Sir james george frazer la rama dorada



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La carne cortada a la víctima era rápidamente llevada a cada aldea por las personas que habían sido encargadas de ello. Con objeto de ase­gurar su rápida llegada, se apresuraba su transporte en muchas ocasiones por relevos de hombres y se la trasladaba con ligereza de correo ochenta o cien kilómetros. Todos los que quedaban en las aldeas ayunaban en absoluto hasta la llegada de la carne. El portador la depositaba en el lugar asignado de la asamblea pública donde era recibida por el sacerdote y

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los cabezas de familia. El sacerdote la separaba en dos porciones, una de las cuales ofrendaba a la diosa tierra echándola en un hoyo, vuelto de espaldas y sin mirar. En seguida cada hombre añadía una poca de tierra para enterrarla y el sacerdote vertía después un poco de agua de una calabaza silvestre. La otra porción de carne se dividía en tantas partes como cabezas de familia había presentes. Cada uno de ellos enrollaba su trozo de carne en hojas y lo enterraba en su campo predilecto, poniéndole en la tierra de espaldas y sin mirar. En ciertos lugares, cada cual llevaba su trozo de carne a la corriente de agua que regaba sus tierras y lo dejaba allí atado a una estaca. Durante tres días no se barría en ninguna casa y en un distrito guardaban absoluto silencio, no encendían ningún fuego, ni se cortaba madera, ni recibían a ningún forastero. Los restos de la víctima humana (a saber, cabeza, intestinos y huesos) eran vigilados por grandes cuadrillas de hombres que los guardaban toda la noche pos­terior al sacrificio y al día siguiente por la mañana se quemaba todo junto con una oveja entera sobre una pira funeraria. Las cenizas eran es­parcidas por los campos, tendidas en forma de pasta sobre las casas y gra­neros o mezcladas con el grano nuevo, para preservarlo de insectos. Otras veces, sin embargo, enterraban y no quemaban la cabeza y huesos. Des­pués de la supresión de los sacrificios humanos, sustituyeron en algu­nos sitios las víctimas humanas por otras de inferior calidad; por ejem­plo, en la capital de Chinna Kimedy, la víctima fue una cabra. Otros sacrifican un búfalo; le atan a un poste de madera en un bosque sagrado, bailan salvajemente a su alrededor blandiendo sus cuchillos y después caen sobre el animal vivo y lo acuchillan, rajándolo y despedazándolo a jirones en pocos instantes, y luchan y riñen entre sí disputándose las pil­trafas. Tan pronto como alguno de los reñidores se asegura un trozo de carne, sale corriendo a toda velocidad para enterrarlo en sus tierras, si­guiendo la antigua costumbre, antes de que se ponga el sol; como algunos tienen su campo lejos, tienen que correr muy ligeros. Todas las muje­res tiran terrones a las rápidas figuras de hombres que se retiran de allí, algunas de ellas con gran empeño y mejor puntería. Pronto el bosque sagrado, teatro hasta hace unos momentos de una escena de tumulto, queda silencioso y desierto y sólo algunos permanecen allí para guardar lo que quedó del búfalo, a saber, cabeza, huesos y bandullo, que se que­man con solemnidad al pie del poste.

En estos sacrificios khondos, los meriah son interpretados por las autoridades británicas como víctimas ofrecidas para propiciar a la diosa tierra. Pero del trato que se da a la víctima antes y después de su muerte se deduce que la costumbre no puede explicarse como mero sacrificio propiciatorio. Verdad es que una parte de la carne se ofrecía a la diosa tierra, pero el resto era enterrado por cada campesino en sus tierras y las cenizas de las demás partes del cuerpo esparcidas por los campos, ya como pasta para untar los graneros o mezcladas con la nueva simiente. Estas últimas costumbres implican que el cuerpo del meriah tenía adscrita la virtud directa o intrínseca de hacer crecer las mieses con bastante

