Sir james george frazer la rama dorada



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Aunque corrientemente se ingiera el corazón humano con el designio de infiltrar en el que lo devora las cualidades de su posesor original, no

1 Darfur hoy día pertenece al Sudán británico (1889). Tienen la misma opi­nión que el autor de los Diálogos. El autor del Discurso sobre el Método daba por asiento al alma, la glándula pineal o epífisis, etc.

DIETAS MÁGICAS DE CARNE 565



es como acabamos de ver, la única parte del cuerpo que se consume con este propósito. Así, los guerreros de las tribus theddora y ngarigo del sudeste australiano se comían las manos y los pies de sus enemigos muer­tos, creyendo adquirir por este medio algo de las cualidades y el valor de los muertos. Los kamilarois de Nueva Gales del Sur se comían tanto el hígado como el corazón de un hombre bravo para obtener su bravura. En Tonkín también hay la superstición de creer que el hígado de un hombre valiente hace valiente al que lo come. Con el mismo designio los chinos se tragaban la bilis de los bandidos notorios que eran ejecu­tados.

Los dayakos de Sarawak ingerían las palmas de las manos y la carne de las rodillas de sus víctimas, con el fin de hacer firmes sus pro­pias manos y fortalecer sus rodillas. Los tolalakis, famosos cazadores de cabezas de Célebes central, beben la sangre y comen el cerebro de sus enemigos muertos para hacerse bravos. Los italones de las islas Filipinas beben la sangre de sus víctimas y comen la parte posterior del cráneo y sus vísceras crudas para adquirir su valor. Por la misma razón los efu-gaos, otra tribu filipina, se comen los sesos de sus enemigos. Igual pro­ceder tienen los kai del este de Nueva Guinea, que se comen los sesos de los enemigos que matan para adquirir su fuerza. Entre los kimbunda del África occidental, cuando un nuevo rey sube al trono, matan un prisionero valiente para que el rey y los nobles coman de su carne y ad­quieran así su fuerza y valor. Él célebre jefe zulú Matuana bebió la bilis de treinta jefes cuyos pueblos había destruido, creyendo que la po­ción le fortalecería. Es una fantasía zulú la de que comiendo el centro de la frente (entrecejo) y las cejas de un enemigo se adquiere el poder de mirar sin pestañear a cualquier enemigo. Antes de cualquier expedición bélica, las gentes de Minahassa, en Célebes, acostumbraban a coger los mechones de pelo de un enemigo muerto y a remojarlos en agua hir­viendo para extraer su valor; después, los guerreros se tragaban esta in­fusión de bravura. En Nueva Zelandia, "el jefe era un arua [dios], pero había dioses poderosos y dioses impotentes; como es natural, cada cual pensaba de sí mismo ser de los primeros; en consecuencia, el plan a seguir era incorporar los espíritus de los demás al suyo. Así, cuando un guerrero mataba un jefe, inmediatamente le arrancaba los ojos y se los tragaba. Como se suponía que el atua tonga, o divinidad, residía en estos órganos, no sólo mataba el cuerpo sino que también se apoderaba del alma de su enemigo, y, por tanto, cuantos más jefes matase, mayor sería su divinidad".



Ahora es fácil de colegir por qué un salvaje desea participar de la carne de un animal que considera divino. Comiendo del cuerpo del dios, compartirá los poderes y atribuciones del dios. Y si el dios lo es del grano, éste será su propio cuerpo; si es un dios de la vid, el jugo de la uva será su sangre; de manera que comiendo el pan y bebiendo el vino, los fieles participan del verdadero cuerpo y sangre de su dios. Así, pues, beber vino en los ritos de un dios de la vid, como Dionisos, no es un

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acto de francachela, sino un sacramento solemne. Sin embargo, llega un momento en que hombres razonables encuentran difícil entender cómo nadie en sus cabales puede suponer que comiendo pan o bebiendo vino consume el cuerpo o la sangre de una deidad. "Cuando llamarnos al grano Ceres y al vino Baco —dice Cicerón— usamos una figura retó­rica vulgar; ¿puede imaginarse que haya alguien tan loco que crea que la cosa que está comiendo es un dios?"

