Sir james george frazer la rama dorada



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1 Planta del suroeste de los Estados Unidos de América del Norte (Egirium aquaticum) con umbelas florales que parecen botones. Tiene las raíces aromáticas y amargas.

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tar y purgar sus cuerpos pecadores''. Si la gente situada fuera de la plazoleta sagrada quería también purificarse, uno de los viejos dejaba en una esquina una cantidad de tabaco verde; lo llevaba a una anciana y ella lo distribuía entre las gentes, que lo mascaban y tragaban "para castigar sus almas". Durante este ayuno general, a las mujeres, niños y hombres de constitución débil les permitían comer después del mediodía, pero no antes. En la mañana en que terminaba el ayuno, las mujeres traían cierta cantidad de alimentos del año viejo fuera de la plazoleta sagrada. Estas provisiones eran llevadas después y puestas ante la multi­tud hambrienta, pero todos los residuos de ellas tenían que desaparecer antes del mediodía. Cuando el sol declinaba del meridiano, el pregonero mandaba a todas las gentes quedarse en casa con las puertas cerradas, no realizar ningún acto censurable y asegurarse de haber extinguido y limpiado de toda brasa el fuego viejo. Un silencio universal reinaba ahora. Entonces el gran sacerdote producía el fuego nuevo por la fric­ción de dos trozos de madera y lo colocaba en él altar bajo el dosel de ramas verdes. Se creía que el fuego nuevo perdonaba todos los crímenes anteriores, excepto el homicidio. En seguida traían en una cesta los nuevos frutos; el gran sacerdote tomaba un poco de cada clase, lo fro­taba con grasa de oso y lo ofrendaba, junto con algo de carne, "al mu­nífico y santo espíritu del fuego como ofrenda de las primicias y en oblación anual por los pecados". También consagraban los eméticos sa­grados (la raíz de serpiente de botones y la cassina o bebida negra),1 derramando un poco de ellos en el fuego. Las personas que habían quedado fuera de la plazoleta sagrada se aproximaban ahora, pero sin entrar, y el jefe de los sacerdotes les dirigía un sermón, exhortando a las gentes a cumplir sus antiguos ritos y costumbres, anunciándoles que el divino fuego nuevo había purgado los pecados del año anterior, y advirtiendo encarecidamente a las mujeres que si alguna de ellas no había apagado su fuego viejo o había contraído alguna impureza, debería marcharse al instante "antes de que el fuego divino la hiriera y destru­yera al pueblo". Un poco de fuego nuevo era entonces puesto fuera del santo lugar de reunión y las mujeres lo llevaban alegremente a su casa y prendían con él sus inmaculados fogones. Cuando se reunían varios pueblos para celebrar el festival, el fuego nuevo tenía que ser llevado a muchos kilómetros de distancia. Ya podían los frutos nuevos ser coci­nados sobre el fuego nuevo y comidos con grasa de oso, que se conside­raba indispensable. En cierto momento del festival, los hombres frotaban entre sus manos el grano nuevo y se frotaban después la cara y el pecho. Durante la continuación del festival, los guerreros, vestidos con sus más salvajes arreos marciales, sus cabezas tocadas con plumillas blancas y llevando plumas blancas en las manos, danzaban alrededor del dosel sagrado, bajo el que ardía el fuego nuevo. La ceremonia duraba ocho

1 La cassina o "catawa youpon", como la llaman los indios, es un arbusto (JJex vomitoria) de cuyas hojas hacían una bebida obscura, purgante y vomitiva. Suponemos que era la misma "bebida negra" de que se habla poco más adelante.

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días y durante ese tiempo guardaban la más estricta continencia. Hacia la conclusión del festín, los guerreros luchaban en batalla fingida; en­tonces los hombres y mujeres juntos, formando tres círculos, bailaban alrededor del fuego sagrado. Por último, toda la gente se untaba con arcilla blanca y se lavaba después en agua corriente. Cuando salían del agua creían que ningún mal podría recaer sobre ellos por los errores que hubiesen cometido en tiempos anteriores. Así, se marchan contentos y en paz.

