Sir james george frazer la rama dorada



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Los gilyakos, pueblo fungues de la Siberia oriental, tienen una fiesta del oso de la misma clase, una vez al año. en enero. "El oso es el objeto de la solicitud más refinada por parte de una aldea entera y desempeña un papel principal en sus ceremonias religiosas". Matan una osa con osezno, al que llevan vivo y crían en la aldea, aunque no lo amamantan. Cuando el cachorro se hace grande, le sacan de la jaula y le obligan a ir por toda la aldea, pero primeramente le llevan a la orilla del río, pues esto, aseguran, dará abundancia de peces a todas las familias; después le conducen por todas las casas de la aldea y en ellas le van ofreciendo al oso peces, aguardiente y demás cosas. Algunas gentes se postran ante el animal; suponen que su entrada en una casa trae la bendición y si olfa­tea el alimento que le ofrecen, es otra bendición más. A pesar de esto, fastidian y molestan, cosquillean y hostigan al animal continuamente

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hasta ponerle arisco y furioso. Después de hacerle visitar así las casas, le atan a un poste y le matan a flechazos. Cortan su cabeza y adornada con virutas, la colocan sobre la mesa donde se verifica el banquete; aquí, le piden perdón y le adoran. Luego asan la carne, que comen en vasijas de madera primorosamente talladas. No comen la carne cruda ni beben la sangre como hacen los ainos, pero sí los sesos y las entrañas y en cuanto al cráneo, todavía adornado con las virutas, le colocan en un árbol cercano a la casa. Finalmente la gente canta y hombres y mujeres bailan en filas, como osos.

Uno de estos festivales ursinos fue presenciado por el viajero ruso L. von Schrenck y sus compañeros en la aldea gilyaka de Tebach, el año de 1856. De su detallada descripción podemos recoger algunos detalles que no se dan en los relatos que anteriormente hemos compen­diado. El oso, nos dice, tiene un gran papel en la vida de todos los pueblos que habitan en las regiones del río Amur y en Siberia, hasta Kamchatka, pero en ninguno de ellos es su importancia tan grande como entre los gilyakos. El inmenso tamaño que el animal llega a adquirir en la cuenca del Amur, su ferocidad exasperada por el hambre y la frecuencia de su aparición, todo se combina para hacerle la bestia de presa más temible del país. No es de extrañar, pues, que la fanta­sía de los gilyakos se ocupe de él, rodeándole, lo mismo vivo que muerto, de una especie de nimbo de supersticioso miedo. Así, por ejemplo, pien­san que si un gilyako cae combatiendo con un oso, su alma transmigra al cuerpo del animal. Sin embargo, su carne tiene una irresistible atracción para el paladar gilyako, especialmente cuando el animal ha estado cautivo algún tiempo y se le ha cebado con pescado, que da a la carne, según la opinión de los gilyakos, un delicioso sabor especial. Mas con el desig­nio de gozar de esta exquisitez con impunidad, consideran necesario ejecutar una larga serie de ceremonias, con la finalidad de engañar al oso vivo con manifestaciones de respeto y de apaciguar la cólera del oso muerto con el homenaje a su espíritu ausente. Las muestras de respeto comienzan tan pronto como es capturado el animal. Le traen en triunfo a la casa y le encierran en una jaula, donde todos los aldeanos se turnan para alimentarle, pues aunque haya sido capturado o comprado por cual­quiera de ellos, pertenece en cierto sentido a toda la colectividad. Su carne servirá para un festín general y por eso todos deben contribuir a mantenerle. El tiempo que le tienen en cautividad depende de su edad; los osos grandes sólo son guardados unos pocos meses y los oseznos hasta que se hacen grandes. Una espesa capa de grasa en el cautivo da la señal para la fiesta, que siempre se celebra en invierno, generalmente en diciembre, aunque otras veces es en enero o febrero. En el festival que presenciaron los viajeros rusos y que duró muchos días, fueron muertos y comidos tres osos. Más de una vez llevaron a los animales en procesión y les obligaron a entrar en cada casa de la aldea, donde les ofrecían comi­da como muestra de distinción y demostración de ser huéspedes bien­venidos; pero antes de que los osos terminasen su ronda de visitas, los

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gilyakos jugaron a la comba con una cuerda en su presencia y quizá, como se inclina a pensar L. von Schrenck, en honor de los animales. La noche antes de matarlos, dieron a los tres osos un largo paseo noc­turno a la luz de la luna sobre el río helado. Esa noche no pudo dormir nadie en el pueblo. Al día siguiente, después de pasearlos otra vez por la orilla del río y de hacerles dar tres vueltas alrededor del agujero prac­ticado en el hielo para que las mujeres del pueblo sacasen agua, les lle­varon a un lugar convenido, no lejos del poblado, donde los mataron a flechazos. El lugar del sacrificio o ejecución quedó marcado como lugar santo, rodeándolo de una estacada de puntas aguzadas de las que col­gaban tirabuzones de virutas de madera. Estos palos son para los gilya­kos, como para los amos, símbolos corrientes que acompañan todas sus ceremonias religiosas.

