Sir james george frazer la rama dorada



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1 "El hombre atribuvc a sus deidades forma humana, pasiones humanas y natu-raleza humana, y por ende podemos declararle antropomorfita. antropopatita y antropo-fisita'' (Edward B. Tylor).

CANTOS DE LOS SEGADORES 483

retirada de su espíritu, queda inanimado; se convierte, por decirlo así, en un vacío espiritual, mas la fantasía popular, intolerante con tales va­cíos, en otras palabras, incapaz de concebir nada como inanimado, crea inmediatamente un nuevo ser mítico con el cual llenar la vacante. De esta manera, el mismo objeto natural viene a ser representado en la mito­logía por dos entidades distintas; primero por el espíritu antiguo ahora separado del objeto natural y elevado al rango de deidad y después, por el espíritu nuevo, creado recientemente por la imaginación popular para llenar la vacante del espíritu antiguo, dejada por sublimación a más altas esferas. En estos casos el problema de la mitología es: Habiendo adquirido el mismo objeto dos personificaciones distintas, ¿qué hacer con ellas? ¿Cómo deben ajustarse las relaciones de una con la otra, y cómo encontrar lugar para ambas en el sistema mitológico? Cuando el espíritu antiguo o la nueva deidad es ideada como creadora o produc­tora del objeto en cuestión, el problema es fácilmente resuelto: puesto que se cree producido el objeto por el espíritu antiguo y animado por el nuevo, este último, como alma del objeto, debe también su existencia al primero, de modo eme el espíritu antiguo guardará con respecto al nuevo la relación de productor a producto, que en mitología es como padre a hijo, y si ambos espíritus son concebidos como hembras, su rela­ción será la de madre a hija. De esta manera, partiendo de una perso­nificación única y femenina del grano, con el tiempo la fantasía mítica podría alcanzar una doble personificación como madre e hija. Sería muy temerario afirmar que así fue como se formó el mito de Deméter y Persé-fona hasta tomar su forma conocida, pero creemos una conjetura legítima que la reduplicación de deidades, de las que nos ofrecen un ejemplo Deméter y Perséfona, puede haberse originado siguiendo la indicada for­mación. Por ejemplo, entre las parejas de deidades tratadas en la parte anterior de esta obra se ha demostrado que existen fundamentos para considerar a la vez como personificación del grano a Isis y a su divino compañero Osiris. Aplicando la hipótesis acabada de exponer, Isis podría ser el espíritu antiguo de grano y Osiris el nuevo, cuyas relaciones res­pecto al antiguo espíritu fueron variadamente explicadas como hermano, marido e hijo, pues, por supuesto, la mitología siempre está libre para explicar de más de un modo la coexistencia de las dos divinidades. Sin embargo, no debe olvidarse que esta explicación propuesta de parejas de deidades como Deméter y Perséfona o Isis y Osiris, es pura conjetura y sólo la damos en cuanto tal.

CAPITULO XLVII LITYERSES

1, cantos de los segadores

En las precedentes páginas se ha hecho un ensayo para demostrar que la madre del grano y la doncella de la cosecha de Europa septentrional

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son los prototipos de Deméter y Perséfona. Pero falta todavía una carac­terística esencial para completar la analogía, un episodio principal del mito griego como es la muerte y resurrección de Perséfona. Éste es el acontecimiento que, emparejado con la naturaleza de la diosa como deidad de la vegetación, enlaza el mito con los cultos de Adonis, Atis, Osiris y Dionisos y es en virtud de este episodio cómo el mito encuentra un lugar en nuestro examen del dios mortal. Queda, pues, por compro­bar si la idea de la muerte y la resurrección anual de un dios que figura tan prominentemente en estos grandes cultos orientales y griego no tiene también su origen o sus analogías en los ritos rústicos acostumbrados por los segadores y viñadores entre las hacinas y las cepas.

Nuestra ignorancia general de las supersticiones y costumbres popu­lares de los antiguos fue confesada hace poco, mas la obscuridad que así envuelve los primeros comienzos de la religión antigua se ha disipado un tanto, por fortuna, en el caso presente. Los cultos de Osiris, Adonis y Atis tenían sus respectivos asientos, como hemos visto, en Egipto, Siria y Frigia, y de cada uno de esos países se sabe que observaron cier­tas costumbres de recolección y vendimia cuyo parecido entre sí y con los ritos nacionales chocó a los antiguos y que, comparadas con las costum­bres de recolección de los campesinos modernos y de los bárbaros, cree­mos que arrojan alguna luz sobre el origen de los ritos en cuestión.

