Sir james george frazer la rama dorada



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su matriz. Un antiguo griego ladrón o escalador pensaba que podría silenciar y poner en fuga a los perros guardianes más fieros si llevaba un tizón recogido de una pira funeraria. También algunas mujeres servias y búlgaras, disgustadas con las restricciones de la vida doméstica, recogen las monedas de cobre puestas sobre los párpados de un cadáver y las lavan con vino o agua y dan después a beber el líquido a sus maridos. Después de tragarlo, los maridos quedarán tan ciegos para los pecadillos de sus mujeres como el muerto de cuyos ojos se tomaron las monedas.

Suele pensarse, además, que los animales poseen cualidades o pro­piedades que pueden ser útiles al hombre, y la magia homeopática o imitativa trata por diversos medios de comunicar estas propiedades a los seres humanos. Así algunos behuanas llevan como amuleto un hurón, pues siendo este animal tan tenaz para vivir, hará difícil que les maten a ellos. Otros llevan un insecto especial, mutilado pero vivo, con igual propósito. Otros guerreros behuanas llevan el pelo de un buey mocho entre su propio cabello, y la piel de una rana en su capa, a causa de ser la rana tan escurridiza y el buey sin cuernos tan difícil de sujetar; de esta guisa, el que va provisto de tales amuletos cree que será tan difícil de aprisionar como la rana y el buey. 'También parece lógico que un gue­rrero sudafricano que lleva entre los rizos de sus ensortijados cabellos mechones de pelo de rata tendrá tantas más probabilidades de eludir la lanza enemiga cuantas tiene la ágil rata para hurtarse a las cosas que se le tiran; por esta razón, en dichas regiones el pelo de rata tiene gran demanda cuando se espera que estalle la guerra. Uno de los antiguos libros de la India prescribe que cuando se ofrezca un sacrificio para con­seguir la victoria, la tierra con la que se haga el altar se recoja del lugar donde un jabalí haya estado revolcándose, pues la fuerza del jabalí estará en esta tierra. Cuando se toca un rabel de una sola cuerda y los dedos están torpes, no hay más que capturar unas arañas patilargas de campo, quemarlas y frotarse los dedos con sus cenizas: esto hará los dedos flexi­bles y diestros como las patas de las arañas; al menos así lo creen los galelareses. Para conseguir que regrese el esclavo fugitivo, un árabe traza un círculo mágico en el suelo, clava en el centro una estaquilla y de un hilo ata a la estaca un escarabajo, cuidando de que sea del mismo sexo que el fugitivo. Como el escarabajo da vueltas y más vueltas, se irá enrollando el hilo a la estaquilla, acortándose cada vez y acercando el insecto al centro del circuito. Así, por virtud de la ma­gia homeopática, el esclavo fugitivo se verá impulsado a volver hacia su amo.

Entre las tribus occidentales de la Nueva Guinea británica, el hom­bre que mata una serpiente, la quema y con las cenizas se tizna las piernas cuando va a la selva: ninguna serpiente le morderá durante bas­tantes días. Si un esclavo del sur se propone hurtar o robar en un mer­cado, no tiene más que quemar un gato ciego y arrojar después una pul­garada de sus cenizas sobre la persona con quien está en regateos; una

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vez hecho eso puede quitarle lo que quiera de su tenderete sin que el dueño se dé cuenta de nada por estar tan ciego como el gato muerto con cuyas cenizas fue espolvoreado. Y encima, el ladrón le dirá con sorna: "¿Te lo pagué?", a lo que el vendedor burlado contestará: ''¡Pues claro!" Igualmente sencillo y eficaz es el expediente adoptado por los nativos de la Australia central que desean ser barbudos. Con una piedra aguzada se pinchan por toda la barbilla, golpeándose después cuidado­samente con una varita mágica que representa a una clase de ratas que tiene los bigotes muy largos. La virtud de estos largos pelos pasa na­turalmente a la varita o piedra mágica y desde ésta, por una traslación fácil, a la barbilla, que consecuentemente se adorna pronto de una abun­dante barba. Los griegos de la Antigüedad creían que comiendo carne del insomne ruiseñor impedirían dormir al que así lo hiciera; que untando los ojos de un legañoso con la bilis de un águila, se le daría vista de águila, y que los huevos de cuervo devolverían a las canas la negrura del ave, con la sola precaución, cuando una persona adoptase este modo de encubrir los estragos de la edad, que retuviera cuidado­samente en la boca una gran buchada de aceite mientras embadurnaba con huevo sus venerables rizos, pues de lo contrario sus clientes, al igual que su pelo, se teñirían del negro de cuervo y ningún fregado ni lim­pieza podría devolverles su blancura. El restaurador de cabello resul­taba un tinte demasiado poderoso y en su aplicación podía irse dema­siado lejos.