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independencia de la eficacia indirecta que podría tener como ofrenda para asegurar la buena voluntad de la diosa. En otros términos, se creía que las carnes y cenizas de la víctima estaban dotadas de la virtud mágica o física de fertilizar la tierra. La misma virtud intrínseca se atribuía a la sangre y lágrimas de los meriah, causando su sangre la rojez de la cúr­cuma y sus lágrimas la producción de lluvias, pues difícilmente puede dudarse de que, al menos en su origen, creían que las lágrimas atraían la lluvia y no solamente la pronosticaban. De igual modo, la acción de derramar agua sobre la carne enterrada del meriah, era sin duda alguna un hechizo para la lluvia. Además, la virtud mágica, como atributo d,el meriah, se muestra en la virtud soberana que creían que residía en cual­quier cosa proveniente de su persona, como su pelo o sus esputos. La adscripción de tal poder al meriah indica que era mucho más que una simple persona sacrificada para propiciar a la deidad. Y por añadidura, la extrema reverencia que le tenían señala a la misma conclusión. El ma­yor Campbell dice del meriah "que es considerado como algo más que un mortal" y el mayor Macpherson añade: "Le hacen una clase de reveren­cias que no son fáciles de distinguir de la adoración". Resumiendo, cree­mos que al meriah se le consideraba divino. Como tal pudo representar en su origen a la diosa tierra o quizá a una deidad de la vegetación, aunque en tiempos posteriores viniera a considerársele más como una víctima ofrendada a la divinidad que como un dios encarnado. A este último concepto del meriah como víctima más que como divinidad, qui­zás se le ha dado una importancia excesiva por parte de los escritores europeos que han descrito la religión khonda. Habituados a la idea pos­terior de sacrificio como ofrenda a un dios con el designio de ganar su favor, los observadores europeos propenden con facilidad a interpretar toda matanza religiosa en este sentido y a suponer, siempre que tienen lugar estas matanzas, que se las realiza necesariamente porque los homi­cidas creen que la carnicería será grata a una deidad. Así, sus ideas pre­concebidas pueden inconscientemente teñir y desviar sus descripciones de los ritos salvajes.

La misma costumbre de matar al representante del dios, de la que tan vigorosas huellas quedan en los sacrificios de los khondos, podemos quizá encontrarla en algunos de los sacrificios humanos descritos con anterioridad. Así, las cenizas del Marimo ejecutado eran esparcidas por los campos; la sangre del mancebo brahmán era arrojada sobre las mieses y el campo; la carne del occiso Naga quedaba guardada en el arcón del gra­no, y la sangre de la joven sioux se dejaba gotear sobre la simiente. Tam­bién la identificación de la víctima con el grano, en otras palabras, la creencia de ser una corporeización del espíritu del grano, se traduce en sus afanes por asegurar una correspondencia física entre el espíritu y el objeto natural al que se incorpora o representa. Así, los mexicanos ma­taban víctimas jóvenes para el maíz joven y hombres maduros para el maíz maduro; en los sacrificios marimos empleaban como "simiente ' a un hombre de baja estatura pero grueso, correspondiendo su estatura

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corta a la del cereal creciendo y la gordura a la calidad que se desea tenga la cosecha; y los pawnees engordaban a sus víctimas probablemente con la misma idea. También se deduce la identificación de la víctima con el grano de la costumbre africana de matarle con azadas y layas y de la costumbre mexicana de aplastarle, como al grano, entre dos piedras.



Otro detalle que merece atención en estas costumbres salvajes es que entre los pawnees el jefe devoraba el corazón de la joven sioux, y los marimos y gondos se comen la carne de la víctima. Si, como supone­mos, la víctima era considerada como divina, de ahí se sigue que, co­miendo de su carne, los adoradores se creían con ello participantes del cuerpo de su dios.