CAPÍTULO LII

OCCISIÓN DEL ANIMAL DIVINO

1. OCCISIÓN DEL BUITRE SAGRADO1

En los precedentes capítulos hemos demostrado que muchos pueblos que han progresado tanto como para subsistir principalmente de la agri­cultura, han tenido el hábito de matar y comer a sus farináceas deida­des, ya en su propia forma de grano, arroz y demás, o en las prestadas figuras de hombres y animales. Nos queda demostrar que las tribus ga­naderas y cazadoras, de igual modo que las agrícolas, han tenido el há­bito de matar a los seres a quienes ellos adoran. Entre los seres culturales o dioses, si verdaderamente pueden ser dignificados con este nombre, y a los que adoran y matan los cazadores y pastores, hay algunos pura y sim­plemente animales, que no son considerados como corporeizaciones ani­males de otros seres sobrenaturales. Nuestro primer ejemplo está entre­sacado de los indios de California, que viviendo en un país fértil, bajo un cielo sereno y clemente, a pesar de ello se encontraban cerca del nivel más bajo de la escala salvaje. La tribu acagchemen adoraba al gran zopilote y una vez al año celebraban en su honor una fiesta llamada panes o fiesta del ave. El día elegido para el festival se daba a conocer al público la tarde antes de su celebración y al momento se hacían los preparativos para la erección de un templo especial (Vanquech), que cree­mos era un recinto circular u oval de estacada o valla, y dentro, puesto sobre un cañizo, un chacal o perro de pradera disecado representando al dios Chinigchinich. Cuando el templo estaba terminado, llevaban al ave en procesión solemne y la ponían sobre un altar erigido para ella. Des­pués todas las mujeres jóvenes, solteras y casadas, comenzaban a correr de un lado para otro como aturdidas, unas en una dirección y otras en otra, mientras los ancianos de ambos sexos permanecían silenciosos es-

1 En el texto dice buzzard, cuya traducción es buharro, buaro o mejor buhardo del latín bufeo o butio, una especie de halcón (Bureo bureo): buse y busard en francés, bozzago en italiano, bushari en alemán. Resulta que no es ningún halcón medio buho (B. borealis, B. lineatus, B. platypterus, B. sancti-johannis, B. regalis o halcón-ardilla del suroeste de Estados Unidos). Queda solamente el "turkey Buzzard", que no es "buzzard" (Bufeo bufeo) sino el vultúrido Cathartes aura; este buitre nos parece que es el popular zopilote mexicano o su más próximo pariente.

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pectadores de la escena y los capitanes, ataviados con plumas y pintados, danzaban alrededor de su ave dorada. Concluida esta ceremonia, cogían al ave y la llevaban al templo principal con toda la asamblea junta en el desfile, yendo a la cabeza de la procesión los capitanes bailando y can­tando. Llegados al templo, mataban al ave sin derramar una sola gota de sangre, la desollaban sacando la piel entera y con sus plumas, para guar­darla como reliquia o para hacer el atavío de fiesta o paelt. Enterraban el cadáver en un agujero dentro del templo y las mujeres de edad, con­gregadas alrededor de la fosa, lloraban y gemían amargamente, arrojando mientras tanto en el interior variadas clases de semillas o porciones de comida y exclamando: "¿Por qué te alejaste de nosotros? ¿No hubieras estado mejor con nosotros? Hubieras tenido pinole (una especie de atole) del que hacemos y si no te hubieras marchado no hubieras lle­gado a ser un panes", y cosas por el estilo. Terminada esta ceremonia, se reanudaba el baile, que duraba tres días y noches seguidos. Ellos cuentan que panes fue una mujer que se escapó a las montañas y que el dios Chinigchinich la había convertido en ave. También creían que aunque ellos sacrificaban anualmente al ave, resucitaba y se volvía a su casa en las montañas. Pensaban también que "tantas veces como mataban al ave, se multiplicaba, pues cada año los distintos capitanes celebraban la misma fiesta de panes y tenían la firme opinión de que las aves que sacrificaban no eran sino una y la misma hembra".

