Sir james george frazer la rama dorada



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3. la TRANSFERENCIA A LOS HOMBRES

También los hombres desempeñan a veces el papel de víctima propi­ciatoria para desviar hacia ellos los males que amenazan a otros. Cuan­do un cingalés está peligrosamente enfermo y los médicos no pueden hacer nada, llaman a un bailarín diabólico, el cual, haciendo ofrendas a los diablos, y bailando con el disfraz adecuado a ellos, conjura a los de­monios de la enfermedad para que uno tras otro salgan los pecados del cuerpo enfermo y penetren en el suyo. Habiendo conseguido extraerlos como causa de la enfermedad, el habilidoso danzarín se tumba en un féretro y, simulándose muerto, es conducido a las afueras de la pobla­ción, a un descampado. Allí le abandonan a sí mismo, pero pronto vuelve a la vida y con más presteza aún regresa a reclamar su estipendio. En el año de 1590, una bruja escocesa de nombre Inés Sampson fue declarada culpable de haber curado a un tal Roberto Kers de una enfer­medad "que le cargó un brujo del suroeste de Escocia cuando él estaba en Dumfries y cuya enfermedad tomó ella sobre sí misma, permaneciendo en un grito y entre dolores hasta por la mañana, durante cuyo tiempo se estuvo oyendo en la casa un gran estrépito". El ruido lo hacía la bruja en sus esfuerzos para trasladar la enfermedad por intermedio de ropas de ella a un gato o perro. Desgraciadamente el intento fracasó en

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parte; la enfermedad no dio en el animal sino que dio sobre Alejandro Douglas, de Dalkeith, que fue descaeciendo y murió de ella, mientras que el primer paciente, Roberto Kers, se puso bueno.



"En un lugar de Nueva Zelandia, cuando se sentía la necesidad de una expiación de los pecados, se celebraba una ceremonia en la cual se transferían todos los pecados de la tribu a un individuo; un tallo de helecho previamente atado a una persona, se sumergía con él en el río, se desataba allí y se le dejaba ir flotando hacia el mar llevándose los pecados." En los grandes apuros, se transferían los pecados del raja de Manipur a alguien, por lo general a un criminal, que obtenía el perdón a cambio de sus sufrimientos vicarios. Para efectuar la transferencia, el raja y su mujer, vestidos con ropas de lujo, se bañaban en una plataforma levantada en el Bazar, mientras el criminal estaba agachado debajo del tablado; con el agua que goteaba de ellos sobre él, los pecados también se lavaban y caían sobre la víctima expiatoria humana. Para completar la transferencia, el raja y la rajaína daban sus ropas al vicario mientras ellos se ponían otras nuevas mezclándose después con la gente hasta el anochecer. En Travancore, cuando un raja está muriéndose, buscan a algún santo brahmán para que consienta en tomar sobre sí los pecados del moribundo mediante la suma de diez mil rupias; preparado de este modo a inmolarse en el altar del deber, el santo es introducido en la alcoba mortuoria y abrazándose estrechamente al moribundo raja, le dice: "¡Oh rey!, yo me encargo de sobrellevar todos vuestros pecados y enfermedades. Pueda Vuestra Alteza vivir muchos años y reinar fe­lizmente." Habiendo cargado así con los pecados del paciente, se le des­tierra del país, al que no podrá volver nunca. En Utch Kurgan, Tur-questán, Schyler vio a un anciano del que decían que ganaba su sus­tento tomando sobre sí los pecados de los que morían y consagrando su vida a rezar por sus almas.

En Uganda, cuando un ejército vuelve de la guerra y los dioses advierten al rey, por medio de sus oráculos, de que algo malo se ha agregado a los soldados, acostumbran a escoger una mujer esclava de entre las cautivas, junto con una vaca, una cabra, una gallina y un perro, todo del botín, y a devolverlo todo con una numerosa guardia a la fron­tera de donde proceden. Allí les rompen a todos, personas y animales, los brazos, piernas y patas, y los abandonan para que mueran, pues así quedan demasiado mutilados para arrastrarse y regresar a Uganda. Con objeto de transferir el mal a estos substitutos, frotan a las gentes y al ganado con puñados de yerba que después atan a las víctimas antes de enviarlas a la frontera. Cuando el ejército está declarado limpio, le es permitido entrar en la capital. En la ascensión al trono de un nuevo rey de Uganda, éste hería a un hombre, que enviaban después a Bunyoro como víctima expiatoria, alejando con él cualquier impureza que pudiera atacar al rey o a la reina.

