Sir james george frazer la rama dorada



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3. MUCHOS MANII EN ARICIA

Ahora estamos en condiciones de sugerir una explicación del proverbio "hay muchos manii en Aricia". Había unos panes a los que daban forma humana, llamados por los romanos maniae, y parece que esta clase de pan se hacía especialmente en Aricia. Ahora bien, mania,1 nombre de uno cualquiera de estos panes, era también el nombre propio de la ma­dre o abuela de los espíritus, a la que se dedicaban, en la fiesta de la Compitalia,2 unas efigies de lana con forma de hombres y mujeres. Col­gaban estas efigies en las puertas de todas las casas de Roma; una efigie por cada hombre libre de la casa y otra de distinta clase por cada uno

1 En latin y griego, manía es también locura; maníkos, loco. ¿Definirían al


maníkos como poseso de los espíritus de los muertos? Manes manium, espíritus de
los muertos, dice Monlau.

2 Compita es atajo, trocha, encrucijada. Los lares compitales eran los espíritus
de los muertos guardianes de los atajos y linderos de los campos, etc. Existían otros
espíritus lares: lar familiaris, lares viales, guardianes de los caminos; lares permarini,
de los mares; praestites, tutelares de la gente y de las ciudades en particular. La
Compitalia era una fiesta anual, principalmente rural.

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de los esclavos. La razón era la creencia de que en este día los espíri­tus de los muertos andaban rondando por allí cerca y se esperaba que de propósito o por simple inadvertencia se llevaran las efigies de la puerta en vez de llevarse a la gente que vivía en la casa. Según la tradición, estos muñecos de lana fueron los substitutos de una costumbre sacrificial anterior. Es imposible razonar con firmeza sobre un dato tan fragmen­tario e incierto, pero creemos que vale la pena sugerir que los panes de forma humana que parece se hornearon en Aricia tal vez fuesen panes sacramentales y que, en tiempos antiguos, cuando mataban anualmente al divino rey d'el bosque, se hacían panes a su imagen, semejantes a las figuras de pasta de los dioses de México, que eran comidas sacramental-mente por sus adoradores. El sacramento mexicano en honor de Huitzi-lopochtli también se acompañaba de sacrificios humanos. La tradición de ser el fundador del bosque sagrado de Aricia un hombre llamado Manius, del que descendieron muchos manii, no es otra cosa que un mito etimológico inventado para explicar el nombre de maniae aplicado a estos panes sacramentales. Unos confusos recuerdos de la conexión original de estos panes con los sacrificios humanos pueden quizá entre­verse en la leyenda que nos cuenta que las efigies de pan dedicadas a Mania (la madre de los espíritus) en la fiesta de la Compitalia fueron substitutos de víctimas humanas. La leyenda misma, sin embargo, proba­blemente carece de fundamento, pues la práctica de colocar maniquíes o muñecos para desviar la atención de los espíritus o demonios hacia ellos en lugar de los vivos es bastante frecuente.

Por ejemplo, los tibetanos temen a los innumerables demonios de la tierra que están bajo la autoridad de la vieja madre Khön-ma. Esta diosa, que puede compararse a la romana Mania, madre o abuela de los espíritus, cubierta de doradas vestiduras, tiene un lazo corredizo en la mano y está montada sobre un carnero. Con objeto de impedir que se hospeden en la casa los inmundos demonios de los que la vieja madre Khön-ma es señora, fijan sobre la puerta, por fuera de la casa, una com­plicada estructura parecida a una lucerna. Contiene un cráneo de morueco y un batiburrillo de objetos preciosos tales como hojuelas de oro, pla­ta y turquesas, algo de alimento seco como arroz, trigo y habas, len­tejas, etc., y finalmente, imágenes o pinturas de un hombre, una mujer y una casa. "El objeto de estas figuras de hombre, mujer y casa es enga­ñar a los demonios que puedan entrar a despecho de las ofrendas y equivocarlos para que crean que las pinturas antedichas son los moradores de la casa y así ellos sacien su rabia sobre los trozos de madera y se salven los moradores humanos". Cuando todo está listo, un sacerdote reza a la vieja madre Khön-ma, rogándole que se complazca en aceptar esa hermosa ofrenda y que cierre las puertas abiertas de la tierra para que los demonios no puedan salir e infestar y dañar a los dueños de la casa.

