Sir james george frazer la rama dorada



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i Jeremías, xxxi, 15; y San Mateo, n, 18.

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mutiladas patas representan los gritos y contorsiones de las plañideras en un funeral. Más tarde enterrará al saltamontes muerto dejando a los demás que continúen el duelo hasta que la muerte los releve de su dolor, y después de arreglarse el pelo desgreñado, se retira 'de la tumba, con el paso y el aspecto de una persona sumida en la aflicción. Desde entonces mira con toda confianza el porvenir sabiendo que sus hijos la sobrevivirán, pues no puede ser que ella les llore y entierro por segunda vez. Mas aún si la fortuna se presenta amenazadora a un hombre en su nacimiento y la pobreza le señala como suyo, puede fácilmente evitar este sino comprando un par de perlas baratas por el precio de penique y medio y enterrándolas. Pues ¿quiénes sino los ricos de este mundo pueden tirar perlas de tal manera?

3. magia contaminante



Hasta ahora hemos tratado principalmente de la rama de la magia simpatética que puede denominarse homeopática o imitativa. Su prin­cipio director, como hemos visto, es que "lo semejante produce lo seme­jante" o, en otras palabras, que el efecto se asemeja a su causa. La otra gran rama de la magia simpatética, que hemos llamado magia contami­nante o contagiosa, procede de la noción de que las cosas que alguna vez estuvieron juntas quedan después, aun cuando se las separe, en tal relación simpatética que todo lo que se haga a una de ellas producirá parecidos efectos en la otra. Así, vemos que la base lógica de la magia contaminante, parecida a la de la homeopática, es una errónea asocia­ción de ideas. Su base física, si podemos hablar así, semejante a la base física de la magia homeopática, es un intermedio material de cierta clase que, a semejanza del éter de la física moderna, se supone que une los objetos distantes y conduce las impresiones del uno al otro. El ejem­plo más familiar de magia contaminante es la simpatía mágica que se cree existe entre una persona y las partes separadas de ella, tales como el pelo, los recortes de uñas, etc.; así que siempre que se llegue a con­seguir pelo humano o uñas, se podrá actuar a cualquier distancia sobre la persona de quien proceden. Esta superstición es universal; después daremos en esta obra ejemplos relativos al pelo y las uñas.

Entre las tribus australianas fue práctica general arrancar uno o varios de los dientes frontales de los muchachos en esas ceremonias de inicia­ción a las que tenían que someterse los mozos para poder gozar de todos los privilegios y derechos de los adultos. La razón de esta práctica es oscura; lo que aquí nos importa es la creencia en que existe una rela­ción simpatética que continúa entre el muchacho y sus dientes, después de haber sido extraídos éstos de sus encías. Así, entre algunas de las tri­bus cercanas al río Darling, en Nueva Gales del Sur, colocaban el diente-extraído bajo la corteza de un árbol cercano a un río o charco perma­nente o manantial; si la corteza crecía sobre el diente o si el diente caía

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en el agua todo iba bien, pero si quedaba al aire y las hormigas corrían sobre él, los nativos creían que el muchacho padecería alguna enfermedad de la boca. Entre los murring y otras tribus de Nueva Gales del Sur, el diente extraído se guardaba bajo la custodia de un viejo y después iba pasando sucesivamente de mano en mano entre los jefes hasta dar la vuelta a toda la comunidad, terminando en el padre del mancebo y por último en el propio mancebo; sin embargo, cuando el diente iba pasando de mano en mano, deberían cuidar de no depositarlo en ningún saco que contuviera sustancias mágicas, pues hacerlo así pondría en grave pe­ligro al dueño del diente. El finado Dr. Howitt actuó en cierta ocasión como custodio de los dientes extraídos a los novicios en una ceremonia de iniciación, y los ancianos se apresuraron a advertirle que no los pusiera en un saco donde ellos sabían que guardaba unos cristales de cuarzo. Le dijeron que si lo hacía, la magia de los cristales pasaría a los dientes y así dañaría a los muchachos. Cerca de un año después de volver el Dr. Howitt de la ceremonia, le visitó uno de los principales jefes de la tribu murring, que había viajado doscientas cincuenta millas desde su casa para llevarse los dientes. Le explicó al doctor que le enviaban a recoger­los porque había caído enfermo uno de los muchachos y se creía que sus dientes habían sufrido algún daño que afectaba al mozo. Se le aseguró que los dientes habían sido guardados en una caja alejada de cualquier sustancia, como los cristales de cuarzo, que pudiera influir en ellos, y él regresó a su hogar llevándose los dientes cuidadosamente envueltos y escondidos.