4. OCCISIÓN DEL ESPÍRITU DEL GRANO EN SUS REPRESENTANTES HUMANOS

Los ritos bárbaros que acabamos de diseñar ofrecen analogías con las costumbres de recolección en Europa. Así, la virtud fertilizadora atri­buida al espíritu del grano se muestra en la costumbre salvaje de mezclar la sangre de la víctima o sus cenizas con la semilla lo mismo que en la costumbre europea de mezclar el grano de la última gavilla con el grano nuevo en primavera. De igual manera la identificación de la persona con el grano aparece en la costumbre salvaje de adaptar la edad y la estatura de la víctima a la edad y tamaño de la cosecha, ya sea que lo tenga en realidad o que así se desee; en los usos escocés y de Estiria, cuando el espíritu del grano se imagina como "la doncella", la última mies debe cortarla una joven virgen y cuando se le concibe como la madre de la mies la cortará una matrona; en el aviso dado a las ancianas de Lorena para que se pongan a salvo cuando están matando a "la vieja", esto es, cuando están trillando la última mies, y en el presagio tirolés de que la mies de la siguiente cosecha será alta si es de buena estatura el hombre que da el último trillazo. Además, la misma identificación está implícita en la costumbre salvaje de matar al representante del espí­ritu del grano con azadas y layas o moliéndole entre dos piedras, y en la costumbre europea de tratar de matarle con la hoz o el mayal. Y, por último, la costumbre de los khondos de derramar agua sobre el sitio en que está enterrada la carne de la víctima es equivalente a la europea de asperjar con agua al representante personal del espíritu del grano o de zambullirle en una corriente de agua; ambas costumbres, la khonda y la europea, son hechizos para la lluvia.

Volvamos ahora a la fábula de Lityerses. Hemos mostrado que en la ruda sociedad humana han sido habitualmente muertos seres humanos para fomentar el desarrollo de las cosechas y no hay por tanto improba­bilidad en que puedan haberlo sido con igual propósito en Frigia y en Europa, y cuando la leyenda frigia y las costumbres populares europeas concuerdan tan estrechamente, apuntan a la conclusión de que en efecto los mataban así, obligándonos, provisionalmente al menos, a aceptar esta conclusión. Además, lo mismo la historia de Lityerses que las costumbres

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europeas de recolección concuerdan en la indicación de que a la víctima se la mataba en cuanto representante del espíritu del grano, lo que está en armonía con el pensamiento de algunos salvajes según los cuales la víctima muerta incrementa las cosechas. En conjunto, pues, bien pode­mos suponer que, lo mismo en Frigia que en Europa, el representante del espíritu del grano moría violentamente todos los años en el campo de cosecha. Las pruebas de estas dos costumbres tan notables y estrecha­mente análogas son por entero independientes. Su coincidencia parece dar un nuevo argumento en favor de ambas.

A la cuestión de cómo era elegido el representante del espíritu del grano ya respondimos hace poco. Lo mismo la leyenda de Lityerses que las costumbres populares europeas nos enseñan que los forasteros tran­seúntes fueron considerados como manifestaciones del espíritu del grano que se escapaba de la mies segada o trillada, y como tales los agarraban y mataban. Pero ésta no es la única respuesta que nos sugieren la leyenda y las costumbres. De acuerdo con la leyenda frigia, las víctimas de Lityerses no eran simples transeúntes forasteros, sino personas que él vencía en un concurso de siega y, después, envolvía en gavillas y deca­pitaba. Esto nos induce a pensar que el representante del espíritu del grano pudo haber sido seleccionado por medio de una competencia en el campo de siega, en la que el competidor vencido estaba obligado a aceptar el mortal honor. La suposición está favorecida por las costumbres de recolección europeas. Hemos comprobado que en ocasiones en Euro­pa hay una pugna entre los segadores para no ser el último y que al vencido en esta competencia, es decir, al que cortaba la última mies, se le trataba con frecuencia en forma ruda; es verdad que no hemos encon­trado un simulacro de muerte, pero, en cambio, sí encontramos el simu­lacro de matar al que da el último golpe de mayal en la trilla, esto es, al que ha sido vencido en el concurso de trilla. Ahora bien, puesto que es en su carácter de representante del espíritu del grano como matan al trillador del último haz en simulacro y puesto que el mismo carácter representativo va unido (como vimos) tanto al segador y al atador como al trillador de la última gavilla, y como la misma repugnancia evidencian los peones a ser el último en cualquiera de esas labores, podemos su­poner que comúnmente se hizo el simulacro de matar tanto al segador y atador como al trillador de la última mies, y que en tiempos antiguos la occisión se efectuaba en realidad. La hipótesis es corroborada por la superstición generalizada de que están condenados a morir pronto todos los que sieguen el último haz. Algunas veces se piensa que la persona que ata el último haz en el campo morirá en el término de un año. La razón para fijar la representación del espíritu del grano sobre el segador, atador o trillador de la última gavilla, puede ser ésta: se supone que el espíritu del grano se guarece en la mies mientras puede, retrocediendo ante los segadores, atadores y trilladores en su faena. Cuando se le ex­pulsa violentamente de su refugio en el último haz segado, en el último haz atado o en el último haz trillado, tiene que asumir alguna otra

