Sir james george frazer la rama dorada



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Hay ceremonias estrechamente análogas a este culto indio de la serpiente que han sobrevivido en Europa hasta época reciente y que in­dudablemente datan de un paganismo muy primitivo. El ejemplo mejor conocido es la "caza del reyezuelo". Por muchos pueblos europeos, grie­gos antiguos y romanos, italianos modernos, franceses, españoles, alema­nes, daneses, suecos, ingleses y galcses, el reyezuelo ha sido llamado el rey de los pájaros, el rey de los setos y otros muchos nombres más y ha sido englobado entre los pájaros que dan muy mala suerte si se les mata. En Inglaterra se ha supuesto que si alguien mata a un reyezuelo o sa­quea su nido, infaliblemente se romperá algún hueso y tropezará con alguna desgracia espantosa aquel año: algunas veces se creyó que las

606 TIPOS DE SACRAMENTO ANIMAL

vacas darían leche ensangrentada. En Escocia, al reyezuelo le llaman el "Ave de la Señora del Cielo" y los muchachos cantan:

Maldiciones, maldiciones, más de diez,

al que moleste al ave de la Señora del Cielo.

En San Donan, en Bretaña, la gente cree que si los chicos tocan en su nido a los polluelos del reyezuelo, padecerán del "fuego de San Lorenzo" esto es, de pustulitas en la cara, piernas, etc.1 En otros lugares de Francia se piensa que si alguien mata un reyezuelo o molesta su nido, su casa será tocada por el rayo o que los dedos con los que hizo la ha­zaña se le secarán y caerán o por lo menos quedará zopo o su rebaño enfermará de las pezuñas.2

No obstante estas creencias, la costumbre de matar una vez al año al reyezuelo ha prevalecido mucho en este país y en Francia. En la isla inglesa de Man, hasta el siglo xviii se observaba la costumbre el día de Nochebuena y mejor aún en la mañana de Navidad. El 24 de diciem­bre, hacia el atardecer, todos los sirvientes vacaban; no se iban a dormir, sino que callejeaban hasta que las campanas de todas las iglesias tocaban a medianoche. Cuando terminaban los rezos, marchaban a la caza del reyezuelo y en cuanto encontraban uno de esos pájaros, le mataban y ataban en el extremo de una vara larga con las alas extendidas. Así le llevaban en procesión por las casas cantando las siguientes coplas:

Nosotros cazamos el reyezuelo para Petirrojo El Carrete, nosotros cazamos eí reyezuelo para Jacobo de la Lata, nosotros cazamos eí reyezuelo para Petirrojo el Carrete; nosotros cazamos el reyezuelo para todos.

Después de visitar todas las casas y de recoger todo el dinero posible, tienden al reyezuelo sobre unas andas y le llevan en procesión al cemen­terio parroquial, donde abren una fosa y le entierran "con la mayor so­lemnidad, cantándole responsos en el lenguaje mank, que ellos llaman su toque de difuntos; después de esto, empieza la Navidad". Termi­nado el entierro salen los acompañantes del cementerio y formando un círculo bailan a compás de la música.

Un escritor del siglo xviii dice que en Irlanda, el reyezuelo "toda­vía es cazado y matado por los labriegos el día de Navidad, y al siguiente (día de San Esteban) le pasean colgado de una pata en el centro de dos aros cruzados en ángulo recto, llevándolo en cada aldea una proce­sión de hombres, mujeres y niños, cantando un aire irlandés que sig­nifica que él es el rey de todos los pájaros". Aun en los tiempos actua­les la "caza del reyezuelo" tiene lugar todavía en partes de Leinster y

1 La urticaria subsiguiente al manoseo de los polluelos puede no ser otra cosa
que un caso de alergia a las plumas.

2 ¿Glosopeda?

PROCESIONES CON ANIMALES SAGRADOS 607

Connaught. El día de Navidad o en el de San Esteban, los muchachos cazan y matan al reyezuelo, le atan en medio de un ramaje de acebo y yedra en la punta de un palo de escoba y el día de San Esteban van con todo ello de casa en casa cantando:

El reyezuelo, el reyezuelo, el rey de todos los pájaros, fue cogido en las retamas el día de San Esteban; aunque pequeño, su familia es grande,

Le ruego, buena señora, que nos dé un aguinaldo.

