Sir james george frazer la rama dorada



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544 DEIDADES DE LA VEGETACIÓN

el animal está ocupando el lugar del espíritu del grano y su fructificante virtud se supone que reside de modo especial en el rabo o cola. Esta última idea se encuentra, como hemos visto, en el folklore europeo También la práctica de fumigar el ganado en primavera con la sangre del caballo puede compararse con la práctica de dar la Vieja, la Doncella o la gavilla clyack como alimento a los caballos en primavera o al ganado en Pascua de Navidad, y con la de dar a comer el cerdo de Pascua a los caballos o bueyes que aran la tierra en primavera. Todos estos usos pretendían asegurar la bendición del espíritu del grano sobre la casa de labor y sus moradores y retenerla por otro año.



El sacrificio romano del caballo de octubre, como le llamaban, nos hace retroceder a los viejos días en que la Subura, mucho después un barrio pobre y popular de la gran metrópoli, era todavía una aldea sepa­rada cuyos habitantes libraban una competencia amistosa en el campo de recolección con sus vecinos de Roma, entonces una pequeña ciudad rural. El Campo de Marte, en el que la ceremonia tenía lugar, estaba emplazado junto al Tíber y formó parte de la propiedad real hasta la abo­lición de la monarquía. Corre la tradición de que cuando el último rey fue expulsado de Roma, la mies estaba madura para la hoz en los campos de la corona junto al río; pero como nadie quiso comer de aquel grano maldito se arrojaron las mieses al río en tales montones que, estando el agua baja por el calor estival, se formó el núcleo de una isla. El sacrificio del caballo era, pues, una vieja costumbre de otoño observada en las tierras de labor del rey al final de la recolección. La cola y la sangre del caballo, como partes principales del representante del espíritu del grano, se llevaban a la casa real para guardarlas allí del mismo modo que en Alemania clavan en el gablete o sobre la puerta de la granja al gallo de la recolección y también como la última gavilla que en forma de doncella llevan a casa y la colocan sobre la campana del hogar en las serranías de Escocia. Así, la bendición del espíritu del grano era llevada a la casa del rey y a su hogar y por su intermedio a la sociedad toda de la que él era la cabeza. De modo similar, en las cos­tumbres de primavera y otoño de la Europa septentrional, algunas veces erigen el árbol mayo frente a la casa del mayor o burgomaestre y le lle­van la última gavilla de la recolección como jefe del pueblo o aldea. Pero mientras la cola y la sangre correspondían al rey, el vecindario de la aldea Subura, que sin duda tuvo alguna vez. una ceremonia parecida para ella, era complacido permitiéndole competir por el premio de la cabeza del caballo. La torre Mamilia, en la que los de Subura clavaban la cabeza del caballo cuando conseguían llevársela, parece haber sido una torre fuerte, residencia de la antigua familia Mamilia, los magnates de la aldea. La ceremonia ejecutada en los campos del rey y en su casa en interés de la ciudad entera y de la aldea vecina presupone una época en la que cada ciudad principal practicaba una ceremonia similar en sus propios campos. En los distritos rurales del Lacio, las aldeas pudieron continuar observando esta costumbre, cada cual en su propio terreno,

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mucho tiempo después de que las aldeas romanas fundieran sus separados lugares de recolección en una celebración común en los campos del rey. No es improbable la hipótesis de que el sagrado bosque de Aricia, como el Campo de Marte en Roma, haya sido escenario de una fiesta de recolección común en la que sacrificasen un caballo con los mismos rudos ritos en beneficio de las aldeas comarcanas. El caballo representa­ría al espíritu fructificante, tanto del árbol como del grano, pues las dos ideas se concretan en una, como hemos visto en costumbres semejantes a la del mayo de la recolección.

