Sir james george frazer la rama dorada



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La actitud de los judíos hacia el cerdo era tan ambigua como la de los sirios paganos respecto al mismo animal. Los griegos no pudieron decidir si los judíos adoraban a la cerda o abominaban de ella. Por una parte, no podían comerla, y por otra, tampoco podían darle muerte. Si la primera regla nos habla de impureza, la segunda nos habla con más fuerza aún de la santidad del animal. Considerando que ambas reglas pueden ser explicadas, y que una de ellas debe serlo bajo la suposición de que el cerdo era sagrado, en cambio ninguna de ellas debe explicarse, y una no puede serlo, con la hipótesis de impureza. Si, por consiguiente, preferimos la hipótesis de la santidad, debemos deducir que, en su origen al menos, el cerdo fue más bien reverenciado que aborrecido por los israelitas. Nos confirmamos en esta opinión observando que hasta la época de Isaías algunos judíos acostumbraban a reunirse secretamente en sus huertos para comer carne de puerco1 y ratones como un rito religioso. Indudablemente se trataba de una ceremonia muy antigua, que dataría de una época en la que el cerdo y el ratón eran venerados como divinos y en la que se participaba sacramentalmente de su carne en raras y solemnes ocasiones, como cuerpo y sangre de dioses. En ge­neral puede decirse que todos los animales considerados como impu­ros fueron originalmente sagrados; la razón de no comerlos estaba en su divinidad.

4. OSIRIS, EL CERDO Y EL TORO



En el antiguo Egipto, dentro de la época histórica, el cerdo ocupó la misma posición dudosa que en Siria y Palestina, aunque a primera vista su impureza es más señalada que su santidad. Los escritores grie­gos dicen, por lo general, que los egipcios detestaban al cerdo como un animal inmundo y aborrecible. Si un hombre nada más tocaba un cerdo al pasar, tenía que meterse en el río vestido para lavarse de la mancha. Creían que beber leche de cerda producía la lepra. A los porqueros, aun a los naturales de Egipto, les estaba prohibido entrar en cualquier templo, siendo los únicos hombres excluidos de ellos. Nadie podía dar

1 Isaías, 65: 4.

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su hija en matrimonio a un porquerizo o desposar a la hija de un por­quero; éstos se casaban entre las familias de ellos mismos. Una vez al año los egipcios sacrificaban cerdos a la Luna y a Osíris, y no sólo los sacrificaban sino que comían su carne, aunque cualquier otro día del año no podían hacer una cosa ni otra. Los egipcios demasiado pobres para poder ofrecer un cerdo en ese día, cocían tortas de masa de harina y las ofrendaban en su lugar. Difícilmente puede explicarse esto salvo en la hipótesis de ser el cerdo un animal sagrado que comían sacramen-talmente sus fieles una sola vez al año.

La opinión de que el cerdo era en Egipto un animal sagrado se confirma por hechos que a los modernos podría parecerles que probaban lo contrarío. Así, los egipcios pensaban, como hemos dicho, que beber leche de cerda produce la lepra. Puntos de vista exactamente análogos mantienen los salvajes hacia los animales y plantas que juzgan más sa­grados. Así, en la isla de Wetar (entre Nueva Guinea y Célebes), las gentes creen descender de cerdos salvajes, serpientes, cocodrilos, tortu­gas, perros y anguilas; un hombre no puede comer un animal de la clase de que él desciende; si lo hiciera le atacaría la lepra y se volvería loco. Entre los indios ornaba de Norteamérica los hombres que tienen por tótem al alce creen que si comen carne de alce macho tendrán una erupción de pústulas y manchas blancas en varios sitios del cuerpo. En la misma tribu, los hombres cuyo tótem es el maíz rojo piensan que si comen maíz rojo tendrán picores y pústulas alrededor de la boca. Los negros bush de Surinam, que practican el totemismo, creen que si comie­ran el capiai (animal semejante al cerdo), les daría lepra; quizá el capiai es uno de sus tótem. Los sirios, en la Antigüedad consideraban sagrados a los peces y pensaban que si comieran pescado, sus cuerpos se abrirían en úlceras y se les hincharían los pies y el estómago. Los chasas de Orissa (India) creen que si hacen algún daño a su animal totémico serán atacados de lepra y se extinguirá su linaje. Estos ejemplos prueban que existe la creencia frecuente de que el comer a un animal sagrado produce la lepra y otras enfermedades de la piel; hasta aquí por tanto, vemos que apoyan la idea de haber sido el cerdo un animal sagrado en Egipto, puesto que los efectos de beber su leche creían que producía la lepra.

