Sir james george frazer la rama dorada



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1 Trillar sobre su cuerpo nos parece algo fuerte, pero no es error de traducción: • • . it is threshed upon his body". Debe tratarse de una pantomima.

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o al menos se practicaba hace veinticinco años. La tarea estaba a cargo de las mujeres, que se arrojaban sobre el propietario, le sujetaban los brazos, piernas y cuerpo, le tiraban al suelo y le extendían sobre la última gavilla. Entonces hacían como si le atasen a ella y le dictaban las con­diciones que tenía que cumplir en la cena de la recolección; si las acep­taba, le soltaban y le permitían levantarse. En Brie, Ile-de-France, cuando alguien que no pertenecía a la finca pasaba por el campo de recolección los segadores trataban de darle caza y si le atrapaban, le ataban a una gavilla y uno tras otro todos los segadores le daban un mordisco en la frente gritándole: "Usted se llevará la llave del campo". "Tener la lla­ve" es una expresión usada por los labriegos en cualquier parte en el sentido de segar, trillar o atar la última gavilla; por esto es equivalente a las frases: "tener el viejo", "ser el viejo", que se dirigen al segador, trillador o agavillador del último haz. Además, cuando un extraño, como en Brie, es enfardado en una gavilla y le dicen que "se llevará la llave del campo", es tanto como decirle que él es el viejo, o sea una perso­nificación del espíritu del grano. En la recolección del lúpulo, si un extraño bien vestido entra en el terreno del lúpulo que están recogiendo, las mujeres le sujetan, le tumban y le meten en el cajón de los frutos, cubriéndolo con hojas, y no le libertan hasta que no ha pagado una multa. De este modo, y a semejanza del antiguo Lityerses, los segadores europeos modernos han tenido la costumbre de apoderarse del paseante forastero y atarle dentro de una gavilla; no es de esperar que completen el paralelo cortándole la cabeza, pero si no toman medidas tan extremas, su lenguaje y sus gestos indican por lo menos el deseo de hacerlo. Por ejemplo, en Mecklemburgo, si el amo, el ama o un extraño entra en el campo o solamente pasa por delante durante el primer día de la siega, todos los segadores se le quedan mirando y afilan sus guadañas o dalles, chocan sus piedras de amolar contra el acero todos a compás y hacen ademanes de segar. Entonces la mujer que guía a los segadores se acerca al visitante y le ata una banda de paja en el brazo izquierdo. Deberá rescatarse pagando una multa. Cerca de Ratzeburgo, cuando el dueño u otra persona de viso entra en el campo o pasa por allí, todos los peones paran su trabajo y marchan hacia el intruso en un solo grupo llevando al frente a los segadores con sus guadañas. Cuando ya están cerca, se forman en una línea hombres y mujeres, los hombres clavan en el suelo el mango de la guadaña como cuando la van a afilar, después se quitan sus gorros y los cuelgan de las guadañas, mientras el capataz se adelanta y pronuncia una alocución. Cuando ha terminado, todos a una y rítmi­camente asientan los filos de sus guadañas y se ponen el gorro. Dos de las mujeres agavilladoras se adelantan, una ata al amo o forastero (según el caso) con espigas o con una banda de seda y la otra recita una dedica­toria en verso. Las que aquí damos son ejemplos de estas peroratas. En algunas partes de Pomerania, cada paseante es detenido en su camino por una maroma de paja que le cierra el paso. Los segadores forman un círculo a su alrededor y afilan sus dalles mientras el capataz dice:

OCCISIÓN DEL ESPÍRITU DEL CEREAL 491



Los hombres están prontos,

los detalles están prestos,

el grano es grande y pequeño: hay que segar al caballero.

Entonces vuelven a afilar los dalles. En Ramin, distrito de Stettin, los segadores rodean al forastero y le dicen:



Golpearemos al caballero

con nuestra espada desnuda

con la que segamos prados y rnieses

y también príncipes y señores.

Los labriegos siempre tienen sed:

si el caballero convida a cerveza y aguardiente,

pronto terminaremos la broma;

pero si no acepta nuestra súplica,

la espada tiene el derecho de pegar.

