Sir james george frazer la rama dorada



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En suma, si olvidamos las teorías para adherirnos al testimonio de los antiguos respecto a los ritos de Eleusis, probablemente nos sentiremos inclinados a coincidir con el más ilustrado de los antiguos arqueólogos, el romano Varrón,1 cuya opinión cita en su texto San Agustín: "[Varrón] interpreta el conjunto de los misterios eleusinos en relación con el grano, que Ceres (Deméter) ha descubierto, y con Proserpina (Perséfona), que Plutón arrebató. Y Proserpina misma —dice— simboliza la fecundidad de las semillas, cuyo fracaso en cierto tiempo ocasionó que la tierra se enlutase por la esterilidad y por esta razón dio origen a la opinión de que la hija de Ceres, que es la misma fecundidad, fue raptada por Plutón y retenida en el mundo de abajo. Y cuando la carestía fue públicamente lamentada y la fecundidad volvió, hubo júbilo por la vuelta de Proserpina y en consecuencia se instituyeron ritos solemnes. Después —continúa San Agustín, citando a Varrón— se enseñaron muchas cosas en sus Misterios que no tienen relación más que con el descubrimiento del grano".

Hasta aquí hemos supuesto en su mayor parte una identidad de naturaleza entre Deméter y Perséfona, la madre divina y la hija, perso­nificando al grano en su doble aspecto del grano simiente del año anterior y del grano de la espiga recién segada, y esta noción de la unidad substancial de madre e hija se evidenció por sus retratos del arte griego, tan semejantes que a veces son indistinguibles. Un parecido tan estrecho entre los tipos artísticos de Deméter y Perséfona habla decidida-

1 Marco Terencio Varrón, polígrafo, amigo de Julio César y enemigo de los. triunviros.

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mente contra la idea de que las dos diosas eran personificaciones míticas de dos cosas tan diferentes como fáciles de distinguir como son la tierra y la vegetación que brota de ella. De haber acogido los artistas griegos esta noción de Deméter y Perséfona, seguramente habrían trazado tipos de ellas que mostrasen la profunda distinción entre las dos. Y si Deméter no personificó la tierra, ¿puede quedar alguna duda razonable de que era, lo mismo que su hija, una personificación del grano que tan común­mente fue llamado por su nombre propio desde los tiempos de Homero? La identidad esencial de la madre con la hija se deduce no sólo del estrecho parecido de sus tipos artísticos, sino también del título oficial de "las dos diosas", que se las daba con regularidad en el gran templo santuario de Eleusis, sin especificación de sus atributos y títulos indivi­duales, como si sus divinidades separadas se hubieran fundido en su mayor parte en una substancia divina única.



Examinando globalmente las pruebas, estamos autorizados, sin duda, para deducir que en la mente del griego corriente, las dos diosas fueron en esencia personificaciones del grano y que en este germen encuentra implícita su explicación la total eflorescencia de su religión. Mas sostener esto no significa negar que en el largo recorrido de la evolución religiosa se injertaran en este sencillo y originario tronco conceptos espirituales y de alta moral, brotando en flores más bellas que las de la cebada y el trigo. Sobre todo, la reflexión de que la semilla quedaba enterrada bajo el suelo con la idea de que surgiera en primavera a una vida nueva y más elevada pronto sugirió una comparación con el destino humano y reforzó la esperanza de que para el hombre también más allá de la tumba puede comenzar una existencia mejor y más feliz en un mundo desconocido, más brillante y luminoso. Esta reflexión tan sencilla y natural creemos que es suficiente para explicar la asociación de la diosa del cereal en Eleusis con el misterio de la muerte y la esperanza de una inmortalidad bendita. Que los antiguos consideraban la iniciación en los misterios eleusinos como una llave para abrir las puertas del Paraíso parece proba­do por las alusiones, que dejan caer los escritores bien informados de entre ellos, respecto a la felicidad reservada después a los iniciados. No hay duda que es fácil para nosotros discernir la falta de solidez del fun­damento lógico sobre el que estaban construidas estas esperanzas tan elevadas; los hombres, ahogándose, se agarran a un clavo ardiendo y no es para asombrarse que los griegos, lo mismo que nosotros, con la muerte delante y un gran apego a la vida en los corazones, no se parasen a valorar con cuidado demasiado exquisito el puñado de argumentos que tenían en pro y en contra de la probabilidad de la inmortalidad humana. El razonamiento que satisfizo a San Pablo y ha tranquilizado a incon­tables millones de cristianos afligidos en su lecho de muerte o ante la tumba abierta de sus seres queridos, era bastante bueno para que lo aceptaran los antiguos gentiles cuando, demasiado agobiadas sus cabezas bajo el peso del dolor moral y con la llama de la vida extinguiéndose, mirasen hacia adelante en la obscuridad de lo desconocido. Por esta