CAPÍTULO L INGESTIÓN DEL DIOS

1. el SACRAMENTO DE LAS PRIMICIAS

Hemos visto que el espíritu del grano es representado unas veces en forma humana y otras en forma animal y que en ambos casos se le mata en la persona del representante y se le come sacramentalmente. Como es natural, tuvimos que recurrir a las razas salvajes para hallar ejemplos de la occisión efectiva del representante humano del espíritu del grano, pero las "cenas de recolección" de nuestros campesinos euro­peos nos facilitan ejemplos inconfundibles de la ingestión sacramental de animales como representantes del espíritu del grano. Es más, como era de esperar, el grano recién recogido se come también en acto sacra­mental, es decir, como cuerpo del espíritu de la mies. En Wermland (Suecia), la mujer del labrador usa el grano de la última gavilla para hornear un pan en forma de muñeca y este pan se reparte entre todos los de la casa para comerlo. Aquí el pan representa el espíritu de la mies concebido como doncella, así como en Escocia se le concibe y re­presenta en la última gavilla, a la que se da forma mujeril y se le nombra la doncella. Como suele suceder, se cree que el espíritu de la mies reside en la última gavilla y que al comer un pan hecho de ella se come al espíritu .mismo. Asimismo en La Palisse (Francia), un mu­ñeco hecho de masa de pan se cuelga de un abeto que llevan en el último carro de la recolección; transportan el árbol con su muñeco a la casa del alcalde donde se guarda hasta que termina la vendimia, y en­tonces celebran el fin de la cosecha con un banquete en el que el alcalde rompe en trozos el muñeco de pan y los distribuye entre las gentes para que los coman.

En estos ejemplos, el espíritu del grano se representa y se come en forma humana. En otros casos, aunque el grano nuevo no se cuece en panes de forma humana, las ceremonias solemnes con que se come bastan para indicar que el acto tiene carácter sacramental, es decir, que lo que se come es el cuerpo del espíritu de la mies. Por ejemplo, antes



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los campesinos de Lituania observaban las siguientes ceremonias al co­mer las primicias del campo. Alrededor de la época de siembra en otoño, cuando se había recogido todo el grano y había comenzado la trilla, cada labriego celebraba una fiesta llamada Sábanos, es decir "mezclar o echar juntos". Cogían nueve buenas almorzadas de cada cosecha distinta —trigo, cebada, lino, alubias, lentejas, etc.—, y dividían cada puñado en tres partes. Entonces mezclaban en un montón las veintisiete partes. Para esto había que emplear el grano que se trilló y aventó primero, apartado y guardado a este propósito. Parte de este gra­no servía para hacer panes pequeños, uno para cada persona de la casa; al resto se le añadía más cebada o avena para convertirlo en cerveza. La primera cerveza hecha de esta mezcla la bebían el labrador, su esposa e hijos; la segunda se daba a la servidumbre. Cuando estaba lista la cer­veza, el labrador escogía una noche en que no esperaba visita. Entonces se arrodillaba ante el barril de cerveza, sacaba un jarro lleno y lo vertía sobre el bitoque del barril, diciendo: "¡Oh tierra fértil, haz que abunde el centeno, la cebada y todas las mieses!" Luego llevaba el jarro a la sala, donde le esperaban la mujer y los hijos. En el suelo había un gallo blanco o negro (no colorado) y una gallina del mismo color y de la misma nidada, nacidos en el año. Entonces el labrador se arrodillaba, jarro en mano, y daba gracias a Dios por la cosecha y rogaba que fuese buena la siguiente. Luego todos levantaban la mano y decían: "¡Oh Dios, y tú, oh tierra! Os ofrecemos este gallo y esta gallina en ofrenda de gracias". Con esto, el labrador mataba las aves con una cuchara de palo, pues no se permitía cortarles la cabeza. Después de la primera ora­ción y de matar cada una de las aves, vertía un tercio de la cerveza. Entonces su mujer cocía las aves en un puchero sin estrenar. Coloca­ba un cesto en el suelo, formando mesa, y encima se ponían los panes pequeños ya descritos y las aves cocidas. Entonces se traía la cerveza nue­va, con un cucharón y tres cubiletes que se reservaban para esta ocasión. Cuando el labrador había llenado los cubiletes con el cucharón, la fami­lia se arrodillaba alrededor de la cesta, el padre pronunciaba una oración y bebía los tres cubiletes de cerveza, siguiendo los demás su ejemplo. Entonces se comía el pan y la carne de las aves y se bebía cerveza hasta que todos habían vaciado cada cubilete nueve veces. No había que dejar nada sin comer, pero si quedaba algo, se comía a la mañana siguiente con las mismas ceremonias. Los huesos se daban al perro; si no lo comía todo, se enterraban los restos en el estiércol de la cuadra. Esta ceremonia se celebraba a principios de diciembre y ese día no se con­sentía blasfemar.