También en las eras se considera a los forasteros como personificaciones del espíritu del grano y se les trata en consecuencia. En Wiedingharde, Schleswig, cuando un forastero llega a una era le preguntan: "¿Le en­seño el baile del mayal?" Si dice que sí, le ponen alrededor del cuello los dos trozos del mayal como si fuera una gavilla y después los aprietan tanto que falte poco para hacerle perder el sentido. En algunas parro­quias de Wermland, Suecia, cuando un forastero entra en la era donde están trabajando le dicen: "Le vamos a enseñar el canto de la trilla" y le ponen un mayal rodeando el cuello y una soga de paja liada al cuerpo. También, como ya hemos visto, si una mujer extraña entra en la era, los trilladores le ponen un mayal alrededor del cuerpo y una guirnalda de espigas al cuello y exclaman: "Mirad a la mujer del grano. ¡Ved! Así es la virgen del grano".



Vemos que en estas costumbres de recolección en la Europa mo­derna la persona que siega, ata o trilla el último haz es tratada como una personificación del espíritu del grano, envolviéndola en gavillas, si­mulando su occisión con los útiles agrícolas y arrojándole agua o al agua. Estas coincidencias con la fábula de Lityerses nos parecen probar que esta última es la descripción auténtica de una antigua costumbre frigia en la recolección. Pero como en las costumbres modernas la occisión del representante personal del espíritu del cereal es omitida necesariamente o todo lo más representada en simulacro, será conveniente mostrar que en las sociedades humanas no civilizadas se han sacrificado a menudo a seres humanos en ceremonias agrícolas para promover la fertilidad de los campos. Los ejemplos que siguen aclararán esto.

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3. sacrificios humanos para las cosechas

Los indios de Guayaquil, en Ecuador, acostumbraban a ofrendar sangre humana y corazones de personas cuando sembraban sus campos. El pueblo de Cañar (ahora Cuenca), en el Ecuador, verificaba el sacri­ficio de un centenar de niños anualmente en la recolección. Los reyes de Quito (?), los incas del Perú y por mucho tiempo los españoles fue­ron impotentes para suprimir el rito sangriento. En el festival mexicano de la recolección, cuando se ofrecían las primicias de la tierra al sol colocaban a un criminal entre dos enormes piedras que balanceaban en sentido contrario y que al chocar aplastaban entre ellas al cautivo cuyos restos se enterraban, después de lo cual celebraban un festín y un baile. Este sacrificio se conocía con el nombre de "el encuentro de las piedras". Hemos visto ya también que los mexicanos sacrificaban seres humanos en los diversos períodos del crecimiento del maíz, correspondiendo la edad de la víctima a la del grano, pues sacrificaban niños recién nacidos al sembrar, niños crecidos cuando el grano había brotado y así sucesiva­mente hasta que el grano estaba maduro y entonces sacrificaban ancia­nos. No es dudoso que la correspondencia entre la edad de las víctimas y el estado del maíz se creyera que aumentaba la eficacia del sacrificio. Los indios pawnees sacrificaban anualmente una víctima humana en primavera cuando sembraban sus campos. Creían que este sacrificio ha­bía sido ordenado por la estrella matutina o por un ave que enviara la estrella matutina como mensajera suya. El ave estaba disecada y conser­vada como un talismán poderoso. Pensaban que una omisión de este sacrificio sería seguida de un completo fracaso en las cosechas de maíz, frijoles y calabazas. La víctima era un cautivo de cualquier sexo. La revestían del más alegre y espléndido atavío, la alimentaban con los man­jares más escogidos y la tenían cuidadosamente ignorante de su' destino final. Cuando estaba bien nutrida, ataban la víctima a una cruz, en presencia de la multitud, bailaban una danza solemne, le hendían la cabeza con una hacha de guerra y la asaeteaban. Según un viajante, las mujeres cortaban después trozos de carne de la víctima y con ellos engrasaban las azadas; pero esto lo niega otro viajero que fue testigo presencial de la ceremonia. Inmediatamente después del sacrificio, la gente procedía a plantar sus campos. Se ha conservado el relato parti­cular del sacrificio de una joven sioux por los pawnees en abril de 1837 ó 1838. La muchacha tenía catorce o quince años de edad y fue guar­dada y bien tratada durante seis meses. Dos días antes del sacrificio fue llevada de wigwam en wigwam,1 acompañada por todo el consejo de. jefes y guerreros. En cada morada recibía un trocito de madera y un poco de pintura que entregaba el guerrero más próximo a ella; de este modo iba llamando a todos los wigwams y en todos ellos recibía el mismo obsequio

