Sir james george frazer la rama dorada



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Los alfures de Halmahera atribuyen las epidemias al demonio que viene de otros pueblos a traerlas. Así, para limpiar la aldea de la enfer­medad, el hechicero expulsa al demonio; recibe de todos los aldeanos una costosa vestidura que coloca sobre cuatro vasijas que lleva a la selva y deja en el lugar donde supone que está el demonio. Después, con pala­bras irónicas, manda al diablo abandonar la aldea. En la isla Kei, al sudoeste de Nueva Guinea, los espíritus malignos, que son muy distintos de las almas de los muertos, forman una poderosa legión. Casi todos los árboles y cuevas son morada de alguno de esos demonios, que, además, son en extremo irascibles y, prontos a un arrebato por la más ligera pro­vocación, exteriorizan su disgusto enviando enfermedades y otras cala­midades. Por eso, en época de desgracias públicas, como cuando se in­crementa una epidemia y todos los demás medios han fracasado, sale la población entera con un sacerdote a la cabeza a un sitio alejado del pueblo y allí, a la puesta del sol, clavan en el suelo dos pies derechos con un travesaño en el que sujetan sacos de arroz, modelos de cañones en madera, gongos, brazaletes y otras cosas parecidas. Entonces, cuando todo el mundo ocupa su puesto ante los palos y reina un silencio de muerte, el sacerdote eleva la voz y se dirige a los espíritus en su propio lenguaje, en estos términos: "¡Eh, eh, eh! ¡Vosotros, espíritus malig­nos que moráis en los árboles; vosotros, espíritus malos que vivís en las

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grutas; vosotros, espíritus endemoniados que habitáis bajo la tierra! Nos­otros os damos esos cañones, esos gongos, esos brazaletes, etc. Permitid que cese la enfermedad y que no muera tanta gente de ella". Después de esto, salen corriendo todos para sus casas con la ligereza con que puedan llevarles sus piernas.

En la isla de Nias, cuando una persona está gravemente enferma y otros remedios han sido ineficaces, el hechicero procede a exorcizar al demonio causante de la dolencia. Erigen una pértiga frente a la casa y desde su extremo tienden una maroma de hojas de palmera entrela­zadas hasta el tejado de la casa, adonde se sube el hechicero con un cerdo que mata y deja rodar tejado abajo al suelo. El demonio, ansioso por coger el cerdo, va abajo diligente desde el techo, por la soga de hojas de palmera, y el palo y un espíritu bueno invocado por el hechi­cero impiden que vuelva a subir gateando por el mismo sitio. Si este remedio fracasa, se piensa que todavía hay otros demonios más escon­didos en la casa, por lo que se impone una batida general; todas las puertas y ventanas de la casa se cierran, excepto una sola ventana abuhar­dillada en el tejado. Los hombres, encerrados en la casa, tiran estocadas y tajos con sus sables a diestra y siniestra, al fragor de los gongos y al redoble de los tambores. Aterrorizados por esta furiosa embestida, los demonios escapan por la ventana abuhardillada y se deslizan al suelo por la maroma de hojas de palmera, quedándose fuera. Como todas las puer­tas y ventanas, excepto la del tejado, están cerradas, los demonios no pueden volver a entrar en la casa. En caso de epidemia, el procedi­miento es parecido. Todas las puertas del poblado, salvo una, son cerra­das; todos gritan, todos los gongos y tambores son golpeados; todas las espadas blandidas; así, todos los demonios se espantan y la última puerta se cierra tras ellos. Durante ocho días después, la aldea queda en es­tado de sitio y no se permite a nadie entrar en ella.

Cuando el cólera ha estallado en un pueblo birmano, los hombres útiles trepan a los tejados y los golpean con bambúes y palos, mientras todos los demás de la población, viejos y jóvenes, desde abajo, baten tambores, resoplan trompetas, gritan, aúllan, golpean los suelos y pare­des, baten cacerolas de metal y todo lo que pueda hacer estrépito. Esta batahola, repetida tres noches sucesivas, se cree que es muy eficaz para alejar los demonios del cólera. Cuando apareció la viruela por primera vez entre los kumis del sudeste del Indostán, creyeron que era un de­monio procedente de Aracán. Las aldeas fueron puestas en estado de sitio y a nadie se permitió entrar o salir. Mataron un mono estrellándole contra el suelo y su cadáver fue colgado en la puerta del pueblo; su sangre, mezclada con chinarro del río, fue esparcida por las casas, ba­rrieron el umbral de cada una con el rabo del mono e imprecaron al demonio para que se fuera.

