Sir james george frazer la rama dorada



Descargar 10,97 Mb.
Página84/123
Fecha de conversión06.01.2017
Tamaño10,97 Mb.
1   ...   80   81   82   83   84   85   86   87   ...   123

No es, pues, tan flagrante como a primera vista parece la aparente contradicción en las prácticas de estas tribus, que veneran y casi deifi­can a los animales que habitualmente cazan, matan y se comen; el pue­blo tiene razones, y algunas muy prácticas, para hacer lo que hace, pues el salvaje no es en modo alguno tan ilógico e inexperto como pudiera creer cualquier observador superficial; el salvaje ha pensado profunda­mente en las cuestiones que le atañen de cerca, razona acerca de ellas y aunque sus conclusiones con frecuencia difieren muy ampliamente de las nuestras, no debemos negarle el mérito de su paciencia y su medita­ción prolongada sobre algunos problemas fundamentales de la existencia humana. En el caso presente, si él trata a los osos en general como seres creados exclusivamente para servir las necesidades humanas y, sin em­bargo, segrega a ciertos individuos de la especie para rendirles un home-
586 PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES

naje que casi llega a la deificación, no debemos precipitarnos a juzgarle irracional e inconsecuente, sino procurar colocarnos en su punto de vista para ver las cosas como él las ve y despojarnos de las preocupaciones que tan profundamente tiñen nuestro concepto del mundo. Si así lo ha­cemos, es probable que descubramos que, a pesar de que nos pueda parecer absurda su conducta, el salvaje actúa por lo general, no obstante, en una línea de razonamiento que creemos está en armonía con los hechos de su limitada experiencia.

Esto es lo que nos proponemos ilustrar en el siguiente capítulo, donde intentaremos demostrar que el solemne ceremonial del festival del oso entre los ainos y otras tribus del noroeste asiático es tan sólo un caso notable del respeto que, fundándose en los principios de una tosca filo­sofía, rinde habitualmente el salvaje a los animales que mata y se come.

CAPÍTULO LIII

PROPICIACIÓN DE LOS ANIMALES SALVAJES POR LOS CAZADORES



La explicación de la vida por la residencia de un alma prácticamente inmortal es una teoría que el salvaje no confina solamente a los seres humanos, sino que la extiende a toda la creación viva en general. Pen­sando así, el salvaje es más liberal y quizá más lógico que el hombre civilizado, que por lo común deniega a los animales el privilegio de la inmortalidad que reclama para él solo. El salvaje no es tan soberbio; co­múnmente cree que los animales están dotados de sentimientos e inte­ligencia igual que los humanos y que, como los hombres, poseen almas que sobreviven a la muerte de sus cuerpos, ya errabundeando alrededor como espíritus desencarnados o para volver a nacer en formas animales. Así, para el salvaje que considera a todos los animales vivos prácti­camente en el mismo plano de igualdad que el hombre, el acto de ma­tar y comerse un animal debe tener un aspecto muy diferente que el que presenta el mismo acto para nosotros, que valoramos la inteligencia de los animales tan distante e inferior de la nuestra y les negamos la posesión de alma inmortal. Por eso, sobre los principios de su tosca filosofía, el cazador primitivo que mata un animal se cree expuesto a la venganza, ya de su espíritu desencarnado o de los animales todos de la misma especie, a los cuales considera como unidos al igual que los hombres por lazos de parentesco y obligaciones de la "deuda de san­gre", y por esta razón obligados a ofenderse por la injuria hecha a uno de los suyos. Congruente con esto, el salvaje hace regla respetar la vida de los animales fieros y peligrosos que pueden imponer una ven­ganza sangrienta por la matanza de uno de los suyos. Los cocodrilos son animales de tal clase; sólo se les encuentra en los países cálidos donde, por lo general, el alimento es abundante y el hombre primitivo, en consecuencia, tiene pocas razones para matarle, ya que su carne es

PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES 587

correosa y de mal gusto. Por ello es una costumbre entre algunos sal­vajes respetar a los cocodrilos o mejor matarlos solamente obedeciendo a la ley de la deuda de sangre, esto es, en represalia por la matanza de hombres hecha por los cocodrilos. Por ejemplo, los dayakos de Borneo no matarán un cocodrilo a menos de que un hombre haya sido muerto por un cocodrilo. "¿Por qué, dicen ellos, cometer un acto de agresión cuando él y su casta pueden tan fácilmente devolvernos el daño? Pero en el caso de tomar el caimán una vida humana, la venganza se conver­tiría en un deber sagrado de los parientes vivos, que atraparán al antro­pófago con el tesón de un oficial de justicia persiguiendo a un crimi­nal. Otros, aun entonces, rehusarán empeñarse en una riña que no les concierne personalmente. Al caimán antropófago se le supone persegui­do por una Némesis justa, y siempre que es capturado alguno tienen la profunda convicción que debe ser el culpable o su cómplice."