Les dan dinero o alimentos (pan, mantequilla, huevos, etc.), con los que hacen una merienda por la tarde.



En la primera mitad del siglo pasado, todavía se observaban cos­tumbres similares en varias partes del sur de Francia. Así, en Carcasona, todos los años, el primer domingo de diciembre, la mocedad de la calle de San Juan acostumbraba salir de la ciudad armada de palos con los que golpeaban los matorrales en busca de reyezuelos. El primero que derribaba uno de estos pájaros era proclamado rey. Volvían a la ciudad en procesión yendo a la cabeza el rey, que llevaba al reyezuelo en un palo. Al atardecer del último día del año, el rey y todos los que habían cazado al revezuelo marchaban por las calles de la ciudad a la luz de las antorchas, precedidos de redobles de tambores y de toques de pífanos. Paraban ante las puertas de las casas y uno de ellos escribía con tiza en la puerta Vive le roí!, con el número del año que iba a comenzar. En la mañana del día deceno, marchaba otra vez el rey en procesión con gran pompa llevando una corona, manto azul y cetro; frente a él llevaban al reyezuelo sujeto a la punta de una vara adornada con una guirnalda de hojas de olivo, roble y algunas veces de muérdago crecido sobre roble. Tras de oír misa mayor en la iglesia parroquial de San Vicente y ro­deado por sus oficiales y guardias, el rey visitaba al obispo, al alcalde, a los magistrados y a los principales habitantes, recogiendo dinero para sufragar los gastos del banquete real, que tenía lugar al anochecer y que terminaba con un baile.

Creemos tan estrecho el paralelismo entre esta costumbre de la "caza del reyezuelo" y algunas de las que ya hemos considerado, especialmente la procesión gilyaka con el oso y la india con la serpiente, que no duda­mos que todas ellas pertenecen al mismo ciclo de ideas. El animal adorado es sacrificado con solemnidad especial una vez al año y antes o inmediatamente después de su muerte se le pasea de puerta en puerta para que cada uno de sus adoradores reciba una parte de las virtudes divinas que se supone emanan del dios muerto o agonizante. Las pro­cesiones religiosas de esta clase han debido tener un gran lugar en el ritual de los pueblos europeos en tiempos prehistóricos, a juzgar por las numerosas huellas que de ellas subsisten en las costumbres populares. Por ejemplo, en el último día del año u hogmanay, como se llamaba, se acostumbraba en las serranías de Escocia que un hombre revestido de una

608 LA TRANSFERENCIA DEL MAL

piel de vaca fuera en tal guisa de casa en casa acompañado de los mozos todos armados con listones de madera con un trocito de piel atado en el extremo de cada listón. El hombre de la piel de vaca corría dando tres vueltas alrededor de cada casa, deiseal, es decir, según el curso apa­rente del sol. teniendo así la casa al lado derecho del que corría y, mien­tras tanto, los mozos le perseguían pegándole con las tiras de piel de los listones sobre la piel de vaca, con lo que hacían un ruido muy fuerte parecido al redoble de un tambor. En esta procesión turbulenta también golpeaban las paredes de la casa; después de ser admitidos en ella, uno de la partida, colocado en el umbral, bendecía a la familia, diciendo: ''Que Dios bendiga la casa y todo lo que pertenece a ella, ganado. pie­dras, y maderos. Abundancia de carne, de ropas de cama y vestidos y salud a las personas, que sea todo ello abundante siempre". Después, cada uno de la partida chamuscaba en el hogar un poco del trocito de tira de piel que llevaba atada al listón y acto seguido lo aplicaba a la nariz de todas las personas y aun a los morros de todos los animales domésticos pertenecientes a la casa. Con esta operación se creía asegu­rarlos contra enfermedades y otras desgracias, particularmente contra las brujerías, durante todo el año que empezaba. la ceremonia entera se llamaba calluinn, a causa del estruendo tan grande que hacían al batir sobre la piel. Se cumplía en las islas Hébridas incluyendo Santa Kilda, hasta finales del siglo XVIII por lo menos y creemos que sobrevivió hasta bien entrado el XIX.

