Sir james george frazer la rama dorada



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El canto de Linos (Linus) el fenicio se coreaba en la vendimia, al menos en el oeste del Asia Menor, como nos enseña Homero, y esto combinado con la leyenda de Sileos (Syleus), sugiere que en tiempos antiguos los transeúntes extranjeros eran tratados por los vendimiadores de un modo parecido a como se ha dicho que los trataba el segador Lityerses. El lidio Sileos, así cuenta la leyenda, obligaba a los tran­seúntes a cavar por él en la viña, hasta que llegó Hércules, le mató y desarraigó sus cepas. Creemos que esto es el esbozo de una leyenda se­mejante a la de Lityerses; pero ni los escritores antiguos ni los modernos investigadores del folklore nos han proporcionado ningún detalle. Ade­más, el canto de Linos probablemente era entonado por los segadores fenicios, pues Herodoto lo compara al canto de Maneros, que ya hemos visto que era una lamentación que surgía entre los segadores egipcios al cortar la mies. Además, Linos (Linus) fue identificado con Adonis y nos creemos con algún derecho a considerar a Adonis especialmente como una deidad del grano. Así, la endecha a Linos como cántico de recolección sería idéntica al canto de Adonis y los dos serian lamenta­ciones elevadas por los segadores al espíritu del grano. Pero mientras Adonis, como Atis, se engrandeció en imponente figura mitológica, ado­rado y llorado en ciudades espléndidas más allá de los límites de su patria fenicia, Linos parece que siguió siendo como una simple cantinela de los segadores y vendimiadores entre las mieses y las cepas. La analo­gía de Lityerses y de las costumbres populares, a la par europeas y sal-

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vajes, nos hace deducir que en Fenicia el occiso espíritu del grano, el Adonis que mataban, pudo haber sido representado por una víctima hu­mana; esta deducción está apoyada posiblemente por la leyenda ha-rrana 1 de la muerte de Tammuz (Adonis) a manos de su cruel señor, que pulverizó sus huesos en su molino y los esparció después por los campos, al igual que en México en donde, como vimos, la víctima hu­mana en la recolección era aplastada entre dos piedras y, lo mismo en África que en la India, las cenizas u otros restos de la víctima se espar­cían sobre los campos. La leyenda harrana puede ser muy bien única­mente un procedimiento mítico de expresar la molienda del grano en el molino y el voleo de la semilla al sembrar. Parece indicado sugerir que el "rey de burlas" que mataban todos los años en el festival babilónico de la Sacaea, el día dieciséis del mes Lous, pudo haber representado a Tammuz mismo. El historiador Beroso, que registra el festival y su fecha, usó probablemente el calendario macedónico, pues dedica su His­toria a Antíoco Soter, y en este tiempo el mes macedónico Lous cree­mos que correspondía al mes babilónico de Tammuz. Si así es, podemos sentar en firme que al "rey de burlas" en la fiesta de la Sacaea la mata­ban en el carácter de un dios.

Hay bastantes más pruebas de que en Egipto estuviera representado el espíritu del grano muerto —el Osiris muerto— por una víctima hu­mana a la que mataban los segadores en la mies, lamentando su muerte en una endecha a la que los griegos, por una equivocación verbal, die­ron el nombre de Maneros, pues la leyenda de Busiris creemos que con­serva una reminiscencia de los sacrificios humanos que anteriormente ofrendaban los egipcios en conexión con el culto de Osiris. Contaban que Busiris había sido un rey egipcio que sacrificaba a todos los extran­jeros en el altar de Zeus. El origen de la costumbre se debía a una sequía que afligió durante nueve años a la tierra egipcia, y de la que un vidente chipriota informó a Busiris que cesaría si sacrificaban un hombre cada año a Zeus.2 Así Busiris instituyó el sacrificio, mas cuando

1 Harrán, situada cerca de la frontera sirio-turca, a unos 200 kilómetros de Alepo,
en el camino a Mosul. Allí fue muerto Creso (año 53 a. c.).

