Sir james george frazer la rama dorada



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En las vecindades de Lille se conserva netamente la idea del espí­ritu del grano en forma equina. Cuando a un agostero le aumenta la galbana en su trabajo, se dice que tiene "la cansera del caballo". A la primera gavilla se la denomina "cruz del caballo", y se coloca sobre una cruz de madera de boj en el granero; el potro más joven de la granja deberá ser el que la trille. Los segadores bailan alrededor de las últimas espigas de mies y exclaman: "Ved los restos del caballo". La gavilla hecha de estas últimas espigas se da a comer al potro más joven de la aldea. Este potro, el más joven de la localidad, evidente­mente representa, como dice Mannhardt, al espíritu del grano del año venidero, el potrillo del grano, que absorbe el espíritu del viejo caballo del grano al comerse el último haz segado; pues, como de costumbre, el espíritu del grano busca su refugio final en el último haz. Del trilla­dor del último haz dicen que "azota al caballo".

9. el ESPÍRITU DEL GRANO COMO CERDO (VERRACO O MARRANA)

La última encarnación animal del espíritu del grano de que habla­remos es el cerdo, sea verraco o cerda. En Turingia, cuando el viento mueve las mieses, dicen algunos que "el verraco corre por la mies". En­tre los estonios de la isla Oesel se denomina a la última gavilla "el ve­rraco del centeno" y al hombre a quien toca lo saludan con la aclama­ción: "¡Tienes el verraco a la espalda!" Como réplica, el aludido entona un cántico en el que ruega por la abundancia. En Kohlerwinkel, cerca de Augsburgo, al finalizar la cosecha, cortan la última macolla que queda en pie, caña por caña, todos los segadores a turno, y el que corta la última caña "tiene la cerda" y todos se burlan. En otras aldeas suabas también el que corta la última mies "tiene la cerda" o "tiene la cerda

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del centeno". En Bohlingen, cerca de Radolfzell (Badén), denominan a la gavilla postrera "la cerda del centenal" o "la cerda del trigal", se- gún la cosecha; y en Röhrenbach (Badén), a la persona que trae la última brazada de la última gavilla le llaman "la cerda del maizal" o "la cerda del avenal". En Friedingen, Suabia, al trillador que da el últi­mo golpe le llaman "la cerda", cerda de la cebada, cerda del maíz y así según sea la cosecha. En Onstmettingen, el que pega el último trillazo "tiene la cerda"; suelen atarle a una gavilla y arrastrarle con una cuerda por el cuello. Por lo general, en Suabia llaman cerda al hombre que da el último golpe con el mayal. Sin embargo, puede evadir esta distin­ción poco envidiable pasando a un vecino la soga de paja, que es la insignia de su rango como cerda. Va hacia su casa y tira dentro la soga de paja gritando: "¡Eh, aquí le traigo la cerda!" Todos los moradores salen corriendo tras él y si le cogen le dan una paliza, le encierran en la pocilga varias horas y le obligan a llevarse otra vez "la cerda". En varias partes de la Alta Bavicra, el hombre que da la última hozada debe "cargar con el cerdo", esto es, con un cerdo hecho de paja o sólo con un brazado de sogas de paja. Lo lleva a una alquería de las proximi­dades, donde no hayan terminado las parvas, y lo arroja al granero. Si los trilladores le cogen, le tratan harto rudamente, le golpean, le llenan la cara de hollín o lo revuelcan en un basurero, atan "el cerdo" a sus espaldas y demás finezas parecidas; si el portador del cerdo es una mu­jer, le cortan el pelo. En la comida o cena de la cosecha, el que "cargó con el cerdo" toma uno o más budines de pasta de harina moldeados en forma de cerditos. Cuando las criadas traen los budines a la mesa, todos los comensales gritan: "¡Sus, sus, sus!", que es el grito que usan para llamar a los cerdos. Algunas veces, después de la comida ennegre­cen la cara al hombre que "cargó con el cerdo" y lo transportan sus compañeros por todo el pueblo en un carromato seguidos de la gente que grita: "¡Sus, sus, sus!", como si estuvieran llamando a una pira. En ocasiones, después de pasearle por el pueblo, sus compañeros le tiran a un muladar.

