Sir james george frazer la rama dorada



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Las costumbres de recolección que acabamos de describir tienen una analogía extraña con las costumbres de primavera que hemos revi­sado en la primera parte de esta obra: 1) Así como en las costumbres primaverales el espíritu del árbol está representado por un árbol y por una persona a la vez, en las costumbres de recolección el espíritu del grano está representado simultáneamente por la última gavilla y por la persona que la corta, ata o trilla. La equivalencia de la persona a la gavi­lla está manifiesta al darla, sea hombre o mujer, el mismo nombre que a la gavilla, por envolverla en la gavilla y por la regla seguida en muchos lugares de que la gavilla llamada madre debe formarla a semejanza hu­mana la mujer casada más vieja, pero cuando se la llama doncella debe

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ser cortada por la muchacha más joven. Aquí la edad del representante personal del espíritu del grano corresponde a la edad que le suponen al propio espíritu del grano, exactamente como las víctimas humanas ofren­dadas por los antiguos mexicanos para promover el crecimiento del maíz, cuya edad variaba según la edad del maíz, pues tanto en las costumbres mexicanas como en las europeas, los seres humanos fueron probables re­presentantes del espíritu del grano, mejor aún que víctimas ofrendadas a él. 2) También, la misma influencia fertilizadora que se supone ejerce el espíritu del árbol sobre la vegetación, sobre el ganado y hasta sobre las mujeres, se adscribe al espíritu del grano. Así, las supuestas influencias sobre la vegetación se señalan en la práctica de tomar algo del grano de la última gavilla (en la que, por lo general, se supone que está presente el espíritu del grano), para esparcirlo entre el grano recién germinado en primavera o mezclarlo con la semilla. Su influencia sobre los ani­males se indica al dar la última gavilla a comer a la yegua o vaca pre­ñada o a los caballos en su primera salida para labrar. Finalmente, su influencia en las mujeres se muestra por la costumbre de entregar la gavilla madre, hecha a semejanza de una mujer embarazada, a la mujer del dueño de las tierras, por la creencia de que la mujer que ata la úl­tima gavilla tendrá un niño al año siguiente, y quizá, además, por la idea de que se casará pronto la persona que lo lleva.

En una palabra, estas costumbres de primavera y estío se basan en los mismos primitivos modos de pensar y forman parte del mismo paga­nismo antiguo que era evidentemente practicado por nuestros antepasa­dos mucho tiempo antes del alborear de la historia. Entre las señales de un ritual primitivo podemos anotar las siguientes:

  1. Ninguna clase especial de personas es elegida para el desem­-
    peño de los ritos; en otras palabras, no hay sacerdotes. Los ritos pueden
    ser desempeñados por cualquiera, según lo demande la ocasión.

  2. Ningún lugar especial se señala para la realización de los ritos;
    en otros términos, no hay templos. Los ritos pueden realizarse en cual­-
    quier parte, según lo demande la ocasión.

  3. Se reconocen espíritus, no dioses: a) A diferencia de los dioses,
    los espíritus tienen restringidas sus operaciones a partes definidas de la
    naturaleza. Sus nombres son generales, comunes; no son nombres pro­-
    pios. Sus atributos son genéricos mejor que individuales y específicos; en
    otras palabras, hay un número indefinido de espíritus de cada clase y los
    individuos de cada clase son muy semejantes entre sí; no tienen una indi-­
    vidualidad marcadamente definida; no hay tradiciones aceptadas y co­-
    rrientes respecto a su origen, vida, aventuras y carácter, b) Por otro
    lado, los dioses, a diferencia de los espiritas, no están restringidos en
    departamentos delimitados de la naturaleza. Es verdad que, por lo ge-­
    neral, hay algún campo sobre el que presiden como su dominio especial,
    pero no están confinados rigurosamente en él; pueden ejercer su pode­
    río para el bien y el mal en muchas esferas de la naturaleza y de la vida.
    Además llevan nombres individuales o personales propios, tales como

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Deméter, Perséfona, Dionisos, y su carácter e historia individual está fijado por los mitos circulantes y las representaciones artísticas.

4. Los ritos son mágicos más bien que propiciatorios. En otros tér­minos, las cosas deseadas no se obtienen propiciando el favor de los seres divinos por medio del sacrificio, oración y loores, sino-mediante ceremo­nias como las que hemos expuesto, que se supone influyen directamente en la marcha o curso de la naturaleza, mediante una simpatía o parecido material entre el rito y el efecto que con él se desea obtener.