También en este día, los indios seminoles de Florida, pueblo de la misma raza de los creeks, celebran un purificación anual y un festival llamado la danza del maíz verde, en el cual se come de la nueva cosecha. Al atardecer del primer día de la fiesta, tragan una nauseabunda "bebida negra", como la llaman, que actúa igualmente como emético y drástico; creen que el que no beba de esta pócima no puede comer sin- peligro el nuevo grano verde y que caería enfermo en el año. Mientras van be­biendo empiezan a bailar, uniéndose a ellos los curanderos. Al día si­guiente ayunan probablemente por miedo de macular el alimento sagrado de su estómago con el contacto del alimento vulgar, pero al tercer día tienen un gran festín.

Hasta tribus que no cultivan la tierra observan algunas veces cere­monias análogas cuando recolectan los primeros frutos silvestres o cavan para sacar las primeras raíces comestibles de la temporada. Así. entre los salish y tinneh, indios del noroeste de Estados Unidos, "antes de que los muchachos coman las primeras bayas de la temporada o las primeras raíces, siempre se dirigen a la fruta o planta y ruegan su ayuda y favor. En algunas tribus celebran anualmente ceremonias regu­lares de los primeros frutos, cuando recogen las frutas silvestres y buscan las raíces, y también entre las tribus comedoras de salmón 'de lomo azul', cuando éste llega a los ríos. Estas ceremonias no son tanto una acción de gracias como actos para asegurar una cosecha abundante o el abas­tecimiento del objeto particular deseado, pues si no fueran debidas y reverentemente cumplidas habría peligro de ofender a los espíritus de las cosas y se verían privados de ellas". Por ejemplo, estos indios son aficionados a los brotes tiernos o retoños de la frambuesa silvestre y verifican una ceremonia solemne para comer los primeros de la tempo­rada. Cuecen los retoños en un puchero nuevo; la gente se reúne y forma en un gran círculo con los ojos cerrados, mientras el jefe o curandero que preside invoca al espíritu de la planta rogándole que les sea propicio y les provea de un buen abasto de retoños. Terminada esta parte de la ceremonia, llevan al jefe o curandero que oficia los retoños cocidos en una bandeja de madera recién tallada, y después se da a cada uno de los presentes una pequeña porción, que se come con reverencia y respeto.

Los indios thompson de la Columbia Británica cuecen y comen la raíz del cardo aromático o girasol (Balsamorrhiza sagittata, Nutt), que antes consideraban como un ser misterioso y en conexión con el

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cual observaban un número de tabús; en conexión con las mujeres que estaban afanadas en extraer, cavar y cocer sus raíces, debían ser conti­nentes y ningún hombre debía acercarse al horno en que las mujeres estaban asando las raíces. Cuando los jóvenes comían las primeras bayas, raíces y demás productos del campo, dirigían al cardo aromático una oración como la siguiente: "Te informo de que intento comerte; que puedas siempre ayudarme a crecer de modo que siempre pueda alcanzar las cimas de las altas montañas y que nunca yo sea desmañado. ¡Te lo ruego, girasol! Tú eres el más grande de todos los misterios". Omitir esta oración podía volver holgazán al goloso, dándole un sueño profundo por las mañanas.



Estas costumbres de los indios thompson y de otras tribus indias del noroeste americano son instructivas, pues indican claramente el motivo o por lo menos uno de los motivos en que se fundan las ce­remonias usadas cuando comen las primicias de la temporada. Dicho motivo, en el caso de estos indios, es la simple creencia de que la planta está animada por un espíritu consciente y más o menos poderoso a quien hay que propiciar antes de poder participar con seguridad de los frutos o raíces que se supone forman parte de su cuerpo. Si esto es verdad de los frutos silvestres y raíces, podremos deducir con cierta probabilidad que lo es también con respecto a las raíces y frutas cultivadas, tales como ñames, y en particular que será igualmente cierto respecto de cereales tales como el trigo, la cebada, la avena, el arroz y el maíz. En todo caso, creemos razonable suponer que los escrúpulos que los salvajes manifiestan al comer los primeros frutos de una cosecha y las ceremonias que ejecutan antes de vencer esos escrúpulos, se deben por lo menos en gran medida a la idea de que la planta o árbol está animado por un espíritu y aun por una deidad, cuyo permiso hay que obtener y cuya gracia hay que solicitar antes de poder participar con seguridad de la nueva cosecha. Esto, en verdad, está perfectamente afirmado en los ainos; llaman al mijo "el cereal divino", "la deidad cereal" y le oran y dan culto antes de comer las tortas hechas con el mijo nuevo, y aun cuando la deidad no está explícitamente afirmada, parece hallarse implí­cita tanto en los preparativos solemnes que hacen para comerlo como en el supuesto peligro en que incurren las personas»que se aventuran a participar de ello sin haber observado el ritual prescrito. En todos estos casos, por consiguiente, podemos describir sin impropiedad la comida de los nuevos frutos como un sacramento o comunión con una deidad o al menos con un espíritu poderoso.