CAPÍTULO LV

LA TRANSFERENCIA DEL MAL

1. la TRANSFERENCIA A LOS OBJETOS INANIMADOS

Hemos investigado hasta ahora la práctica de matar a un dios entre los pueblos situados en las etapas sociales cazadora, de pastoreo y agrí­cola: hemos intentado explicar los motivos que guían a los hombres a adoptar tan curiosa costumbre. Queda todavía por conocer un aspecto de la costumbre. Las desgracias y pecados acumulados de toda la gente se cargan algunas veces al dios agonizante, que se supone los llevará con­sigo para siempre, dejando a las gentes inocentes y felices. La noción de que podemos transferir nuestras culpas y dolores a otros seres que los soportarán por nosotros es familiar a la mente del salvaje. Se origina en una confusión obvia entre lo físico y lo mental, entre lo material y lo inmaterial; por ser posible trasladar una carga de leña o piedras, o lo que sea, de nuestros hombros a los hombros ajenos, el salvaje cree igual­mente posible transferir la carga de sus penas y tristezas a otro para que la sufra en su lugar. Con esta idea actúa y el resultado es un nú­mero infinito de tretas malévolas para endosar a otro cualquiera la pesa­dumbre de la que un hombre quiere sustraerse. En pocas palabras, la

A OBJETOS INANIMADOS 609

idea de delegar el padecimiento es corrientemente entendida y practicada por las razas situadas en un nivel inferior de cultura intelectual y social. En las siguientes páginas ilustraremos la teoría y la práctica tal como se encuentra entre los salvajes, y en toda su simple desnudez, sin disfraz de razonamientos metafísicos ni sutilezas teológicas.

Las tretas a que recurre el salvaje astuto y egoísta con objeto de ali­gerarse a expensas del vecino son numerosas; sólo citaremos algunos ejemplos típicos de entre tantos. Para comenzar, observemos que el mal que se intenta alejar no necesita transferirse a una persona; puede serlo igualmente a un animal o un objeto, aunque en este último caso, el ob­jeto es con frecuencia tan sólo el vehículo que lo transfiere a la primera persona que lo toca. En algunas islas de las Indias Orientales piensan que la epilepsia puede curarse golpeando al paciente en la cara con las hojas de ciertos árboles, y tirándolas después lejos. Creen que la enfer­medad pasa a las hojas y se aleja con ellas. Para curar el dolor de mue­las, algunos negros australianos aplican a la mejilla un lanzador de azaga­yas bien caliente. Se tira después el lanzador y el dolor de muelas se va con él bajo la forma de una piedra negra llamada karriitch: se en­cuentran piedras de esta clase en los viejos montículos y dunas. Las recogen cuidadosamente y las arrojan en dirección de los enemigos con la idea de producirles dolores de muelas. Un pueblo pastoril de Ugarida, los bahimas, sufren con frecuencia de abscesos muy profundos; "su cu­ración para esto es transferir la enfermedad a otra persona obteniendo yerbas del curandero, frotándolas sobre el sitio hinchado y enterrándolas en el camino más frecuentado; la primera persona que pise sobre el sitio donde las yerbas están enterradas contraerá la enfermedad y el paciente de origen se curará".

Algunas veces en caso de enfermedad se transfiere la dolencia a una efigie antes de pasarla a una persona. Así, entre los bagandas, el curan­dero algunas veces hace un modelo en arcilla de su paciente; después un pariente del enfermo frotará la imagen en el cuerpo del paciente y luego la enterrará en el camino o la ocultará entre la yerba de la linde. La primera persona que pase sobre la imagen o por su lado contraerá la en­fermedad. Algunas veces efigie estaba hecha de una flor de plátano atada de tal modo que se asemejase a una figura humana y se usaba igual que la imagen de barro. Mas el uso de estas figuras con intención tan perversa era un crimen capital; cualquier persona sorprendida en el acto de enterrar una de estas figuras en el camino público, seguramente sería condenada a muerte.

