Sir james george frazer la rama dorada



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CAPÍTULO XLII OSIRIS Y EL SOL

Se ha considerado algunas veces a Osiris como el dios sol y en los tiempos modernos este punto de vista lo han mantenido tantos distin-

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guidos escritores que merece un breve examen. Si investigamos en qué prueba se basa la identificación de Osiris con el Sol o el dios sol, encon­traremos en nuestro análisis que es nimia en cantidad y dudosa, si no absolutamente nula, en calidad. El diligente Jablonski, primer investi­gador moderno que coleccionó y analizó el testimonio de los escritores clásicos en materia de religión egipcia, dice poder demostrar por distintas vías que Osiris es el Sol, y que puede entresacar una muchedumbre de testimonios para probarlo, mas no necesita hacerlo, puesto que ningún hombre culto ignora este hecho. De los autores antiguos que se aviene a citar, los dos únicos que identifican explícitamente a Osiris con el Sol son Diodoro y Macrobio, que sólo pueden aducir liviano peso a su demostración, pues la exposición de Diodoro es vaga y retórica y las razones de Macrobio, uno de los padres de la mitología solar, en pro de la identificación, excesivamente ligeras.



El fundamento sobre el que principalmente se apoyan algunos escri­tores modernos para identificar a Osiris con el Sol es que la historia de su muerte encaja mejor con los fenómenos solares que con cualesquiera otros de los naturales. Sin vacilar puede admitirse que la aparición y desaparición diaria del Sol pudiera haberse expresado por un mito de su muerte y resurrección: los autores que consideran a Osiris como el Sol tienen buen cuidado de indicar que es al curso cotidiano del Sol, no al anual, al que entienden se aplica el mito. Así, Renouf, que identifica a Osiris con el Sol, admite que el sol egipcio no puede describirse como muerto en invierno ni con la más leve sombra de razón siquiera. Pero si la muerte diaria fue el tema de la leyenda, ¿por qué se celebraba con una ceremonia anual? Este solo hecho es terminante contra la inter­pretación del mito como descriptivo de la salida y puesta solar. Además, aunque pudiera decirse que el sol moría diariamente, ¿qué sentido podría darse a su descuartizamiento?

Creemos haber aclarado a lo largo de nuestro estudio que hay otro fenómeno natural al que pudo aplicarse la concepción de la muerte y resurrección lo mismo que a la salida y puesta del sol, y que efectivamente ha sido concebido y representado en las costumbres populares: este fenó­meno es el crecimiento y decaimiento anual de la vegetación. Una razón seria para interpretar la muerte de Osiris como la decadencia de la vegetación, mejor que como la puesta del sol, se encuentra en la opinión general, aunque no unánime, de la Antigüedad, que consideraba el culto y mito de Osiris, Adonis, Atis, Dionisos y Deméter como religiones esencialmente del mismo tipo. La creencia de la opinión antigua en este respecto es demasiado importante para rechazarla como sí fuese una simple fantasía. Son tan exactamente parecidos los ritos de Osiris a los de Adonis en Biblos que entre las gentes de la propia Biblos se sostenía que era la muerte de Osiris y no la de Adonis la que ellos deploraban. Esta opinión no hubiera podido mantenerse si no hubieran sido los rituales de los dos dioses semejantes hasta el punto de hacerse indistin­guibles. Heródoto encuentra tan grande la similitud entre los ritos de

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Osiris y Dionisos que cree imposible que el último pudiera haberse formado con independencia; supone que debió ser una transmisión reciente, con ligeras alteraciones, de los egipcios a los griegos. También Plutarco, investigador muy agudo en religiones comparadas, insiste sobre el parecido detallado de los ritos de Osiris con los de Dionisos. No podemos rechazar la evidencia de tan inteligente y fidedigno testigo en simple materia de hechos que caen dentro de su propia competencia. Sus explicaciones acerca de los cultos son en verdad posibles de rechazar, pues el significado de los cultos religiosos está abierto a la discusión, pero las semejanzas entre los rituales son materia de observación. Por tal razón, aquellos que explican a Osiris como el Sol quedan en la alternativa de abandonar como equivocaciones los testimonios de la An­tigüedad sobre el parecido de los ritos de Osiris, Atis, Dionisos y De-méter, o de tener que interpretar todos estos ritos como de culto solar. Ningún erudito moderno ha querido encararse con este dilema ni escoger uno de los términos de esta alternativa; aceptar el primero sería afirmar que conocemos actualmente los ritos de estas deidades mejor que las gentes que los practicaron o que, por lo menos, fueron testigos de ellos. Y aceptar el otro término supondría alterar, recortar, destrozar y distorsio­nar el mito y el ritual, a lo que no se atrevió ni el mismo .Macrobio. Por otro lado, la especulación de ser la esencia de estos ritos la pantomi­ma de la muerte y resurrección de la vegetación los explica separada y colectivamente de un modo fácil y natural y los armoniza con el tes­timonio general nacido entre los antiguos ante su substancial semejanza.

