Sir james george frazer la rama dorada



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En esta costumbre encontramos expresada del modo más conclu-yente una creencia en la transmigración de las almas humanas a los cuerpos de las tortugas. También tienen la teoría de la transmigración los indios moquis, que pertenecen a la misma raza que los zuñis. Los moquis están divididos en clanes totémicos, el clan del oso, el clan ciervo, el clan lobo, el clan liebre y así otros. Creen que los antecesores de sus clanes fueron osos, ciervos, lobos, liebres y demás, y que cuando mueren los miembros de cada clan se convierten en osos, ciervos, lie­bres, etc., según el clan particular al que pertenecieron. Los zuñis tam­bién están divididos en clanes cuyos tótem armonizan estrechamente con los de los moquis y uno de ellos es la tortuga. Así que la creencia en la transmigración a la tortuga, es probable que sea uno de los artículos corrientes de su fe totémica. Entonces, ¿cuál es el significado de matar una tortuga, en la que, según creen, está residiendo el alma de algún pariente? Su objeto aparente es mantener una comunicación con el otro mundo, en el cual se piensa que las almas de los difuntos están reunidas en forma de tortugas. Es una creencia corriente la de que los espíritus de los muertos vuelven en ocasiones a sus antiguos hogares y, de acuerdo

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con ello, los visitantes invisibles son saludados y festejados por los vivos y, después, "puestos en su camino". En la ceremonia zuñi son traídos los difuntos a casa bajo la forma de tortugas, y matarlas es la manera de devolver las almas al país de los espíritus. Así, creemos inaplicable a la costumbre zuñi la explicación general que dimos antes de la costumbre de matar un dios, quedando el verdadero significado de la costumbre zuñi un tanto obscuro. No se disipa o aclara la obscuridad que reina alre­dedor de este asunto por una relación posterior y completa que po­seemos de la ceremonia. De este relato aprendemos que las ceremonias forman parte del complicado ritual que estos indios cumplen en el sols­ticio de verano con el propósito de asegurar una abundante promisión de lluvias para las mieses. Son despachados enviados para traer a "sus otros mismos, las tortugas" del lago sagrado Kothluwalawa, adonde creen que acuden las almas de los muertos. Cuando los animalitos son traídos solemnemente a los zuñis, los colocan en tazones con agua y hacen dan­zas junto a ellos hombres vestidos con trajes que personifican dioses y diosas. "Después del ceremonial, llevan las tortugas a las casas de quie-nes las capturaron, donde las cuelgan por el cuello de las vigas del techo y así quedan hasta la mañana, en que las meten en pucheros con agua hirviendo. Los huevos de tortuga se consideran como muy exquisitos. Tocan raramente la carne, excepto como medicina curativa de enferme­dades cutáneas. Parte de su carne es depositada en el río con kóhakwa (hileras de cuentas blancas) y cuentas de turquesas como ofrenda al con­sejo de los dioses". Este relato confirma en todo caso la deducción de que las tortugas, según suponen, son reencarnaciones de los seres hu­manos difuntos, pues las llaman "los otros mismos" de los zuñís; en verdad, ¿qué otros podrían ser que las almas de los muertos en los cuer­pos de las tortugas, viendo que llegan del frecuentado lago? Como el principal objetivo de las oraciones pronunciadas y de las danzas ejecu­tadas en esas ceremonias solsticiales parece ser procurar lluvia para las mieses, quizá el objeto de traer las tortugas a los zuñís y bailar ante ellas sea interceder con el espíritu ancestral encarnado en los animales para que sean complacientes y ejerzan su poder sobre las aguas del cielo en beneficio de sus descendientes vivos.



5. OCCISIÓN DEL OSO SAGRADO

A primera vista también hay sus dudas sobre el significado del sa­crificio del oso que ofrendan los ainos o ainus, pueblo primitivo que vive actualmente en la isla japonesa de Yezo o Yesso, así como en las islas Sakhalina y Kuriles. No es demasiado fácil definir la actitud de los ainos hacia el oso. Por un lado, le clan el nombre de kamui o dios, pero como aplican esa misma palabra a los extranjeros, puede significar no más que un ser al que suponen dotado de poderes sobrehumanos o, en todo caso, extraordinarios. También se dice que "el oso es su divi­nidad principal"; "en la religión de los ainos, el oso ocupa la parte prin-