2 ¿Quién sería ese Zeus de Egipto? Antes de apoderarse los reyes ''servidores
de Horus" de las Dos Coronas (Alto y Bajo Egipto) y antes que los griegos conocieran
la existencia de la ciudad de U-az-e T, que "ellos transcribieron en Buto, B Uto"
(A. Moret), posteriormente Busiris, existían en la parte oriental del Delta pueblos dedi­-cados al pastoreo y a la ganadería bajo el caudillaje de una deidad llamada Anzti o
Az-ti (Anz, Az, estar en buen estado y la desinencia tí, el que mantiene en buen
estado), representada como una figura humana con dos plumas en la cabeza y en las
manos un cayado de pastor y un látigo de vaquero. Este dios "que preside el Oriente '
tiene alrededor de su metrópoli los nomos del Gran Toro Negro, del Ternero, del
Toro Heseb, etc., lo que ratifica su carácter social, siendo probable que Anzti o Az-ti
fuera un epónimo deificado. Después, bajo las primeras dinastías de reyes tinitas, nace
o aparece en la ciudad de Buto el dios agrícola Osiris, que se apodera de territorio, pue-
blos, culto y atributos de Anzti (cayado de pastor y látigo de vaquero) y hasta del
propio Anzti por transubstanciación en Osiris ("Horus te ha hecho vivir en este nom­-
bre tuyo de Anzti", dice una invocación a Osiris en las Pirámides). Si Osiris se apo-

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Hércules llegó a Egipto y le arrastraban hacia el altar para sacrificarle, rompió sus ligaduras y mató a Busiris y a su hijo. Tenemos, pues, una leyenda que dice que en Egipto se ofrendaba todos los años una víctima humana para prevenir el fracaso de las cosechas, y la creencia implícita de de que la omisión de tal sacrificio supondría la repetición de aquella es­terilidad que con el sacrificio anual se prevenía. También los pawnees norteamericanos, como ya vimos, creían que una omisión del sacrificio humano al plantar sería seguida del fracaso total de las cosechas. El nombre de Busiris era en realidad el nombre de una ciudad, pe-Asar, "la mansión de Osiris" que se llamaba así porque contenía la tumba de Osiris. Es verdad que algunas autoridades modernas creen que Busiris fue el hogar de origen de Osiris, desde el que su culto se extendió a las demás partes de Egipto. El sacrificio humano, se decía, era ofrecido a su tumba y las víctimas eran hombres de pelo rojo, cuyas cenizas se aventaban por medio de grandes abanicos. Esta tradición de sacrificios humanos ofrendados en la tumba de Osiris está confirmada por el testi­monio de los monumentos.



A la luz del precedente examen, la tradición egipcia de Busiris ad­mite una explicación lógica y bastante razonable. Osiris, el espíritu del grano, era representado cada año en la cosecha por un extranjero cuyo pelo rubio le hacía el indicado para personificar el grano maduro; a este hombre, en su carácter representativo, le mataban en el campo de cose­cha, entre lamentaciones de los segadores, que rogaban al mismo tiempo que el espíritu del grano reviviera y volviera (mââ-ne-rha, Maneros) con renovado vigor al siguiente año. Finalmente, la víctima, o parte de ella, era quemada y sus cenizas aventadas sobre los campos para fertilizarlos. La selección de la víctima por su parecido al grano que iba a representar concierta aquí con las costumbres mexicana y africana ya descritas. De igual modo la mujer que mataban en el carácter de madre del maíz en el sacrificio mexicano del solsticio estival, llevaba la cara pintada de rojo y amarillo como símbolo de los colores del grano y en la cabeza una mitra de cartón rematada en un plumero ondulante que imitaba el pe­nacho del maíz. Por otra parte, en la fiesta de la diosa del maíz blanco, los mexicanos sacrificaban leprosos. Los romanos sacrificaban perritos de pelo rojo en primavera para evitar la supuesta influencia que la es­trella polar tenía sobre el tizón de los granos, creyendo que así crecería a madurez y rojizo. Los paganos de Harrán ofrendaban al sol, la luna y los planetas, víctimas humanas que eran elegidas por el supuesto parecido o semejanza con los cuerpos celestes a quienes los sacrificaban; por ejem­plo, los sacerdotes vestidos de rojo y embadurnados con sangre ofrecían un hombre pelirrojo y de mejillas rubicundas al "rojo planeta Marte",

dera de todo lo perteneciente al anterior dios Anzti, ¿no se apoderaría también de su ritual? Ouizá pueda deducirse, aunque sin autoridad alguna, que ese Zeus de la versión griega fuera Anzti, el epónimo deificado de una serie de reyes sacerdotales, personifica­ciones del espíritu de la vegetación en una línea genérica de Anzti robustos ("estar en buen estado"), cuyo breve reinado de un año terminaba en el holocausto.