CAPÍTULO XLIII



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En los precedentes capítulos mostramos cómo en la Antigüedad las na­ciones civilizadas del Asia Menor y Egipto se figuraron los cambios de las estaciones, y particularmente el crecimiento y declinación de la vege­tación anual, como episodios de la vida de los dioses, cuya muerte llo­rada y feliz resurrección celebraban con dramáticas ceremonias alternativas de duelo y regocijo. Mas si la celebración tenía forma dramática, era substancialmente mágica, es decir, estaba ideada sobre los principios de la magia simpatética para asegurar la regeneración vernal de las plantas y la multiplicación de los animales que pudieran creerse amenazados por las embestidas del invierno. En el antiguo mundo, sin embargo, tales ideas y ritos no estaban sólo confinados a los pueblos orientales de Ba­bilonia y Siria, de Frigia y Egipto; no fueron sólo un producto peculiar del misticismo religioso del Oriente soñador, pues también los compar­tieron las razas de más viva fantasía y de temperamento más inquieto que habitaban las orillas e islas del Egeo. Nosotros, como algunos inves­tigadores de antiguos y modernos tiempos, no necesitamos suponer que



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estos pueblos occidentales tomaran prestado de la más antigua civiliza- ción de Oriente el solemne ritual que dramatizaba ante los ojos de los adoradores la concepción del dios moribundo y renaciente. Más proba­blemente la semejanza que pudiera trazarse a este respecto entre las reli­giones del Oriente y el Occidente consiste sólo en lo que común aunque incorrectamente llamamos una coincidencia fortuita, el efecto de causas similares actuando de igual modo sobre la constitución semejante de la mente humana en los diferentes países y bajo distintos cielos. El griego no necesitaba caminar por remotos países para aprender las vicisitudes de las estaciones, la belleza fugaz de la rosa damascena, la gloria mo­mentánea del dorado grano y el esplendor pasajero de las uvas purpú­reas. Año tras año, en su bellísimo país, contemplaban con pesadumbre natural cómo la pompa brillante del verano caía en la tenebrosidad y paralización del invierno, y año tras año saludaban con la natural alegría el renacimiento de la vida flamante en primavera. Acostumbrado a per­sonificar las fuerzas de la naturaleza, a colorear sus frías abstracciones con las cálidas galas de la imaginación y a vestir las desnudas realida­des con los vistosos ropajes de una mítica fantástica, ideó para sí mismo una procesión de dioses y diosas, de espíritus y sombras del cambiante panorama de las estaciones, y siguió las fluctuaciones anuales de su des­tino con las emociones alternantes de jovialidad y melancolía, de alegría y pena, que encontraron su expresión natural en los ritos sucesivos de regocijo y lamentaciones, de orgías y duelo. Un paralelismo de algunas divinidades griegas que así mueren y emergen otra vez de la muerte pue­de proveernos de una serie de figuras parejas si las colocamos al lado de las tristes siluetas de Adonis, Atis y Osiris. Comencemos con Dionisos.

Como mejor conocemos al dios Dionisos, o Baco, es en su perso­nificación del vino y de la alegría desbordante producida por el jugo de la uva. Su culto frenético, caracterizado por bailes desenfrenados, música enloquecedora y borrachera, parece haber tenido su origen entre las tri­bus rudas de la Tracia, que eran notoriamente adictas a embriagarse. Sus doctrinas místicas y sus ritos extravagantes eran esencialmente extraños a la clara inteligencia y al temperamento sobrio de la raza griega. No obstante, como apelaba a esa ansia de misterio y a la inclinación a recaer en el salvajismo que parecen innatas en la mayoría de los hombres, esta religión prendió como un incendio por Grecia, hasta que el dios en quien apenas se fijó Hornero llegó a ser la figura más popular del pan­teón. Las semejanzas entre su historia y ceremonias con las de Osiris han inducido a algunos investigadores de antaño y hogaño a sostener que Dionisos fue sólo un Osiris disfrazado e importado directamente de Egipto a Grecia. La mayoría de los datos señalan un origen tracio y las semejanzas que se encuentran entre los dos cultos se explican sobra­damente con las similitudes de ideas y costumbres en las cuales se fundaron.