614 LA TRANSFERENCIA DEL MAL

4. LA TRANSFERENCIA DEL MAL EN EUROPA

Los ejemplos de transferencia del mal hasta aquí aducidos se han en­tresacado en su mayoría de las costumbres de los pueblos bárbaros y salvajes. Pero intentos semejantes de transferir la pesadumbre de las en­fermedades, desgracias y pecados de uno mismo a otra persona o a un animal o cosa, han sido corrientes también entre las naciones civilizadas de Europa, lo mismo en tiempos antiguos que en los modernos. Una cura romana para la fiebre fue recortar las uñas del paciente y pegarlas con cera en la puerta del vecino antes de la aurora; la fiebre pasaba entonces del enfermo a su vecino. A similares tretas debieron acogerse los griegos, pues cuando dicta leyes para su Estado ideal, Platón piensa que es esperar demasiado que los hombres no se alarmen 'al encontrar ciertas figuras de cera adheridas a sus puertas o en las lápidas sepulcrales de sus parientes o tendidas en las encrucijadas. En el siglo iv de nuestra era, Marcelo de Burdeos1 prescribe una cura para las verrugas que está todavía en boga entre los supersticiosos de varias partes de Europa. Toque usted sus verrugas con tantas piedrecitas como verrugas tenga; después envuelva las piedras en una hoja de yedra y tírelas a la vía pública. El que las recoja, cogerá las verrugas y usted quedará libre de ellas. Algunas veces, la gente de las islas Oreadas lava al enfermo y tiran después el agua en una entrada con portillo, en la creencia de que la enfermedad abandonará al paciente y se transferirá a la primera persona que pase por el portillo, Una cura para la fiebre en Baviera es escribir sobre un trozo de papel: "Fiebre, no vuelva, no estoy en casa", y poner el papelito en el bolsillo de alguien. Éste coge entonces la fiebre y el primer paciente se cura. Una prescripción bohemia para la misma en­fermedad es ésta. Lleve un puchero vacío a una encrucijada, tírelo allí y salga corriendo. La primera persona que dé un puntapié al puchero, cogerá la fiebre y usted se curará.

Frecuentemente en Europa, como entre salvajes, se realizan intentos para transferir un dolor o enfermedad de un hombre a un animal. Auto­res serios de la Antigüedad recomendaban que si una persona era picada por un alacrán, montase sobre un asno, con la cara hacia la cola o le musitara en la oreja: "Un escorpión me ha picado", y en uno u otro caso creían que el dolor sería transferido de la persona al asno. Marcelo recuerda muchas curaciones de esta clase. Por ejemplo, cuenta que es un remedio para el dolor de muelas lo siguiente. Estando de pie y cal- zado con botas en un terreno a cielo abierto, coja una rana por la cabeza, escúpala dentro de la boca y pídale que se lleve el dolor, dejándola marcharse después. Pero la ceremonia deberá ejecutarse en un día fasto y también a hora fasta. En el Cheshire no es raro que la indisposición o síntoma conocido como aftas, que afecta la boca y garganta de los niños, sea tratado en ocasiones de la misma manera. Se coge una rana

i Véase supra, p. 40.

EN EUROPA 615

joven y se la tiene unos momentos con la cabeza dentro de la boca del paciente, al que se supone que cura, por tomar la enfermedad sobre sí. "Yo le aseguro decía una anciana que frecuentemente había dirigido esta clase de curas, que solemos oír a la pobre rana estertorar y toser, mortalmente enferma, durante muchos días después: le daría pena el po­bre bicho tosiendo como lo hacía por la huerta." En Northamptonshire, Devonshire y Gales, la cura para un catarro es poner un pelo de la cabeza del paciente entre dos rebanadas de pan con mantequilla y dar el emparedado a un perro. El animal cogerá así el catarro y el paciente quedará sin él. Algunas veces el padecimiento se transfiere al animal compartiendo con él algún alimento. Así en Oldemburgo, si usted está enfermo de fiebre, ponga un tazón de leche fresca ante un perro y diga: "¡Buena suerte tengas, sabueso; que enfermes tú y yo sane!" Des­pués, cuando el perro ha dado unas lengüetadas a la leche, uno toma un sorbo del tazón; después el perro debe volver a sus lengüetadas y otra vez uno a tragar leche y así, cuando se hayan turnado por tres veces tomando la leche, el perro tendrá la fiebre y usted la habrá soltado.