1 Tienda arqueada de Norteamérica, en el este, y cónica en el oeste, que sirve de vivienda desmontable.

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de maderitas y pintura. El 22 de abril fue conducida al sacrificio acom-añada de todos los guerreros, cada uno de los cuales llevaba dos trocitos de madera de los recibidos de sus manos. Su cuerpo estaba pintado por mitad de rojo y negro y la ataron a una especie de horca asándola a fuego lento por algún tiempo; después la mataron a flechazos. El jefe de los victimarios le arrancó el corazón y lo devoró; mientras su carne estaba todavía tibia la separaron de los huesos y la cortaron en trocitos que pusieron en cestas y transportaron al campo de maíz cercano. Allí, el jefe supremo cogió un trozo de carne de una de las cestas pequeñas y estrujándolo dejó caer unas gotas de sangre sobre los granos recién depo­sitados en el surco. Su ejemplo fue seguido por los demás hasta que toda la semilla fue rociada de sangre y después la cubrieron de tierra. Según una relación, el cuerpo de la víctima fue reducido a una especie de masa con la que frotaron o salpicaron no sólo el maíz, sino también las patatas, los frijoles y otras semillas para fertilizarlas. Por medio de este sacrificio esperaban obtener cosechas abundantes.

Una reina del oeste africano acostumbraba sacrificar un hombre y una mujer en el mes de marzo. Los mataban con azadas y layas y ente­rraban sus cadáveres en medio de un campo recién labrado. En Lagos, Guinea, era costumbre anual empalar a una muchacha viva inmediata­mente después del equinoccio de primavera, con el propósito de asegu­rar buenas cosechas. A la vez que a ella, sacrificaban ovejas y cabras y las colgaban en estacas a cada lado junto con ñames, mazorcas de maíz y plátanos. La víctima era cuidada en el serrallo del rey y su mente es­taba tan poderosamente sugestionada por los sacerdotes de los fetiches que iba alegre a su destino. En Benin, Guinea, ofrecían un sacrificio, pa­recido anualmente. Los marimas, tribu bechuana, sacrifican un ser hu­mano para las cosechas. La víctima escogida suele ser un hombre de poca estatura pero fornido. Le aprisionan por la violencia o emborrachándole y le llevan a un sembradío, donde lo matan entre los trigos para que sirva como "semilla" (así dicen ellos). Después que su sangre se ha coagulado al sol, la queman junto con el frontal, la carne adherida a él y los sesos, esparciendo después sus cenizas para fertilizar el suelo; todo el resto del cuerpo se lo comen.

Los bagobos de Mindanao, una de las islas Filipinas, ofrendan un sacrificio humano antes de sembrar el arroz. La víctima es un esclavo que matan a hachazos en el bosque. Los nativos bontoc, en el interior de Luzón, Filipinas, son apasionados cazadores de cabezas. Sus épocas principales para la caza de cabezas son las de replantar y segar el arroz. Para que la cosecha sea buena se precisa que cada arrozal reciba por lo menos una cabeza humana en la replantación y otra en la siembra. Los cazadores de cabezas salen en grupos de dos o tres, esperan emboscados la víctima, hombre o mujer, le cortan la cabeza, las manos y los pies y vuelven precipitadamente a la aldea, donde se les recibe con gran ale­gría. Primero dejan expuestos los cráneos en las ramas de dos o tres árboles secos que se yerguen en un espacio abierto de la aldea, rodeados

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de grandes piedras que sirven de asientos. Las gentes bailan alrededor comen y beben. Cuando el cráneo ha quedado mondo de carne, el que lo cortó se lo lleva a su casa y lo conserva como una reliquia, mientras sus compañeros hacen lo mismo con las manos y los pies cortados. Pa­recidas costumbres se observan entre los apoyaos, otra tribu del interior de Luzón.

