Sir james george frazer la rama dorada



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un pedazo de su manto, que había recogido en su casa. En Prusia se dice que si no se puede capturar a un ladrón, lo mejor que puede hacerse es conseguir alguna prenda de ropa que haya dejado caer en su huida; si se sacude enérgicamente la prenda, el ladrón caerá enfermo. Esta creen­cia está firmemente arraigada en la mente popular. Hace ochenta o no­venta años, en las cercanías de Berend descubrieron a uno que inten­taba robar miel y que huyó dejando abandonada la chaqueta. Cuando oyó que el rabioso propietario de la miel estaba apaleando la chaqueta, se asustó tanto que se metió en la cama y murió.

La magia puede ser proyectada además sobre un hombre simpatéti-camente, no sólo por intermedio de sus ropas o partes separadas de su propio cuerpo, sino también por medio de las impresiones o huellas dejadas por el mismo en la arena o en la tierra. En particular, es una superstición muy extendida la de que dañando la huella dejada por los pies, se dañará al pie que la hizo. Así, los nativos del sureste australiano piensan que pueden enojar a una persona colocando trozos cortantes de cuarzo, hueso, vidrio o carbón sobre sus huellas. Con frecuencia atri­buyen a esta causa los dolores reumáticos. Viendo el Dr. Howitt a un hombre tlatungolung muy cojo, le preguntó qué le acontecía y éste le contestó: "Alguno ha puesto botella en mi pie". Estaba sufriendo de reumatismo, pero creía que algún enemigo había encontrado su rastro y enterrado en él un casco de botella cuya influencia mágica se había metido en su pie.

Prácticas similares prevalecen en diversos lugares de Europa. Así, en Mecklenburgo, si se introduce un clavo en una pisada, quedará cojo el que la hizo; en ocasiones se requiere que el clavo haya sido cogido de un féretro. Se recurre a parecida manera de dañar a un enemigo en algunos lugares de Francia. Se dice que hubo una anciana que acostum­braba frecuentar Stow en Suffolk, y que era bruja; si mientras ella pasea­ba, alguien iba tras ella e hincaba un clavo o un cuchillo en una de las huellas que dejaba en el polvo, la mujer se quedaba sin poder dar un paso hasta que lo sacaban. Entre los eslavos meridionales, la muchacha enamorada hace un hoyo en una de las improntas dejadas por el pie del hombre que ama y coloca en un tiesto la tierra que saca; después planta en el tiesto una caléndula, cuya flor creen no se marchita. Y si sus dorados capullos se abren, florecen y no se marchitan, el amor de su novio crecerá y florecerá del mismo modo y jamás se marchitará. Así, el conjuro de amor actúa sobre el hombre por intermedio de la tierra que él holló. Una antigua costumbre danesa de cerrar tratos se basaba en la misma idea de la simpatética conexión entre una persona y sus pisadas impresas; cada uno de los contratantes salpicaba las huellas de otro con su propia sangre, dando así prenda de su lealtad. Supersticio­nes de la misma clase creemos que eran corrientes en la antigua Grecia, pues se pensaba que si un caballo pisaba sobre la pista de un lobo, aquél se sobrecogía todo aterido, y una máxima que se atribuye a Pitágoras



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prohibe al pueblo hincar un clavo o cuchillo en las improntas de los
pies de una persona. ,

La misma superstición la aprovechan los cazadores en muchas partes del mundo para atrapar la pieza. Así, un montero alemán clavara un clavo cogido de un féretro en la huella fresca del rastro, creyendo que esto impedirá escapar al animal. Los aborígenes de Victoria colocaban ascuas encendidas en las pistas de los animales que perseguían. Los ca­zadores hotentotes tiran al aire un puñado de arena tomada de las pisadas que dejó la caza, creyendo que esto atraerá al animal para ser cazado. Los indios thompson solían dejar amuletos sobre el rastro del ciervo herido; hecho esto, consideraban superfino seguir persiguiendo al animal ese día, pues hallándose hechizado, no podrá ir muy lejos y pronto morirá.