Además, el tener como regla que se lavara con la ropa puesta el que hubiera tocado accidentalmente a un cerdo también favorece la idea de la santidad del cerdo, pues es una creencia común que el efecto del contacto con un objeto sagrado debe anularse por el lavado o de otro cualquier modo antes de que el afectado pueda mezclarse con los demás. Así, los judíos se lavan las manos después de leer libros sagrados. Antes de salir del tabernáculo, después del sacrificio expiatorio, el gran sacer­dote se lava las manos y se quita los ornamentos que ha llevado en lugar tan santo. Era una regla del ritual griego que, al ofrecer un sa­crificio expiatorio, el sacrificador no debía tocar lo sacrificado y que, después que la ofrenda estaba cumplida, debía lavar su cuerpo y sus

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ropas en un río o manantial antes de poder entrar de nuevo en la ciudad o en su propia casa. Los polinesios sienten con mucha fuerza la nece­sidad de librarse del contagio sagrado, si puede llamarse así, que se ad­quiere tocando objetos sagrados. Se verificaban varias ceremonias con el propósito de anular este contagio. Hemos visto cómo en Tonga, por ejem­plo, un hombre que casualmente tocaba a un jefe sagrado o cualquier objeto de su uso personal, tenía que hacer una ceremonia especial antes de poder alimentarse con sus propias manos; de no hacerlo se hincharía y moriría o por lo menos sería afligido por la escrófula o alguna otra enfermedad. Hemos visto, además, los fatales efectos que se supone consiguientes al contacto con un objeto sagrado en Nueva Zelandia, y que en efecto se siguen del dicho contacto. Resumiendo, el hombre pri­mitivo cree que lo sagrado es peligroso; está penetrado de una especie de santidad eléctrica que comunica una sacudida, aun en caso de no matar, al que se pone en contacto con ello. Por eso el salvaje no quiere tocar ni aun ver lo que considera especialmente santo. Así, los bechua-nas del clan del cocodrilo piensan que "es odioso y funesto" encontrar o ver un cocodrilo; verlo causa una inflamación de los ojos. A pesar de esto, el cocodrilo es su más sagrado objeto; le llaman su padre, juran por él y le celebran en sus fiestas. La cabra es el animal sagrado de los bosquimanos madenassana, sin embargo, "mirarla dejaría a un hombre impuro y le causaría una indefinible ansiedad". Los indios omaha del clan del alce, creen que hasta el tocar a un alce macho sería seguido de un erupción de pústulas y manchas blancas en el cuerpo. Los miem­bros del clan del reptil, en la misma tribu omaha, piensan que si alguien toca o huele a una serpiente, se le encanecerá el pelo. En Samoa, las gentes cuyo dios era una mariposa estaban seguros de que morirían si cogieran alguna. También en Samoa, las hojas rojizas y secas del plá­tano se usaban como bandejas para manejar alimentos, pero si algún miembro de la familia del palomo silvestre las usara con este propósito, sufriría hinchazones reumáticas o alguna erupción semejante a la viruela por todo el cuerpo. El clan morí de los bhils, en la India central, rinde culto al pavo real como su tótem y le hace ofrendas de grano; sin em­bargo, los miembros del clan creen que, nada más con poner los pies sobre las pisadas de un pavo real, inmediatamente sufrirían alguna enfer­medad, y si una mujer ve un pavo real debe cubrirse la cara con el velo y mirar a otro lado. Por eso creemos que la mentalidad primitiva con­cibe la santidad a modo de un virus peligroso que un hombre prudente debe esquivar cuanto pueda y del que, si por casualidad le infecta, debe­rá desinfectarse escrupulosamente mediante alguna forma de purificación ceremonial.

