Sir james george frazer la rama dorada



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Cuando los tomoris de Célebes central van a plantar arroz, entie-rran en el campo un poco de betel como ofrenda a los espíritus que hacen que el arroz crezca. El que se planta en ese sitio es el último que se recolecta. Al comenzar la siega reúnen en un atado las cañas de ese sitio, formando una gavilla que llaman la madre del arroz (ineno pae) y colocan al pie de ella ofrendas en forma de arroz, hígado de ave, huevos y cosas parecidas. Cuando todo el arroz restante del campo ha sido recolectado, "cortan la madre del arroz" y la conducen con los de­bidos honores al granero, donde la tienden en el suelo y todas las demás gavillas las hacinan encima de ella. Los tomoris, se dice, consideran a la "madre del arroz" como una ofrenda especial hecha a Omonga, el espíritu del arroz, que habita en la luna. Si este espíritu no es tratado con la debida consideración, por ejemplo, si la gente que va a coger el arroz al granero no viste con decencia, se enfada y castiga a los ofen­sores comiéndose, por lo menos, el doble del grano que ellos saquen del granero; algunos le han oído entrechocar los labios cuando devoraba el

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arroz. Por otra parte, los toradjas de Célebes central, que también prac­tican la costumbre de la madre del arroz en la recolección, la consideran como verdadera madre de toda la cosecha y por eso la guardan cuida­dosamente, no sea que en su ausencia el grano entrojado se disipe y desaparezca.

También, exactamente como en Escocia, el espíritu joven y el viejo del grano están representados por la doncella y la vieja (Cailleach), res­pectivamente; asimismo en la península malaya encontramos a ambas, madre del arroz y su hija, representadas por distintas gavillas o manojos de espigas en el campo de recolección. La ceremonia de segar y traer a casa el alma del arroz fue presenciada por W. W. Skeat en Chodoi, Selangor, el 28 de enero de 1897. El manojo especial o gavilla que ha­bía de servir de madre del alma del arroz había sido buscado previamente e identificado por medio de señales especiales o por la forma de sus espigas. Una vieja hechicera, con gran solemnidad, cortó un pequeño manojo de siete espigas, las ungió, las ató juntas con un hilo de muchos colores, fumigó el atadijo con incienso y después de envolverlo en una tela blanca lo depositó en una cestita de forma ovalada. Estas siete es­pigas eran el niño alma del arroz y la cestita su cuna, que fue llevada a casa del labrador por otra mujer que mantenía sobre la cuna una som­brilla para resguardar al tierno infante de los ardientes rayos del sol. Llegados a la casa, el niño arroz fue saludado por las mujeres de la familia y tendido con cuna y todo sobre un petate nuevo para que dur­miera con almohadones en la cabecera. Después de esto la- mujer del agricultor fue aleccionada para que observara ciertas reglas o tabas por tres días consecutivos, reglas que en muchos respectos eran idénticas a las que han de observarse durante tres días después del nacimiento de un niño de carne y hueso. Algo del tierno cuidado que se otorga al recién nacido niño arroz se extiende naturalmente a los padres, o sea a la gavilla de cuyo cuerpo fue tomado. Esta gavilla, que permanece en pie después que el alma del arroz ha sido llevada a casa y puesta en la cama, es tratada como una recién parida, es decir, que machacan brotes tiernos de árbol y los esparcen a su alrededor tres tardes consecutivas y una vez pasado este tiempo cogen la pulpa de una nuez de coco y lo que ellos llaman "flores de cabra", lo mezclan con un poco de azúcar y lo hacen papilla masticándolo para después espurrearla entre las cañas del arroz. Así también, cuando nace un niño, mezclan los brotes tier­nos del artocarpo, pomarrosa,1 ciertas clases de plátanos y el agua de un coco tierno, pescado seco, sal, vinagre, camarones condimentados y golosinas parecidas formando una especie de ensalada que administran a la madre y al niño por tres días consecutivos. La mujer del labrador corta la última gavilla y la trae a casa, donde la trillan y la mezclan con

1 El artocarpo es afín al árbol del pan; en sánscrito es cakra, cosa redonda. Suele pesar 20 kilos el fruto, de pulpa insípida, pero sus semillas, son comestibles. La poma­rrosa es una manzanita olorosa con una sola semilla. Es fruta del árbol mistáceo yam­bo, de las Antillas.