Cuando arrecia una epidemia en la Costa de Oro, África Occiden­tal, algunas veces las gentes expulsan a los espíritus diabólicos armadas

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de mazas y antorchas; a una señal dada, toda la población comienza a dar alaridos espantosos, a golpear todos los rincones de las casas y, des­pués, a correr como locos por las calles llevando antorchas y golpeando al aire frenéticamente. El estruendo sigue hasta que alguno comunica que los demonios, intimidados y acobardados, han salido de estampía por una de las puertas de la ciudad o aldea; la gente, como un torrente tumultuoso, sale tras ellos y los persigue algún tanto por dentro de la selva, advirtiéndoles que no vuelvan. La expulsión de los diablos va se­guida de una matanza general de todos los gallos de la ciudad o aldea, por temor de que su cacareo intempestivo pudiera descubrir a los pros­critos demonios la dirección que deben tomar para volver a sus antiguos lares. Cuando en una aldea de indios hurones prevalecían enfermedades en las que todos los remedios habían sido intentados en vano, recurrían a la ceremonia llamada Lonouyroya, "que es el principal invento y más propio medio, como ellos dicen, para expulsar del pueblo o ciudad a los demonios y espíritus malignos que ocasionan, inducen o importan todas las enfermedades y dolencias que sufren en su cuerpo y en su espíritu". En consecuencia, un atardecer los hombres empezaban a correr frenéticos por la aldea, rompiendo y volcando todo lo que se les ponía por delante en las tiendas. Tiraban brasas y ramas encendidas por las calles y pasaban la noche corriendo, chillando y vociferando sin cesar. Después, imaginaban alguna cosa, un cuchillo, perro, piel o cualquier otro objeto que fuera, y cuando llegaba la mañana, iban de tienda en tienda pidiendo regalos, que recibían silenciosamente, hasta que les daban el objeto preciso que habían pensado. Al recibirlo, lanzaban un grito de júbilo y se precipitaban fuera de la tienda entre las congratulaciones de todos los presentes. Se creía asegurada la salud de todos los que hubie­ran recogido lo que habían soñado, mientras que los que no habían re­cibido lo que deseaban se consideraban confirmados en su nefasto destino. Otras veces, en vez de cazar al demonio de la enfermedad en las casas, hay salvajes que prefieren dejárselas en pacífica posesión, mientras ellos huyen y tratan de impedir que les sigan la pista. Así, cuando los patagones fueron atacados por la viruela, que atribuyeron a las maqui­naciones de un espíritu perverso, abandonaron a los enfermos y huyeron, hiriendo el aire con sus armas y tirando agua alrededor para mantenerse alejados del temible perseguidor; cuando, al cabo de varios días de mar­cha, alcanzaron un lugar donde ellos esperaban estar lejos de su alcance, a guisa de precaución pusieron todas sus armas plantadas en el suelo con sus filos y puntas afiladas vueltas en la dirección de donde vinieron, como para rechazar una carga de caballería. De modo parecido, cuando los indios lules o tonocotes del Gran Chaco fueron atacados por una epidemia, optaron en general por la huida para evitarla, mas haciendo no un camino recto, sino sinuoso; pensando que cuando la enfermedad les siguiese, se cansaría tanto de las vueltas y revueltas de la ruta que nunca podría llegar a alcanzarlos. Cuando los indios de Nuevo México

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fueron diezmados por la viruela u otra enfermedad infecciosa, dieron en trasladar sus acantonamientos todos los días, retirándose a los lugares más apartados de las montañas y eligiendo las espesuras más espinosas que podían encontrar, con la esperanza de que a la viruela le entrase dema­siado miedo de desgarrarse con las espinas si los seguía. Cuando algunos chinos, en una visita a Rangún, fueron atacados por el cólera, iban con las espadas desnudas para amedrentar al demonio y pasaban el día ocul­tos bajo los matorrales para que no pudiera encontrarlos.