No ha mucho ha sido mencionado, basándose en Diodoro, que en el antiguo Egipto los segadores acostumbraban a lamentarse cuando cor­taban la primera gavilla, invocando a Isis como la diosa a quien debían el descubrimiento del cereal. A esta lastimera lamentación cantada o pronunciada por los segadores egipcios dieron los griegos el nombre de Maneros, y lo explicaban con una fábula en la que Maneros, hijo único del primer rey de Egipto, inventó la agricultura y, muerto prematura­mente, era lamentado así por el pueblo. Parece ser, sin embargo, que la denominación Maneros se debe a un mal entendimiento de la fórmula maa-ne-hra, "ven a tu casa", que ha sido descubierta en varios escritos egipcios, como en el canto fúnebre de Isis en el Libro de los Muertos. Por esto debemos suponer que el grito maa-ne-hra era cantado por los segadores como una oración fúnebre a la muerte del espíritu del grano (Osiris o Isis) y una rogativa para su vuelta. Como el grito se alzaba sobre el primer haz segado, podría creerse que el espíritu del grano estaba presente para los egipcios en la primera mies cortada y moría bajo la hoz. Hemos visto que en la península malaya y en Java, las primeras espigas de arroz son recogidas para representar el alma del arroz o la novia o novio arroz. En partes de Rusia la primera gavilla es tratada casi del mismo modo que tratan en otros lugares a la última gavilla: la siega la señora misma y es llevada a la granja y puesta en el sitio de honor cerca de los santos iconos; después se la trilla separadamente y algo de su grano se mezcla con la semilla del año próximo. En Aber-deenshire, cuando se cortaba el último haz, solía hacerse de él la gavilla

OCCISIÓN DEL ESPÍRITU DEL CEREAL 485



elyack, aunque en algunas ocasiones, no frecuentes, el primer haz cortado era vestido como mujer y llevado a casa con cierta ceremonia.

En Fenicia y Asia Menor, una canción plañidera semejante a la que entonaban los segadores egipcios se cantaba en la vendimia y proba­blemente también en la siega, a juzgar por la analogía. Los griegos lla­maban a esta canción fenicia lino o ailinos y la explicaban al igual que el Maneros, como una lamentación por la muerte de un joven llamado Linos. Según la leyenda, Linos fue criado por un pastor cuyos perros le despedazaron, pero lo mismo que Maneros, el nombre de linos o ailinos parece haberse originado en una equivocación verbal, no siendo otra cosa que la exclamación ai lanu, "pobres de nosotros", que los fenicios pro­nunciaban probablemente en las exequias de Adonis; al menos, creemos que Safo consideró a Linos y Adonis como equivalentes.

En Bitinia, una endecha melancólica parecida llamada borimos o bonnos se cantaba por los segadores mariandinianos. Se decía que Bor-mos ha sido un joven hermoso, hijo del rey Upias o de un hombre pode­roso y rico. Un día de verano que estaba vigilando el trabajo de los segadores en el campo, fue a buscar agua para beber y no se supo más de él. Por eso los segadores le buscaron y llamaron en tristes melodías que se continuaron cantando mucho tiempo después durante la siega.

2. OCCISIÓN DEL ESPÍRITU DEL CEREAL

En Frigia el cántico correspondiente de los segadores, de siega o de trilla, se llamaba lityerses. Según una leyenda Lityerses fue un hijo bas­tardo del rey Midas, de Frigia, que habitaba en Celene. Acostumbraba a segar las mieses y tenía un apetito enorme. Cuando acontecía que al­gún extranjero entraba en sus mieses o pasaba por allí, Lityerses le daba de beber y comer abundantemente y después le llevaba a las mieses, en las orillas del Meandro, y le obligaba a competir con él "a segar. Luego envolvía al extranjero en una gavilla, le cortaba la cabeza con una hoz y se llevaba lejos el cuerpo envuelto entre las cañas del cereal. Pero al fin se encargó de segar con él Hércules, que le cortó la cabeza con una hoz y tiró su cuerpo al río. Como, según cuentan, Hércules mató a Lityerses por el mismo procedimiento con que Lityerses mató a otros, podemos inferir que Lityerses solía arrojar al río los cuerpos de sus víc­timas. Según otra versión de la leyenda, Lityerses, hijo de Midas, solía desafiar a la gente a segar con él y cuando los vencía, los trillaba; pero un día encontró un extranjero que le ganó en la siega y le mató.