Cuando la casa fue puesta en orden y adornada para su recepción trajeron a ella las cabezas de los osos con toda la piel del cuerpo col­gando de ellas, pero no las entraron por la puerta sino por una ventana y las colgaron en una especie de vasar frente al hogar, donde iban a cocer la carne, que solo puede ser cocinada, entre los gilyakos, por los hombres más ancianos, como un alto privilegio; mujeres y niños, mozos y mu­chachos no tornan parte en esto. La tarea culinaria se verifica lenta y deliberadamente con cierta solemnidad. En la ocasión descrita por los viajeros rusos, lo primero de todo fue rodear el caldero con una espesa guirnalda de virutas y después llenarlo de nieve, pues está prohibido usar agua para cocer la carne del oso. Mientras, colgaron bajo los hoci­cos de los osos una artesa grande de madera profusamente adornada con arabescos y tallas de toda clase; en un costado de la artesa había un oso tallado en bajorrelieve y en el otro lado un sapo. Cuando estaban descuartizando las reses, colocaban cada pata cortada en el suelo frente a los osos como si les pidieran permiso antes de colocarlas en el caldero, y la carne, ya cocida, era sacada del caldero con un gancho de hierro y puesta en la artesa ante los osos con objeto de que pudieran ser los primeros en saborear su propia carne. Además, tan pronto como corta­ron en tiras la grasa, la colocaron ante los osos y después la dejaron en una gamella de madera en el suelo delante de ellos. Lo último en cor­tar fueron las entrañas, que pusieron en pequeñas vasijas. Al mismo tiempo las mujeres hicieron unos vendajes de trapos de muchos colores y después de la puesta del sol vendaron los hocicos de los osos exacta­mente por debajo de los ojos, "para enjugar las lágrimas que derramasen".

Tan pronto como se hizo la ceremonia de enjugar las lágrimas de los pobres osos, los gilyakos reunidos empezaron con diligencia a devo­rar la carne. El caldo obtenido de hervir la carne ya había sido repar­tido. Los tazones de madera, fuentes y cucharas con que los gilyakos toman el caldo y la carne de oso en estas ocasiones están hechos espe­cialmente para el festival y sólo para esto: tienen grabados muy compli­cados con figuras en talla de osos y otros dibujos que se refieren al animal o a la fiesta y la gente tiene un gran escrúpulo supersticioso en


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deshacerse de ellos. Después de haber roído los huesos, los devolvieron al caldero en que se coció la carne, y terminada la comida de la fiesta, se situó un anciano junto a la puerta, empuñando una rama de abeto con la que, conforme salían, iba dando un ligero golpe en las espaldas a cada uno de los que habían comido carne o grasa del oso, quizá como castigo del trato que habían dado al animal adorado. Por la tarde las mujeres ejecutaron una danza extraña; bailaba cada vez una sola mujer haciendo sólo con el busto unos movimientos y posturas estrafalarias mientras mantenía en sus manos una rama de abeto o unas castañuelas de madera. Las demás mujeres estaban encargadas del acompañamiento, redoblando con estacas en las vigas de la casa. Von Schrenck creyó que después de comer la carne, los huesos y el cráneo fueron llenados solem­nemente por la gente de más edad a un lugar del bosque cercano al pueblo. Allí enterraron todos los huesos menos el cráneo; después cor­taron un árbol y haciendo un hueco en el tocón dejaron introducido el cráneo en la cavidad. Cuando la hierba crece en aquel sitio, el cráneo desaparece de la vista y tal es el fin del oso.