Como los dayakos, los indígenas de Madagascar no matan nunca un cocodrilo, "salvo como represalia por alguno de sus amigos destroza­dos por un cocodrilo. Creen que la inconsiderada muerte de uno de esos reptiles será seguida por la pérdida de vidas humanas, conforme al prin­cipio de la Lex Talionis". La gente que vive en las cercanías del lago Itasy, en Madagascar, dirige una proclama anual a los cocodrilos, advir­tiéndoles que vengarán la muerte de sus amigos matando en cambio el mismo número de cocodrilos, y aconsejando a todos los cocodrilos pre­venidos que se mantengan alejados, pues no desean luchar con ellos, sino solamente con aquellos de sus parientes perversos que han arrebatado vidas humanas. Varias tribus de Madagascar se creen descendientes de cocodrilos y en consecuencia consideran al reptil escamoso, para todos los efectos, como un hombre y un hermano. Si alguno de los cocodrilos lo olvidase hasta el punto de devorar a uno de sus parientes humanos, el jefe de la tribu, o en su ausencia un anciano familiarizado con las cos­tumbres tribales, se encamina a la cabeza de la gente al borde del agua y conmina a la familia del culpable para que lo entreguen al brazo de la justicia. Ceban un gancho que ponen en el agua del río o lago y al día siguiente, el hermano culpable o alguno de su familia es arrastrado a la orilla y, después que se le ha hecho comprender claramente su crimen por un interrogatorio estricto, es sentenciado a muerte y ejecutado. Ha­biendo sido satisfechos los clamores de la justicia y vindicada plenamente la majestad de la ley, el difunto cocodrilo es llorado y enterrado igual que un pariente; un montón de tierra cubre sus restos y una piedra señala el lugar donde cae su cabeza.

También el tigre es otra peligrosa bestia a quien los salvajes pre­fieren no hacer caso, pues tener que matar a uno de la especie excitaría la hostilidad del resto. Ninguna consideración inducirá a un indígena de Sumatra a capturar o herir un tigre, salvo en defensa propia o inme­diatamente después que el tigre haya destrozado a un amigo o pariente. Cuando un europeo pone trampas para tigre, se ha sabido que gentes de los alrededores han ido por la noche al sitio y explicado a los ani-

588 PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES

males que ni ellos han puesto las trampas ni se han puesto con su con- sentimiento. Los habitantes de las colinas cercanas a Rajamahall, en Bengala, tienen mucha aversión a matar un tigre, salvo si algún pariente ha sido presa de una de esas fieras; en tal caso, salen con el propósito de cazar y matar un tigre, y cuando lo han conseguido, tienden sus arcos y flechas sobre el cadáver del tigre e invocan a Dios, declarando que mataron al animal en represalia por la pérdida de un pariente, Tomada la venganza, juran no volver a atacar otro tigre, excepto por otra provo­cación parecida.