Tal era la costumbre hace doscientos años o más. Hoy día, en Li­tuania, cuando se comen patatas nuevas o pan hecho del grano nuevo, todos los comensales, sentados a la mesa, se tiran de los pelos unos a otros; no conocemos el significado de esto último, pero consta una cos­tumbre parecida que observan los lituanos paganos en sus sacrificios solemnes. Muchos estonios de la isla de Oesel no comerán pan hecho

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del grano nuevo sin morder hierro primero. Aquí el hierro1 es clara­mente un hechizo para conjurar el peligro que representa el espíritu que contiene la mies. En Sutherlandshire, en nuestros días, cuando se reco­gen patatas nuevas, toda la familia tiene que probarlas, pues si no, "los espíritus que tienen [las patatas] se ofenderían y las patatas se echarían a perder". En un distrito de Yorkshire2 es costumbre toda­vía que el pastor protestante corte la primera mies y un informante cree que esta mies se usa para hacer el pan de la comunión. Si está en lo cierto y la analogía está de su parte, esto demuestra cómo la eucaristía cristiana ha absorbido un sacramento que es sin duda mucho más antiguo que el cristianismo.

Dicen que los ainos o ainu del Japón distinguen varias clases de mijo como macho y hembra y que estas clases tomadas en conjunto se llaman "el grano de los esposos divinos" (Umurek haru kamui). "Por esto, antes de moler el mijo y hacer tortas para el consumo corriente, los viejos hacen algunas para adorarlas. Cuando ya están hechas, les dirigen oraciones muy sentidas, diciendo: 'Oh Dios cereal, te adoramos. Has crecido muy bien este año y serás de dulce sabor. Eres bueno. Se alegrará la diosa del fuego y también nosotros nos alegraremos mucho. ¡Oh dios, oh cereal divino, nutre a tu pueblo! Ahora participo de ti, te adoro y te doy gracias.' Después de orar así, los devotos toman una torta y la comen; desde este momento ya pueden comer todos del mijo nuevo. Así, con mucho homenaje y oraciones, esta clase de comida se dedica al bienestar de los ainos. Sin duda la ofrenda de mies se considera tributo a un dios, pero ese dios no es otro que la semilla misma, y sólo es dios hasta donde beneficia el cuerpo humano".

Al finalizar la cosecha del arroz en la isla Buru, de las Indias Orien­tales, cada clan se reúne en una comida sacramental en común, a la que cada miembro del clan tiene que contribuir con un poco del arroz nuevo. Esta comida se llama "comer el alma del arroz", nombre que a las claras indica el carácter sacramental de la colación. Se aparta algo del arroz para ofrendarlo a los espíritus. Entre los alfures de Minahassa, en Célebes, el sacerdote siembra las primeras semillas de arroz y recoge los primeros granos maduros en cada arrozal. Tuesta y muele este arroz y da parte de él a cada persona de la casa. Un poco antes de la cosecha del arroz, en Bolang Mongondo, otro distrito de Célebes, se ofrenda un lechón o un ave. Entonces el sacerdote coge un poco del arroz, prime­ro de su propio arrozal y luego de los de sus vecinos, seca todo este arroz reunido con el suyo y lo devuelve a sus dueños respectivos para que lo muelan y cuezan. Ya cocido, lo llevan las mujeres, con un huevo, al sacerdote, que ofrece el huevo en sacrificio y devuelve el arroz a las mujeres. Todos los miembros de la familia, inclusive el niño más joven, han de comer de este arroz. Concluida la ceremonia, cada cual tiene permiso para recoger su cosecha.