Entre las costumbres que apuntan a esta conclusión están la de emplear vasijas nuevas o reservadas especialmente para contener los nuevos frutos y la práctica de la purificación de las personas de los co­mulgantes antes de comprometerse legalmente en el solemne acto de comunión con la divinidad. De todas las formas de purificación adop­tadas en estas ocasiones, quizá ninguna muestra la virtud sacramental del rito con tanta evidencia como la práctica seminola y creek de tomar un

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purgante antes de tragar el nuevo grano. La finalidad de esta práctica es prevenir que el alimento sagrado pueda macularse por el contacto con los alimentos ordinarios en el estómago. Por la misma razón, los católicos participan de la Eucaristía ayunando antes, y entre los pastores massai del África Oriental, los guerreros jóvenes, que viven exclusivamente de carne y leche, están obligados a no tomar más que leche por muchos días y después nada más que carne por otros muchos días más, y antes de pasar de un alimento a otro deben asegurarse de que ningún residuo del alimento anterior queda en su estómago; para ello tragan un pur­gante y vomitivo muy fuerte.

En algunos de los festivales que hemos examinado se combina el sacramento de las primicias de la tierra con un sacrificio o presentación de ellas a los dioses o espíritus y, al correr de los tiempos, el sacrifi­cio de los primeros frutos tiende a desplazar al sacramento y aun a reem­plazarlo. El simple hecho de la ofrenda de las primicias a los dioses o espíritus llega a creerse suficiente preparación para comer del grano nue­vo; una vez que los altos poderes han recibido su parte, el hombre queda libre de gozar lo restante. Este modo de conceptuar los nuevos frutos implica que ya no se les considera como animados con vida divina, sino meramente como una dádiva que los dioses conceden al hombre, el cual se obliga a demostrar su gratitud y a tributar homenaje a sus bien­hechores divinos devolviéndoles una parte de su munificencia.

2. teofagia azteca

La costumbre de comer pan sacramentalmente como cuerpo de un dios era practicada por los aztecas antes del descubrimiento y conquista de México por los españoles. Dos veces al año, en mayo y diciembre, ha­cían de masa de harina una imagen del gran dios mexicano Huitzilo-pochtli o Vitzilipuztli, y la rompían después en trozos que eran comidos solemnemente por sus adoradores. La ceremonia de mayo está descrita así por el historiador Acosta: "En el mes de mayo, hacían los mexicanos su principal fiesta de su dios Vitzilipuztli, y dos días antes de la fiesta, aquellas mozas que dijimos arriba que guardaban recogimiento en el mismo templo y eran como monjas, molían cantidad de semilla de bledos,1 juntamente con maíz tostado, y después de molido, amasábanlo con miel, y hacían de aquella masa un ídolo tan grande como era el de madera, y poníanle por ojos unas cuentas verdes, o azules o blancas, y por dientes unos granos de maíz, sentado con todo el aparato que arriba queda dicho; el cual después de perfeccionado, venían todos los señores, y traían un vestido curioso y rico, conforme al traje del ídolo, con el cual le vestían; y después de muy bien vestido y aderezado, sentábanlo en un escaño azul, en sus andas, para llevarle en hombros. Llegada la mañana de la fiesta, una hora antes de amanecer, salían todas estas don-

i Remolacha.

