Sir james george frazer la rama dorada



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PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES 599

y su ferocidad y de aquellos otros que reverencia a cuenta de los bene­ficios que espera de ellos, hay otra clase de animales a los que considera necesario conciliar en ocasiones con el culto y los sacrificios. Son las sabandijas que infestan sus mieses y ganados. Para librarse de estos des­tructores enemigos, el labrador ha recurrido a muchas estratagemas su­persticiosas, de las que, aunque una veces están ideadas para destruir o intimidar al bicho, otras desean propiciarle y persuadirle, por medios honrados, para que desista de los frutos de la tierra y de los rebaños. Así, los campesinos estonianos, en la isla de Oesel, temen muchísimo el gorgojo, insecto sumamente destructor del grano; le dan un nombre distinguido, y si algún niño va a matar algún gorgojo, le dicen: "No lo hagas; cuanto más daño le hagamos, más daño nos hará él a nosotros". Si encuentran un gorgojo, lo hunden en tierra en lugar de matarlo. Aun hay quien pone el insecto debajo de una piedra en el campo y le ofrece grano. Ellos piensan que así le apaciguan y hará menos daño. Entre los sajones de Transilvania, con la idea de resguardar el grano de los go­rriones, el sembrador comienza tirando el primer puñado de semilla por encima de su cabeza hacia atrás, diciendo; "Esto es para ustedes los gorriones". Y para guardar el grano contra los ataques de la mariposa polilla de la avena, cierra los ojos y esparce tres puñados de avena en distintas direcciones. Hecha esta ofrenda a la plaga, se siente seguro de que se abstendrán de tocar la mies. Un procedimiento transilvánico de asegurar las cosechas contra todos los pájaros, animales o insectos es éste. Después de terminar la siembra, va el sembrador una vez más de punta a punta del terreno imitando el movimiento de sembrar, pero con la mano vacía. A medida que lo hace, dice: "Esto lo siembro para los animales; esto otro lo siembro para todo aquello que vuela y que se arras­tra, para todo lo que camina y que está quedo, para todo lo que canta y brinca, en nombre de Dios Padre, etc." El siguiente es un método alemán de librar de orugas un huerto. Después de ponerse el sol o a medianoche, la dueña de la finca, o cualquier otra mujer de la familia, da la vuelta a todo el huerto arrastrando una escoba tras ella, sin mirar para atrás e irá musitando: "Buenas noches, madre oruga, usted debería irse a la iglesia con su marido". El portillo del huerto queda abierto toda la noche hasta por la mañana.

Algunas veces el granjero, en su trato con los bichos, puede encon­trar un camino intermedio entre el excesivo rigor, de un lado, y una débil indulgencia, de otro; afable pero firme, atempera la severidad con la misericordia. Un antiguo tratado griego sobre agricultura recomien­da al agricultor que desee preservar sus campos de los ratones que obre así: "Tome una hoja de papel y escriba en ella lo siguiente: 'Yo os conjuro, ratones aquí presentes, para que no me hagáis daño ni consin­táis que ningún ratón me lo haga. Os doy un campo allí (aquí especi-fíquese de qué campo se trata) pero si agarro a alguno de vosotros aquí otra vez, por la madre de los dioses que le rajaré en siete pedazos'. Es­crito esto, se sujeta sobre una piedra cualquiera del campo antes del ama-

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necer, teniendo cuidado de dejar lo escrito cara arriba." En las Arde-nas dicen que para librarse de las ratas se repetirán las siguientes pala­bras "Erat verbum, apud Deum vestrum. Ratas machos y ratas hembras, os conjuro por el Gran Dios para que os marchéis de mi casa, de todas mis habitaciones y os trasladéis a tal y cual lugar, donde podéis terminar vuestros días. Decretis, reversis et desembarassis virgo potens, clemens, justitiae". Después escriba estas mismas palabras en dos trozos de papel, dóblelos y coloque uno de ellos debajo de la puerta por donde las ratas salen y el otro en el camino que siguen. Este exorcismo deberá ejecu-tarse al amanecer. Hace ya algunos años, se supo de un granjero ame-ricano que había escrito una carta cortés a las ratas, diciéndoles que sus cosechas eran pequeñas, que no podía mantenerlas durante todo el in-vierno, que había sido muy bondadoso con ellas y que por su propio bien creía preferible que le dejaran y se fueran a algún vecino que tu- viese más grano. Este documento lo sujeto con un alfiler a un poste del granero para que lo leyesen las ratas.

En otras ocasiones se supone que el objeto deseado se consigue tra­tando con la mayor distinción a uno o a dos individuos escogidos de la detestable casta, mientras se persigue a los restantes con inexorable rigor.

En la indo-oriental isla de Balí. los ratones que asuelan los arrozales son cogidos en gran número y quemados por el mismo procedimiento que emplean con los cadáveres de las personas, pero a dos de los capturados les dejan vivir y les dan un paquetito de ropa blanca. Entonces la gente se inclina en reverencia ante ellos como si fuesen dioses y los dejan mar­char. Cuando los campos de labor de los dayakos marinos o ibans de Sarawak están apestados de insectos y pájaros, capturan un ejemplar de cada clase de bichos (un gorrión, un saltón, etc.) y los ponen en una diminuta embarcación hecha de cortezas de árbol, bien abarrotada de provisiones, y después la dejan que desfile flotando río abajo con su detestable pasaje. Si esto no aleja las plagas, los dayakos recurren a lo que consideran un modo más efectivo de conseguir el mismo fin. Hacen con barro un caimán de tamaño natural y lo colocan en los campos, donde le ofrecen comida, aguardiente de arroz y telas, y le sacrifican una gallina y un cerdo. Ablandado por tales atenciones, el feroz animal se traga muy pronto todos los bichos que devoran la mies. En Albania, si las mieses o las viñas son devastadas por la langosta o los escaraba­jos, se reúnen unas cuantas mujeres con el pelo desgreñado, cogen algu­nos insectos y marchan con ellos en procesión fúnebre a una fuente o corriente de agua donde los arrojan; entonces una de las mujeres canta: "Oh, langostas y escarabajos, que nos habéis dejado desconsoladas", y la endecha se eleva y repite por todas las mujeres a coro. Así, celebrando las exequias de unas pocas langostas y escarabajos, esperan que caiga la muerte sobre todas las sabandijas. Cuando las orugas invadían una viña o campo de mieses en Siria, se reunían las vírgenes y una de ellas hacía de madre de una oruga que cogían. Entonces todas ellas se lamentaban y enterraban a la oruga. A continuación, conducían a la "madre" al lugar

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donde estaban las orugas y la consolaban con objeto de que las orugas abandonasen la finca.

CAPÍTULO LIV

TIPOS DE SACRAMENTO ANIMAL

1. LOS TIPOS DE SACRAMENTO EGIPCIO Y AINO

Estamos va, quizá, en posibilidad de entender la ambigua conducta de los ainos y gilyulcos hacia el oso. Se ha demostrado que la profunda línea de demarcación que nosotros trazamos entre la humanidad y los animales inferiores no existe para el salvaje. Muchos otros animales le parecen sus iguales y aun sus superiores, no solamente en fuerza bruta, sino también en inteligencia, y si el deseo o la necesidad le impelen a quitarles la vida, se siente obligado, aparte de cuidar de su propia segu­ridad, a realizarlo de modo que sea con la menor injuria posible tanto para el animal vivo como para su espíritu, que ha marchado, y para to­dos los demás animales de su especie, que se resentirían por la afrenta a cualquiera de los suyos, igual que una tribu de salvajes se resentiría del perjuicio o insulto hecho a uno de sus miembros. liemos visto que entre los muchos artificios a que el salvaje recurre para expiar el mal que ha causado a los animales víctimas, uno consiste en mostrar marcada deferencia a algunos individuos de la misma especie, con lo que cree, sin duda, poder exterminar con impunidad al resto de los de la especie a quienes pueda atrapar. Este principio explica quizá la actitud, a pri­mera vista enigmática y contradictoria, del aino hacia el oso. La carne y la piel de oso le abastecen corrientemente de alimento y vestido, pero, como el oso es un animal inteligente y poderoso, hay que ofrecer alguna excusa satisfactoria o expiación a la especie de los osos por la pérdida que sufre con la muerte de tantos miembros suyos. Esta expiación o compensación se cumple criando oseznos, tratándolos durante su vida con respeto y matándolos con muestras extraordinarias de pena y de­voción. Así, los otros osos quedan conformes y no se resienten de la matanza de los de su clase atacando a los matadores o marchándose del país, lo que privaría al aino de uno de sus medios de subsistencia.

De este modo, la forma del culto primitivo a los animales se adapta a dos tipos distintos, que son en cierto modo inversos. Por un lado, los animales son adorados y, por ello, nunca se les mata ni se les come; por Otro, los animales son adorados precisamente a causa de ser habitual-mente matados y comidos. En ambos tipos de culto, se reverencia al animal en consideración al beneficio positivo o negativo que el salvaje espera obtener de él. En el primer tipo de culto, los beneficios llegan en forma positiva —protección, consejo y ayuda que el animal propor­ciona al hombre— o en forma negativa —abstención del daño que el animal podría infligir—. En el segundo tipo de culto, el beneficio se

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materializa en la forma de carne y piel del animal. Los dos tipos de culto son, en cierto grado, antitéticos; en uno no se come el animal porque se le reverencia, y en el otro se le reverencia porque se le come Ambos puede practicarlos el mismo pueblo, como hemos comprobado en el caso de los indios norteamericanos, que, mientras reverencian y se abstienen de sus animales totémicos, también reverencian a los ani­males y peces de que subsisten. Los aborígenes de Australia tienen el totemismo en la forma más primitiva conocida por nosotros; pero no hay prueba clara de que ellos intenten, como los indios norteamericanos, con-ciliarse a los animales que matan y se comen. Los medios que los austra­lianos adoptan para asegurar una abundante provisión de caza parecen basarse, ante todo, no en la conciliación, sino en la magia simpatética, principio al que recurren con igual propósito los indios norteamericanos. Por eso, como los australianos representan indudablemente un rudo período del progreso humano, anterior al de los indios norteamericanos, pensamos que antes que los cazadores imaginen adorar la caza como medio de asegurar abundante cantidad de ella, procuran obtener el mis­mo fin por magia simpatética. Esto mostraría otra vez lo que tenemos buenas razones para creer; que la magia simpatética es uno de los prime­ros medios por los que el hombre intentó adaptar las obras de la natu­raleza a sus necesidades.

Correspondiendo a los dos tipos distintos del culto a los animales, hay dos tipos de costumbre en la occisión del dios animal. Por un lado, cuando habitualmente no se mata al animal reverenciado, en ocasiones solemnes y raras sí se le sacrifica y a veces se le come; ejemplos de esta costumbre ya los hemos dado, así como una explicación de ellos. Por otro lado, cuando habitualmente se da muerte al animal reverenciado, la matanza de uno de la especie implica la matanza del dios, la que es expiada en el mismo sitio con excusas y sacrificios, especialmente cuando el animal es poderoso y peligroso, y además de esta corriente y diaria expiación, hay una expiación especial anual, en la que un ejemplar se­lecto de la especie es matado con extraordinarias muestras de respeto y devoción. Evidentemente los dos tipos de matanza sacramental, el tipo egipcio y el aino, como los podemos denominar para distinguirlos, son fáciles de confundir por el observador, y antes de poder decir a qué tipo pertenece un particular ejemplo es necesario cerciorarse de si el animal sacramental muerto pertenece a las especies que habitualmente no se matan o a una cuyos individuos son habitualmente muertos por la tribu. En el primer caso el ejemplo pertenece al tipo egipciaco y en el secundo, al tipo aino.

La práctica de las tribus pastoriles parece suministrar ejemplos de ambos tipos de sacramento. "Las tribus pastoriles —dice Adolfo Bas­tian—, viéndose obligadas en ocasiones a vender sus ganados a extran­jeros que podrían tratar los huesos irrespetuosamente, procuran evitar el peligro que tal sacrilegio significaría consagrando una de sus cabezas como objeto de culto, comiéndola sacramentalmente en el círculo fami-