Así, también los indios ojebway colocaban "medicina" en la pista del primer oso o ciervo que encontraban, suponiendo que se sentiría atraído por ella hasta dejarse ver, aunque se hubiera alejado dos o tres jornadas, pues esta hechicería tenía poder para reducir varios días de marcha a unas pocas horas. Los cazadores ewe del África Occidental hincan en las huellas de la pieza que cazan un palo aguzado con el designio de manquear la caza y poder hacerse de ella. Aunque las huellas de los pies no son las únicas impresiones hechas por el cuerpo a cuyo través puede obrar la magia sobre una persona, son las más claras. Los abo­rígenes del sureste de Australia creen que un hombre puede ser herido enterrando fragmentos de cuarzo, vidrio y otras cosas así en la huella que dejó su cuerpo acostado; la mágica virtud de estas cosas aguzadas penetra en su cuerpo y ocasiona dolores agudos que los ignorantes euro­peos achacan al reumatismo. Ahora podemos entender nosotros por qué fue una máxima de los pitagóricos que al levantarse del lecho se debe borrar la impresión que deja el cuerpo en las ropas de la cama. La regla era una precaución antigua contra la magia y formaba parte de un código completo de máximas supersticiones que la Antigüedad atribuyó a Pitágoras, aunque indudablemente eran familiares a los bárbaros ante­pasados de los griegos mucho tiempo antes de la época del filósofo.



4. El. PROGRESO DEL MAGO

Hemos terminado nuestro examen de los principios generales de la magia simpatética. Los ejemplos con que lo hemos ilustrado proce­den en su mayor parte de lo que podríamos llamar magia privada, es decir, de los ritos mágicos practicados en beneficio o daño de los hom­bres. Pero en la sociedad salvaje hay también lo que podemos denominar magia pública, esto es, la hechicería practicada en beneficio de la socie­dad en conjunto. Siempre que las ceremonias de esta clase se observen para el bien común, es claro que el hechicero deja de ser meramente un practicón privado y en cierto modo se convierte en funcionario público. El desenvolvimiento de tal clase de funcionarios es de gran importancia

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para la evolución, tanto política como religiosa, de la sociedad. Cuando el bienestar de la tribu se supone que depende de la ejecución de estos ritos mágicos, el hechicero o mago se eleva a una posición de mucha influencia y reputación, y en realidad puede adquirir el rango y la auto­ridad propios del jefe o del rey. La profesión congruentemente atrae a sus filas a algunos de los hombres más hábiles y ambiciosos de la tribu, porque les abre tal perspectiva de honores, riqueza y poder como difí­cilmente pueda ofrecerla cualquier otra ocupación. Los perspicaces se dan cuenta del modo tan fácil de embaucar a los simplones cofrades y manejan la superstición en ventaja propia. No es que el hechicero sea siempre un impostor y un bribón; con frecuencia está sinceramente con­vencido de que en realidad posee los maravillosos poderes que le ads­cribe la credulidad de sus compañeros. Pero cuanto más sagaz sea, más fácilmente percibirá las falacias que impone a los tontos. De esta ma­nera, los más habilidosos miembros de la profesión tienden a convertirse en impostores más o menos conscientes, y es lógico que estos hom­bres, en virtud de su habilidad superior, lleguen a ocupar la cúspide y a conquistar para ellos mismos las posiciones de mayor dignidad y autoridad más imperiosa. Las trampas tendidas al paso del brujo profesional son múltiples y como regla solamente el hombre de cabeza fría y aguda astucia conseguirá guiarse en su camino con seguridad. Por esto, ten­dremos siempre presente que cada una de las declaraciones y pretensio­nes que el hechicero anuncia son, como tales, falsas: ninguna de ellas puede sostenerse sin impostura consciente o inconsciente. Por consi­guiente, el brujo que cree sinceramente en sus extravagantes pretensiones está en mucho mayor peligro que el deliberado impostor y es mucho más probable que su carrera se frustre. El hechicero honrado confía siem­pre en que sus conjuros y sortilegios produzcan los efectos esperados y cuando fallan, no sólo realmente, como sucede siempre, sino llamativa y desastrosamente como ocurre con frecuencia, queda anonadado; él no está preparado para explicar satisfactoriamente su fracaso, como lo está su colega impostor, y antes de que logre hacerlo es posible que caiga la culpa sobre su cabeza por obra de sus defraudados y coléricos clientes.