Los indios del estado norteamericano de Carolina no molestaban a las serpientes cuando éstas venían hacia ellos, sino que pasaban al otro lado del camino, en la creencia de que si mataban una serpiente, la familia del reptil mataría a su vez a alguno de sus hermanos, amigos o parientes. Así, los indios seminoles evitaban la .serpiente de cascabel, pues temían que el alma de una serpiente muerta incitase a sus parientes a tomar venganza. Los indios cheroquis creen ver en la serpiente de cascabel el jefe de la tribu de las serpientes y la temen y respetan de acuerdo con la creencia. Pocos cheroquis se atreverán a matar una serpiente de cascabel a menos que no haya otro remedio, y aun enton-ces, deberán purgar su crimen implorando el perdón del espíritu de la serpiente, personalmente o por intercesión de un sacerdote, según fórmu­-la prefijada. Si se descuidan estas precauciones, los parientes de la ser-piente muerta enviarán a una de ellas, que acosara al matador y le ma­tará de una mordida, para vengar a su estirpe. Un cheroqui cualquiera no se arriesgará a matar un lobo, si tiene algún medio de evitarlo; cree que la parentela de la fiera muerta seguramente vengará su muerte y que el arma con la que le mató quedará absolutamente inútil para siempre, a menos que sea purificada y exorcizada por un curandero. Sin embar­go, algunas personas que conocen los ritos apropiados de expiación por ese crimen, pueden matar lobos con impunidad y algunas veces son con­tratados para ello por gentes que han padecido de incursiones de los lobos en sus ganados o en sus estacadas de redes para pesca. En Jebel Nuba, distrito del Sudán oriental, está prohibido tocar los nidos o coger las crías de una especie de pájaros parecidos a nuestros mirlos, pues la gente supone que los padres de las crías podrían vengar el daño ocasio­nando un viento tormentoso que destruiría las cosechas.

Pero el salvaje evidentemente no está en condiciones de perdonar a todos los animales; tiene que comer algunos de ellos o pasar hambre, y cuando llega el momento en que él o el animal debe perecer, se ve forzado a prescindir de sus escrúpulos supersticiosos y mata al animal. Al mismo tiempo hace todo lo que puede para apaciguar a sus víctimas y a su parentela. Aun en el acto de matarles, testimonia sus respetos, tratando de excusar y aun de ocultar su participación en la matanza y prometiendo que los restos serán honorablemente tratados; así, despo­jando a la muerte de sus terrores, confía reconciliar a las víctimas con su suerte e inducir a sus compañeros para que vengan, a fin de matarlos

PROPICIACIÓN de ANIMALES SALVAJES 589

también. Por ejemplo, era una regla entre los kamchatkos no matar nunca un animal marino o terrestre sin dar primero excusas y rogar al animal que no lo tomase a mal. También les ofrecían nueces de ce-dro1 y otras cosas para hacerles creer que no iban a ser víctimas, sino huéspedes en un festín. Pensaban que esto impediría a otros animales de la misma especie aumentar su esquivez. Por ejemplo, después de matar un oso y comer su carne, el patrón traerá la cabeza del oso ante la reunión y envuelta en hierba la presentará acompañada de golosinas. Entonces él echará la culpa de la muerte del oso a los rusos, incitando a la fiera a descargar su cólera sobre ellos. También pedirá al oso que informe a los otros osos de lo bien que él ha sido tratado, para que pue­dan venir sin temor. Focas, leones marinos y otros animales eran tra­tados por los kamchatkos con el mismo respeto ceremonioso. Además acostumbraban a insertar renuevos de una planta parecida al madroño rastrero2 en la boca de los animales que matan, después de lo cual exhortarán a los cráneos de macabra sonrisa para que no tengan miedo y vayan a decírselo a sus compañeros, para que así vengan a ser caza­dos y participen de tan espléndida hospitalidad. Cuando los ostiakos han cazado y muerto un oso, le cortan la cabeza, la cuelgan de un ár­bol y después se congregan en círculo para rendirle honores divinos. A continuación corren hacia el cadáver profiriendo lamentos y diciendo: "¿Quién te mató? Fueron los rusos. ¿Quién cortó tu cabeza? Fue un hacha rusa. ¿Quién te desolló? Fue un cuchillo hecho por un ruso". Además explican al oso muerto que las plumas que aligeran la flecha en su vuelo son del ala de un pájaro extranjero y que ellos no han hecho nada más que dejar ir la flecha. Hacen todo esto porque creen que el espíritu errante del oso muerto les atacaría en la primera oportunidad si ellos no lo apaciguasen así. O también, rellenan la piel con heno y celebran su victoria con cánticos de burla e insultos y, después de escu­pir sobre ella y patearla, la ponen erguida sobre las dos patas posteriores "y entonces por un tiempo considerable le tributan toda la veneración debida a un dios guardián". Cuando una partida de koriakos ha matado un oso o un lobo, desuellan la pieza y un hombre de la partida se re­viste con la piel y los demás bailan a su alrededor, diciendo al mismo tiempo que no fueron ellos los que mataron al animal, sino algún otro, generalmente un ruso. Cuando matan a un zorro, le desuellan, envuel­ven el cuerpo en hierbas y le invitan a que vaya con sus compañeros a decirles con qué hospitalidad le han recibido y cómo le han puesto una nueva capa en lugar de la vieja que llevaba. Una relación más completa de las ceremonias koriakas la ha dado un escritor más moderno. Nos cuenta que cuando traen un oso muerto a la casa, salen las mujeres a su encuentro y bailan con antorchas encendidas. Quitan al oso la piel