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cipal"- "Entre los animales, es el oso especialmente el que recibe una veneración idolátrica". "Le adoran a su estilo". "No hay duda de que esta bestia salvaje inspira más sentimientos que impulsan al culto que las fuerzas inanimadas de la naturaleza, y los ainos pueden ser señalados como adoradores del oso". Mas, por otro lado, matan al oso siempre que pueden; "en pasados años el aino consideró la caza del oso como lo más varonil y útil en que una persona puede gastar su tiempo. Los hombres dedican el otoño, el invierno y la primavera a cazar ciervos y osos, parte de sus tributos los pagan en pieles y viven de la carne seca del oso". La carne de oso es, en efecto, uno de sus alimentos corrien­tes; la comen lo mismo seca que salada y las pieles de oso les proveen de ropa. De hecho, el culto a que se refieren los que de este asunto escriben se dedica principalmente al animal muerto. Así, aunque matan siempre que pueden al oso, "en la obra de descamar el esqueleto se es­fuerzan en propiciarse a la deidad, cuyo representante han matado, ha­ciendo complicadas cortesías y saludos deprecatorios"; "cuando matan un oso los ainos, se sientan y lo admiran, hacen reverencia y le ofrecen regalos de inao"; "cuando un oso está cogido en la trampa o herido por una flecha, los cazadores ejecutan una ceremonia de contracción y expia­ción". Los cráneos de los osos muertos tienen un sitio del honor en sus chozas o son erigidos sobre postes sagrados fuera de las chozas y tratados siempre con mucho respeto; se les ofrecen libaciones de cerveza de mijo o de saké, aguardiente que embriaga 1 y a ellos se dirigen como "protectores divinos" o "deidades preciosas". Los cráneos de zorro tienen también su lugar en los postes sagrados fuera de la choza; se les considera a modo de talismanes contra los espíritus malignos y los consultan como oráculos. Sin embargo, se dice expresamente "el zorro vivo es tan poco reveren­ciado como el oso vivo; más aún, le evitan siempre que pueden, conside­rándole como un animal marrullero". El oso difícilmente puede ser descrito, por esto, como un animal sagrado de los ainos ni aun siquiera como un tótem, pues ellos no se llaman a sí mismos osos, y matan y comen sin trabas al animal. Sin embargo, conservan la leyenda de una mujer que tuvo un hijo con un oso y muchos ainos que habitan en las montañas tienen a orgullo ser descendientes de un oso. Estas gentes son llamadas "descendientes del oso (kimun Kamui sanikiri) y con orgulloso corazón dirán: "En cuanto a mí, yo soy un hijo del dios de las montañas; soy un descendiente del Divino que manda en las mon­tañas", significando por "el dios de las montañas" ni más ni menos que el oso. Es posible por esta razón que, como cree nuestra principal autoridad, el Rev. J. Batchelor, el oso pueda haber sido el tótem de un clan aino, pero, aunque así sea, no se explica el respeto mostrado al animal por la totalidad de este pueblo.

Mas lo que nos concierne aquí es el festival del oso entre los ainos. Hacia el final del invierno capturan un osezno y lo traen a la aldea. Si es muy pequeño es amamantado por una mujer aina, pero si no hubiera