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el alma del arroz; el labrador entonces toma el alma del arroz y su cesta y las deposita junto con el producto de la última gavilla en el enorme artesón circular que usan los malayos. Mezclan algunos granos del alma del arroz con la simiente que van a sembrar al año siguiente. En esta madre del arroz y niño arroz de la península malaya vemos la contra­figura y en cierto sentido el prototipo de la Deméter y Perséfona de la antigua Grecia.

La costumbre europea de representar al espíritu del grano en su do­ble forma de desposada y novio, tiene una vez más su paralelo en una ceremonia que realizan en Java durante la cosecha del arroz. Antes que los segadores comiencen su tarea, el sacerdote o hechicero escoge unas cuantas espigas que ata juntas, embadurna con un ungüento y adorna con flores. Así engalanado este manojo de espigas, le llaman el padi-péngantén, esto es, la desposada arroz y el desposado arroz; celebran su fiesta nupcial y la siega comienza inmediatamente. Algún tiempo des­pués, cuando están guardando el arroz, se hace en el granero una sepa­ración para cámara nupcial, que se habilita con un petate nuevo, una lámpara y toda clase de objetos de tocador. Junto a los desposados arroz colocan varias gavillas, que representan los invitados a la boda. Hasta que no se hace esto, no puede almacenarse la cosecha en la troje. Y durante los primeros cuarenta días, nadie entrará en el granero por temor de molestar a la pareja recién casada.

En las islas de Lombok y Bali, cuando llega el momento de la reco­lección, el dueño del arrozal comienza cortando él mismo "el arroz prin­cipal" y con sus propias manos también ata dos gavillas de lo cortado, cada una compuesta de ciento ocho cañas de arroz con sus hojas. Una de las gavillas representa un hombre y la otra una mujer, y las denomi­nan "esposa y esposo". La gavilla masculina es atada de manera que no se vea ninguna hoja, mientras que la femenina tiene sus hojas por fuera y es atada de modo que recuerde el moño del pelo mujeril. Algunas veces, para diferenciarlos más, ponen una gargantilla de paja de arroz atada alrededor de la gavilla hembra. Cuando transportan la cosecha a casa, las dos gavillas las lleva sobre la cabeza una mujer, siendo las últimas que se depositan en el granero, donde quedan colocadas un poco empinadas o sobre un almohadón de paja de arroz para que descansen. El conjunto de estas disposiciones, según sabemos, tiene por objeto in­ducir al arroz a que se acreciente y multiplique en el granero, para que el dueño pueda sacar más arroz del que metió. Por eso, cuando la gente en Bali trae las dos gavillas, "el esposo y esposa", al granero, dicen: "Creced y multiplicaos sin cesar". Cuando ya se ha consumido todo el arroz del granero, las dos gavillas que representan al esposo y la esposa quedan en el edificio vacío hasta que gradualmente desaparecen o se las comen los ratones. Algunas veces los aprietos del hambre conducen a los individuos a comerse el arroz de estas gavillas, pero los miserables que hacen esto son mirados con disgusto por sus compañeros y conside-

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rados como cerdos y perros. Nadie jamás venderá estas gavillas santas con las demás hermanas profanas.

La misma noción de la producción del arroz por un poder mascu­lino y otro femenino encuentra expresión entre los szis de la Birmania septentrional. Cuando el paddy,1 que es el grano de arroz con sus cu­biertas y cascabillo, se ha secado y apilado en montón para trillar, todos los amigos del labrador son invitados a la era y allí comen y beben. El montón de paddy es dividido en dos mitades, una se esparce para la trilla y la otra queda apilada; sobre ésta ponen alimentos y bebidas alco­hólicas y uno de los padres de familia, dirigiéndose "al padre y a la ma­dre de la planta del paddy", ora para que sean grandes las cosechas futuras y ruega que la semilla pueda multiplicarse. Después toda la reunión come, bebe y se divierte. Esta ceremonia que se celebra en la era es la única ocasión en que este pueblo invoca "al padre y a la madre del paddy".