También el espíritu del grano en forma súsida tiene su parte tanto en la siembra como en la recolección. En Neuautz (Curlandia), cuando siembran cebada por primera vez en la temporada, la mujer del gran­jero cuece el espinazo de un cerdo con su rabo y se lo lleva al sembrador al campo; después que éste ha comido del lomo, coge el rabo y lo clava erguido en el suelo; se cree que las espigas de las cañas cereales serán tan largas como sea el rabo. Aquí el cerdo es el espíritu del grano, cuyo poder fertilizante se supone situado especialmente en el rabo. Como cer­do es puesto en el suelo en el momento de la siembra y como cerdo reaparece entre el grano maduro en la recolección. Entre íos vecinos es­tonios, como hemos visto, se llama al último haz "el cerdo del centeno". Costumbres en cierto modo parecidas se observan en Alemania. En el distrito de Salza, cerca de Meiningen, llaman a un hueso determinado del cerdo "el judío del bieldo"; la carne de este hueso se hierve el Mar-



COMO CERDO 525

tes de Carnaval, pero el hueso lo ponen entre las cenizas que se cam­bian como obsequio entre vecinos el día de San Pedro (22 de febrero) y que luego mezclan con la semilla del cereal. En todo Hesse, Meinin- gen y otros distritos, el Miércoles de Ceniza o el día de la Candelaria, las gentes comen sopa de guisantes con costillas de cerdo ahumadas y los huesos los recogen y cuelgan en un cuarto hasta el día de la siembra, en que los clavan en el sembrado o los meten en el saco de sembrar entre la semilla del lino. Creen que esto es un remedio infalible contra los-insectos de la tierra y los topos y que también sirve para que el lino crezca abundante y alto.

Mas la idea de la encarnación en forma porcina del espíritu del grano en ningún lugar está más claramente expresada que en la costum­bre escandinava del Verraco de Navidad. En Suecia y Dinamarca es costumbre de navidad hornear una hogaza que tiene forma de cerdo, La llaman el cerdo de pascuas. Suele usarse para ello la harina sacada de la última gavilla de mies. Durante toda la pascua queda sobre la mesa este cerdo pascual y muchas veces lo conservan hasta la siembra de primavera, en la que una parte de la hogaza es mezclada con la se­milla y otra parte se da al labrador que ara y a los caballos o bueyes que arrastran el arado, en la esperanza de obtener una buena cosecha. En esta costumbre, el espíritu del grano, inmanente en la última gavilla, .aparece en el solsticio hiemal en forma de un verraco hecho del grano de la última gavilla, y la fe en su influencia vivificante sobre el grano se muestra en el hecho de mezclar una parte del verraco de Navidad con la semilla y dar otra parte como alimento para el labrador que está empezando a arar y para su yunta. Igualmente sabemos que el "lobo de la mies" hace su aparición en la mitad del invierno, cuando el año comienza a virar hacia la primavera. Antes era un cerdo vivo el que sacrificaban en Navidad y a lo que parece también un hombre, bajo el carácter de verraco de pascua. Esto al menos es lo que quizá se de­duce de una costumbre de Navidad todavía en uso en Suecia. Envuel­ven en una piel a un hombre que lleva en la boca unas briznas de paja para imitar las cerdas erizadas de un verraco. Traen un cuchillo y una anciana con la cara tiznada intenta sacrificarle.