El resultado general es que en este grado de evolución social, el poder supremo tiende a caer en las manos de los hombres de inteligen­cia más perspicaz y de carácter menos escrupuloso. Si pudiéramos so­pesar el daño que hacen con su bellaquería y el beneficio que confieren con su superior sagacidad, es posible que encontrásemos que lo bueno sobrepasa con mucho a lo malo, pues más desgracias han sobrevenido al mundo seguramente por obra de los tontos honestos y encumbrados en los altos puestos que por los bribones inteligentes. Una vez que el astuto trapacero ha colmado su ambición y no tiene más perspectivas egoístas que conseguir, puede poner al servicio público su talento, su experiencia y sus recursos, lo que frecuentemente hace. Muchos hombres poco o nada escrupulosos en la adquisición del poder, han sido los más bené-

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ficos en su uso, cualquiera que fuese el poder ambicionado, riqueza o autoridad política. En el campo de la política, el intrigante astuto, el victorioso despiadado, pudo terminar siendo gobernante sabio y magná­nimo, bendecido en vida, llorado en muerte y admirado y aplaudido por la posteridad. Hombres así, citando dos de los más conspicuos ejemplos, fueron Julio César y Augusto. Pero un tonto es siempre un tonto y cuanto mayores sean sus facultades, tanto más desastroso será el uso que haga de ellas. La mayor calamidad de la historia inglesa, la ruptura con Norteamérica, podría no haber sucedido si Jorge III no hubiese sido un lerdo honrado.



De este modo, y en la medida en que la profesión pública de mago influyó sobre la constitución de la sociedad salvaje, tendió a entregar las riendas de los negocios públicos en manos del hombre más hábil y tras­ladó el poder de muchos a uno solo, substituyendo por la monarquía una gerontocracia, o mejor aún una oligarquía de ancianos, pues en general la sociedad salvaje no es gobernada por el conjunto de las per­sonas adultas (democracia), sino por el consejo de los mayores. El cambio, cualesquiera que fueran las causas que lo produjesen y la natu­raleza de los primitivos gobernantes, resultó en conjunto muy benefi­cioso. El nacimiento de la monarquía parece haber sido una condición esencial al emerger la humanidad del salvajismo. Ningún ser humano está tan subyugado por las costumbres y tradiciones como el salvaje: consecuentemente, en ningún estado social es su progreso tan lento y dificultoso. La vieja idea de ser el salvaje el más libre de los humanos es contraria a la verdad. Es un esclavo, y no de un amo visible, sino del pasado, de los espíritus de sus antecesores muertos, que rondan sus pasos desde que nace hasta que muere y le gobiernan con cetro de hie­rro. Lo que ellos hicieron es la fuente del derecho, la ley no escrita, a la que se debe una ciega e indiscutida obediencia. El campo de acción que se ofrece al talento superior para cambiar las antiguas costumbres por otras mejores es muy reducido; el hombre más capaz es arrastrado por los más ignorantes y torpes, que necesariamente dan la norma, pues­to que no pueden alzarse y él sí puede caer. La superficie de tal socie­dad presenta un inerte nivel uniforme, en tanto que es humanamente posible reducir las desigualdades humanas, las inconmensurables diferen­cias innatas y reales de capacidad y temperamento, a una apariencia falsa de igualdad. De esta condición baja y estancada de la sociedad, que los demagogos y soñadores de tiempos posteriores proclamaron como estado ideal —la edad de oro de la humanidad—, todo lo que ayudara a elevarse a la sociedad," abriendo camino al talento y proporcionando grados de autoridad a la capacidad natural de los hombres, merece ser bien recibido por quienes tienen el bien general como norte de sus acciones. Cuando estas influencias elevadas han comenzado a operar y no pueden ser suprimidas radicalmente, el progreso de la civilización se hace relativamente rápido. Hasta las extravagancias y caprichos de un tirano podían servir para romper la cadena de costumbres que ataba

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tan pesadamente al salvaje. Y tan pronto como la tribu dejaba de ser regida por los tímidos y divididos consejos de los ancianos y obedecía a la dirección de una sola cabeza fuerte y decidida, se hacía formidable para sus vecinos e ingresaba en el camino del engrandecimiento, que en las tempranas edades de la historia es con frecuencia favorable al progreso social, industrial e intelectual. Extendiendo su poderío, parte por la fuerza de las armas y parte por la sumisión voluntaria de las tribus más débiles, la sociedad adquiría pronto riquezas y esclavos, y ambas cosas relevaban a ciertas clases de la lucha perpetua con la indigencia, que aprovechaban para dedicarse a la prosecución desinteresada de la sabiduría, que es el más noble y más poderoso instrumento del mejora­miento del destino humano.