Juzgando por estas pruebas, las costumbres de primavera y de la recolección de nuestros campesinos europeos merecen clasificarse como primitivas. No se eligen ni seleccionan clases especiales de personas ni lugares especiales para sus realizaciones; cualquiera puede desempeñarlas, amo o sirviente, casada o soltera, muchacho o jovencita; no son reali­zadas en templos ni iglesias, sino en los bosques y en los prados, junto a los arroyos, en los graneros y pajares, en las eras, en las granjas y las alquerías. Los seres sobrenaturales cuya existencia dan por sentada son espíritus mejor que deidades: sus funciones están limitadas a ciertos cam­pos bien definidos de la naturaleza, sus nombres son comunes, como madre de la cebada, la vieja, la doncella, no nombres propios como De­méter, Perséfona y Dionisos. Sus atributos genéricos con conocidos, mas sus historias individuales y caracteres no son tema de mitos. Existen como clase mejor que como individuos, y los miembros de cada clase son indistinguibles. Por ejemplo, cada rancho, estancia, hacienda, cor­tijo, todos tienen su madre del grano o su vieja o su doncella; pero cada madre del grano es muy semejante a todas las demás madres del grano y lo mismo respecto a las viejas y doncellas. Finalmente, en estas costum­bres de recolección, como en las de primavera, el ritual es mágico mejor que propiciatorio. Esto se demuestra por el acto de arrojar al río a la madre del cereal con objeto de asegurar la lluvia y la humedad necesa­rias para las cosechas; por el de aumentar el peso de la vieja, con el de­signio de obtener una cosecha más grande al año siguiente; por el de dise­minar el grano del último haz en los sembrados, durante la primavera, y por el de dar a comer la última gavilla al ganado para que medre.

CAPÍTULO XLVI

LA MADRE DE LAS MIESES EN MUCHOS PAÍSES

1. la MADRE DEL MAÍZ EN AMÉRICA

Los pueblos europeos antiguos y modernos no han sido los únicos en personificar al grano como una diosa madre. La misma idea sencilla ha surgido en otras razas agrícolas en distintas partes del mundo, y fue aplicada por éstas a otros cereales indígenas distintos de la cebada y el trigo. Si Europa tiene su madre de la cebada, su madre del trigo, etc.,

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América tiene su madre del maíz y las Indias Orientales su madre del arroz. Ilustraremos ahora estas personificaciones, comenzando con la per­sonificación americana del maíz.

Hemos visto entre los pueblos europeos que es costumbre corriente el que los trenzados tallos de cereal de la última gavilla o el muñeco formado de la misma se guarde en la alquería de cosecha a cosecha. La intención no dudosa es, o mejor aún era en su principio, preservar al representante del espíritu del grano para mantener al espíritu mismo en vida y actividad durante todo el año con el designio de hacer crecer la mies y mejorar la cosecha. Esta interpretación de la costumbre es bajo todos los conceptos admisible como muy probable para una costumbre similar que tenían los antiguos peruanos y que el antiguo historiador es­pañol Acosta describe así: "En esta luna y mes [el sexto, que corres­ponde a mayo], que es cuando se trae el maíz de la era a casa, se hacía la fiesta que hoy día es muy usada entre los indios, que llaman aymoray. Esta fiesta se hace viniendo desde la chacra o heredad, a su casa, diciendo ciertos cantares, en que ruegan que dure mucho el maíz la cual llaman mamacora, tomando de su chacra cierta parte de maíz más señalado en cuantidad, y poniéndola en una troje pequeña que llaman pirua, con ciertas ceremonias, velando en tres noches, y este maíz meten en las mantas más ricas que tienen, y desde que está tapado y aderezado, ado­ran esta pirua y la tienen en gran veneración, y dicen que es madre del maíz de su chacra, y que con esto se da y se conserva el maíz. Y por este mes hacen un sacrificio particular, y los hechiceros preguntan a la pirua si tiene fuerza para el año que viene; y si responde que no, la llevan a quemar a la misma chacra, con la solemnidad que cada uno puede y hacen otra pirua con las mismas ceremonias, diciendo que la renuevan para que no parezca la simiente del maíz; y si responde que tiene fuerza para durar más, la dejan hasta otro año. Ésta impertinencia dura hasta hoy día, y es muy común entre indios tener estas piruas y hacer la fiesta del aymoray".

