Sir james george frazer la rama dorada



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ción, la cuelgan en la pared, donde queda hasta que llega la temporada de labranza, para preparar la cosecha del siguiente año. Entonces la qui-tan de allí y el primer día que los gañanes van a labrar el ama de la casa de labor la reparte entre ellos, que la guardan en los bolsillos para dársela a los caballos como pienso cuando llegan al campo. Esto se cree que da buena suerte para la próxima cosecha y se sabe que tal es el final apropiado de "la vieja". Usanzas de la misma suerte se conocen en Ga­les. Así, en el Pembrokeshire del norte trenzan un manojo con las últi­mas espigas segadas, de unos quince a treinta centímetros de caña, y lo llaman "la bruja" (wrach); gentes que aún viven recuerdan viejas costum­bres pintorescas que se practicaban en su época. Era grande la excitación entre los segadores cuando quedaba el último trecho de mies sin segar todavía. Todos, por turno, arrojaban la hoz y el que acertaba a cortarlo así recibía un jarro de cerveza casera. Entonces hacían con rapidez "la bruja" (wrach) y la dejaban en un campo vecino, en que los segadores estuvieran aún en su tarea. Esto solía hacerlo el labrador, pero tenía que andarse con pies de plomo para no ser advertido en su maniobra por los vecinos, que si le veían llegar y tenían la menor sospecha de sus inten­ciones, pronto le harían volver sobre sus pasos. Arrastrándose cauteloso por detrás de la barda lindera, acechaba al mayoral de los segadores ve­cinos hasta que se acercaba adonde estaba él pero por el otro lado del muro y entonces le tiraba "la bruja" procurando, si podía, que cayera sobre su misma hoz y aligeraba acto seguido los talones con toda la veloci­dad posible, porque tendría mucha suerte si escapaba sin que le cogieran o sin heridas de las hoces de los segadores furiosos, que volaban hacia él. En otros casos, "la bruja" era llevada por uno de los segadores a la alquería, lo que hacía con toda cautela para no ser visto por los de la casa, pues se exponía a ser maltratado si sospechaban su intento; unas veces le desnudaban de casi todas sus ropas, y otras le bañaban con el agua que habían cuidado de poner en cubos y peroles con esa idea, pero si conseguía llevar la bruja seca y meterla en la casa sin que lo sospecharan, el patrón tenía que darle una propina y otras veces un jarro de cerveza "del tonel junto a la pared", que es, según creemos, el que tiene mejor cerveza y la que pedía siempre el ganancioso. Con precau­ciones colgaba entonces a la bruja de un clavo en el recibidor, estragal o en cualquier otro sitio, y allí quedaba todo el año. La costumbre de traer la bruja a la casa y colgarla allí existe todavía en algunas haciendas de Pernbrokeshire del norte, pero las ceremonias descritas ya no se usan. En el condado de Antrim,1 hasta hace algunos años en que la hoz fue definitivamente reemplazada por la máquina segadora, trenzaban jun­tas las pocas plantas de grano que quedaban en pie en la tierra de labor y después los segadores, con los ojos vendados, tiraban sus hoces a la mies trenzada; el que acertase a cortarlas se las llevaba a casa y las poma en el dintel de entrada. Este puñado de espigas se llamaba el Carley, probablemente la misma que Carlin.

1 Capital Belfast, Irlanda.

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Los pueblos eslavos tienen costumbres similares. Así, en Polonia, a la última gavilla se la llama comúnmente "la baba" o sea la vieja. Se dice que "en la última gavilla está sentada la baba". La gavilla misma es también llamada baba y algunas veces se compone de doce haces pe­queños amarrados juntos. En algunas partes de Bohemia, la baba hecha de la última gavilla tiene forma de mujer con un gran sombrero de paja; la llevan a casa en la última carretada de mies y, con una guirnalda, la entregan dos mozas al hacendado. Las mujeres tienen buen cuidado de no ser las últimas atando gavillas, pues la que ata la última gavilla tendrá un niño al año siguiente. Algunas veces los segadores gritan a la mujer que ata la última gavilla: "Ella tiene la baba" o "Ella es la baba". En el distrito de Cracovia dicen del hombre que ata el último haz: "El Abuelo está sentado en él", y cuando es mujer: "La Baba está sentada en él"; cogen a la mujer y la envuelven en el haz de modo que sólo sobresalga su cabeza. Así metida en la gavilla, la llevan en la última carretada de mies a la casa, donde toda la familia le echa agua encima. Y allí permanece en la gavilla mientras los demás bailan y se queda con el mote de Baba para todo el año.