Hay algún fundamento para pensar que estas historias de Lityerses son la descripción de una costumbre frigia de la recolección, conforme la cual a ciertas personas, en particular los forasteros que pasasen por el campo de siega, se les consideraba como personificaciones del espíritu del cereal y por ello los segadores los capturaban, los envolvían en gavi­llas y decapitaban sus cuerpos atados entre las espigas, arrojándolos final­mente al agua como un hechizo para la lluvia. Los fundamentos de esta

486 LITYERSES

hipótesis son, primero, la semejanza de la historia de Lityerses con las costumbres de los campesinos europeos en la' recolección y, segundo, la frecuencia de los sacrificios humanos que las razas salvajes ofrendaban para promover la fertilidad de los campos. Examinaremos estos funda­mentos sucesivamente y por su orden.

Comparando esta historia con las costumbres de recolección de Europa encontramos tres puntos que merecen atención especial y son: 1o la competición de siega y el atado de la persona con la gavilla; 2o la occisión del espíritu del grano o de sus representantes, y el trato dado a los extraños cuando visitan el campo de cosecha, o a los forasteros que pasan por allí.

1o Respecto al primer punto, hemos visto que en la Europa mo­derna, la persona que corta, ata o trilla la última gavilla se expone a menudo a un trato rudo a manos de sus compañeros de labor. Por ejemplo, le atan a la última gavilla y envuelto entre sus espigas le con­ducen o acarrean, le golpean, le mojan, le vuelcan sobre un estercolero y demás lindezas. O, si se le ahorran estas bufonadas, queda por lo menos sujeto al ridículo o se piensa que está destinado a sufrir alguna desgracia en el transcurso del año. Por eso, los segadores esquivan natu­ralmente dar la última hozada en la siega, o el último golpe de trillo o mayal, o agavillar el último haz, y cuando se está terminando la faena esta aversión produce una emulación entre los labriegos que les hace esforzarse para terminar su cometido tan pronto como pueden, con la idea de escapar de la aborrecible distinción de quedar el último. Por ejemplo, en el distrito de Mittelmark, en Prusia, cuando ya se ha segado el centeno y las últimas gavillas van a ser atadas, las agavilladoras se ponen en dos filas frente a frente, cada mujer con su gavilla y su soga de paja preparada ante ella; a una señal dada, cada cual ata su gavilla y la que termina la última es ridiculizada por las demás. Pero no es esto todo. A su gavilla le dan forma de monigote y le llaman el viejo; ella misma debe llevarlo a la casa del propietario de la tierra, donde todos los labriegos de ambos sexos bailan alrededor de ella y del "viejo". Des­pués llevan el viejo al propietario y se lo entregan diciéndole: "Traemos el viejo patrón. Guárdelo hasta que tenga uno nuevo", tras de lo cual colocan al viejo contra un árbol, donde queda por mucho tiempo y es blanco de burlas continuas. En Aschbach, Baviera, cuando está a punto de terminarse la siega, los labriegos dicen: "Ahora echaremos al viejo". Cada cual se pone a segar un trecho de mies tan rápidamente como puede; el que corta el último manojo o las últimas cañas es saludado por los demás con una regocijada gritería: "Tú tienes el viejo". Algu­nas veces enmascaran con un antifaz negro al segador desafortunado y le visten con ropas de mujer o, si el segador es casado, visten a su mujer con ropas de hombre. Después bailan y en la cena que celebran, el del viejo se sirve doble comida que los otros. Los procedimientos son pare­cidos en la trilla; el que da el último golpe con trillo o mayal se dice que tiene el viejo. En la cena que dan los trilladores, tiene que comer

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con el cucharón de servir la sopa y beber una gran cantidad. Además, es blanco de toda burla y molestado de continuo con toda suerte de bromas de las que sólo puede librarse convidando a todos a beber cer­veza o aguardiente.