1 Son los piñones del pino suizo (Pinus cembra), común en Siberia.



2 También conocido extensamente como Uva Ursi (Arctostaphyios), gayuba, uvas
de zorro, en catalán buixarola, faringoler y niuxes; tiene unas bayas rojas que gustan
mucho a los osos. Véase el escudo de la ciudad de Madrid.

590 PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES

dejando unida a ella la cabeza y una de las mujeres se la pone y baila con ella, rogando al oso que no esté furioso, sino que sea cariñoso con la gente. Al mismo tiempo le ofrecen al animal muerto carne en una fuente de madera, diciendo: "Coma, amigo". A continuación practican una ceremonia con el propósito de enviar al oso muerto o. más correc­tamente, a su espíritu, de vuelta a su casa; le proveen de provisiones para el viaje en forma de budines o carne de reno empaquetada en un saco de hierba. Rellenan con heno su pelleja y lo transportan dando la vuelta a la casa; hecho esto, suponen que marcha hacia el nacimiento del sol. El objeto de las ceremonias es proteger al pueblo de la cólera del oso muerto y de sus parientes, asegurando además éxito a las futuras ca­cerías de osos. Los fineses trataban de persuadir al oso muerto de que ellos no le habían matado, sino que se había caído de un árbol o que en­contró la muerte de algún modo parecido; además celebraban una fiesta funeral en su honor y, al terminar, los bardos se extendían sobre el ho­menaje que le habían tributado, urgiéndole para que contara a los demás osos las grandes consideraciones con que le habían tratado, para que, si­guiendo su ejemplo, ellos vinieran y fueran muertos. Cuando los lapo-nes han conseguido matar un oso con impunidad, le dan después las gracias por no haberles hecho daño y por no romper las mazas y lanzas con que le han causado las heridas mortales y le ruegan que no se ven­gue muerto, enviando tormentas o cualquier otra clase de calamidades. Su carne después provee un banquete.

La reverencia de los cazadores por el oso que con regularidad ma­tan y se comen, puede ser observada a todo lo largo de la región nór­dica del Viejo Mundo, desde el estrecho de Bering hasta Laponia, y reaparece en formas similares en Norteamérica. Una cacería de osos en­tre los indios americanos era un acontecimiento importante para el cual se preparaban con largos ayunos y purificaciones y antes de ponerse en marcha ofrecían sacrificios expiatorios a las almas de los osos muertos en cacerías anteriores, suplicándoles que fueran propicios a los cazado­res. Cuando mataban un oso, el cazador encendía su pipa y poniéndola entre los belfos del oso por la boquilla y soplando él por el hornillo, lle­naba de humo la boca del animal; entonces rogaba al oso que no estu­viera colérico por haberle matado ni le estropease después la cacería. Asaban la pieza entera, y se la comían,, con la obligación de no dejar un solo bocado. Ponían la cabeza pintada de rojo y azul colgada en un poste y a ella dirigían los oradores extremosas alabanzas del animal muerto. Cuando los hombres del clan Oso, de la tribu Otawa, mataban un oso, hacían a la pieza muerta un festín con su propia carne y se dirigían a ella del modo siguiente: "Estimaremos que no nos tengas ojeriza por haberte matado. Tú tienes sentido común y tú sabes que nuestras cria­turas tienen hambre; ellas te aman y desean tenerte dentro de sus cuer­pos. ¿No te parece glorioso ser comido por los hijos de un jefe?" Entre los indios nutka de la Columbia Británica, cuando habían matado a un oso le traían y sentaban erguido ante el jefe principal, poniéndole en la

PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES 591

cabeza un gorro de jefe con figuras labradas y su piel cubierta de plu­milla blanca. Colocaban ante la pieza muerta una bandeja con provi­siones y le instaban con palabras y gestos para que comiese. Para ter­minar, desollaban al animal, lo cocían y se lo comían.