En algunas localidades de la isla estonia de Oesel, el día de Noche­buena hornean un pastel alargado y con las dos puntas hacia arriba. Le llaman el verraco de Navidad y lo dejan en la mesa hasta la mañana del día de Año Nuevo, en que lo distribuyen entre el ganado. En otras partes de la misma isla no es una torta sino un cerdito nacido en marzo y que el ama de la casa ceba secretamente y a menudo sin que lo sepa ninguno de su familia. En el día de Nochebuena lo matan secretamente, lo asan en el horno y lo colocan en la mesa, en pie sobre sus cuatro pa­tas, y allí permanece en esa posición varios días. En otras partes de la isla, aunque el pastel de Navidad no tiene nombre ni forma de verraco, se guarda también hasta Año Nuevo, en que la mitad se reparte entre todos los miembros de la familia y los cuadrúpedos de su pertenencia,

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y la otra mitad del pastel se guarda hasta el día de la siembra, en que igualmente se distribuye por la mañana entre seres humanos y bestias. En otras partes de Estonia, el verraco de Pascua, como le llaman, tam­bién se hace del primer centeno de la cosecha y se cuece en el horno; tiene forma cónica y una cruz impresa con un hueso de cerdo o una llave o tres impresiones hechas con una hebilla o un trozo de carbón de encina. Colocado sobre la mesa y con una luz a su lado, queda du­rante todas las pascuas. El día de Año Nuevo y Epifanía, antes del amanecer, desmigajan un poco del pastel y se lo dan al ganado. Guar­dan lo restante hasta el día en que el ganado sale por primera vez a pastar al campo en primavera. El pastor lo mete en su zurrón y al anochecer lo reparte entre el ganado para preservarlo de magias y peli­gros. En algunos sitios el verraco de Navidad se reparte entre los gaña­nes de la finca y el ganado cuando siembran la cebada, con el propósito de aumentar así la cosecha.

10. sobre las encarnaciones animales del espíritu del grano

Las encarnaciones animales del espíritu del grano son tantas como se nos presentan en las costumbres populares de la Europa septentrional. Estas costumbres exponen de modo claro el carácter sacramental de la cena de la cosecha o recolección. El espíritu del grano se concibe como encarnado en un animal; matan a este animal divino y de su carne y de su sangre participan los labriegos. Así, el gallo, la liebre, el gato, la cabra y el buey son comidos sacramentalmente por los segadores y sacra-mentalmente se comen el cerdo los labradores en primavera. También, como sucedáneo de la verdadera carne del ser divino, en algunas regiones la costumbre es hacer budines o panes a su imagen y se comen sacra­mentalmente; así, los segadores comen budines en forma de cerditos, y del mismo modo, los panes en forma de cerdos (el verraco de Pascua) son comidos en primavera por los que labran y sus yuntas.

El lector probablemente habrá reparado en el completo paralelismo que existe entre las concepciones del espíritu del grano en forma hu­mana y animal. Podemos resumir aquí el paralelismo con brevedad. Cuando la mies ondula al viento se dice que la madre del grano, el lobo del grano, etc., está pasando por las mieses. A los niños se les previene para que no se pierdan por los campos de mies, pues la madre del cereal, el lobo del cereal, etc., está allí. En la última mies segada o en la última gavilla trillada, suponen que está presente la madre del maíz, el lobo del maíz, etc. A la última gavilla misma se la nombra como madre del centeno, lobo del centeno, etc., y le dan forma, unas veces de mujer, otras de lobo, etc. La persona que siega, ata o trilla la última gavilla es llamada la vieja o el lobo, etc., según sea el nombre que se da a la gavilla misma. Así como en algunos lugares dan a esa gavilla forma humana y la llaman la doncella, la madre del maíz, etc., y la conservan de una cosecha a otra con el propósito de asegurar la