3. el ESPÍRITU DEL CEREAL ENCARNADO EN SERES HUMANOS

Vemos que la teoría que reconoce la corporización en la forma vege­tal de los espíritus animadores de las cosechas en las europeas madre de la mies, doncella del grano y demás, se confirma ampliamente por las costumbres de pueblos de otras partes del mundo que, a causa de estar rezagados respecto a las razas europeas en el desenvolvimiento cul­tural, retienen, por esta razón, un sentido más propio de los motivos originales, por lo que observan esos ritos rústicos que entre nosotros han caído ya al nivel de supervivencias sin significación. El lector recordará, sin embargo, que según Mannhardt, cuya teoría estamos exponiendo, el espíritu del grano se manifiesta no sólo en forma vegetal, sino también en forma humana; la persona que corta el último haz o da el último golpe con el trillo pasa por una posesión temporal del grano, exacta­mente como el manojo de mies que ha trillado o segado. En los casos semejantes que hasta aquí hemos aducido de costumbres de pueblos no europeos el espíritu de la cosecha se muestra sólo en forma vegetal. Queda, pues, probar que otras razas, además de nuestros campesinos europeos, han concebido el espíritu de la cosecha como incorporado a hombres y mujeres vivos o representados por ellos. Advertimos al lector que esta prueba es en todo afín al tema de este libro; cuantos más casos descubramos de seres humanos representando por sí mismos la vida o el espíritu animador de las plantas, tanto menos dificultad encontrare­mos en clasificar entre ellos al rey del bosque de Nemi.

Los mándanos y minnitaris de Norteamérica solían tener en prima­vera un festival que llamaban la fiesta femenina de "la medicina del maíz". Creían que cierta vieja que nunca muere hacía crecer las mieses y que, viviendo en algún lugar del sur, enviaba las aves acuáticas emi­grantes en primavera como representantes y símbolos suyos. Cada espe-

1 En Filipinas y algunos sitios más de Oriente y América se llama palay.

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cie de aves representaba una clase especial de planta cultivada por los indios: el ánade salvaje representaba al maíz, el cisne silvestre a las cala­bazas y el pato salvaje a los frijoles. Así, cuando los plumíferos mensa­jeros de la vieja empezaban a llegar en primavera, los indios celebraban la fiesta mujeril de la medicina del maíz. Levantaban unos tablados en los que la gente colgaba carne seca y otras cosas a modo de ofrendas a la vieja y en un día determinado todas las ancianas de la tribu, como representantes de la vieja que nunca muere, se reunían en los tablados llevando cada una en la mano una mazorca de maíz atada a un palo. Primero clavaban estos palos en el suelo y después bailaban alrededor de las plataformas volviendo por último a coger en sus brazos los palos con el maíz. Mientras, los ancianos batían tambores y agitaban maracas como acompañamiento musical del baile de las ancianas. Además, las mujeres jóvenes llegaban para poner en las bocas de las ancianas un poco de tasajo, por lo que recibían a cambio, para comerlo, un grano del maíz consagrado. También las ancianas dejaban en los platillos de las mujeres jóvenes tres o cuatro granos del maíz santo, para que los mezclasen con todo cuidado con el maíz de simiente, que así suponían que se fertili­zaba. La carne seca colgada en las plataformas quedaba para las ancia­nas, pues ellas representaban a la vieja que nunca muere. Un festival de mujeres de la medicina del maíz se celebraba en otoño con el propó­sito de atraer las manadas de búfalos y asegurar así un suplemento de carne. En esa ocasión del año, todas las mujeres llevaban en sus brazos una planta de maíz desarraigada. Daban el nombre de vieja que nunca muere al maíz y también a las aves que consideraban como símbolos de los frutos de la tierra y les oraban en otoño diciendo: "¡Madre, ten pie­dad de nosotros! ¡No nos envíes el fruto amargo demasiado pronto, pues tememos no tener carne suficiente! ¡No permitas que se marche la caza para que podamos tener algo para el invierno!" En el otoño, cuando las aves volaban hacia el sur, los indios creían que marchaban a la casa de la vieja llevándole las ofrendas que habían sido expuestas en los ta­blados, en particular la carne seca que ella comía. Aquí vemos que con­cebían al espíritu o divinidad del maíz como una vieja, representada corporalmente por las ancianas, que en su calidad de representantes re­cibían algo, por lo menos, de las ofrendas que se destinaban a aquélla. En algunas partes de la India, la diosa de las cosechas, Gauri, está representada por una joven soltera y a la vez por un manojo de plantas balsámicas silvestres con las que se hace una semejanza de mujer y se la viste como tal, poniéndole una máscara, vestiduras y ornamentos. Am­bas representaciones de la diosa, la humana y la vegetal, son adoradas y la finalidad de la ceremonia entera parece ser asegurar una buena co­secha de arroz.