Testimonian parecido respeto a otras peligrosas fieras los cazado­res que acostumbraban a cogerlas con trampas para matarlas. Cuando los cazadores cafres están arrojando una lluvia de dardos sobre un elefante, le gritan: "No nos mates, gran capitán; no cargues contra nosotros ni nos patees, poderoso jefe". Cuando ya le han muerto, le dan excusas, pretendiendo que ha sido por puro accidente. Como muestra de respeto, entierran su trompa con mucha solemnidad, pues dicen que "el elefante es un gran señor: su trompa es su mano". Antes que los cafres ama-xosas ataquen a un elefante, le gritan y ruegan que les perdone la ma­tanza que van a perpetrar, asegurando la mayor sumisión a su persona y explicándole con claridad la necesidad que tienen de sus colmillos para hacer collares con ellos y colmar sus necesidades. Cuando le han ma­tado, le entierran junto con la punta de su trompa y algunas cosas de las obtenidas con el marfil, para eludir cualquier desventura, que de otro modo podría recaer sobre ellos. Entre algunas tribus del África Oriental, cuando matan un león, traen la pieza ante el rey, que le rinde home­naje postrándose en el suelo y frotándose la cara contra el morro del animal. En algunas partes del África Occidental, si un negro mata un leopardo, lo traen maniatado ante sus jefes por haber matado a uno de sus superiores. El hombre aboga en su defensa argumentando que el leopardo es jefe de la selva y, por consiguiente, un extranjero: entonces se le pone en libertad y se le recompensa. El leopardo muerto y ador­nado con un gorro de jefe es traído al poblado, donde se verifican bailes nocturnos en su honor. Los bagandas tienen un miedo cerval a los espí­ritus de los búfalos que han matado y siempre están apaciguando a estos peligrosos espíritus. Por ningún motivo traerán la cabeza de un búfalo a la aldea o a un terreno con plátanos de cultivo. Siempre comen la carne de la cabeza a campo abierto; después colocan el cráneo en una pequeña choza construida al efecto, y allí derraman cerveza ante ella, como ofrenda, y rezan al espíritu para que quede donde está y no los perjudique.

Otro animal formidable, cuya vida quita con alegría el cazador sal­vaje, aunque también con miedo y tembloroso, es la ballena. Después de la pesca de una ballena, los koriakos marítimos del noreste de Siberia celebran una fiesta general cuya parte esencial "se basa en la idea de una visita que la ballena hace a la aldea; de que se queda algún tiempo, durante el cual la tratan con los mayores respetos; de que regresa al mar para repetir su visita al año siguiente e inducir a sus parientes a volver con ella, hablándoles de la recepción tan hospitalaria que la die­ron. Según las ideas koriakas, las ballenas, como todos los demás ani­males, constituyen una tribu o, mejor, una familia de individuos relacio­nados, que viven en aldeas como las de los koriakos. Vengan la muerte

592 PROPICIACIÓN DE ANIMALES SALVAJES

de uno de los suyos y agradecen las bondades que con ellas se tengan" Cuando los habitantes de la isla de Santa María, al norte de Madagas-car, van a pescar ballenas, escogen a los ballenatos para cazarlos y "hu­mildemente piden perdón a la madre, exponiendo la necesidad que les impulsa a tener que matar su prole y requiriéndola para que ella se plazca en sumergirse mientras ellos hacen la cosa, a fin de que sus sen­timientos maternales no sean ultrajados viendo lo que le causaría mucha inquietud". Si un cazador ajumba mataba un hipopótamo hembra en el lago Azyingo, en África Occidental, decapitaba al animal y separaba los cuartos y las entrañas; después el cazador desnudo se introducía en la canal del costillar y arrodillándose en el hoyo sangriento, se lavaba todo el cuerpo con la sangre y los excrementos del animal, mientras oraba al alma del hipopótamo para que no le guardara rencor por haberla matado, marchitando así sus esperanzas de maternidad futura, además impetraba al espíritu para que no incitase a otros hipopótamos a vengar su muerte, topando contra su canoa y volcándola.
1   ...   80   81   82   83   84   85   86   87   ...   123


La base de datos está protegida por derechos de autor ©absta.info 2016
enviar mensaje

    Página principal