Los basutos evitan cuidadosamente que los dientes extraídos caigan en las manos de ciertos seres míticos que rondan las sepulturas y que pueden hacer daño a los propietarios de los dientes haciendo magia con ellos. En Sussex, hace unos cincuenta años, una criada se opuso con energía a que se tirara un diente de leche de un niño, asegurando que po­dría encontrarlo algún animal que lo royera y en ese caso, el diente nuevo sería exactamente como los del animal que mordiera el diente de leche. Para probar su afirmación se refirió al viejo señor Simmons, que tenía un diente enorme y largo en su maxilar superior, defecto per­sonal que siempre se achacó a su madre, la que por inadvertencia tiró un diente de leche de aquél en una pocilga. Semejante creencia ha condu­cido a prácticas tendientes, sobre el principio de la magia homeopática, a reemplazar los dientes viejos por otros mejores. Así, en muchas partes del mundo es costumbre colocar los dientes extraídos en algún lugar donde fácilmente puedan ser hallados por un ratón o rata, en la esperanza de que por intermedio de la simpatía que sigue existiendo entre el diente y su anterior propietario, sus otros dientes adquirirán la firmeza y exce­lencia de los dientes de dichos roedores. Por ejemplo, en Alemania es casi una máxima universal entre las gentes que se debe colocar en la cueva de un roedor el diente extraído. Haciéndolo así con los dientes de leche, se evitará que el niño padezca dolores de dientes; también hay que colocarse ante la chimenea del hogar y arrojar hacia atrás el diente

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diciendo: "Ratón, deme su diente de hierro; yo le daré el mío de hueso". Hecho esto, sus demás dientes permanecerán sólidos. Muy lejos de Euro­pa, en Raratonga, en el Pacífico, cuando se extraía un diente a un niño, se solía recitar la siguiente oración:

Gran rata, pequeña rata, aquí está mi viejo diente; os ruego me deis otro nuevo.

Después arrojaban el diente por sobre las bardas de la casa, porque las ratas hacen sus nidos en las bardas viejas. La razón asignada para invocar a las ratas en estas ocasiones era que, según los nativos, los dientes de rata son los más fuertes que se conocen.

Otras partes que comúnmente se cree permanecen en simpatética conexión con el cuerpo después de haber sido separadas físicamente de él, son el cordón umbilical y las secundinas, incluida la placenta. Tan íntima en verdad se concibe la unión, que la fortuna de los individuos y su buena o mala suerte en la vida suelen suponerse ligadas con una u otra de estas porciones de su persona; así que, si son bien conservados y tratados el cordón umbilical o las secundinas, su suerte será próspera, pero si se pierden o son maltratados, sufrirá las consecuencias de ello. En ciertas tribus de la Australia occidental creen que un hombre nadará bien o mal según que su madre haya arrojado al agua su cordón umbili­cal o no. Entre los nativos de la cuenca del río Pennefather, en Queens-land, se cree que una parte del espíritu del niño (cho-i) se queda en las secundinas. Ésta es la razón por la que la madre coge las secundinas y las entierra lejos, en arena, y marca el sitio con un número de ramitas que clava en círculo alrededor, atándolas de modo que formen una espe­cie de estructura cónica. Cuando Anjea, el ser que hace concebir a las mujeres poniendo niños de barro en sus vientres, llega y ve el sitio marcado, recoge el espíritu y se lo lleva a alguno de los escondrijos que tiene, tales como un árbol, un agujero en una roca o en una charca, don­de permanece durante años; en alguna ocasión recogerá de allí el espíritu del niño y lo pondrá en otro niño; así vuelve a nacer una vez más en este mundo. En Ponapé, una de las Islas Carolinas, colocan el cor­dón umbilical en una concha y después disponen de ello según la ocupa­ción que elijan sus padres para el niño; por ejemplo, si quieren que sea un buen trepador, colgarán de un árbol el cordón umbilical. Los isleños de Kei consideran al cordón umbilical como un hermano o hermana de la criatura, según el sexo del infante; lo ponen en un cacharro con ceniza y lo colocan entre las ramas de un árbol para que se mantenga ojo avizor sobre la suerte de su camarada. Entre los batakos de Sumatra, así como entre muchos otros pueblos del Archipiélago Indico, se reputa la pla­centa como el hermano o hermana del niño. Su sexo depende del de la criatura y lo entierran bajo la casa. Según los batakos, está ligada con el bienestar del niño y creen que realmente es el asiento del alma trans-



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ferible, de lo cual nos ocuparemos más adelante. Los karo-batakos hasta afirman que el hombre tiene dos almas y que la verdadera es la que vive en la placenta, bajo la casa, pues es el alma que engendra las cria­turas, según dicen.