Aunque la vid y los racimos eran el símbolo más característico de Dionisos, también fue el dios de los árboles en general. Así, se nos

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cuenta que casi todos los griegos hacían sacrificios al Dionisos del Árbol. En Beocia, una de sus advocaciones era "Dionisos en el árbol". Su ima­gen con frecuencia era sólo un poste erguido, sin brazos, envuelto en un manto, con una careta barbuda como cabeza y frondosas ramas que salían de la cabeza o del cuerpo, mostrando la naturaleza del dios. En un jarrón se muestra su figura agreste asomando por entre el ramaje de un árbol o arbusto. En Magnesia, sobre el río Meandro, se ha en­contrado, según dicen, una imagen de Dionisos dentro de un sicómoro partido por el viento. Fue el patrón de los árboles cultivados; se le ofre­cían oraciones para que hiciese crecer los árboles y fue especialmente honrado por los labradores, sobre todo por los hortelanos, que coloca­ban un tocón en sus huertos como imagen suya. Se le atribuía haber descubierto todos los árboles frutales, entre los que se mencionan en particular los manzanos y las higueras: se le denominaba "El rey Fruc­tífero", "El de la Fruta Verde", "El Fructificador". Uno de sus títulos era "El Prolífero o Rebosante" (como los capullos o la savia) y había también un Dionisos Florido en Ática y en Patras de Acaya. Los ate­nienses le rendían sacrificios para que prosperasen los frutos de la tierra. Entre los árboles especialmente consagrados a él, además de la vid, es­taba el pino. El Oráculo de Delfos mandó a los corintios que adorasen cierto pino "lo mismo que al dios"; en consecuencia, hicieron del pino dos imágenes de Dionisos con la cara roja y el cuerpo dorado. El dios y sus adoradores están representados en arte llevando una varita con una pina terminal.1 Además, la yedra y la higuera estaban asociados principalmente a él. En la Acarnania ateniense existía un Dionisos de la Yedra; en Lacedemonia había un Dionisos de la Higuera, y en Naxos, donde los higos se llamaban meilicha, había un Dionisos Meilichios, cuya imagen tenía la cara hecha de madera de higuera.

También hay indicaciones, pocas pero significativas, de que se con­cibió a Dionisos como dios de la agricultura y del cereal. Se decía del dios que labraba la tierra y que fue el primero que unció bueyes al arado, que hasta entonces había sido arrastrado por hombres, viendo algunos en esta tradición la causa de la forma bovina, bajo la cual, como luego veremos, se presentaba a menudo a sus adoradores. Así, guiando el arado y esparciendo la semilla conforme caminaba, facilitaba la labor del labriego. Además, se nos dice que en el país de los bisaltas, tribu de Tracia, existía un hermoso y gran santuario de Dionisos, donde en la noche de su festival aparecía una luz brillante como señal de la abun­dante cosecha concedida por el dios; pero en el año en que iban a fallar las cosechas no aparecía la mística luz y la obscuridad envolvía al san­tuario como siempre. También era uno de los símbolos de Dionisos una aventadora, es decir, una cesta en forma de cogedor usada hasta los tiempos modernos por los labradores que avientan o criban la mies para separar el grano de la paja. Este sencillo instrumento agrícola figuraba en los ritos místicos de Dionisos; es más, la tradición dice que cuando

1 Tirso.

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nació el dios fue colocado en una aventadora y no en una cuna. Se le representaba en arte como una criatura así encunada, y de estas tradicio-nes y representaciones se derivó su apelativo de Liknites, es decir, "El de la Aventadora" o "El del Harnero".