ENCARNACIONES ANIMALES DEL ESPÍRITU DEL GRANO 527

continuidad de la bendición del espíritu del grano, en otros lugares el gallo de la cosecha y aun en otros la carne de la cabra se guarda con análoga intención de una cosecha a la siguiente. Así como en al­gunos sitios el grano tomado de la madre del cereal se mezcla con la semilla correspondiente en primavera para conseguir una cosecha abun­dante, en otros lugares se guardan hasta la primavera y se mezclan con la semilla con igual propósito las plumas del gallo y en Suecia el cerdo de Pascua. Así como se da parte de la madre o de la doncella del grano al ganado en Navidad o a los caballos en la primera labranza, así también se da parte del cerdo de Navidad a los caballos de labranza o a la yunta de bueyes en primavera. Por último, la muerte del espíritu del grano se representa matando o tratando de matar ya a su represen­tante humano, ya a su representante animal, y los creyentes participan sacramentalmente, ora del verdadero cuerpo y sangre del representante de la divinidad, ora del pan hecho a su semejanza.

Otras formas animales que asume el espíritu del grano son las de la zorra, el ciervo, el corzo, la oveja, el oso, el asno, el ratón, la codor­niz, la cigüeña, el cisne y el milano. Si se pregunta por qué se ha ima­ginado que el espíritu del grano apareciera en forma animal y de tantos animales diferentes, podemos replicar que para el hombre primitivo la simple presencia de un animal o ave entre el grano es suficiente,1 con toda probabilidad para sugerirle un misterioso vínculo entre el animal y el cereal, y si tenemos presente que en los tiempos antiguos, antes de que los campos tuvieran linderos, podría entrar y vagar por ellos toda clase de animales, no podremos extrañarnos de que fuese identificado el espíritu del grano hasta con animales grandes como el caballo y la vaca, que hoy día no pueden ser vistos, salvo accidente, corriendo por un sem­bradío inglés. Esta explicación puede aplicarse con fuerza particular al caso muy común en que la encarnación animal del espíritu del grano se cree escondida en las últimas mieses todavía sin segar. En efecto, en la cosecha algunos animales silvestres como liebres, conejos y perdices van siendo acorralados cada vez más, conforme avanza la siega, hasta el último cuadro de mies en pie, y huyen de allí cuando lo siegan. Esto hace que muchas veces los segadores y otras gentes rodeen el ultimo cuadro de mies armados de palos y escopetas para matar los animales cuando se lanzan fuera de su último refugio entre las espigas. Ahora bien, como al hombre primitivo le parecen perfectamente creíbles los cambios mágicos de forma, encuentra lo más natural que el espíritu del grano expulsado de su hogar en el grano maduro tenga que escapar bajo la forma animal que él ve salir del último cuadro de mies cuando cae bajo la hoz del segador. Así, la identificación del espíritu del grano con un animal es análoga a su identificación con un transeúnte extran­jero. Del mismo modo que la súbita aparición de un forastero cerca del campo de recolección o de las eras es bastante en la mente primitiva para identificarle con el espíritu del grano que escapa de la mies segada

1 Post hoc, ergo propter hoc.

528 DEIDADES DE LA VEGETACIÓN

o trillada, también la repentina aparición de un animal saliendo del grano segado basta para identificarle con el espíritu del grano que huye de su arruinada morada. Las dos identificaciones son tan análogas que es muy difícil disociarlas en un intento de explicación de otro género Los que piensan en algún principio diferente del que aquí sugerimos para la explicación de la última de esas identificaciones están obligados a demostrar que sus teorías cubren y abarcan también a la primera de ellas.

CAPITULO XLIX

DEIDADES ANTIGUAS DE LA VEGETACIÓN COMO ANIMALES

1. DlONISOS, LA CABRA Y EL TORO



Sea cual fuere la explicación, subsiste el hecho de que el espíritu del grano se concibe y representa en forma animal muy frecuentemente en el folklore campesino. ¿No podrá este hecho explicar la relación que tienen algunos animales con las deidades antiguas de la vegetación, Dio-nisos, Deméter, Adonis, Atis y Osiris?