Una cura bohemia para la fiebre es ir al bosque antes de que salga el sol y buscar un nido de becardón. Cuando lo encuentre, coja usted uno de los polluelos, lléveselo a su casa, téngalo allí por tres días, devuélvalo después y deje libre al becardón. La fiebre le dejará a usted libre al instante, pues el becardón se la lleva. También en los tiempos védicos los antiguos indios echaban la tisis con un pájaro azulejo.1 Decían: "¡Oh consunción!, vuela lejos, vete con el azulejo. Con el salvaje soplo de la tormenta y el torbellino ¡oh! desvanécete". En el pue­blo de Llandegla, en Gales, hay una iglesia dedicada a Santa Tecla, virgen y mártir, donde el "mal sagrado" o epilepsia se cura o se curaba transfiriéndola a un ave. Primero el enfermo se lavaba brazos y piernas en un pozo sagrado muy cercano, arrojaba cuatro peniques en él como ofrenda, daba tres vueltas andando alrededor del brocal y repetía tres veces un Padre Nuestro. Después, al ave, que era gallo o gallina según que el paciente fuera hombre o mujer, la ponía en una cesta y con ella daba una vuelta andando alrededor del pozo y otra alrededor de la iglesia. Acto continuo, el paciente entraba en la iglesia y se tendía bajo la mesa comulgatoria hasta que amanecía. Después de ofrendar otros seis peniques, se marchaba, dejando el ave en la iglesia. Si el ave moría, se suponía que la enfermedad del hombre o mujer se había transferido a ella, quedando así desembarazado de la dolencia. Todavía por el año 1855, el sacristán del pueblo recordaba muy bien haber visto tambalearse a las aves por los accesos que se les había transferido.

El paciente trata con frecuencia de transferir el peso de su enfer­medad o malaventura a un objeto inanimado. En Atenas hay una capi-Hita de San Juan Bautista, construida contra una columna antigua. Los pacientes de fiebres acuden allá y, adhiriendo entonces un hilo encerada

1 El grajo azul y el abejardo son los parientes más cercanos del azulejo.

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en el lado interior de la columna, creen que transfieren su fiebre al pilar En la marca de Brandeburgo dicen que si usted sufre de vértigos, debe desnudarse y dar corriendo tres vueltas alrededor de un linar, después de anochecer; de este modo, el lino cogerá sus vértigos y usted quedará libre de ellos.

Pero quizá la cosa más corrientemente empleada en Europa como receptáculo de enfermedades y males de toda clase es un árbol o arbusto. Una cura búlgara para la fiebre es correr dando tres vueltas alrededor de un sauce, al amanecer, gritando: "La fiebre te hará temblar y el sol me calentará". En la isla griega de Kárpatos, el sacerdote ata un hilo rojo alrededor del cuello de la persona enferma. A la mañana siguiente, los amigos del paciente le quitan el hilo y van a la ladera del monte, donde lo atan a un árbol, en la creencia de que así transfieren la enfer­medad al árbol. De semejante manera hay intentos entre los italianos para curar la fiebre con una atadura a un árbol: el paciente" se ata un bramante alrededor de la muñeca izquierda por la noche y a la mañana siguiente cuelga el bramante en un árbol. Se cree que así la fiebre queda atada al árbol y ti paciente se libra de ella, aunque ha de tener buen cuidado de no pasar ante el árbol otra vez, pues si lo hace, la fiebre rompería su ligaduras y le atacaría nuevamente. Una cura en Flandes para el calofrío es ir por la mañana temprano a un sauce viejo, atarle tres nudos en una de sus ramas y decir: "Buenos días, viejo; te doy el calofrío. ¡Buenos días, viejo!" y regresar corriendo y sin mirar atrás. En Sonneberg, si desea usted librarse de la gota, vaya a un abeto joven y ate un nudo en una de sus ramas, diciendo: "Dios te salve, noble abeto. Te traigo mi gota; aquí haré un nudo y ataré mi gota con él. En el nombre del Padre, del Hijo, etc."