En una de las muchas tribus salvajes que habitan en las profundi­dades de las escarpadas y laberínticas cañadas que serpentean las mon­tañas del rico valle del Brahmaputra, la tribu Lhota Naga, tienen por costumbre arrancar la cabeza, las manos y los pies de la gente que en­cuentran para clavar las extremidades separadas en sus campos a fin de asegurar una buena cosecha de grano. No tienen mala voluntad a las personas a quienes tratan de esta manera algo irrespetuosa. Una vez desollaron vivo a un muchacho, le trincharon en pedazos y distribuyeron su carne entre todos los aldeanos, que la pusieron dentro de sus arcones de grano, para conjurar la mala suerte y asegurarse abundantes cose­chas de grano. Los gondos de la India, una de las razas dravídicas, robaban muchachos brahmanes y los reservaban para víctimas que sacrificar en las diversas ocasiones; en la siembra y en la siega, después de una procesión triunfal, mataban a uno de estos mancebos con una lanza envenenada. Su sangre era después asperjada sobre el campo arado o la mies madura y su carne devorada. Los oraons o uraons de Chota Nagpur rinden culto a una diosa llamada Anna Kuari, que puede conceder buenas cosechas o hacer a un hombre rico, mas para inducirla a que lo haga es necesario ofrecerle sacrificios humanos. A pesar de la vigilancia del gobierno inglés, se dice que estos sacrificios se hacen todavía, aunque secretamente. Las víctimas son pobres niños abandonados y perdidos cuya desaparición no llama la atención de nadie. Abril y mayo son los meses en que estas fieras están al acecho y en esa época los extranjeros no deben andar solos por el país ni los padres permitir que sus hijos entren en la selva o pas­toreen. Cuando un cazador gondo ha encontrado una víctima, le corta la garganta y se lleva la falange del dedo anular y la nariz. La diosa entonces establece su morada en la casa del que le ha ofrendado un sacri­ficio de éstos y desde entonces sus campos producen una cosecha doble. La forma que ella asume en la casa es la de uno de sus pequeños ani-malejos. Cuando el labrador trae a casa su arroz sin descascarillar, coge a la diosa y la hace rodar por el montón para doblar su cantidad. Ella se inquieta pronto y sólo es posible apaciguarla con la sangre de nuevas víctimas humanas.

Pero los casos que mejor conocemos de sacrificios humanos ofrecidos sistemáticamente para afirmar buenas cosechas son los de los khondos o kandhos, otra raza dravídica de Bengala. Nuestro conocimiento de ellos se deriva de los relatos escritos por oficiales británicos que, hacia la mi­tad del siglo xix, estuvieron encargados de acabar con tales sacrificios. Se ofrecían a la diosa tierra, Tari pennu o Bera pennu, y creían que aseguraban buenas cosechas y la inmunidad para toda clase de enfer-

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medades y accidentes. En particular, se consideraban necesarios en el cultivo de la cúrcuma, y los khondos argüían que la cúrcuma no podría tener color rojo subido sin derramar sangre. La víctima o meriah, como la llamaban, sólo era aceptable para la diosa si había sido comprada o había nacido víctima, es decir, si era hijo de un padre víctima o que hubiera sido consagrado cuando niño por su padre o tutor. Los khondos en desgracia era frecuente que vendieran sus criaturas como víctimas, "considerando segura la beatificación de sus almas, y su muerte en bene­ficio del género humano la más honorable posible". En cierta ocasión se vio a un hombre de la tribu Panua llenar de maldiciones a un khondo y finalmente escupirle en la cara porque éste había vendido como víctima a su propia hija, con la que el panua deseaba casarse. Un grupo de khondos que vio esto, se adelantó para consolar al vendedor de su hija, diciendo: "Tu hija ha muerto para que todo el mundo pueda vivir y la misma diosa tierra enjugará la saliva de tu cara".

Con frecuencia retenían a las víctimas años enteros antes de sacri­ficarlas. Estando consideradas como seres sagrados, las trataban con extremo afecto, mezclado de respeto, y eran bien recibidas en todas partes. Al llegar a su madurez un joven meriah, le daban una esposa, que usualmente era también meriah o víctima. Y con ella recibía una parte de tierras y ganado. Sus hijos eran también víctimas. Los sacrifi­cios humanos se ofrecían a la diosa tierra por tribus, ramas de tribus o aldeas, lo mismo en los festivales periódicos que en las ocasiones extraor­dinarias. Los sacrificios periódicos generalmente se disponían por tribus y divisiones de tribus, de modo que a cada cabeza de familia le fuera dable procurarse, a lo menos una vez al año, alguna piltrafa de carne para sus tierras, por lo general hacia la época en que se sembraba la cosecha principal.