4. la DOBLE PERSONIFICACIÓN DEL CEREAL COMO MADRE E HIJA

Comparadas con la "madre del grano" de Alemania y la "doncella de la recolección" de Escocia, la Deméter y la Perséfona de Grecia son pro-

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ductos más tardíos del desenvolvimiento religioso, aunque, como miem­bros de la familia aria, los griegos debieron practicar, en una época u otra, costumbres de recolección semejantes a las que todavía practican celtas, teutones y eslavos y que, aun más allá de los límites del mundo ario, han sido practicadas por los indios del Perú y muchos pueblos de las Indias Orientales, prueba suficiente de que no son exclusivas de una raza las ideas en que estas costumbres se basan, sino que surgen natu­ralmente por sí mismas en todos los pueblos incultos dedicados a la agricultura. Es probable, por esto, que Deméter y Perséfona, estas figu­ras majestuosas y bellísimas de la mitología griega, brotasen de las mis­mas creencias sencillas y prácticas que todavía prevalecen entre nuestros campesinos modernos y que fueran representadas por muñecas rústicas hechas con las gavillas doradas en muchos campos de mieses y mucho tiempo antes de que sus imágenes palpitantes fuesen materializadas en bronce y mármol por las manos maestras de Fidias y Praxiteles. Una reminiscencia de aquellos tiempos antiguos, una fragancia de las mieses en la recolección, por decirlo así, nos llega con el título de la doncella (Koré)1 con el que se conoce comúnmente a Perséfona. Así, si el proto­tipo de Deméter es la madre del grano en Alemania, el de Perséfona es la doncella de la cosecha, que otoño tras otoño todavía se forma con la última gavilla en los Braes de Balquhidder. Verdaderamente si nos-tros supiéramos más acerca de los campesinos de la Grecia antigua, encontraríamos que aun en los tiempos históricos continuarían anual­mente los campesinos griegos formando sus madres del grano (Deméter) y sus doncellas (Perséfona) del dorado cereal en los campos de sie­ga, mas por desgracia la Deméter y la Perséfona que nosotros conocemos moraban en las ciudades y eran majestuosas habitantes de señoriales templos; sólo para estas divinidades tenían ojos los refinados escritores de la Antigüedad: los ritos toscos que los rústicos ejecutaban entre las es­pigas no merecieron su atención. Aun fijándose, probablemente nunca imaginaron una conexión entre la muñeca de cañas de trigo o cebada en el asoleado rastrojo y la divinidad marmórea en la sombría frialdad del templo. Pero hasta los escritos de estos hombres cultos de la urbe nos ofrecen el reflejo fugaz de una Deméter tan ruda como la más tosca que pueda mostrarnos una aldea alemana. Así, la fábula de Jasión, que engendró un niño, Plutos (riqueza, abundancia) en Deméter sobre un campo tres veces arado puede compararse con la costumbre prusiana occidental del simulacro de nacimiento de una criatura en el campo de recolección. En esta costumbre prusiana, la supuesta madre representa a la madre del grano (Zytniamatka), el hijo supuesto representa al niño del grano y la ceremonia entera es un hechizo para asegurar una buena

cosecha al año siguiente. La costumbre y la leyenda también señalan la antigua práctica de efectuar entre las mieses verdes de la primavera o en los rastrojos otoñales uno de esos actos simulados o reales de pro­creación en los que, como hemos visto anteriormente, los hombres pri-

1 Exactamente, virgen.

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mitivos tratan con frecuencia de infundir su propia vida vigorosa a las lánguidas o decadentes energías de la naturaleza. Otro destello de salva­jismo bajo la civilizada Deméter se ofrecerá más adelante, cuando llegue-mos a tratar otro aspecto de estas deidades agrícolas.



El lector habrá observado que en las modernas costumbres de las gentes está generalmente representado el espíritu del grano ya por una madre del cereal (viejo, etc.), ya por una doncella (hijo de la recolec­ción, etc.), mas no por ambas, madre y doncella. ¿Por qué entonces los griegos representan el grano a la vez por una madre y una hija?