También se emplean con frecuencia efigies como un medio de pre­venir o curar enfermedades; los demonios de la enfermedad o bien se

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confunden entre las efigies y la gente viva, o son persuadidos y aun obligados a entrar en aquéllas, dejando buenos y sanos a hombres y mujeres. Así, los alfures de Minahassa transportarán al enfermo a otra casa mientras dejan en la cama un muñeco hecho con una almohada y ropas. Suponen que el demonio se equivoca y toma al muñeco por el hombre enfermo, que se recobrará. Creemos que las curas preventivas de esta clase encuentran favor especial entre los nativos de Borneo. Así, cuando entre ellos estalla una epidemia, los dayakos del río Katoengow ponen sobre sus puertas imágenes de madera en la esperanza de que los demonios de la plaga se engañen y se lleven a los muñecos en lugar de la gente. Entre los oloh ngadju de Borneo, cuando se supone que un enfermo está sufriendo los asaltos de un espíritu, hacen muñecos de masa o de harina de arroz y los tiran debajo de la casa,1 como substitutos del paciente, que así se libra de los espíritus. En algunos de los distritos occidentales de Borneo, si un hombre cae enfermo súbita y violenta­mente, el médico, que en esta parte del mundo suele ser una vieja, modela en madera una imagen y la pone siete veces en contacto con la cabeza del enfermo, mientras dice: "Esta imagen sirve para ocupar el lugar del enfermo; enfermedad, pásate a esta imagen". Después la pone en una cestita con algo de arroz, tabaco y sal y la lleva al lugar en donde se supone que el espíritu maligno penetró en el hombre. Allí, la coloca enhiesta, una vez que el médico invoca al espíritu como sigue: "Oh demonio, aquí hay una imagen que queda en lugar del hombre. Suelta el alma del hombre enfermo y enferma a la imagen, pues sin duda es mucho más bonita y mejor que él". Los hechiceros batakos pueden con­jurar al demonio de la enfermedad para que salga del cuerpo del paciente y entre en una imagen confeccionada con el tronco de una planta de plátano pequeña, con una máscara humana y envuelta en hierbas má­gicas; esta imagen es sacada rápidamente de allí y tirada lejos o enterrada más allá de los límites de la aldea. En ocasiones, la imagen vestida de hombre o mujer, según el sexo del enfermo, queda puesta en una encru­cijada u otro camino cualquiera, con la esperanza de que alguien que pase y la vea, exclame: "¡Ah!, fulano ha muerto", pues tal exclamación convencerá al demonio de la enfermedad de que ha cumplido por entero su propósito, con lo que se marchará y dejará recobrarse al enfermo. Los mai-darat, tribu sakai de la península malaya, atribuyen toda clase de enfermedades a la acción de ciertos espíritus que llaman nyani; por fortuna, el mago puede inducir a los seres maléficos a que salgan del enfermo y se aposenten en groseros bausanes de hierba que cuelgan fuera de las casas, en pequeñas hornacinas acampanadas y decoradas con palitos descortezados. Durante una epidemia de viruela, los negros ewe chapean un espacio de terreno fuera del poblado, donde erigen algunos montículos bajos que cubren con muchas figuritas de arcilla, tantas como habitantes tiene el pueblo. También ponen unos potes con comida y

1 Las casas están montadas sobre estacas para precaverse contra los efectos del empantanamiento del terreno que producen las lluvias.

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agua para refrigerio del espíritu de la viruela, que se apoderará, según creen, de las figuras de barro y pasará por alto a la gente viva; para estar más seguros, levantan una barricada contra el espíritu en el camino que conduce al poblado.

Con estos ejemplos ante nosotros podemos conjeturar que las efigies de lana que en el festival de la Compitalia podían verse colgando en las puertas de las casas de la antigua Roma no fueron substitutos de víctimas humanas que hubieran sido anteriormente sacrificadas en la estación del año, sino más bien ofrendas vicariantes presentadas a la madre o abuela de los espíritus, en espera de que en sus rondas por la ciudad aceptase las efigies por los residentes de la casa o se confundiese entre unas y otros, y así perdonase a los vivos por otro año. Es posible que los mu­ñecos hechos de cañas que anualmente arrojaban al río Tíbcr los pontí­fices y vírgenes vestales desde el viejo puente Sublicio en Roma durante el mes de mayo, tuvieran en su origen la misma significación; esto es, pueden haber sido ideados para purgar la ciudad de la influencia demo­niaca, desviando de los seres humanos la atención de los demonios y dirigiéndola a los muñecos, para volcar y entonces toda la cuadrilla pavo­rosa de cabeza al río, que pronto los arrastraría al mar. Es precisamente el mismo procedimiento que usaban con periodicidad los nativos del viejo Calabar para limpiar la ciudad de los males que la infestaban, atra­yendo a los incautos demonios hacia unos cuantos adefesios deplorables que después tiraban al río. Esta interpretación de la costumbre romana se basa en cierto modo en el testimonio de Plutarco, que habla de1 la ceremonia como "la mayor de las purificaciones".