León Sternberg nos da otra descripción de la fiesta del oso entre los gilyakos, que concuerda substancialmente con las anteriores descrip­ciones, pero de la que pueden anotarse algunas particularidades. Según su relato, es usual celebrar el festival en honor de algún pariente falle­cido; el pariente más próximo compra o captura un osezno y lo cuida por dos o tres años hasta que está en condiciones para sacrificarle. Tan sólo algunos huéspedes distinguidos (Narch-en) tienen el privilegio de participar de la carne del oso, pero el anfitrión y los miembros de su clan comen también sopa hecha de la carne; se preparan grandes canti­dades de esta sopa para consumirla en la ocasión. Los huéspedes de honor (Narch-en) deben pertenecer al clan en donde las hijas del anfi­trión y las otras mujeres de su clan están casadas; a uno de los huéspe­des, usualmente el yerno del dueño de la casa, es a quien se confía el deber de matar al oso de un flechazo. Traen a la casa la piel, la cabeza y la carne del oso muerto y no lo entran por la puerta, sino por la chimenea. Tienden bajo su cabeza una aljaba repleta de flechas y dejan a un lado de ella tabaco, azúcar y otros alimentos. Suponen que el alma del oso se lleva las almas de estas cosas en su largo viaje. Usan una vasija especial para cocer la carne del oso y el fuego debe ser encendido con un aparato sagrado de pedernal y acero que pertenece al clan y que se hereda de generación en generación, mas nunca para encender lum­bre, salvo en estas ocasiones solemnes. De todas estas abundantes vian­das, cocinadas para ser consumidas por la gente congregada, colocan una porción en una vasija especial que ponen ante la cabeza del oso; esto lo llaman "alimentar la cabeza". Después de matar al oso, sacrifican por parejas de macho y hembra, perros; mas antes de estrangularlos, les dan de comer y les invitan a ir con su señor, que está en la montaña más alta, para que les cambie el pellejo y vuelvan el año próximo en forma de osos. El alma del oso muerto marcha hacia el mismo señor,

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que también lo es de la selva primeva; el alma del oso se aleja cargada con las ofrendas que se le han hecho y acompañada por las almas de los perros y también por las de las sagradas varitas talladas que figuran tan prominentemente en el festival.

Los goldis, vecinos de los gilyakos, tratan al oso casi del mismo modo. Le cazan y matan, mas algunas veces aprisionan uno vivo y lo enjaulan, le alimentan bien y le tratan de hijo y hermano. Después, en el gran festival, le sacan de la jaula entre el público respeto y conside­ración y después lo matan y se lo comen. "El cráneo, la quijada y las orejas quedan suspendidos de un árbol como talismán contra los espí­ritus malignos, pero se comen la carne con fruición y además creen que todo el que participe de ella adquirirá gusto por la caza y se hará valiente."

Los orotchis, otro pueblo tungués de la región del río Amur, tie­nen fiestas de oso con el mismo carácter general. El que captura un osezno se considera obligado a tenerle en una jaula y debe alimentarle durante tres años sobre poco más o menos, con el propósito de que al final de este término se le mate públicamente y lo coma con sus amigos. La fiesta es pública, aunque organizada por particulares, y procuran te­ner por turno una fiesta de esta clase en alguno de los pueblos de los orotchis. Cuando sacan al oso de su jaula le conducen por medio de ma­romas a todas las chozas, acompañado por gente armada de lanzas, arcos y flechas. En cada choza, el oso y sus conductores son obsequiados con cosas buenas de comer y beber. Esto lo hacen durante varios días segui­dos hasta haber visitado todas las chozas no sólo de la aldea, sino tam­bién de la más cercana. Estos días son dados a los deportes y al bullicio ruidoso. Después atan al oso a un árbol o poste de madera y la multi­tud le mata con flechas; por último lo asan y se lo comen. Entre los orotchis del río Tundja, las mujeres participan en las fiestas del oso, mientras que las orotchis del río Vi ni siquiera tocan la carne.

En el tratamiento que estas tribus dan al oso cautivo hay rasgos que difícilmente pueden distinguirse de la adoración. Tales son, por ejemplo, las oraciones dirigidas al oso vivo o muerto: las ofrendas de comida, incluyendo porciones de su propia carne depositadas ante la cabeza del oso, y la costumbre gilyaka de conducir al río el oso vivo para asegurar un abasto de pescado y de llevarle de casa en casa para que todas las familias reciban su bendición, al igual que en Europa se acostumbra a llevar de puerta en puerta un árbol mayo o un represen­tante personal del espíritu del árbol en primavera, con el designio de difundir entre todos y cada uno las nuevas energías de la naturaleza revi­viente. También la participación solemne de su carne y de su sangre y particularmente la costumbre aina de compartir el contenido de la taza que se ha consagrado poniéndola ante el animal muerto, son fuer­temente sugerentes de un sacramento y la sugestión se confirma por la práctica de los gilyakos de reservar vasijas especiales para tener la carne y para cocerla sobre una lumbre encendida con un aparato sagrado que

