Sir james george frazer la rama dorada



Descargar 10,97 Mb.
Página85/123
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño10,97 Mb.
1   ...   81   82   83   84   85   86   87   88   ...   123

La onza, animal parecido al leopardo, es temida por sus depreda­ciones entre los indios del Brasil. Cuando capturan en una trampa a uno de esos animales, lo matan y llevan su cuerpo a la aldea; allí, las mujeres adornan el cadáver con plumas de muchos colores, le ponen brazaletes en las patas y lloran sobre él diciendo: "Te ruego que no te vengues en nuestros pequeñuelos por haber sido atrapada y muerta por tu propia ignorancia, pues no hemos sido nosotros los que te hemos engañado, sino tú misma. Nuestros maridos solamente pusieron trampas para capturar animales que son buenos para comer; ellos nunca pensaron que tú caerías en ellas. Por eso, no dejes que tu alma aconseje a sus compañeros vengar tu muerte en nuestros pequeñuelos". Cuando un indio pie negro caza águilas con cepos y las mata, las lleva al poblado, a un recinto especial llamado alojamiento de las águilas, que ha sido preparado para ellas fuera del campamento; pone las águilas en fila en el suelo, con las cabezas erguidas por medio de una rama que las apun­tala, y coloca un poco de carne seca en los picos con designio de que los espíritus de las águilas muertas puedan ir y decir a las otras águilas vivas lo bien que están siendo tratadas por los indios. Así también, cuando los cazadores indios de la región del Orinoco matan un animal, le abren después la boca e introducen en ella unas gotas de aguardiente, para que el alma del animal muerto pueda informar a sus compañeros del recibimiento que le han hecho y que ellos, acariciando la perspectiva del mismo recibimiento cariñoso, vengan con presteza a que los maten. Cuando un indio tetón está de viaje y encuentra una araña gris o una araña de patas amarillas, la mata, pues, si no lo hace, caerá sobre él algún mal; pero tendrá buen cuidado de no dejar que la araña se entere de que es él quien la mata, pues si la araña lo supiera, iría su alma a decirselo a las otras arañas y es seguro que alguna de ellas vengaría la muerte de su pariente. En consecuencia, al aplastar al bicho, dice el indio: "Oh abuelo araña, te mataron los seres del trueno", y la araña

PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES 593

es aplastada en el mismo instante y cree lo que la han dicho. Su alma probablemente corre y cuenta a las otras arañas que los seres del trueno la han matado; pero no cabe peligro en ello, pues, ¿qué pueden hacer las arañas grises o de patas amarillas a los seres del trueno?

No es solamente con los animales peligrosos con quienes el salvaje desea estar en buenas relaciones; es verdad que el respeto que muestra a los animales salvajes está hasta cierto punto condicionado a su fuerza y ferocidad. Así, los salvajes stiens de Cambodia, creyendo que todos los animales tienen almas que vagan en torno después de su muerte, piden perdón al animal que matan, por miedo a que su alma venga y les atormente. También les ofrecen sacrificios, pero estos sacrificios son proporcionados al tamaño y vigor del animal. Las ceremonias que veri­fican en la muerte de un elefante se desarrollan con mucha pompa y duran siete días. Distinciones semejantes se observan entre los indios norteamericanos. "El oso, el búfalo y el castor, son manitús (divinida­des) que proveen de alimentos. El oso es formidable y bueno de comer. Le rinden ceremonias, rogándole que les permita comerle, aunque ellos saben que a él no le apetece. Le mataremos, pero no será aniquilado. Su cabeza y zarpas serán objeto de homenaje. . . Otros animales son tra­tados igualmente por razones semejantes. . . Muchos de los animales manitús, si no son terribles, son tratados frecuentemente con desprecio: la tortuga, la comadreja y el zorrillo, etc." La distinción es instructiva; a los animales terribles, comestibles, o una y otra cosa, se les trata con respeto ceremonioso; a los que no son formidables ni comestibles se les desprecia. Hemos expuesto ejemplos de reverencia para los animales igualmente terribles y comestibles. Queda por demostrar que muestran parecido respeto a los animales que, sin ser terribles, son comestibles o valiosos por sus pieles.



