabitable. En el día señalado, el pueblo de la aldea o del distrito se congrega en el templo principal. Allí, en una encrucijada, colocan ofrendas para los demonios. Después de las oraciones recitadas por los sacerdotes, el sonido de un cuerno convoca a los demonios a participar de la comida que se ha pre­parado para ellos. Al mismo tiempo, un número de hombres marchan adelante y encienden sus antorchas en la lámpara santa que arde ante el gran sacerdote. Inmediatamente, y seguidos por todos los circunstan­tes, se esparcen en todas direcciones, marchando por las calles y gri­tando: "¡Marchad! ¡Largo!". Cuando pasan gritando, la gente que se ha quedado en las casas se apresura a hacer un ruido ensordecedor con los golpazos que dan sobre las puertas, vigas, molinillos del arroz y de­más, para participar en la expulsión de los diablos. Así hostigados en las casas y calles, los espíritus vuelan al banquete que se ha servido para ellos, pero allí los recibe el sacerdote con exorcismos que acaban expul­sándoles del distrito. Cuando el último diablo ha tomado la soleta, su­cede al tumulto un silencio de muerte que todavía dura hasta otro día. Piensan que los demonios están deseosos de volver a sus antiguas casas y con la idea de hacerles pensar que Bali no es Bali, sino una isla desierta, nadie puede moverse de su casa durante veinticuatro horas. Hasta los ordinarios trabajos caseros, inclusive el cocinar, están en sus­penso; sólo los vigilantes pueden andar por la calle. Cuelgan en todas las entradas del pueblo guirnaldas de espinos y hojas, para impedir la en­trada a los forasteros. Hasta el tercer día no se levanta el estado de sitio y aun entonces está prohibido trabajar en los arrozales o comprar y vender



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en el mercado. La mayoría del pueblo queda en su domicilio entrete­niendo el tiempo con naipes y dados.

En Tonquín tiene lugar corrientemente una vez al año un thecky-daw o expulsión general de los espíritus malévolos, especialmente si hay una gran mortandad entre los hombres, elefantes o caballos de las cua­dras del general o en el ganado del país, "cuya causa se atribuye a los espíritus malévolos de los hombres que fueron condenados a muerte por traición, rebelión y conspiración para matar al rey, los generales o los príncipes y que en venganza del castigo que sufrieron están dispuestos a destruir todo lo que pueden y a cometer violencias horribles. Para evitarlo, su superstición les ha sugerido la institución de este theckydaw como el medio más apropiado para alejar al demonio y purgar el país de los espíritus diabólicos". El día señalado para la ceremonia era ge­neralmente el 25 de febrero, un mes después de comenzar el año nuevo, que caía el 25 de enero. El mes intermedio era una época de fiestas, diversiones de toda clase y orgía general. Durante el mes entero el Gran Sello quedaba guardado en una caja cerrada y puesta boca abajo, y la lev estaba, como si dijéramos, durmiendo. Todos los tribunales de ¡ustitia se cerraban: los deudores no podían ser detenidos; pequeñas fal­tas, como hurtos, riñas y atracos, quedaban impunes; sólo la traición y el homicidio se tenían en cuenta y los malhechores eran detenidos hasta que el Gran Sello volvía otra vez a entrar en funciones. Al final de la saturnalia, los espíritus perversos eran expulsados. Grandes formaciones de tropas con artillería eran alineadas con sus banderines y todas las galas bélicas; "el general comienza entonces a presentar las ofrendas de carne a los demonios criminales y a los espíritus malévolos (pues es usual y se acostumbra del mismo modo, entre ellos, dar un festín al condenado antes de su ejecución), invitándoles a comer y beber y poco después les acusa en un lenguaje extraño pleno de metáforas y figuras retóricas, etc., de muchas ofensas y crímenes cometidos por ellos, como haber intran­quilizado al país, matado sus elefantes y caballos, etc., por todo lo cual merecen justamente ser castigados y desterrados. Entonces disparan como última señal tres grandes cañones, a lo que se añaden las descargas de toda la artillería y fusiles, para que con tan terrible estruendo sean expulsados los demonios; y ellos eran tan ciegos que creían ponerlos en fuga real y efectivamente".

En Camboya, la expulsión de los espíritus perversos tenía lugar en marzo. Reunían y traían a la capital pedazos de estatuas rotas y piedras, consideradas como escondrijos de los demonios. En la capital juntaban el mayor número posible de elefantes. Al anochecer, con luna llena, hacían descargas de fusilería y los elefantes daban una carga furiosa para poner a los demonios en huida. La ceremonia se verificaba tres días consecutivos. En Siam, la expulsión de los demonios era llevada anual­mente a efecto el último día del año. Un disparo que salía de palacio era la señal, a la que contestaba otro disparo desde el puesto de guardiaEXPULSIÓN PERIÓDICA DE LOS DEMONIOS 631

más próximo, y así, de puesto en puesto, llegaban los disparos hasta la puerta exterior de la ciudad. De esta forma se expulsaba a los demonios paso a paso. Inmediatamente de hacer esto, tendían una cuerda sagrada alrededor de la muralla que abarcaba la ciudad, para impedir que los demonios proscritos regresaran. La cuerda estaba hecha de grama espesa y pintada alternativamente de bandas rojas, amarillas y azules.