Los baganda creen que todos los hombres nacen con un "doble" y a éste le identifican con las secundinas, que consideran como una segun­da criatura. La madre enticrra las secundinas al pie de un plátano, que consideran sagrado hasta que recojan sus frutos, que se sirven en un festín sagrado para la familia. Entre los cherokees, el cordón umbilical de una niña se entierra bajo un metate para maíz con objeto de que, cuando crezca, la niña llegue a ser una buena panadera, pero en cambio el cordón umbilical de un niño se cuelga de un árbol en la selva, para que sea cazador. Los incas del Perú conservaban los cordones umbilica­les con los mayores cuidados y se los daban a chupar a las criaturas cuando enfermaban. En el antiguo México acostumbraban dar a los guerreros un cordón umbilical de niño para que lo enterrasen en el cam­po de batalla y así el niño adquiriese pasión por guerrear. En cambio, el cordón umbilical de una niña lo enterraban junto al hogar doméstico, por creer que esto le inspiraría amor al hogar y gusto en cocinar y hornear.

En Europa mucha gente cree todavía que el destino de la persona está más o menos ligado con el de su cordón umbilical o secundinas. Así, en la Baviera renana lo envuelven algún tiempo en un trozo de lino viejo y después lo cortan o pinchan en trocitos, según que sea de niño o niña, a fin de que él o ella, cuando crezcan, sea un habilidoso artesa­no o una buena costurera. En Berlín la comadrona suele entregar el cordón umbilical seco al padre recomendándole estrictamente que lo guarde con sumo cuidado, pues durante tanto tiempo como lo tenga así guardado, el niño vivirá y estará libre de enfermedades. En Beauce y Perche, la gente tiene cuidado de no arrojar el cordón umbilical al agua ni al fuego, pues si así lo hicieran, el niño moriría ahogado o quemado.

Así, en muchas partes del mundo, el cordón y con más frecuencia las secundinas, son considerados como seres vivientes, hermano o herma­na del recién nacido, o ya como el objeto material en que reside el espí­ritu guardián del niño o parte de su alma. Además, la simpatética conexión que se supone existe entre una persona y sus secundinas o cordón está claramente manifiesta en la extendidísima costumbre de tratar la placenta o cordón de cierto modo que se supone influye du­rante la vida sobre el carácter y ocupaciones de la persona, convirtién­dolo en ágil trepador, fuerte nadador, cazador habilidoso o bravo guerrero y haciéndola a ella, si es mujer, sutil costurera, buena hornera, etc. Estas creencias y prácticas concernientes a las secundinas o placenta, y en menos extensión al cordón umbilical, presentan un notable paralelo con la extendida doctrina de la transferencia del alma y sus salidas del cuerpo y con las costumbres que en ello se fundan. Por lo tanto, no es muy aventurado conjeturar que este paralelismo no es una simple coinciden-