Cuando los cazadores siberianos de martas capturan una cebellina, no permiten que la vea nadie y piensan que si se habla algo de la cebe­llina cazada, sea bueno o malo, no podrán capturar otras. Se ha sabido de uno de estos cazadores que expresó su creencia de que las cebellinas pueden oír lo que se dice de ellas desde tan lejos como Moscú. Dijo que la razón principal de ser ahora tan poco productiva la caza de la marta cebellina es haber mandado algunas vivas a Moscú. Allí fueron vistas con asombro y como animales extraños y las cebellinas no pueden consentir eso. Otra causa, aunque menor, de la disminución de las cebellinas era, según alegaban, que el mundo es mucho peor ahora de lo que antes era; así que en nuestros días un cazador ocultará la cebellina en lugar de echarla al almacén general, pues esto, dijo él, tampoco pue­den admitirlo las cebellinas. Los cazadores de Alaska conservan les huesos de las cebellinas y castores fuera del alcance de los perros durante un año y después los entierran con cuidado, “temiendo que los espíritus que cuidan de las cebellinas y castores considerasen que se les trataba con desprecio y por esto no fueran más ni atrapados ni muertos". Los indios canadienses tenían también la misma meticulosidad en no permi-

594 PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES

tir que sus perros mordieran los huesos o, por lo menos, ciertos huesos de los castores, tomándose los mayores cuidados para reunir y conservar estos huesos, y cuando algún castor había sido cogido en la red, arro­jaban los huesos al río. A un jesuíta que argüía que los castores no era posible que supiesen lo que sucedía a sus huesos, los indios le replicaron: "Usted no sabe nada de cazar castores y ya está usted hablando de ello Antes de que el castor sea piedra muerta, su alma se da una vuelta por la cabaña del hombre que le está matando y toma nota minuciosa de todo lo que se hace con sus huesos. Si los huesos se arrojan a los perros, los demás castores se enterarán y no se dejarán capturar, mientras que si sus huesos son echados al fuego o al río, quedarán satisfechos y parti­cularmente agradecido a la red el que fue atrapado". Antes de cazar castores ofrecían una solemne oración al Gran Castor y le regalaban tabaco y cuando la caza había terminado, un orador pronunciaba una oración fúnebre por los castores muertos. Elogiaba sus espíritus y sabi­duría. "No oiréis más —decía— la voz de los jefes que os mandan y que habéis escogido de entre todos los castores guerreros para daros leyes. Vuestro lenguaje, que nuestro curandero entiende perfectamente, no se oirá más en el fondo del lago. No lucharéis en más combates con las nutrias, vuestro enemigo cruel. ¡No castores! Pero vuestras pieles nos servirán para comprar armas; llevaremos vuestros jamones ahumados a nuestros hijos y evitaremos que los perros se coman vuestros huesos, lo cual sería muy duro".

El elán,1 el ciervo y el alce eran tratados por los indios norteameri­canos con el mismo respeto ceremonial y por la misma causa. No po­dían dar sus huesos a los perros ni arrojarlos al fuego, ni podía gotear su grasa sobre la hoguera, pues se creía que las almas de los anima­les muertos veían lo que se hacía a sus cuerpos y se lo dirían a los otros animales vivos y muertos. Por esto, si sus cuerpos eran maltratados, los animales de esa clase no se dejarían capturar en éste mundo ni en el mundo por venir. Entre los indios chiquitos del Paraguay, el curandero preguntará al enfermo si ha tirado algo de carne de ciervo o tortuga y si le contesta que sí, el curandero dirá: "Eso es lo que le está matando. El alma del ciervo o de la tortuga ha entrado en su cuerpo para vengarse del mal que usted le ha hecho". Los indios canadienses no comerán fetos de alce o lo harán solamente cuando se cierre la época de caza; de otro modo los alces hembras se volverían recelosos y no se dejarían capturar.