Los indios huicholes admiran los bellísimos dibujos del lomo de las serpientes, y por esto, cuando una mujer va a tejer o bordar, su marido caza una serpiente grande y la sujeta con un palo hendido mientras la mujer la acaricia con la mano a todo lo largo del lomo; después se toca con la misma mano la frente y los ojos, poniéndose así en condiciones de hacer tan bellísimos trabajos en el tejido como los dibujos del dorso de la serpiente.

Conforme al principio de la magia homeopática, las cosas inani­madas, del mismo modo que las plantas y los animales, pueden difundir beneficios o daños a su alrededor de acuerdo con su propia naturaleza intrínseca y la maestría del brujo para hacer fluir o represar, según el caso, las bienandanzas o calamidades. En Samarcanda las mujeres dan azúcar cande a los niños para que la chupen y les ponen goma en la palma de la mano para que, cuando mayores, sus palabras sean dulces y las cosas de valor se peguen a sus manos como si estuvieran engo­madas. Los griegos pensaban que una prenda de vestir hecha con lana de oveja que hubiera sido mordida por un lobo perjudicaría al que la vistiera, produciéndole picor o irritación en la piel. También creían que si una piedra mordida por un perro era arrojada al vino, quienes lo bebie­sen regañarían entre sí. Entre los árabes del Moab una mujer sin hijos pide prestada con frecuencia la ropa de otra que ha tenido muchos hijos, en la confianza de que con el vestido adquirirá la fertilidad de su

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dueña. Los cafres de Sofala, en el África Oriental, temían sobremanera ser golpeados con algo hueco, como una caña o paja, y preferían serlo con un grueso garrote o una barra de hierro, aunque se les hiciera mu­cho daño. Pensaban que a un hombre golpeado con cualquier cosa hueca se le disiparía el interior del cuerpo hasta morirse. En los mares orientales existen unas conchas grandes de molusco que los bugineses de Célebes llaman el "hombre viejo" (kadjâwo). En viernes vuelcan boca abajo las conchas de este molusco en el umbral de sus casas cre­yendo que quienquiera que pase el umbral llegará a viejo. En la inicia­ción de un brahmán, el muchacho pisa una piedra con el pie derecho y mientras le dirigen las siguientes palabras: "Pisa esta piedra; sé tan firme como ella". Y la misma ceremonia con las mismas palabras se efectúa en el casamiento de una novia brahmán. En Madagascar, con objeto de contrarrestar la inconstancia de la suerte, entierran una piedra al pie del poste principal de la casa. La costumbre general de jurar sobre una piedra pudiera hallarse fundada en parte en la creencia de que la robustez y estabilidad de la piedra presta ratificación al jura­mento. Así, el antiguo historiador danés Saxo Grammatico nos dice que "los antiguos, cuando estaban eligiendo un rey, se colocaban sobre pie­dras puestas en el suelo, para votar, simbolizando así, con la persistencia de las piedras, la firmeza del voto".

Al mismo tiempo que se supone una eficacia mágica en general a todas las piedras por razón de sus propiedades comunes de peso y solidez, se atribuyen virtudes mágicas especiales a ciertas piedras o clases de piedras de acuerdo con sus cualidades individuales o específicas de for­ma y color. Por ejemplo, los indios del Perú empleaban ciertas piedras para aumentar las cosechas del maíz, otras para mejorar las cosechas de patatas y aun otras para que el ganado se reprodujese. Las piedras que usaban para hacer crecer el maíz tenían una forma semejante a las ma­zorcas y las piedras destinadas a multiplicar el ganado, la forma de una oveja.