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razón, no censuramos con desdén el mito de Deméter y Perséfona (uno de los pocos en que el esplendor meridiano y la claridad del genio griego entrecruza con las sombras y misterios de la muerte) cuando derivamos su origen de algunos de los aspectos más familiares, aunque eternamente impresionantes, de la naturaleza: de la sombria melancolía y decaimiento del otoño y de la frescura, brillantez y verdor de la primavera.

CAPÍTULO XLV

“LA MADRE" DE LAS MIESES Y "LA DONCELLA" DE LAS MIESES EN LA EUROPA CENTRAL

W. Mannhardt arguye que la primera parte del nombre de Deméter deriva de una supuesta palabra cretense, deai, "cebada", y en consecuen­cia Deméter significa ni más ni menos que "madre de la cebada" o "madre del grano"; pero la raíz de la palabra creemos que se aplica a diferentes clases de grano por las distintas ramas arias. Como Creta parece haber sido uno de los más antiguos centros del culto a Deméter no sería muy raro que su nombre fuese de origen cretense. Pero esta etimología está abierta a objeciones serias y por ello es lo más seguro no darle demasiada importancia. Sea como sea, encontramos razones inde­pendientes de la etimología para identificar a Deméter como la madre del grano o cereal y de las dos especies de grano asociadas con ella en la religión griega, a saber, la cebada y el trigo, pudiendo tener quizá la ce­bada mejor derecho a ser el elemento original de ella, pues no sólo fue el principal alimento de los griegos en la época homérica, sino que hay fundamentales razones para pensar que es uno de los más antiguos, si no el más antiguo, de los cereales cultivados por los pueblos arios. Cier­tamente que el uso de la cebada en el ritual religioso, tanto en el de los antiguos indostanos como en el de los antiguos griegos, aporta un argu­mento de fuerza en favor de la gran antigüedad de su cultivo, del que se sabe que fue practicado por los habitantes lacustres de los palafitos de la Edad de Piedra en Europa.

Del folklore europeo moderno ha reunido W. Mannhardt gran abun­dancia de analogías con la madre de la cebada o madre del grano de la antigua Grecia; las siguientes pueden servirnos de muestra.

En Alemania el grano es muy comúnmente personificado con la expresión "madre del grano". Así, en primavera, cuando las mieses ondulan al viento, los campesinos dicen: "Allí viene la madre del grano", o "La madre de la mies está corriendo por el campo", o "La Madre del grano está corriendo por entre las mieses". Cuando los niños quieren ir a las mieses a coger los azulados acianos o amapolas rojas, les dicen que no vayan, pues la madre del grano está sentada entre las espigas y los atrapará. También la llaman, según la cosecha de que se trate, madre del centeno o madre del guisante, y a las criaturas se les advierte que

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no se alejen por entre el centeno o los guisantes por miedo a la madre del centeno o del guisante. También se cree que la madre de la mies hace medrar la cosecha; así, en las vecindades de Magdeburgo se dice en ocasiones: "Será buen año para el lino; han visto a la madre del lino" En una aldea de Estiria dicen que la madre de la mies, en figura de una muñeca hecha con la última gavilla de mies y vestida de blanco, puede verse entre las mieses, que fertiliza a medianoche cuando pasa por entre ellas; pero si está enfadada con un labrador, marchitará sus mieses.