En las islas de Timor-laut, del archipiélago malayo, todos los cráneos de tortuga que un pescador pesque son colgados debajo de su casa. An­tes de salir otra vez a la pesca de tortugas, se dirige al cráneo de la última que ha matado y metiendo betel entre sus mandíbulas dice una oración al espíritu del animal muerto, para que induzca a su parentela del mar a fin de que venga a ser capturada. En el distrito Poso, de Célebes

1 Antílope gigante americano (Taurotragus derbianus).

PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES 595

central, los cazadores guardan las quijadas de los ciervos y jabalíes que han matado y las cuelgan en casa cerca del hogar. Entonces dicen a las quijadas: "Ustedes griten después a sus camaradas para que sus abuelos o sobrinos o hijos no puedan marcharse". Su idea es que las almas de los ciervos o cerdos muertos se detienen cerca de sus quija­das y atraen las almas de los ciervos o cerdos vivos, que así caerán en las trampas del cazador. De esta manera el astuto salvaje emplea los anima­les muertos como reclamo para entruchar a los animales vivos a su per­dición.

Los indios lenguas, del Gran Chaco, son muy aficionados a la caza del ñandú, pero cuando han matado una de esas grandes aves y traen a casa la pieza, toman sus medidas para adelantarse al resentimiento del espíritu de su víctima. Piensan que cuando ha pasado la primera con­moción natural de la muerte, el espíritu del avestruz se repone y trata de recobrar su cuerpo. Siguiendo ingenioso cálculo, el indio arranca plumas del pecho del ave y las va esparciendo a intervalos a lo largo de su camino. En cada puñado de plumas, el espíritu se pone a consi­derar: "¿Es esto todo mi cuerpo o sólo una parte de él?" La duda le hace detenerse y cuando al fin ha decidido ante todos los puñados de plumas y además ha desaprovechado un tiempo valioso por el zigzagueo que invariablemente emplea para ir de una a otra cosa, el cazador está ya seguro en su casa y el chasqueado espíritu se quedará dando vueltas en vano alrededor del poblado, porque es demasiado tímido para entrar.

Los esquimales de las cercanías del estrecho de Bering creen que las almas de los animales marinos muertos, tales como focas, morsas y ballenas, permanecen unidas a sus vejigas y que, volviéndolas a echar al mar, pueden dar lugar a que las almas reencarnen en cuerpos nuevos, multiplicando así la caza que los esquimales persiguen y matan. Fun­dados en esta creencia, cada uno de los cazadores extrae y guarda las vejigas de todos los animales marinos que matan, y en un festival solemne que celebran una vez al año, en invierno, estas vejigas, que contienen las almas de todos los animales marinos que han matado durante el año, son honradas con bailes y ofrendas comestibles en el salón público de reuniones, después de lo cual las recogen y por un agujero que hacen en el hielo las arrojan al agua. Los sencillos esquimales imaginan que las almas de los animales, de excelente humor por el amistoso trato que han experimentado, querrán después nacer otra vez como focas, morsas y ballenas, y formarán bandadas que de muy buena gana se dejarán alancear, arponear y matar por los demás procedimientos que emplean los cazadores.

Por razones parecidas, la tribu que depende para su subsistencia, parcial o totalmente de la pesca, tiene buen cuidado en tratar al pescado con todas las muestras de honor y respeto. Los indios del Perú "ado­raban el pescado que cogían en gran abundancia; decían que el primer pez que fue creado en el mundo de arriba (así nombran a los cielos) parió a todos los demás peces de aquella especie y se preocupó de en-