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jamás se emplea más que para estas ocasiones religiosas. Verdad es que nuestra principal autoridad en la religión aina, el Rev. John Bat-chelor, describe como culto explícito el respeto ceremonioso que los ainos guardan al oso, y afirma que el animal es indudablemente uno de sus dioses. Cierto es que los ainos aplican sin reservas al oso su deno­minación de dios (kamui) pero, como el mismo Batchelor indica, esa palabra se usa con tantos matices distintos en su significado y aplicada a tan gran variedad de objetos, que de su aplicación al oso no se puede argüir con seguridad que el animal sea verdaderamente considerado como una deidad. Y nosotros sabemos expresamente que los ainos de Sakhalin no consideran al oso como dios, sino como mensajero para los dioses, y el mensaje que encargan al oso en su muerte prueba la verdad del aserto. También es cierto que los gilyakos consideran al oso como enviado que se despacha con regalos al señor de la montaña, del que depende el bienestar de la gente, y al mismo tiempo tratan al animal como a un ser de orden más elevado que el hombre, como a una deidad menor cuya presencia en la aldea, en tanto que pueda ser alimentada y guar­dada, difunde bendiciones, especialmente manteniendo a distancia al enjambre de espíritus malignos que están de continuo acechando a las gentes, robándoles sus bienes y destruyendo sus cuerpos con enferme­dades y padecimientos. Además, por la participación en la carne, la sangre o el caldo del oso, los gilyakos, ainos y goldis están acordes en opinar que adquirirán alguna porción de los extraordinarios poderes del animal, particularmente de su valor y vigor. No es de extrañar, pues, que traten a tan gran bienhechor con muestras de supremo respeto y afecto.

Algún esclarecimiento puede hacerse de la ambigua actitud de los ainos con respecto a los osos comparándola con el tratamiento análogo que dan a los demás animales. Por ejemplo, consideran al águila buho1 como a una deidad benéfica que ulula para que los hombres se pongan en guardia contra los males que los amenazan y se defiendan de ellos; por eso la quieren, se confían a ella y la adoran devotamente como una mediadora divina entre los hombres y el Creador. Los distintos nom­bres que le dan son significativos tanto de su naturaleza divina como de su poder de intercesión. Siempre que se les ofrece oportunidad de cap­turarla, la guardan en una jaula, donde la saludan con los cariñosos títu­los de "dios bienamado" y "pequeña divinidad querida". No obstante, llega el momento en que a la querida pequeña divinidad la retuercen el cuello y la envían en su calidad de mediadora a llevar un mensaje a los dioses superiores o al Creador mismo. La forma de oración que dirigen al águila buho cuando van a sacrificarla es la siguiente: "Deidad bien­amada, te hemos cuidado porque te amamos y ahora vamos a enviarte a tu padre. Además de esto te ofrecemos alimento, inao, vino y bollos; llévalo todo a tu padre y él se complacerá con ello. Cuando te acerques a él, dile: "He vivido mucho tiempo entre los ainos, donde un padre

1 Gran buho (Bubo bubo), águila cornuda, etc.

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aino y una madre aína me cuidaron. Ahora vengo a ti trayendo muchas cosas buenas. lie visto, mientras vivía en el pais de los ainos, una por- ción de calamidades; he observado que algunas gentes estaban poseídas por los demonios, otras heridas por los animales salvajes, algunos estaban dañados por las caídas de los taludes, otros padecían naufragios y mu­chos otros, enfermedades. La gente tiene grandes necesidades. ¡Padre mío. escúchame y apresúrate a mirar por los ainos, ayudándolos. Si tú haces esto, tu padre nos ayudará."