Otro procedimiento para transferir la gota de un hombre a un árbol es éste. Corte las uñas de los dedos del paciente y rape un poco de vello de sus piernas. Barrene un roble, hasta hacerle un agujero, y meta dentro de él las uñas y el vello, tapándolo otra vez y embadurnán­dolo con estiércol de vaca. Si a los tres días el paciente está libre de la gota, puede usted estar seguro de que el roble la tiene en su lugar. En Cheshire, si desea quitarse las verrugas sólo tiene que frotarlas con un trozo de tocino, hacer una hendidura en la corteza de un fresno y desli­zar el tocino bajo la corteza del árbol. Pronto desaparecerán las verrugas de sus manos, aunque en su lugar reaparecerán en forma de excrecencias ásperas o nudos en la corteza del árbol. En Berkhampstead, en el Hertfordshire, había ciertos robles de gran renombre para la curación de las fiebres. La transferencia de la enfermedad al árbol era sencilla, pero dolorosa; un mechón del pelo del paciente se estaquillaba en un roble y de un tirón súbito se dejaba el pelo y la fiebre tras del enfermo, en el árbol.

CAPITULO LVI

LA EXPULSIÓN PUBLICA DEL MAL

1. LA OMNIPRESENCIA DE LOS DEMONIOS



En el capítulo anterior se explicó e ilustró el principio primitivo de la transferencia de los males a otra persona, animal o cosa. Se han adoptado medios semejantes para librar a una sociedad entera de los diversos males que la afligen. Estas tentativas para desechar en un momento las tris­tezas acumuladas de un pueblo no son en modo alguno raras o excepcio­nales: por el contrarío, se han realizado en muchos países y, principiando como ocasionales, tienden a hacerse periódicas o anuales.

Necesitamos algún esfuerzo por nuestra parte para darnos cuenta de la configuración mental que dicta estas tentativas. Educados en una filosofía que despoja a la naturaleza de personalidad y la reduce a causa desconocida de una serie ordenada de impresiones en nuestros sentidos, encontramos muy difícil situarnos en la posición del salvaje al que las mismas impresiones aparecen a guisa de espíritus o de maniobras de los espíritus. Las legiones espirituales, en un tiempo cercanas, han ido retro­cediendo de nosotros más y más, etapa tras etapa, expulsadas por la varita mágica de la ciencia del hogar y de la chimenea, del ruinoso calabozo y de la torre cubierta de yedra, de la laguna encantada y de la mar solitaria, de la tenebrosa nube que se hiende exhalando rayos y de aquellas otras hermosísimas nubes que almohadillan a la plateada luna o bordan con fulgores de rojo llameante el dorado atardecer. Los espí­ritus han evacuado hasta su última plaza fuerte en el cielo, cuya bóveda azul "ni es cielo, ni es azul" más que para los niños, ni es ya telón que oculta a los ojos de los mortales las glorias del mundo celestial. Sólo en los ensueños de los poetas o en los apasionados lirismos oratorios es dable recoger un vislumbre de la última ondulación de las banderas de los espíritus en retirada, escuchar el batir de sus alas invisibles, el eco de sus burlonas risas o los "crescendos" de la música angélica apagándose en la distancia. Muy de otro modo sucede con el salvaje. En su imagi­nación, el mundo está todavía pictórico de esos seres abigarrados que una filosofía más sensata ha arrumbado. Hadas y duendes, espíritus y demonios, todavía revolotean a su alrededor, lo mismo despierto que dormido; ellos le siguen sus pasos, ofuscan sus sentidos, entran en él, le acosan, le embaucan y atormentan de mil maneras caprichosas y malé­volas. Las desgracias que sobre él caen, los daños que sufre, los dolores que ha de aguantar, suele achacarlos, si no a la magia de sus enemigos, sí al rencor, la ira o el capricho de los espíritus. Su presencia constante le cansa y agobia, su malignidad insomne le exaspera; desea con indecible ansiedad librarse de todos ellos juntos y, de vez en cuando, acorralado y con su paciencia totalmente exhausta, se revuelve con fiereza contra sus perseguidores y hace un esfuerzo desesperado para cazar toda la cua-
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drilla que bulle en el país, aclarar el aire de sus enjambres pululantes, poder respirar un poco libremente y marchar por su camino sin ser mo­lestado, por algún tiempo al menos. Así llega el momento en que el esfuerzo del pueblo primitivo para hacer un barrido de todas sus con­turbaciones toma por lo general la forma de una gran cacería y expulsión de demonios y espíritus. Creen que si logran sacudirse a sus atormenta­dores execrados, podrán empezar una vida nueva, feliz e inocente, los cuentos del paraíso terrenal así como la antigua poética Edad de Oro volverán a ser ciertos.