Al igual que otros dioses de la vegetación, se creyó que Dionisos había sido muerto violentamente, pero resucitado a poco, y su pasión muerte y resurrección se representaban en sus ritos sagrados. Así cuenta su trágica historia el poeta Nonnus: Zeus bajo la forma de una ser­piente visitó a Perséfona, que concibió a Zagreo, o sea a Dionisos, un niño cornudo. A poco de nacer, el niño se sentó en el trono de su padre Zeus, imitando al gran dios y blandiendo los rayos con su diminuta mano. Mas no ocupó el trono mucho tiempo; los Titanes traicioneros, con las cara blanqueadas de yeso, le atacaron con sus cuchillos mientras él se miraba en un espejo. Por algún tiempo pudo escapar de los asaltos, asu­miendo sucesivamente la semejanza de Zeus y de Cronos, de un joven, de un león, de un caballo y de una serpiente. Finalmente, bajo la for­ma de un toro fue despedazado por los sanguinarios cuchillos de sus enemigos. El mito cretense, relatado por Firmicus Maternus, es así: Se decía que Dionisos había sido el hijo bastardo de un rey cretense llamado Júpiter. Al marcharse al extranjero, Júpiter cedió trono y cetro al joven Dionisos, pero sabiendo que su mujer Juno acariciaba un celoso resen­timiento hacía el niño, confió a Dionisos al cuidado de guardianes con cuya fidelidad creyó podía contar. Sin embargo, Juno compró a los guar­das, y entreteniendo a la criatura con un sonajero y un espejo diestra­mente labrado, le atrajo a una emboscada, donde sus satélites, los Tita­nes, se abalanzaron sobre él, le descuartizaron, hirvieron su cuerpo con varias yerbas y se lo comieron. Pero su hermana Minerva, que había tomado parte en el hecho, guardó el corazón de Dionisos y se lo en­tregó a Júpiter cuando volvió, revelándole la historia completa del cri­men. En su furor, Júpiter condenó a los Titanes a morir torturados y para aliviar su pena por la pérdida del hijo, hizo una imagen de él, en la que encerró el corazón del niño, y después construyó un templo en su honor. En esta versión se ha dado una interpretación evemerista del mito, al representar a Júpiter y a Juno (Zeus y Hera) como reyes de Creta. Los referidos guardianes son los Curetes míticos, que bailaron una danza guerrera alrededor del niño Dionisos, del mismo modo que se decía ha­bían hecho con el niño Zeus. Muy notable es la leyenda, recordada a la par por Nonnus y Firmicus, de que en su infancia Dionisos ocupó por un cierto tiempo el trono de su padre Zeus. Así, Proclo nos cuenta que "Dionisos fue el último rey de los dioses elegido por Zeus, puesto que su padre le puso en el trono real y colocó en su mano el cetro, hacién­dole rey de todos los dioses del mundo". Estas tradiciones señalan la costumbre de investir temporalmente con la dignidad real al hijo del rey como un preliminar para sacrificarle en lugar de su padre. Las gra­nadas se suponían brotadas de la sangre de Dionisos, como las anémonas de la sangre de Adonis y las violetas de la de Atis; por eso, las mujeres

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evitaban comer granos de granada en el festival de la Tesmoforia. Según algunos, al mandato de Zeus, Apolo reunió los separados miembros de Dionisos y los enterró en el monte Parnaso. El sepulcro de Dionisos se mostraba en el templo deifico junto a una estatua dorada de Apolo. Sin embargo, según otra tradición, la tumba de Dionisos estaba en Te-bas, donde se decía que había sido despedazado. Hasta aquí no se men­ciona la resurrección del dios asesinado, pero en otras versiones del mito está relatada de diversas maneras. Según una que representa a Dionisos como hijo de Zeus y Deméter, su madre ensambló los destrozados miem­bros y le hizo joven otra vez. En otras se dice simplemente que poco tiempo después de su entierro, se levantó de entre los muertos y ascendió al cielo, o que Zeus le levantó cuando estaba tendido y mortalmente he­rido, o que Zeus se tragó el corazón de Dionisos y después le engendró nuevamente en Semele, que en la mayoría de las leyendas figura como madre de Dionisos. También que el corazón fue pulverizado y dado en una poción a Semele, que de ese modo le concibió.