También los amos tienen águilas enjauladas, las adoran como a dei­dades y las piden que defiendan a las gentes contra los males A pesar de ello ofrendan al ave en sacrificio y cuando van a hacerlo le rezan diciendo: "¡Oh divinidad preciadísima! ¡Oh tú, ave divina! Te ruego que escuches mis palabras. Tú no perteneces a este mundo, pues tu hogar está con el Creador y sus águilas doradas. Siendo así, me presento a ti con estos inao y tortas y otras cosas buenísimas. Cabalga sobre el inao y asciende a tu casa en los cielos gloriosos. Cuando llegues, reúne a las deidades de tu ciase y dales las gracias en nuestro nombre por haber gobernado el mundo. Vuelve otra vez, yo te lo suplico y manda en nos­otros. ¡Oh mi preciosa, vete tranquila!'1 Más todavía; los amos reve­rencian a los halcones, los mantienen en jaulas y los ofrecen en sacrifi­cio. Al tiempo de matar a uno de ellos, dirigen al ave la siguiente oración: "¡Oh halcón divino! Tú que eres un cazador experto, complá­cete en que tu destreza descienda sobre mí". Si un halcón es bien cui­dado en cautividad y después le rezan de esta manera cuando lo van a matar, seguramente que él dará su ayuda al cazador.

Así, los ainos esperan aprovecharse de varias maneras matando los animales a quienes, a pesar de eso, tratan como divinos. Esperan de ellos que lleven sus mensajes a sus parientes o a los dioses en el mundo de arriba: esperan participar de sus virtudes tragando partes de sus cuer­pos o de otras maneras, e indudablemente esperan la resurrección corpó­rea de los animales en este mundo, lo que les habilita para capturarlos y matarlos otra vez más y otra vez cosechar todos los beneficios que aca­ban de derivarse de su matanza, pues, en las oraciones que dirigen al oso adorado y a la adorable águila antes de darles en la cabeza, invitan a los animales a volver otra vez más, lo que parece indicar fe en su resu­rrección futura. Si alguna duda pudiera existir a este respecto, se disi­pará por el testimonio de Batchelor, que nos dice: "Los ainos están fir­memente convencidos de que los espíritus de las aves y cuadrúpedos que matan en la caza o los ofrecidos en sacrificio vuelven y viven otra vez en la tierra revestidos de un cuerpo, y creen además que aparecen aquí en beneficio especial de los humanos, especialmente de los cazadores ainos". Los ainos, nos dice Batchelor, "declaran matar y comerse a los animales a fin de que otros ocupen su lugar para tratarles de la misma manera". Y al tiempo de sacrificarles, "les dirigen oraciones que son un requerimiento para que retornen y les provean de otro festín, como si fuera un honor para los animales ser matados y comidos y hasta un

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placer; ésta es en verdad la idea de la gente". Estas últimas observacio­nes, como se muestran en el contexto, se refieren de manera especial al sacrificio de los osos.

Entre los beneficios que los amos esperan de la matanza de los animales a quienes tributan culto, no es el menos substancial el de atra­carse de su carne y de su sangre tanto en el presente como después en muchas otras ocasiones parecidas, y este placer, otra vez en perspectiva, se deriva de su firme fe en la inmortalidad espiritual y en la resurrec­ción de la carne del cuerpo de los animales muertos. Una fe igual es compartida por muchos caladores salvajes en muchas partes del mundo, lo que ha originado una variedad de curiosas costumbres, algunas de las cuales describiremos más adelante. Entretanto, no deja de ser impor-tante indicar que los solemnes festivales en los que ainos, gilyakos y otras tribus matan a los amansados osos enjaulados con demostraciones de respeto y tristeza, probablemente no son otra cosa que una extensión o glorificación de ritos similares que los cazadores ejecutan con cualquier oso salvaje que tienen la suerte de matar en el bosque. Estamos explí­citamente informados de que éste es el caso respecto a los gilyakos. Si queremos comprender el significado del ritual gilyako, dice Sternberg, "debemos recordar sobre todo que los festivales de osos no se celebran sólo en la matanza de un oso domesticado, como se supone con fre­cuencia, pero erróneamente, sino también en cuantas ocasiones tenga un gilyako, si logra matar un oso en cacería. Si es verdad que en tales casos la fiesta adquiere proporciones menos importantes, en su esencia se mantiene igual. Cuando se trae al pueblo la cabeza y la piel de un oso muerto en el bosque, se le tributa una recepción triunfal con mú­sica y ceremonial solemne. Ponen la cabeza en un tablado consagrado, la alimentan y ofrendan igual que en la matanza de un oso domesticado y se reúnen también los huéspedes de honor (Narch-en). Los huesos del oso se conservan en el mismo sitio y con las mismas señales de respeto que los huesos de un oso domesticado. De igual modo matan perros. Por eso, el gran festival de invierno sólo es una extensión del rito que se ejecuta en la matanza de todo oso".
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