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cellas vestidas de blanco, con atavíos nuevos, y aquel día las llamaban hermanas del dios Vitzilipuztli. Venían coronadas con guirnaldas de maíz tostado y reventado, que parece azahar,1 y a los cuellos, gruesos sartales de lo mismo, que les venían por debajo del brazo izquierdo; puesta su color en los carrillos, y los brazos desde los codos hasta las muñecas, emplumados con plumas de papagayos".2

Los hombres jóvenes, vestidos de rojo y coronados con maíz de igual modo que las vírgenes, transportaban el ídolo en sus andas al pie del gran templo de forma piramidal y subían con él los estrechos escalones acompañados de música de flautas, trompetas, cornetas y tambores. "Y al tiempo que subían al ídolo, estaba todo el pueblo en el patio con mucha reverencia y temor. Acabado de subirle a lo alto, y metido en una casilla de rosas que le tenían hecha, venían luego los mancebos y derramaban muchas flores de diversos colores, hinchiendo todo el tem­plo dentro y fuera de ellas. Hecho esto, salían todas las doncellas con el aderezo referido, y sacaban de su recogimiento unos trozos de masa de maíz tostado, y bledos, que era la misma de que el ídolo era hecho, hechos a manera de huesos grandes, y entregábanlos a los mancebos, y ellos subíanlos arriba y poníanlos a los pies del ídolo, por todo aquel lugar, hasta que no cabían más. A estos trozos de masa llamaban los hue­sos y carne de Vitzilipuztli. Puestos allí los huesos, salían todos los ancianos del templo, sacerdotes y levitas, y todos los demás ministros, según sus dignidades y antigüedades, porque las había con mucho con­cierto y orden con sus nombres y dictados. Salían unos tras otros con sus velos de red de diferentes colores y labores, según la dignidad y oficio de cada uno, con guirnaldas en las cabezas y sartales de flores en los cuellos. Tras éstos salían los dioses y diosas que adornaban en diver­sas figuras, vestidos de la misma librea, y poniéndose en orden alrededor de aquellos trozos de masa, hacían cierta ceremonia de canto y baile, sobre ellos, con lo cual quedaban benditos y consagrados por carne y huesos de aquel ídolo. Acabada la bendición y ceremonia de aquellos trozos de masa con que quedaban tenidos por huesos y carne del ídolo, de la misma manera los veneraban que a su dios... a cuyo espectáculo venía toda la ciudad. En este día del ídolo Vitzilipuztli era precepto muy guardado en toda la tierra, que no se había de comer otra comida sino de aquella masa con miel de que el ídolo era hecho, y este manjar se había de comer luego en amaneciendo, y que no se había de beber agua ni otra cosa alguna sobre ello, hasta pasado mediodía, y lo contrario tenían por gran agüero y sacrilegio. Pasadas las ceremonias, podían co­mer otras cosas. En este ínterin, escondían el agua de los niños, y avisa­ban a todos los que tenían uso de razón que no bebiesen agua porque vendría la ira de dios sobre ellos, y morirían; y guardaban esto con gran cuidado y rigor. Concluidas las ceremonias, bailes y sacrificios, íbanse a desnudar y los sacerdotes y dignidades del templo tomaban el ídolo

1 Por ese parecido se les denomina "flores de maíz".

2 Acosta, Historia natural y moral de las Indias, ed. cit, p. 41?.

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de masa, y desnudábanle de aquellos aderezos que tenía, y así a él como a los trozos que estaban consagrados, los hacían muchos pedazos y comen­zando desde los mayores, repartíanlos y dábanlos a modo de comunión a todo el pueblo, chicos y grandes, hombres y mujeres, y recibíanlo con tanta reverencia, temor y lágrimas, que ponía admiración, diciendo que comían la carne y huesos de dios, teniéndose por indignos de ellos; los que tenían enfermedades pedían para ellos, y llevábanselo con muchas reverencias y veneración".1