También la madre del grano juega un papel importante en las cos­tumbres de la recolección. Creen que ella está presente en el último haz que se deja sin segar en el campo y cortándolo se la captura, se la ahuyenta o se la mata. En el primero de estos casos, la última gavilla es llevada alegremente a casa y honrada como un ser divino. La colocan en el granero y en la era aparece otra vez el espíritu del grano. En el dis­trito hannoveriano de Hadeln, los segadores rodean al último haz y le dan de palos, con el designio de echar de allí a la madre del grano. Se ins­tigan unos a otros: "Ahí está, échala", y gritan: "Ten cuidado, no te vaya a coger". El apaleamiento dura hasta que el haz está hecho trizas: de este modo creen que la madre de la mies se marcha. En las cerca­nías de Dantzig, el que corta la última gavilla hace con ella un muñeco que denomina la madre del grano, o la vieja, y que traen a la alquería en la última carreta. En alguna partes de Holstein visten con ropas de mujer a la gavilla postrera. La llaman la madre del grano, la llevan en la última carreta y la empapan completamente de agua. El remojón indu­dablemente es un sortilegio pluvial. En el distrito de Bruck, en Estiria, al último haz, llamado la madre del grano, le da figura de mujer la vecina de 50 a 55 años de edad que lleve más años de casada. Entresacan las mejores espigas de la figura y con flores entrelazadas hacen una guir­nalda que lleva en la cabeza la muchacha más bonita de la aldea para entregársela al labrador o hacendado, mientras la madre del grano es depositada en el granero para alejar los ratones. En otros pueblos del mismo distrito, al final de la recolección dos mancebos llevan a la madre del grano en el extremo de una pértiga. Tras ellos marcha la muchacha que lleva la guirnalda a la casa del hacendado, y mientras el amo recibe la guirnalda y la cuelga en alto en el recibidor, colocan la madre de la mies en lo alto de una pila de leña, desde donde preside la cena de recolección y bailan después a su alrededor. Terminada la fiesta, la cuel­gan en un granero y allí permanece hasta que ha concluido la trilla. Al trillador que da el último golpe con el mayal se le llama el hijo de la madre del grano; le atan a "ella", le golpean y así le llevan por la aldea. Dedican la guirnalda a la iglesia el siguiente domingo y en la vís­pera de Pascua Florida, una niña de siete años sacude la guirnalda para que suelte los granos, que son esparcidos entre la mies nueva. En N;1~ viciad colocan la paja de la guirnalda en las pesebreras para hacer que medre el ganado. Aquí, el supuesto poder fertilizante de la madre del grano se manifiesta plenamente en la diseminación de la semilla tomada

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de su cuerpo entre la mies nueva, pues la guirnalda está hecha de la ma­dre del grano, y su influencia se indica por la colocación de su paja en los comederos. Entre los eslavos también se conoce a la última gavilla como madre del centeno, madre del trigo, madre de la avena, madre de la cebada y otras similares, según la cosecha. En el distrito de Tarnow, en Galitzia, a la guirnalda hecha con las últimas cañas de mies se la llama madre del trigo, madre del centeno, madre del guisante; la ponen en la cabeza de una muchacha y después la guardan hasta la primavera y entonces mezclan sus granos con los de la nueva siembra. Aquí tam­bién está indicado el poder fertilizante del grano. En Francia, en los alrededores de Auxerre, el último haz de espigas lleva el nombre de ma­dre de la mies, sea trigo, cebada, centeno o avena. Lo dejan en pie en el rastrojo hasta que la última carreta va a salir para la alquería. Enton­ces hacen con él un muñeco, lo visten con ropa del labrador y lo ador­nan con una corona y una corbata azul o roja. En el cuerpo del mu­ñeco, que ahora se llama la Ceres, clavan una ramita de árbol. En el baile de la tarde ponen a esta Ceres en medio del suelo y el segador que segó con más rapidez baila a su alrededor con la muchacha más bonita como pareja. Después del baile hacen una pira; las mozas, lle­vando coronas, deshacen la Ceres y ponen los trozos en la pira acom­pañándolos de las flores con que iba adornada. Después, la moza que terminó primero de segar enciende la pira y todos ruegan a Ceres que les dé un año abundante. En este caso, como Mannhardt hace notar, la costumbre antigua ha permanecido intacta aunque el nombre de Ceres sea un rasgo de erudición barata. En la Alta Bretaña dan a la última gavilla forma humana; pero si el agricultor es casado, hacen una doble que consiste en una muñeca pequeña de mies, que incluyen dentro de otra mayor. La llaman gavilla madre y se la entregan a la mujer del agricultor, que la desata y les da dinero para beber.