Expulsiones anuales de demonios, brujas e influjos malignos parecen haber sido corrientes entre los paganos de Europa, a juzgar por los ves­tigios de esas costumbres entre sus descendientes actuales. Así, entre los paganos votiakos, pueblo finés de la Rusia oriental, se reúnen todas las niñas del pueblo el último día del año o el día de Año Nuevo, armadas con palos cuyas puntas tienen nueve hendiduras. Con estas armas gol­pean todos los rincones de la casa y del corral, diciendo: "Estamos echando del pueblo a Satanás". Después, arrojan los palos al río, más abajo de la aldea, y como van flotando en la corriente, Satanás va con ellos hasta la próxima aldea, de la que a su vez será expulsado también. En algunos pueblos la expulsión se hace de distinto modo. Los solte­ros reciben de cada casa del pueblo sémola, carne y aguardiente. Con lo reunido, marchan a las afueras, encienden una hoguera bajo un abeto, cuecen la sémola y se comen lo que trajeron, después de pronunciar las palabras: "¡Márchense a la estepa, no entren en la casa!" Después vuelven al pueblo y entran en todas las casas donde haya mujeres jóvenes a las que agarran y arrojan a la nieve, diciendo: "Que los espíritus de las enfermedades te abandonen". Los restos de la sémola y de los de­más alimentos se distribuyen más tarde por todas las casas en proporción a lo que contribuyeron, y cada familia consume su parte. Según otra costumbre votiaka del distrito de Malmyz, los mozos arrojan a la nieve a todo el que encuentran en las casas y a esto lo llaman "echar a Satán", y además tiran al fuego algo de la sémola cocida con las palabras: "¡Oh Dios! No nos aflijas con enfermedades ni pestes y no nos entregues como presa a los espíritus del bosque". Pero la forma más antigua de ceremonia es la que verifican los votiakos de Kazan. Ante todo ofrecen un sacrificio al Diablo a mediodía. A continuación todos los hombres se reúnen a caballo en el centro del pueblo y deciden por qué casa van a empezar. Cuando esta cuestión, que a veces da origen a disputas muy enconadas, queda resucita, apersogan los caballos a la palizada y se arman con láti­gos, garrotes de madera de limero y manojos de ramitas encendidas. Se cree que a estas ramitas les tiene Satán el mayor terror. Así armados, entre gritos horripilantes proceden a golpear en todos los rincones de la casa y el patio, y después cierran la puerta y escupen al expulsado demonio. Así van procediendo de casa en casa, hasta que el Diablo ha sido arrojado de todas ellas. Entonces montan en sus caballos y se marchan corriendo del pueblo, gritando salvajemente y blandiendo sus garrotes en todas direcciones. Ya en las afueras, tiran los garrotes y escupen una vez más al Diablo. Los cheremiss, otro pueblo finés de la Ru-

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sia oriental, cazan a Satanás en sus moradas golpeando las paredes con po­rras de limero. Para ello disparan sus fusiles, apuñalan el suelo con sus cuchillos y meten en las hendiduras astillas ardiendo. También saltan sobre las hogueras, sacudiendo sus vestidos cuando están entre las llamas, y en algunos distritos soplan en grandes trompetas de corteza de limero (tilo) para ahuyentarle. Cuando ha huido al bosque, apedrean los árboles con tortas de queso y huevos del festín.

En la cristiana Europa, la vieja costumbre pagana de expulsar los poderes del mal en ciertas épocas del año ha sobrevivido hasta los tiem-por modernos, Así, en algunos pueblos de Calabria se inaugura el mes de marzo con la expulsión de las brujas. Tiene lugar de noche, al tañido de las campanas de la iglesia, y las gente corre por las calles gritando: "Marzo ha llegado". Aseguran que las brujas vaguean en marzo y la ceremonia se repite todos los viernes del mes, al anochecer. Con fre­cuencia, como ya hemos anticipado, el antiguo rito pagano ha sido agregado a las fiestas de la Iglesia. En Albania, el Sábado Santo la gente moza enciende antorchas de tea y caminan en procesión por todo el pueblo esgrimiéndolas. Al final, las arrojan al río gritando: "¡Eli, Koré, nosotros fe arrojamos al río como estas antorchas, para que no puedas volver nunca!" Los campesinos silesianos creen que en el Viernes Santo las brujas recorren sus rondas y tienen gran poderío para hacer diabluras. Por esto, cerca de Oels, junto a Strehlitz, la gente se arma en ese día con escobas viejas y expulsa a las brujas de casa en casa, de los corrales y patios, establos y tenadas, haciendo un gran alboroto y golpeándolo todo.

En la Europa central, el tiempo favorito para expulsar a las brujas es o era la Noche de Walpurgis,1 la víspera del "día mayo", cuando los funestos poderes de estos seres maléficos se suponen en su apogeo. En el Tirol, por ejemplo, como en otros lugares, la expulsión de los poderes del mal en esta estación del año lleva el nombre de "quemar las brujas". Tiene lugar el día 19 de mayo, pero la gente está atareada con los pre­parativos varios días antes. Un jueves a medianoche atan unos haces de astillas de teas, abeto moteado de rojo y negro, tártagos, romero y ra-mitas de endrino, que se guardan para quemarlos el día 19 de mayo por hombres y mujeres que deben haber recibido previamente la absolución plenaria de la Iglesia. En los tres últimos días de abril limpian todas las' casas y las fumigan con bayas de enebro y ruda. El día 19 de mayo, cuando suena la campana al Ángelus y el crepúsculo está muriendo, co­mienza la ceremonia de "quemar las brujas". Hombres y muchachos forman una baraúnda con látigos, campanas, cacharros y calderos: las

1 Walpurgis o Walburga, santa inglesa que ayudó a su tío San Bonifacio a con­vertir los alemanes al cristianismo; murió de abadesa en Heidenheim (año 777). La noche del sábado, que pasó por arte milagrosa del diablo en el pico Brocken de las montañas de Harz con las brujas y Satán, es el modelo clásico de los aquelarres. El cuerpo de la santa se conserva en Eichstadt en una roca de la cual fluye un aceite de propiedades milagrosas.

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