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en un templo pintado de rojo y revestido de colgaduras rojas. Estos otros ejemplos semejantes de asimilar la víctima al dios o al fenómeno natural que representa se basa esencialmente en el principio de la magia homeopática o imitativa, en la idea de que el objetivo deseado se ob­tendrá más pronto por medio de sacrificios que se parezcan al efecto que se desea conseguir.

La tradición de haber sido distribuidos por todo el país los frag­mentos del cuerpo de Osiris y enterrados por Isis en los lugares donde los encontró, muy bien puede ser la reminiscencia de una costumbre semejante a la que practican los khondos, que dividen la víctima humana en trozos y entierran éstos en sus campos a distancia de muchos kiló­metros unos de otros.

Así, si estamos en lo cierto, la clave de los misterios de Osiris nos la ofrecen el melancólico lamento de los segadores egipcios que hasta los tiempos romanos podía oírse año tras año resonando a través de los campos, anunciando la muerte del espíritu del cereal, el prototipo rústico de Osiris. Exclamaciones semejantes, como ya hemos visto, se oyeron por todos los campos de recolección del Asia Menor. Los antiguos hablaron de ellas como canciones» pero a juzgar por el análisis de los nombres de Maneros y Linos, probablemente consistieron sólo en unas pocas pala­bras articuladas en una prolongada nota musical que podría oírse a gran distancia. Estos gritos sonoros y prolongados, producidos por un buen coro de voces fuertes y concertadas, debieron tener un efecto sorpren­dente, y es difícil que dejasen de atraer la atención de algún caminante que estuviera a distancia para oírlos. Los sonidos repetidos una y otra vez probablemente podrían distinguirse con bastante facilidad aun a mucha distancia; mas para un viajero griego en Asia o en Egipto, las palabras extranjeras no significarían nada y podría tomarlas razonable­mente por el nombre de alguien (Maneros, Linos, Lityerses, Bormos) a quien los segadores llamaban. Y si su destino le llevaba a varios paí­ses, como Bitinia y Frigia o Fenicia y Egipto, durante la siega de las mieses, tendría ocasión de comparar los diversos gritos de los diferentes pueblos. Así podremos fácilmente entender por qué estos gritos fueron con tanta frecuencia notados y comparados unos con otros por los grie­gos, mientras que de haber sido verdaderas canciones, no podrían haber sido oídas a tales distancias y forzosamente no habrían atraído la atención de tantísimos viajeros, y aun oyéndolas, no hubiera sido tan fácil al cami­nante entender sus palabras.

Hasta tiempos recientes, los segadores de Devonshire lanzaban gri­tos de la misma clase y verificaban en el campo una ceremonia exacta­mente análoga a aquella otra de la que, si no estamos equivocados, se originaron los ritos de Osiris. El grito y la ceremonia son descritos asi por un observador que escribió en la primera mitad del siglo xix: "Des­pués de segado todo el trigo, en la mayoría de. las granjas del norte de Devonshire, la gente de la faena de la recolección tiene la costumbre de 'proclamar el cuello'. Creo que esta práctica es raro que se omita en