1 En España hay una variante, tocar hierro, "toca fierro" contra la mala suerte.

2 Escocia, Inglaterra.

548 INGESTIÓN DEL DIOS

Entre los burghers o badagas, tribu de las montañas de Neilgherry en la parte meridional de la India, siembra el primer puñado de simiente y siega la primera gavilla un miembro de otra tribu cuyos sujetos son considerados como brujos por los burghers. El grano de la primera ga­villa "se moltura ese mismo día, se convierte en obleas y después de ofrecerse como oblación de los primeros frutos en unión del resto de un animal sacrificado, todo ello lo comen el burgher y su familia como ofrenda comunal y sacrificio". Entre los hindúes del sur de la India, comer el arroz nuevo es ocasión de una fiesta familiar llamada Pongol. El nuevo arroz se cuece con leche en un puchero nuevo sobre una hoguera encendida a mediodía en la fecha en que, según los astró­logos hindúes, el sol entra en el trópico de Capricornio. Toda la familia vigila el puchero con gran inquietud, pues según como hierva, así será el año entrante. Si empieza a hervir pronto, el año será próspero, si no, ocurrirá lo contrario. Parte del arroz nuevo cocido se ofrece a la imagen de Ganesa;1 después todos lo comen. En algunas partes septentrionales de la India, la fiesta de la nueva cosecha es conocida por Ñavan, es decir, "grano nuevo". Cuando la mies ha madurado, el dueño saca los agüeros, va al campo, coge cinco o seis espigas de cebada, si es cosecha de pri­mavera, y una de mijo, si es de otoño, la lleva a casa, las seca en el fuego y las mezcla con azúcar poco molida, mantequilla y leche cua­jada. Una parte se echa en el fuego en nombre de los dioses del pueblo y de los antepasados; la familia se come el resto.

La ceremonia de comer los ñames nuevos en Onitsha, sobre el Níger, se describe como sigue: "Cada cabecilla aporta seis ñames y corta las ramas tiernas de palmera para colocarlas delante de su cerca, asa tres de los ñames y busca pescado y nuez de cola. Después de asar los ñames, el Libia o curandero coge el ñame, lo raspa para convertirlo en una especie de harina y lo divide en dos partes; una la pone sobre los labios de la persona que va a comer el ñame nuevo. El comensal sopla hacia arriba el vapor que sale del ñame caliente y dice: 'Doy gracias a Dios por permitirme comer el ñame nuevo' y comienza a mascarlo con apetito, tomando pescado con ello".

Entre los nandis del África Oriental Británica, cuando el grano eleusino se acerca a la madurez en otoño, las mujeres dueñas de sem­brados van a las mieses con sus hijas y cogen un poco de grano maduro; cada una sujeta un grano en su collar y masca otro; con tal bocado se frota la frente, garganta y pecho. No manifiestan ninguna alegría: antes al contrario, con semblante entristecido cortan del nuevo grano hasta llenar una cesta para llevar a su casa y poner a secar en el desván. Como el techo es de cestería, al secar, caen bastantes granos por éntre­los intersticios al fuego del hogar, donde explotan con ruido crepitante. La gente no trata de prevenir este dispendio, pues considera los esta­llidos de los granos en el fuego como señal de la participación de las

1 Ganesa o Ganapati, dios de la prudencia y la sabiduría. Tiene cabeza de elefante, gran abdomen y cuatro brazos.

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almas de los muertos en el grano. Pocos días después hacen gachas con el grano nuevo y las sirven con leche en la comida de la tarde. Todos los miembros de la familia participan de las gachas y embadurnan con ellas las paredes y techos de las cabañas en que viven. También ponen un poco de gachas en la boca y lo espurrean hacia oriente y sobre la fachada de las cabañas. Después, teniendo un poco de grano en la mano, el cabeza de familia pide a Dios salud y fuerza y además leche, y todos los presentes repiten tras él las palabras de la oración.

Entre los cafres de Natal y Zululandia, nadie puede comer de los frutos nuevos hasta un festival que señala el comienzo del año cafre, que recae a finales de diciembre o a principios de enero. Todo el pueblo se reúne en el kral del rey, donde celebran un festín y un baile. An­tes de separarse los reunidos tiene lugar "la dedicación del pueblo". En orzas de barro cuecen varios frutos de la tierra, comen maíz, mijo y calabazas, mezclados con la carne de un animal sacrificado y con "me­dicina". Después el rey va poniendo en la boca de cada uno de los pre­sentes un poco de este alimento. Cuando ha participado así de los frutos santificados, el hombre mismo queda santificado para todo el año y puede recoger su cosecha. Se cree que si alguno participase de los nuevos frutos antes de esta ceremonia, moriría, y si llegaban a descu­brirlo le condenaban a muerte, o por lo menos le decomisarían todo el ganado. La santidad de los nuevos frutos está bien señalada por la regla que prescribe su condimentación en un puchero especial que se usa solamente para esto y sobre un "fuego nuevo" encendido por un hechicero al friccionar los palos que se llaman "esposo y esposa".