En Lituania, el nombre de la última gavilla es boba (vieja), corres­pondiendo al nombre polaco de baba. Dicen que la boba está en la mies que queda sin cortar hasta el final. La persona que ata la última gavilla o azadona la última patata queda supeditada a muchas burlas, recibiendo y reteniendo largo tiempo el nombre de la vieja centeno o la vieja de la patata. La última gavilla o boba, a la que dan forma de mujer, es trans­portada solemnemente al pueblo en la última carretada de mies y la riegan con agua al llegar a la granja; después todos bailan con la gavilla.

En Rusia, es también frecuente que el último haz, configurado y vestido de mujer, sea llevado con bailes y cánticos a la alquería. De la última gavilla hacen los búlgaros una muñeca que llaman la reina de la mies o madre del grano; la visten con una camisa de mujer y la conducen por el pueblo, tirándola por fin al río en la idea de ase­gurar mucha lluvia y buen rocío para la cosecha del año entrante. Tam­bién la queman y esparcen las cenizas por los terrenos de labrantío, in­dudablemente para fertilizarlos. El apelativo de reina dado a la última gavilla tiene sus analogías en la Europa central y nórdica. Así, en Salz-burgo, distrito de Austria, tiene lugar al final de la recolección una gran procesión en la que la reina de las espigas (Aehrenkönigin) es transpor­tada en una carretilla por los jóvenes. La costumbre de la reina de la recolección parece haber sido común en Inglaterra. Milton debió estar familiarizado con ello, pues en su Paraíso perdido dice:

Mientras Adán

esperaba con ansiedad su vuelta, había trenzado una guirnalda de preciosas flores para adornar sus cabellos y coronar sus labores campestres, como suelen hacer los segadores con su Reina de la Cosecha.

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Costumbres de esta clase son frecuentes y no sólo practicadas en el rastrojo, sino también en la era. El espíritu del grano, huyendo de los segadores según van cortando la mies madura, abandona la segada y busca refugio en el granero, donde aparece en el último haz trillado, va para perecer bajo los golpes del trillo o huir de allí a la mies, todavía sin segar, de una tierra vecina. Así la última mies que van a trillar se llama la madre de la mies o la vieja. En ocasiones, la persona que da el último palo con su mayal es llamada la vieja, y la envuelven en la paja del último haz o le sujetan en la espalda un manojo de ella. Sea que la envuelvan en paja o se la pongan en la espalda, la acarrean por la aldea entre la chacota general. En algunos distritos de Baviera, Turingia y otras partes, del hombre que trilla la última gavilla dicen que "tiene la vieja" o "la vieja de la mies"; le envuelven en su paja y le conducen o acarrean por la aldea; al final le sientan sobre un montón de estiércol-o le llevan a la era de un vecino que todavía está trillando. En Polonia, al que da el último golpe con el trillo le llaman Baba (la Vieja), le envuelven en mies y le pasean en carro por el pueblo. Algunas veces, en Lituania, no trillan el último haz, sino que lo visten o lo mujeril y lo conducen al granero de un vecino que aún no ha terminado su trilla.

En algunas partes de Suecia, cuando aparece una mujer forastera por la era, le sujetan un mayal al cuerpo, atan espigas alrededor de su cuello, le ponen una guirnalda de flores en la cabeza y gritan: "Mirad a la Mujer de la Mies". Aquí, la forastera súbitamente aparecida es tomada como el espíritu del grano que acaba de salir de las espigas por los trillos. En otros casos la mujer del granjero representa al espíritu del cereal. Así en la Comuna de Saligné (Vendée) la granjera y la última gavilla son atadas, puestas en una sábana, colocadas en unas parihuelas y llevadas a la máquina de trillar empujando a la mujer por debajo de ella. Sacan a la mujer y la gavilla se trilla, siendo después la mujer sacu­dida en la sábana como si la estuvieran aventando en el harnero. Es imposible expresar más claramente1 la identificación de la mujer con la mies que en esta imitación gráfica de trillarla y aventarla.