De este interesante pasaje aprendemos que los antiguos mexicanos, aun antes de la llegada de los misioneros católicos, estaban plenamente familiarizados con la doctrina de la transubstanciación y actuaban en sus solemnes ritos religiosos fundándose en ella. Creían que por la con­sagración del pan por sus sacerdotes podían convertirlo en el verdadero cuerpo de su dios, para que todos los que participasen del pan consagrado entrasen en comunión mística con la deidad, al recibir una parte de su substancia divina dentro de sí mismos. La doctrina de la transubstan­ciación, de la conversión mágica del pan en carne, era también familiar a los arios de la India antigua, mucho tiempo antes que se extendiera y aun apareciera el cristianismo. Los brahmanes enseñaban que los bollos de arroz ofrecidos en sacrificio eran substitutos de seres humanos, y que eran de hecho convertidos en cuerpos verdaderos de hombres por la manipulación del sacerdote. Leemos que "cuando ello [los bollos del arroz] consiste todavía en harina de arroz, es el pelo; cuando vierte agua sobre ello se convierte en piel y cuando lo amasa, en carne, porque se hace consistente y consistente también es la carne; al cocerse en el horno, se hace hueso, pues se convierte algún tanto en duro y duro es el hue­so. Y cuando él lo saca [del fuego] y lo rocía de manteca, se cambia en tuétano. Esto es el conjunto que ellos denominan el sacrificio animal quíntuplo".



Ahora también podemos comprender perfectamente por qué, en el día de su comunión solemne con la deidad, los mexicanos rehusaban comer de ningún otro alimento que el consagrado, que ellos adoraban como carne y huesos verdaderos de su dios, y por qué hasta mediodía no podían beber nada de nada, ni aun agua: temían sin duda profanar la porción de Dios que tenían en sus estómagos con el contacto de las cosas corrientes. Un temor piadoso parecido conducía a los indios creek y seminoles, como ya hemos visto, a adoptar el expediente más eficaz de aclarar sus cuerpos mediante un purgante fuerte antes de atreverse a participar del sacramento de los primeros frutos.

En el festival del solsticio hiemal en diciembre, los aztecas mataban primero en efigie a su dios Huitzilopochtli, y después se lo comían. Como una preparación para esta solemne ceremonia, moldeaban una imagen de la deidad con figura humana con semillas de diversas clases, formando una pasta con sangre de niños; los huesos del dios los repre­sentaban con pedazos de madera de acacia. Colocaban esta imagen en

i Acosta, op. cit., pp. 414-15.

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el altar principal del templo y el día de la fiesta el rey ofrendaba incienso ante ella. Al día siguiente temprano la bajaban y la emplazaban erguida sobre sus pies en un gran vestíbulo, y entonces un sacerdote, llevando el nombre y representando el papel del dios Quetzalcóatl, cogía un dardo con la punta de pedernal y lo hundía en el pecho de la imagen de pasta acribillándola. Esto lo llamaban "matar al dios Huitzilopochtli para que su cuerpo pudiera ser comido". Otro de los sacerdotes cortaba y sacaba el corazón de la imagen y se lo daba a comer al rey. El resto de ella lo dividían en trocitos diminutos, de los que todos los hombres, importantes o humildes, hasta los niños varones en su cuna, recibían la partícula para comerla; pero ninguna mujer probaba el manjar. La ceremonia se denominaba teoqualo, o sea "el dios es comido".

En otro festival hacían los mexicanos pequeñas imágenes parecidas a hombres que representaban las montañas coronadas de nubes. A estas imágenes, moldeadas con una pasta hecha de diversos granos, las vestían y ornamentaban con papeles. Algunas personas construían cinco de estas imágenes, otras diez y algunas hasta quince. Después de terminadas, las colocaban en el oratorio de cada casa y las daban culto. Cuatro veces, en el curso de la noche, las traían ofrendas de comida en unas minúsculas vasijas y la gente cantaba y tocaba la flauta continuamente ante ellas hasta el día. Al romper el alba, los sacerdotes rompían las imágenes con una herramienta de tejedor, les cortaban las cabezas, arran­caban el corazón y se lo presentaban al padre de la familia en un pla­tillo verde. De los cuerpos de las imágenes comía toda la familia, espe­cialmente los sirvientes, "para que comiendo de ellas pudieran librarse de ciertos males a que estaban expuestas las personas negligentes en el servicio de los dioses".
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