En la descripción de esta costumbre creemos que hay algún error.1 Probablemente era el haz de cañas de maíz vestido, no el granero (pirua), el adorado por los peruanos y considerado como la madre del maíz. Se confirma esto porque conocemos la costumbre peruana por otra fuente.2 Los peruanos, nos dicen, creían que todas las plantas útiles estaban ani­madas por un ser divino que ocasionaba su crecimiento. Según cuál fuera la planta, estos seres divinos eran llamados madre del maíz (mama zara),

1 Sí lo hay, pero no del historiador Acosta, sino de quien hizo la versión al inglés de su Historia natural y moral de las Indias (1590) (México, Fondo de Cultura Eco­nómica, 1940, pp. 430 s.), que traduce de la obra de Acosta: ". . .in a certain granary which they do call Pirua. . .", frase que sirve de base a la argumentación de Frazer.

2 La fuente a que alude el autor son los datos de Mannhardt, que a su vez los recoge de la Carta pastoral de exhortación e instrucción contra las idolatrías de los indios del arzobispo de Lima, Pedro de Villagómez, publicada allí (1649) y que se basa en la obra anterior de J. P. de Arriaga, Extirpación de la idolatría del Pirú (Lima, 1621), de la que existe un ejemplar en el Museo Británico.

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madre de la quina 1 (mama quinoa), madre de la coca (mama coca) o madre de la patata (mama axo). Las figuras de estas madres divinas se hacían respectivamente de panojas de maíz y hojas de la quina y de la coca, que vestían con ropas de mujer y adoraban después. Así, la madre del maíz se representaba por una muñeca hecha de cañas de maíz ves­tida con atavíos femeninos y los indios creían que "como madre tenía la virtud de producir y dar nacimiento a mucho maíz". Probablemente por esto, Acosta no entendió bien a su informador y la madre del maíz que describe no es el granero (pirua), sino el haz de maíz cubierto de ricas vestiduras. La peruana madre del maíz, al igual que la doncella de la cosecha en Balquhidder, se guardaba un año para que, mediante ella, el maíz creciera y se multiplicara. Pero temiendo que sus energías no fue­ran suficientes para durar hasta la cosecha próxima, preguntaban a la madre del maíz cómo se sentía, y si respondía que se sentía débil la quemaban y arreglaban una nueva madre del maíz "con el fin de que la semilla del maíz no pereciera". Puede observarse que aquí tene­mos una buena confirmación de la explicación ya dada de la costumbre de matar al dios, lo mismo periódica que ocasionalmente. A la madre del maíz se la consentía, como regla general, vivir un año, siendo éste el pe­ríodo durante el cual suponían razonablemente incólumes sus energías, pero al primer signo de decaimiento la condenaban a muerte y una nueva y vigorosa madre del maíz ocupaba su lugar, temiendo que el maíz del que dependían para su mantenimiento pudiera languidecer y decaer.

2. la MADRE DEL ARROZ EN LAS INDIAS ORIENTALES

Si el lector siente todavía alguna duda sobre el significado de las costumbres de recolección practicadas por los campesinos europeos y que recuerdan personas que viven todavía, estas dudas quizá pueda eliminar­las comparándolas con las observadas en la recolección del arroz por los malayos y dayakos de las Indias Orientales, pues estos pueblos orientales no han progresado como nuestros campesinos, más allá del grado inte­lectual en que se originaron tales costumbres: sus teorías y prácticas son todavía congruentes, por cuanto los fantásticos ritos, que en Europa quedaron reducidos hace ya tiempo a meras supervivencias, a pasatiem­pos burlescos y a quebraderos de cabeza de los cultos, para ellos son realidades palpitantes de las que puede darse relación inteligible y veraz. Por eso un estudio de sus creencias y usos concernientes al arroz puede arrojar alguna claridad sobre el significado genuino del ritual del grano en la Grecia antigua y en Europa.