En estas costumbres, el espíritu del grano maduro se considera como viejo o al menos de edad madura. He aquí la razón de los nom­bres, Madre, Abuela, Vieja y demás. Pero en otros casos el espíritu del grano es concebido como joven. Así en Saldern, cerca de Wolfenbuttel, cuando ya han segado el centeno, atan tres gavillas juntas con una cuer­da, figurando una muñeca, con las espigas por cabeza. Esta muñeca es llamada "la doncella" o "la doncella del grano". En ocasiones el espí­ritu del grano se imagina como una criatura que ha sido separada de su madre por el golpe de hoz. Este concepto aparece en la costumbre polaca de decir al hombre que corta el último puñado de mies: "Ha cortado el ombligo" (cordón umbilical). En algunos distritos de Prusia Occidental, "a la figura hecha con la última gavilla se la llama el bas­tardo, envolviendo a un chico en ella. La mujer que agavilla el último haz representa la madre del grano y dicen que está a punto de parir;

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ella grita como parturienta y una anciana en su papel de abuela hace de comadrona. Al final se grita que el niño ha nacido. Terminado esto, el niño que fue atado en el último haz, llora y berrea imitando a un recién nacido. La abuela envuelve en un saco como si fueran pañales al pretenso infante y lo lleva alegremente al granero por temor de que se acatarre al aire libre". En otras partes de Alemania del norte, la última gavilla o muñeco hecho con ella es llamado el niño, "el hijo de la co­secha" y otras cosas por el estilo y a la mujer que ató la última gavilla la dicen: "recibe al niño".

En algunas partes de Escocia, así como en el norte de Inglaterra, el último puñado de mies cortada en la siega se llama Kirn y de la per­sona que lo llevaba se decía "ganarse el kirn". Lo vestían como una muñeca y se le conocía por el "bebé-kirn" o "muñeca-kirn" o "la don­cella". En Berwickshire, hasta mediados del siglo xix había una vehe­mente competencia entre los segadores para cortar el último manojo de mies. Se reunían delante de él a una pequeña distancia, le tiraban sus hoces a turno y el que conseguía cortarlo se lo entregaba a la moza que prefería. Ésta hacía de la mies asi cortada una muñequita-kirn, vistién­dola y llevándola a la alquería, donde quedaba colgada hasta la nueva cosecha, en que era reemplazada por la nueva muñequita-kirn. En Spot-tiswoode en Benvickshire, la siega de la última gavilla se denominaba "cortar a la reina" casi tan a menudo como "cortar al kirn". El modo de segarlo no era arrojándole las hoces. Uno de los gañanes se dejaba poner una venda sobre los ojos y entregándole una hoz, le daban dos o tres vueltas sobre sí mismo los compañeros y entonces le invitaban a ir a cortar el kirn; el interesado, andando a tientas, tiraba corajudos gol­pes de hoz al aire, excitando la hilaridad. Cuando se había cansado en vano y desistía del empeño, otro segador con los ojos vendados reanudaba la tarea y así unos tras otros iban probando suerte hasta que al fin caía cortado el kirn. El segador afortunado era tirado por el aire con tres aclamaciones de sus hermanos de trabajo. Para decorar el salón en que te­nía lugar la "cena kirn" en Spottiswoode, igual que en el granero donde se celebraba el baile, las mujeres hacían muñequitas-kirn o reinas todos los años. Muchas de estas efigies rústicas del espíritu del grano podían verse colgando juntas.

En algunas partes de la serranía escocesa, el último puñado de mies cortado por los segadores de cualquier finca particular se llama la don­cella, en gaélico Maidheanbuain, literalmente "la doncella motilona". Hay varias supersticiones acerca de la manera de conseguir la doncella: si el que la siega es una persona joven, piensan en que es un presagio de que él o ella se casará antes de la siguiente cosecha. Por estas y otras razones parecidas hay rivalidades por conseguir la doncella y recurren a varias estratagemas con el propósito de asegurarla. Una de ellas, por ejemplo, es dejar un manojo de mies sin segar pero cubierto de tierra para ocultarlo de los otros segadores hasta que toda la mies está segada. Son varios los que intentan el mismo truco y el más disimulado y que