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forma que la de mies, que hasta entonces fue su vestidura o cuerpo. ¿Y qué forma puede asumir más naturalmente el expulsado espíritu del gra­no que la de la persona que está más cerca de él en el momento de la expulsión? La persona en cuestión tiene que ser forzosamente el segador, atador o trillador del último haz. Él o ella, por esta razón, es agarrada y tratada como si fuese el espíritu del grano mismo.

De este modo, la persona que mataban en el campo de recolección como representante del espíritu del grano pudo haber sido ya un tran­seúnte forastero, ya el labriego que se quedase el último segando, atando o trillando. Pero hay una tercera posibilidad que señalan las costumbres populares modernas y la leyenda antigua. Lityerses no sólo mataba foras­teros: él mismo fue muerto aparentemente del mismo modo que había matado a los demás, es decir, envuelto en una gavilla, decapitado y tirado al río después, lo que implícitamente se entiende que aconteció en sus propias tierras. De igual modo en las modernas costumbres de reco­lección, el simulacro homicida parece llevarse a cabo con tanta frecuencia en la persona del dueño de la tierra como en la de los forasteros. Ahora, si recordamos que se decía de Lityerses que era hijo del rey de Frigia y que en una de las relaciones él mismo es llamado rey, y si combinamos con esto la tradición de que fue muerto y evidentemente como repre­sentante del espíritu del grano, todo ello nos induce a suponer que nos encontramos ante otra huella de la costumbre de matar cada año a uno de estos reyes divinos o sacerdotales, de los que sabemos que tuvieron el gobierno espiritual en muchas partes del Asia Menor y especialmente en Frigia. Como hemos visto, la costumbre parece haber sido tan modi­ficada que en lugar del rey mataban al hijo del rey. En una de sus ver­siones al menos, la historia de Lityerses podría ser una reminiscencia de la costumbre así modificada.

Volviendo ahora a la relación entre el frigio Lityerses y el frigio Atis, podemos recordar que en Pessinos, centro de un reino sacerdotal, el gran sacerdote parece que era muerto cada año en el carácter de Atis, dios de la vegetación, y que este Atis fue descrito por una autoridad antigua como "segada espiga del grano". Así Atis, como personificación o encarnación del espíritu del grano, muerto anualmente por la violencia en la persona de su representante, puede pensarse que, en fin de cuen­tas, era idéntico a Lityerses, siendo este último simplemente el prototipo rústico del cual se desarrolló la religión estatal de Atis. Puede haber sido así, pero, por otro lado, la analogía de las costumbres populares europeas nos advierte que entre las mismas gentes puede haber dos deidades dis­tintas de la vegetación con sus representantes personales separados, siendo ejecutados ambos representantes en calidad de dioses en distintas épocas del año, pues en Europa ya hemos visto que es probable que mataran a un hombre en su carácter de espíritu del árbol en primavera y a otro en el de espíritu del grano en otoño. Así puede haber sucedido tam­bién en Frigia. Atis era especialmente un dios del árbol y su conexión con el grano puede haber sido sólo una extensión del poder de un espí-