Los progresos intelectuales que se revelan en el crecimiento del arte y la ciencia y el desarrollo de perspectivas más liberales no podían diso­ciarse de los progresos económicos o industriales, los que a su vez recibían un impulso inmenso de las conquistas y el imperio. Si nos remontamos a las fuentes de la historia, vemos que no es accidental que los primeros grandes saltos hacia la civilización fueron dados algunas veces bajo go­biernos despóticos y teocráticos, como los de Egipto, Babilonia y Perú, donde el jefe supremo reclamaba y recibía la servil obediencia de sus súbditos en su doble carácter de rey y dios. No es demasiado decir que en este primitivo período, los gobiernos autocríticos ayudaron a la humanidad y, paradójicamente, a la libertad.

Así pues, la profesión pública de la magia, en lo que haya tenido de procedimiento por el que los hombres más capaces han llegado al poder supremo, ha contribuido a emancipar a los humanos de la esclavitud de la tradición, elevándolos a una vida de mayor libertad y dándoles una visión más amplia del mundo. No es éste un pequeño servicio a la hu­manidad. Y cuando, además, recordamos que en otro sentido la magia ha despejado el camino a la ciencia, fuerza es admitir que si la magia ha hecho mucho daño, también ha sido fuente de mucho bien y que, si es hija de un error, ha sido la madre de la libertad y de la verdad.

CAPITULO IV

MAGIA Y RELIGIÓN

Los ejemplos reunidos en el capítulo anterior son suficientes para ilus­trar los principios generales de la magia simpatética en sus dos ramas, a las que hemos dado los nombres de homeopática y contaminante o contagiosa. En algunos casos de magia presentados, hemos visto que se supone la actuación de los espíritus y que se intenta atraer su favor con oraciones y sacrificios. Pero estos casos son, en conjunto, excepcionales: muestran la magia teñida y amalgamada con la religión. Siempre que se manifiesta la magia simpatética en su forma pura, sin adulterar, se da por

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sentado que, en la naturaleza, un hecho sigue a otro necesaria e inva­riablemente, sin la intervención de ningún agente espiritual o personal. De este modo, su concepto fundamental es idéntico al de la ciencia mo­derna; el sistema entero se entiende como una creencia implícita, pero real y firme, en el orden y uniformidad de la naturaleza. El mago no duda de que las mismas causas producirán siempre los mismos efectos, ni de que a la ejecución de las ceremonias debidas, acompañadas de los conjuros apropiados, sucederán inevitablemente los resultados deseados, a menos que sus encantamientos sean desbaratados y contrarrestados por los conjuros más potentes de otro hechicero. Él no ruega a ningún alto poder; no demanda el favor del veleidoso y vacilante ser; no se humilla ante ninguna deidad terrible. Ni a su propio poder, grande como lo cree, lo supone arbitrario ni ilimitado. Sólo podrá manejarlo mientras se atenga estrictamente a las reglas de su arte, a lo que pudiéramos lla­mar leyes de la naturaleza, tal como él las concibe. Descuidar estas reglas o cometer la más pequeña infracción de ellas es incurrir en el fracaso e incluso exponerse el inexperto practicón a los peligros más extremos. Si reclama una soberanía sobre la naturaleza, es una soberanía constitucional, rigurosamente limitada en su alcance y ejercida en con­formidad exacta con la experiencia. Así, vemos que es estrecha la analogía entre las concepciones mágicas y científicas del universo. En ambas, la sucesión de acaecimientos se supone que es perfectamente regular y cierta, estando determinadas por leyes inmutables, cuya actuación puede ser prevista y calculada con precisión; los elementos de capricho, azar y accidente son proscritos del curso natural. Ante ambas, se abre una visión, aparentemente ilimitada, de posibilidades para los que conocen las causas de las cosas y pueden manejar los resortes secretos que ponen en movimiento el vasto e inextricable mecanismo del universo. De ahí la fuerte atracción que la magia y la ciencia han ejercido sobre la mente humana; de ahí los poderosos estímulos que ambas han dado a la consecución de la" sabiduría. Ellas animan al cansado inquisidor, al fa­tigado investigador, a través del desierto de las desilusiones presentes, con promesas sin límites en el futuro; ellas le colocan en la cumbre de una altísima montaña y le muestran, más allá de las nubes sombrías y de la cambiante niebla que pisan, la visión de la ciudad celestial, muy lejos tal vez, pero radiante de esplendor ultraterreno, bañada en la luz del ensueño.