En la costumbre bretona, la gavilla madre, una figura grande de la última gavilla con una pequeña muñeca de mies en su interior, está cla­ramente representando a la vez a la madre y a la hija del cereal, esta última sin nacer todavía. También en la costumbre prusiana que acaba­mos de referir, la mujer que hace el papel de madre del grano repre­senta al cereal maduro; el recién nacido parece representar el grano de la cosecha siguiente, al que puede considerarse sin ningún esfuerzo como el hijo de la mies del año, pues de esta semilla saldrá al año siguiente la nueva cosecha. Además hemos visto que entre los malayos de la penín­sula y en ocasiones entre los montañeses de Escocia, el espíritu del grano es representado en doble forma femenina, a la vez vieja y joven, por medio de espigas tomadas también de la mies madura. En Escocia el espíritu viejo del grano aparece como Carline o Cailleach y el espíritu joven como la doncella, mientras entre los malayos de la península los dos espíritus del arroz están definitivamente relacionados el uno al otro como madre e hija. Juzgando por estas analogías, Deméter sería el cereal maduro del año y Perséfona la semilla tomada de aquél y sembrada en otoño para reaparecer en la primavera siguiente. El descenso de Persé­fona al mundo inferior podría ser así la expresión mítica de la siembra de la semilla y su reaparición en primavera significaría el brote de cereal tierno. Así la Perséfona de un año llega a ser la Deméter del siguiente y esto puede muy bien haber sido el origen del mito. Mas cuando, con el progreso del pensamiento religioso, el grano llegó a personificarse, no ya como un ser que pasaba a través de un ciclo entero de nacimiento, creci­miento, reproducción y muerte en un año, sino como una diosa inmor­tal, lo consecuente era sacrificar una de las dos personificaciones, la ma­dre o la hija. Sin embargo, la doble concepción del grano como madre e hija quizá fuera demasiado antigua y sus raíces demasiado profundas en la mente popular para ser eliminada por un proceso lógico, y así en el mito reformado hubo que encontrar lugar para ambas, madre e hija. Esto se hizo asignando a Perséfona el carácter del grano sembrado en otoño y brotado en primavera, mientras que a Deméter le fue asignado el papel, un poco vago, de la madre del grano lamentando su desapa­rición anual bajo el suelo y regocijándose a su reaparición en primavera. De este modo, en vez de una sucesión regular de seres divinos, viviendo un año cada uno y después dando nacimiento a su sucesor, el mito refor­mado muestra el concepto de dos seres divinos e inmortales, uno de

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los cuales desaparece anualmente en el suelo para reaparecer después mientras que al otro ser divino le queda poco que hacer, conformándose con llorar y regocijarse en las estaciones apropiadas del año.

Esta teoría de la doble personificación del grano en el mito griego presupone que ambas personificaciones (Deméter y Perséfona) son ori­ginales. Pero si suponemos que el mito griego comenzó con una sola personificación, el desarrollo posterior de la segunda pudiera explicarse quizá como sigue. Echando una ojeada sobre las costumbres de recolec­ción a que hemos pasado revista, se advertirá que implican dos concep­tos distintos del espíritu del grano, pues mientras en esas costumbres al espíritu del grano se le trata como inmanente al grano, en otras se le considera como externo a él. Así, cuando a una gavilla determinada se la denomina con el nombre de espíritu del grano, se la viste con ropaje y se la trata con reverencia, el espíritu está ostensiblemente con-siderado como inmanente al grano. Pero cuando se dice que el espíritu activa el crecimiento de las mieses pasando por entre ellas o las pudre con tizón cuando tiene alguna querella contra el labrador, ciertamente que se concibe el espíritu en forma distinta, aunque ejerciendo su poder sobre el grano. Concebido de este último modo, el espíritu está en camino fácil de convertirse en deidad del grano, si antes no lo era. De estas dos concepciones, la de la inmanencia del espíritu en el grano es sin duda la más antigua, puesto que la visión de la naturaleza animada por espíritus moradores parece haber precedido generalmente a la idea de estar dirigida por deidades externas a ella. Dicho en otra forma: el animismo precede al deísmo. En las costumbres de recolección de nues­tros campesinos europeos, creemos que el espíritu del grano está conce­bido, ora como inmanente al grano, ya como externo a él. En la mito­logía griega, por otra parte, Deméter está considerada más como deidad del grano que como espíritu inmanente a él. El proceso del pensa­miento que conduce al cambio de una modalidad de concepto a otra es el antropomorfismo o el aumento gradual de atributos humanos a los espíritus inmanentes. Cuando los hombres emergen del salvajismo la tendencia a humanizar a sus dioses va ganando fuerza, y cuanto más humanos los hacen,1 más ancha es la brecha que los separa de los objetos naturales, de quienes primeramente fueron los espíritus animadores o almas. Mas en el progreso ascendente desde el salvajismo, los hombres de la misma generación no marchan por igual, y aunque los nuevos dio­ses antropomórficos satisfacen las necesidades religiosas de las inteligen­cias más evolucionadas, los miembros de la sociedad que caminan a la zaga se adhieren con preferencia a las antiguas nociones animis-tas. Ahora bien, cuando el espíritu de un objeto natural como el grano cereal ha sido investido de cualidades humanas, separado del objeto y convertido en una deidad directora de él, este objeto mismo, por la
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