La unidad en la multiplicidad así postulada por los californianos es muy digna de atención y ayuda a explicar sus motivos para matar al ave divina. La noción de la vida de una especie como diferente de la de un individuo, fácil y evidente como nos parece, la creemos incomprensible para los salvajes californianos. Son incapaces de concebir la vida de las especies de otra manera que como una vida individual y, por esta razón, expuesta a los mismos peligros y calamidades que amenazan y finalmente destruyen la vida del individuo. Es evidente que imaginan que las es­pecies, abandonadas a sí mismas, envejecerían y morirían igual que un individuo si no se tomaran algunas medidas para salvar de su extinción a las especies particulares que ellos consideran divinas. El único proce­dimiento que pueden discurrir para evitar tal catástrofe es matar a un miembro de la especie por cuyas venas la marea de la vida está to­davía subiendo con fuerza y no se ha estancado entre las charcas de la vejez. El salvaje imagina que la vida, así derivada por un canal, fluirá más lozana y libremente por el nuevo: en otros términos, matando al animal revivirá e iniciará un nuevo plazo de vida, con todo el vigor y energía de la juventud. Para nosotros este razonamiento es transparen­temente absurdo, pero también lo es la costumbre. Una confusión pare­cida entre la vida individual y la vida de la especie puede señalarse entre los samoanos; cada familia tenía por dios una especie animal particular; sin embargo, la muerte de uno de esos animales, por ejemplo una le­chuza, no era la muerte del dios, pues "se le suponía aún vivo y encar­nado en las demás lechuzas existentes".



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2. OCCISIÓN DEL CARNERO SAGRADO



El tosco rito californiano que acabamos de considerar tiene un es­trecho paralelo en la religión del antiguo Egipto. Los rebaños y todos los demás egipcios que adoraban al dios tebano Amón, consideraban sagrados a los carneros y no los sacrificaban. Sólo una vez al año, en el festival de Anión, mataban un morueco, le desollaban y con el vellón entero vestían la imagen del dios. Después hacían un funeral al mo­rueco y lo enterraban en una tumba sagrada. La costumbre se explicaba por una leyenda en la que Zeus se había presentado a Hércules revertido con el vellón y la cabeza del carnero. Es evidente que el carnero en este caso era simplemente el dios animal de Tebas, como el lobo era el dios animal de Licópolis y el macho cabrío era el dios animal de Men-des. En otros términos, el carnero era el propio Amón. Verdad es que en los monumentos Amón aparece en forma semihumana, con el cuerpo de hombre y la cabeza de carnero, pero esto sólo demuestra que se en­contraba en el estado de crisálida por el que los dioses animales pasan metódicamente antes de emerger totalmente desenvueltos en dioses an­tropomorfos. El carnero por esto era muerto, no sacrificado en loor de Amón, sino como dios mismo, cuya identidad con el animal esta evi­dentemente demostrada por la costumbre de revestir a la imagen con el vellón del morueco sacrificado. La causa de matar así anualmente al dios carnero puede haber sido la que hemos asignado a la costumbre general de matar al zopilote divino. Aplicada a Egipto, esta explicación está apoyada en la analogía del dios toro Apis, al que no dejaban sobrevivir más que un cierto número de años. La intención de poner así un plazo a la vida del dios humano era, como hemos explicado, asegurarle con­tra la debilidad y flaqueza de la edad. El mismo razonamiento expli­caría la costumbre, probablemente más antigua, de condenar al dios ani­mal a morir anualmente, como se hacía con el carnero de Tcbas.

Hay un detalle en el ritual tebano, la aplicación de la piel a la ima­gen del dios, que merece atención especial. Si el dios era al principio el carnero vivo, su representación por una imagen debió originarse des­pués, pero ¿cómo se originó? Quizá se encuentre la respuesta en la práctica de conservar la piel del animal que fue sacrificado como deidad. He­mos visto que los californianos conservaban la piel del zopilote sagra­do; y la piel de la cabra muerta en las fiestas de recolección como representante del espíritu del grano se guardaba también por varios su­persticiosos. La piel, de hecho, se conservaba como una prenda o recuerdo del dios, mejor aún, como continente de una parte de la vida divina, y tan sólo con rellenarla o extenderla sobre un armazón venía a ser una imagen normal del dios. Al principio, una imagen de esta hechura sería renovada cada año, siendo provista la nueva imagen con la piel nueva del animal sacrificado. Y es fácil la transición de las imágenes anuales a las imágenes permanentes. Hemos visto que la antigua costumbre de cortar un nuevo "árbol mayo" cada año fue reemplazada por la práctica