Algunas veces llaman a la última gavilla, no la madre del grano o de la mies, sino la madre de la cosecha o la gran madre. En la pro­vincia de Osnabrück, en Hannover, se le llama madre de la cosecha; la hacen dándole formas femeninas y después los segadores bailan con ella. En algunas partes de Westfalia, en la recolección del centeno hacen la última gavilla muy pesada atándole piedras. La traen a casa en el último carretón y le llaman la gran madre, aunque no la conforman en figura especial. En el distrito de Erfurt, a una gavilla muy pesada que no necesita estar hecha con el último haz la llaman la gran madre y la lle­van en la última carretada al granero, donde entre todos la sopesan y levantan entre bromas.

Otras veces la última gavilla es llamada la abuela, a la que adornan con flores, cintas y un delantal de mujer. En la Prusia Oriental, cuando recolectan trigo o centeno, los segadores dicen a gritos a la mujer que está atando la última gavilla: "Está agarrando a la abuelona". En las vecindades de Magdeburgo, los jornaleros de ambos sexos contienden por agarrar la última gavilla, llamada la abuela; quien lo consiga se ca-

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sará al año siguiente, pero su cónyuge será viejo: si la agarra una moza se casará con un viudo y si un mozo, desposará a una vieja comadre. En Silesia, la abuela, un enorme haz hecho con tres o cuatro gavillas por la persona que ató la última, se hacía dándole una forma que semejaba toscamente a la humana. En las cercanías de Belfast, la última gavilla lleva algunas veces el nombre de la abuelita; no se corta del modo co­rriente, sino que los segadores tiran sus hoces intentando cortar las últi­mas cañas de espiga, que después se trenzan y guardan hasta el otoño. El que lo consiga se casará dentro del año.

A menudo el último haz es llamado el viejo o la vieja. En Ale­mania es frecuente diseñarlo y vestirlo de mujer y se dice de la persona que lo corta o ata que "agarró a la vieja". En Altisheim, Suabia. cuando lo han segado todo excepto una sola faja de mies, los segadores se co­locan cada uno ante un surco y, a una señal, empiezan a segar todos lo más ligero que pueden: el que da la última hozada, "tiene la vieja". Cuando están colocando las gavillas para formar las hacinas, el que "aga­rra la vieja", que es la más grande y apretada de todas las gavillas, es befado por todos los demás, que le gritan: "El que tiene la vieja, que la guarde". La mujer que ata el último haz es apodada la vieja y dicen que se casará en el próximo año. En Neusaass, Prusia Occidental, la úl­tima gavilla, que visten con una chaqueta, sombrero y cintas, y la mujer que la ató, son llamadas ambas la vieja; juntas son traídas a la hacienda en la última carretada y juntas las remojan con agua. En varias partes de Alemania del norte dan forma humana a la última gavilla de la siega y la llaman "el viejo", y de la mujer que la ató dicen que "tiene al viejo".

En Prusia Occidental, cuando están rastrillando el último centeno que queda, las mujeres y mozas trabajan ligeras, pues ninguna quiere ser la última y agarrar al "viejo", que es un muñeco hecho con la última gavilla que debe ser llevada delante de los segadores por la persona que terminó en último lugar. En Silesia, la última gavilla, apodada la vieja o el viejo, es tema de muchas chacotas; se hace mucho más grande que los haces corrientes y a veces le ponen una piedra para que pese aún más. Entre los wendas, del hombre o mujer que ata el último haz de la recolección de trigo, se dice que "tiene al viejo". Hacen un muñeco de las espigas de trigo con sus cañas, dándole forma parecida a la humana, y la adornan con flores. La persona que ató el último haz debe llevar al viejo a la alquería mientras los demás se burlan y ríen. Cuelgan el muñeco en la granja y allí queda hasta que lo reemplaza el viejo de la cosecha siguiente.