A la vista de estos paralelos probablemente pueden explicarse las costumbres y creencias de los egipcios respecto al cerdo, basándose en la opinión de su extrema santidad, más bien que en la extrema impureza del animal; o mejor, y para ser más exactos, implican que el animal era considerado no ya como una hedionda y asquerosa criatura, sino como

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un ser dotado de grandes poderes sobrenaturales, y por tanto mirado con el sentimiento primitivo de terror religioso en el que las sensaciones de reverencia y aborrecimiento se mezclaban con igual intensidad. Los mismos antiguos parecen conocer otro aspecto, distinto al del horror que los cerdos creemos inspiraban a los egipcios. En efecto, el astró­nomo y matemático griego Eudoxio, que residió catorce meses en Egipto y conversó con los sacerdotes, era de opinión que los egipcios no evitaban al cerdo porque le tuvieran aversión, sino teniendo en cuenta su utilidad en la agricultura, pues, según él, cuando el Nilo descendía soltaban en los campos piaras de cerdos que pateando las semillas las hundían en el. légamo. Mas cuando 'un ser es así objeto de sentimientos mezclados e implícitamente contradictorios, puede decirse que ocupaba una posición de equilibrio inestable. Con el correr del tiempo, uno de los sentimien­tos contradictorios es probable que llegue a prevalecer sobre el otro y según sea el sentimiento que predomine finalmente, el de reverencia o el de aborrecimiento, el ser objeto de él se elevará a dios o caerá como demonio. Este último, en suma, fue el destino del cerdo en Egipto. Creemos que en tiempos históricos el miedo y el horror al cerdo sobre­pasó con creces a la reverencia y al culto de que algún tiempo fue objeto y de ello, aun en su estado de vencimiento, nunca perdió del todo las señales. Llegó a ser juzgado como una encarnación de Set o Tifón, el diablo egipcio, enemigo de Osiris. Por eso fue en la figura de cerdo negro como Tifón hirió en un ojo al dios Horus, que le abrasó e instituyó el sacrificio del cerdo, pues la bestia había sido declarada abominable por Ra, el dios solar. También la fábula de Tifón cuando cazaba un verraco salvaje y descubrió y destrozó el cadáver de Osiris, razón ésta por la cual sacrificaban cerdos una vez al año, es una clara versión modernizada de la antigua leyenda en la que Osiris, como Adonis y Atis, fue muerto o despedazado por un verraco, o por Tifón en forma de verraco. Así, el sacrificio anual de un cerdo a Osiris puede interpre­tarse naturalmente como la venganza impuesta al animal hostil que había matado o despedazado al dios. Ahora bien, en primer lugar, cuando se mata un animal en un único sacrificio solemne y sólo una vez al año, ello significa, por lo general o siempre, que el animal es divino y que, protegido y reverenciado como un dios el resto del año, cuando le matan lo hacen también en su condición de dios. En segundo lugar, los ejem­plos de Dionisos y Deméter, si es que no también los de Atís y Adonis, nos enseñan que el animal sacrificado a un dios en cuanto enemigo del dios, puede haber sido originalmente, y así fue con toda probabilidad, el dios mismo. Por lo tanto, el sacrificio anual de un cerdo a Osiris, combinado con la supuesta hostilidad del animal al dios, tiende a demos­trarnos, primero, que en su origen el cerdo era un dios, y segundo, que este dios era Osiris. Cuando, en tiempos posteriores, se antropomorfizó Osiris, se olvidó su primitiva asociación con el cerdo, se distinguió pri­mero entre el animal y el dios y luego se le opuso como enemigo por los mitólogos, que no podían encontrar motivo para matar una bestia en

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relación con el culto de un dios, salvo si la bestia era el enemigo del dios. O bien, como Plutarco señala, lo más indicado para el sacrificio no es lo caro a los dioses, sino lo adverso a ellos. En esta última etapa, el notorio estrago que hace un cerdo salvaje entre las mieses prestaría una razón plausible para considerarle como el enemigo del espíritu del grano, aunque al principio, si estamos en lo cierto, fue precisamente ese abuso de confianza con que el verraco trataba a las mieses lo que indujo a las gentes a identificarle con el espíritu del grano, a quien después fue opuesto como enemigo.