3. I.A EXPULSIÓN PERIÓDICA DE LOS DEMONIOS



La expulsión de los demonios, ocasional en un principio, tiende a ha­cerse periódica. Llega a considerarse deseable hacer una limpia gene­ral de espíritus malignos a fecha fija, usualmente una vez al año, p ira que la gente pueda gozar de una nueva vida, libre de todas las influen­cias malignas acumuladas largamente a su alrededor. Algunos de los ne­gros australianos expulsan anualmente de su territorio a los espíritus de los difuntos. La ceremonia fue presenciada por el Rev. W. Ridley, en las orillas del rio Barwan. "Un coro de veinte jóvenes y viejos estuvieron cantando y golpeando con los bumerangs un rato... De repente, por debajo de una plancha de corteza de árbol apareció un hombre con el cuerpo blanqueado de caolín, con la cabeza y la cara pintadas de líneas rojas y amarillas y con un penacho de plumas de cinco palmos de alto sujeto por un palo en la cabeza. Durante veinte minutos se quedó abso­lutamente quieto y mirando hacia arriba. Un indígena que me acom­pañaba me dijo que estaba escudriñando los espíritus de los muertos. Al fin, comenzó a moverse muy despacio y, de pronto, embistió de un lado para otro a toda velocidad blandiendo una rama, como si estuviera echando a unos enemigos invisibles para nosotros. Cuando yo pensaba que esta pantomima debía estar ya concluyéndose, diez hombres más, igualmente adornados, aparecieron súbitamente por detrás de los árboles y toda la partida se unió en movida lucha contra sus misteriosos asaltan­tes... Finalmente, después de algunas evoluciones rápidas en las que desarrollaron todas sus fuerzas, descansaron de la excitante faena que ha­bían sostenido durante toda la noche y algunas horas del amanecer, que­dando satisfechos de haber ahuyentado a los espíritus por doce meses. La misma ceremonia se efectuaba en todos los puestos a lo largo del río y me dijeron que era una costumbre anual".

Ciertas estaciones del año se señalan naturalmente como momen­tos apropiados para la expulsión general de demonios. Un momento así es hacia finales del invierno ártico, cuando el sol reaparece sobre el ho­rizonte tras una ausencia de semanas o meses. En efecto, en Punta Barrow, el extremo más septentrional de Alaska y casi del continente americano,1 los esquimales escogen el momento de la reaparición del

1 El punto continental más norteño es el extremo de la península Boothia del

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sol para cazar por todas las cabañas al perverso espíritu Tuña. La cere­monia fue presenciada por los miembros de la expedición polar estado­unidense que invernó en Punta Barrow. Encendieron una hoguera frente a la casa del consejo y apostaron una vieja a la entrada de cada cabaña. Los hombres se reunieron alrededor de la casa del consejo, mientras las mujeres jóvenes y muchachas echaban al espíritu de cada domicilio con cuchillos, apuñalando con encono por bajo de la tarima de dormir y de las pieles de ciervo y llamando a Tuña para que saliera. Cuando cre­yeron que había sido expulsado de todos los rincones y agujeros, le obli­garon a salir por el del suelo al aire libre, entre gritos y gestos frenéticos, y al mismo tiempo la vieja apostada en la entrada tiraba cuchilladas al aire con su gran cuchillo para impedir que volviera. Cada grupo echaba al espíritu hacia la hoguera y le invitaban a meterse en ella. Todos los grupos fueron acercándose convergentemente a la hoguera, donde varios de los dirigentes hacían cargos concretos contra el espíritu y cada uno, después de acusar, cepillaba violentamente sus ropas llamando al espíritu para que les dejara y se fuera a la hoguera. Acto continuo se acercaron dos hombres adelantando unos pasos y llevando fusiles cargados con car­tuchos de salvas, mientras un tercero trajo una vasija de orines que de­rramó en las llamas. Al mismo tiempo uno de los hombres disparó al fuego y cuando se levantó una nube de vapor, recibió ésta el otro dis­paro, con lo que se supuso terminado a Tuna por entonces.