1 Aguardiente de arroz.

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ninguna mujer en condiciones para ello, alimentan el cachorro a mano Durante el día juega con los niños dentro de la cabaña y es tratado con gran cariño. Pero cuando el osezno crece como para hacer daño a la gente con sus abrazos y arañazos; le encierran en una jaula fuerte de madera donde queda generalmente dos o tres años, alimentándole de ga­chas de mijo y pescado hasta que llega el momento en que le matan y se lo comen. Pero "es un hecho particularmente extraño que al joven oso no solamente se le considera como abastecedor de un buen alimento-es más aún, pues se le trata y honra como un fetiche y aun como una especie de ser superior". En Yesso se celebra generalmente el festival en septiembre y octubre. Antes de tener lugar, los ainos se excusan ante sus dioses, declarándoles que les han tratado cariñosamente tanto tiempo como han podido y como ya no pueden alimentarle lo tienen que matar. El hombre que da un festín de oso invita a sus parientes y amigos; siendo la aldea pequeña, toma parte en el festín casi la totalidad del pueblo; es más, son invitados huéspedes de pueblos distantes que vienen acucia­dos por la perspectiva de beber bien y gratis. La fórmula de invitación es así en cierto modo: "Yo, fulano de tal, voy a sacrificar al querido pe-queñuelo divino que reside en las montañas. Amigos y señores míos, venid a la fiesta; reunidos, entonces tendremos el gran placer de despedir al dios. Vengan". Cuando toda la gente se reúne frente a la jaula, un orador encargado de ello se dirige al oso y le cuenta que se proponen enviarle a sus antepasados. Le suplica su perdón por lo que le van a hacer, esperando que no se encolerice y conforta al animal con la segu­ridad de que le enviarán para su largo viaje muchas sagradas varitas talladas (inao) y abundantes bollos y vino. Un discurso de esta clase que oyó Batchelor decía; "¡Oh tú, divino, has sido traído al mundo para que te cacemos nosotros! ¡Oh, tú preciosa divinidad pequeña, te adora­mos y rogamos oigas nuestra oración! Te hemos alimentado y criado con grandes fatigas y penas, todo porque te amamos. Ahora, como has cre­cido mucho, te vamos a enviar con tu padre y tu madre. Cuando te reúnas con ellos, te rogamos les hables bien de nosotros y les digas cuánto cariño hemos tenido para ti. Te rogamos que vuelvas a nosotros y te sacrificaremos otra vez". Teniéndole bien amarrado, le sacan de la jaula y le descargan una lluvia de flechazos con las puntas embotadas, con objeto de enfurecerle. Cuando se ha extenuado en vanos esfuerzos, le atan a un poste recio, le amordazan y estrangulan, poniéndole el cuello entre dos palos que juntan violentamente, ayudando toda la gente con entusiasmo para apretar hasta que muere el animal. También le da un flechazo en el corazón un buen arquero, de modo que no salga sangre, por creer de muy mala suerte que gotee en el suelo. Sin embargo, en ocasiones beben la sangre tibia del oso "para que el valor y otras virtu­des que posee pasen a ellos", y otras veces se embadurnan con la sangre los vestidos para tener suerte en sus cacerías. Cuando el animal ha muerto estrangulado, le desuellan, le cortan la cabeza, que colocan en la ventana de la casa que mira a oriente, y allí le ponen un trozo de carne

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suya bajo los hocicos junto con un tazón con un poco de carne cocida, algo de budín de mijo y pescado seco. Le dirigen plegarias al animal muerto; entre otras cosas, algunas veces le invitan a que, después de haberse ido con sus padres, vuelva al mundo para criarle otra vez para el sacrificio. Cuando suponen que ya el oso ha comido del tazón que contiene la carne cocida, saludan a la cabeza cortada y dividen el conte­nido del tazón entre todos los presentes; todas las personas, jóvenes y vie­jos, deben gustar un poco de ello. Al tazón le llaman "la taza de la ofrenda", porque acaba de ser ofrendada al oso muerto. Cuando han cocinado el resto de la carne, se reparte del mismo modo entre la gente, participando todo el mundo por lo menos de un bocado; no participar del festín equivaldría a una excomunión, pudiendo ser colocado el desleal fuera del seno del compañerismo aino. Antiguamente todo el oso, ex­cepto los huesos, debía ser comido en el banquete, pero esta regla está ahora un tanto relajada. La cabeza escalpada se insertaba en la punta de una pértiga que se colocaba junto con las varitas sagradas (inao), fuera de la casa, donde permanecía hasta quedar la calavera monda y lironda. Los cráneos así instalados son adorados no sólo durante el festival sino con frecuencia todo el tiempo que duran. Los ainos aseguraron a Batchelor que ellos efectivamente creían que los espíritus de los animales adorados residían en los cráneos y por eso se dirigen a los cráneos como "protectores divinos" y "divinidades preciosas".

De la ceremonia de matar al oso fue testigo el Dr. B, Scheube, un día 10 de agosto, en Kunnui, pueblecito de la Bahía del Volcán, en la isla de Yesso. Como la descripción del rito contiene algunas particulari­dades interesantes no mencionadas en el relato anterior, vale la pena resumirla.

Cuando entró en la cabaña encontró unos treinta ainos presentes, hombres, mujeres y niños, todos vestidos con sus mejores galas. El amo de la casa ofreció primero una libación sobre el hogar al dios del fuego y los huéspedes siguieron su ejemplo; después ofrecieron una libación al dios de la casa en su rincón sagrado de la cabaña. Mientras, la dueña de la casa, que había criado al oso, sentada, silenciosa y triste, rompió a llorar. Su pena no era fingida y aumentó conforme avanzaba la fiesta. Acto seguido el amo de la casa y algunos de sus huéspedes salieron de la cabaña y ofrecieron libaciones ante la jaula del oso; le presentaron en un platillo unas pocas gotas que al momento tiró de una manotada. Las mujeres y muchachas bailaron alrededor de la jaula siempre de cara al oso y saltando de puntillas. Según danzaban, daban palmadas y cantaban una monótona salmodia. La dueña de la casa y algunas ancianas que habían criado muchos osos, bailaron llorando, extendiendo los brazos y dirigiendo al oso frases de cariño. La gente joven estaba menos afectada; se reían y cantaban. Molesto por el ruido, el oso comenzó a embestir la jaula y a gruñir lamentablemente. También ofrecieron libaciones a los inaos (inabos) o varitas sagradas colocadas por fuera de la cabaña de cualquier aino. Estas varitas, de sesenta centímetros de largo, están