596 PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES

viarles muchas crías para mantener siempre sus tribus. Por esta razón dan culto en una región a las sardinas, pues pescan más de ellas que de cualquier otro pescado; en otra región al cazón; en otra a la raya;1 en otras a la carpa dorada, por su belleza; en otras al langostino y en otras por carecer de grandes dioses, al cangrejo, donde no tienen otro pescado o donde no saben cómo pescarlos y matarlos. Resumiendo: tenían como dios al pez que les era mas útil". Los indios kwakiutl de la Colombia Británica piensan que cuando mucre un salmón su alma vuelve al país de los salmones; por eso se preocupan de tirar al mar los huesos y des­perdicios, para que el alma pueda reanimarlos al resucitar el salmón, pues si queman los huesos, el alma se perdería y así le sería absoluta­mente imposible al salmón resucitar. De modo semejante, los indios otawas del Canadá, creyendo que las almas de los pescados muertos pa­san a otros cuerpos de peces, no queman las espinas de los pescados por miedo de disgustar las almas de los peces, que ya no volverían mas a las redes. Los indios hurones también se abstienen de arrojar al fuego las raspas de los pescados, por temor de que las almas de éstos pudieran irse a los otros peces para advertirles que no se dejen pescar porque los hurones quemarían sus huesos. Además tienen hombres que predican a los peces y los persuaden para que vengan a ser pescados. Antes era muy solicitado un buen predicador, pues se pensaba que las exhortaciones de un hombre entendido tenían el gran efecto de atraer los peces a las re­des. En la aldea pesquera de los hurones, donde se detuvo el misionero francés Sagard. el predicador de peces se enorgullecía mucho de su flo­rida elocuencia. Todas las tardes, después de la cena, viendo que todo el pueblo estaba en su sitio y que guardaba un silencio absoluto, predi­caba a los peces. Su tema era que los hurones no quemaban los huesos del pescado. ''Entonces, alargando el tema con unción extraordinaria exhortaba, conjuraba, invitaba e imploraba a los peces que vinieran a ser pescados, para que tuviesen buen ánimo y no temiesen nada, pues todo sería en servicio de sus amigos, que los honraban y no quemaban sus huesos." Los nativos de la isla del Duque de York decoran todos los años una canoa con flores y helechos, que cargan o deben cargar de moneda de conchas, y la sueltan al garete para compensar a los peces de sus compañeros capturados y comidos. Es necesario sobre todo tratar consideradamente al primer pescado, para conciliarse al resto de los pe­ces, conducta que se supone influida por la acogida hecha al primero de su especie que fue pescado. De acuerdo con esto, los maoríes devuel-ven siempre al mar el primer pez cogido "con el ruego de que él in­duzca a los demás peces a venir para ser capturados".

Son todavía más rigurosas las precauciones que toman cuando los peces son los primeros de la temporada. En los ríos de salmón, cuando los peces empiezan a entrar río arriba en primavera, les reciben con mucha deferencia las tribus que, como las indias de las costas del Pací­fico, en América del Norte, se mantienen principalmente de pescado.

1 Raía bínoculata del Pacífico.

PROPICIACIÓN' DF, ANIMALES SALVAJES 597

En la Columbia Británica solían ir al encuentro de los primeros peces cuando entraban río arriba. "Les hacían reverencias y se dirigían a ellos así: 'Vosotros peces, vosotros peces, todos vosotros, sois jefes, todos lo sois, todos sois jefes'. Entre los tlingit de Alaska, al primer hálibut1 lo manejan con sumo cuidado y le dan tratamiento de jefe, hacen una fiesta en su honor y después de realizada se continúa la pesca. En pri­mavera, cuando llega suavemente la brisa del sur y el salmón comienza a subir por el río Klamath, los karokos de California bailan para el sal­món y aseguran así una buena captura. Uno de los indios, llamado el Kareya u Hombre-Dios, se retira a la montaña y ayuna durante diez días. A su retorno la gente huye mientras él va al río, toma el primer salmón de las redes, come un poco y con el resto enciende el fuego sagrada en el sudadero". "Ningún indio puede coger un salmón hasta no celebrar la danza, ni en diez días después, aunque su familia se esté muriendo de hambre". Los karokos creen también que un pescador no cogerá salmón si las estacas de su puesto para arponear desde él han sido recogidas de las orillas del río donde el salmón puede haberlas visto. Las estacas deben ser traídas de la cima de la montaña más alta. También trabajará en vano el pescador si usa los mismos maderos un segundo año en el puesto de pesca o en las jábegas, "porque el salmón viejo les dirá algo a los jóvenes". Hay un pescado favorito de los ainos, que aparece en sus ríos hacia mayo o junio. Se preparan para la pesca observando reglas de pureza ceremonial y, cuando van a pescarle, las mujeres guardan en casa un silencio absoluto, pues si las oyen, los peces desaparecerán. Cuan­do cogen el primer pescado, lo meten en casa pasándole por una pe­queña abertura del fondo de la cabaña, pero no por la puerta, pues si lo entrasen por la puerta "ciertamente que los otros peces lo verían y desaparecerían". Esto puede explicar en parte la costumbre observada por otros salvajes de entrar la caza en sus casas, en ciertos casos, no por la puerta, sino por la ventana, por la chimenea o por una abertura espe­cial abierta en el fondo de la cabaña.