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liar a puerta cerrada y después tratando los huesos con todo el respeto ceremonioso que propiamente hablando debería acordarse a cada cabeza de ganado, y que siendo debidamente mostrado al animal representa­tivo, se considera pagado para todos. Estas comidas en familia se en­cuentran en varios pueblos, especialmente en los del Cáucaso. Cuando en primavera los pastores abchases hacen en reunión la comida general, bien fajados y con sus cayados en la mano, puede considerarse que al mismo tiempo participan en un sacramento y prestan un juramento de ayuda y socorro mutuos, pues el juramento más fuerte de todos es el que se acompaña de la ingestión de una substancia sagrada, ya que la per­sona perjura no puede en modo alguno escapar de la venganza del dios que ha metido en su cuerpo y asimilado". Esta clase de sacramento es del tipo aino o expiatorio, puesto que significa una reparación a la especie por los posibles malos tratos de que se haga objeto a sus indivi­duos. Una expiación similar en principio, aunque más distante en los detalles, es la que ofrecen los calmucos a sus ovejas, cuya carne es uno de sus alimentos principales. Los calmucos ricos tienen el hábito de consagrar un carnero bajo el título de "el carnero celestial" o "el car­nero del espíritu"; no puede ser esquilado ni vendido, pero cuando envejece y su amo desea consagrar otro nuevo, matará al viejo morueco y se lo comerá en un festival al que son invitados los vecinos. Un buen día, generalmente en otoño, cuando las ovejas están gordas, un hechicero asperja con leche al morueco viejo y después lo mata; comen su carne, queman en un altar de césped el esqueleto con algo de sebo y dejan colgada la piel con la cabeza y las pezuñas.

Un ejemplo de sacramento del tipo egipcio lo proporcionan los todas, pueblo pastoril de la India meridional, que vive principalmente de la leche de sus búfalos. Entre ellos, "el búfalo es tenido en cierto grado como sagrado" y "tratado con gran cariño y hasta casi con adoración por la gente". Nunca comen carne de búfalo hembra y por lo general se abstienen también de comer la del macho. Pero esta última parte de la regla tiene una excepción: "Una vez al año, los hombres adultos del pueblo se juntan en la ceremonia de matar y comerse un búfalo jo­ven, al parecer lechal de un mes. Llevan al animal a la espesura del bos­que del pueblo y allí le matan con una maza hecha de madera del árbol sagrado de los todas (la Millingtonia).1 Después de encender una hoguera sagrada frotando dos maderos, asan el ternerillo entre las cenizas de ciertas maderas especiales y luego se lo comen solamente los hom­bres, estando excluidas de la reunión las mujeres. Ésta es la única oca­sión en que los todas comen carne de búfalo, Los madis o tribu moru de África central, cuya principal riqueza son los rebaños, aunque tam-

1 Su nombre vulgar en el Indostán es el de "árbol del corcho". Su nombre científico es Millingtonia horfensis (Tomás Millington, profesor de Oxford, siglo xvii) y pertenece a una de las especies de la familia Bignoniáceas (Abate Bignon, biblioteca­rio de Luis XV de Francia); entre ellas están el árbol catalpa y el tecoma o tecomatl-xochitl o árbol calabaza (¿puchero?) de los nahuas mexicanos.