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de mantener erecta una pértiga o palo mayor permanente, aunque, sin embargo, le adornaban anualmente con hojas y flores y hasta le empal­maban un arbolito verde cada año. De modo análogo, cuando la piel rellena como representante del dios fue reemplazada por una imagen permanente suya, de madera, piedra o metal, esta imagen permanente se revestía anualmente con la piel fresca del animal sacrificado. Cuan­do se ha alcanzado esta etapa, la costumbre de matar al carnero llega a interpretarse con naturalidad como un sacrificio ofrecido a la imagen y explicado así en fábula semejante a la de Anión y Hércules.

3. OCCISIÓN7 DE LA SERPIENTE SAGRADA

El África Occidental parece proveer otro ejemplo de la occisión anu­al de un animal sagrado y de la conservación de su piel. Los negros de Isapu, en la isla de Fernando Poo, consideran a la cabra como su deidad guardiana, que les puede favorecer o perjudicar, convertirlos en ricos o infligirles enfermedades y la muerte. La piel de uno de estos reptiles se cuelga con la cola hacia abajo en la rama del árbol más grande de la plaza, y su colocación en el árbol es una ceremonia anual. En cuanto termina, llevan a todas las criaturas nacidas desde el año anterior para que con sus manos toquen la cola de la serpiente; este detalle es evidentemente un procedimiento de poner a las criaturas bajo la protección del dios tribal. De modo análogo en Senegambia se espera que una serpiente pitón visite a los niños del clan Pitón en los ocho primeros días de su nacimiento; y los psylli, un clan de la serpiente de la antigua África, acostumbraban colocar a los niños ante las serpientes en la creencia de que éstas no harían daño alguno a los niños que ver­daderamente pertenecieran al clan.

4. OCCISIÓN DE LAS TORTUGAS SAGRADAS

Creemos que en las costumbres californiana, egipcia y bubi, el culto del animal no tiene relación con la agricultura y de consiguiente puede presumirse que datan de la etapa social cazadora o pastoril y ganadera. Puede decirse lo mismo de la siguiente costumbre de los indios zuñis de Nuevo México, aunque están ahora establecidos en pueblos o ciuda­des muradas de un tipo peculiar y practican la agricultura y las artes cerámicas y textiles. La costumbre zuñi muestra ciertos rasgos que pa­recen colocarla en una clase en cierto modo distinta de los precedentes casos y puede ser conveniente describirla en toda su extensión, según pa­labras de un testigo presencial.

"Con el solsticio, el calor se hizo más intenso. Mi hermano fes decir, mi hermano adoptivo indio y yo pasábamos sentados día tras día en el fresco sótano de nuestra casa, afanado él en sus forjas curiosas y herramientas toscas, convirtiendo monedas mexicanas en ajorcas, cintu-

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rones, zarcillos, botones y otros objetos de ornamentación salvaje. Aun­que sus útiles eran admirablemente toscos, su obra resultaba en verdad notable a fuerza de ingeniosidad y paciencia combinadas. Un día que estaba contemplando su trabajo, vi una fila de unos cincuenta hombres que bajaban aceleradamente por la loma, marchando hacia el oeste por la planicie. Iban conducidos solemnemente por un sacerdote pintado y adornado de conchas y seguido por el porta-antorcha. Shu-lu-wit-si o Dios del Fuego. Después que desaparecieron le pregunté a mi viejo her­mano qué significaba aquello.

" 'Van —me dijo— a la ciudad de Ka-ka y a la casa de nuestros otros'.