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talladas hasta la punta con cortes espirales. Para el festival se habían aña­dido cinco nuevas varitas con hojas de bambú atadas; esto se acostumbra a hacer cuando matan un oso y las hojas de bambú significan que el animal volverá otra vez a la vida. Sacaron al oso de su jaula llevando una maroma enrollada al cuello y así le pasearon no muy lejos de las cerca­nías de la cabaña. Mientras hacían esto, los hombres, dirigidos por un jefe, le disparaban flechas cuya puntas tenían taquitos de madera. El Dr. Scheubc tuvo que hacer lo misino también. Condujeron al oso ante las varitas sagradas, le pusieron un palo en la boca, nueve hombres se arrodillaron y le apretaron el cuello con una viga: en cinco minutos el animal había expirado sin emitir un sonido. Mientras tanto las muje­res y muchachas, a espaldas de los hombres, bailaban, se lamentaban y pegaban a los hombres que estaban matando al oso. El cadáver del oso fue colocado sobre una estera ante las varitas sagradas y colgaron del cuello del oso una espada y una aljaba recogidas de las varitas. Como era una osa, la adornaron con un collar y unos pendientes para las orejas. Después le ofrecieron de comer y beber en forma de sopa de mijo, tortas y una taza de saké. Los hombres, sentados sobre esterillas ante el oso muerto, le ofrecían libaciones y bebieron mucho. Mientras tanto las mu­jeres y mozuelas dieron de lado a su aflicción y bailaron alegremente, ninguna más alegremente que las viejas. Cuando el regocijo estaba en su apogeo, dos mozos ainos que habían sacado al oso de la jaula mon­taron sobre el techo de la cabaña y comenzaron a tirar pasteles de mijo a la reunión, y todos, sin distinción de sexo o edad, se arrojaron sobre ellos. Luego desollaron y destriparon al oso y separaron el tronco de la cabeza, dejando que colgase de ella toda la piel del cuerpo. Recogieron en tazas la sangre, y la bebieron con avidez los hombres. Ninguna de las mujeres ni niños parece que bebieran de ella, aunque la costumbre no lo prohibe. Cortaron el hígado en trozos pequeños y lo comieron crudo y con sal; las mujeres y niños recogieron su parte. La carne y el resto de las visceras fueron guardadas en la casa hasta dos días después y entonces se repartió todo entre las personas que habían estado presentes en la fiesta. Al Dr, Scheube le ofrecieron sangre e hígado. Mientras estaban destripando al oso, las mujeres y mozas bailaron la misma danza que al principio, pero ya no alrededor de la jaula, sino frente a las varitas sagradas. En esta danza, las mujeres viejas, que habían estado tan alegres momentos antes, otra vez dieron suelta a sus lágrimas. Cuando después extrajeron los sesos, que se comieron con sal, escalparon la cabeza y colocaron el cráneo colgando de una pértiga junto a las varitas sagradas. El palo con el que había sido amordazado también quedó sujeto a la pértiga así como la espada y aljaba que habían colgado del cuello del oso muerto. Estas últimas cosas fueron quitadas como una hora después, pero lo restante quedó allí. La reunión entera de hombres y mujeres bailaron ruidosamente ante la pértiga y cerró el festival otra ronda de bebida en la que participaron las mujeres.

Quizá el primer relato publicado de la fiesta del oso de los ainos

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es el que editó un escritor japonés en el año 1652 y que fue tradu­cido al francés; dice así: "Cuando encuentran un osezno, le traen a casa y la mujer le amamanta. Cuando crece, le alimentan con pescado y aves y le matan en invierno a causa del hígado, que estiman como un antídoto para el veneno, los gusanos, el cólico y los desórdenes del estó­mago; es de sabor muy amargo y no sirve para nada si han matado al oso en verano. Esta matanza principia en el primer mes japonés. Para conse­guir sus propósitos, ponen la cabeza del animal entre dos palos largos que aprietan uno contra otro cincuenta o sesenta personas entre hombres y mujeres. Cuando ha muerto el oso, comen su carne, guardan el hígado como medicina y venden la piel, que es negra y por lo general de dos metros de larga, aunque las hay de hasta tres metros y medio. Tan pronto como le desuellan, las personas que cuidaron al animal empiezan a lamentarse por el oso; después hacen unas tortas para regalar a los que ayudaron".