El modo de verificarse estos sacrificios tribales era como sigue. Diez o doce días antes del sacrificio, la víctima era consagrada cortándola el cabello, que hasta entonces había mantenido intacto. Multitudes de hombres y mujeres se congregaban para atestiguar el sacrificio; nadie podía excluirse, puesto que se declaraba que el sacrificio era para toda la humanidad. Iba precedido de varios días de orgía salvaje y obscena las­civia. El día antes del sacrificio se vestía a la víctima con nuevas vesti­duras y se la llevaba por la aldea en procesión solemne con músicas y bailes, hasta el bosque Meriah, grupo de grandes árboles selváticos no tocados jamás por el hacha y situado a poca distancia de la aldea. Allí la ataban a un poste que en ocasiones se colocaba entre dos arbustos sankissar, la ungían con aceite, manteca clarificada y cúrcuma y la ador­naban con flores. Durante todo el día venían gentes a hacerle "una especie de reverencias que no eran fáciles de distinguir de la adoración". Se entablaba un gran forcejeo para obtener la más pequeña reliquia de su persona; una partícula de la pasta de cúrcuma con que había sido embadurnada o una gota de saliva se estimaba de virtud soberana, espe­cialmente por las mujeres. La muchedumbre bailaba alrededor del poste

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y al son de músicas, y decían a la tierra: "¡Oh diosa, nosotros te ofre­cemos este sacrificio; danos tú buenas cosechas, buen tiempo y salud!" Después se dirigían a la víctima: "Nosotros te compramos por una suma y no te robamos; ahora te sacrificamos siguiendo la costumbre y no tenemos culpa alguna".

En la última mañana, las orgías, que apenas si se habían interrum­pido por la noche, se reanudaban y continuaban hasta mediodía, en que cesaban, y la reunión procedía a consumar el sacrificio. Ungían de nuevo a la víctima con grasa y todas las personas tocaban la parte ungida y se limpiaban la grasa en la cabeza. En algunos lugares llevaban a la víctima en procesión por la aldea, de puerta en puerta, donde unos arrancaban pelo de su cabeza y otros le rogaban que les concediera el don de un escupitajo, una sola gota con que untarse la cabeza. Como la víctima no podía ser atada ni mostrar resistencia, la rompían los huesos de los brazos y a veces, si era necesario, también los huesos de las piernas, mas por lo general esta precaución resultaba innecesaria si la intoxicaban con opio. El modo de matarla variaba según los lugares. Lo más común era la estrangulación o la sofocación. Hendían una rama verde como medio metro e insertaban el cuello de la víctima (en otros lugares el pecho en la hendidura, que el sacerdote, con todo su vigor reforzado con el de sus ayudantes, se esforzaba en juntar. Después hería a la víctima ligera­mente con su hacha y en cuanto lo hacía, la muchedumbre se precipitaba sobre el desventurado, separaban su carne de los huesos y dejaban intac­tas sólo las tripas y la cabeza. Otras veces era disecado vivo. En Chinna Kimedy le arrastraban por los campos rodeado por la multitud que, evi­tando su cabeza e intestinos, tajaba su carne del cuerpo con sus cuchillos hasta matarle. Otro modo vulgar de sacrificio en el mismo distrito con­sistía en atar la víctima a la trompa de un elefante de madera que daba vueltas sobre un pivote colosal y mientras giraba, la multitud a su alre­dedor cortaba pedazos de carne de la víctima, aún viva. En algunas aldeas, el mayor Campbell encontró, hasta catorce de estos elefantes que habían sido usados en los sacrificios. En un distrito, la víctima era con­denada a morir a fuego lento. Hacían un tablado bajo con inclinación a ambos lados formando doble vertiente, como un tejado, y sobre él ten­dían a la víctima atando con cuerdas las extremidades para reducir sus esfuerzos. Encendían hogueras y le arrimaban ramas encendidas alterna­tivamente, para hacerle rodar de un lado'a otro por las vertientes durante el mayor tiempo posible; cuantas más lágrimas derramase, más abundan­tes serían las lluvias. Al día siguiente, despedazaban el cadáver.
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