Estos ejemplos ilustran las competencias que tienen lugar en la siega, en la trilla y el agavillar la mies entre los peones agosteros, por su renuencia a sufrir el ridículo y las molestias en que incurre el último que termina. Recordaremos que la persona que es la última en segar, trillar o agavillar es considerada como el representante del espíritu del grano y esta idea se expresa más explícitamente al atar a la persona, hombre o mu­jer, con las cañas de mies. La costumbre última ha sido ilustrada hace poco, pero añadiremos algunas pruebas más. En Kloxin, cerca de Stettin, los agosteros y cosecheros gritan a la mujer que ata la última gavilla: "Tienes al viejo y tienes que guardarle". Aún hasta la primera mitad del siglo xix, la costumbre era atar a la mujer misma con forraje de guisantes y traerla con música a la alquería, donde tenía que bailar con todos los segadores hasta que se cayeran las ataduras. En otros pueblos cercanos a Stettin, cuando están cargando la última carreta, se verifica una carrera entre las mujeres, para no quedar la última, pues ésta tiene que cargar en el carro la última gavilla, llamada el viejo, y después la envuelven por completo en mies, la adornan con flores y le ponen un sombrero de pajas con flores en la cabeza, conduciéndola en procesión solemne hasta la casa del patrón, al que lleva la corona de la cosecha, que durante la procesión mantienen sobre su cabeza y ante quien pro­nuncia una alocución plena de buenos deseos. En el baile subsiguiente "el viejo" tiene derecho a escoger pareja; es un honor el bailar con él, es decir, con ella. En Gommern, cerca de Magdeburgo, al segador que corta las últimas espigas es frecuente que le envuelvan en la mies tan completamente que es difícil ver si en aquel fardo hay un hombre o no; así envuelto, es cargado a espaldas por otro segador robusto que da la vuelta al campo entre los gritos jocosos de los patanes. En Neuhausen, cerca de Merseburgo, la persona que ata las últimas espigas de la avena es envuelta en ellas y saludada como el "hombre-avena" y los demás bailan y entonces a su alrededor. En Brie, Ile-de-France, el dueño del campo es atado en la primera gavilla. En Dingelstedt, en el distrito de Er-furt, era costumbre, hasta la primera mitad del siglo xix, atar un hom­bre a la última gavilla: le llamaban el viejo y le acarreaban a la granja en la última carreta entre aclamaciones y música. Llegados al patio de la hacienda, le llevaban al granero rodeándole y después le remojaban con agua. En Nördlingen, Baviera, el que da el último golpe en la trilla es envuelto en paja y rodado por la era. En algunas partes de Oberpfalz, Baviera, se dice que "recibe al viejo", le envuelven en paja y le llevan al vecino que no haya terminado aún su trilla. En Silesia, la mujer que ata la última gavilla se somete a buen número de payasadas: la empujan y tiran al suelo, atándola en la gavilla y después la llaman la mu­ñeca del grano (Kornpopel).

488 LITYERSES

"En todos estos casos la idea es que el espíritu del grano, el viejo de la vegetación, es echado de la última mies cortada o de la última trillada y vive en el granero durante el invierno. En la época de siembra vuelve otra vez al campo a recuperar su actividad como fuerza anima­dora entre el grano germinado".

2o Pasando al segundo punto de comparación entre la fábula de Lityerses y las costumbres de recolección europeas, veremos ahora que en estas últimas es frecuente creer que matan al espíritu del grano en la siega o en la trilla. En el Romsdal y otras partes de Noruega, cuando se ha recogido el heno, la gente dice: "Han matado al viejo del heno". En algunas partes de Baviera la gente dice del hombre que da la última mano en la trilla que ha matado al hombre del grano, al hombre de la avena, al hombre del trigo, según la cosecha. En el cantón de Tillot, Lorena, cuando se trilla la última mies, los peones golpean con su mayal a compás y al unísono gritan: "Estamos matando a la vieja. ¡Estamos matando a la vieja!" Si hay alguna anciana en la casa le advierten que se ponga a salvo o la matarán a golpes. Cerca de Ragnit, en Lituania, el último manojo de mies se deja en pie sin cortar diciendo: "La boba (la vieja) está sentada ahí dentro". Entonces un segador joven asienta el filo de la hoz y de una hozada rápida siega el manojo. Se dice de éste que "ha cortado la cabeza de la boba" y recibe una propina del dueño de la mies y un cántaro de agua que le vierte sobre la cabeza la esposa del dueño. Según otro relato, cada segador lituano se apresura a terminar su tarea, pues la vieja del centeno vive en las últimas cañas de mies y el que corte esos últimos tallos la mata, y por matarla se atrae pesadumbres. En Wilkischken, distrito de Tilsit, al que corta la última mies se le llama "el asesino de la mujer del centeno". En Li­tuania, también se cree matar al espíritu del grano en la trilla lo mismo que en la siega. Cuando sólo queda una hacina sencilla que trillar, los trilladores dan de repente unos pasos atrás como a una voz de mando y después vuelven todos a la tarea manejando sus mayales con la mayor rapidez y vehemencia hasta que llegan al último haz sobre el que caen con la máxima furia frenética, los músculos en tensión y menudeando golpes hasta que la palabra "¡Alto!" del capataz suena con dureza metá­lica. El hombre cuyo trillo es el último en caer después del mandato de parar es rodeado por los demás, que le gritan: "Ha matado a golpes a la vieja del centeno". Tiene que expiar la muerte convidándoles a aguar­diente y, como al que corta la última mies, se le llama "el que mató a la vieja del centeno". Algunas veces, en Lituania, el espíritu del grano muerto se representaba por un muñeco. Así, hacían con espigas una figura vestida con ropas femeninas y la ponían en la era bajo la hacina que iba a ser trillada al final. El que después diera el último palo en la trilla "mataba a la vieja de un golpe". Ya hemos encontrado ejem­plos de quemar la figura que representa al espíritu del grano. En el East Riding de Yorkshire, en el último día de la recolección se acos­tumbra "quemar a la vieja bruja". Queman en el campo un haz pequeño