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ritu arbóreo, como se señala en costumbres como "el mayo" de las cosechas. También el representante de Atis parece que era muerto en primavera, mientras que Lityerses debió ser muerto en otoño o en vera­no, según la época de la recolección en Frigia. En conjunto, pues aunque no tengamos base para considerar a Lityerses como el prototipo de Atis, podremos considerar a los dos como productos paralelos de la misma idea religiosa, que pueden haber estado relacionados entre sí como en Europa el "Viejo" de la recolección lo está con respecto al "Hombre Salvaje", el "Hombre del Follaje" y otros espíritus de la primavera. Am­bos fueron espíritus o deidades de la vegetación y a los representantes personales de ambos los mataban anualmente. Pero mientras el culto de Atis llegó a elevarse a la dignidad de religión de un estado y se extendió a Italia, los ritos de Lityerses creemos que nunca pasaron los límites de su nativa Frigia y siempre retuvieron su carácter de ceremonias rústicas celebradas por los campesinos en los campos de mieses. A lo más, se reunirían los habitantes de unas pocas aldeas, como entre los khondos, para procurarse una víctima humana que matar como representante del espíritu del grano y para beneficio común. Estas víctimas podrían ser elegidas de las familias de reyes sacerdotales o reyezuelos, lo que expli­caría el porqué del carácter legendario de Lityerses como hijo de un rey frigio o como rey él mismo. Cuando los pueblos no se reunieran así, cada aldea o alquería podría haberse procurado su propio represen­tante del espíritu del grano imponiendo la muerte a un transeúnte fo­rastero o predestinando a ella al gañán que segase, atase o trillase la última gavilla. Quizá en tiempos antiguos, la práctica de "cazar cabezas" como medio eficaz para fomentar el desarrollo de las mieses puede haber sido tan común entre los rudos habitantes de Europa 1 y de Asía Menor como lo es todavía 2 o lo era hasta tiempos recientes entre las primitivas tribus agrícolas de Assam, Birmania, Islas Filipinas y archipiélago ma­layo. Huelga decir que en Frigia, como en Europa, la antigua costum­bre bárbara de matar a un hombre en el campo de recolección o en la parva, sin duda se redujo a mero simulacro mucho tiempo antes de la época clásica, y que probablemente se consideró después por los sega­dores y trilladores nada más que como una broma pesada que la licencia

1 "En tiempos de Estrabón (siglo I), los irlandeses comían todavía carne hu-­


mana" (Víctor Bérard).

2 En el Chicago Sunday Tribune (29 de noviembre de 1942) se publicó un ar­-
tículo, ilustrado con fotografías, relativo a los "cazadores de cabezas" de las islas Salo-­
món, que todavía existen a pesar de que el gobierno australiano emplea todos los me­
dios para suprimirlos; el autor del artículo sostiene que su canibalismo es ritual, no una
clase de dieta. Y en el P. M. Daily (28 de noviembre de 1942) se insertó un relato
de Walter Brigs sobre su viaje por la frontera septentrional indobirmana. Dice: "Acabo
ahora de regresar de un viaje de cinco días. . . cerca de una aldea de la tribu Naga,
cuyo Ang (jefe) me mostró orgullosamente su colección de unas setenta cabezas..."
Podemos comprobar que la referencia que da el autor de esta obra, sir J. G. Frazer,
aunque anterior en más de 40 años, sigue siendo una triste realidad, precisamente entre
los nagas del Brahmaputra.

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de una recolección casera les permitía gastar a un transeúnte forastero, a un compañero de cuadrilla o incluso al mismo amo.

Nos hemos extendido tanto en la canción de Lityerses porque de­para muchos puntos de comparación con las costumbres populares euro­peas y salvajes. Los otros cantos de recolección del Asia Menor y de Egipto, sobre los que hemos llamado la atención antes, pueden exami­narse ahora mucho más brevemente. La similitud del Bormos bitinio con el Lityerses frigio ayuda a corroborar la interpretación que se ha dado del último. Bormos, cuya muerte o más bien desaparición se lamentaba anualmente por los segadores en un cántico quejumbroso, fue como Li­tyerses, hijo de rey o por lo menos hijo de un poderoso y distinguido señor. Los segadores que él vigilaba mientras estaban afanados en sus tareas en los campos le vieron marchar en busca de agua para ellos, pero desapareció; según una versión de la leyenda, lo arrebataron las ninfas, sin duda las ninfas del manantial, laguna o río adonde fuese a sacar agua. Vista a la luz de la leyenda de Lityerses y de las costumbres populares europeas, esta desaparición de Bormos puede ser una reminiscencia de la costumbre de envolver al propio labrador en una gavilla y arrojarle al agua. La triste melodía que cantaban los segadores era probablemente una lamentación por la muerte del espíritu del grano muerto al segarlo o en la persona de un representante humano, y el llamamiento que le dirigían pudo ser un ruego para que volviera con renovado vigor al si­guiente año.
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