En el distrito occidental de la isla de Timor, cuando caminan jor­nadas largas y fatigosas, lo mismo hombres que mujeres, se abanican con ramas que tengan hojas y después tiran las ramas en sitios conocidos, donde sus antepasados-hicieron lo mismo antes que ellos. Suponen que la fatiga que sienten pasa a las hojas y con ellas se queda rezagada. Otros usan piedras en vez de hojas. De modo análogo, en el archipiélago Babar, la gente cansada se golpea con piedras creyendo que así traspasan a las

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piedras la laxitud que sienten en su cuerpo. Después arrojan las piedras en lugares especialmente señalados al efecto. Semejante creencia y prác­tica en muchas partes distantes del mundo ha dado origen a esos cairns 1 o montones de palos y hojas que los viajeros observan con tanta frecuen­cia a los lados de los senderos, montones a los que añaden su contribu­ción todos los nativos que por allí pasan, bajo la forma de ramas, palos, hojas o piedras. Así, en las islas Salomón y Banks los indígenas suelen arrojar palos, piedras y hojas a un montón situado en una cuesta o en donde principia un sendero difícil, diciendo: "Ahí va mi fatiga". El acto no es un rito religioso, pues lo que tiran al montón no es una ofren­da a los poderes espirituales y las palabras que acompañan al acto no son una oración; es una ceremonia mágica para librarse de la fatiga, que el ingenuo salvaje imagina poder incorporar a un palo, hoja o piedra y, así, echarlo de sí mismo.

2. LA TRANSFERENCIA A LOS ANIMALES

Con frecuencia se emplean los animales como medio para que se lle­ven o se les transfiera el mal. Cuando un moro tiene dolor de cabeza, en ocasiones empieza a dar golpes a una cabra u oveja hasta que la rinde y derriba, creyendo que su dolor de cabeza se pasará al animal. En Marruecos, la mayoría de los moros ricos tienen un jabalí en sus establos, para que los jins o espíritus malignos se aparten de los caballos y entren en el jabalí. Entre los cafres de África del Sur, cuando han fracasado otros remedios, "los nativos adoptan algunas veces la costumbre de traer una cabra a presencia del enfermo y confesar los pecados del kral sobre el animal. En ocasiones, además, dejan caer unas cuantas gotas de sangre del enfermo sobre la cabeza de la cabra, que ahuyentan en seguida a un sitio deshabitado del campo. Se supone que la enfermedad ha sido transferida al animal y queda perdida en el desierto". En Arabia, cuando estalla una peste, en ocasiones conduce la gente un camello por todos los barrios de la ciudad para que el animal recoja la pestilencia en sí mismo. Después le estrangulan en un lugar sagrado e imaginan haberse librado a un tiempo del camello y de la peste. Se dice que cuando aparece la viruela, los salvajes de Formosa alejarán al demonio de la enfermedad dentro de una marrana, a la que cortan las orejas y las queman (o a la cerda también) creyendo que este proceder les librará de la plaga.

Entre los malgaches el vehículo para llevarse los males se llama faditra. "El faditra es alguna cosa elegida por el sikidy [consejos de adi­vinos] con el propósito de llevarse cualquier daño pernicioso o enferme­dad que pueda perjudicar a un individuo en su felicidad, su paz o su prosperidad. El faditra puede ser cenizas, monedas cortadas,2 una oveja,

1 Cairn es palabra gaélica (Irlanda y Gales).

2 Monedas de plata cortadas por la mitad, en cuartos y en octavos, como valor
de cambio, por falta de moneda fraccionaria.

A LOS ANIMALES 611

una calabaza o cualquier otra cosa que el sikidy haya aconsejado escoger. Elegido el objeto en cuestión, el sacerdote le atribuye cuantos males puedan resultar dañinos a la persona por la que se hace esto, con lo que cargará el faditra llevándoselos para siempre. Si el faditra es ceniza, la aventará o dejará que la esparza el viento. Si es moneda cortada, la arro­jan al fondo del agua en sitio profundo o donde nadie pueda encontrarla nunca. Si es una oveja, se la lleva un hombre que corre a toda la velo­cidad que le es posible, mientras farfulla, como encorajinado violenta­mente, contra el faditra por los males que está llevando. Si es una calabaza, la llevan a hombros un corto trecho, y después la tiran contra el suelo con todas las apariencias de furiosa indignación". Un malgache fue informado por un adivino de que estaba predestinado a una muerte sangrienta pero sería posible desviar el hado si ejecutaba cierta ceremonia. Llevando una vasija pequeña llena de sangre sobre la cabeza, había de montar sobre el lomo de un buey y, ya montado, tenía que verter la sangre sobre la cabeza del buey y llevarlo después al desierto a un sitio de donde no pudiera volver.