El conjunto del ritual que observaban los dayakos y malayos en conexión con el arroz se funda en la sencilla idea de estar el arroz ani­mado por un alma semejante a la que esos pueblos atribuyen a los hom­bres. Ellos se explican los fenómenos de la reproducción, el crecimiento, la decadencia y la muerte del arroz por los mismos principios con que se

l Quino en Chile es el alforfón o trigo sarraceno.

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explican los fenómenos correspondientes en los seres humanos. Imagi­nan que en las fibras de las plantas, como en el cuerpo del hombre, hay cierto elemento vital tan independiente de la planta, que por algún tiem­po puede separarse de ella sin efectos mortales, aunque si su ausencia se prolonga más allá de ciertos límites, la planta se marchita y muere. Este elemento vital, aunque separable, es el que, a falta de un término apropiado, podemos llamar el alma de la planta, del mismo modo que un elemento similar, vital y separable se supone comúnmente que cons­tituye el alma humana. Sobre esta teoría o mito del alma de la planta se alza todo el culto de los cereales, exactamente igual que en la teoría o mito del alma humana se levanta todo el culto a los muertos. Altí­sima superestructura elevada sobre un cimiento tan endeble y precario.

Creyendo que el arroz está animado por un alma como la del hom­bre, los indonesios le tratan, consecuentes, con la misma deferencia y consideración con que tratan a sus compañeros. Así, se conducen con el arroz en flor como se portan con una mujer embarazada; se abstienen de disparar tiros o de hacer ruidos fuertes en el arrozal, en consideración a que podría aterrorizarse el alma del arroz y abortar, no dando grano, y por la misma razón, no hablarán de los demonios o cadáveres en los arrozales. Además nutren al arroz con alimentos de varias clases que se juzgan saludables para las mujeres grávidas, mas en cuanto las espigas del arroz empiezan a formarse, las tratan como si fuesen niños y las mujeres andan por los arrozales alimentando a las plantas igual que a los bebés humanos con papillas de arroz. En tan natural y evidente comparación de la planta productora a la mujer propagadora y del grano tierno al niño lactante ha de buscarse el origen de la concepción griega, semejante de la madre del grano y la hija del grano, Deméter y Per-séfona. Mas si la tímida alma femenina del arroz puede asustarse y abortar por ruidos fuertes, fácil es imaginar cuál será su sentimiento en el momento de la cosecha, cuando la gente, bajo la triste necesidad, tiene que segarlo a navaja. En momentos tan críticos, todas las precauciones son pocas para ejecutar la obligada operación quirúrgica de segar con el mayor disimulo y el menor dolor posibles. Por esta razón, la siega del arroz se hace con cuchillos de una forma especial para que el segador pueda ocultar la hoja en su mano sin aterrorizar al espíritu del arroz hasta el preciso y último instante, en que su cabeza será abatida casi sin que se dé cuenta, y, por un motivo delicado parecido, el segador en su tarea del arrozal emplea. una forma especial de hablar que supone no entenderá el espíritu del arroz para que no esté advertido o receloso de lo que va a suceder, hasta que las cabezas del arroz estén en segu­ridad, depositadas en el cesto.

Entre los pueblos indonesios que personifican así al arroz, podemos señalar como típicos a los kayanos o bahaus del Borneo Central. Para aprehender y retener el alma tránsfuga del arroz, los kayanos recurren a varias prácticas. Entre los instrumentos que usan para este propósito están una escala de mano en miniatura, una espátula y una cesta de
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ganchitos, espinas y cuerdas. Con la espátula, la sacerdotisa frota sua­vemente el alma del arroz haciéndola bajar por la escalita a la cesta donde, claro está, queda apresada por los ganchos, espinas y cuerdas; así capturada y encarcelada, la llevan al granero del arroz. Algunas veces se emplean una caja de bambú y una red con el mismo designio. Para asegurar una buena cosecha al año siguiente, es preciso no sólo detener el alma de todos los granos del arroz cuidadosamente almacenados en el granero, sino también atraer y recobrar el alma de todo el arroz que se ha caído al suelo o que se comieron los ciervos, monos y cerdos. Para ello los sacerdotes han inventado instrumentos de varias clases, de los que, por ejemplo, uno consiste en una vasija de bambú provista de cua­tro ganchos hechos con la madera de un árbol frutal, por medio de los cuales el alma ausente del arroz puede engancharse y meterse en la vasija, que se cuelga después dentro de la casa. Otras veces se emplean para el mismo efecto dos manos talladas en madera de árbol frutal. Cada vez que una ama de casa kayana saca arroz del granero para uso doméstico, tiene que aplacar las almas del arroz del granero, no sea que se enojen por este robo de substancia.