En algunas partes de la Melanesia se conserva la creencia de que ciertas piedras sagradas están dotadas de virtudes milagrosas que corres­ponden en su modo de ser a la forma de las piedras: así, un trozo de coral desgastado por la arena de la playa presenta con frecuencia un parecido sorprendente al fruto del árbol del pan. Por esto, en las islas Banks, el hombre que encuentra un trozo de coral de éstos, lo coloca entre las raíces de sus árboles del pan, esperando que el árbol produz­ca más frutos. Si el resultado corresponde a- sus esperanzas, mediante una remuneración adecuada, recoge de otros poseedores de piedras las de carácter menos marcado y las pone cerca de la suya con el designio de que se transmita a ellas la virtud mágica de la que él tiene. De modo semejante, una piedra que tiene marcas a modo de discos o círculos es útil para atraer moneda, y si alguno encuentra una gran piedra con otras numerosas y pequeñas, debajo, como si se tratase de una cerda y su

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lechigada, es seguro que la ofrenda de monedas sobre aquélla le atraerá cerdos. En estos casos y otros parecidos, los melanesios adscriben el maravilloso poder no a la piedra misma, sino al espíritu que mora en ella, y en ocasiones, como las que acabamos de ver, el hombre intenta propiciarse al espíritu dejando ofrendas sobre la piedra. Mas el concepto de espíritus que deben ser propiciados sale de la esfera de la magia y entra en la de la religión. Cuando se encuentra tal concepto, como en este último caso, en conjunción con las simples ideas y prácticas mágicas, podemos suponer, por lo general, que estas últimas son el tronco ori­ginario en el que se han injertado posteriormente los conceptos religio­sos. Hay fuertes razones para pensar que, en la evolución del pensa­miento, la magia precedió a la religión. Volveremos a este punto más tarde.

Los antiguos estimaron en mucho las cualidades mágicas de las piedras preciosas: es más, se ha sostenido, con grandes apariencias de razón, que las piedras de esta clase se usaron como amuletos mucho antes que con fines de ornamentación. Los griegos dieron el nombre de árbol ágata a la piedra que muestra arborescencias y creyeron que si ataban dos de estas piedras a los cuernos de los bueyes de arado, la cosecha sería seguramente magnífica. También reconocían que una piedra lechosa produciría abundante leche en las mujeres si las bebían disueltas en aguamiel. Piedras de leche son usadas aún con el mismo propósito por las mujeres griegas de Creta y Melos. En Albania las madres lactantes llevan piedras de esta clase para asegurar una abun­dante "subida de leche". Los griegos creían además en una piedra serpentina; para probar su eficacia sólo había que pulverizarla y poner el polvo en la mordedura.

La amatista color vino recibió su nombre, que significa "no bo­rracho", a causa de suponerse que mantenía sobrio al que la llevase, y cuando dos hermanos deseaban vivir juntos se les aconsejaba que lle­vasen consigo piedra imán, pues atrayendo a los dos, sin duda evitaría que regañasen.

Los libros antiguos de los hindúes dictan como regla que los recién casados, en el anochecer del día de su matrimonio, deben sentarse juntos y en silencio hasta que empiecen a titilar las estrellas en el cielo, y cuando aparezca la estrella Polar, él se la señalará a ella y, dirigiéndose a la estrella, dirá: "Tú estás fija, te veo, la Inmóvil. Sé firme para mí, ¡oh Próspera!" Y después, volviéndose hacia su mujer, deberá decir: "Me has sido dada por Brihaspati: ten hijos de mí, tu marido; vive conmigo cien otoños". La intención de la ceremonia es claramente guardarse contra los reveses de la fortuna y la inconstancia de la felicidad terrenal, por la influencia inmutable de la estrella fija. Es el deseo expresado en el último soneto de Keats.

Estrella brillante, yo querría ser inmutable como tú fija,

no en el esplendor solitario colgada en lo alto de la noche.