2. LA EXPULSIÓN OCASIONAL DE LOS DEMONIOS

Por esta razón podemos entender por qué estas limpiezas generales del mal, a las que recurre el salvaje de vez en cuando, deben tomar la forma de una expulsión forzosa de los demonios. En estos malos espí­ritus ve el hombre primitivo la causa de muchas de sus desdichas, si no de todas, e imagina que si logra librarse de ellos, las cosas irán mejor para él, Los intentos públicos para expeler los males acumulados de tina sociedad entera pueden clasificarse en dos clases, según que los demonios expulsados sean inmateriales e invisibles o estén corporeizados en un vehículo material o victima expiatoria. La primera clase puede denomi­narse expulsión directa o inmediata de los males; la segunda, expulsión indirecta o mediata, o a través de una víctima expiatoria. Empecemos con ejemplos de la primera.

En la isla de Rook, entre Nueva Guinea y Nueva Bretaña, cuando acontece alguna desgracia, todo el pueblo corre a reunirse y gritando, maldiciendo, dando alaridos y pegando al aire con estacas, echan al demonio que se supone ser el autor de la desventura. Desde el sitio en que ocurrió la desgracia van echando al mal, paso a paso, y cuando llegan a la orilla redoblan sus vociferaciones y sus golpes con objeto de expulsarle de la isla. El diablo se retira generalmente al mar o a la isla de Lottin. Los nativos de Nueva Bretaña achacan las enfermedades, sequías, malas cosechas y, en general, todas sus desgracias a la influencia de los espíritus perversos. Así, a veces, cuando mucre mucha gente de enfermedad, como al principio de la estación de lluvias, todos los habi­tantes de un distrito, armados de ramas y mazas, van por los campos a la luz de la lima, golpeando y pateando el suelo, dando gritos salvajes hasta por la mañana, en la creencia de que esto hace huir a los demo­nios, y con el mismo propósito, corren en todas direcciones por la aldea blandiendo ramas encendidas. De los indígenas de Nueva Caledonia se dice que creen que todos los males los causa un poderoso espíritu ma­ligno, y para librarse de él, hacen de vez en cuando un gran hoyo a cuyo alrededor se congrega la tribu entera, conjuran al demonio y des­pués rellenan el hoyo de tierra, apisonándolo y dando tremendos alari­dos. Esto lo denominan enterrar al espíritu malo. En la tribu dieri, de

EXPULSIÓN OCASIONAL DE LOS DEMONIOS 619

Australia Central, cuando hay una enfermedad grave, el curandero ex­pulsa a Cutchie o el demonio, golpeando el suelo dentro y fuera del campamento con la cola curtida de un canguro hasta que consiguen expulsar y alejar al demonio del campamento.

Cuando un pueblo ha sido visitado por una serie de desastres o una epidemia rigurosa, los habitantes de Minahassa, en Célebes, se lo repro­chan a los diablos, que han infestado el pueblo y por tanto han de ser expulsados. Para eso, una mañana temprano, hombres, mujeres y niños salen de sus casas, llevando consigo sus enseres y aposentándose en cho­zas provisionales construidas en las afueras del poblado. Allí viven va­rios días, ofrecen sacrificios y se preparan para la ceremonia final. Por fin, los hombres, unos llevando antifaces y otros con la cara tiznada, disfraces y demás, pero todos armados con campilanes, fusiles, picas o escobas, furtiva y silenciosamente vuelven al pueblo desierto y entonces, a una señal del sacerdote, cargan furiosamente por las calles del pueblo, que pasan y repasan, dentro y debajo de las casas (que están elevadas sobre el suelo por pilares), chillando y golpeando paredes, puertas y ventanas, para expulsar a los demonios. Acto seguido, los sacerdotes y el resto de la gente llegan con el fuego sagrado y pasan nueve veces alrededor de cada casa y tres alrededor de cada escala que conduce a ella, llevando el fuego consigo; por último, ponen el fuego en la cocina, donde debe arder sin interrupción durante tres días consecutivos. En este punto se considera que los demonios están ya expulsados y la ale­gría es grande y general.
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