La opinión que identifica al cerdo con Osiris obtiene un apoyo no despreciable del sacrificio de cerdos al dios en el día exacto en que, según la tradición, mataron a Osiris, pues así la matanza del cerdo era la representación anual de la muerte de Osiris, exactamente igual que el despeñar cerdos a las cavernas en la Tesmoforia era la representación anual del descendimiento de Perséfona al mundo subterráneo; y ambas costumbres son paralelas a la práctica europea de matar una cabra, un gallo, etc., en la recolección, en cuanto representantes del espíritu del grano.

También la teoría de que el cerdo, originalmente el propio Osiris, después llegó a ser considerado como una encarnación de su enemigo Tifón, se funda en la relación similar de los hombres pelirrojos y los bueyes rojos con Tifón. En cuanto a los pelirrojos, que eran quemados vivos y cuyas cenizas esparcían con bieldos, hemos encontrado muy bue­nas razones para creer que, en su origen, como los perritos pelirrojos que en Roma se mataban en primavera, fueron representantes del mismo espíritu del grano, esto es, de Osiris, y les mataban con el propósito expreso de hacer que el grano virase a rojo o dorado. Sin embargo, con posterioridad, éstos fueron interpretados como representantes no de Osiris, sino de su enemigo Tifón, y su occisión se consideró como un acto de venganza infligido sobre los enemigos del dios. De modo aná­logo, los bueyes rojos sacrificados por los egipcios se decían ofrecidos por su semejanza con Tifón; aunque es más probable que originalmente fue­sen muertos a causa de su semejanza con el espíritu del grano, Osiris. Ya hemos visto que el toro es un representante común del espíritu del grano y que se le sacrifica como tal en el campo de recolección.

Osiris fue corrientemente identificado con el buey Apis de Menfis y con el toro Mnevis de Heliópolis. Pero es difícil indicar si estos toros fueron encarnaciones suyas en cuanto espíritu del grano, como parece que lo fueron los bueyes rojos, o si no fueron en su origen deidades ente­ramente distintas que llegaron a fusionarse con Osiris en época posterior. La universalidad del culto de estos dos toros creemos que los coloca en posición distinta de los animales sagrados corrientes cuyo culto era pura­mente local, pues cualquiera que fuese la relación original de Apis a Osiris, hay un hecho acerca de Apis que no podemos pasar en una dis­quisición sobre la costumbre de matar a un dios. A pesar de que el buey Apis era adorado como un dios con gran pompa y profunda reve-

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rencia, no se le consentía vivir más allá de cierto tiempo prescrito en los libros sagrados y a cuya expiración le ahogaban en un estanque sa­grado. El límite, según Plutarco, era de 25 años; pero no siempre fue obedecido, pues en las tumbas de los bueyes Apis descubiertas en época moderna resulta de sus inscripciones que en la Dinastía XXII dos de los bueyes sagrados vivieron más de 26 años.

5. VlRBIO Y EL CABALLO

Ahora estamos en condiciones de aventurar una hipótesis sobre el sig­nificado de la tradición de Virbío, primero de los reyes divinos del bosque en Aricia, que en su carácter de Hipólito fue muerto por caballos. Habiendo encontrado, primero, que no es infrecuente que los espíritus del grano se representen en forma de caballos, y segundo, que el animal que en leyendas posteriores se asegura que hirió al dios, en muchas oca­siones era en su origen el dios mismo, podemos conjeturar que los caba­llos que se dice haber matado a Virbio o Hipólito eran en realidad encarnaciones suyas como deidad de la vegetación. El mito que cuenta que fue pateado por los caballos se inventó probablemente para explicar ciertos rasgos de su culto, entre otros la costumbre de excluir a los caballos de su bosque sagrado. Los mitos cambian mientras las costum­bres quedan; los hombres siguen haciendo lo que sus padres hacían antes que ellos, aunque las razones que para ello tuvieron sus padres se hayan olvidado largo tiempo ha. La historia de la religión es un prolongado intento de reconciliar viejas costumbres con nuevas razones, de encon­trar una teoría razonable para una práctica absurda. En el caso que nos ocupa podemos estar seguros de que el mito es más moderno que la costumbre y de ningún modo representa la razón original de excluir los caballos del bosque. De su exclusión podría deducirse que los caballos no podían ser animales sagrados o encarnaciones del dios del bosque. Pero tal deducción sería irreflexiva. La cabra fue en un tiempo un animal sagrado o encarnación de Atenea, como puede deducirse de la práctica de representar a la diosa cubierta con una piel de cabra (aegis). No obstante, ni la cabra le fue sacrificada como regla, ni se le permitió entrar en su santuario, la Acrópolis de Atenas. La razón alegada para esto era que la cabra dañaba al olivo, árbol sagrado de Atenea. Hasta aquí, por tanto, la relación de la cabra con Atenea es paralela a la del caballo con Virbio, siendo ambos animales excluidos del santuario a causa del daño que causaban a la deidad. Pero desde Varrón sabemos que había una excepción a la regla que excluía la cabra de la Acrópolis. Una vez al año, dice, se llevaba una cabra a la Acrópolis para un sa­crificio necesario. Ahora bien, como ya se advirtió antes, cuando se sacri­fica sólo un animal y sólo una vez al año, probablemente no se le mataba como víctima ofrecida al dios, sino como representante del dios mismo. Podemos deducir de esto que si sacrificaban una cabra en la Acrópolis una vez al año, la sacrificaban en el carácter de Atenea misma,