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de mies en una hoguera de rastrojos y granzas; tuestan guisantes en el fuego y se los comen acompañados de abundantes libaciones de cerveza, Y los muchachos de ambos sexos juguetean y se divierten saltando entre las llamas y tiznándose la cara unos a otros. Algunas veces también, el espíritu del grano se representa por un hombre que se tiende bajo la úl­tima mies, que es trillada sobre su cuerpo, y la gente dice que "están matando a palos al viejo".1 Hemos visto ya que algunas veces la mujer del dueño, junto con la última gavilla, es colocada bajo la máquina tri­lladora, como si la trillasen a ella, y que después hacen el simulacro de aventarla. En Volders, Tirol, meten granzas tras el cuello del hombre que ha dado el último golpe de trillo y le aprietan la garganta con una guirnalda de paja. Si dicho hombre es alto, se cree que el próximo año crecerá alta la mies. Después le atan con un haz y lo tiran al río. En Carintia, al último trillador y a la persona que ata la última gavilla los atan de pies y manos con amarras de paja juntándolos cara a cara, y puestos sobre una narria les arrastran por el poblado y los arrojan des­pués a un arroyo. La costumbre de echar a una corriente de agua al representante del espíritu del grano, lo mismo que la de remojarle con agua, es, como siempre, un hechizo para la lluvia.

39 Hasta aquí, los representantes del espíritu del grano han sido por lo general el hombre o la mujer que ha cortado, atado o trillado la última mies. Ahora llegamos a los casos en que el espíritu del grano está representado ya por un forastero que pasa por los campos en reco­lección (como en el cuento de Lityerses) o bien por un visitante que entra en ellos por primera vez. En toda Alemania los segadores o trilla­dores acostumbran a agarrar a los extraños que pasan y atarlos con una soga hasta que paguen una multa, y cuando el propio dueño de la tierra o alguno de sus huéspedes entra en el campo o en la era por. primera vez, ya sea el amo o un extraño, se les trata de la misma manera. Al­gunas veces la maroma sólo se ata alrededor de un brazo, de un pie o del cuello, pero otras veces se les envuelve por completo en paja. Así, en Solör, Noruega, todo el que entra en la mies, ya sea el amo o un extraño, es atado dentro de una gavilla y tiene que pagar el rescate. Entre los vecinos de Soest, cuando el agricultor visita por primera vez a los arrancadores del lino, éstos le envuelven totalmente con las plan­tas de lino; los que pasen por allí también son rodeados por las mujeres, que los atan con lino y los obligan a convidarles a aguardiente. En Nördlingen también son capturados los extraños y atados con maromas de paja a una gavilla hasta que paguen una contribución. Entre los ale­manes de Haselberg, Bohemia occidental, tan pronto como un campe­sino daba la última mies para que la trillasen en la era, le enfardaban con ella y tenía que redimir su persona con un regalo de pasteles o tortas. En el cantón de Putanges, Normandía, el simulacro de atar al propietario de la tierra con la última gavilla de trigo se practica todavía,
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