A fines de otoño, cuando la tormenta ruge sobre el país y rompe en el mar helado las todavía ligeras cadenas gélidas que le sujetan, cuan­do las masas de hielo se desunen y chocan unas con otras estrepito­samente y cuando los témpanos de hielo se apilan unos sobre otros en salvaje desorden, los esquimales del país de Baffin creen oír las voces de los espíritus que pululan cargando el aire de malignidad. Entonces los espíritus de los muertos golpean salvajemente las chozas en las que no pueden entrar y desgraciado del miserable sujeto del que se apoderan: pronto enfermará y morirá. El horroroso fantasma de un perro gigan­tesco y sin pelo persigue a los perros vivos, que a su vista expiran en convulsiones y calambres. Todos los innumerables espíritus del mal se diseminan, procurando traer enfermedades y muertes, tiempos malos y fracasos en la caza de los esquimales. El más temido de todos estos visi­tantes espectrales es Sedna, la señora del mundo de abajo, y su padre, el cual se encarga de los esquimales muertos. Mientras los otros espí­ritus llenan el aire y el agua, ella sale del mundo inferior. Entonces es una época trabajosa para los brujos. En cada casa puede oírseles can­tando y orando, mientras conjuran a los espíritus, sentados en una obs­curidad mística, en el fondo de la cabaña, más tenebrosa aún por la lucecita baja de una lámpara. La tarea más difícil de todas es ahuyentar

Canadá, en donde se encuentra el Polo Norte magnético. Éste se va trasladando hacia el Norte geográfico, pues así parece desprenderse de las noticias recientes de los aviadores norteamericanos y soviéticos.

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a Sedna y esto está reservado al hechicero más poderoso; enrollan una cuerda en el suelo de una cabaña grande de modo que permita una pe­queña abertura en la cúspide, lo que representa el agujero de respiración de una foca. Dos hechiceros se colocan al lado: uno tiene un arpón como si estuviera acechando a una foca en su agujero invernal y el otro tiene la cuerda del arpón. Un tercer hechicero, sentado en el fondo de la cabaña, canturrea un conjuro mágico para atraer a Sedna al lugar. Ya se la siente acercarse bajo el suelo de la cabaña resollando con fuerza; ya asoma en el agujero; ya la arponean y se hunde huyendo con colérica presteza, arrastrando el arpón con ella, mientras los dos hombres man­tienen la cuerda del arpón con todas sus fuerzas. La lucha es tremenda, mas al fin, de un tirón desesperado, se arranca el arpón y huye para regresar a su morada en Adlivun. Cuando sacan el arpón del agujero lo encuentran ensangrentado, y los hechiceros lo muestran orgullosos como prueba de su hazaña. Así, Sedna y los demás espíritus perversos son al fin ahuyentados y al día siguiente se hace una gran fiesta que celebran viejos y jóvenes en honor del acontecimiento. Pero todavía tie­nen que ser precavidos, pues Sedna, herida, está furiosa y arrebataría al que encontrase fuera de su cabaña; por eso todos llevan amuletos en lo alto de sus caperuzas para protegerse de ella. Estos amuletos consis­ten en trozos de los primeros vestidos que llevaron al nacer.

Los iroqueses inauguraban el Año Nuevo, en enero, febrero o marzo (la fecha variaba) con un "festival de sueños" parecido al que los huro­nes tenían en ocasiones especiales. El conjunto de las ceremonias duraba varios días y aun semanas y era a modo de una saturnalia. Hombres y mujeres, disfrazados de distintas maneras, iban de tienda en tienda rom­piendo y tirando todo lo que se les antojaba. Era una época de liberti­naje general, pues se suponía que las gentes estaban fuera de sí y por eso no eran responsables de lo que hicieran. Muchos aprovechan la opor­tunidad para cobrarse rencores antiguos, apaleando a las personas odia­das, arrojándolas agua helada y cubriéndolas con ceniza y brasas encen­didas o inmundicias. Otros agarraban ramas encendidas o carbones y los tiraban a la cabeza del primero que encontraban. El único procedi­miento para escapar de esos perseguidores era adivinar lo que habían soñado. Un día del festival estaba destinado para la ceremonia de ex­pulsar de la aldea a los espíritus malignos. Hombres vestidos con píeles de animales salvajes, la cara cubierta con máscaras horrorosas y en la mano un carapacho de tortuga, iban de choza en choza haciendo un ruido ensordecedor; en cada casa tomaban combustible del hogar y es­parcían las ascuas y cenizas por el suelo con las manos. La confesión general de los pecados precedía al festival y era probablemente una pre­paración para la expulsión pública de las influencias malignas; era un modo de quitar a las gentes sus pesadumbres morales para poder recoger­las y eliminarlas.