CAPITULO LI MAGIA HOMEOPÁTICA DE UNA DIETA DE CARNE

Ya nos referimos a la costumbre de matar un dios entre los pueblos que han alcanzado una etapa social agrícola. Hemos visto que el espíritu del grano o de otras plantas cultivadas se representa casi siempre en forma animal o humana y que en algunos lugares ha prevalecido la costumbre de matar anualmente al representante humano o animal del dios. En la primera parte de esta obra se contiene implícita una razón de esta occi­sión del espíritu del grano en la persona de su representante; suponemos que el propósito era preservarle, a él o a ella (pues el espíritu del grano es con frecuencia femenino), del debilitamiento de la vejez, transfiriendo el espíritu mientras está sano y fuerte a la persona de un sucesor joven y vigoroso. Aparte del deseo de renovar sus energías divinas, la muerte del espíritu del grano puede haberse considerado inevitable bajo las hoces o cuchillos de los segadores y sus adoradores, y, por consiguiente, pueden haberse sentido forzados a doblegarse a tan triste necesidad. Pero, además, hemos encontrado una costumbre muy extendida: ingerir sacramentalmente al dios, ya en forma de hombre o de animal que

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representa al dios o en forma de pan con figura humana o animal.1 Las razones para participar así del cuerpo del dios son, desde el punto de vista primitivo, bastante sencillas. El salvaje comúnmente cree que co­miendo la carne de un animal u hombre adquiere no sólo las cualidades físicas, sino también las cualidades intelectuales y morales que son carac­terísticas del animal o del hombre; así que, cuando la criatura se consi­dera divina, nuestro ingenuo salvaje espera naturalmente absorber una parte de su divinidad junto con su substancia material. Puede ilustrarse perfectamente con ejemplos esta fe común en la adquisición de virtudes o vicios de muchas clases por intermedio del alimento animal, aun cuan­do no se pretenda que las viandas consistan en cuerpo o sangre de un dios. La doctrina forma parte de un sistema extensamente ramificado de magia simpatética u homeopática.



Así, por ejemplo, los creeks, cherokees y demás tribus emparenta­das de indios norteamericanos "creen que la naturaleza posee la propiedad de transfundir a los hombres y animales las cualidades de los alimentos que usan o de los objetos presentes a sus sentidos; el que se alimenta de carne de venado es, de acuerdo con el sistema físico de este animal, más veloz y sagaz que el hombre que vive de la carne del desmañado oso o de las inermes aves de corral, del ganado manso o de la pesada cerda enlodada. Por esta razón varios de sus ancianos recomendaban un régi­men en las comidas y dicen que antiguamente sus jefes más poderosos obedecieron a una constante regla en su dieta y rara vez comían de un animal torpe o de movimientos pesados, imaginando que trasmitían al conjunto de su constitución física una torpeza que les inhabilitaba para ejercer con el vigor necesario sus deberes marciales, civiles y religiosos". Los indios zaparos del Ecuador, "a no ser por necesidad, no quieren comer la mayoría de las veces ninguna carne pesada, como tapir y pécari, reduciéndose a monos, aves, ciervo, pescado, etc., principalmente por­que arguyen que las carnes pesadas les harán pesados como los animales de donde proviene esa carne, impidiéndoles ser ágiles e incapacitándoles para la caza". Asimismo, algunos de los indios brasileños no quieren comer animal cuadrúpedo, pájaro o pez que corra, vuele o nade despacio, por temor de que participando de su carne puedan perder sus facultades y quedar inhábiles para escapar de sus enemigos. Los caribes se abstenían de la carne de cerdo, temerosos de que les achicara los ojos como a cerdos y se negaban a comer tortugas por la aprensión de que si lo hacían se volverían estúpidos y pesados como el animal. Entre los fans del África Occidental, los hombres en la plenitud de su vida no comen jamás tortuga por una razón parecida; imaginan que, haciéndolo, su

1 Quizá son vestigios de esta clase de comunión con el espíritu del grano, la "coca" y la "mona" de Aragón (Pascuas), el "roscón de Reyes" (Epifanía), la "an­guila" madrileña (Navidad), las "rosquillas del Santo" (Fiesta del Labrador en mayo, San Isidro en Madrid, el "Mayo"), los "huesos de santo" (Huitzilopochtli) y los "buñuelos de viento" (Fiesta de los Difuntos, de Todos los Santos), los "panecillos de San Juan" (solsticio) y demás repostería de reminiscencia sacramental, abundante en España y en los países hispanoamericanos.