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aguanta más es el que obtiene la codiciada distinción. Cuando han cor­tado la doncella, la visten con cintas a modo de muñeca y la fijan en la pared de la alquería. En el norte de Escocia guardan cuidadosamente "la doncella" hasta la mañana de Navidad, en que la reparten entre el ganado "para que prospere durante todo el año". En las vecindades de Balquhidder, Perthshire, el último manojo de mies lo corta la moza más joven de la finca y hacen de él una muñeca con formas toscamente feme­ninas, vestida con un traje de papel y adornada con cintas. La llaman "la doncella" y la guardan en la casa, generalmente sobre la chimenea, una buena temporada o hasta que traen la doncella de la siguiente co­secha. El autor de este libro asistió a la ceremonia de segar a la doncella en Balquhidder, en septiembre de 1888. Una señora amiga nos informó que cuando muchacha había segado varias "doncellas" a petición de los segadores de las cercanías de Perth. El nombre de doncella se daba al último manojo de mies sin segar; un segador sujetaba el extremo del monojo mientras ella lo cortaba; después trenzaban las espigas, la decora­ban con cintas y la colgaban en un lugar visible del muro de la cocina hasta que trajeran la siguiente "doncella". La cena de la recolección en estas vecindades también se llamaba "la doncella" y en ella bailaban también los segadores. "

Hacia el año de 1830, en algunas alquerías del Gareloch, en Dum-bartonshire, el último puñado de mies que quedaba en pie se llamaba la doncella; eran separadas las cañas en dos mitades que trenzaban y después las cortaba con hoz una moza que se pensaba sería así muy afor­tunada y se casaría pronto. Cuando ella cortaba la mies, todos los sega­dores reunidos alrededor tiraban al aire sus hoces. Vestían a la doncella y la ponían cintas, colgándola después en la cocina cerca del techo, don­de la guardaban por años, llevando la fecha de su cosecha en un papel prendido a ella. Podían verse algunas veces a un tiempo colgando de ganchos cinco o seis "doncellas". La cena de la recolección se llamaba el Kirn. En otras fincas del Gareloch, al último manojo se le llamaba "doncellez" o "el virgo"; lo trenzaban diestramente y en ocasiones con cintas, colgándolo en la cocina por un año y dándolo después a las gallinas.

En Aberdeenshire, la última gavilla segada o doncella es llevada a casa en alegre procesión de segadores. Allí es presentada a la señora de la hacienda, que la viste y conserva hasta que nace el primer potrillo de una de las yeguas, en que presentan la doncella a la yegua como su pri­mer alimento. El descuido de esto podría acarrear malos efectos al po­trillo y consecuencias desastrosas en las faenas de temporada de la alque­ría en general. En el noroeste de Aberdeenshire, la última gavilla es comúnmente llamada la gavilla Clyack. Antes la cortaba la muchacha más joven de las presentes, la vestía como una mujer y la traían a casa en triunfo; allí la guardaban hasta la mañana de Navidad, en que se la entregaban a una yegua preñada y si no había en la granja, a la vaca preñada más vieja. En otras partes la gavilla se repartía entre todas las

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vacas o sus terneros o entre todos los caballos y todo el ganado de la granja. En Fifeshire, el último haz de mies, conocido como "la don­cella", es segado por una muchacha joven que le da forma parecida en algo a una muñeca; la ata con cintas y la cuelga de ellas a la pared de la cocina de la granja hasta la primavera próxima. La costumbre de segar "la doncella" en la recolección también se usó en Inverness-shire y en Sutherlandshire.

Una edad madura, aunque todavía joven, se asigna al espíritu del grano en sus apelativos de "novia", "novia de la avena" y "novia del tri­go", que en Alemania se usa indistintamente, unas veces para el último haz y otras para la mujer que lo ata. En la recolección del trigo en Müglitz, Moravia, se deja una pequeña porción de mies en pie cuando va todo el resto del terreno está segado. Este remanente lo corta entre el regocijo de los segadores una jovencita que lleva una corona de espigas de trigo en la cabeza y se la nombra "novia del trigo". Se supone que será una novia efectiva aquel mismo año. Cerca de Roslin y Stonehaven, en Escocia, el último manojo de mies cortado "recibía el nombre de 'la novia', que colocaban sobre el bress o repisa de la chimenea con una cinta atada bajo sus numerosas espigas y otras alrededor de su cintura".