"Cuatro días después, hacia la puesta del sol, volvían en fila, su­biendo por el mismo sendero, vestidos y ataviados con los bellísimos atavíos de Ka-k'ok-shi o el Buen Baile, llevando cada uno en sus brazos una cesta llena de tortugas que se removían, cuidadas y atendidas tan tiernamente como una madre podría hacerlo con su hijito. Algunos de los infelices reptiles iban cuidadosamente envueltos entre mantas y co­bijas suaves, de entre las que salían la cabeza y las patas delanteras y las llevaban a las espalda los peregrinos, adornados de plumas, como un ridículo remedo, pero también solemne, de las criaturas humanas que se llevan en esa forma. Mientras estaba cenando en el piso alto de la casa aquel atardecer, llegó el cuñado del gobernador. Fue tan bien reci­bido por la familia como si fuese un mensajero del cielo. Llevaba entre sus dedos trémulos una de las muchas rebeldes y maltratadas tortugas; la pintura adherida a sus dedos y pies desnudos me dio entender que había formado entre los de la embajada sagrada.

"Le pregunté: '¿De modo que fue usted a Ka-thlu-el-lon, verdad?' '¡Ahaa!', me respondió el hombre cansado y con la voz enronquecida de tanto canturrear, y hundiéndose casi exhausto sobre un montón de pieles puestas para él, dejó tiernamente la tortuga en el suelo. En cuanto el reptil se sintió libre, salió corriendo todo lo aprisa que se lo consen­tían sus cortas patas. Como si estuvieran de acuerdo, la familia entera dejó plato, cuchara y tazón de beber y asiendo puñados del contenido de un tazón de harina sagrada, siguieron apresuradamente a la tortuga por toda la habitación, en los rincones obscuros, alrededor de los cán­taros del agua, tras los metales y en medio de la habitación otra vez, orando al animal y esparciendo sobre su carapacho la harina según cami­naba. Al fin, ¡cosa rara!, se acercó otra vez al cansado caminante que la había traído.



" '¡Ah! —exclamó con emoción—, ved cómo vuelve a mí otra vez. ¡Ah! y ¡cuan grandes son los favores que me conceden en este día los padres de todos!', y pasando su mano sobre el animal tendido, inhaló larga y profundamente la palma de su mano, invocando al mismo tiempo el favor de los dioses. Entonces apoyó su barbilla en la mano y con grandes y ávidos ojos contempló a su feo cautivo que pataleaba parpa­deando semiciego por la harina y arañaba en el suelo liso recordando su

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elemento nativo. En esta ocasión aventuré una pregunta: '¿Por qué no la deja ir o la da un poco de agua?' Lentamente volvió sus ojos hacia mi, y su cara expresaba mezcla de pena, indignación y lástima, mientras la piadosa familia me clavó la vista con santo horror. '¡Pobre hermano joven!' —dijo al fin—; '¡no sabe cuan preciosa es para mí! ¿Morir ella? ¡No morirá! ¡Yo le digo que no puede morir!' '¡Pero morirá si no la da alimento y agua!' 'Yo le digo que no puede morir; solamente cam­biará de casa mañana y volverá a la de sus hermanos.' '¡Ah bien! ¿Y cómo lo sabe?' Volviendo otra vez a la tortuga cegada por la harina, dijo: '¡Ay, mi pobre y querido hijo perdido o padre, mi hermana o hermano que pudo haber sido! ¡Quién sabe cuál serás! ¡Quizá seas mi propio bisabuelo o mi madre!' Y tras esto, rompió a llorar del modo más patético, trémulo de sollozos que hacían eco en las mujeres y niños y ocultó su cara entre las manos. Lleno de simpatía por su pena, aun­que equivocada, levanté la tortuga entre mis manos y besé su frío ca­rapacho; después, depositándola en el suelo, me apresuré a dejar a la apenada familia con su pesadumbre. Al día siguiente, entre ovaciones y conjuros enternecidos, plumas y ofrendas, mataron a la pobre tortuga, sacaron la carne y los huesos y los dejaron en el riachuelo para que pu­diera volver una vez más a la vida eterna con sus compañeras en las negras aguas del lago de los muertos. El carapacho cuidadosamente des­carnado y seco, convertido en un sonajero de baile y cubierto por una pieza de piel de ante, cuelga todavía de una de las vigas ahumadas de la casa de mi hermano. Una vez un indio navajo intentó comprarlo para cazo; entre indignados reproches le echaron de la casa. Si alguien se atreve a sugerir que la tortuga ya no vive, su observación causará un río de lágrimas y le recordarán que solamente cambió de casa, yendo a vivir para siempre a la mansión de nuestros otros perdidos".
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