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ninguna casa de labor grande de cualquier parte del condado. Se hace del siguiente modo: Un anciano o alguna otra persona bien impuesta en las ceremonias que se usan en esta ocasión (cuando los labriegos están segando el último campo de trigo) se acerca a las hacinas y gavillas y escoge un pequeño manojo de las mejores espigas que puede encontrar, ata este manojo muy primorosamente y entreteje y coloca las pajas con muy buen gusto. A esto lo llaman 'el cuello' del trigo o sea las espigas del trigo. Después que el terreno ha sido segado y ha circulado una vez más la jarra, segadores, atadores y mujeres forman un círculo. La persona que tiene 'el cuello' se sitúa en el centro y le tiene cogido con ambas manos; primero se agacha y le sostiene cerca del suelo, mientras que todos los hombres que forman el círculo se agachan también, se quitan el sombrero y lo sostienen con ambas manos hacia el suelo. En este momento, en muy prolongado y armonioso tono, comienzan a gri­tar: '¡El cuello!', y al mismo tiempo y despacio se van irguiendo hasta ponerse en pie y terminan por elevar sus brazos y sombreros por encima de sus cabezas, lo que también ejecuta la persona que tiene 'el cuello' Por tres veces repiten esto. Después cambian su grito en '¡Wee yen! ¡Way yen!' que hacen resonar por tres veces de la misma manera pro­longada y lenta que anteriormente, con singular armonía y efecto. Este grito va acompañado de los mismos movimientos ascendentes del cuerpo y brazos que cuando gritan 'el cuello'. . . Luego, cuando han repetido así 'el cuello' por tres veces y el 'wee yen' o 'way yen' por otras tres, rompen todos a un tiempo en una especie de risotada alegre y fuerte, tirando sus sombreros al aire, haciendo cabriolas y quizá besando a las mozas. Uno de ellos coge después 'el cuello' y corre todo lo que puede hacia la granja, donde la lechera o una de las criadas jóvenes está espe­rando en la puerta preparada con un cubo de agua. Si el que lleva 'el cuello' puede arreglárselas para entrar en la casa sin que le vean o vién­dole por cualquier otro camino que por la puerta guardada por la mu­chacha con su cubo de agua, entonces tiene el derecho de besarla; pero si no puede entrar es seguro que le vierte encima el contenido del balde de agua. En un hermoso atardecer de otoño 'la proclamación del cuello" produce a distancia un efecto maravilloso, más bello que el del almuecín turco que lord Byron tanto elogia y que prefiere al de todas las campa­nas de la cristiandad. He oído dos o tres veces hasta veinte hombres gritándolo y unido en ocasiones a las voces de igual número de mujeres. Hace cerca de tres años, sobre las lomas donde nuestra gente estaba recogiendo la cosecha, he oído seis o siete 'proclamaciones del cuello' en una noche, aunque sé que algunas venían de más de seis kilómetros. Algunas veces se oyen en el encalmado aire del anochecer desde consi­derable distancia". También Mrs. Bray nos dice que viajando por De-vonshire "vio un grupo de segadores formando círculo en un terreno elevado, con sus hoces en alto. En medio sostenía uno de ellos unas espigas atadas con flores y el grupo repetía (según ella escribe): 'Arnack, arnack, arnack, nosotros tenemos uno, nosotros tenemos uno, nosotros

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tenemos uno', por tres veces. Marcharon a casa acompañados de mujeres y chiquillos que llevaban ramos de flores, gritando y cantando. El criado de Mrs. Bray dijo: 'La gente está con sus juegos, como siempre hicieron el espíritu de la recolección'. Aquí, como observa Miss Burne, 'arnack' nosotros tenemos uno', es evidentemente, en el dialecto de Dcvon, 'un' cuello, tenemos un cuello'."

Otra relación de la misma costumbre antigua, escrita en Truro el año de 1839, dice así: "Ahora, cuando toda la mies fue segada en Heligan, los hombres y mozas de la faena llegan frente a la casa, trayendo una gavilla pequeña de mies, la última que han segado, adornada con cintas y flores y una parte de ella atada con fuerza y estrechada para que parezca un cuello. Entonces gritan: 'Nuestro (o mi) lado, mi lado' tan fuerte como pueden. Entonces la lechera da 'el cuello' al mayoral de los braceros. Éste, al cogerlo, dice muy fuerte y por tres veces: 'Le tengo', y otro hombre gritando también fuerte: '¿Qué tienes? ¿qué tienes? ¿qué tienes?', a lo que replica el primero: 'Un cuello, un cuello, un cuello', y al terminar de decirlo, todos prorrumpen en una estruendosa gritería. Hecho esto por tres veces y tras un enorme grito, se marchan a cenar, bailar y cantar".

Según se refiere en otra relación, "todos marcharon al campo cuando cortaron la última gavilla, atando 'el cuello' con cintas y entre­lazándolo; después bailaron a su alrededor y lo llevaron a la cocina grande, donde cenaron. Se lanzaron los gritos como en el anterior relato, y '¡Híp, hip, hip, hack, heck, le tengo, le tengo, le tengo!', y lo colgaron en el portal". Otro relato dice que uno de los hombres salió huyendo del campo con la última gavilla mientras el resto le perseguía con vasijas llenas de agua que intentaban tirar sobre la gavilla antes de que pudiera meterla en el granero.