Entre los bechuanas es regla purificarse antes de participar de la nueva cosecha. La purificación tiene lugar a principios de año, en un día de enero fijado por el jefe. Comienza la ceremonia reuniéndose en el gran kral de la tribu todos los varones adultos. Cada uno de ellos coge unas hojas de cierta calabaza llamada por los nativos lerotse (des­crita algo así como entre calabaza y calabacín) y exprimiéndolas se untan con el jugo el dedo gordo del pie y el ombligo; muchas gentes llegan a aplicarse el jugo en todas las coyunturas del cuerpo, pero los bien informados dicen que esto es una desviación vulgar de la antigua costumbre. Después de esta ceremonia en el gran kral, cada cual se va al suyo, reúne a todos los miembros de la familia, hombres, mujeres y niños, y a todos embadurna con el jugo de las hojas de lerotse. Algunas de estas hojas las machaca, las mezcla con leche y las sirve a los perros en una fuente grande de madera. Después frota con las hojas de lerotse el plato donde comen las gachas cada uno de la familia. Cuando ha completado la purificación, pero no antes, la gente queda en libertad de comer de las nuevas cosechas.

Los indios bororos del Brasil creen segura su muerte si comieran del nuevo maíz antes de bendecirlo el curandero. La ceremonia de la bendición es como sigue. Lavan mazorcas medio maduras y las ponen delante del curandero, que baila y canta ante ellas varias horas y sin

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cesar de fumar; consigue ponerse en estado de éxtasis y de cuando en cuando muerde las hojas de la mazorca dando chillidos espaciados y con los miembros convulsos. Parecida ceremonia se verifica también siempre que matan algún animal o pez muy grande. Los bororos están firme­mente persuadidos de que si alguno toca maíz o carne no consagrada todavía por no haberse terminado la ceremonia, él y toda su tribu perecerían.

Entre los indios creek de América del Norte, la principal ceremonia del año era el busk o fiesta de los primeros frutos. Tenía lugar en julio o agosto, cuando el grano estaba maduro y marcaba el tránsito del año viejo al nuevo. Antes de celebrarla, ningún indio podía comer ni mane­jar nada de la nueva cosecha. En ocasiones cada aldea tenía su propio busk; otras veces se reunían varios poblados para hacerlo en común. Antes de celebrar el busk, las gentes se vestían ropas nuevas y se pro­veían de utensilios caseros y de muebles también nuevos; recogían ropas usadas y viejas, junto con todo el grano sobrante y otras provisiones viejas, y las tiraban en un montón común que consumía el fuego. Como preparación para la ceremonia, apagaban todos los fuegos del pueblo y los limpiaban de ceniza. En particular el hogar o altar del templo era cavado y limpiado de tizones y cenizas. El jefe de los sacerdotes ponía raíces de la planta "serpiente de botones",1 con unas hojas verdes de tabaco y una pequeña porción de los nuevos frutos, en el fondo del hogar y después mandaba cubrirlo con arcilla blanca y remojada con agua limpia. Entonces, con ramas verdes de árboles jóvenes cubrían el altar con una especie de emparrado tupido. Mientras tanto, las mujeres, en sus casas, se afanaban en limpiarlo todo, renovando los hogares vie­jos y fregando todos los cacharros de cocinar para que pudieran estar dispuestos a recibir el fuego nuevo y los nuevos frutos. La plazoleta pública o sagrada quedaba cuidadosamente barrida hasta de las más pequeñas migas y residuos de festines anteriores, "por temor de conta­minar las ofrendas de los primeros frutos". También en el templo, todas las vasijas que habían contenido o que se habían usado con algún ali­mento durante el año que expiraba, había que sacarlas de allí antes de la puesta del sol. Entonces, todos los hombres de los que se sabía que no habían violado la ley de la ofrenda de las primicias de la tierra ni del matrimonio durante el año, eran requeridos por un pregonero para que entrasen en la plazoleta sagrada y guardasen un ayuno solemne. Pero las mujeres (excepto seis ancianas), los niños y todos los que no habían obtenido el rango de guerreros tenían prohibido el acceso a la plazoleta. Apostaban centinelas en las esquinas de la plaza para impedir que en­trasen las personas consideradas impuras y todos los animales. Ya allí, observaban un ayuno estricto durante dos noches y un día, dedicados a beber una poción amarga de la raíz de serpiente de botones, "para vomi-

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