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vigor y ligereza de pies desaparecerían. Los ancianos pueden comer tortuga sin trabas, porque habiendo perdido ya su agilidad para correr no puede hacerles daño alguno la carne del animal de paso lento.

Así como hay muchos salvajes que temen comer de los animales de lento andar por temor de volverse ellos también de paso tardo, los bos-quimanos del África del Sur comían la carne de esos animales a propó­sito y la razón que daban para hacerlo así muestra un refinamiento muy curioso de la filosofía salvaje. Imaginaban que la caza que ellos persi­guieran sería influida simpatéticamente por el alimento que llevase den­tro el cuerpo del cazador, de tal modo que si éste hubiera comido algo de animal de pies veloces, la pieza tendría también los pies veloces y se le escaparía, mientras que comiendo animales de paso tardo, la presa tendría también el paso tardo y así podría adelantarse a ella y matarla. Por esta razón los cazadores oris,1 en particular se abstenían de comer carne de la veloz y ágil gacela saltarina,2 ni siquiera la tocaban con las manos, pues creían que esta gacela es un animal vivísimo que no duerme ni aun de noche, y pensaban que si comían de su carne, el oris que ellos cazasen estaría del mismo modo sin ganas de dormir ni aun de noche. ¿Cómo capturarlo entonces?

Los namaquas se abstienen de comer carne de liebre, pues creen que les haría de corazón cobarde, como la liebre. Pero en cambio comen carne de león o beben su sangre o la del leopardo, para adquirir el valor y la fuerza de estas bestias. Los bosquimanos no darán a sus hijitos cora­zón de chacal a comer, para no exponerlos a que sean tímidos como el chacal; pero les dan corazón de leopardo para que sean bravos como el leopardo. Cuando un hombre wagobo del África Oriental mata un león, se come el corazón para hacerse bravo como un león y cree que comer el corazón de una gallina le acobardaría. Cuando una enfermedad grave ha atacado un kral zulú, el curandero coge un hueso de perro muy viejo o un hueso de vaca vieja o de otro animal muy viejo, y se lo administra lo mismo a sanos que enfermos con el propósito de que puedan vivir tantos años como viejos son los huesos de que ellos han participado. De igual manera, para devolver al anciano Jasón su perdida juventud, la maga Medea infundió en sus venas un cocimiento de hígado 3 de ciervo longevo y la cabeza de un cuervo que había sobrevivido a nueve genera­ciones de hombres.

Entre los dayakos del noroeste de Borneo, los jóvenes y los guerre­ros no comen carne de venado, pues los haría tan tímidos como son los ciervos; pero las mujeres y hombres muy viejos tienen libertad para comerlo. Sin embargo, entre los kayanos de la misma región y que com­parten la misma idea de los malos efectos de comer venado, los hombres

1 Orys, oryxos, cuernos apuntados. El oris (género Orix) es el más gallardo y
elegante de los antílopes africanos. Tiene los cuernos altos y rectos.

2 Gacela (Antidores enchore) que siempre da brincos, aun sin cambiar de lugar.

3 La inyección de extracto de hígado crudo de animales es un tratamiento
heroico moderno para ciertas anemias.

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pueden participar de tan peligrosa vianda tomando la precaución de cocinarla al aire libre, pues suponen que así el tímido espíritu del animal escapa inmediatamente a la selva y no se adentra en el que lo come, Los ainos creen que el corazón del mirlo de agua ! es sumamente sabio y que en su lenguaje el ave es muy elocuente. Por consiguiente, cuando la matan se apresuran a abrirla para sacar el corazón y tragárselo antes de que se enfríe o de que sufra algún daño. Siempre que una persona lo haga así, se convertirá en sabio y será muy elocuente, poniéndose en condiciones de vencer dialécticamente a sus adversarios. En la India septentrional, la gente imagina que el que se coma los ojos de una le­chuza podrá ver en la obscuridad lo mismo que las lechuzas.