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cía, sino que en las secundinas o placenta tenemos una base física (no necesariamente la única) para la teoría y la práctica del alma externada. La consideración de este punto queda para la última parte de esta obra. Una curiosa aplicación de la doctrina de la magia contaminante es la relación que por lo común se cree existe entre un hombre herido y el agente de la herida, así que todo lo que se haga al o para el agente, de modo correspondiente afectará al paciente para su bien o para su mal. Plinio nos cuenta que si se ha herido a un hombre y se está apenado por ello, no hay más que escupirse en la mano heridora y el paciente se sentirá instantáneamente aliviado. En Melanesia, si el amigo del hom­bre herido llega a estar en posesión de la flecha que lo hirió, la pondrá en lugar húmedo o entre hojas frías para que así la inflamación tenga poca importancia y desaparezca pronto. Al mismo tiempo, el enemigo que disparó la flecha trabajará con afán en agravar la herida por todos los medios a su alcance. Con este propósito, él y sus amigos beberán ju­gos ardientes y calientes y mascarán hojas irritantes, porque es evidente que esto irritará e inflamará la herida. Además mantendrán el arco cerca del fuego para conseguir que la herida esté inflamada y por la misma razón pondrán la punta de la flecha, si la han podido recobrar, dentro del fuego, teniendo cuidado además de mantener tensa la cuerda del arco y naciéndola vibrar de vez en cuando, pues esto causará al herido estremecimientos nerviosos y espasmos tetánicos. "Está constantemente admitido y testimoniado —dice Bacon— que el untamiento del arma que hizo la herida curará la herida misma. En este experimento, según relatos de hombres de crédito (aunque yo no estoy del todo inclinado a creerlo), deben tenerse presentes los siguientes puntos: primero, el ungüento con que se hace debe estar hecho de diversos ingredientes, de los cuales los más extraños y difíciles de conseguir son el moho de la calavera de un hombre sin enterrar y las grasas de un jabalí y de un oso muertos en el acto de la generación". El rarísimo unto compuesto de estos y otros ingredientes se aplicaba, como nos lo explica el filósofo, no sobre la herida sino al arma, y aunque el herido estuviera a gran dis­tancia y no fuese conocedor de ello. El experimento, nos dice, ha sido ensayado limpiando el unto del arma sin conocimiento de la persona herida, de lo que resultó un aumento súbito de sus dolores hasta que el arma fue untada otra vez. También "se afirma que si no puede obte­nerse el arma, basta con un instrumento de hierro o madera que tenga parecido con el arma que hirió: si se pone en la herida, todavía san­grante, el unto de este instrumento servirá y obrará el efecto deseado". Remedios de esta clase, que Bacon considera dignos de su atención, están todavía en boga en los condados orientales de Inglaterra. Así, en Suffolk, cuando un hombre se corta con un podón o una guadaña, tiene siempre buen cuidado de mantener la herramienta brillante y de engra­sarla para evitar que la herida se encone. Si se clava una espina o, como él la denomina, un "matojo" en la mano, aceita o engrasa la espina después de extraerla. Un hombre llegó a un doctor con la mano infla-

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mada por haberse clavado un abrojo mientras estaba podando un seto vivo. Habiéndosele dicho que la mano estaba infectada, hizo el reparo de que "seguramente no es así, puesto que he engrasado bien el abrojo cuando lo saqué". Si un caballo se hiere en la pezuña por patear sobre un clavo, un mozo de cuadra de Suffolk invariablemente recogerá clavo, lo limpiará y lo engrasará todos los días en prevención de que se infecte el casco del animal. Del mismo modo, en Cambridgeshire los peones piensan que si un caballo tiene un clavo hiriéndole el casco es necesario engrasar el clavo con aceite o tocino y colocarlo lejos y en sitio seguro, pues de lo contrario el caballo no se curará. Hace unos pocos años un veterinario cirujano fue enviado para atender a un caballo que se había lacerado el costado contra la bisagra de una talanquera de la granja. Cuando llegó a la granja, vio que nada se había hecho por el caballo herido, pero un hombre estaba afanosamente tratando de quitar la bisagra de allí para engrasarla y guardarla, lo que en opinión de los buenos compadres de Cambridge haría recobrarse al animal herido. Igualmente los rústicos de Essex opinan que si un hombre ha sido acu- chillado, es esencial rescatar la navaja para engrasarla y ponerla atrave­sada en la cama donde está tendido el herido. También en Baviera se dice que debe engrasarse un trapo de lino y atarlo al filo del hacha con que se cortó, teniendo cuidado de colocar el filo hacia arriba. Según vaya secándose el hacha, la herida irá sanando. De igual modo, en las montañas del Harz, si alguien se corta, deberá untar el cuchillo o las tije- ras con sebo y colocarlo, después en un lugar seco en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cuando el cuchillo se haya secado el sujeto estará curado. Otras gentes de Alemania, sin embargo, dicen que deberá clavarse la navaja en algún charco del suelo, y que la herida cicatrizará cuando la hoja esté roñosa. Otros, por el contrario, como en Baviera, recomiendan untar el hacha o lo que sea con sangre y dejarla en el sobrado bajo el alero del tejado.