El defecto fatal de la magia no está en su presunción general de una serie de fenómenos determinados en virtud de leyes, sino en su con­cepción por completo errónea de la naturaleza de las leyes particulares que rigen esa serie. Si analizamos los casos variados de magia simpaté-tica que se han examinado en las páginas precedentes y que pueden consi­derarse como muestras normales del conjunto, encontramos, como aca­bamos de indicar, que todos ellos son aplicaciones equivocadas de una u otra de dos grandes leyes fundamentales del pensamiento, a saber, la asociación de ideas por semejanza y la asociación de ideas por contigüi-

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dad en el tiempo o en el espacio. Una asociación errónea de ideas seme­jantes produce la magia homeopática o imitativa; una asociación de ideas antiguas, produce la magia contaminante o contagiosa. Los prin­cipios de asociación son excelentes por sí mismos, y de hecho esenciales en absoluto al trabajo de la mente humana. Correctamente aplicados, producen la ciencia; incorrectamente aplicados, producen la magia, her­mana bastarda de la ciencia. Es, por esto, una perogrullada, casi una tautología, decir que la magia es necesariamente falsa y estéril, pues si llegase alguna vez a ser verdadera y fructífera, ya no sería magia, sino ciencia. Desde las más primitivas épocas, el hombre se ha enfrascado en la búsqueda de leyes generales para aprovecharse del orden fenomé­nico natural, y en esta interminable búsqueda ha rastrillado junto a un gran cúmulo de máximas, algunas de las cuales son de oro y otras sim­ple escoria. Las verdaderas reglas de oro constituyen el cuerpo de ciencia aplicada que denominamos arte; las falsas son la magia.

Si la magia es tan afín a la ciencia, nos queda por inquirir cuál es su situación respecto a la religión. Mas la visión que tenemos de esta relación estará necesariamente teñida por la idea que nos hemos formado de la religión misma; por esto, deberá esperarse razonablemente que el escritor defina su concepto de religión antes de proceder a investigar su relación con la magia. Es probable que no exista en el mundo un asunto acerca del cual difieran tanto las opiniones como éste de la natu­raleza de la religión, y componer una definición de ella que satisfaga a todos es ciertamente imposible. Todo lo que un escritor puede hacer es definir con claridad lo que entiende por religión y después emplear con­secuentemente la palabra en tal sentido a través de toda su obra. Por religión, pues, entendemos una propiciación o conciliación de los poderes superiores al hombre, que se cree dirigen y gobiernan el curso de la naturaleza y de la vida humana. Así definida, la religión consta de dos elementos, uno teórico y otro práctico, a saber, una creencia en poderes más altos que el hombre y un intento de éste para propiciarlos o com­placerlos. De los dos, es evidente que la creencia se formó primero, puesto que deberá creerse en la existencia de un ser divino antes de intentar complacerle. Pero a menos que la creencia guíe a una práctica correspondiente, no será religión, sino meramente teología. En palabras de Santiago:1 "Así también la fe, si no tuviere obras, es muerta en sí misma". En otros términos, un hombre no es religioso si no gobierna su conducta de algún modo por el temor o amor de Dios. Por otro lado, la práctica sola, desnuda de toda creencia religiosa, tampoco es religión. Dos personas pueden conducirse exactamente del mismo modo y ser una de ellas religiosa y la otra no. El que actúa por temor o amor de Dios es religioso; si el otro obra por temor o amor al hombre, será moral o inmoral, según que su conducta se ajuste o choque con el bien general. Por esto, creencia y práctica, o en términos teológicos, fe y
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