Pasando el mito al ritual, encontramos que los cretenses celebran un festival bienal en el cual la pasión de Dionisos se representaba en todos sus detalles. Todo lo que había hecho o sufrido en sus últimos momentos se escenificaba ante los ojos de sus adoradores,-que desgarra­ban con sus dientes un toro vivo y corrían por los bosques dando ala­ridos frenéticos. Al frente de ellos llevaban una cajita que se suponía contener el sagrado corazón de Dionisos, y los sones salvajes de flautas y platillos imitaban los sonajeros con los que el dios niño había sido atraído a su perdición. Cuando la resurrección formaba parte del mito, también se representaba en los ritos, y aun parece que la doctrina general de la resurrección, o por lo menos de la inmortalidad, se inculcaba a los creyentes: Plutarco, escribiendo para consolar a su mujer de la muerte de su hija, la conforta con el pensamiento de la inmortalidad del alma enseñado por la tradición y revelado en los misterios de Dionisos. Una forma distinta de mito de la muerte y resurrección de Dionisos es que desciende al Hades para rescatar de entre los muertos a su madre Semele. La tradición local argiva era que bajó a través del lago Alción y que su vuelta del mundo subterráneo, en otras palabras su resurrección, se cele­braba anualmente en dicho lugar por los argivos, que le llamaban de las aguas a trompetazos mientras arrojaban al lago un cordero como ofrenda al vigilante de los muertos. Que fuese un festival primaveral no es se­guro, pero con certeza los lidios celebraban el advenimiento de Dionisos en primavera suponiendo que el dios traía consigo la estación. Los dio­ses de la vegetación, que se creía pasaban cierta parte del año bajo tierra, llegan naturalmente a ser considerados como dioses del infierno o de los muertos. Como tales eran tenidos Dionisos y Osiris.

Un rasgo del carácter mítico de Dionisos que a primera vista parece incongruente con su naturaleza como deidad de la vegetación es que con frecuencia se le concibió y representó en figura animal, en particular bajo la forma, o al menos con los cuernos, de un toro. Así, de él se

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hablaba como el "nacido de la vaca", el "toro", "figura de toro", "cara de toro", "testuz de toro", "toro cornudo", "portacuernos", "bicorne" y "cornudo". Se creyó que aparecía, al menos en ocasiones, como un toro. Fueron frecuentes sus imágenes, tal en Cyzicos, como figura bo-vina o con cuernos bovinos; también se le pintaba con cuernos. Tipos del Dionisos cornudo se han encontrado entre los monumentos que nos llegan de la Antigüedad. En una estatuita aparece cubierto con una pie] de toro, colgando por la espalda la cabeza, los cuernos y las pezuñas También se le representa como un muchacho con racimos de-uva alrede­dor de las sienes y con una cabeza de ternera de cuernos que apuntan como retoños atada al occipucio y a la espalda. En un jarrón decora­do de figuras en rojo está el dios dibujado como un niño con cabeza de ternero, sentado en el regazo de una mujer. Las gentes de Cynaeza tenían una fiesta de Dionisos en invierno, en la que los hombres, previa­mente embadurnados con aceite para esta ocasión, acostumbraban a ele­gir un toro de sus ganaderías y lo llevaban al santuario del dios. Se pensaba que Dionisos inspiraba la elección del toro, que probablemente representaba a la misma deidad, pues se creía que en sus festivales apa­recía en la forma de toro. Las mujeres de Elis le aclamaban como un toro, le rogaban viniera con sus pezuñas de toro y cantaban: "Ven acá, Dionisos, al sagrado templo junto al mar; llega con las Gracias a tu templo, embistiendo con tus pezuñas de toro, oh hermoso toro, oh her­moso toro". Las bacantes de Tracia llevaban cuernos para imitar a su dios. Según el mito, fue despedazado por los Titanes bajo la forma de toro, y los cretenses, cuando escenificaban los sufrimientos y muerte de Dionisos, desgarraban con sus dientes un toro vivo; en verdad que el desgarrar y devorar toros y terneros vivos parece haber sido un rasgo corriente de los ritos dionisiacos. Cuando consideramos la costumbre de representar al dios como un toro o con algunos de los caracteres del ani­mal, la creencia de su aparición en forma bovina a sus fieles en los ritos sagrados y la leyenda de haber sido despedazado con esa forma taurina, no podemos dudar de que, al desgarrar y devorar un toro vivo en su festival, los adoradores de Dionisos creían estar matando al dios, co­miendo su carne y bebiendo su sangre.
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