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Los que habitan junto al mar no pueden menos de sentirse impre­sionados a la vista del incesante flujo y reflujo, que los lleva, dados los principios de la ruda filosofía de la atracción y semejanza que aquí nos ocupa, a trazar una relación sutil, una secreta armonía entre las mareas y la vida del hombre, de los animales y de las plantas. En la marca creciente ven ellos no sólo un símbolo, sino una causa de exuberancia, de prosperidad y de vida, mientras que en la marea menguante discier­nen tanto un agente verdadero como un emblema melancólico de decai­miento, debilidad y muerte. Los campesinos bretones imaginan que el trébol sembrado cuando la marea sube crecerá bien, pero si se siembra con marea baja o que está bajando, la planta nunca madurará y las vacas que lo pasten reventarán. Sus mujeres creen que la mejor manteca se hace cuando la marca empieza a subir, que la leche que da espuma en la mantequera sigue dando espuma hasta la hora en que la marea alta ha pasado y que el agua sacada del pozo o la leche extraída de la vaca mientras la marea crece subirá en la olla o pote y se derramará sobre el fuego. Según algunos antiguos, las pieles de las focas, aun después de desolladas, mantenían una secreta simpatía con el mar y sostenían que aun se arrugaban cuando bajaba la marca. Otra creencia antigua, atribuida a Aristóteles, era que ningún ser viviente podía morir más que durante la marea baja. Esta creencia, si Plinio es veraz, estaba confir­mada por la experiencia, en cuanto a los seres humanos, en las costas de Francia. Filostrato también nos asegura que en Cádiz los agonizan­tes no exhalaban su espíritu mientras la marea estaba alta. Semejante fantasía se prolonga todavía en algunos lugares de Europa. En la costa cantábrica creen que las personas que mueren de alguna enfermedad aguda o crónica expiran en el momento en que la marea empieza a bajar. En Portugal, a todo lo largo de la costa de Gales y en algunas partes de la costa bretona, se asegura que prevalece la creencia de que los nacimientos se verifican cuando sube la marea y de que mucre la gente cuando está bajando. Dickens atestigua la existencia de esta misma su­perstición en Inglaterra. "La gente no puede morir en la costa —dice Pegotty— excepto cuando está en baja marea. Y no puede nacer hasta la alta marea, ni nacer bien hasta la pleamar". La creencia de que la mayoría de los fallecimientos acontece en marca baja se asegura que persiste a todo lo largo de la costa oriental de Inglaterra, desde Nor-thumberland a Kent. Shakespeare debía estar familiarizado con ello, pues hace morir a Falstaff "precisamente entre doce y una, al cambiar la marea". Volvemos a encontrar esta creencia en la costa norte­americana del Pacífico, entre los haidas. Siempre que un buen haida está cercano a la muerte, tiene la visión de una canoa manejada por algunos de sus amigos fallecidos que llega con la marea para invitarle a ir al país de los espíritus. "Vente ahora con nosotros —le dicen—, pues la marca está próxima a bajar y debemos partir". En Port Stephens, en Nueva Gales del Sur, los nativos entierran siempre a sus muertos

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cuando sube la marca, nunca cuando está bajando, por temor de que las aguas, al retirarse, se lleven el alma del difunto a algún país remoto.

Para asegurarse una larga vida, los chinos recurren a ciertos encan­tamientos complicados que concentran en sí mismos la esencia mágica que emana, según los principios homeopáticos, de los tiempos y las estaciones, de las personas y las cosas. Los vehículos empleados para transmitir estas influencias felices no son otros que las ropas de amor­tajar. De ellas se proveen en vida muchos chinos, y la mayoría de las gentes las hacen cortar y coser por muchachas solteras o mujeres muy jóvenes, calculando sabiamente que, como probablemente tales personas vivirán todavía muchos años, una parte de su capacidad para vivir mu­cho pasará seguramente a las telas y así retardarán por largo tiempo el momento en que deben tener su uso apropiado. Además, las prendas se coserán de preferencia en un año que tenga un mes intercalar, pues la mentalidad china cree sinceramente que las telas de amortajar hechas en un año excepcionalmente largo poseen la capacidad de prolongar la vida de un modo excepcional. Entre las vestiduras, en una de ellas en particular derrochan cuidados especiales para imbuirle esta cualidad inestimable. Es una gran túnica de seda de color azul obscuro con la palabra "longevidad" bordada sobre toda ella con hilo de oro. Regalar a un padre anciano uno de estos espléndidos y costosos ropajes, cono­cidos como "vestidos de longevidad", es estimado por los chinos como un acto de piedad filial y una delicada atención. Como con esta ves­tidura el propósito es prolongar la vida de su propietario, éste la lleva con frecuencia, especialmente en las fiestas, con objeto de facilitar la influencia de longevidad creada por las numerosas letras de oro con las que está adornada, y de que obre con toda su fuerza sobre su propia persona. El día de su cumpleaños, sobre todo, difícilmente dejarán de ponerse esta prenda, pues el sentido común en China atribuye un gran almacenamiento de energía vital al día del cumpleaños, el que se gastará en forma de salud y vigor durante el resto del año. Ataviado con su suntuosa mortaja y absorbiendo su bendita influencia por todos los poros del cuerpo, el feliz propietario de ella recibe complacido las felicitaciones de los amigos y parientes que calurosamente le expresan su admiración por el magnífico atavío y por la piedad filial que incitó a los hijos a regalar tan bellísimo y útil presente al autor de sus días.