Los batakos de Sumatra tienen una ceremonia que denominan "echar a volar maldición". Cuando una mujer es estéril, se ofrece a los dioses un sacrificio de tres saltamontes (locustas) que representan una cabra, un búfalo y un caballo. Después se pone en libertad a una golon­drina, con una oración para que la maldición caiga sobre el ave y vuele con ella. "La entrada en una casa de algún animal que no suele com­partir la morada humana se considera por los malayos como un presagio de desgracia. Si un pájaro silvestre entra volando en una casa, hay que capturarle con todo cuidado y untarle con aceite, dejándole luego al aire libre, y recitar una fórmula en la que se pide que vuele llevándose todos los reveses y desgracias de la casa y del inquilino". En la Antigüe­dad, las mujeres griegas parece que hacían lo mismo con las golondrinas que cogían dentro de casa; derramaban aceite sobre el pájaro y le soltaban para que volase, evidentemente con el propósito de alejar la mala suerte de la familia. Los huzules de los Cárpatos imaginan que pueden trans­ferir las pecas1 a la primera golondrina que vean en primavera, lavándose la cara en una corriente de agua y diciendo: "Golondrina, golondrina, toma mis pecas y dame sonrosadas mejillas".

Entre los badagas de las montañas Neilgherry, en la India meridio­nal, cuando muere alguien, los pecados del difunto los hacen recaer sobre un búfalo joven. Con este propósito, la gente se congrega alrededor del cadáver y lo llevan fuera del pueblo. Después, un anciano de la tribu, colocándose a la cabecera del muerto, recita o canturrea una larga lista de pecados, como los que cualquier badaga puede cometer, y la gente va repitiendo la última palabra de cada frase. La confesión de los pecados se repite tres veces. "Expresado de un modo convencional, la suma total de pecados que un badaga puede cometer es de mil trescientos. Admi-

1 Pecca en italiano, peco en portugués. Efélides.

612 LA TRANSFERENCIA DEL, MAL

tiendo que el difunto los haya cometido todos, el ejecutante grita en alto: 'No entorpecer su vuelo a los pies puros de Dios'. Cuando acaba, toda la reunión exclama con fuerza: 'No entorpecer su vuelo'. El eje­cutante entra en detalle y grita: 'Él mató a la serpiente que se arrastra; eso es pecado'. Y en el momento que termina de decir la última palabra toda la gente grita: 'Es pecado', y cuando grita el acompañamiento, el ejecutante extiende su mano sobre el ternero; el pecado se transmite al búfalo. Todo el catálogo de los pecados se enumera de este impresio­nante modo. Pero esto no es bastante; cuando el grito final de la lista se ha extinguido, el ejecutante cede su puesto a otro que principia otra vez la confesión y todo el coro contesta: 'Es pecado', y así se hace por tres veces. Después, en el silencio solemne, sueltan al búfalo; a seme­janza de la víctima expiatoria judía, no se le puede usar para ningún uso profano". En el funeral badaga que presenció el Rev. A. C. Clayton, el ternero de búfalo fue conducido dando la vuelta tres veces alrededor del féretro y al terminar pusieron la mano del difunto por unos mo­mentos sobre la cabeza del animal. "Suponen que por este acto el ternero recibe todos los pecados del difunto. Después se le conducía muy lejos para que no pudiera contaminar a nadie y se decía que nunca seria vendido, sino considerado como un animal sagrado y consagrado". La finalidad de esta ceremonia es que "los pecados del difunto entren en el ternero o que la tarea de su absolución pese sobre el animal. Ellos dicen que el ternero desaparece muy pronto y nunca se oye hablar más de él".
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