Comencemos por Dionisos. Hemos visto que en ocasiones se le representaba como una cabra y otras veces como un toro. Como cabra es difícilmente separable de algunas deidades menores. Pan, sátiros y silenos, todos ellos asociados a él y representados más o menos com­pletamente en forma de cabras. Así, a Pan se le caracterizaba común­mente, en escultura y pintura, con cara y patas caprinas. Los sátiros estaban representados con puntiagudas orejas de cabra y algunas veces con pitones y colas cortas; se hablaba de ellos a veces como de cabras, y en el drama hacían su papel hombres envueltos en pieles de cabra. Sueno es representado en el arte, cubierto con una piel caprina. Además, a los faunos, duplicados ¡talos de Pan y los sátiros griegos, se les describe como seres medio caprinos, caprípedos y Capricornios. Todas estas dei­dades menores de formas caprinas comparten más o menos claramente el carácter de divinidades selváticas. Así, Pan fue llamado por los ár-cades el señor del bosque. Los silenos hacían compañía a las dríadas. Los faunos son expresamente designados como deidades selvícolas, y su carácter de tales está todavía más marcado por su asociación o hasta su identificación con Silvano y los silvanos, los que, como su mismo nombre indica, son espíritus de las selvas. Por último, la asociación de los sátiros con los sueños, faunos y silvanos prueba que también los sátiros fueron deidades selvícolas. Estos espíritus de los bosques de for-ma caprina tienen sus duplicados en el folklore de la Europa septen­trional. Así, de los espíritus rusos de los bosques llamados Ljeschie (de ljes, bosque) se cree que aparecen en forma parcialmente humana, pero con orejas, cuernos y patas de cabra. El Ljeschie puede cambiar de esta­tura a su gusto; cuando camina por el bosque es tan alto como los



DIONISOS, LA CABRA Y EL TORO 529

árboles; cuando camina por los prados no es más alto que el césped. Algunos de los Ljeschie son espíritus tanto de las mieses como de los bosques; antes de la recolección son tan altos como los tallos de las espi­gas, pero después se encogen a la altura del rastrojo. Ya hemos obser­vado antes que todo esto indica la íntima conexión entre los espíritus de los árboles y los del cereal y nos enseña cuan fácil es la fusión de los primeros en los últimos. También se creía que los faunos, imaginados como espíritus del bosque, fomentaban el desarrollo de las cosechas. Ya Tiernos visto con cuánta frecuencia se representaba en las costumbres populares al espíritu del grano como una cabra. En conjunto, entonces, y como Mannhardt arguye. Pan, los sátiros y los faunos pertenecen quizá a una clase de espíritus de los bosques, extensamente difundida, ideados en forma caprina. La afición de las cabras a errar por las frondas y a roer la corteza de los árboles, de los que son muy destructivas, es una razón patente y quizá suficiente para que se suponga con frecuen­cia que los espíritus del bosque toman figura de cabras. La incongruencia de un dios de la vegetación, subsistiendo de la vegetación que él mismo personifica, no es sorprendente para la mente primitiva. Tales incon­gruencias surgen cuando la deidad, dejando de ser inmanente a la vege­tación, llega a ser considerada como su propietario o señor, pues la idea de apropiarse la vegetación conduce naturalmente a la de subsistir de ella. Algunas, veces el espíritu del grano, originalmente ideado como inmanente al grano, llega a ser, pues, considerado como su propietario, que vive de él y quedará reducido a la pobreza y a la necesidad si se le priva del grano. Por esta razón, algunas veces se le conoce como "el hombre pobre" o la "mujer pobre". En ocasiones, la costumbre es que la última gavilla quede en pie sin segar, para que disponga de ella "la pobre vieja" o para "la pobre vieja del centeno".