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así puede suponerse que la piel del animal sacrificado se colocaba sobre la estatua de la diosa y formaba la aegis, que así sería renovada anual­mente. De igual modo en Tebas, Egipto, eran sagrados los carneros y no se les sacrificaba. Pero un día del año mataban un carnero y colo­caban su piel sobre la estatua del dios Amón. Ahora bien, si nosotros conociésemos mejor el ritual del bosque ariciano, podríamos encontrar que la regla de excluir los caballos de allí, como la de excluir las cabras de la Acrópolis ateniense, sufría una excepción anual, pues una vez al año se llevaba un caballo al bosque y se le sacrificaba como encarnación del dios Virbio. Por el error usual, el caballo así muerto llegaría a ser con el tiempo a modo de un enemigo que se ofrendaba en sacrificio al dios a quien había dañado, como el cerdo sacrificado a Deméter y Osiris o la cabra que sacrificaban a Dionisos y posiblemente a Atenea. Es tan fácil para un escritor registrar una regla sin anotar la excepción, que no es extraño encontrar la regla del bosque ariciano mencionada sin dar cuenta de una excepción como la que suponemos. Si sólo hubiéramos tenido los relatos de Ateneos y Plinio, no habríamos conocido más que la regla que prohibía el sacrificio de cabras a Atenea y su exclusión de la Acrópolis, y habríamos ignorado la importante excepción que la afortu­nada conservación de la obra de Varrón nos ha revelado.

La conjetura de que una vez al año se sacrificaba un caballo en el bosque ariciano como representante de la deidad del bosque, tiene alguna justificación basada en el sacrificio similar de un caballo que tenía lu­gar una vez al año en Roma. El 15 de octubre de cada año se celebraba una carrera de carros en el Campo de Marte. Herían con una lanza el caballo del lado derecho del carro victorioso, sacrificándolo a Marte con el propósito de asegurar buenas cosechas, y cortaban y adornaban su cabeza con una ristra de panes. Luego contendían por ella, dispután­dosela, las gentes de dos distritos, la Vía Sacra y Subura. Si la con­seguían los de la Vía Sacra, la colgaban de un muro de la casa del rey; si los de Subura, la colgaban en la Torre Mamilia. También cortaban la cola del caballo, y la llevaban a la casa real con tal velocidad que la sangre goteaba en el lar doméstico. Parece también que la sangre del caballo se recogía y se guardaba hasta el 21 de abril, en que las Vír­genes vestales la mezclaban con sangre de fetos de terneras que ha­bían sido sacrificadas seis días antes. La mezcla era distribuida pos­teriormente entre los pastores, quienes se servían de ella para fumigar sus rebaños.

En esta ceremonia, la ornamentación de la cabeza del caballo con una ristra de panes y la supuesta finalidad del sacrificio, principalmente procurarse buena cosecha, creemos que indica que mataban al caballo como a uno de esos animales representativos del espíritu del grano, de los que hemos encontrado tantos ejemplos. La costumbre de cortar la cola del caballo es igual a la costumbre africana de cortar los rabos de los bueyes y de sacrificarlos a ellos mismos para obtener una buena cosecha. En ambas costumbres, la romana y la africana, evidentemente
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