La línea de razonamiento que impera entre los rústicos de Inglaterra y Alemania, en común con los salvajes de Melanesia y América es llevada un paso más allá por los aborígenes de la Australia central, los que conciben que, bajo ciertas circunstancias, los parientes cercanos del hombre herido deben engrasarse, restringir su dieta y regular su conducta en otros aspectos con objeto de asegurar su restablecimiento. Asi, cuando un mancebo ha sido circuncidado, mientras la herida no sana su madre no puede comer zarigüeya o cierta clase de lagarto o serpiente diamante,1 ni ninguna clase de grasa, pues si lo hiciere retardaría la cicatrización de la herida del muchacho. Todos los días engrasará sus palos de cavar y los tendrá siempre al alcance de la vista; de noche dor-mirá con ellos cerca de su cabeza y no permitirá que los toque nadie. Todos los días se embadurnará el cuerpo con sebo, porque se cree que en cierta forma esto ayuda a la curación del hijo. Otro refinamiento del mismo principio se debe a la ingenuidad del campesino alemán

1 Serpiente: Pyton spilotes.



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Dicen que cuando uno de sus cerdos u ovejas se rompe una pata el campesino de la Baviera renana o de Hesse envolverá la pata de una silla con vendas y apósitos -apropiados. Durante algunos días nadie podrá sentarse en la silla ni cambiarla de sitio o golpearla, pues estas cosas producirían dolor al cerdo u oveja heridos y retardarían su curación. Un este último caso, está claro que hemos rebasado totalmente el dominio de la magia contagiosa o contaminante y que estamos en el campo de la magia homeopática o mimética; la pata de la silla que se cura en vez de la pata del animal, en ningún sentido pertenece a éste, y la aplica­ción de vendas a aquélla es un mero simulacro del tratamiento que una cirugía más racional emplearía en el verdadero paciente.

La simpatética conexión que se supone existe entre un hombre y el arma que le ha herido probablemente se funda en la idea de que la sangre en el arma continúa sintiendo con la sangre de su cuerpo. Por una razón semejante, los papuas de Tumleo, isla de Nueva Guinea, cui­dan de arrojar al mar los vendajes ensangrentados con los que curaron sus heridas, pues temen que si esos harapos cayesen en manos de sus enemigos podría causárseles daño mágicamente de ese modo. En cierta ocasión en que un hombre con una herida de la boca sangrando conti­nuamente llegó para ser curado por los misioneros, su crédula mujer recogió con gran trabajo toda la sangre para poderla arrojar después al mar. Por forzada y artificial que pueda parecemos esta idea, quizá no lo es tanto como la creencia en la mágica simpatía que se conserva entre una persona y sus ropas de tal modo que todo lo que se haga a éstas repercutirá sobre la persona misma, aun cuando esté muy lejos en ese momento. En la tribu Wotjobaluk, de Victoria (Australia), cuando un hechicero conseguía la alfombra de zarigüeya de un hombre, la que­maba despacio al fuego y mientras lo iba haciendo, el hombre caía en­fermo. Si el hechicero consentía en desvirtuar el encanto, devolvía la alfombra a los amigos del paciente, recomendándoles que la pusieran en agua "para lavarla del fuego". Cuando lo hacían así, el enfermo se sentía refrescado y probablemente se restablecía. En Tanna, una de las Nuevas Hébridas, si alguien tenía ojeriza a otro y deseaba su muerte, procuraba apoderarse de alguna ropa que hubiera estado en contacto con el sudor del cuerpo de su enemigo. Si lo conseguía, frotaba las telas cuidadosamente con las hojas y ramillas de cierto árbol, enrollaba y ataba las ropas, hojas y ramitas formando un paquete largo y estrecho, y lo iba quemando lentamente al fuego. Cuando el atadijo estaba consu­miéndose, la víctima caía enferma y cuando todo quedaba reducido a cenizas, moría. En esta última forma de hechicería, sin embargo, la simpatía mágica puede suponerse que no se da tanto entre el hombre y los vestidos como entre el hombre y el sudor que brotó de su cuerpo. Pero en otros casos de la misma clase creemos que la ropa por sí misma es suficiente para darle al brujo un poder sobre su víctima. La bruja de Teócrito, mientras funde una imagen o masa de cera con objeto de que su infiel amante se derrita por su amor, no olvida arrojar en el fuego
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