En septiembre, los incas del Perú celebraban un festival llamado

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Situa, cuyo objeto era desterrar de la capital y de sus vecindades toda enfermedad y desgracia. El festival era en septiembre porque las lluvias empezaban en ese tiempo y, con las primeras lluvias, solía haber muchas enfermedades. Como una preparación para la fiesta, el público ayuna­ba el primer día de luna después del equinoccio otoñal. Ayunando du­rante el día, al llegar la noche horneaban una masa basta de maíz. Esta pasta se hacía de dos clases: una se amasaba con la sangre de un niño de cinco a diez años, que se obtenía sangrándole entre las cejas. Estas dos clases de masa eran panificadas separadamente, pues tenían distinto uso. Cada familia se reunía en la casa del hermano mayor para celebrar la fiesta y el que no tenía hermano iba a la casa de su pariente más próximo y de más edad. En la misma noche, todos los que habían ayunado durante el día se bañaban y, tomando un poco de la pasta ama­sada con sangre, se frotaban con ella cabeza, cara, pecho, hombros, bra­zos y piernas. Hacían esto para que la pasta borrase todas sus flaquezas. Hecho esto, el cabeza de familia untaba el umbral con la misma pasta y la dejaba allí para indicar que los moradores habían hecho sus ablu­ciones y limpiado sus cuerpos. Al mismo tiempo, el gran sacerdote veri­ficaba las mismas ceremonias en el templo del Sol. Tan pronto como salía el sol, el pueblo entero le adoraba y le imploraba que alejase todos los males de la ciudad. Después dejaban su ayuno, comían 'del pan cuya masa no había sido mezclada con sangre. Habiendo dado culto y des­ayunado, lo que hacían a una hora convenida para que todos pudieran adorar al sol como una sola persona, llegaba de la fortaleza un inca de sangre real ricamente ataviado y cubierto, con su manto enrollado al cuerpo y una lanza en la mano, como mensajero del Sol. La lanza estaba decorada con plumas de muchos matices extendidas desde la hoja al cuento y sujetas con anillos de oro. Corría cuesta abajo desde la colina de la fortaleza blandiendo su lanza, hasta llegar al centro de la gran plaza cuadrada donde había erigida una urna de oro parecida a la fuente usada para el sacrificio del jugo fermentado del maíz. En este sitio espe­raban otros cuatro incas de sangre real, cada uno con su lanza en la mano y su manto recogido al cuerpo para correr. El mensajero tocaba con su lanza las otras cuatro y les decía que el Sol les mandaba que como mensajeros suyos, expulsasen los males de la ciudad. Entonces los cuatro incas bajaban corriendo separadamente por los cuatro caminos reales que conducían desde la ciudad a las cuatro partes del mundo. Mientras corrían, todos, grandes y pequeños, llegaban a las puertas de sus casas y con grandes gritos de júbilo y alegría sacudían sus ropas como si las limpiasen de polvo mientras gritaban: "Dejad que se mar­chen los males. ¡Cuan grandemente deseado ha sido este festival por nosotros! ¡Oh Creador de todas las cosas! Permítenos alcanzar otro año para que podamos ver y asistir a otra fiesta semejante". Después de sacudir sus ropas pasaban las manos por sus cabezas, caras, brazos y pier­nas, como si estuvieran lavándose. Todo este se hacía para expulsar los

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males de sus casas y que los mensajeros del Sol pudieran expulsarlos de la ciudad, lo que no sólo se hacía en las casas de las calles por donde corrían los incas, sino generalmente en todos los barrios de !a ciudad Después bailaban todos, incluso el inca entre ellos, y se bañaban en los ríos y fuentes, diciendo que sus enfermedades se marcharían de tilos. Cogían grandes antorchas de paja atada con cuerda enrollada y las en­cendían y pasaban de unos a otros golpeándose al hacerlo y diciendo: "Dejad que todo daño se aleje". Mientras, los corredores llegaban con sus lanzas hasta un cuarto de legua fuera de la ciudad, donde encon­traban a otros cuatro incas, prestos, al recibir de sus manos las lanzas, a correr con ellas. Así se transmitían las lanzas los relevos de corredores hasta una distancia de cinco o seis leguas, al fin de las cuales los corre­dores se bañaban y uñaban sus lanzas en los nos, clavándolas en él por el regatón o cuento, para señalar el límite dentro del cual los expulsados males no podían entrar.
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