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bién cultivan, parece que matan un cordero sacramentalmente en ciertas ocasiones solemnes. Así describe la costumbre el Dr. Felkin: "Me in- clino a creer que cumplen en fechas fijas, una vez al año, una costum­bre muy notable. No he podido averiguar cuál es el significado exacto que tiene. Parece, sin embargo, aliviar la mente de las gentes, pues, pre­viamente muestran mucha tristeza y las vemos muy alegres cuando la ceremonia se ha cumplido en debida forma. Lo que sigue es lo que acontece: Un gran concurso de gentes de todas las edades se reúne y sienta alrededor de un círculo de piedras erigido a un lado del camino (realmente un sendero estrecho). Un muchacho trae un cordero selecto al que hacen dar cuatro vueltas alrededor de la gente congregada, la que, según va pasando, le arranca a pellizcos pequeños vellones que se colo-can entre el pelo o en otras partes del cuerpo. Después conducen al cordero al interior del círculo de piedras y allí lo mata un hombre que pertenece a una especie de orden sacerdotal y el cual recoge algo de la sangre del cordero, la asperja cuatro veces sobre la gente y después la aplica individualmente; a las criaturas les hace un pequeño circulito con la sangre del cordero en la parte baja del esternón; a las mujeres y niñas les hace una marca sobre el pecho y a los hombres en cada hom-bro. Pasa después a explicar la ceremonia y exhorta a la gente a pro­ducirse con bondad. . . Cuando ha terminado el sermón, que a veces es muy largo, la gente se levanta y cada cual va colocando una hoja en el círculo de piedras, marchándose después con muestras de gran ale­gría. El cráneo del cordero queda colgado en un árbol cercano a las piedras y la carne la comen los pobres. Esta ceremonia se observa en otras ocasiones y en menor escala. Si una familia tiene alguna pesadum­bre, sea enfermedad o pérdida sensible, sus amigos y vecinos se reúnen con ella y matan un cordero; se piensa que esto conjura ulteriores daños. La misma costumbre se usa en la sepultura de amigos fallecidos y tam­bién en ocasiones de gozo tales como la vuelta de un hijo al hogar des­pués de una ausencia muy prolongada". La tristeza que manifiesta la gente en la matanza anual del cordero creemos demuestra que el cor­dero degollado es un animal sagrado o divino, cuya muerte pone duelo en sus adoradores, de la misma manera que la muerte del zopilote sa­grado enlutaba a los californianos y la muerte del carnero tebano a los egipcios. El señalar a cada uno de los devotos con la sangre del cordero es una forma de comunión con la divinidad; el vehículo de la vida di­vina es aplicado externamente en lugar de tomarlo internamente, como cuando la sangre es bebida o comida la carne.

2. procesiones con animales sagrados

La forma de comunión en la que el animal sagrado es llevado de casa en casa para que todos puedan gozar compartiendo su influencia divi­na, ha sido ejemplificada por la costumbre de los gilyakos de pasear al oso por todo el pueblo antes de matarle. Una forma parecida de

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comunión con la serpiente sagrada se efectúa por una tribu de la serpiente en el Punjab. Una vez al año, en el mes de septiembre, dan culto a la serpiente todas las castas y religiones durante nueve días solamente. A fines de agosto, los mirasans, especialmente los de la tribu serpiente, hacen una sierpe de pasta, la pintan de negro y rojo y la colocan en un abanico de cestería que usan para aventar el tamo. Llevan así la ser­piente por todo el pueblo y cuando entran en las casas dicen: "¡Dios sea con todos ustedes! ¡Que se alejen todos los males! ¡Que prospere la palabra de nuestro patrón [de Gugga]!" Entonces presentan la ser­piente en su cesta, diciendo: "Un bollito de harina; un poquito de mantequilla; si obedece a la serpiente, usted y los suvos prosperarán''. Hablando con precisión, deberían dar un bollo y mantequilla pero esto se hace raramente. Cada cual, sin embargo, da por lo general un pu­ñado de masa de harina o de grano. En las casas donde hay una recién casada o de donde ha salido para casarse o donde acaba de nacer un hijo es usual dar una rupia y cuarto o alguna tela. En ocasiones, los porta­dores de la serpiente también cantan: "Dad a la serpiente una pieza de tela y ella os enviará una airosa novia''. Cuando han visitado así todas las casas, entierran a la serpiente de pasta y erigen sobre ella una rústica sepultura. Durante los nueve días de septiembre van allá las mujeres a rendirle culto o llevan un tazón de requesones, del que ofrecen un poco a la tumba de la serpiente arrodillándose en el suelo y tocando la tierra con la frente. Cuando vuelven las mujeres a sus casas, dan a los niños lo que queda de los requesones. Aquí, la serpiente de masa es eviden­temente el sustituto de una verdadera serpiente. Y es un hecho que en los distritos donde las serpientes abundan, se ofrece el culto no en la tumba de una serpiente de masa, sino en la selva, donde se sabe que las hay vivas. Además de este culto anual, que todo el pueblo cum­ple, los miembros de la tribu de la serpiente la adoran del mismo modo todas las mañanas después de la luna nueva. La tribu de la serpiente no es infrecuente en el Punjab; sus miembros no matarán una serpiente nunca y ellos dicen que si les mordiera alguna, no les haría daño. Si encuentran alguna serpiente muerta, la visten y la hacen un funeral corriente.
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