Cuando los indios kansas se preparaban para ir a la guerra, acostum­braban a celebrar un festín en la tienda del jefe y el plato principal era carne de perro, porque decían los indios que un animal tan bravo que se deja hacer pedazos en defensa de su amo necesariamente inspira valor. Los nombres de las islas Buru y Aru, en las Indias Orientales, comen carne de perro por el deseo de ser intrépidos y ligeros en la guerra. En­tre los papuas de los distritos de Puerto Moresby y Motumotu, Nueva Guinea, los muchachos comen cerdos fuertes, wallaby 2 y pescados gran­des para adquirir la fuerza del animal o pez. Algunos indígenas de la Australia septentrional creen que comiendo carne de canguro o de emú podrán saltar y correr más ligeros que nunca. Los miris del Assam apre­cian altamente la carne de tigre como alimento para hombres, pues les da fuerza y valor. Pero "no deben gustarla las mujeres, porque las haría demasiado independientes". En Corea, los huesos de tigre alcanzan pre­cio más elevado que los de leopardo como medio de inspirar valor. En Seúl, un chino compró y se comió un tigre entero para hacerse valiente y fiero. En una leyenda norsa, Ingiald, hijo del rey Aumund, era tímido en su juventud, pero después de comerse el corazón de un lobo se volvió muy intrépido; Hialto ganó fuerza y valor comiéndose el corazón de un oso y bebiendo su sangre.

En Marruecos a los enfermos muy decaídos les dan a tragar hormi­gas y a comer carne de león, que hace de un cobarde un bravo, pero las gentes se abstienen de comer corazones de gallinas por temor de vol­verse cobardes. Cuando un niño tarda en aprender a hablar, los turcos del Asia Central le dan a comer las lenguas de ciertos pájaros. Un indio norteamericano creía que el aguardiente debía ser un cocimiento de corazones y lenguas, "porque —decía-— después de beberlo, no temo nada y hablo maravillosamente". En Java hay un gusano diminuto que de cuando en cuando emite un sonido estridente como el de un pequeño reloj despertador. Por eso, cuando una bailarina pública ha enronquecido chillando en el ejercicio de su profesión, el jefe de la compañía la obliga a comerse algunos de estos gusanos, en la creencia de que recobrará su

  1. Los mirlos de esta clase (cinelus) bucean en los torrentes y riachuelos para
    comer larvas acuáticas.

  1. El wallaby es una especie de canguro, más pequeño.

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voz y podrá, después de tragarlos, estar de nuevo en condiciones de gritar tan agudamente como siempre. El pueblo de Darfur (África Central) cree que el hígado es el asiento del alma 1 y que un hombre puede en­grandecer su alma comiendo hígado de algún animal. "Siempre que matan un animal, sacan el hígado y se lo comen, pero la gente tiene mucho cuidado de no tocarlo con las manos, considerándolo sagrado; lo cortan en trozos pequeños y los comen crudos, llevándose los bocados a la boca a punta de cuchillo o con un palo aguzado. Al que toque por casualidad el hígado le está estrictamente prohibido participar de él, prohibición que se considera como una gran desgracia". A las mujeres se les prohibe comer hígado, puesto que no tienen alma.

También la carne y la sangre de los hombres muertos es corriente­mente comida y sorbida para inspirar bravura, sabiduría y otras cualida­des en que los comidos descollaban, o las que se suponía que tenían su asiento especial en la viscera o trozo particular ingerido. Así, entre las tribus montañesas del África Sudoriental hay ceremonias por las que los jóvenes están constituidos en hermandades o logias, y entre los ritos de iniciación, uno tiene por objeto infundir bravura, inteligencia y otras cualidades en los novicios. Siempre que matan a un enemigo de rele­vante valentía, su hígado, considerado asiento del valor; sus orejas, su­puestos asientos de la inteligencia; la piel de su frente, que se cree ser el lugar de la perseverancia, sus testículos, tenidos como centros de la fuerza, y otros miembros considerados como el asiento de otras virtudes, se separan del cadáver y se incineran. Guardan las cenizas con mucho cuidado en un cuerno de toro, y durante las ceremonias observadas en la circuncisión, las mezclan con otros ingredientes formando una especie de pasta que es administrada por el sacerdote tribal a los jóvenes. Por este medio, la fuerza, el valor, la inteligencia y otras virtudes del muerto se transmiten, en su opinión, a quienes la comen. Cuando los basutos de las montañas han matado a un enemigo muy bravo, inmediatamente le arrancan el corazón y se lo comen, porque ello les dará valentía y fuerzas para batallar. Así, cuando sir Charles M'Carthy fue muerto por los achantis el año 1824, cuentan que su corazón fue devorado por los jefes del ejército achanti, para impregnarse de su valor. Secaron su carne y la repartieron con el mismo propósito entre los oficiales inferiores y sus huesos estuvieron guardados mucho tiempo en Coomassie, como fe­tiches nacionales. Los indios nauras de Nueva Granada devoraban el corazón de los españoles siempre que tenían oportunidad, en la esperanza de hacerse con ello tan intrépidos como los temibles caballeros castella­nos. Los indios sioux reducían a polvo el corazón del enemigo valiente y tragaban el polvo esperando apropiarse así el valor del muerto.

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