Otra aplicación de la máxima de que "lo semejante produce lo semejante" se observa en la creencia china de que la suerte de una ciudad está profundamente influida por su forma, que variará según el carácter de la cosa que sea más parecida a su figura. Así, se cuenta que hace muchos años la ciudad de Tsuen-cheu-fu, cuya configuración se asemejaba a la de una carpa, frecuentemente servía de presa a las depre­daciones de la vecina ciudad de Yung-chun, cuya forma se parecía a la de una red de pescador, hasta que los habitantes de la ciudad víctima concibieron el plan de erigir en su centro dos altas pagodas. Estas pa-

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godas, que todavía se elevan sobre la ciudad de Tsuen-cheu-fu, han ejercido desde entonces la más feliz influencia sobre sus destinos al interceptar la red imaginaria antes de que pudiera caer y enredar en sus mallas a la imaginaria carpa. Hace unos cuarenta años, los sabios de Shanghai estuvieron muy preocupados con el descubrimiento de la causa de una rebelión local. Una investigación cuidadosa les dio la certeza de que la rebelión se debía a la forma de un nuevo y gran templo que había sido construido dándole por desgracia la silueta de una tortuga, animal del más perverso carácter. La dificultad era seria y el peligro arreciaba; derribar el templo hubiera sido impío y dejarlo como estaba era invitar a una serie de desastres parecidos y aun peores. Sin embargo, el genio de los profesores de geomancia de la localidad, a tono con las circunstancias, superó la dificultad triunfalmente y apartó el peligro. Para ello cegaron dos pozos que representaban los ojos de la tortuga, incapacitando al mal afamado animal para causar nuevos males.

En ocasiones, la magia homeopática o imitativa sirve para anular un mal agüero, realizándolo en farsa. El efecto es eludir el destino sus­tituyendo la calamidad verdadera por otra fingida. En Madagascar este modo de chasquear a los hados está encuadrado en un sistema regular. Aquí la fortuna de cada hombre se determina por el día y la hora de su nacimiento y si sucede que el hado es desafortunado, la fatalidad acontecerá, a menos que su desgraciado sino pueda ser extraído, como dicen, por medio de un sustituto. El procedimiento de extracción del mal es variado. Por ejemplo, si un hombre ha nacido en el día primero del segundo mes, su casa se incendiará cuando él llegue a la mayor edad. Con objeto de adelantarse y evitar esta catástrofe, los parientes de la criatura construyen en el campo o en el corral un cobertizo y tingladillo y le prenden fuego. Para que la ceremonia tenga absoluta efectividad, se coloca al niño y a su madre en el cobertizo y se les saca tiznados de la cabaña ardiente antes de que sea demasiado tarde. De igual modo, el lluvioso noviembre es el mes de las lágrimas y el que nace en este mes nace para padecer; mas con objeto de alejar las nubes que se ciernen sobre su futuro, no tiene que hacer más que coger la tapadera de una olla hirviente y sacudirla a su alrededor. Las gotas que caen de la tapadera cumplen el sino y evitan con este ardid que las lágrimas salgan de sus ojos. También, si el hado ha decretado que una muchacha soltera tenga que ver algún día a su hijo, no engendrado aún, descender con todo su dolor a la tumba antes que ella, para evitar esta desgracia hará lo siguiente: Cogerá un saltamontes y lo matará, lo en­volverá en un harapo que representa la mortaja y lo llorará como Raquel,1 desolada por sus hijos y rechazando todo consuelo. Después cogerá una docena o más de saltamontes y tras de arrancarles alas y patas super-fluas, los colocará alrededor del compañero muerto y amortajado. El zumbido 'de los torturados insectos y los convulsos movimientos de sus
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