Así, la representación de los espíritus del bosque en formas caprinas parece muy extendida y a la par muy natural a la mente primitiva. Por lo tanto, cuando encontramos, como nos ha sucedido, que a Dionisos, dios arbóreo, se le representaba en forma de cabra, difícilmente podemos eludir la conclusión de que esta representación es simplemente una parte de su carácter propio como deidad del árbol, cosa que no puede expli­carse por la fusión de dos cultos distintos e independientes entre sí, o sea que en uno de ellos apareciera en su origen como dios del árbol y en el otro como cabra.

También se representó a Dionisos, como hemos comprobado, como un toro. Todo lo que acontece nos induce a suponer que esta forma taurina debe haber sido solamente otra expresión en su carácter de dei­dad de la vegetación, especialmente por ser el toro una encarnación del espíritu del grano común en la Europa septentrional y en la última aso­ciación de Dionisos y Deméter y Perséfona en los Misterios de Eleusis se demuestra, por lo menos, que tenía fuertes afinidades agrícolas.

La probabilidad de este aspecto se acrecentaría en cierto modo si pudiera demostrarse que en otros ritos distintos a los de Dionisos mata-

530 DEIDADES DE LA VEGETACIÓN

ban los antiguos un toro como representante del espíritu de la vegeta­ción. Esto es lo que al parecer se hacía en el sacrificio ateniense co­nocido por "la muerte del buey" (bouphonia). Tenía lugar hacia finales de junio o principios de julio, que es el tiempo en que la trilla está acabando ya en Ática. Según la tradición, el sacrificio se instituyó para que cesase la sequía y escasez que afligía al país. El ritual era como sigue. Depositaban sobre el broncíneo altar de Zeus Folíeos1 en la Acró­polis, cebada mezclada con trigo o tortas hechas de lo mismo. Llevaban bueyes alrededor del altar y el que se acercaba a éste y comía de la ofrenda era sacrificado. El hacha y cuchillo que se empleaban para matar a la bestia habían sido previamente remojados en agua traída por vírgenes llamadas "aguadoras".2 Después de afilar las herramientas se las entregaban a los matarifes, uno de los cuales daba de hachazos a la res y el segundo la degollaba con el cuchillo. En cuanto caía el buey, el primero de los matarifes tiraba el hacha y huía y el que lo degollaba con el cuchillo imitaba, al parecer, el ejemplo del otro. Mientras, desolla­ban a la res y todos los presentes participaban de su carne. Después rellenaban la piel con paja y la cosían; hecho esto, ponían en cuatro patas al animal disecado y lo uncían al yugo de un arado simulando arar. Entonces se celebraba un juicio en un antiguo areópago presidido por el rey (así lo llamaban), para determinar quién había matado al buey. Las vírgenes "aguadoras" acusaban a los que habían afilado el hacha y el cuchillo; los hombres que habían afilado el hacha y el cuchillo cul­paban a los que habían dado estos útiles a los matarifes; los que habían dado estos instrumentos a los matarifes censuraban a los matarifes y és­tos, por último, hacían recaer la culpa sobre el hacha y el cuchillo, los que al fin eran declarados culpables, condenados y arrojados al mar.

El título de este sacrificio, "la muerte del buey",3 el trabajo que se tomaba cada una de las personas que habían intervenido en la matanza para arrojar la responsabilidad sobre otras, el juicio solemne y la condena del hacha o cuchillo o ambos, prueban que aquí al buey no sólo se le consideraba como víctima ofrecida al dios, sino también como criatura sagrada en sí misma y cuya matanza era sacrilegio o delito. Así se de­duce de un relato de Varrón, quien asegura que antiguamente era un crimen capital en Ática matar un buey. El método de seleccionar a la víctima hace pensar que el buey que gustaba del grano del alfar era con­siderado como la deidad misma del grano, que tomaba posesión de lo suyo. Esta interpretación está apoyada por la costumbre siguiente: En Beauce, Orleanesado, el día 24 o 25 de abril hacen un monigote de paja

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