Los ainos de la isla Sakhalina crían oseznos y los matan con pare­cidas ceremonias. Sabemos que ellos no le consideran como un dios, sino tan sólo como un mensajero que ellos envían con varias comisiones al dios de la selva. Guardan al animal unos dos años en una jaula y le matan en un festival que se realiza en el invierno y de noche. El día antes del sacrificio se dedica a las lamentaciones, en las que las mujeres viejas se relevan unas a otras para cumplir el deber de llorar y gemir frente a la jaula del oso. Después, hacia la mitad de la noche o en la madrugada, un orador dirige un largo discurso al animal, recordándole los cuidados que con él han tenido, alimentándole y bañándole en el río, abrigándole y teniéndole cómodo. "Ahora —prosigue— nosotros tenemos una gran fiesta en vuestro honor. No tengáis miedo. No os haremos daño, sólo os mataremos y os enviaremos al dios de la selva que os ama. Os ofrecemos una buena cena, la mejor que nunca comierais entre nosotros, y todos os lloraremos. El aino que os matará es el me­jor flechero de todos nosotros. Él está ahí llorando e implorando vuestro perdón; no sentiréis casi nada y se hará todo con presteza. Nosotros no podemos estaros alimentando siempre, como podéis comprender. He­mos hecho bastante y ahora debéis sacrificaros por nosotros. Pediréis al dios que nos envíe por el invierno numerosas nutrias y martas negras y por el verano focas y pescado en abundancia. No olvidéis nuestro recado; nosotros os queremos mucho y nuestros hijos jamás os olvidarán". Cuan­do el oso ha participado de su última cena ante la emoción general de los espectadores, las mujeres viejas lloran otra vez y los hombres emiten sollozos reprimidos, le atan no sin dificultad y peligro y sacándole de la jaula le atraillan, llevándole o arrastrándole, según el estado de su tem­ple, tres veces alrededor de la jaula, después alrededor de la casa de su amo y por último de la casa del orador. En seguida le atan a un árbol que está adornado con las sagradas varitas (inao) que ya sabemos y el orador le dirige otra vez una larga arenga que algunas veces dura hasta que rompe el día. "¡Recordad!, le grita. ¡Recordad! Os recuerdo toda

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vuestra vida y los servicios que se os han prestado. Ahora es cuando os toca cumplir vuestro deber. No olvidéis lo que se os ha pedido. Diréis a los dioses que nos den riquezas, que nuestros cazadores vuelvan del bosque cargados de pieles raras y animales buenos para comer, que nues­tros pescadores encuentren rebaños de focas en la orilla y el mar y que sus redes crujan por el peso del pescado. No tenemos más esperanzas que en vos. Los espíritus malignos se burlan de nosotros y, además, con frecuencia nos son adversos y malintencionados, pero se les doble­gará. Os hemos dado alimento, alegría y salud; ahora os matamos para que podáis a vuestra vez enviarnos riquezas a nosotros y a nuestros hijos." Este discurso lo escucha el oso sin gran convicción, cada vez más alborotado y furioso: dando vueltas al árbol, ruge hasta que con el primer rayo de sol iluminando la escena, un arquero dispara su flecha al corazón del oso y, tan pronto como da en el blanco, el tirador arroja el arco, se tira al suelo y los hombres y mujeres hacen lo mismo, llorando y gimiendo. Después ofrecen al animal muerto un refrigerio de arroz y papas silvestres, hablándole en términos de conmiseración y agradeciéndole lo que ha hecho y padecido; le cortan la cabeza y las garras y las guardan como cosas sagradas. Continúa un banquete de car­ne y sangre del oso. Las mujeres estaban excluidas antiguamente de esto, pero ahora lo comparten con los hombres. Beben la sangre tibia todos los presentes; cuecen la carne, pues la costumbre prohibe asarla. Como las reliquias del oso no pueden entrar por la puerta y las casas de los ainos de Sakhalina no tienen ventanas, un hombre gatea hasta el techo y deja caer la carne, la cabeza y la piel por el agujero de la chimenea. Ofrecen a la cabeza del oso arroz y patatas silvestres y colo­can a su lado cortésmente una pipa, tabaco y fósforos. La costumbre requiere que los huéspedes coman el animal totalmente antes de mar­charse; el uso de sal y pimienta en la comida está prohibido, como tampoco puede darse un pedazo de carne a los perros. Cuando el ban­quete ha terminado, llevan la cabeza del oso al interior del bosque y la depositan en un montón de cráneos de oso, reliquia blanqueada y pol­vorienta de pasados festivales parecidos.
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