En las precedentes costumbres a una macolla de espigas determi­nada, por lo general la última que quedó, se la concibe como el cuello del espíritu del grano, que en consecuencia es decapitado cuando se siega la macolla. De modo semejante, en Shropshire se usaba comúnmente el nombre de "cuello" o "el cuello del ánsar" para el último manojo de espigas que quedaba en medio del campo cuando ya estaba todo segado. Entretejían las cañas y los segadores, colocados a diez o veinte pasos, le tiraban las hoces. Se decía del que lo cortaba que había cortado el cuello del ánsar, el cual se entregaba a la mujer del agricultor, que su­ponían que lo guardaba en la casa, para tener buena suerte, hasta que llegara la cosecha siguiente. Cerca de Tréveris, el que siega la última mies "corta el cuello de la cabra". En Faslane, en el Gareloch (Dum-bartonshire), el último puñado de mies sin cortar se llamaba algunas veces "la cabeza". En Aurich,- Frisia oriental, el hombre que corta la última mies, "corta la cola de la liebre". Cuando siegan la última es­quina del campo de mies, los segadores franceses gritan: "Tenemos el gato por el rabo". En Bresse (Borgoña), la última gavilla representaba la zorra. Dejaban unas espigas en pie para formar el jopo y cada segador

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retrocedía unos pasos y tiraba su hoz para cortarlo; cuando al fin, con­seguía "cortar el jopo de la zorra", se elevaba en su honor el grito "you cou cou". Estos ejemplos no dejan lugar a dudas de que el significado de la expresión de Devonshire y Cornalles, "el cuello", se aplica a la última gavilla. Es concebido el espíritu del grano en forma humana o animal, y el último manojo que queda en pie es su cuello, su cabeza o su rabo. En ocasiones, como hemos visto, se considera como su ombli­go o cordón umbilical. Por último, la costumbre de Devonshire, de remo­jar con agua a la persona que trae "el cuello", es un conjuro de lluvia igual al de muchos ejemplos expuestos. Su paralelo en los misterios de Osiris está en la costumbre de verter agua sobre la imagen de Osiris o sobre la persona que le representaba.

CAPITULO XLVIII

EL ESPÍRITU DEL CEREAL COMO ANIMAL

1. encarnaciones animales del espíritu del grano



En algunos de los ejemplos que hemos citado para establecer el signi­ficado del término "cuello" aplicado a la última gavilla, se muestra al espíritu del grano en forma animal, como un ánsar, una cabra, una liebre, un gato y una zorra. Esto nos conduce a un nuevo aspecto del espíritu del grano que examinaremos ahora. Lo haremos no sólo para tener mu­chos ejemplos de la muerte del dios, sino también con el propósito de aclarar algunos puntos que permanecen obscuros en los mitos y cultos de Adonis, Atis, Osiris, Dionisos, Deméter y Virbios.

Entre los muchos animales cuyas formas se supone que adopta el espíritu del grano están el lobo, el perro, la liebre, la zorra, el gallo, el ganso, la codorniz, el gato, la cabra, la vaca (buey, toro), el cerdo y el caballo. Suele creerse que el espíritu del grano está presente en la mies bajo una u otra de esas formas, siendo cogido o muerto en la última gavilla. Cuando están segando la mies, el animal huye ante los segadores y si un segador se siente enfermo, supone que ha tropezado inadvertida­mente con el espíritu del grano, que ha castigado así al profano intruso. Se dice de éste que "el lobo del centeno le ha agarrado", que "la cabra de la cosecha le dio un topetazo". A la persona que siega la última mies o ata la última gavilla, la ponen el nombre del animal, como el lobo del centeno, la cerda del centeno, la cabra de la avena y otros así, y lo con­serva por un año entero a veces. También se representa al animal por un muñeco hecho con la última gavilla o con leña, flores y otros materia­les parecidos, que conducen a la casa alegremente en la última carretada de la cosecha. Aun cuando a la última gavilla no le hayan dado forma animal, es frecuente denominarla el lobo del centeno, la liebre, la cabra, etc. Por lo general a cada cosecha se atribuye un animal especial, que es
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