En algunas de estas costumbres, como Mannhardt ha hecho obser­var, la persona llamada por el mismo nombre que el último haz, y que se sienta junto a él en la última carretada que sale del campo segado, es evidente que se identifica con el aludido haz; él o ella representa el espí­ritu del cereal que ha sido capturado en las últimas espigas de la siega. En otras palabras, el espíritu del grano está representado por duplicado: un ser humano y una gavilla o haz. La identificación de la persona con el

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haz es más clara aún por la costumbre de atar o envolver con el úl­timo haz a la persona que lo segó o ató. Así en Hermsdorg, en Suecia, se acostumbraba corrientemente atar juntos el último haz y la mujer que lo había atado. En Weiden, Baviera, no es el que lo ata sino el que lo siega el envuelto y atado con él. Aquí la persona envuelta con la mies representa al espíritu del grano exactamente igual que cuando una per­sona es atada y envuelta con hojas y ramas representando al espíritu arbóreo.

La última gavilla, señalada como la vieja, se diferencia con fre­cuencia de las demás gavillas, por su peso y tamaño. Así, en algunas poblaciones de Prusia Occidental, la vieja es de doble tamaño que las gavillas corrientes y le atan además una piedra en medio. En ocasio­nes es tan pesada que un hombre apenas puede levantarla. En Alt-Pillau, Samland, atan ocho o nueve gavillas juntas para constituir la vieja y el hombre que la levanta gruñe y reniega de su peso. En Itzgrund, Sajo-nia-Coburgo, hacen grande la última gavilla, apodada la vieja, con la expresa intención de asegurar por este medio buena cosecha para el otro año. Así, la costumbre de hacer la última gavilla fuera de lo usual en peso también es un hechizo que, obrando por magia simpatética, asegura una grande y pesada cosecha en la recolección siguiente.

En Escocia, cuando se segaba la última mies después del día de Todos los Santos, la figura de mujer que se hacía con ella, la llamaban en ocasiones Carlin o Carline, que es la vieja. Pero cuando se cortaba antes de Todos los Santos la llamaban la doncella, y si era cortada des­pués de la puesta del sol, la bruja, suponiéndose que traía mala suerte. Entre los montañeses de Escocia al último haz de mies se le conoce por "la vieja esposa" (Cailleach) o como "la doncella"; en general el primer nombre se conserva en la parte occidental y el segundo en la cen­tral y oriental. De la doncella hablaremos de aquí a poco; ahora trata­remos de la vieja esposa. La relación que sigue se debe a un investigador cuidadoso y bien informado, el Rev. J. G. Campbell, ministro protes­tante de la remota isla de Tiree, del grupo de las Hébridas. "La vieja esposa de la cosecha (o Cailleach). En la época de la recolección había una pugna por no ser el último en quedar segando y cuando existía la labranza en común se conocen ejemplos de quedar un lomo entre los surcos sin rapar (ninguna persona lo reclamaba), porque hubiera que­dado el último. Lo que se tenía en cuenta era el temor de tener que ali­mentar hasta la próxima recolección el 'hambre de la alquería' (gort a bhaile) en la forma de una vieja imaginaria (Cailleach). Mucha emula­ción y chacotas se derivaban del miedo a, esta vieja. . . El primero que terminaba hacía un muñeco con algunas hojas de maíz que se llamaba la 'esposa vieja' y lo enviaba a su vecino más próximo. Éste a su vez, lo pasaba a otro más expeditivamente todavía y así hasta que la última per­sona se quedaba con la 'vieja' todo el año".

En la isla de Islay (Hébridas) la última mies segada se denomina “vieja esposa” (Cailleach) y cuando ha terminado su deber en la recolec-
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