Los karens de Birmania sienten la misma necesidad de apresar el alma del arroz para asegurar una buena cosecha. Cuando un campo de arroz no prospera, suponen que el alma (kelah) está detenida y no puede volver al grano. Si no se consigue atraer al alma, fallará la cosecha. Se emplea la siguiente fórmula para llamar al kelah (alma) del arroz: "¡Venid, oh kelah del arroz, venid! ¡Venid al Arrozal! ¡Venid al arroz! ¡Con semilla de ambos sexos, venid! ¡Venid del río Kho! ¡Venid del río Kaw! ¡Venid de la confluencia de estos ríos, venid! ¡Venid del oeste, venid del este! ¡Venid del buche del pájaro, de la boca del mono, de la garganta del elefante! ¡Venid de las fuentes de los ríos y de sus desem­bocaduras! ¡Venid de la región de los shan y los birmanos! ¡Venid de los reinos distantes, venid de todos los graneros! ¡Oh, kelah del arroz, venid al arroz!"

La madre de la mies de nuestros campesinos europeos tiene una contrafiguración en la madre del arroz de los minangkabauers de Su­matra, que sin ningún género de dudas atribuyen alma al arroz y asegu­ran en ocasiones que el arroz machacado de cierto modo sabe mejor que el arroz molido en un molino, porque en el molino el cuerpo del arroz se magulla y golpea tanto que el alma huye. Como los javaneses, creen que el arroz recibe la protección especial de un espíritu femenino lla­mado Saning-Sari, a quien se concibe como tan estrechamente afín al grano que el arroz lleva muchas veces su nombre, así como entre los romanos el grano podía llamarse Ceres. A Saning-Sari se la representa especialmente por ciertas cañas o granos llamados indoea padi, es decir, literalmente "madre del arroz", nombre que se da a menudo al mismo espíritu. Esta llamada madre del arroz es el objeto de muchas ceremo­nias verificadas en la replantación y cosecha del arroz, así como durante su conservación en el granero. Cuando van a sembrar arroz en el semillero,

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donde, según el sistema húmedo de cultivo, germina y brota por lo ge­neral antes de ser trasplantado al arrozal, escogen los granos mejores para formar la madre del arroz y se los siembra en medio del semillero y el resto de la semilla corriente a su alrededor. Se supone que situar así a la madre del arroz ejerce gran influencia en el crecimiento de éste; si ella se marchita o estropea, la cosecha será en consecuencia mala. La mujer que siembra la madre del arroz en el semillero deja su pelo col­gando suelto y después se baña, como medio de asegurar abundante cosecha. Cuando llega el momento de trasplantar el arrozal del semi­llero al arrozal, se traslada a la madre del arroz colocándola en un sitio especial, ya en medio del campo o en una esquina, y dicen una oración o conjuro como la que sigue: "Saning-Sari, que pueda venir una me­dida de arroz de cada tallo y una cesta llena de cada planta; que no se asuste por los relámpagos o por algún transeúnte. Que el buen tiempo la alegre; que con la tormenta no se inquiete y que la lluvia sirva para lavarle la cara". Cuando el arroz crece, la planta especial que fue tratada como madre del arroz se deja de distinguir entre las demás perdiéndose entre ellas, pero antes de la cosecha se encuentra otra madre del arroz. Cuando la mies está madura para la siega, la mujer de más edad de la familia o un hechicero va a buscarla. Las primeras cañas de arroz que se encorvan a la brisa son la madre del arroz, las que atan juntas pero sin cortarlas hasta que las primicias del arrozal han sido llevadas a casa para servir como una comida de fiesta para la familia y las amistades y hasta para los animales domésticos, pues es el gusto de Saning-Sari que las bestias también participen de sus buenos regalos. Después de la comida, la gente, ataviada de fiesta, va a buscar a la madre del arroz para traerla a casa y la trasladan con muchos cuidados bajo una som­brilla, en un saco primorosamente trabajado, al granero, donde tiene asig­nado un sitio de honor en el centro. Todos creen que ella cuida del arroz en el granero y aun lo multiplica, según muchos.
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