Algunas veces la idea implícita en el nombre de novia se exterio­riza y desenvuelve más completamente representando los poderes repro­ductores de la vegetación, como novia y novio. Así, en Vorharz bailan en el banquete de recolección una "mujer-avena" y un "hombre-avena", los dos forrados de paja. En Sajonia del sur figuran juntos en la cele­bración de la cosecha un "novio-avena" y una "mujer avena". El "novio-avena" es un hombre todo envuelto en paja de avena; la "novia-avena" es un hombre vestido de mujer y sin envoltura de paja. Son llevados en una carreta a la cervecería, donde se verifica el baile. Al comenzar éste, los bailarines empiezan a tirar de las pajas arrancándoselas una a una al novio avena, mientras él se defiende como puede, hasta que consiguen quitarle toda la envoltura quedando desnudo y sirviendo de chacota y burla de los reunidos. En la Silesia austríaca, la ceremonia de "la novia-trigo" se celebra por la gente joven al terminar la recolección. La mujer que ató la última gavilla hace el papel de "novia-trigo", llevando la co­rona de espigas de la cosecha y flores en la cabeza. Así adornada, colocan a su lado al novio, y en su carreta, acompañada por doncellas de honor, la lleva una yunta de bueyes, imitando un desfile nupcial, a la taberna donde se baila hasta la madrugada. Un poco más adelante de la esta­ción, el casamiento de la novia-avena se celebra con parecida pompa rústica. Cerca de Neisse, en Silesia, visten como pareja nupcial de un modo original a un rey-avena y una reina-avena, que se sientan en una rastra o grada, que los bueyes arrastran hasta la aldea.

En estos últimos casos el espíritu del cereal está personificado en la doble forma masculina y femenina, pero en ciertas ocasiones el espí­ritu aparece en doble forma femenina, joven y madura, correspondiendo exactamente a las griegas Perséfona y Deméter, si nuestra interpretación

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de esas diosas es acertada. Hemos visto que en Escocia, en particular entre la población de habla gaélica, las últimas mieses segadas son en ocasiones llamadas "la vieja" y algunas veces "la doncella". Ahora bien hay partes de Escocia en que ambas, la vieja (Cailleach) y la doncella, son segadas en la recolección. Los relatos de esta costumbre no son muy claros ni convincentes, pero creemos que la regla general es que en donde hay ambas, doncella y vieja (Cailleach) hechas de la mies cortada en la recolección, la doncella es formada de las últimas espigas que quedan en pie y la guarda el agricultor en cuyas tierras fue cortada, mientras que la vieja está hecha de otras mieses, a veces de los primeros tallos cortados, y por lo general se traspasa a un agricultor rezagado que to- davía está segando cuando ya su activo vecino ha concluido de cortar toda su mies. Así pues, mientras cada agricultor conserva su propia doncella como corporeización del espíritu juvenil y fructífero del grano, traspasa la vieja a su vecino, en cuanto puede, de modo que la vieja puede dar la vuelta a todas las alquerías del distrito antes de encontrar un lugar donde reclinar su cabeza venerable. El labrador con quien en­cuentra finalmente su morada es, por supuesto, el que ha sido el último de toda la campiña en terminar de segar su mies, y así la distinción de hospedarla es, como quien dice, poco envidiable. Se piensa de él que está condenado a la miseria o queda bajo la obligación de "alimentar el hambre del distrito" en la próxima temporada. De igual modo hemos visto que en Pembrokeshire, donde la última gavilla cortada no se llama la doncella, sino la bruja, es pasada en cuanto se puede a un vecino que tiene todavía tarea en sus tierras y que recibe a la anciana visitante de cualquier modo menos con gusto. Si la vieja representa al espíritu del grano del año anterior, como es probable siempre que se la contraponga a una doncella, es bastante natural que sus encantos marchitos tengan menos atractivos para el agricultor que las formas opulentas de su hija, de la que puede esperarse que llegará a ser la madre del grano dorado cuando pase el año y venga otro otoño. El mismo deseo de librarse de la depauperada madre del cereal largándola a otro, se transparenta en algunas de las costumbres cumplidas al terminar la última parva, particu­larmente en la práctica de traspasar un adefesio de muñeco de paja al vecino agricultor que todavía está trillando sus parvas.
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