Algunos salvajes tienen una razón especial para respetar los huesos de las piezas cobradas y, en general, de los animales que comen, y es la creencia de que si guardan los huesos, éstos, en el transcurso del tiempo, serán revestidos con carne y así el animal volverá a vivir otra vez. Es, por esto, de evidente interés para el cazador dejar los huesos intactos, puesto que su destrucción disminuirá el abastecimiento futuro de esa caza. Muchos de los indios minnetaris "creen que los huesos de aquellos bisontes que han matado y descarnado resucitan cubiertos de carne nue­va y vivificada, haciéndose gordos y aptos para ser muertos en el siguiente junio". Por esto mismo, en las praderas del oeste americano pueden verse los bucráneos de búfalo alineados en círculos y montones simétri­cos aguardando la resurrección. Después de comerse un perro, los dako-tas recogen cuidadosamente los huesos y desperdicios, los lavan y los

i Es un pez teleosteo, aplastado, forma de lenguado a quien se parece por su carne y cuyo tamaño medio es de veinte kilos (hali-butte, lenguado santo).

598 PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES

entierran, "en parte, como se ha dicho, para testimoniar a la especie perro que los festines con uno de ellos no significan falta de respeto a la especie perro, y, en parte, por la creencia de que los huesos del ani­mal se levantarán y reproducirán otro perro". Cuando sacrifican un animal los lapones, es usual poner juntos los huesos, ojos, orejas, cora­zón, bofes, partes genitales (si es macho) y un pedazo de carne de cada pata; después de comer lo que queda de carne, colocan en un féretro los huesos y lo restante, colocado todo en orden anatómico y enterrándolo con los ritos usuales, en la creencia de que el dios a quien han sacrificado el animal revestirá de carne los huesos y restituirá la vida al animal en Jabme-Aimo, el mundo subterráneo de los muertos. Otras veces, como después de comerse un oso, parecen contentarse con enterrar los huesos. También los lapones esperaban que tuviera lugar la resurrección en otro mundo del animal muerto, recordando a este respecto a los kamchatkos, que creen que cada criatura, hasta la más ínfima mosca, resucitará de la muerte y vivirá bajo la tierra. Por otro lado, los indios norteamericanos esperaban la resurrección de los animales en este mundo. El hábito de rellenar la piel de un animal sacrificado o adaptarle a un armazón, obser­vado, especialmente entre los pueblos mongólicos, señala mejor hacia la creencia en una resurrección de esta última clase. La oposición mante­nida comúnmente por pueblos primitivos a romper los huesos de los ani­males que han comido o sacrificado puede fundarse, ya en la creencia de la resurrección de los animales, ya en el miedo de intimidar a otros seres de las mismas especies y ofender a los espíritus de los animales muertos. La repugnancia de los indios norteamericanos y esquimales a dejar que sus perros roan los huesos de los animales es quizá tan sólo una precaución para evitar que los rompan.

Mas como, después de todo, la resurrección de la caza muerta pue­de tener sus inconvenientes, acordadamente algunos cazadores toman sus medidas, desjarretando al animal para impedir que él o su espíritu se levanten y escapen. Tal es la causa alegada en la costumbre de los caza­dores koui de Laos; piensan que los conjuros que se dirijan a la caza pue­den perder su virtud mágica y que el animal ya muerto pudiera, en consecuencia, resucitar y escaparse. Para que no suceda tal catástrofe, desjarretan al animal tan pronto como lo descuartizan. Cuando un es­quimal de Alaska ha matado un zorro, le corta los tendones de las cuatro patas con todo cuidado, al objeto de evitar que el espíritu reanime al cuerpo y se marche. Pero desjarretar al cadáver no es la única medida que el prudente salvaje adopta para engañar al espíritu de su víctima. En tiempos viejos, cuando un aino iba de caza y mataba el primer zorro, le ataba el hocico fuertemente para que no pudiera abrir la boca y se saliera el espíritu para advertir a sus compañeros de la proximidad del cazador. Los gilyakos del río Amur arrancan los ojos de las focas que matan, para que los espíritus de ellas no reconozcan a sus matadores y venguen su muerte estropeándoles la cacería de focas.

Además de los animales que el hombre primitivo teme por su fuerza

1   ...   81   82   83   84   85   86   87   88   ...   123


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal